Work Text:
Sos muy molesto. Me encantaría tenerte al frente para poder decírtelo en la cara. Sos molesto. Insoportable. Invasivo. Incluso cuando no estás, estás en todos lados.
Estoy harta de encontrar cosas tuyas por toda mi casa, ¿en qué momento te adueñaste de mis espacios? ¿Cómo fue que te permití moverte alrededor de mi vida como si fueras el dueño? Esas son las cosas que me pregunto mientras guardo tu camisa adentro de una bolsa de ropa para donar. ¿La querías de vuelta? ¡Qué pena! Espero que el próximo hombre que la use no sea un imbécil como vos. Espero que la próxima casa en la que se encuentre dando vueltas no sea la de una estúpida como yo.
La camisa hace ruido cuando trato de doblarla, parece que hay un papel guardado en el bolsillo, y al sacarlo de su escondite, lo reconozco de inmediato. Frente a mí la entrada a lo que promete ser una noche especial en un bar al que no voy desde que decidí alejarme de todos los lugares en los que siento el peso de tu presencia. La fecha en la entrada me remite al año anterior. A la noche en la que me conociste. A la noche que mas maldigo. A mi noche favorita.
—¿Otro mas? —preguntaste cuando me acerqué a pedir un trago. Decir que no había notado tu presencia sería una mentira descarada. Me acerqué a la barra una cantidad innecesaria de veces buscando tu atención. Por suerte la conseguí antes de que el alcohol nublara del todo mis sentidos y los de mis amigas, que se encontraban en la mesa—. ¡Qué aguante! Yo me hubiera caído desmayado tres tragos atrás.
Mentiroso, siempre fuiste mucho mejor para tomar que yo.
—Es para una de mis amigas, yo no me aguantaría tomar tanto tampoco, ya cumplí mi cuota de tragos semanales —respondí.
—¿Ni uno mas? —preguntaste alzando la ceja. Odio y amo ese gesto, es muy tuyo.
—Bueno, depende de quien me lo proponga.
No tengo que contarte el resto de nuestra historia porque vos la conoces mejor que nadie, pero me pregunto si la recordamos de la misma manera.
Yo tengo muy presente la sensación del rubor subiendo a mis mejillas, así como el del alcohol llegando a mi cabeza. Recuerdo los sentidos nublados, las ganas de decir que sí sin pensar en las consecuencias ni en las culpas que iban a perseguirme al día siguiente, y el brillo de tu mirada que también se veía afectada por las bebidas.
Quizás el problema fui yo, muy fácil de convencer, muy ansiosa por sentir las emociones que me ofrecían tus brazos, muy segura de que lo sabía todo y de que mi infinito conocimiento iba a permitirme jugar con fuego sin quemarme.
Y ahora me quejo porque me duelen las cicatrices y me arde la piel de cada rincón que vos tocaste, pero también tengo que admitir que fue hermoso, que se sintió épico, que me hizo entender lo que significa estar viva. Porque vos quemabas como el sol, y mi ego era mas grande que el del mismísimo Ícaro, que así como yo, era demasiado ingenuo, y no fue capaz de darse cuenta de que el calor intenso le iba a derretir las alas.
Pero bueno, a esta altura, ¿quién me quita lo vivido?
¿Vale la pena lo vivido?
—¡Seungcheol! —exclamé cuando logré salir a flote de aquella piscina. Escuché tu risa antes de verte, y mi ira no hizo mas que incrementar. —Sos un imbécil, ahora tengo que volver a casa toda mojada. Ni siquiera me conocés, ¿qué pasaba si yo no sabía nadar? —la situación que planteé era ridícula pero posible y fue lo primero que se me vino a la cabeza, lo único que quería hacer era gritarte. Y vos seguiste riendo, no con maldad, sino con genuina diversión, como si estuvieras viviendo el mejor momento de tu vida. Y quizás así fue.
—Entonces yo hubiera tenido la oportunidad de ser Superman y rescatarte, todos ganamos —contestaste. Eso no tuvo lógica en su momento y sigue sin tenerla pero no pienso darle vueltas a tus sinsentidos porque son demasiados.
—No hay nada de heróico en empujarme a una pileta y después jugar a ser Superman —respondí—. Ayudame a salir que está resbaloso.
—Si te ayudo me vas a tirar también —respondiste. Y si, claro que pensaba hacerlo. Pero vos saltaste antes de darme la oportunidad de llevar a cabo mi pequeña venganza.
Desde esa noche cargo con la imagen de tus grandes ojos marrones iluminados por la luna, con la vista de la ropa adherida a tu piel a causa del agua y la gotas cayendo sobre tu rostro por los mechones rebeldes que se negaban a quedarse peinados, con el tacto de tus manos envolviéndome la cintura. Pero sobre todo, llevo conmigo el calor en el pecho y la sensación de que mientras vos me sostuvieras, era capaz de cualquier cosa.
