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Los santos y a los piadosos, los temerosos de Dios y sus legionarios. Los fieros que cultivan los infiernos, con sus pompas abisales y sus grandes obras inconclusas. Los que ansían vastos imperios de caprichos ilimitados, nuevos e imperiales vasallajes. Los generales que cambian la faz de las arquitecturas del tiempo y la carne de los hombres. Los sabios, los profetas, los generales. Los generosos y los iluminados.
Sayid los conoce bien, a todos.
Tienen el poder hipnótico de las serpientes, carisma para comenzar guerras y provocar inundaciones. Se construyen templos para honrar sus muertes, son la carne de las leyendas y la clase de hombres a los que otros hombres siguen a la guerra. En Tikrit, las mentiras de Sadam podían ocultar el sol y salar la tierra. Hay algo, una energía terrible, en algunos hombres, que derriba las puertas de otros hombres, en silencio ordenan “sígueme”, no necesitan más palabras que su cuerpo, “sígueme a mí”.
Sayid conoce su poder. Ha visto enterrar hombres entre llantos triunfales, ha escuchado cómo crujen los soldados iraquíes bajo los carros americanos de combate. Cruzó el desierto, los hombres en Kuwait también crujen.
Ha visto Kuwait y las mezquitas de Isfahan ardiendo en llamas. Y cuando vio por primera vez el rostro del enemigo que venía del golfo supo que había hombres así en todas partes. En el desierto, comprendió que aquellos adolescentes de ojos claros que invadieron las calles con sus tanques también creían en Dios y tenían madres al otro lado del océano y creían en que alguien les guiaba por el camino correcto. Igual que en Tikrit, donde los niños decían “Sadam sabe, Sadam nos hará libres”.
La libertad que predican los líderes son cuerpos inertes a los pies de las mezquitas y madres sin hijos y miles de hijos, lejos de sus madres. Hay hombres que convocan a la fe y Sayid huye de ellos, desde hace años y no importa lo lejos que esté de Irak porque Irak le persigue hasta en sueños y no deja de encontrar mártires y no deja de encontrar líderes.
Solo quiere ser un hombre y creer en sí mismo y seguir únicamente su propio instinto.
Pero está condenado a fracasar. Vaya a donde vaya, vuelve a Tikrit. Y vuelve a la guerra. Y vuelve a ser un soldado, esperando cumplir órdenes, manchándose las manos de sangre para obedecer a hombres en los que no cree. Igual que en casa, igual que en Sidney. –Sus manos todavía huelen a la sangre de Ezram-.
También en la isla hay una guerra.
Y enemigos invisibles que parecen dispuestos a todo por su fe, igual que en el desierto. Sayid se pregunta en qué creen y a quién seguirán hasta la muerte, por quién estarán dispuestos a llenarse las manos con la sangre de los más jóvenes, esos enemigos. La jungla es Tikrit y está llena de voces que murmuran “sígueme”.
Los hombres siguen a esas voces.
Sayid lo sabe.
También entre los suyos hay líderes. Los hubiera podido señalar con el dedo en el momento exacto en el que el avión se agitó con la primera de las turbulencias. El cielo les castigó entonces con su agitación trémula y en esa fractura de la calma, surgió la tormenta en el desierto y aparecieron, iluminados e invencibles, los héroes, los generales, los dictadores y los hombres santos.
Locke es el que más le preocupa.
Ha visto otras veces esa mirada en calma, esa sonrisa que proviene del otro lado de la locura, esa certeza plácida incluso en mitad de la batalla. No sonríen así, ni los soldados, ni los mártires. –Sayid piensa en Ezram y su cara de pánico y sus dudas antes de suicidarse-. Ah, no, los mártires no están en paz, como Locke. Esa clase de energía por la que parece poseído, solo pertenece a los hombres iluminados.
En Tikrit, en Sidney, en la jungla, los hombres iluminados pueden ser la causa del infierno en la tierra. Están convencidos de tener a dios de su lado y un hombre que escucha la voz de dios, hará que su voz sea un mandato divino para otros hombres. La gente sigue a los iluminados. A cualquier parte.
