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Día del ganso

Summary:

Qatar, 2022. En veinticuatro horas tienen que enfrentarse a México, en un partido que definirá si continúan o no en el que podría ser el último mundial de Messi. Como si los nervios de la situación no fueran suficientes, un pájaro gigante acaba de aparecer en la pieza de uno de los miembros del cuerpo técnico.

Donde Pablo Aimar se va a dormir deseando encontrar a su alma gemela y el universo le manda un ganso.

Notes:

Para el segundo día de la Scaimar Week, prompt: soulmates.
Una explicación cortita del tag que no suma pero tampoco resta: se originó en el fandom de un webcomic donde aparentemente el ganso era una cuestión recurrente, hasta que alguien sugirió la idea de un AU donde un ganso te lleve con tu alma gemela y se extendió a otros fandom. Leí un par así y me pareció divertida la premisa así que acá está ♥

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La madrugada del viernes 25 de noviembre ya estaba bastante avanzada. Aimar, con sus rulos húmedos y pijama desgastado, se encontraba junto a Scaloni en el pasillo de la universidad qatarí, afuera de la pieza que compartían, mirando como Lisandro, Cuti y Nahuel sahumaban sus cosas con palo santo. Era un ritual que los tres muchachos realizaban cada noche en las habitaciones del plantel para limpiar las malas energías y al que habían decidido sumar las del cuerpo técnico. 

—Creemos que puede ayudarlos a clarificar ideas, sobre todo para el último entrenamiento de mañana —le había dicho Martínez, cuando les tocó la puerta.

Sin dudarlo ni un segundo los dos hombres dieron por finalizada su habitual charla nocturna para dejarlos ingresar. Ambos sabían lo importante que era para los jóvenes hacer esos pequeños rituales, tanto como lo eran los rezos que los mayores hacían en la intimidad. Y, para qué mentir, necesitaban toda la energía positiva que pudieran reunir.

Lionel tenía encima su libreta y en ese momento anotaba las últimas conclusiones a las que habían llegado antes de ser interrumpidos, mientras Pablo observaba ausente las figuras que el humo del palo santo de Nahuel dibujaba sobre su almohada.

—Me gusta esto —afirmó el DT, más para sí mismo que para el cordobés —Ya sé que la mayoría son cosas que hablamos con el resto, pero cuando lo charlamos nosotros es distinto —eso llamó la atención del bajito, que fijó su vista en él —No sé, me da más seguridad —se revolvió el pelo un poco nervioso.

—Dejá de darle tanta vuelta, Lio.

El otro suspiró. 

—Estoy cagadísimo —admitió.

—Tenemos un buen plantel —aseveró Aimar —Y una buena estrategia. Relajá un poco.

El santafesino sonrió levemente. Posó una mano sobre el hombro del más bajo y con la punta del pulgar rozó suavemente la piel expuesta del cuello. 

—Gracias —susurró. 

Justo en ese momento la puerta se abrió y Walter se asomó, seguramente alertado por la cháchara. Tenía el celular pegado a su oído y les lanzó una mirada interrogante. Lionel le explicó lo que los jugadores estaban haciendo y el otro entró y salió de nuevo, arrastrando a un adormilado Ayala que se sentó en el piso y descansó la cabeza en sus rodillas flexionadas. Por su parte, Samuel retomó su charla apoyado en la pared. Como de costumbre, del otro lado de la línea se encontraba su esposa Cecilia. Todas las mañanas antes del desayuno y todas las noches después de la cena, el firmatense se tomaba unos minutos para llamarla. Era motivo de chicanas en el cuerpo técnico, que solían terminar con Walter puteando a alguno –generalmente a Lionel o a Luifa– y el Ratón poniendo paños fríos. 

En ese momento, al ver a su compañero sentado en el suelo con una sonrisa de oreja a oreja, el cordobés sintió una punzada de envidia. Hacía un tiempo ya que se sentía solo. Por supuesto, tenía a su familia y a sus amigos, pero le faltaba su alguien . Con la herida de su fallido matrimonio sanada, y tras haber pasado por tantas relaciones mundanas con hombres y mujeres por igual, estaba listo para algo estable. Anhelaba alguien que lo ame y apoye, que camine a su lado, que sea la última persona en desearle buenas noches y la primera que lo salude al levantarse. Sabía que estaba ahí afuera, sólo deseaba saber dónde. 

