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Memorias

Summary:

Jon ha estado diciéndole indirectas a Eduardo desde hace un tiempo, sin embargo, no las logra captar del todo.

Un día, pensando que sería suficientemente tonto para no entenderlas, le dedica dos canciones.

Es ahí cuando Eduardo se da cuenta.

Notes:

Hello! If you're reading this and you don't know spanish, I'm sorry, I got too lazy for translating it all, but I think you can turn the translator on from the page.

Espero que les guste esta porquería, la verdad quedó algo mierda, no pidan mucho de mí. X'D

Work Text:

Jon estaba en su habitación. Él escribía algunas palabras en su diario de vida, quejándose de lo que había pasado justo hoy.

" Eduardo todavía no entiende lo que estoy tratando de decir. Pero... ¿¡Por qué tiene que ser tan difícil!? Vamos, es más fácil de lo que parece. Quiero decir, Eduardo no puede ser tan imbécil como para no saber lo que digo, ¿no? Le dije hace muy poco que me gusta verlo a los ojos, pero el estúpido me dijo que dejara de hacerlo, que le incomodaba. Parecía molesto, y me dijo que siempre le decía cosas raras. Obviamente me sentí mal. Eduardo siempre es rudo conmigo, no entiendo qué mal le hice yo para merecer ese trato... "

El chico escribía con rabia. La punta del lápiz que estaba usando se rompió de la intensidad de aquel enojo. Suspiró con pesadez, chocando fuertemente su frente contra la libreta que estaba usando. Emitió un gruñido, este sonando ahogado por las hojas. Golpeó la mesa, harto de todo. Hace meses se dio cuenta de que gustaba de él, pero no tenía la fuerza suficiente para decirle por miedo al rechazo. Todas las frases y palabras que le dedicaba entraban y salían de sus oídos, como si no le importara. Pero Jon no se rendiría tan fácilmente.

Con determinación, siguió intentando, como si fuera el último día de su vida.

"Te ves bien hoy", le decía, con los ojos más melosos posibles. "¡Hay muchos peces en el mar!" decía con entusiasmo. "Estoy seguro de que algún día alguien caerá en tus brazos, Eduardo." le decía, de la manera más cariñosa que podía.

"Gracias", respondía en seco. "¡Por última vez, Jon, las sirenas no existen!" respondía sin mucho interés. "Eh... sí, y espero que no seas tú." respondía mientras lo miraba raro, sin comprender a qué se refería.

Con la frustración corriendo por sus venas, decidió respirar profundamente y tomar su celular para llamar a Mark, su otro mejor amigo. Él sabía sobre su crush sobre Eduardo, y siempre lo ayudaba a progresar con la relación que tenían entre los dos. Con el celular en su mano, temblorosa como siempre, marcó el número del rubio, quien estaba comprando para el almuerzo del día siguiente.

—¿Sí, Jon? Ahora estoy un poco ocupado, ya sabes. ¿Qué necesitas?

La felicidad se esparció en su corazón al instante de escuchar la tranquila voz de Mark, luego de unos segundos respondió. —Es sobre Eduardo...

Mark suspiró. Aunque era bueno dando consejos amorosos, el tema de Eduardo lo tenía un poco exhausto. Cada semana salía con un nuevo tema peor que el anterior. —Ah, sí... Eduardo. ¿Qué pasó con él ahora?—preguntó, sonando ligeramente irritado.

Jon notó el tono en su voz y decidió no molestarlo mientras seguía ocupado. —¿Sabes qué? Te cuento cuando llegues a casa... Besos y abrazos. — Dijo, para cortarle de un momento a otro.

Del otro lado del teléfono, el pecoso quedó un poco confundido ante la respuesta de su amigo, pero no le dio mucha importancia y decidió seguir con la búsqueda de los ingredientes que necesitaba comprar.

(...)

