Chapter Text
—Tiempo sin vernos, Doctor —sonrió el ángel.
—Se sintió como una eternidad, Aziraphale —El Doctor se levantó del suelo y se limpió el polvo. A pesar de estar teniendo uno de los peores momentos de su vida, estaba muy feliz de ver al ángel frente suyo. Y recuerdos de regeneraciones pasadas vinieron a él.
Se acercaba la hora.
—Te extrañé —susurró El Doctor mientras se escondía en el abrazo que siempre le daba al ángel, cálido y lleno de memorias.
Aziraphale asintió y acarició su cabello estrechando el abrazo, El Doctor había cambiado muchas veces, la última regeneracíón que conoció era un hombre que tenía la fachada de ser alguien serio, aunque era de lo más gracioso, fantástico, podría decir. Esta vez, se había vuelto más delgado y su cabello era castaño suave, su estilo había cambiado, pero su sonrisa seguía siendo igual de cautivadora como miles de veces lo fue. Se le derretía el corazón con tan solo verlo y se le acongojaba al recordar lo que significaba, pero pasó por aquello tantas veces que la pena se hacía cada vez más llevadera.
El Doctor se tomó un momento para observar cada facción del ángel, era realmente precioso y sus corazones rebosaban de asombro cada que era iluminado por la luz que desprendía Aziraphale tan brillante que podría llenar una ciudad entera tan solo con un ligero batir de sus alas. Ah y las alas, imposiblemente blancas y ordenadas que se movían junto a cada expresión del ángel y eso le parecía magnífico. Tantos rostros lo habían visto y aún así no podía tener suficiente.
—No has cambiado nada, incluso ese moñito que siempre llevas sigue en su mismo lugar —señaló El Doctor— Estoy agarrándole gusto.
—Bueno, mi querido chico, yo puedo decir que has cambiado mucho ¿Dónde quedó aquella bufanda tan colorida o la chaqueta negra? —respondió Aziraphale, queriendo seguirle el juego— Sin embargo, te ves deslumbrante como siempre, el saco me gusta por cierto.
—Entonces te la regalaré —le guiñó juguetonamente.
No es muy seguro decir que los ángeles se sonrojan, normalmente tienen la regla de estar privados de cualquier emoción que pudiese interferir con sus deberes divinos y Aziraphale era un ángel que acompañaba a los muertos a la otra vida, a pesar de esto, él se sonrojó notoriamente. Era claro que Aziraphale no era un ángel que seguía las reglas a pie de letra como le gusta aparentar.
—Ay, Doctor.
—Hey, lo digo en serio, ángel, cuando me vaya te lo daré solo espero que lo cuides bien, las manchas no le van a este saco.
Entonces su rostro cambió a un tono más melancólico.
—Lo haré, lo prometo —Aziraphale se acercó, las puertas de la TARDIS estaban detrás del castaño y con curiosidad las miró— ¿A dónde me llevarás esta vez, querido?
—¡Estaba esperando a que preguntaras! —De un chasquido abrió las puertas y tomó la mano del ángel para llevarlo dentro de su nave, emocionado empezó a divagar mientras presionaba muchos botones a la vez— Junto a Rose encontré este planeta… Alfa Centauri ¡Está escondida en una estrella! ¿Puedes creerlo? ¡Es brillante! Y me pareció el lugar perfecto para llevarte, estoy seguro que te encantará, Aziraphale.
Cuando volteó la mirada al mencionado, podría decirse que sus ojos destellaban como las estrellas que mencionaba, como un niño emocionado con un helado gigante. Entonces en esos, de momento marrones, ojos, que aunque cansados, tenían una admiración inacabable por el universo. Aziraphale tan solo podía escuchar atentamente lo que decía e imaginárselo palabra por palabra, así podía entender aquel asombro que emanaba El Doctor.
—Confiaré en lo que dices, Doctor.
—Eso quería escuchar ¡Allons-y!
Aziraphale guardó sus alas y, como ya era una costumbre para cada acompañante del Doctor, se agarró fuertemente de la TARDIS mientras esta se movía como si fuera presa de un terremoto.