Pablo y Lionel miraban a Walter relatarle a su esposa el entrenamiento del día y como el sol cálido sobre el pasto le recordaba los picnics que hacían en Firmat. El más alto escuchaba con una sonrisa enternecida, mientras el de rulos no podía disimular su mueca de desazón. Los tres muchachos terminaron su ritual y salieron de la pieza. 

—Que no decaiga, Pablo —lo animó Nahuel, malinterpretando su semblante de amargura —Va a ir todo bien. Como dice el Licha, hay que manifestar. 

A su lado, Martínez asintió. El grupito ingresó a la habitación de Roberto y Walter, y Lionel y Pablo reingresaron a la propia. Éste último encendió el velador.

—¿Querés seguir un rato más? —preguntó, escondiendo un bostezo detrás de su palma. 

—No, ya es tarde. Dormí tranquilo. Prometo no joderte muy temprano —terminó el DT, con tono jocoso.

Aimar, que sabía que era algo imposible de cumplir para el santafesino, puso los ojos en blanco y le deseó buenas noches. Después de apagar el velador se quedó un rato largo mirando el techo. En el silencio de la habitación se colaba la voz de Walter, que convertida en apenas un murmullo acrecentaba el vacío en el interior del riocuartense. 

“Hay que manifestar” , las palabras de Molina resonaron en su cabeza, como un mantra. Vamos a ganar el sábado , pensó, poniendo toda su fuerza en esas pocas palabras. Una energía extraña cubrió su pecho y se extendió por el resto de su cuerpo. Y voy a encontrar a mi persona

Se dio media vuelta y, con el aroma a palo santo que impregnaba la almohada invadiendo sus fosas nasales, cayó en un sueño profundo.

 

Pablo percibió la luz del sol y apretó los párpados, rogando por unos minutos más de sueño. Un peso a su lado lo hizo suspirar. Lionel . Después de tantos años compartidos ya estaba acostumbrado a levantarse con el santafesino sentado a su lado, esperando “pacientemente” a que se despierte. Y decía que no iba a joder temprano .

El cordobés extendió un brazo con intención de pellizcarle un costado, pero sus dedos no hicieron contacto con la familiar tela del uniforme de AFA. En su lugar tocaron… ¿plumas? Un dolor agudo lo terminó de despabilar. Se sentó y se encontró un ave gigante retozando cómodamente en el colchón. 

Por supuesto, Aimar hizo lo que cualquier persona en su posición haría. Soltó un chillido agudo e intentó salir de la cama, enredándose con el edredón y cayendo de culo al piso mientras el ave lo observaba fijamente desde arriba. 

—¿Qué pasó, Pablo? —Walter abrió la puerta, alarmado —¿Qué carajo es eso? 

—Si uno de los pibes me hizo una joda voy a ocuparme personalmente de hacerlo volver de una patada en el orto. 

—¿Cuándo van a salir a buscar un ganso, Pablo? —discutió el otro —Habrá entrado por la ventana.

Ambos sabían que eso no era posible, ya que todas las ventanas de la universidad se encontraban selladas. El pájaro bajó de la cama, repiqueteando sus patitas planas contra el piso hasta que se posó frente al cordobés. Mirándolo fijamente, abrió el pico y soltó un graznido ensordecedor.

—Ni un minuto de paz, la puta madre —se quejó Pablo —¿Qué hago ahora? 

—Por lo pronto, cambiarte. En dos horas tenemos entrenamiento —ante esto, el de rulos levantó la cabeza para mirarlo y Walter levantó las palmas en gesto de defensa —Lionel dijo que no te despertemos. 

Efectivamente, al revisar la hora en el celular comprobó que era tardísimo. Y todavía no había desayunado. 

—Qué tipo pelotudo. 

Se cambió en tiempo récord. Al abrir la puerta, el ganso se adelantó y salió con ellos, siempre cerca de Aimar como si de su sombra se tratara. El ave endemoniada dos por tres le tiraba tarascones que el de rulos apenas llegaba a eludir, y esquivaba todos y cada uno de los golpes que el hombre le asestaba. 

Camino al comedor, Samuel le comentó que, ante su ausencia esa mañana, Scaloni había estado preparando el entrenamiento con Manna. Esto generó un extraño retorcijón dentro del estómago de Pablo. No entendía qué bicho le había picado para dejarlo dormir más tiempo del correspondiente. Sí, era cierto que estaba un poco más cansado que lo usual, pero todos lo estaban desde el debut. El DT no excusó al Ratón ni a Walter de sus labores, y ambos hombres cargaban con sendas manchas oscuras bajo sus ojos. 