Ya era tarde y Mark todavía no regresaba a la casa. El castaño estaba ansioso, pensó que le había pasado algo grave, cosa que lo estaba desesperando. Estaba a punto de llamarlo otra vez cuando, coincidentemente, llegó a tiempo. Fue corriendo a recibirlo con un abrazo y un beso en la mejilla, casi llorando.

—¿Hm? ¿Qué sucede, Jon?—Rió mientras sostenía a Jon y las bolsas de compras. —Eso fue un poco gay de tu parte. — Dijo en un tono juguetón mientras miraba a Jon con una ceja levantada.

Las mejillas del anteriormente mencionado ruborizaron un poco y se alejó del abrazo, dejándolo tranquilo. —S..sí, eh... lo siento, pensé que te pasó algo. Pasó mucho tiempo desde que no llegabas y...

—¡Tonterías! Solo me quedé hablando con alguien que me encontré por ahí. Eso es todo.

Jon levantó una ceja igualmente, sospechando de lo que acababa de decir. ¿Quizás ya tenía novio? No, no podía ser posible. —Lo que tú digas...

—No te preocupes. Es alguien que conocemos— Al decir esto, fue dirigiéndose a la cocina a dejar las bolsas en una mesa, para empezar a ordenar las cosas en su lugar. Mark era muy exacto, así que las ordenó con una perfección implacable. Jon veía esto mientras se apoyaba en la pared, completamente inmerso en cada acción que su amigo realizaba. Las siguientes palabras lo tomaron por sorpresa. —¿No quieres hablar sobre lo de, ya sabes?

—Qué... Oh claro, sobre eso. —rodó los ojos. —Últimamente no me he sentido muy bien con respecto a eso. Creo que necesito un descanso.

—Tranquilo. Salgamos a dar una vuelta y me cuentas. —Una vez que terminó de ordenar las cosas, se dirigió a la entrada de la casa—Te estaré esperando. —exclamó, abriendo la puerta y saliendo al exterior con una gran sonrisa. Mark disfrutaba mucho pasear, más si estaba solo, pero este caso era obviamente la excepción.

Jon era totalmente lo contrario. No era alguien que le gustara salir en momentos como este, para nada. Pero tenía que hacerlo si quería hablar de esto con alguien. Aún con algo de desesperación, se dirigió hacia la puerta, bajó unas cuantas escaleras y fue siguiendo a Mark hasta llegar a su lado. Al principio, todo estaba muy callado. El canto de los pájaros resonaba en sus cabezas, la luz de la tarde les pegaba, pero el aire estaba bastante fresco. Las calles estaban sucias y vacías, pero el verde de los arbustos y los árboles relucía con fervor. Después de un momento paseando en total silencio, Jon pensó que quizás no todo era tan malo como él pensaba. Le gustaba la sensación de todo eso en su piel, la brisa, el sol, las melodías pasando sobre sus oídos, y lo mejor de todo, la compañía de una de las personas que adoraba.

Eso era todo lo que podía pedir para ser mínimamente feliz ahora mismo.

—Verás, yo uh... He seguido tu consejo de las indirectas por un largo tiempo, ¿cierto? Pero él simplemente no hace el esfuerzo de tomarlas en serio, ni siquiera se da cuenta de que son indirectas. ¡Y... ¡Y estoy furioso!—dijo mientras gruñía y golpeaba su propia palma con su puño.

—Oh, vamos Jon, ¿todavía sigues con las indirectas?

—¡He intentado de todo, Mark! Nada ha funcionado. A veces llego a pensar que sigue pensando en Laurel. Bueno, sé que lo hace, ¡pero no es razón para ignorarme de esa forma!—Mark se quedó en silencio, mirándolo con incredulidad. Jon entendió este gesto y suspiró.—Bien, probablemente sí, pero... Por lo menos soy su amigo, ¿no? Los amigos no se tratan así. 