En un sacudida ya habían llegado a su destino, pero antes de abrir las puertas, El Doctor tapó los ojos de Aziraphale para crear un efecto sorpresa en él, pues tenía la seguridad de que era algo que jamás había visto, diferente de los otros viajes que realizó junto a él.
—¿Ya puedo ver? —preguntó el ángel sin hacer trampa.
¡Tarán!
Cuando pudo ver dónde se encontraba, las palabras no le eran suficientes para describir lo maravilloso que era el paisaje, el cielo, la tierra, su luna, su todo, hermoso como nunca lo hubiera imaginado. Pudo entender a los humanos cuando los escuchaba desear vivir en una estrella y estaba más que de acuerdo. Esta belleza no se encontraba en ninguna parte del Cielo, inefablemente brillante, Aziraphale se permitió usar esa rara combinación de palabras.
—Oh… Vaya… —suspiró Aziraphale, como si tan solo mirarlo le hubiera robado el aliento.
—¿No te gusta? —El Doctor estaba temeroso.
—¿No gustarme? Ay Querido, todo lo contrario ¡Es espléndido y me quedo muy corto! Ah, se supone que soy muy bueno con las palabras, pero ni para mi son suficientes.
El Doctor sonrió. Tambaleó un poco, pues se sentía débil, no obstante, decidió ignorarlo y tomó la mano del ángel que estaba tenso. Intentó memorizar cómo se sentía su tacto y poder llevárselo en sus recuerdos para cuando se convirtiera en otro rostro.
—Demos un paseo, ángel.
Una caminata en un planeta donde el tiempo corría de manera diferente, podría parecer una eternidad dentro de un minuto. El silencio y la tranquilidad que se sentían eran envolventes, mas no asfixiantes, podrías tomar una siesta sin preocuparte por despertar antes de que termine el sueño. El suelo de polvo que asemejaba la escarcha se disolvía con cada paso que daban, los colores en el cielo se tornaban de inimaginables tonos, las vistas a los lejos parecían castillos de cristal. Y también había pasto, un color más pálido que el verde de la tierra, los árboles se alzaban con hojas rojas y blancas que olían a manzanas. Un lugar maravillosamente idílico.
Mientras andaban mantenían una conversación, un recuento de todo lo que el nuevo rostro del Doctor había visto y lo que volvió a encontrar. Los daleks eran todo un tema, parecían no tener final, los cyberman por otra parte, volvían más fuertes que nunca. Viajes en el tiempo, ver a Shakespeare y Agatha Christie hizo que Aziraphale se emocionara, El Doctor sabía de antemano que eso pasaría y por eso le tendió a Aziraphale copias de sus obras favoritas, cada una con una muy amigable firma de los autores deseándole suerte a donde quiera que vaya.
Después de un buen rato decidieron parar bajo uno de los árboles. El frío se elevaba pues era muy noche, entonces El Doctor colocó su saco entre los hombros del ángel, mirándolo cariñosamente como si fuera un tesoro preciado. Por la parte de Aziraphale decidió sentarse recostando la cabeza del Doctor sobre su regazo. Pensó que estaría cansado, pues habían caminado mucho.
—Es chistoso —El Doctor tomó primero la palabra, mientras soltaba un suspiró divertido.
—¿Qué cosa?
—Que las dos veces que me encontré con “ángeles” eran todo lo contrario a ti.
—¿Te encontraste con ángeles? Nunca comentaron nada Arriba —Aziraphale lucía confundido
—No, no, la primera vez que vi uno eran unas estatuas de ángeles que lloraban, si parpadeabas o los perdías de vista ellos te mandarían atrás en el tiempo para que murieses.
—A esos ángeles los conozco, o bueno los conocí —intervino Aziraphale.
—¿Cómo?
—Fueron los ángeles que borraron del libro de la vida, algunos trataron de escapar de su castigo y terminaron convertidos en esas estatuas —el ángel tenía un tono nostálgico y triste al recordarlos.
—Vaya —El Doctor supuso que eso explicaba porqué esas estatuas eran tan antiguas como el universo— Había una con mi rostro, me sorprendí cuando la vi.
—Ciertamente te lo iba a comentar, ese ángel era uno de los creadores de estrellas, creó casi todo el universo incluyendo la estrella donde estamos ahora mismo, sin embargo, cuestionó a la Todopoderosa un poco demasiado y fue eliminado. Algo curioso es que a pesar de tener tu rostro, él llegó a tener el cabello pelirrojo como tú querías.