El ave tironeó de la parte inferior de su jogging azul. Parecía querer arrastrarlo hacia otra dirección, pero Pablo se lo sacudió. Ingresó al comedor a zancadas, se sirvió un café, agarró un par de medialunas y, haciendo caso omiso de las miradas curiosas que el resto de los comensales le dedicaba a él y a su particular compañero, procedió a desayunar con rapidez. Walter lo acompañó en silencio. Cada tanto, el pájaro miraba en dirección al pasillo, soltaba un chillido y mordía los tobillos de Pablo. 

—¡Pará, viejo! ¡Dejame comer!

Le revoleó un pedazo de medialuna, que el ave ignoró olímpicamente, y tiró una patada que desafortunadamente no dio en el blanco. Un grupo compuesto por jugadores y staff ingresó al comedor. Pablo examinó a cada uno y comprobó con desazón que Lionel no estaba entre ellos. Siempre desayunaban juntos y se sentía extraño no hacerlo, a pesar de contar con la presencia de Walter. Sin embargo, un jugador particular llamó su atención y el cordobés agitó la mano en su dirección, decidido a ponerle fin por lo menos a uno de sus dilemas de esa mañana. 

—¡Lisandro!

El entrerriano, un poco preocupado, se acercó. Su paso aminoró y su confusión creció cuando reparó en el ave blanca.

—Eso es un ganso —dijo, simplemente.

—Sí, Enciclopedia Encarta. Es un ganso —espetó el mayor—Apareció esta mañana en mi pieza y no me deja en paz. ¿Qué hicieron vos y los otros dos anoche? 

El chico se rascó la barbilla, pensativo.

—Si hubiéramos sido nosotros, todos tendrían animales —respondió, práctico —Pero creo saber qué es. ¿Te apareció de golpe, dijiste? 

—Sí, me fui a dormir y me levanté con esto picándome la mano. 

Estiró el brazo para señalarlo y el bicho tiró un mordisco, que Pablo esquivó apenas. Para su sorpresa, Martínez ahogó una risita.

—Mi abuela contaba una leyenda —comenzó —Cuando una persona desea encontrar su alma gemela, el universo envía señales para ayudarlo. Aunque suelen ser sutiles. Si te mandaron un ganso, tus guías están hartos.

—¡Yo estoy harto! —replicó el de rulos —¿Qué hago ahora con esto? 

—Seguirlo —respondió el joven —Se supone que su misión es guiarte a tu alma gemela, una vez que la cumplen se van.

El otro suspiró. No tenía tiempo para malgastar en esas boludeces del destino. Necesitaban la energía de todos concentrada en el partido del día siguiente, no podía andar corriendo tras pájaros mágicos a vaya uno a saber dónde.

—Bueno, ya veré como me arreglo hasta mañana.

—No sé si va a tenerte tanta paciencia —repuso Lisandro, ya sin poder disimular la sonrisa burlona —Te diría que no lo pongas a prueba —ante la mirada de confusión del otro, agregó —¿Alguna vez viste un ganso enojado? 

La respuesta, obviamente, era no. Y el riocuartense deseó con todas sus fuerzas seguir viviendo en la ignorancia. Pasado un rato, el ganso se subió a la mesa y, a base de fuertes aleteos, tiró toda la vajilla que había utilizado, poniendo un forzoso fin al desayuno de Aimar. Culpable por la situación, el riocuartense pidió pala y escoba para acomodar un poco el quilombo, sólo para ser cabeceado por el ave cada vez que lograba juntar algunos pedazos de vidrio. El personal terminó echándolo amablemente del lugar.

Del comedor, aún sin cruzarse con Scaloni, se fue a su despacho para terminar las planillas de todos los jóvenes que jugarían al día siguiente. Samuel lo acompañó, en parte para ayudarlo, en parte porque estaba disfrutando de verlo siendo domado por una criatura de la mitad de su altura. 

—La tiene con vos, eh —señaló, cuando el ave arrancó de las manos cordobesas una copia de la ficha de Enzo para destrozarla con su pico. Era la quinta hoja que hacía añicos —Capaz tendrías que hacerle caso a Lisandro y seguirlo.

Pablo revoleó la birome sobre la mesa y lo miró, hastiado.

—¿A vos te parece que estoy en posición de irme a cualquier lado? Andá a saber a dónde me manda. 