Notó la decepción en las palabras del chico. — Tienes razón, Jon. Y creo que hay algo importante que debes saber. Él pasó por cosas difíciles, y tiene una razón de ser...—Hubo otro pequeño silencio un poco incómodo. Jon estaba esperando que dijera algo más, pero no lo hizo. —Aún así, no me parece bien su actitud frente a ti, y le he intentado hablar sobre eso varias veces, pero no recibo ninguna respuesta.

—¿Ninguna respuesta?

—Quiero decir, nunca me ha dicho la verdadera razón por la cual actúa así...

Mark siguió hablando, pero el chico de la camisa azul no pudo tomar concentración en lo que estaba diciendo. No entendía ni una sola palabra. Es por eso que se quedó pensando. Pensando en lo que pasaría si confesara su amor hacia Eduardo.
Vio por la vitrina de una tienda de instrumentos. Estaba llena de teclados, baterías, flautas y hasta bajos, pero sobre todo, guitarras. Guitarras que admiraba desde la distancia, imaginándose que tocaba como una estrella del rock, con millones de fanáticos y fanáticas gritando desde el estadio. No era uno de sus sueños realmente, pero era genial imaginárselo.
Eso continuó por un rato hasta que una idea se le vino a la mente. Sus pupilas se convirtieron en estrellas, iluminadas por la luz del día, brillos formándose en sus ojos. Su sonrisa era igual que la de un niño pequeño que se acaba de imaginar lo más épico de su vida entera, así como un viaje espacial a la luna.

—Ugh- Jon, ¿me estás escuchando por lo menos?—preguntó molesto el más alto, sacándolo de su burbuja aparentemente inquebrantable. Jon lo agarró de inmediato de los brazos, sorprendiéndolo.

—¡Ya sé! ¡Me confesaré ahora mismo, Mark!

Quedó atónito. ¿"Ahora mismo", dijo? Eso no podía ser posible. Aún era muy pronto. — ¿¡Qué!? ¿C-cómo piensas hacerlo? 

—Es una sorpresa. Pero estoy seguro de que no lo entenderá, igual que todas mis indirectas. — Dijo para salir corriendo hacia casa. Mark pensó que estaba loco. Lo persiguió mientras se reía.

—¡Espérame!

(...)

El de pelo oscuro se encontraba en su pieza haciendo uno de sus hobbies preferidos: Pintar en óleo. Estaba pintando, en total silencio, un hermoso conejo que parecía estar hecho de sedosa lana, haciéndose ver el ruido de los trazos. Aunque aún estaba en proceso, se notaba la cantidad de detalle y dedicación que había concedido a su pintura. Con cada pincelada, cada punto, aquel animal tejido a croché tomaba forma poco a poco. No mucho rondaba por su mente en ese momento, pero la paz había tomado poder de su alma, la calma abundando en su ser, hasta que fue interrumpido por algo o… más bien alguien.

El sonido de pequeños golpes en la puerta y la próxima presencia de, quizás, cualquiera de sus dos amigos, lo agarró desprevenido. Sin embargo, no parecía estar tan molesto.

—Pasa.

Jon abrió la puerta con timidez, mientras sostenía una guitarra en sus manos. Eduardo lo miró con confusión. ¿Le explicaría porque llevaba eso? Tampoco le tomó mucho peso y solo saludó.

—Hola, Jon.

—¡Hola Edu! ¿p-puedo acompañarte?

—Sí, como quieras.

No había interés en sus palabras. Tragó saliva y se dirigió hacia la cama a sentarse. Miró hacia los alrededores mientras él lo ignoraba y seguía pintando el conejo de peluche. Aunque ha pasado mucho tiempo desde que viven juntos, aún no se acostumbraba a la habitación de Eduardo. Pero de lo que sí estaba acostumbrado era a la esencia de sus bromas; Todas esas dulces y también amargas bromas que le hacían, a veces llorar, a veces reír. Eduardo era divertido a su propia manera.

También disfrutaba de su aroma, su tan rico y varonil perfume. “Las mujeres lo adoran” le decía él. Lo que él no sabía es que los hombres también, y no solo en ellos mismos.