—¡Te agarré! —dijiste prendiéndote a mi cintura—. Ahora estás a salvo.
—Mi héroe —contesté con gracia.
Me pregunto si todo ese jueguito del superheroe fue alguna suerte de presagio. Porque si me salvaste. Me salvaste del aburrimiento, de la monotonía, del hastío y de la constante búsqueda de emoción. Así que sí, quizás sí vale la pena lo vivido.
Yo quiero creer que te salvé también. O al menos eso me dieron a entender las noches en las que te dedicaste a hacerme sentir especial, querida, necesitada.
Ojalá nunca me hubieras salvado. Porque no hay nada mas terrible que tener que regresar a la oscuridad después de haber experimentado la luz del sol sobre la piel. Vos me sacaste de la caverna, pero ahora pretendés hacerme volver, y yo ya no recuerdo como era vivir entre las sombras.
Quizás el problema fuí yo que esperé a que vinieran a rescatarme en lugar de aprender a vivir conmigo. El problema fui yo, que caí en la negación cuando noté que tus ojos empezaban a volverse fríos cada vez que hacías un esfuerzo por sonreírme.
—A vos te encanta hacerte el misterioso, pero yo ya te saqué la ficha, Seungcheol, tus jueguitos no me generan nada —mentí. Mis palabras te hicieron sonreír con picardía. Y tu sonrisa brilló tanto que yo tuve la sensación de estar mirando directo a las estrellas.
Vos eras como el universo, me hacías sentir enorme y chiquita a la vez. Me hacías pensar que ahí afuera había mucho mas, que yo era la parte mínima de un todo, pero que no dejaba de ser importante.
—¿Nada?
—Nada de nada.
Desafiarte a vos era una sentencia dulce. Lo supe cuando tuve que admitir que todo lo que había dicho antes era una mentira. Claro que ya lo sabías. No porque fueras un genio, sino porque bastaba con dar una leve observación a la forma en la que todo mi cuerpo reaccionaba a vos para darse cuenta de que me había vuelto adicta a tu toque.
Yo de verdad pensé que lo sabía todo sobre vos.
¿Ya mencioné que fui ingenua? Bueno, lo reitero. Aunque quizás la palabra que estoy buscando es otra, mas cercana a un insulto. Lo voy a dejar a tu criterio.
Me siento molesta porque no importa cuanto tiempo pase, todavía soy acechada por vos. No tengo paz ni siquiera dentro de mi propia casa. Me arde el pecho en cada inhalación desde que tuve que aprender a respirar lejos de tu aliento. Todavía conservo la imagen de tu espalda la última vez que la vi atravesar la puerta. Recuerdo que me ardía el alma de tanto llorar, y que vos ni siquiera fuiste capaz de darte vuelta.
Me abrazo a las memorias que me lastiman porque si no lo hago, entonces voy a dejarme atrapar por las que me persiguen con la promesa de un amor que duró unos segundos pero que en sus mejores momentos, me hizo pensar que era infinita.
—¿Vos te das cuenta de que este jueguito con este pibe no te va a llevar a nada, cierto? —dijo una de mis amigas, la voz de la razón.
—No pretendo llegar a nada tampoco —mentí.
—Te conocemos, en el fondo sos una romántica —respondió otra—. Pero si vos crees que no vas a salir lastimada, dale para adelante nomás. Andá a saber, capaz ahora no tienen nada serio pero resulta que es el amor de tu vida —la voz de los sentimientos.
—Vos podés hacer lo que quieras porque sos grande y sabrás bien lo que te conviene y lo que no. Pero yo coincido en que las cosas que no están claras no llevan a buen puerto. Y ninguna de nosotras quiere verte herida —habló la voz del equilibro.
Ninguna de esas voces coincidía con la mía, pero tendría que haberlas escuchado. Después de todo, fueron esas voces las que me arrastraron fuera de este departamento y me ayudaron a limpiar el remanente de tu aroma de todos los rincones de la casa.
Pero ni nisiquiera las nobles voces de las amigas mas fieles son capaces de callar el sonido de tu voz susurrandome promesas al oído.
Tus promesas también me acechan. ¿Cómo alguien es capaz de jurar tanto y no sentir el peso de sus propias palabras? ¿Ni siquiera esos votos fueron suficientes para hacer que te quedaras? ¿Lo serán algún día para hacerte volver?
Tus labios me hacían cosquillas en el cuello mientras tus palabras me hacían cosquillas en el corazón. Lo recuerdo de forma tan clara que me escuece la piel ahí donde me tatuaste con tus besos. A veces me esfuerzo por demonizar tu imagen y me pregunto por qué sentí todo lo que sentí por vos, pero después me atacan estas memorias y lo entiendo. La pregunta sería, ¿cómo no sentir por vos?