Un nuevo graznido los aturdió y el pájaro empezó a girar en círculos, agitando sus largas alas. En su camino, empujó la silla acolchada que durante las reuniones solía ocupar Lionel, tiró al suelo un marco con una foto de los cuatro técnicos y destrozó un florero lleno de florcitas blancas que recogió el día anterior en la cancha de la universidad, cuando juntaban junto al DT los materiales que habían usado en el entrenamiento.

—Qué castigo —masculló Aimar, tapándose los ojos con las palmas. 

—¿No te da curiosidad? —interrogó Samuel. 

No necesitó explayarse para que Pablo entendiera. Fijó su mirada en las iris celestes del animal que presuntamente traía la respuesta a una pregunta que se llevaba haciendo hace meses. Por supuesto que le daba curiosidad saber a dónde lo guiaría. Pero también lo asustaba. ¿Y si su supuesta alma gemela era alguien que no le gustaba? O peor, ¿si era alguien de una delegación rival y tenía que abandonar el cuerpo técnico?

Dos golpes en la puerta lo salvaron de responder. Matías Manna ingresó, cargando su tableta de madera con hojas y planos de la cancha rellenos con los nombres de los posibles jugadores titulares. Apenas puso un pie en el despacho, el ganso hizo carrera hasta el recién llegado con la boca abierta en un grito de guerra. Cerró el pico sobre la entrepierna del muchacho, quien solo atinó a soltar sus cosas y dar puñetazos que no hicieron nada para aplacar la furia del ave. 

Tanto Pablo como Walter corrieron hacia él y tironearon hasta liberarlo del agarre del animal. El joven oriundo de San Vicente se quedó hecho una bolita en el suelo, soltando sollozos lastimeros.

—¡Uy, Mati! ¿Te lastimó mucho? —cuando comprobó que el chico estaba relativamente bien, el cordobés se giró al pájaro —Vení acá vos. 

Lo agarró del cuello con una mano y de las alas con la otra, y trotó en dirección a su habitación. Abrió la puerta con el codo, lo arrojó dentro y cerró la puerta con llave. Ya se ocuparía del tema más tarde. El ganso arremetió contra la puerta y Aimar saltó en su lugar.

—¿Qué carajo pasa ahí adentro?

Lionel se acercó con el entrecejo fruncido. Su vista iba desde la puerta de la pieza hasta el bajito de rulos, que respiraba agitado por el esfuerzo. Ruidos de golpes secos se llegaban a oír en el pasillo, entremezclados con un chillido constante. La puerta temblaba con cada impacto de la cabeza del ganso contra la madera. Scaloni avanzó un paso e hizo ademán de abrir, pero el otro lo detuvo.

—Solamente quería agarrar mi campera.

—Marito tiene más en el bolso de utilería. 

El más alto lo examinó de arriba a abajo, desde su pantalón con la parte de abajo hecha jirones, hasta sus dedos magullados, pasando por la camiseta manchada de café y los cabellos despeinados. Su expresión denotaba que sospechaba que algo andaba mal, pero optó por hacerle caso a su compañero y, tras un asentimiento, se giró para volver por donde vino. 

—Estamos por arrancar. No llegues tarde. 

Aliviado, Aimar echó una última mirada hacia la temblorosa puerta de madera, que el ganso seguía atacando sin piedad. Después de un momento, decidió que la tabla era lo suficientemente fuerte como para mantener a raya su problema plumoso. Se dirigió a su maltrecho despacho y agarró los papeles que Matías había dejado tirados en el suelo para tenerlos consigo en la práctica.

Camino a la cancha de la universidad se cruzó con Walter y Roberto. 

—Le dije a Mati que se quede en su pieza —informó en susurros el primero —Pero tenemos que hacer algo si el bicho se va a poner a atacar gente sin razón.

Ese "tenemos" era un "tenés" velado. El cordobés asintió solemnemente y prometió ocuparse del tema ni bien terminen el laburo de la mañana. El grupito pisó la cancha de la universidad y Aimar respiró el aire del exterior, contento ante la perspectiva de una práctica tranquila.

Sin embargo, su paz no duró demasiado. Un alarido que fue creciendo en cercanía le heló los huesos. Apenas tuvo tiempo de darse vuelta cuando un pico se estrelló contra su frente y lo sentó en el suelo. El ave estaba de vuelta, más iracunda que nunca. Se alejaba unos pocos centímetros, para  arremeter con renovada fuerza contra el cuerpo del bajito. Pablo, armado con los papeles, golpeó a ciegas hasta darle un golpe en la cara que hizo que el ave cayera. El animal se incorporó rápidamente y lo miró, respirando entrecortado. Ayala se acercó despacio y ayudó al riocuartense a levantarse.

