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El día había sido un fiasco personal.
Aunque todos se habían divertido en la Festa Junina y le gustó compartir un momento con sus amigos, luego de su boda falsa con una foto todo se fue a la mierda. No fue por el hecho de que la persona con la que deseaba casarse no estuviese allí o todos lo tomaran como un chiste, sino que realmente se dio cuenta que no podía sentir nada relacionado al amor, o a la felicidad de estar junto a la persona que más adoras en la vida.
Se sentía vacío.
Apenas salió de la iglesia se dio cuenta que estaba fingiendo una sonrisa, su rostro dolía por ello y pronto su vista se nubló por lágrimas traicioneras que amenazaban deslizarse por sus mejillas.
“¿Por qué no puedo sentirme feliz? ¿Por qué no puedo sentir nada?”
Estaba intranquilo. El pecho le dolía intentando buscar desesperadamente un sentimiento, el que fuese, algo que dijera que aunque fuese una boda falsa, al menos podría estar con Wilbur así como había visto que Roier y Cellbit querían estar.
Casados y enamorados.
Y aún en la soledad de la noche, recostado en su cama mirando la luna a través de la ventana, no pudo encontrar respuesta.
¿Qué era el amor para él?
Inevitablemente la primera imagen que aparece en su mente es su igual. El Quackity solía decirle de pequeños que siempre iban a estar juntos porque nadie más lo iba a entender y amar como él lo hacía. La palabra amor en sí salía muy fácil de sus labios cuando se trataba de él, de ellos, así que nunca se cuestionó más allá. Todo con su gemelo se sentía correcto y en orden.
Cuando crecieron, él se encargó de hacerlo sentir el infierno, entre humillaciones, violencia de todo tipo, jugando con su mente y sus sentimientos… Pero luego lo volvía a mirar como si fuese su mundo, la única persona que importaba y lo amaba hasta saciar todas sus ganas.
Que asco.
Ni siquiera su figura paterna fue capaz de enseñarles, ni nadie en la Federación, sobre qué era el amor. Al menos el amor real.
Siempre confió en su igual porque con él se sentía tranquilo, protegido… Era una extensión de sí mismo y este parecía corresponder y entender todos sus sentimientos sin cuestionarlo y sin siquiera preguntarle. Siempre lo miraba a los ojos y sabía que pasaba por su mente para luego cobijarlo entre sus brazos.
A veces deseaba volver a esos tiempos.
Con un suspiro cansado, lamentando su miseria es como se cobijó entre las mantas para así dormir al fin. Ya mañana sería otro día.
Pero al final su mente lo llevó a una espiral de emociones y sueños que quería eliminar de sus recuerdos. Las voces suenan como un eco, siente el roce de manos contra las suyas, la calidez de unas alas doradas que lo envuelven. Risas y juegos cómplices, la mirada profunda de su igual sobre él en un gesto amable, pero que poco a poco se oscurece como la noche, le traga como la boca de un lobo y lo hace sentir incómodo, lo incómodo pasando al miedo y el miedo al pánico. Siente que quiere escapar.
"No, jamás nunca podrás escapar de mí. Incluso cuando cierres los ojos, tus pensamientos te traerán de vuelta como un imán."
Su cuerpo se sacude del susto, despertando de golpe y sentándose con rapidez en su cama, respirando agitado con el corazón en la garganta.
¿Un mal sueño, no?
"Sí…" Responde sin querer, pero es en un segundo que se da cuenta que no son los pensamientos en su cabeza, es una voz real.
Levanta el rostro apresurado y a los pies de la cama, mirándolo fijamente entre la oscuridad de la noche se encuentra El Quackity, de pie con sus manos escondidas en su espalda.
Observándolo dormir.
"¿Qué…?" Diría que estaba asustado, pero no tanto como creyó. Sí sorprendido, bastante.
Esta siempre había sido la tónica de su relación. Incluso en las oficinas de la Federación, El Quackity le despertaba en medio de la noche porque la mirada sobre él se hacía demasiado pesada como para ignorarla aún en sueños. Sobre todo en los últimos años antes de salir a la isla con una labor que cumplir.
