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—Baz, mira lo que encontré en la tienda de antigüedades.
Simon llega al apartamento con un frasco que no es más grande que su mano. Pero, a decir verdad, sus manos son grandes, del tamaño perfecto para tomar las mías, entre otras cosas.
Se sienta junto a mí y me muestra el frasco esperando a que lance una respuesta. Por la forma de este y el color del líquido no demoro mucho en adivinar.
—Amortentia— le digo.
En la antigüedad, era muy común que las pestes fueran tratadas con pociones porque aún no existían hechizos lo suficientemente fuertes para tratarlas y tomaba muchos años que alguno adquiriera esa cantidad de poder. Ya con la llegada de las vacunas dejaron de ser necesarias las pociones, además de que los hechizos eran lo bastante fuertes para los que no querían usarlas. Recuerdo que mi madre me contó que, no mucho tiempo antes de que entrara a estudiar a Watford, quitaron pociones de la malla curricular porque no muchos se interesaban en el tema, hasta que casi quedó obsoleto, salvo por algunas familias menos poderosas que pasan la tradición.
No era la primera vez que veía un frasco como ese. Mi primera experiencia con la Amortentia fue en un museo de Escocia, en un viaje familiar a mis 13 años. En el ala de pociones había varios tipos en exhibición. Al principio, cuando comencé a sentir el olor, busqué a Simon por todo el lugar, preguntándome cómo había logrado llegar a Escocia si no tenía ni un penique.
Luego me explicaron qué era la Amortentia.
Para Mordelia olía a chicle de fresa por una muñeca que la traía obsesionada. Para papá fue una mezcla entre el perfume de mi madrastra y un rastro de lavanda, que era como siempre olía mi madre. Cuando pude olerlo detenidamente, sonreí al encontrar lavanda; cuero, por mi tía Fiona; hasta que llegué al olor a chamuscado y bollos de cereza. Creo que ese momento fue en el que comencé a cuestionar mis sentimientos por Simon.
Hasta que a los 15 me explotó todo en la cara. Mi padre tenía un frasco parecido al de Simon en su estudio como recuerdo de ese museo. En las vacaciones previas al año escolar, estaba yendo a la biblioteca cuando el olor me llegó nuevamente. Al principio pensé que algo se estaba quemando, olía mucho a chamuscado. Cuando entré, vi a Mordelia con el frasco cerca de su cara.
—Ni se te ocurra beberlo— le dije al momento que me acercaba—. Dame eso.
Mordelia salió del estudio corriendo. Dejé el frasco más arriba en el estante para que no pudiese alcanzarlo al menos hasta una edad en la que no quisiera bebérselo. Pero no dejé de pensar en eso en mucho tiempo, el cómo el olor a chamuscado y bollos dulces se sintió de forma tan intensa, incluso más que la lavanda.
Un golpe bajo para mí, si me permiten decirlo.
—El vendedor me hizo una buena oferta por algunas cosas que le llevé y me dio este frasco. Me explicó lo que era y esperé a llegar aquí para que lo oliéramos juntos— me dice Simon, emocionado. Lo bueno es que esa chatarra que le dejó el hechicero sirve para algo.
A veces olvido que Simon desconoce varias cosas del mundo mágico. Me gusta verlo feliz por cosas aparentemente insignificantes. Me gusta verlo feliz y ya.
—Qué bueno que no lo abriste antes. No me sorprendería que hayas intentado beberlo.
—El vendedor me explicó bien, Baz. Además— dice acomodándose para sentarse de frente a mí—, ninguna poción puede hacer que ame a alguien más aparte de ti, o que te ame más, de ser el caso.
Quise decirle que no se puede luchar contra la naturaleza de una poción, y menos una como esta, pero la poca sangre que bebí hace rato se acumuló en mis mejillas, cosa que hizo reír a Simon y robarme un beso.