Estuvieron un buen rato en silencio, hasta que uno de los dos decidió interrumpir el mutismo del lugar.

—Hey, Jon. —lo miró seriamente.

—¡A-ah! ¿Qué pasa, Edu?

—¿Por qué no tocas alguna canción? Ya que trajiste tu guitarra, por una razón que desconozco. —sonrió.—Pero nada de ska. Quiero escuchar algo tranquilo y bueno.

Jon se sonrojó un poco. Es cierto que había estado todo este tiempo sin hacer nada con la guitarra, solo viendo hacia la nada. Soltó una pequeña carcajada un tanto nerviosa. En realidad, Jon planeaba tocarle algo desde el inicio, solo que le dio vergüenza pedirle permiso.

—De hecho, yo… pensaba en tocar alguna canción que sea de tu agrado, y-ya que estamos en tu espacio. — Dijo mientras evitaba mirarlo, y de acuerdo con eso, su sonrojo aumentaba. Eduardo notó este comportamiento extraño en él, pero no tenía el valor para preguntarle sobre eso. —¿T-te importa si canto también?

—No, puedes hacer lo que quieras. Solo no me molestes, ¿bien? Espero que tu voz no sea tan molesta como tú.—rió burlescamente para sí mismo mientras continuaba su pintura.

La sonrisa de su rostro se borró al escuchar eso. Pasó un poco de pena, pero decidió pasar eso a llevar. —Bien… Espero que mi plan funcione—susurró Jon, de manera en la que el contrario no pudo escucharlo. Luego de unos segundos, una alegre y calmada melodía empezó a sonar. El eco de la habitación era perfecto para el sonido de aquel instrumento. Los acordes no sonaban desafinados entre sí y no era para nada molesto.

Aunque al chico de verde no le gustara para nada admitirlo, Jon sabía cómo, cuándo y qué hacer para calmarlo, y eso ya ha sucedido muchas veces con anterioridad. Esta vez también lo fue. Hace solo unos minutos, no estaba calmado del todo. Su pierna temblaba sin parar, y su mente se sentía agobiada por algo, como por una inquietud; Sin embargo, la presencia de su amigo hacía todo mucho mejor. Pero él estaba en negación. No podía aceptar el hecho de que alguien tan “patético” y “tonto” como Jon pudiera generar esas sensaciones en él. Le parecía imposible. Decía preferir a Mark muchas veces antes que a Jon, pero algo le decía que no podía hacerlo.

No podía hacerlo porque decía que no lo consideraba su amigo realmente. No podía hacerlo porque era muy estúpido para él, no estaba a su nivel.
Pero ¿qué sentido tenía eso?
Solo le generaba más y más dudas.

Esta vez fue diferente. Decidió dejar todos esos pensamientos de lado y concentrarse en la pintura, escuchando aquellas relajantes notas, cada una de ellas llenaba su corazón de alegría, cada uno de los ruidos era arte. Fue entonces cuando algo lo sorprendió. Su voz. Cuando empezó a cantar, él paró de hacer lo que estaba haciendo, y lo vió con ojos inmensos, su mirada plantandose en él como un clavo. Sonaba totalmente distinto a como solía ser cuando hablaba… Era hermoso. Y esa canción despertó su curiosidad. Nunca antes la había escuchado, pero en su defecto, era bastante linda. En especial por las letras.

« A veces los días parecen como si nunca fueran a terminar
El sol se burla de ti
Pero después de los días soleados, una cosa permanece igual
Sale la luna »

Con aquellas palabras, y con la dulce y melódica, angelical voz de Jon, la canción de cuna mejoró su día por completo. Eduardo, quien siempre se mostró tan duro contra el mundo, ahora solo tenía ganas de llorar como un niño pequeño.