Pero ahora estaba en la habitación de su casa, lejos de las oficinas y en medio de la noche. Un escalofrío lo recorrió sin querer al saber que pudo colarse como si nada y observar en completo silencio como duerme. No es común, para nada, que El Quackity esté ahí en esos momentos, se supone que su labor es en la Federación.
“Tsk, ahora eres un depravado que se mete a casas ajenas.” Comenta con desdén cuando la sorpresa inicial abandona su cuerpo, sentándose en el borde de la cama porque definitivamente el sueño no es algo que pareciera recuperar por esta noche.
El Quackity no responde, solo puede escuchar su respiración pausada desde donde está, antes de que sus pasos lentos y tranquilos resuenen en el piso de loza, caminando hasta situarse frente suyo.
Alza una ceja cuando al fin puede ver su rostro; tiene una expresión indescifrable, casi diría que en blanco. Sus ojos brillan por sobre la luz de la luna que se cuela por la ventana y puede sentir su aroma inconfundible cuando se inclina lo suficiente hasta tener su rostro cerca del suyo.
“Dime, Quackity. ¿Quién es Sofía?” Pregunta en voz suave, un falso tono de paciencia deslizándose por su lengua.
El mencionado se queda incrédulo por unos segundos. ¿Sofía? ¿Venía en medio de la noche a preguntar quién mierda era Sofía? Resopla divertido sin estarlo realmente, encogiéndose de hombros.
“¿Para qué quieres saber? ¿Ahora tienes un interés repentino en las chicas?” Ríe irónico, buscando fastidiarlo.
El Quackity solo mantiene su expresión inmaculada, pero su tono de voz baja hasta ser un susurro de advertencia.
“Quackity, quién es Sofía.”
"Un habitante de la isla, quién más". Miente descaradamente, encogiéndose de hombros. Quiere que se vaya, lo último que esperaba de este día de mierda era que su gemelo viniera a verlo a su casa y preguntara por la computadora de Maximus. La misma a la que buscó en un momento de desesperación por entender sus sentimientos y tener alguien o algo con quién hablar. Lo hacía sentir más miserable.
"No hay ningún ente femenino en la isla que se llame Sofía, los registros son claros. Te pregunto una última vez, quién es Sofía".
Quackity se gira a verle al escuchar su tono amenazante. Parece hastiado y al límite de la paciencia. Puede notar su mandíbula apretada mientras mantiene su mirada fija en él, oscura y densa.
Cualquier otro se sentiría intimidado, El Quackity podía ser bastante cruel y no tenía miedo a nada cuando se trataba de lograr sus objetivos. Su mirada era peligrosa como la noche en la isla y no auguraba nada bueno.
Pero él le conocía, le conocía bastante bien, y aunque podía sentir su rabia de mil maneras, ya no era tan débil para dejarse doblegar por su mal carácter.
"No sé". Responde sin inmutarse, dándole mejor la cara de aburrimiento.
Bueno, quizás aún seguía siendo débil a su cambio de humor.
Porque cuando sus cabellos son jalados con fuerza con la mano que se enreda en sus mechones, no puede evitar quejarse con una mueca de dolor y molestia.
El Quackity le mira exasperado desde arriba, obligándolo a alzar el rostro con un movimiento brusco de su mano.
“Eres un puto idiota, no entiendo por qué estás tú en este lugar si no sirves para absolutamente nada. ¿Acaso te divierte jugar al estúpido? ¿O es que ya te volviste un pendejo viviendo rodeado de ellos todos los días?”. Masculla el menor con rabia, sintiendo cada una de esas palabras que escupe con veneno mientras tira de sus mechones como si un castigo se tratase.
“Fucking idiot, let me… ¡fuck!” Maldice, siseando antes de intentar apartarse de su agarre, empujándolo sin mucho éxito al principio, por lo que decide golpear con su puño un costado de El Quackity, escuchando como a este le falta el aire por un segundo, soltándolo en un siseo de dolor mientras lleva una mano a su costilla.
