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Los momentos simples no pueden ser a la vez momentos complejos. Al menos eso creía Pablo.
Sin aclarar que lo simple no es malo ni lo complejo es bueno, o viceversa. Sólo que en el acto simple y rutinario, uno nunca debería trasladarse a lo complejo. Aunque a veces logre ser inevitable, y la mente se divida del cuerpo.
El té en la cama tiene que ser un té en la cama; pero si ignoras que el olfato es el más sensible de los sentidos, el vapor puede fácilmente convertirse en la reminiscencia de una decisión errada que formó algún tumor de frustración. Entonces el cuerpo al experimentarlo se transforma en un ente de eterno retorno entre lo unidimensional y lo inaudito, y la turbulencia en la mezcla de las dos entidades opuestas generan en la mente una enajenación de su propio ser.
Pero, ¿qué conformaba un momento complejo?
Primero, Pablo pensaba que éstos se dividían en dos tipos: individuales y compartidos.
La diferencia siendo que el momento complejo individual no siempre se puede comprender mientras transcurre, dependiendo éste de cómo trasciende emocionalmente en la persona. Mientras que el momento que se comparte con otro individuo es inmediatamente complejo e ilimitado.
Así que Pablo a esa altura de su vida había sido ya hijo, hermano y nieto. Había sido amigo y sobrino, conocido también, de aquel y de otro. Por lo tanto, Pablo había sido, y continuaba siendo, partícipe de una gran cantidad de momentos complejos.
—Pablo.
Pero con Lionel sentado del otro lado del sillón, se cuestionaba si era posible que existiera manera tan simple de flagelar la realidad.
Y no, él no lo quería definir como tal.
—Mm…
Le respondió sin mirarlo, hasta que pesó la mano ajena en su hombro.
—Te fuiste otra vez.
El otro le buscó los ojos, así que los aceptó.
Lionel era de una calidez inmensa con gestos simples, pero sabía que tenía mucho más a lo que él no llegaba. Daba la ilusión de ser transparente, pero su honestidad era demasiado discreta.
Pablo asintió con un movimiento de cabeza. Quizá sólo era él que continuamente estaba siendo demasiado rebuscado.
—Perdón.
La mano se perdió del hombro y otra vez había un abismo. Todo se prendía y apagaba paulatinamente; pero ésto actuaba como una continua erosión.
—Prendé la tele.
¿Lo sentiría Lionel de la misma manera? O él sí podía estar tranquilo.
—Bueno.
El mundo sucumbía al ruido blanco cuando estaba con él. Cuando estaban juntos.
No se enteraba mucho de lo que pensaba Lionel, pero no podía evitar obsesionarse con la emoción que prendía de la incertidumbre, así que no se enteraba de nada más que de lo que ocupaba el interior de la burbuja que se creaba cuando estaban juntos. No se enteraba de nada más que todo eso que inventaba para sustituir el vacío de información. Más y más incertidumbre.
Pero para Pablo, la incertidumbre era algo normal en los momentos complejos: por propia naturaleza, da mucho a entender. El problema era que había perdido la capacidad de pensar con claridad hace ya un tiempo, y eso no sólo lo abrumaba; lo preocupaba y lo frustraba a un nivel enfermo. Se desmerecía por ello, y por defecto cada vez se le hacía más difícil sentirse propio de todas las cosas de las que alguna vez fue parte.
—¿Llegaste a ver cómo salieron éstos ayer?
Le preguntó por uno de los equipos del clásico porteño la voz que siempre se rebuscaba en el silencio como un eco pretencioso.
Lionel tenía un tono de habla bajo y consistente, que se mantenía zumbando en el oído por unos segundos aún después haber terminado de hablar, y escucharlo hacerle preguntas tan simples generaba un efecto de noción que lo hacía pasar nota por todo lo que hacía el hombre tan familiar en su vida. Le resultaba casi cómico, de hecho, como todos los días se aparecía en su departamento. Lionel abría la puerta a la vez que la golpeaba y pasaba el umbral llamándolo por el nombre; tenía ya hace un tiempo su propia llave.