—Basta, déjate de tus cursilerías y abre el frasco— lo empujo sin fuerza, fingiendo molestia, gesto que lo hace reír más fuerte.
Cuando retira el sello y saca el corcho, una nube en forma de corazón sale de la boca del frasco. Debe de ser antiquísimo para que sea capaz de hacer algo así.
Simon abre mucho los ojos, fascinado por la nube, y luego comienza a olfatear como un perro. Se le ve muy feliz.
Estoy feliz, hasta que ya no. Intento no mostrarlo.
—Huele a— dice Simon— huele a bollos de cereza, al café favorito de Penny y a— se detiene un momento para oler mejor— a bergamota, a ti— termina con una sonrisa, mientras me toma la mano.
Intento sonreírle de vuelta. Simon me incita a oler el frasco para que le diga a que huele, pero lo distraigo.
—Pareces un niño con juguete nuevo, Snow.
—Es que no deja de sorprenderme las cosas del mundo mágico. Hubiese sido bueno que nos enseñaran a preparar esto en Watford, no habría demorado tantos años en darme cuenta de mi amor por ti. Mi motivación para seguirte a todos lados definitivamente hubiese sido otra.
—Nos hubiésemos ahorrado tantas discusiones. De saber prepararla, yo mismo te hago una.
—¿Sabías que esto existía?
—Claro que sí. Esta no es mi primera experiencia, para que sepas— le digo mientras me acomodo en el sillón para alejarme un poco del frasco.
—¿Cuándo fue eso?
—Unos años después de entrar a Watford.
Cuando ya estaba aceptando mi nueva vida, cuando ya estabas empujándome a la locura.
—¿Y yo estaba ahí? —me pregunta— cuando la oliste.
—¿El olor a chamuscado y bollos dulces? Como siempre me salías hasta en la sopa, Snow.
Eso lo hace sonreír, mucho. Deja el frasco a un lado y procede a atacarme con besos, porque con él las cosas nunca pueden ser tranquilas.
++++
Al terminar la película me doy cuenta de que se quedó dormido. Me levanto con cuidado del sillón para no despertarlo, tomo el frasco de Amortentia que sigue sobre la mesa de centro y me encierro en el baño.
Después de la sesión de besos nos olvidamos del asunto de la Amortentia y nos pusimos a ver películas. Bueno, Simon se olvidó de la poción, yo esperaba que él no trajera el tema a colación.
Me coloco frente al espejo y destapo el frasco. Huelo detenidamente la poción y cierro los ojos para concentrarme.
La lavanda sigue ahí, mucho más intensa. El cuero de Fiona también está. Me sorprende y a la vez no el encontrar el perfume de Penelope entre los olores. Pero lo que me preocupa realmente es que ya no encuentro el olor a chamuscado de Simon. Puedo sentir los bollos de cereza, pero en menor medida. Eso no está bien.
¿Acaso ya no amo a Simon? ¿Mi Simon?
Alejo el frasco, espero un par de minutos y vuelvo a intentarlo. Lavanda, cuero, perfume, bollos de cereza.
Intento otra vez.
Lavanda, mucha lavanda.
Después de tantos años, ahora que es mío, ¿ya no lo amo?
++++
Me levanto al día siguiente pensando en lo mismo.
Cuando salí del baño la noche anterior, Simon estaba esperando para entrar. Escondí el frasco en mi bolsillo para que no preguntara, volví a dejarlo en la sala y fui a acostarme antes de que Simon saliera. Todo para evitarlo. Intenté dormir, pero sólo pude por unas pocas horas.
Veo a Simon mi lado, aún durmiendo. Sus risos desperdigados por su rostro. Su espalda cubierta de pecas, las cuales he besado incontables veces sin cansarme. Sus alas retraídas por estar descansando.
¿Como puedo no amarlo? ¿Cómo mi Amortentia no sabe que lo amo con locura y pasión?
Le acomodo las mantas, le beso la cabeza y voy a la cocina a por algo.
