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Rating:
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Language:
Español
Series:
Part 3 of Kyoutani & Yahaba Dynamics
Stats:
Published:
2023-10-14
Words:
1,960
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
13
Bookmarks:
1
Hits:
89

Amarte es tantas cosas

Summary:

Kyoutani siempre mira a Yahaba, deseando y resistiendo. Luchar con su afecto no es fácil, pero Kyoutani se maneja... Hasta que ya no puede más.

Notes:

Algo que escribí inspirándome mucho en mis experiencias y aprendizajes a lo largo de estos últimos meses. Espero que guste!

Work Text:

Kyoutani siempre mira a Yahaba jugar con su gato, o estar sentado en el sillón de piernas cruzadas disfrutando su té, sus ojos cerrados escuchando la lluvia. Kyoutani resistiendo las ganas de abrazarlo, de pegarse contra su cuerpo y sentir su piel, su pelo tan suave, su respiración como un vapor en su cuello. Resistiendo todo eso, pero no pudiendo resistir el deseo de sentarse cerca de él, lo más cerca posible sin llegar a tocarlo. Sin poder contener su entusiasmo al verlo cada vez, como si hubiesen pasado semanas y no solo días. Ganas de acompañarlo en sus momentos de silencio y de reír cuando las palabras brotan de su boca como una cascada interminable de historias de pacientes terribles. De anécdotas. De momentos que no llegaron a compartir. Kyoutani quiere escuchar cada uno de ellos, estar al día de cada cosa diminuta que sucedió en su vida y lo llevó a convertirse en el hombre que es hoy. Una parte de él se pregunta si es una lastima haberse perdido el proceso o si su presencia hubiese modificado el resultado. De cualquier modo, no cambiaría nada del chico que está ahora a su lado. Bueno… Quizás sumaría más besos, más contacto. Más, más, más.

Ken se reniega a sí mismo y a su deseo insistente de conocer más, de tener más. A su vez se reclama por querer tenerlo, porque Yahaba no es un objeto. Tampoco es un ser majestuoso, o un animal salvaje a ser capturado. Es simplemente ese chico que le hace doler el pecho con cada sonrisa y le hace morderse la lengua por lo frecuente que las palabras quieren escapar de su boca. Es ese chico que tiene una cara preciosa, unos ojos brillantes y llenos de una malicia levemente contenida. Pero esos ojos también esconden amor, por tantas cosas. Por el gato manchado que se adueña de cada rincón de su apartamento. Por su perro que cuida su hermana en cada viaje deportivo y que parece menear la cola un poco más rápido al ver a Shigeru en lugar de Kentarou (su padre, quien lo crió, el pulgoso desagradecido), casi como si supiera que eso hace enojar a su dueño. Shigeru tiene amor por su trabajo y sus pacientes (incluso los detestables, pues siempre hay un dejo de preocupación en el tono de voz del castaño). Tiene amor por sus amigos de secundaria, aunque algunos llamen con su voz odiosa al menos una vez por semana, y otros que llaman más seguido y con voz menos odiosa (aunque los comentarios que hace Watari parecen fastidiar a Yahaba pero que ken no termina de comprender por ese código de mejores amigos que es tan propio y complejo). También a sus amigos del trabajo. Esos a los que Yahaba presentó una vez en una cena de trabajo en la que Ken se sentía intruso. Como un espectador presenciando algo que está fuera de lo permitido, tal como las palabras que parecieran estar en otro idioma para él, con nombres extraños y chistes con remates incomprensibles. Y en esa cena lo único que se sentía como “casa” era el calor emanando de la pierna de Shigeru, que gracias al número de personas apretujadas Kentaro podía presionar con la suya justificadamente. No por ese deseo llameante que se hincha cada día más en su pecho. Más, más y más.

Si tan solo el miedo a cuál sea la respuesta de Shigeru si esas palabras son liberadas. Si abrir la puerta a todas esas emociones no fuese una catástrofe, una carga sobre los hombros de ese chico de cabello acaramelado. Si tan solo. Si tan solo los mensajes que Yahaba oculta no dolieran tanto, si sus gestos abortivos al iniciar contacto no crearán una grieta en el pecho de Kyoutani. Si tan solo pudiera compartir este sentimiento…

Es por eso que el día de San Valentín, cuando Yahaba le ofrece pedir helado y mirar películas románticas con su indiferencia de siempre Kyoutani explota. Pero no como una bomba que lastima y lanza detritos a los pobres espectadores que tengan la mala suerte de quedarse afuera. No. Kyoutani implosiona. 