Pablo le había preguntado alguna vez por qué nunca se juntaban en su departamento por algo de cambio; él contestaba que le era incómodo y que le gustaba más su balcón. Pablo ya no le insistía más al respecto, ya que de cierta manera se sentía complacido con la idea de poder ofrecerle un hogar.
Preparaban entonces el mate o un café, dependiendo de los ánimos. Según el día de la semana se prendía el televisor o Lionel insistía hasta hacer hablar de algo a Pablo. Muchas otras veces sólo se quedaban callados, cosa a la que Pablo no le terminaba de agarrar el gusto, aunque tampoco prefería hablar.
Es que entre ellos el silencio siempre parecía amenazar de más. ¿A dónde iba todo ese silencio?
Porque en términos como éstos, creía que se comportaba como un alimento para la inconformidad.
Ahora se cuestionaba si Lionel tenía la capacidad de ser así con otras personas o si era únicamente él que tenía disponibilidad a esa versión; la que se componía de cada acto humano vital, de cada costumbre de la persona como Lionel. Porque para Pablo, inconscientemente, ambos eran ya un mosaico hecho con fragmentos vitales del otro.
Eso inhibía lo que siempre creyó de los momentos simples y complejos. Aunque no fuera capaz de admitir el margen de error.
— Eh, no. Ni ahí. Anoche llegué con ganas de pensar, ni prendí el televisor.
Sintió como Lionel se reacomodaba a su costado, el sillón temblando con el movimiento. O él tembló por cuenta propia, cosa que no le sorprendería con la necesidad que tenía de sacudirse la ansiedad que hace un rato le infestaba desde la boca del estómago.
Ahora Lionel estaba mirándolo con el cuerpo entero, así que Pablo le copió, acomodándose lo más diminuto posible; como comprimido en un espiral a su lado de la plaza.
Definía ésto como un empacho de ruido blanco.
—¿Cuál es la necesidad de pensar tanto?
Lionel era su amigo. Pablo se acordó que en esos tiempos no se prometía nada más. Pero la verdad era que muchas veces la retención de deseos de por sí complicaba más las cosas, porque las hacía casi que tangibles.
Lo que no es constante se pronuncia más, es un hecho, porque se hace intrusivo o peligroso en la duda. ¿Cuándo va a volver? ¿Dónde debería tener la guardia?
—No todo es un medio para un fin.
Contesta Pablo. Ante la duda, la guardia alta.
Aunque Lionel probablemente estaría de acuerdo con él. Solo era difícil reconocer objetivamente lo que uno merece.
—Pero vos sí haces las cosas con esa mentalidad.
Tenía razón. Pablo tenía constantemente presente los momentos complejos que lo formaron para ser así. Su familia, trabajar para vivir, y la vida que sobraba también para trabajar. Útiles, todos sabían hacer todo. Él tenía que estudiar. Le decían: “tu única responsabilidad es estudiar, nada más”. Por eso estaba en capital, o al menos así parecía. Había sido alimentado para llegar a ser el hijo que iba a estudiar y así alguna vez trabajar en grande. De segundo título: Pablo. E iba bien encaminado. Pablo era a veces Pablo, pero siempre un hacedor.
Ahora, si no había manera de sacarle provecho a lo que hacía, sucumbía en culpa. Siempre había culpa, y era por eso cometía el horror de juzgar, sin saberlo, al amor desde una perspectiva utilitarista.
Paró de golpe el tren de pensamiento cuando notó que Lionel lo miraba como ya escuchando sus ideas murmurar. En la cabeza de Pablo siempre se escuchaba el ruido de la cinta del cassette correr, y lo único que siempre le quedaba por pendiente hacer era prender la radio.
Relajó lo músculos de la cara y de a poco todos los demás; esos que nunca distinguía que estaban tensos hasta que se empezaban a destensar. Aflojó el cuello, dejó los hombros bajos y el torso caer sobre el respaldo del sillón, donde subió un brazo para poder apoyar la cabeza.
—Es que no entiendo las cosas.
No quería ver a Lionel a los ojos. Quería forzar un momento simple. Necesitaba una línea de pensamiento: una sola. Sólo un té.
—¿Qué buscas entender?
¿Qué le faltará a Lionel?
—A vos.
Se escuchó un murmullo cómico en la habitación.