« Los días se desvanecen en una mancha de acuarela
Los recuerdos nadan y te persiguen
Pero mira hacia el lago, brillando como humo
Sale la luna »

Todo eso le recordó uno de los peores eventos en su vida, uno que sus amigos recordaban con claridad. El peor día de su infancia, el día en el que todos se burlaron de él por culpa de Edd, su vecino. Desde entonces, algo cambió dentro de él. Las únicas personas que estuvieron con él ese día fueron Mark y… ¡Jon! Por más que Eduardo insistió en que lo dejaran solo, ellos dos, especialmente el mocoso de los dulces, nunca se fueron de su lado. Creyó ahora, que debió haber escuchado esa canción justo ahí, cuando su vida cayó estrepitosamente. Pero ya era tarde. Todo eso había quedado en el pasado.

Y también era tarde para ocultar sus lágrimas.

Corrían por su cara, mientras se ocultaba tras la pintura, extremadamente avergonzado. ¿Cómo era esto posible? De todas las personas, él hizo que su lado más “sensible” salga a la luz, en sus propias palabras. Esto era una locura. Un leve enojo se hizo presente en sí, la impotencia de no poder hacer nada recorría todo su ser, pues no quería interrumpir a su amigo, tampoco podía evitar sentir tanta tristeza ahora. Y no pudo, además, evitar pensar cuáles eran las intenciones de Jon al cantar esta canción en específico. Temía que fuera por algo relacionado a lo que pasó en ese entonces, o quizás solo la eligió porque era algo sereno para la ocasión.

« Serás visitado por el sueño
Te prometo que pronto llegará el otoño
Para robarte cada sueño que tengas
Respira, respira, respira »

Llegó a su fin. Eduardo hizo su mayor intento por no hacer ningún ruido. En consecuencia de eso, los mocos se le estaban cayendo. Buscó una servilleta dentro de su mochila y se limpió en silencio. Mientras lo hacía, la voz de Jon se hizo presente de nuevo, esta vez tenía un tono más tierno que de costumbre.

—Sabes, Edu… Siempre he querido cantar esta canción mientras me escuchas. Supongo que al fin he cumplido ese sueño... —rió mientras aún desviaba su mirada hacia el suelo, no notando la tristeza de Eduardo.— ¿Quieres saber por qué? Pues sabes que soy una persona olvidadiza, pero no podía parar de pensar en tí escuchándola. Me hace recordar a cuando éramos niños… Estoy seguro que recuerdas esa vez en la que, ya sabes. Pasó todo eso . Cuando descubrí la existencia de esta canción, no dudé ni un segundo en aprenderla, pensando que algún día podría cantarla… para tí. Y solo para tí, no para nadie más. Siempre pensé que sería un bonito recuerdo entre nosotros dos.

Lo miró con una gran sonrisa, sin embargo, Eduardo estaba escondido cobardemente detrás del cuadro. Ambos se quedaron callados por un largo rato. Las ilusiones de Jon se desvanecieron de un momento a otro al no obtener respuesta del más alto. Quería irse. Pero antes quería saber si Eduardo estaba bien, pues le preocupaba su actitud silenciosa.

—¿Eduardo?

—Jon.— respondió de una vez, alzando un poco la voz. Se le notaba quebrada, y también se notaba cómo sus dedos temblaban, igual que su pierna, tal y como estaba antes, pero peor. —Sigue.

—¿Eduardo, estás bi-

—¡Cállate!—gritó, mientras las lágrimas seguían corriendo por sus párpados.— E-es una.. es una orden…— dijo entre susurros.

Asustado, y sin entender qué pasaba, siguió la “orden” de su amigo, pues sabía de que era capaz.