“Bastardo hijo de puta” Arremete apenas se recompone, llevando ambas manos al cuello del primogénito para ahorcarlo mientras le empuja con fuerza contra la cama.
Quackity logra soltar un quejido antes de que su garganta bloquee cualquier sonido, desesperándose rápidamente cuando el aire no alcanza a llegar a sus pulmones y estos comienzan arder. Inevitablemente siente sus ojos llenarse de lágrimas, llevando sus manos a rasguñar las ajenas para alejarlo, pataleando debajo de su cuerpo en un intento de apartarlo sin mucho éxito.
“No entiendo… por qué siempre tienes que hacer todo tan difícil. Por qué todo tiene que ser a la fuerza contigo, puta madre”. Se queja El Quackity, observando como su igual boquea intentando respirar, intentando sobrevivir de algún modo mientras sus movimientos poco a poco pierden fuerza por falta de oxígeno.
Pero la rabia que lo gobierna lentamente se desvanece y en sus huesos se cuela la desesperación. Siente cómo sube en un cosquilleo por las manos culpables que aprietan el cuello de su contraparte. De nuevo se siente como un pecador, un juez injusto que solo busca castigar porque sí.
Quackity no tiene la culpa. Son los demás isleños con sus ideas ridículas de una revolución, con sus pobres intentos de ir en contra de la ley con los pocos recursos que tienen. Esta tarea ni siquiera era de suma importancia, ¿entonces por qué se había molestado en venir personalmente a buscar la información con el mayor? Él sabe bien que la Federación todo lo ve, todo lo sabe. Es casi imposible mantener un secreto en este lugar, lo de Sofía eventualmente saldrá a la luz sin tener que intervenir demasiado.
“De nuevo comiendo ansias, W.Z-00”
“Fuck”. Escupió, soltando el agarre del cuello del mayor, escuchando como este inhala profundamente, tragando una bocanada de aire para luego toser estrepitosamente, intentando sentarse mientras llevabas sus manos a su cuello para acariciarlo, adolorido.
El Quackity le mira distante, una mueca de disgusto en el rostro mientras observa las marcas rojas de sus manos sobre su piel. La evidencia perfecta de su crimen, de sus emociones descontroladas sobre el primogénito.
“Imbécil de mierda…” Susurra con la voz quebrada el mayor. La garganta le duele un montón al igual que sus pulmones que aún intentan recuperar todo el aire perdido. Tose sin poderlo evitar y no sabe si las lágrimas que se deslizan por sus mejillas es por eso o por angustia pura.
“Quítate”. Le empuja de encima de él, haciendo que el menor caiga a un costado en la cama, dejándose casi como un muñeco de trapo. La energía dominante con la que apareció en su habitación había desaparecido completamente.
Casi siempre era así. Luego de dejarse dominar por sus acciones, disociaba, como si no fuese capaz de comprender las consecuencias de sus actos, por lo que su mente se desconectaba de su cuerpo antes de caer en la locura.
Quackity prefiere ignorarlo, acomodándose casi a los pies de su cama mientras se limpia el rostro mojado de sus lágrimas y poco a poco se recompone. El corazón ya no late tan desbocado y su respiración se calma lentamente. El ardor de su cuello persiste, así como la sensación de las manos calientes de El Quackity contra su piel, apretando.
Aún así, esta no es la primera vez que sucede. Ya había perdido la cuenta de las veces que ha estado a punto de morir asfixiado por su gemelo.
“¿Te duele…?” Escucha su voz preguntar en un susurro débil. Le mira con el ceño fruncido, queriendo golpearlo hasta hacerlo sangrar.
“Vete, vete antes de que me arrepienta”. Le advierte. Su voz aún suena quebrada y demasiado ronca. Lo odia porque probablemente se escucha de todo menos amenazante.
Silencio.