—A juzgar por la hora asumiré que te quedaste a dormir.
—Buenos días, Penelope.
Ella está en la barra de la cocina sirviéndose café. Me ofrece una taza y la acepto.
—¿Qué sucede, Baz? Pareces más muerto que de costumbre.
—Graciosa.
Se ríe tras su taza y me insiste para que le responda. Desvío mi mirada al frasco de Amortentia al lado de ella y suelto un suspiro.
—Simon me dijo que estuvieron jugando con Amortentia ayer. Espero que no hayan bebido.
—¿Por quién me tomas, Penelope? No es mi primera vez tratando con esto.
Baja la taza y me mira con una expresión divertida. —¿Es por eso que andas así? ¿Simon no te nombró cuando la olió?
—No fue él quien no me nombró— digo casi susurrando, como si así eliminara lo que está mal en todo esto.
—¿No lo nombraste? —Penelope suelta una carcajada— Pensaría que después de tanto tiempo juntos Simon no caería en ese tipo de bromas.
Suelto otro suspiro mientras me siento en uno de los taburetes, de frente a Penelope. No me sorprendería que el alma se me fuera en alguno de ellos después de todos los que he soltado desde ayer. Si es que aún tengo alma. —No lo encuentro en mi Amortentia.
Veo que Penelope afirma la taza con más fuerza de la necesaria. No sé qué tan seguro sea para mí hablar de este tema con ella, siendo que es la defensora número 1 de Simon en todos los sentidos. Quiero creer que a estas alturas también me considera un buen amigo y me dejará explicarme.
—¿Qué sucede contigo? Basilton Grimm-Pitch, si estas con Simon por compromiso te juro que te deformo a hechizos.
—No es eso, Penny. Sabes que lo amo, él sabe que lo amo. Jamás le haría eso. Además, no tuvo tiempo de descubrirlo porque cambiamos de tema antes de que me preguntara.
—¿Entonces que es? Sabes que la Amortentia no se equivoca, en especial esta, que parece ser antiquísima— toma el frasco entre sus manos y analiza las etiquetas esperando encontrar algo. Pierde el tiempo, yo hice lo mismo ayer.
—Lo sé, lo sé. Si la primera vez que la olí él estaba ahí. Su olor a chamuscado y bollos de cereza. Ahora sólo siento los bollos, pero en menor medida.
—Este último tiempo no ha estado comiendo muchos— intenta reconfortarme.
—¿Pero y qué pasa con lo otro? Ya no lo siento, Penny. Me da miedo de que no lo esté queriendo de verdad y me esté engañando a mí mismo, y a él.
—Calma, Baz, no creo que sea eso, debe haber otra respuesta. Inténtalo ahora.
Penelope me entrega el frasco destapado, y veo su sonrisa tras olerlo. Alguien satisfecho con su Amortentia, que sabe por qué es cada uno de sus olores.
Acerco el frasco a mi nariz y siento lo mismo que ayer.
—Sigue siendo lo mismo de ayer, Penny. Sigo sin sentirlo lo suficiente.
—No sé qué decirte, Baz. Yo sigo oliendo los bollos intensos como siempre. Incluso, ahora apareces tú.
Eso me hace sonreír un poco, saber que nuestra amistad esta al mismo nivel.
—No entiendo— digo hundiéndome en mi asiento— Sigo oliendo el cuero por mi tía, tu perfume, los bollos, débilmente, y un intenso olor a lavanda por mi madre.
—¿Lavanda? — pregunta extrañada.
—Si, mi madre siempre olía a lavanda.
Penny mira sobre mi hombro un momento y cuando volteo veo a Simon parado en el umbral del pasillo. Penny casi tira la taza sobre la isla y sale corriendo por el pasillo mientras me dice que la espere un momento.
Simon se acerca a mí, ya cambiado y secándose el cabello con una toalla. —¿Qué le pasa a Penny? Casi me tira al suelo con ese empujón.