¿Qué pasaba con él? Eduardo se sentía raro, y también actuaba como tal. “ ¿Será algo que dije? ” pensó el de castaño claro. Y, en efecto, era algo que dijo, por no decir todo lo que acababa de confesarle. ¿Él significaba tanto para su amigo? Nunca lo pensó así. Eso era lo más bonito que le habían dicho en su vida entera. Nadie se había preocupado tanto por él a excepción de Laurel. Pero, ¿por qué Jon? ¿Por qué tenía que ser él ? Él era la persona que desearía que estuviera muerto antes que nadie. Pero en ese momento se dio cuenta de su grave error.
No podía parar de llorar mientras seguía escuchando la guitarra que Jon sostenía en sus manos, atento a aquella música. Ya ni siquiera podía seguir pintando. Tampoco es como si quisiera. Esta canción no era igual que la anterior, pero producían una sensación muy parecida.

Y tarde o temprano, se daría cuenta de lo que le avecinaba.

« Creo que podríamos hacerlo si lo intentamos
Aunque sólo sea para decir que eres mía
Sofía, sabes que lo nuestro
No debería sentirse como un delito »

Con la repetición de aquella estrofa, sus lágrimas habían parado por un instante, quedándose en shock al darse cuenta de algo. Se dio cuenta del por qué Jon se portaba así con él. Siempre pensó que su amabilidad era una tontería, y que hacía ciertas cosas para hacerse el cool, buscando su aprobación, pero ahora las cosas se sentían muy diferentes. Parecía ser que no era solo eso. Ahora cada palabra dicha por él parecía ser Jon hablándole directamente a sus oídos, confesando todo el amor que sentía. No pudo evitar sentirse extraño y también un poco mal. Se dio cuenta de lo mucho que a Jon le importaba su existencia, lo cual le hizo lamentarse y culparse a sí mismo, pues nunca pensó en él como un verdadero amigo. En el fondo, sí lo quería, nunca se lo demostró; Pero seguía sin querer aceptarlo.

« Sabes que haré cualquier cosa que me pidas
Pero oh, por Dios, creo que estoy enamorada de tí
Ahora mismo estoy aquí sola
Pienso que podríamos dar una vuelta en coche
Sólo quiero decir que amo tu cabello suelto
Bebé, no tienes que pelear
Estaré aquí hasta el final
Desearía que fueras mía
Déjate llevar, estará bien »

¿Y qué podría responder ante eso? Ya era obvio lo que estaba intentando hacer su amigo al cantar. Las mejillas de Eduardo ruborizaron mucho al escuchar esto, estaba impactado, simplemente no tenía la capacidad de pensar claramente ahora mismo. Su llanto continuaba sin parar. Las gotas caían sobre el suelo, casi creando un pequeño charco. Realmente habían tocado su punto débil. Por alguna razón, podía sentir algo en su pecho, también en su panza. Su corazón latiendo fuertemente, casi como si estuviera a punto de estallar, junto con mariposas revoloteando dentro de su estómago. Temblando, escuchó la última estrofa atentamente, la cual hacía mucho más sentido que hace unos minutos.

« Creo que podríamos hacerlo si lo intentamos
Aunque sólo sea para decir que eres mía
Sofía, sabes que lo nuestro
No debería sentirse como un delito »

Una vez terminado, Jon estaba quieto, todavía evitando mirar a Eduardo a los ojos. Su cara estaba roja de la vergüenza, pues pensó que había sido muy directo, pero a la vez pensando que él era muy tonto para poder entenderlo.

No era verdad.

Eduardo se paró de la silla y se dirigió a Jon con los ojos llorosos. Sus pasos resonaban como balas, acercándose cada vez más hacia el contrario, quien estaba nervioso de los pies a la cabeza, muerto del miedo. Inesperadamente, sintió como unos grandes y fuertes brazos se enroscaron en su cuerpo, uniéndose en un gran abrazo. Correspondió, asustado, mientras sentía como el otro temblaba sin parar y lloraba en su hombro.

—Jon, e-eso fue hermoso. Nunca… creí que fueras tan buen cantante.

Eso lo sorprendió. Eduardo nunca le había dicho un cumplido a Jon en su vida. Con felicidad, lo apretó un poco más.