—Pablo —la voz del Ratón estaba inusualmente tensa —Decime por favor que no lo trajiste de la calle —una vena en la sien izquierda de Ayala comenzó a latir —Yo sé que sos bichero, pero esto es pasarse varios pueblos.

—¡Pero la puta, no lo traje yo! —se defendió el acusado, limpiándose la tierra del pantalón —Me apareció en la pieza. ¡Lo había dejado encerrado!

—Ah, le abrí yo —interrumpió Luifa, llegando al grupo agitado —Vi la llave en el suelo y escuché quilombo, pensé que los pibes estaban jodiendo de nuevo. En cuanto abrí el coso ese salió volando hasta acá. 

Pablo bufó. Ahí se iban sus chances de tener un entrenamiento medianamente sereno. El pájaro empezó a revolotear las alas entre chillidos y el resto de sus compañeros retrocedieron un par de pasos, asustados. 

—Está bien, te voy a seguir —se rindió al capricho de la criatura. 

Avanzó en su dirección, pero el histérico animal se quedó inmóvil, berreando en su lugar sin dar un solo paso. Iba a patearlo, cuando la voz profunda de Lionel resonó en sus oídos.

—¿Qué está pasando acá? —preguntó por segunda vez en el día.

—No es nada, gringo. Volvé a la práctica que ya lo estoy resolviendo —intentó tranquilizarlo el riocuartense. 

El aludido lo miró inseguro. El pájaro aprovechó ese instante de duda para levantar vuelo y chocar la parte plana de sus patas anaranjadas contra el pecho de Pablo, empujándolo sobre el santafesino que llegó a agarrarlo de pura suerte. El bicho, aún en el aire, tiró un picotazo tras otro a la cara de Aimar. Scaloni lo rodeó con un brazo para protegerlo del ataque, mientras agitaba la mano libre frente a ellos, tratando de espantar al demonio volador o, por lo menos, desviar su atención del bajito. 

—¡Ay! —protestó Lionel —No tiene muchas pulgas, ¿no? —comentó, con un dejo de diversión, como si un pájaro del diablo no acabara de intentar arrancarle el pulgar —¡Marito! Fijate si podés llamarme a alguien que se ocupe de esto así podemos seguir.

Pablo, un poco a su pesar, sonrió. El santafesino, aun abrazándolo por un hombro, lo imitó. Sus ojos se conectaron y el riocuartense sintió su respiración agitarse cuando un torrente de recuerdos lo golpeó. Encuentros y desencuentros, en distintas etapas de la vida de ambos. Numerosos partidos juntos y enfrentados; copas ganadas y perdidas, como jugadores y como técnicos. Un atardecer en Valencia, donde el sol anaranjado iluminaba esas mismas orbes oscuras, brillantes con lágrimas mientras rogaba que lo acompañe en la locura que los había llevado hasta allí. Conversaciones nocturnas sobre nostalgia y desarraigo en la terraza de un hotel malayo. Aquellas palabras alentadoras que recibió la primera noche que pasó solo, ya divorciado, en su departamento de Buenos Aires. Risas disimuladas cuando el más grande no entendía cómo guardar un sticker en Whatsapp y sonrisas de orgullo cuando recibía de su parte un meme usado correctamente. La forma en que su corazón latía con fuerza cada vez que un Lionel desencajado invadía su cama a la madrugada para detallarle la idea de una formación milagrosa, o como su humor matutino mejoraba notablemente cuando le alcanzaba a la mesa el café exactamente como le gustaba.  

—¿Todo bien, Pablo? —la voz del pujatense tenía un tono preocupado —Se te está poniendo colorado ahí —murmuró, rozando suavemente con la yema del pulgar la frente del cordobés. 

Aimar no respondió, aún impactado con la revelación a la que acababa de llegar. ¿Y si es todo un error? El pájaro podía estar confundido. No puedo decirle nada frente a todos, tengo que esperar a que estemos tranquilos. Que pueda rechazarme, si quiere. Evidentemente, el ganso de mierda no opinaba lo mismo. Una mordida en un dedo lo sacó de sus pensamientos. Levantó la mano y vio una gota de sangre escaparse de su índice. 