Es a la tercera escena en la que los protagonistas tratan de resolver su malentendido (por que siempre es las malditas fallas en comunicación y lo que los personajes asumen que piensa el otro y no lo hablan por mantener su ego) que Kyoutani se da cuenta. Es un idiota. Abruptamente se va al baño balbuceando una excusa y se encierra con la mandíbula tensa. Con los ojos ardiendo y agarrándose de los pelos hasta que duele, se sienta en el inodoro. Que idiota. Un idiota por pensar que iba a poder ocultar tanto amor para siempre. Por pensar todo este tiempo en el confort de Yahaba. ¿A qué costo? Si él está bien pero Kyoutani tiene su corazón sangrando tanto que no puede apreciarlo. Un idiota por pensar que sabe que Yahaba siente hacia el, un idiota por dejarse llevar por el miedo a ser herido y lastimarse aun más en el proceso.

Es cuando Yahaba toca suavemente la puerta que Kyoutani se da cuenta de que lleva varios minutos en el baño mordiendo su labio y viendo borroso. Ante su falta de respuesta, Yahaba decide entrar. Y Kentaro… viéndolo de rodillas, aun manteniendo sus manos a unos centímetros de su rodilla, sin tocar pero con sus ojos preocupados y llenos de preguntas que tocan su corazón... Es abrumador. Como si fuesen arrancados de su vientre, los sollozos brotan explosivamente.

También arrancadas de sus labios son las palabras “Te amo”. Y una vez que salen no quieren dejar de repetirse. De volverse tangibles en el aire. Concretas y pesadas en su pecho, pero livianas y parte del aire que le permite respirar cuando las dice. 

Yahaba decide que ese es el momento ideal para taclearlo. ¿O es un abrazo? Duele lo mismo, eso es seguro. Kyoutani prefiere que su pecho duela de esta manera y no como venía haciéndolo los últimos meses donde la consciencia de su afecto empezó a manifestarse tratando de negarlo.

Kyoutani no puede creerlo cuando las manos de Yahaba le toman el rostro. Esas que tantas veces observo acariciar a su gato, al traidor perro de Kyoutani, a las plantas en su balcón que sobreviven misteriosamente, a sus libros que con tanta delicadeza manipula. De la misma forma están agarrando su cara y Kyoutani no puede hacer más que soltar un sollozo. 

“Ken, yo… por, ¿por qué?” Shigeru está a apenas unos centímetros de su rostro y Kentarou quisiera tener los ojos menos borrosos para poder apreciarlo mejor. Aun así puede ver la clara preocupación en esos ojos (¿también lagrimosos?). Kyoutani devuelve el gesto, pasando sus pulgares por debajo de esos ojos castaños y comprueba que salen mojados.

“¿Por qué lloras tú también?” Susurro suavemente.

“Qué más quieres que haga? te vas de repente y te encuentro así y… y me dices que- Kyoutani, yo-”

“Te amo, Yahaba.” Interrumpió Kentarou. El miedo al rechazo esta aun ahí, y la emoción que fue liberada quiere salir antes de que la vuelvan a encerrar. “Te amo tanto que me duele guardarlo. Y todo este tiempo quise mantener- n-nuestra amistad y no cagarla porque amo verte de cerca y feliz y- quiero tanto tocarte y todo el tiempo es abrumador- mhg!”

La boca de Yahaba es tan cálida como Kentarou esperaba. Aun con el ataque inesperado a sus labios, Kentarou siente el vibrar en su vientre que le pide más. Aun con las lágrimas secándose y nuevas ocupando su lugar, esa llama no logra apagarse. 