—¿Lo conocías?
—Algo así, yo admiraba su trabajo y me le acerqué a hablarle, me habría gustado conocerlo más, tal vez nos habríamos llevado muy bien ¿No?
—Seguro que sí.
El Doctor decidió cambiar el tema, no le gustaba que su querido ángel tuviera una expresión tan triste.
—Bueno y la segunda vez que me encontré con otro “ángel” fue un robot controlado por un tipo loco.
—Eso no se ve todos los días ¿Dónde lo encontraste?
—Una navidad en el Titanic, con eso te digo todo.
Aziraphale rio, que raras aventuras tenía El Doctor y que increíble era su habilidad para salir de ellas con vida.
—No te dejas vencer por nada ¿Verdad, querido?
—¿Qué te puedo decir, ángel? Soy un experto corriendo con una caja azul. —El Doctor acarició el rostro de Aziraphale— Me acuerdo que una vez me enfrenté contra el diablo, gané por supuesto.
—¡Contra el diablo! ¿Cómo fue que lo encontraste? —Aziraphale estaba impactado.
—Llegué a un planeta imposible y debajo de un hoyo estaba el Diablo ahí, creí que había muerto pues desde que llegué en las paredes de una nave decía “Bienvenido al infierno” Claro que al final no era el diablo de verdad, pero eso me hizo pensar si al morir definitivamente, yo iría al infierno.
—No digas eso Doctor, no irás al infierno, me encargaré de eso —el ángel suavemente pasó la mano sobre el cabello del señor del tiempo varias veces, reconfortándolo.
—No lo sé, Aziraphale ¿Soy un buen hombre?
—Lo eres, Doctor, eres un buen hombre.
Esa era una pregunta dura, difícil y complicada de responder, mas Aziraphale no tuvo que pensarlo, ni siquiera dudarlo para responder, pues él más que nadie sabía que su Doctor era bueno, amable, que llevó la esperanza a todo el universo conocido aunque la situación le pusiera las cosas difíciles. Aziraphale estuvo muchas veces ahí para verlo. Y aunque hubiera hecho cosas que no se podía perdonar y viviese con la culpa, hasta que a veces no pudiera ni cerrar los ojos por las noches, Aziraphale veía la bondad en El Doctor.
El Doctor se permitió por una vez, tan sólo una vez, creer en las palabras del ángel.
Se volvieron a quedar en silencio, mirándose con cariño mientras dejaban que la brisa fría meciera sus cabellos. Aziraphale usó una de sus alas para cubrirlos. El Doctor seguía sosteniendo la mano del ángel y la colocó sobre uno de sus corazones, su calor le tranquilizaba. En ese momento tantos sentimientos los invadían que habrían querido derramarlos en una cascada de palabras inentendibles. Ni un ángel ni un señor del tiempo tenían permitido sentirse así, pero no lo podían evitar o el dolor de ser separados una y tantas veces les afectaría mil veces más.
—¿Sabes algo, ángel?
—Dime, querido.
—Sería bonito huir aquí, vivir juntos en Alfa Centauri, donde el tiempo se tardaría en encontrarnos y podríamos estar tranquilos. Sería la última vez que huiría y sería un gran honor hacerlo contigo —El Doctor miró hacia el paisaje otra vez
—¿Huir contigo? —Aziraphale pensó en la posibilidad… Dejar el cielo y estar cada minuto junto al ser que ama donde nadie los encontrase…
—Piénsalo, no tendrías que preocuparte por el Cielo y podrías llamarme por mi nombre sin que el universo entre en peligro. Seríamos nosotros dos.
—¿Dejarías de viajar?
—No, pero tendríamos un lugar al que volver. Extrañaríamos la Tierra, pero podemos visitarla cuantas veces queramos. Ah y mira podríamos ver ese amanecer todo el tiempo
El cielo empezaba a brillar de colores más pálidos mientras un gran sol rojo se alzaba delicadamente. Un nuevo día estaba llegando, una mañana más que vivir.
Aziraphale quería decir algo, arriesgarse a decirle que sí y todo lo que implicaría, pues estaba dispuesto a correr el riesgo, para su infortunio, El Doctor tosió y escupió un brillo dorado. La hora estaba llegando.