—Eduardo, te lo agradezco demasiado, yo-

Tapó su boca con su mano, haciendo que se callara. Ahora se estaban viendo de frente. —No le digas a nadie que lloré, ¿ok? No quiero que piensen que s-soy débil o algo.

Lo sintió como una amenaza, así que solo aceptó. —E-Está bien, Edu. Todos lloramos alguna vez, ¿no?

—No… yo no me lo permitiría nunca. Pero lo que me dijiste me acaba de romper el corazón, Jon. Ni se te ocurra volver a hacerlo o te mato…—dijo para volver a seguir llorando en su hombro, teniendo pequeños espasmos. Jon lo consolaba, acariciando su pelo y dándole palmaditas en la espalda.

—Te juro que no era mi intención hacerte llorar…

—Ah, cállate… te quiero demasiado.—rió, apretándole incluso más que antes.

¿Eso era verdad? ¿Eduardo acababa de demostrarle algo de afecto? Eso parecía ser, no podía creerlo. Este día no podía ser más increíble. Poder tenerlo junto a él era una de las mejores sensaciones que pudo haber experimentado, no porque le gustara la sensación en sí, sino porque estaba con la persona que más amaba. Esas ganas de llorar se contagiaron, pero algo sucedió antes de eso. Eduardo, con mucha confusión, se acercó a su rostro, observando de cerca. Observó con detalle su rostro, tocando una de sus mejillas con sus dedos, acariciándolo suavemente mientras sonreía.

—Oye, nunca había notado las pecas en tu cara. Te hacen ver… muy bien, en mi opinión.—Sonrió, mostrando sus blanquecinos dientes. El más bajo estaba rojo como tomate, sin saber qué responder, se quedó callado una vez más. Luego de unos segundos de caricias en su rostro, Eduardo tuvo una idea. No sabía porqué, pero pensó que sería el momento perfecto para hacerlo. Pero, ¿siquiera sería correcto? Ambos eran amigos. Ni siquiera sabía si gustaba de él como Jon lo hacía, sin embargo, tenía muchas ganas de besarlo, y alguna razón debía haber. Eduardo era alguien conocido por seguir sus instintos, así que sin pensarlo dos veces, buscó donde posicionar sus dedos, y los puso en su barbilla. Lo acercó a su propio rostro y entonces, en unos pocos segundos, los labios de ambos se juntaron en un tierno pero corto beso.

Se miraron como tontos después de eso. Ambos estaban completamente enrojecidos, y a solo unos centímetros cerca uno del otro.

—Duardy…—susurró aquel apodo, sin más palabras que pudieran salir de su boca, se acercó un poco más. Cerró los ojos, deslizó sus brazos por el cuello del mayor y estampó un suave beso en él, saboreando cada parte de sus labios con intensidad, desde la comisura hasta el centro de ella. Se veían ardientes, y se sentía como si Eduardo rogara por más al pasar del tiempo. Lo empujó ligeramente hacia la cama, haciendo que el beso fuera un poco más profundo. Su mano pasó por su espalda, buscando de donde aferrarse. Los sonidos de sus labios mojados era lo único que se podía escuchar ahora, junto con el fuerte latido de sus corazones desincronizados.

Una vez que se despegaron, sus miradas se engancharon entre sí, queriendo decir algo. —N-No sé que fue eso, Jon… Creo que… Aún así, necesito un tiempo para analizarlo y procesarlo, yo- Nunca pensé que- ¡Ugh…! Solo pensé que era lo correcto, ¿okey? —se quejó. Era malo expresándose.

Jon lo empujó hacia sí mismo, haciendo que se abrazaran nuevamente. —¡Te amo!— exclamó. —No pensé que esto acabaría así. No te preocupes, ya tendrás tiempo para pensarlo con claridad, Eddie. —dijo para darle un pequeño beso en la frente. Eduardo sonrió y se acostó al lado de Jon.

—¿Podemos quedarnos así toda la tarde?

—Claro que sí.