Kyoutani desliza sus manos sobre la expansión de piel de esa espalda cargada de responsabilidades, sube por ese cuello aun pelado por el sol del verano y se zambulle en el cabello que miles de veces la estática del sillón lo deja parado después de una siesta. Kentarou siente este deseo que lo inunda. Unir sus pechos. Abrazar ese cuerpo tan cálido, sentir el gusto del helado más rico que nunca. Morder esos labios. Saborear el gruñido que desata eso. Mucho, muuucho más rico que el helado. Kyoutani siente que el llanto sale a borbotones y que cada vez el frío de la tapa del inodoro se parece más al de la nieve tras la ventana. Eso solo aumenta sus ganas de hundirse en ese calor, de esconderse bajo la manta y dormir entre esos brazos que no lo quieren soltar. 

“Dios Ken, llevo tanto tiempo tratando de no incomodarte y darte tu espacio que- agh!” Balbuceo Yahaba, apenas separando su rostro para luego besar la mandíbula de Kentarou y intentar bajar hacia su cuello. Lo hubiese logrado si Kyoutani no lo hubiese interrumpido.

“¿Qué?” Dijo, alejando los hombros de Yahaba. A esta distancia podía contar sus pestañas.

“¿Qué? ¿Cómo que qué?” Shigeru frunció el ceño.

“Tu-… aughhh, que imbécil!” Exclamó casi golpeándose al cubrir su rostro con las manos. ¿Eso significaban todos esos gestos abortivos? ?todas esas… cosas raras que Kyoutani no entendía y sobre las que llevaba meses agonizando?

“... espero estés hablando de ti.” Comento Yahaba, claramente confundido.

“Claro que estoy hablando de mí. El mayor imbécil del planeta enamorado de otro idiota.”

Shigeru se quedó callado unos segundos en silencio, levantándose del suelo donde seguía arrodillado. 

“... Aun no puedo creer que me… me- q-quieres así.” Murmuró, estirando una mano como para levantar a Kyoutani del inodoro pero evitando mirarlo a los ojos.

“Enamorado de un idiota alergico a la palabra amor.” Respondió Ken, levantándose y apretando la mano de Shigeru con demasiado gusto.

“Cierra la boca”. Bufo el idiota sonrojado. Kentarou rio, arrastrando al castaño por el pasillo hasta el living, donde la película estaba pausada y el helado derritiéndose en el pote, con el gato de Yahaba corriendo espantado de la mesa ratona y sus bigotes manchados incriminadoramente. Algo para pensar luego.
Kyoutani se sentó, arrastrando a Yahaba consigo. El borde del sillón era algo incomodo, pero no era algo tan molesto. 

“Yahaba…” Ken tomó las manos (tan suaves como imaginaba) del castaño y mirándolo a los ojos, habló. “Hace meses quiero besarte y poder decir que eres mi novio. Que soy el tuyo. ¿Qué dices?”

Shigeru tenía sus ojos enrojecidos y tragó con dificultad. “Como puedes ser tan romántico y tan… no-romántico a la vez?” Kyoutani frunció el ceño pero se mantuvo en silencio. Shigeru suspiró, un sonido nervioso abandonando su pecho. “Y-yo… me gustaría. Salir contigo, quiero decir…”

Kyoutani soltó una risa algo nerviosa, sintiendo sus orejas arder. “Bien. Bésame.” Dijo, regocijándose en la reacción que eso extrajo del castaño.

 

Luego de horas de besos, palabras intercaladas, confesiones y caricias entremedio, Kyoutani dejaba de martirizarse por no haber hablado antes. En su lugar, simplemente estaba feliz de que haber compartido todo ese amor dentro suyo significase que Yahaba era libre de hacer lo mismo. Aunque eso significaba burlas de parte de Watari a través de una llamada en altavoz (de la cual ahora entendía gran parte de esos mensajes en código y chistes de mejores amigos. La gran mayoría a costa de Yahaba) también significaba poder responder a su impulso de mordisquearle el cuello solo para escuchar su quejido sorprendido. Significaba ver esas mejillas sonrojarse y escuchar la carcajada de Watari. Significaba poder acariciar esa espalda erguida al preparar té, significaba poder besar cada expansión de piel visible a través de la ropa (o sin ella). Significaba abrazos sin razón, mimitos en el pelo (de parte de ambos), cosquillas en los pies y bajo las costillas para ganar el control remoto (o porque sí). Significaba el doble de discusiones y el doble de resoluciones (y besos de reconciliación). Significaba trabajo continuo porque nada de ese sufrimiento injustificado volviese a pasar, significaba hablar, pedir, dar, reparar. Compartir… amar. 

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