Nadie dice nada, solo se escucha su respiración pesada y el ruido de algún que otro bicho nocturno sonando afuera. La habitación pronto se siente más helada, el calor de la rabia se ha esfumado y solo quedan dos personas dándose la espalda.
Pasan los minutos y el crujir de la cama lo alerta, pero antes de alejarse siente el calor de unos brazos rodeando su cuerpo por la espalda, afirmando las manos en su pecho y el rostro entre sus omóplatos, ahí donde nacen sus alas doradas.
Se tensa inevitablemente. Está en una parte bastante sensible y restringida de su cuerpo, no lo quiere cerca de estas bajo ninguna circunstancia. Pero un extraño sentimiento surge en lo más profundo de su pecho, bastante parecido a cuando eran pequeños y se refugiaban entre la suavidad de sus plumas.
Es casi primitivo.
“No es tu culpa, no es tu culpa Quackity”. Murmura el menor contra su espalda, apretando las manos en su pecho para tenerlo más cerca.
Quackity jadea cansado y afectado, afirmando sus manos en sus rodillas. El calor del menor no debería ser tan reconfortante luego de que intentara ahorcarlo hasta la inconsciencia hace minutos atrás. Pero a veces, solo a veces, entendía que se dejaba llevar mucho por sus emociones. A veces solo quería el refugio que sus brazos podían entregarle luego de un mal día. Y ellos llevaban bastante tiempo sin verse, casi tres meses completos.
Eso era más de lo que un alma separada puede soportar.
“Déjame solo”. Pide en una súplica silenciosa, cerrando los ojos porque se sentía demasiado abatido emocionalmente. Pero tampoco hace nada por alejar al contrario quién se mantiene acurrucado en su espalda.
Siente un nudo en el pecho, hay muchas emociones queriendo salir al mismo tiempo porque con su gemelo siempre era igual, siempre lo hacía pasar por una montaña rusa que lo dejaba inestable de mil maneras. Lo atacaba, lo humillaba de la manera en que quería, pero solo él podía ver la magnitud del daño para recompensarlo en una caricia al alma que le devolvía la confianza ciega en él.
Lo odia por eso, siente que lo hace quedar como el débil, el que necesita siempre ser protegido por todos. Inferior, tonto y ridículo.
“No pienses tanto”. Le escucha hablar detrás suyo, con la voz amortiguada. “Estoy aquí, siempre lo he estado”. Siente sus manos subir por su pecho hasta alcanzar su cuello nuevamente y por un segundo el miedo vuelve a latir con fuerza en su cuerpo. Pero no pasa nada, absolutamente nada, porque su gemelo le acaricia con cariño y cuidado, como queriendo borrar las marcas de su ataque.
“Basta…” Susurra con la voz débil, apretando sus manos para calmar el tren de emociones que siente en ese momento.
“Te sentí hace horas”. Confiesa mientras afirma su frente en su hombro. “Sentí el vacío en el pecho. ¿Sucedió algo?”
Quackity tiembla al recordar lo que había pasado en la fiesta. La boda falsa, la foto de Wilbur y sus amigos vitoreando. El sentimiento de no pertenecer a nadie, de que nadie podría quererlo; aunque ni siquiera podía comprender el concepto de amar incondicionalmente.
Hasta que la muerte los separe.
“¿Seremos libres del otro cuando uno muera definitivamente?” Pregunta, aunque suena como una pequeña reflexión. Quizás sí, quizás alguno de ellos tenía que morir para que el otro pudiera comenzar a hacer su vida.
Pero no era tan fácil.
Y ni siquiera es por la estúpida misión de la Federación o cualquiera de sus planes. Es que siente que si El Quackity desaparece de su vida para siempre él ya no podría seguir viviendo. Es arrebatarle la mitad de su alma, literal y figurativamente. Podrán mantenerse separados físicamente todo el tiempo que quieran, pero con la certeza de que siguen existiendo, sintiéndolo en su pecho. Si El Quackity muere, ¿quién llenaría el vacío de su pérdida? ¿Quién podría mirarlo a los ojos y entender todo lo que está sintiendo en esos momentos? ¿Quién sería capaz de cobijarlo sin cuestionar demasiado?