Sí, Locke es el que más le preocupa. La gente no se preguntará si les conduce al cielo o al infierno. Simplemente, le seguirán. Sayid sueña con un mundo donde cada uno oiga solo su voz, y no obedezca los murmullos de los árboles pero hace años que salió de Irak y vaya a donde vaya, encuentra devotos ansiosos de alguien que les conduzca. Es el destino de los hombres. Ha visto cómo miran a Locke. Los que le temen. Los que le odian. Los que confían en él. Todos saben que está iluminado y quieren seguir esa luz para dejar de sentirse perdidos.
Le seguirán al fondo de esa escotilla, sin pestañear, ni dudarlo, ni preguntarse qué o por qué.
Llega a la orilla a buen paso. Jack está revisando la construcción del barco, observando desde la distancia cómo va avanzando el proceso. Sopesa y evalúa y le pregunta a Michael por los vientos marítimos y es curioso pero ni siquiera cuando Michael le habla del mar, Jack mira hacia el horizonte. Es el que menos tiempo pasa mirando fuera de la isla. Jack solo cree en lo que ve y el mar no es lo que le preocupa. Cuando Sayid mira desde la arena, cree ver a lo lejos las cúpulas de las mezquitas. Isfahan, al otro lado del océano. No sabe si Jack ve algo más que el mar.
Y a ella.
-Jack.
Aparta la mirada del barco y se encuentra con sus ojos azules. Después de haber torturado a tantos hombres, ha aprendido a mirarles como si fueran animales enjaulados, tratando de buscar sus cualidades, sus debilidades, lo que les haría llorar y confesar sus crímenes. Quisiera evitarlo pero en cada hombre, Sayid busca la respuesta a su enigma. En Jack ve el corte noble de la cara, la firmeza de la mandíbula, la expresión tenaz, la preocupación en la frente, la mirada que un hombre que sopesa y duda y siempre toma decisiones, aunque no quiera.
-Tienes que acompañarme.
No le pregunta a dónde, ni a qué. Mira una vez más la barca y luego asiente, coge la mochila, se adentra en la jungla con él, directamente hacia esa escotilla que aún no ha visto pero Sayid le va a enseñar, por primera vez.
Nunca la puerta del cielo ha estado enterrada bajo tierra. Jamás.
-Locke ha encontrado algo –le explica de camino.
Y Jack no pregunta casi nada porque sabe que va a verlo, dentro de poco y Jack no pierde el tiempo esperando que nadie le explique nada, porque cree en ver las cosas por sí mismo y dar con sus propias explicaciones. Porque para Jack todo tiene que ser a su manera.
Él también es la clase de hombre al que siguen los hombres.
Hasta el fin del mundo.
Hasta Isfahan, al otro lado del océano.
Hasta el fondo de una escotilla, si él se lo pide.
Sayid espera que no lo pida.
Sayid, en realidad, no quiere creer en nadie. Ha visto cómo destruye esa fe a las personas. Solo quiere volver a creer en sí mismo. No quiere ser un soldado, ni que haya una guerra pero la guerra le sigue y Sayid sabe que él es el mejor soldado posible. Que la gente -sus generales, sus superiores, la CIA, Shannon- le pide cosas y él obedece y las cumple lo mejor que sabe. Siempre ha sido así. Y siempre es la misma guerra. Pero si los hombres y las mujeres de esa isla, están condenados a seguir a alguien y dar su vida por él, entonces un buen soldado, solo puede hacer una cosa.
Seguir a un líder en el que merezca la pena creer.
Jack le sigue a través de la jungla y de sus peligros acechantes. Pero en realidad, es Sayid quien le sigue a él, con la esperanza de que les conduzca hacia una guerra justa y un futuro mejor.
No ha elegido la guerra pero elegirá a Jack para ganarla. Le dice "estamos llegando" y Jack no dice nada. Camina, simplemente. Por eso le seguirán, hombres y mujeres, por ese caminar que oculta dudas pero parece seguro, imparable.
(fin)