Algo debe haber visto en mi cara, porque deja la toalla y la taza que tengo en mis manos sobre la barra. Me envuelve en sus brazos y yo apoyo mi cabeza en su hombro. El frasco de Amortentia debió de quedar abierto.
—¿Todo bien? Estas raro desde anoche.
—No es nada, solo...— me separo de él y tomo la toalla que dejó para secarme la cara—. Déjame secarte el pelo antes de que dejes todo mojado.
Me levanto para dejarle el asiento y lo hace dándome la espalda. Comienzo con mi labor y un olor delicioso sale de su cabello. Simon no tiene ni un poco de cuidado con sus rizos. Sólo cuando yo me hago cargo es que el nido que lleva en la cabeza parece tener forma.
Verlo sólo me sigue confirmando que lo amo, y me siento muy confundido con respecto a esa ineficiente poción. Acerco mis labios a mi lunar favorito bajo su cuello y dejo un beso al momento que aspiro su aroma a limpio.
Un segundo...
Dirijo mi mirada hacia la encimera y veo que el frasco tiene puesto el corcho.
—Basilton, te creía un ser más inteligente— Penelope llega con la loción de Simon en las manos y sólo quiero darme una cachetada por lo estúpido que fui.
—¿Qué haces con mi loción, Penny?
—¿De qué es, Simon?— Le pregunta ella, señalando la botella.
—De lavanda— dice extrañado— Ya saben, por lo que me dijo la psicóloga.
Cuando Simon comenzó a ir a terapia por las secuelas de su último enfrentamiento con el Hechicero, la psicóloga le recomendó colocar lavanda bajo su almohada para que pudiese dormir mejor. Porque al parecer dormir conmigo no era suficiente.
Como Simon siempre va un paso más allá, todo lo que usaba tenía que llevar lavanda para que, según él, se mejorara más rápido.
—¿A qué viene esto?
—El baboso de tu novio pensaba que ya no te amaba— dice Penny, dejando la loción en mis manos y tomando su taza. Se sirve más café.
—¿Ya no me amas? — dice mientras se levanta y se pone frente a mí. Su rostro se ve tan triste que sólo pienso en abrazarlo.
—Al parecer ahora te amo más— susurro mientras termino de acomodar sus risos.
—¿Que?
—Dile a que huele tu Amortentia, Basil.
—Ayer me dijo que olía a chamuscado y bollos— dice Simon al momento que se separa de mí. Es tan expresivo que no puede esconder el descontento de su voz y su rostro.
—Eso era la primera vez que la olí.
—¿Y ahora?
Tomo sus manos y lo miro a los ojos —Ayer me asusté porque ya no sentía lo mismos olores. Me faltabas tú, el cómo te recordaba. Pero resulta que te fusionaste con otro olor que ya estaba. Antes eras lo último que olía en mi Amortentia, ahora eres lo primero, y casi absoluto: Lavanda.
—Si lo hubieras visto lloriquear hace rato— se burla Penelope de mí.
—Calla, Penelope— le digo medio molesto medio en gracia.
Ella toma la loción junto a su taza de café y se va por el pasillo. Me quedo solo con Simon.
Me mira a los ojos y aprieta mis manos. El tamaño perfecto. —¿Pensaste que ya no me amabas?
—Seguía pensando que te amaba. Lo sigo pensando— lo tranquilizo—. Pero me parecía muy extraño que una poción de esa naturaleza y antigüedad estuviera equivocada. Con Penelope incluso revisamos si estaba mala o algo.
—Es una poción, Baz— dice rodeando mi cintura, acercándonos un poco más—. Mientras nosotros estemos seguros, no importa qué diga cualquier objeto mágico.
Lo envuelvo en mis brazos y siento ese intenso aroma a lavanda que me calma al igual que a él.
El olor a hogar.