—Oh no…
—Doctor, no, no por favor, ahora no.
—Aziraphale, está comenzando —la voz del Doctor estaba quebrándose, no quería que fuese el momento, cuando por fin podía imaginar una vida en paz. Empezó a sonar en sus oídos aquella canción.
—Querido… —las lágrimas del ángel empezaban a caer sobre el rostro del Doctor, se aferró más a su cuerpo como si eso fuese a permitir que el tiempo siguiese congelado— No te vayas, por favor no.
—Ángel, escúchame, tan solo escúchame. Hay algo que quiero decirte y no tendré otra oportunidad decírtelo hasta mi siguiente regeneración, así que te lo diré ahora ¿Bien? —tenía que decir esas palabras, pues no aguantaba más tiempo guardándolas en su interior y aunque rompiera en pedazos su garganta lo tenía que decir— Aziraphale, ángel de la puerta del Este, el único ser que me acompañó durante todas mis muertes, deteniendo el tiempo para no dejarme ir solo, ángel que pude confiar tanto como para decirte mi verdadero nombre y por quién yo viajaría hasta el fin del tiempo y espacio. Ángel de mis pequeñas muertes, yo te… te amo.
Esas dos palabras entraron por los oídos del ángel como un tsunami, ahogándolo. Lloró más, lloró tan desconsoladamente que temía asemejarse a aquellas estatuas. Levantó el torso del Doctor sosteniendo su rostro y, tembloroso, posó un beso en sus labios. Lo besó con una intensidad de alguien que ha esperado años por oír esas palabras, lo besó con la melancolía de alguien que no vuelve a ver a un ser querido durante un tiempo que se asemejaba a toda una vida, lo besó con dulzura como un enamorado empedernido cumpliendo su sueño. Esa era su respuesta pues ni sus palabras ni alguna otra acción podrían expresar una respuesta apropiada.
—Doctor… —seguía repitiendo su nombre, como un ruego desesperado a quién sea, si a Dios o al universo.
—Por favor, Aziraphale, di mi nombre, mi verdadero nombre. —Pidió El Doctor mientras sus manos comenzaban a brillar.
Aziraphale acercó de nuevo su cabeza a la del contrario y en su oído lo susurró, como el secreto que le había confiado. Ese nombre tan hermoso que podría hacer girar el sistema solar era de su único conocimiento. Y escucharlo salir de sus labios le dolía tanto como arder en las propias llamas del infierno.
Posó un beso en la frente del Doctor y le cerró los ojos con una mano. Tarareó una canción de cuna con un ritmo melancólico.
—Perdóname, ángel —El Doctor derramó lágrimas, estaba aferrándose más que nada a ese momento pues no quería desaparecer y olvidar a Aziraphale otra vez. No quería volver a vivir sin acordarse de la existencia de su ángel hasta que tuviese que volver a morir, no quería sentir ese vacío y no poder llenarlo en vida, por más que lo intentase, por más cuadros que tuviese pintados de él o cuántas sinfonías hubiese compuesto con su nombre, simplemente no podría recordarlo.
No me quiero ir.
Como una estrella muriendo, como un sol explotando, así se fue El Doctor. De pronto en ese lugar no había otra presencia más que la del ángel quien quedó con la mirada perdida y aún con los brazos abiertos donde estaba El Doctor.
Tomó el saco que aún reposaba sobre su espalda y con él lo acercó hacia su pecho, apretándolo para que su corazón pudiese apreciarlo. Y luego gritó, por como le volvían a quitar a su amor y con ello desgarrarle una parte de su alma. La pena que creyó que sería llevadera dejó de serlo definitivamente. Entonces supo que amaría a ese rostro toda su eternidad, pues fue como un cometa que lo hizo despertar y afrontar sus sentimientos, hizo que su corazón volviese a latir con la emoción que creyó perdida y luego, tan rápido, se fue.
Aziraphale tocó los labios que anteriormente habían estado sobre los de su amado y cerró los ojos para rememorar cómo se sintió, cómo ese momento detenido en el tiempo pudo significar tantas cosas más valiosas que todas las joyas más preciosas del universo.
—Te perdono.