¿Quién podría amarlo tan bien y tan mal?
Está atado de por vida a él, sus almas enlazadas aunque así no lo quisieran.
Eso lo hace sentir frustrado y acabado. No puede sentir amor porque nunca ha entendido qué es, o porque no ha tenido que cuestionarlo hasta ahora al ver con sus propios ojos cómo se supone que amar es. Porque El Quackity llena todos esos espacios vacíos como la pieza que encaja en el rompecabezas de su alma.
Sí, le puede gustar alguien, de hecho, le gusta alguien, o dos. Pero jamás nadie lo va a complementar tan bien, como un espejo donde pueda reflejar todas sus emociones y absorberlas sin tener que cuestionarlas o darle un sentido. No necesita una boda, un felices para siempre o un alma gemela.
Ya la tiene.
"No quiero morir." Murmura el menor.
"No, yo tampoco". Niega, suspirando pesado, con la mirada caída, perdida en la nada.
El Quackity suspira cansado, retirándose de su posición solo para poder acomodarse en la cama, jalando el cuerpo del mayor con él quién sólo se deja guiar. Uno de sus brazos pasa por debajo de su cuello cuando Quackity afirma la cabeza en su pecho, afirmando su mano encima de su corazón y sintiendo el suave latido de este contra su palma, completamente sincronizado con el suyo.
Memorias vuelven. Si cierra los ojos puede sentir una tranquila brisa de verano y el césped verde bajo ambos. Están recostados en el suelo, mirando las nubes cambiar de formas en un cielo azul. Quackity apoyado en el pecho del menor mientras El Quackity apunta al cielo, ambos divertidos con aquella simple actividad.
A veces quería volver a esos viejos buenos tiempos. Sin ninguna preocupación más que cumplir con las actividades del día a día.
“Lay your head where my heart used to be…” Escucha la voz del menor sobre su cabeza, cantando suavemente para él. A veces, cuando eran pequeños y las sombras de la noche aún lo asustaban, El Quackity solía cantarle hasta que se dormía. Lo calmaba así como hace ahora. “Hold the Earth above me, lay down in the green grass”. Sus dedos se deslizan por sus cabellos en una caricia suave, contrastando completamente con la violencia a la que lo había sometido minutos atrás. “Remember when you loved me…” Su voz es tranquila, apenas un murmullo que logra escuchar porque está cerca suyo. Las palabras salen arrastrándose perezosas, así cómo él se siente ahora mismo.
Le abraza por la cintura, escuchando a su igual tararear mientras se acomodan en un abrazo cálido, escondiendo el rostro en su pecho dispuesto a descansar. Ha sido suficiente por hoy, por esta noche. Se siente exhausto emocional y mentalmente y de alguna forma El Quackity es el cobijo que no sabía que necesitaba hasta que su alma clamó por un poco de él.
El sueño llega rápidamente y ya no hay malos recuerdos, solamente un infinito campo verde, el cielo azul y unas manos cálidas y familiares sosteniendo las suyas.
Cuando abre los ojos nuevamente ya es de día, el sol se cuela por la ventana e ilumina toda su habitación. Se gira en la cama y se da cuenta que está solo nuevamente. El fantasma de su hermano queda en el aroma que dejó en la almohada y el dolor en su cuello.
Se frota el rostro con sus manos, despabilando un momento antes de decidir volver a acurrucarse entre las frazadas, tapándose hasta la cabeza. Hoy no tiene ánimos de salir. Tal vez se levante a buscar algo de comer y seguir durmiendo ahora sin tantas interrupciones, aunque su alma se siente descansada y mucho más tranquila.
Cierra los ojos y vuelve a soñar.
Cuando decide salir de su casa y rehacer su vida donde lo había dejado varios días después, puede notar el clima un poco agitado entre algunos de sus amigos. Palabras secretas, reuniones a escondidas y el pánico en Maximus cuando al fin lo encuentra.
Sofía se había ido.