—Oye, Jon.

—¿Sí?

—Creo que te debo una disculpa.

Jon se preocupó un poco. —¿Por qué?

—He sido muy mierda contigo. Acabo de darme cuenta de cuánto me quieres como amigo, y yo… He sido de lo peor contigo. Lo siento.

Lo pensó por un momento. Era verdad: Eduardo siempre lo trató muy mal, incluso llegando a pegarle sin justificación. Eso no era algo tan fácil de perdonar.

—No sé si pueda perdonarte aún, Edu. Pero… Es bueno que lo reconozcas— soltó una pequeña carcajada. Le parecía chistoso ver a Eduardo tan serio como ahora. —La verdad sí me has hecho bastante daño, aún así, te quiero como a nadie en el mundo. Te adoro.

—Dios, no me digas eso. Soy una mierda, perdóname, por favor— dijo, entrelazando lentamente sus dedos con los de Jon.

—Cálmate, Eddie. Somos adultos. Ambos tenemos que pensar ahora mismo. Necesitamos un tiempo a solas.

—Pero-

—Shh, shh. —siseó con sus dientes, posicionando su dedo en los labios de Eduardo— Estaremos bien.

—O..ok. ¿Puedo- Puedo besarte de nuevo?

Jon asintió con la cabeza. Acercaron sus cuerpos, se miraron fijamente por unos cuántos segundos, y se besaron. Eduardo exploraba su cintura y se atrevía a poner la mano debajo de la camisa de Jon, tocando su suave y caliente piel, haciéndolo sonrojar más de lo que ya estaba. Algunos escalofríos pasaron por su cuerpo, pues el chico de pelo oscuro estaba llevándolo un poco más lejos. Sus toques eran como estar en el paraíso, cada vez deseaba más y más. Luego de un rato, todo acabaría en un juego de cosquillas y caricias, junto con una pelea de quién era el más lindo de los dos.

Ojalá eso hubiera durado para siempre.

(...)

Desafortunadamente, después de un tiempo, la tragedia ocurrió.

Era algo que ya conocíamos desde antes.

Un cielo anaranjado, y lo que parecía ser un robot gigante acechandolos.

Jon falleció en los brazos de Eduardo, mientras que él le rogaba que dijera algo. “Algo” fue lo último que dijo antes de dar su último respiro en la tierra firme.

Ya nada sería igual que antes después de su partida y sus amigos lo sabían. Ya no podría desearle las buenas noches ni contarle cuentos para dormir. Ya no podría desearle los buenos días y hacerle el desayuno por las mañanas. Ya no escucharía las canciones que Jon le dedicaba, especialmente las de cuna. Ya no habrían más salidas de tres, ya no hablarían mal de sus vecinos otra vez, no habrían pequeñas fiestas de té ni de café, ya no verían juntos todos esos videos de ellos cuando eran niños, ya no se burlarían de todos en su cara.

Jamás podría volver a ver esos preciosos ojos de carbón y decirle cuánto lo amaba.

Y había algo que rompía su corazón en mil pedazos. Él y Jon iban a cumplir su primer mes de relación el día después de su muerte.

Se suponía que todo iba a ser como lo planeado, una gran fiesta, llena de gente, incluso Edd, Tom y Matt.

Que lástima que no podría ser así.

Eduardo perdió a un ser amado otra vez en su vida. Prometió que no volvería a pasar algo así ni con Mark, ni quien sea que fuera. Lo prometido es deuda, así que protegería a Mark con todas sus fuerzas.

Eduardo deseaba con tantas ansias haber pasado más tiempo junto a Jon antes de su partida, que se encerró en su propia burbuja por un buen tiempo.

Iría a visitar a Jon todos los días a dejarle sus flores y bebidas favoritas, también a dejarle cartas, por si los fantasmas existían en ese mundo.

Y afortunadamente, lo último era verdad. Los fantasmas existían, y Jon siempre lo estaría acompañando.