—¡Che! —el más alto pateó en su dirección, sin mucho éxito —Qué bicho de mierda —le sostuvo la mano herida para examinarla —¿Te lastimó mucho? 

Los ojos celestes del animal lo miraron con las pupilas completamente dilatadas por la irritación. Su cuello y alas estaban extendidos en posición de ataque, esperando por los próximos movimientos del riocuartense. A la mierda , pensó Pablo. Soltó las hojas para agarrar entre sus manos la cara de Lionel. Tironeó hasta hacerlo descender unos centímetros y unió finalmente ambos pares de labios. El más alto se quedó quieto un par de segundos, procesando lo que estaba ocurriendo, y Aimar no respiró hasta que sintió al otro responder el beso por fin. Scaloni envolvió la cintura cordobesa con dulzura, pegándose lo máximo posible al cuerpo del contrario.

El vacío dentro del pecho del cordobés se había desvanecido, reemplazado por una calidez que nunca había sentido antes. La boca de Lionel se sentía tibia y suave, y encajaba contra la de Pablo perfectamente. Ambos se movían sincronizados, descubriéndose lentamente, como si se encontraran en la privacidad de su habitación con todo el tiempo del mundo a su disposición, y no en medio de una cancha frente a treinta personas. 

De a poco, el beso se fue ralentizando, hasta volverse piquitos y finalmente detenerse. El santafesino unió ambas frentes y lo miró a los ojos con ternura. 

—Eh, puedo explicar —tartamudeó un poco Pablo, echándole una ojeada al ganso a su lado, que parecía mucho más calmado —O no, pero puedo intentar. 

—No hace falta —susurró el otro.

Lo sostuvo de los hombros para arrimarlo, esta vez iniciando él el contacto. Su segundo acercamiento era más apasionado que el primero. Alguien chifló, pero a ninguno de los dos hombres les importó demasiado. Lionel estaba más concentrado en despeinar los rulos ajenos, masajeando suavemente el cuero cabelludo y arrancándole suspiros con cada toque. Pablo, por su parte, había levantado sus propios dedos y acariciaba con delicadeza la barbilla del pujatense, un poco pinchuda consecuencia de no haberse afeitado en el último par de días.

Un par de aplausos secos los obligaron a romper el beso y tomar conciencia de su alrededor. Tanto el cuerpo técnico como el plantel completo los rodeaba. Aimar mentiría si dijera que no sintió miedo, pero al examinar las reacciones de todos vio una mezcla de sorpresa y diversión, mas no rechazo ni disgusto.

—Todo muy lindo, muchachos, pero estamos en Qatar —recordó Walter —¿Qué tal si guardamos los besos para más tarde?

—Y nos concentramos en la práctica —secundó Ayala —No sé si se acuerdan que mañana tenemos un partido importante. 

—Che, qué cortamambos —se quejó a los gritos Otamendi.

—Eso, que tengan su momento —acordó Rodrigo. 

—Déjense de joder y pónganse a calentar —ordenó Messi, pegándole un zaque a De Paul cuando dijo algo parecido a "Hay un par que nos llevan ventaja con el calentamiento ". 

La pareja de técnicos finalmente se separó. El ganso, ya sereno, ululó alegre antes de extender sus alas y perderse en el firmamento. Lionel se agachó y agarró del suelo una plumita blanca, que guardó en su bolsillo antes de emprender el regreso al medio de la cancha. Pablo caminaba a su lado, lo suficientemente cerca como para que el dorso de su zurda roce con la diestra pujatense cada par de pasos.

—Menos mal que el avechucho se fue, no sabés el cagazo que te daba el hijo de su madre —se quejó Walter —Decí que no me hizo nada, pero a Matías casi lo castra.

—Y no sabés cómo quedó la cama del enano —susurró Luifa, espantado.

—Bueno, lugar para dormir no le va a faltar —repuso Roberto.

Los tres hombres soltaron risitas, interrumpidas por un silbatazo del DT que los demandaba en sus respectivos puestos. 

Por el resto de la práctica, y de la jornada, Lionel no se separó del cordobés. Esa noche, durante la cena, Lisandro reparó en su mano unida a la de Pablo sobre la mesa y sonrió. El riocuartense devolvió el gesto desde su lugar. En el exterior, un graznido distante atravesó el silencio de la cálida noche qatarí.

Notes:

Espero que les haya copado porque a mi me re gustó jaja gracias por leer💖

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