Chapter Text
El sol se cuela por las rendijas de las cortinas y yo giro sobre mí mismo en el colchón. Le doy la vuelta a la almohada (otra vez) en busca de un poco de fresco que me salve del calor sofocante que se ha adueñado de mi habitación y encaro la luz. No estoy enfadado con el sol ni con la luz, no es como si me hubiera despertado, de todas formas. Llevo toda la noche dando vueltas: vueltas entre las sábanas, vueltas entre los recuerdos.
Aun así, aunque esté despierto, no me levanto todavía. Me quedo aquí, mirando por la ventana, viendo el sol salir lentamente. Muy lentamente. Igual que ayer, igual que siempre. E igual que ayer , a mí me parece absurda la facilidad que tiene el sol para salir por el horizonte ahora que tú no estás para verlo. Me parece inconcebible que los días se sigan sucediendo y el cielo siga brillando. Porque antes tú brillabas con él y ahora yo me apago cada vez más.
Recuerdo que, hace poco más de un año, despertarme era una fiesta. Tú siempre te levantabas antes, hacías mil cosas antes de venir a despertarme a mí. Y la última era siempre el desayuno. Siempre, siempre , venías a levantarme con una taza de café humeante y en la cocina me esperaba, dependiendo del día, una tostada, un bol de cereales y fruta, solo fruta o, incluso, algún dulce. Frente a mi plato estaba siempre el tuyo, con huevos o fruta, con tu batido de proteínas. Y en medio, entre los dos, siempre había un tarro de galletas y un cuenquito con arándanos.
Antes de ti yo no desayunaba. No comida, al menos, porque sí tomaba café. Siempre tomaba café, pero no me gustaba comer. Nunca me ha gustado comer: es un proceso complejo que me hace sentir demasiado mal como para que me guste hacerlo. No, la comida y yo nunca nos hemos llevado bien. Hasta que apareciste tú.
Los desayunos fueron la primera comida que trajiste contigo, y fue la primera que te llevaste.
Los desayunos fueron la primera comida que aprendí a disfrutar, porque siempre los hacía contigo. Tú, sentado frente a mí, leyéndome noticias en el móvil mientras conseguías, de alguna manera, que yo comiera de manera distraída, sin pensar en cada bocado ni en cuántas veces masticaba. Sin contar las calorías que había encerradas en esa migaja de pan. Y, luego, me contabas que, en tu carrera matutina, te habías cruzado con un gatito y que le habías acariciado y mi corazón rebosaba felicidad. Entre medias me preguntabas qué iba a hacer ese día, me preguntabas qué tal iba la novela e indagabas sobre la trama que yo aún no tenía del todo planeada.
Los desayunos fueron, sin duda, unos de los momentos más especiales. Sobre todo cuando llegaba octubre y cada día aparecías con un dulce otoñal diferente. Y yo me los comía. Todos. Y me los comía feliz y sin miedo y sin ansiedad.
Lo peor de los desayunos eran que se acababan. La taza se vaciaba, la comida desaparecía y el reloj avanzaba tan rápido que casi no lo alcanzábamos. El desayuno se acababa y nuestra vida se separaba durante el resto del día, cada uno a su trabajo, sus reuniones, sus vidas .
Los desayunos se acababan. La vida también. La vida, de repente, se acabó. Y el reloj seguía avanzando, pero yo no intentaba alcanzarlo. Las agujas se movían, pero yo solo quería que me arrollasen.
De repente, un día amaneció y yo no desayuné: estaba sentado en el sillón de un hospital viendo cómo la vida acababa, cómo el tiempo se escapaba y yo no podía atraparlo.
Y se escapó.
Y yo dejé de intentar atraparlo.
Y, ahora, cuando sale el sol, nadie me espera con el café recién hecho. Ahora nadie me despierta a besos, pero tampoco necesito un despertador porque ahora, simplemente, no puedo dormir.
Ahora, con suerte, consigo tomarme un café después de la ducha, otros días ni eso tomo porque nadie me lee las noticias ni me pregunta por la novela que lleva meses estancada.
Ahora la casa es demasiado grande y el silencio demasiado intenso. Todo es demasiado oscuro.
Porque tú eras ruidoso y brillante y ocupabas una inmensidad.
Y ahora
no
estás.
Hoy estoy especialmente cansado, las noches se me acumulan y los recuerdos bailan en mi cabeza. Hoy estoy especialmente agotado y, después de apagar el despertador antes de que llegue a sonar, consigo arrastrarme a la ducha. Y arrastrándome, como un alma en pena, me preparo y salgo de casa. Con tiempo de sobra, sin prisas, permitiéndome ir al trabajo dando un paseo. Uno tranquilo en el que, en cualquier otro momento, me habría puesto música.
Pero es que ahora todo me recuerda a ti.
Durante el paseo, antes de adentrarme en el parque, noto unos golpecitos en mi hombro y una voz jadeante tras de mí. Cuando me giro, veo a Kuroo respirando con fuerza, con las mejillas enrojecidas y el pelo más despeinado de lo normal.
—Por fin te pillo —saluda antes de dejar escapar una risita—. He ido a buscarte a casa, pero ya habías salido.
—He salido antes —explico lo obvio, pero él no se queja.
—¿Te apetece desayunar? —pregunta, al tiempo que levanta un vaso para llevar reutilizable—. Es un pumpkin spice latte —explica—, pero con leche de avena.
Y, aunque es demasiado dulce para el desayuno, su sonrisa me invita a alargar la mano.
Perdóname, Bokuto, porque he aceptado ese café.
Perdóname, porque he vuelto a desayunar, pero esta vez, no eres tú quien está en frente.