¿Cómo iba a escuchar otras voces si estaba tan ocupada escuchando las carcajadas que hacían eco dentro de mi habitación? Habitación que se había convertido en nuestra en el momento en el que yo me volví tuya.
—Si fuera por mí, me quedaría a vivir acá —dijiste una mañana fría en la que te pedí que apagaras la alarma e ignoraras la vida que te esperaba afuera.
—¿En mi casa? —pregunté.
—En tu casa. En tus brazos. En tu cama. En cualquier lugar en el que estés vos —respondiste. Yo te creí porque para ese punto no había palabra alguna que saliera de tu boca que generara alguna duda en mí. Te creí y me aferré a lo que dijiste con la misma fuerza con la que me aferré a tu cuerpo mientras insistía en que no quería que te vayas.
—Te voy a extrañar si te vas y voy a estar triste todo el día —dije en un tono que sonó casi como un berrinche y te arrancó una sonrisa.
—Yo también te voy a extrañar todo el día. Pero no sufras, voy a volver.
Me diste esa promesa como me diste tantas otras, sabiendo que yo las atesoraba con esperanza durante el tiempo en el que me tocaba estar separada de vos.
—Mas te vale —contesté después de que me besaras, antes de ver cómo te ibas.
Ese día volviste. Y al día siguiente también. Pero aunque me negaba a verlo, algo dentro de mí me decía que cada vez te era mas difícil. Y mientras tu deseo por volver desaparecía, incrementaban mis ganas de que nunca te fueras.
Me siento impotente cada vez que me dejo caer en estos recuerdos. Me doy cuenta de que soy débil, de que todavía me siento chiquita al lado de tu universo y de que una parte de mí sigue aferrada a la promesa de que vas a volver. Quiero dejar de esperar, pero no sé cómo.
Entonces el sonido de golpes en la puerta me saca de mi ensueño y me toca regresar a la Tierra, que no será mi lugar favorito, pero es mejor que llorar en el suelo del limbo entre lo que es, lo que fue y lo que no va a ser jamás.
Imaginate la sorpresa que se lleva esta simple mortal que vive a la espera de sentir la dicha divina sobre la piel cuando se da cuenta de que la cruel deidad está parada una vez mas frente a ella.
Ya no veo tu espalda que se aleja, ahora veo, muy de cerca, tus ojos. Brillan como el sol, pero yo ya sé que su toque arde. Están expectantes, lucen como si quisieran decirme algo, pero ya no quiero escuchar mas voces. Aprendieron a no prometer, pero siguen ofreciendo tentaciones y llamando a cometer pecados que me van a hacer caer de la gracia.
—¿Seungcheol? —pregunto incrédula de lo que veo, convencida de que estoy teniendo una epifanía, o de que al fin descendí a la locura.
—¿Podemos hablar?
Sos muy molesto. Te tengo al frente y quiero decírtelo. Sos molesto. Insoportable. Invasivo. Incluso si estás frente a mí, yo te siento adentro, presionando el centro de mi pecho.
Quiero pedirte que te vayas con la misma fuerza con la que rogaba que te quedaras y con la que suplicaba entre lágrimas que volvieras. Pero tengo el juicio tan nublado como la noche en la que te conocí. Quizás mas, porque al menos esa noche estaba expectante y deseosa de saber qué iba a traerme el chico con el que hablé en la barra. Ahora lo sé y aun así deseo aventurarme. ¿Es que nunca voy a aprender?
Respiro hondo y por primera vez en mucho tiempo, el aire que inhalo no me lastima los pulmones. Me invade tu perfume y pienso en que esto es lo que deben sentir los adictos que vuelven a probar la deseada sustancia después de haber sido puestos en rehabilitación. Tu presencia es tan fuerte como cualquier otra droga, y para mí es igual de peligrosa.
Cuando tu rostro dibuja una sonrisa, me doy cuenta de que el motivo fui yo, porque asentí. Otra vez te di espacio, te dejé entrar. Cierro la puerta sabiendo que me voy a arrepentir cuando salga el sol. Soy consciente de que tu calor esta noche me va a quemar el alma por meses, quizás años, pero la idea parece soportable mientras vos estás acá, invadiendo mi espacio, caminando por mi vida como si fuera tuya.
Me preparo para un montón de mentiras disfrazadas de promesas que soy consciente de que debo ignorar, pero no me siento capaz. Tampoco tengo ganas de esforzarme en hacerlo porque estoy demasiado agotada. Ojalá supieras lo cansador que es pararme frente al mundo y tener que fingir que ya no siento nada por vos cuando nuestros recuerdos me destrozan. Y, como si fuera poco, esos que no me destrozan, me hacen quererte mas.
—¿Tomamos algo? —sugerís, como si las botellas que se encuentran en la cocina te pertenecieran.
—Paso —respondo— ya cumplí mi cuota de tragos semanales.
—¿Ni uno mas?
Uno mas.