¿Era una habitación sólo cuando estaba habitada? De afuera era un comedor, amplio, blanco, sereno como siempre Pablo imaginó de joven. De la cocina veías el comedor y del comedor veías la cocina, también clara y bien iluminada.
Los comedores también podían ser salas de estar. Pero habitado todo es una habitación.
Estando ellos dos ahí eran las cuatro paredes, y todo lo imposible, como un bollón de café que, ya terminado el café, se reutiliza para guardar otra cosa.
¿Qué guardaría Lionel?
—Y si ni siquiera me miras cuando me hablas.
Ahora era Pablo el que se reía, porque otra vez, Lionel tenía razón. Entre las risas suspiradas se pasó una mano por la cara y levantó la vista, encontrando la ajena en un ángulo de 0° a la propia. En ese momento eran Norte y Sur.
Parecía que a Lionel no le temblaba la idea de verlo a los ojos, mientras que Pablo contaba cada milésima de segundo como un desafío a fuego lento.
Pablo guardaría botones en el bollón, seguro. Y quizá Lionel guardaría hilos. Eso sería ideal.
— ¿Nos miramos ahora?
Lionel asintió, así que Pablo se concentró en limpiar su gran duda de todas las otras dudas, para que del otro lado se pudiera leer con más facilidad.
Necesitaba ser capaz de exudar la pregunta con los ojos. No le daba el valor para usar la voz, que fácilmente le podía fallar.
De hecho, sus momentos complejos acostumbraban a contar con un silencio que gritaba impertinente de su parte.
“Decímelo.”
Lionel afinó la mirada y negó otra vez con la cabeza.
—¿Y cuándo tenés pensado hablar, Pablo?
Sus momentos simples también eran silenciosos.
—El otro día pensaba en la Plegaria de la Serenidad.
Fue inmediato, lo tomó desprevenido. Lionel levantó las cejas y después marcó una cruz en su pecho con su mano derecha.
Pablo revoleó los ojos y se rieron juntos.
—¿Sos católico?
—Mi familia es.
—¿No es lo mismo?
—La fe no se hereda por sangre.
Lionel asintió. Qué concepto mágico era la sangre. Sólo porque en ese hábitat no significaba nada.
—Recitala entonces.
—Dios, concédeme serenidad…
De repente se acordaba de la imagen consistente y satírica de los predios de la iglesia de su pueblo. Él nunca había creído en Dios, al menos no por más de un minuto. Sus padres lo notaron porque no prestaba atención a las amenazas, y dándose cuenta que no les iba a servir de nada la herramienta de la culpa, dejaron de insistir por un compromiso religioso al poco tiempo.
Igualmente creció para ser un chico muy resolutivo. Supo encontrar conceptos que le engendraran mismo o peor terror que lo que nunca podrían las intenciones parroquianas.
—…para aceptar las cosas que no puedo cambiar…
Por desgracia él sabía que la falta de insistencia de sus referentes, sobre lo que debía hacer y no, habían generado tal ambigüedad mental. Y era tan grave, a sus actuales 22 años, que no podía ser concretamente nada.
Todo era una niebla en su cabeza. Le preocupaba de verdad. Todo era una niebla o todo era lo contrario a lo que suponía. Todo se veía posible, o él era muy inseguro.
Entonces la primera vez que había pensado sobre la catalogación de momentos, tenía 17 años. Creyó en algo, que eso era una buena manera de juzgar lo importante de lo intrascendente.
Pero a los 18 se mudó a Buenos Aires y conoció a Lionel. Desde entonces todo era aún más incierto.
E inmenso, como la ciudad.
—…valor para cambiar aquellas que puedo…
Pablo sentía culpa con ese pensamiento; bajo ningún concepto querría nunca condenar a Lionel pensando en él como un referente. O un Santo.
Claro, no sabía qué pensar de las cosas, pero qué entendía o no sobre si Lionel no pasaba por lo mismo. Pedir ayuda es condenar. Y una cosa es lo inevitable de un momento complejo, y otra es una relación compleja.
Pero la situación le hacía preguntarse si sería que quizá en eso él no tenía ni voz ni voto y, que la confianza generada por cariño mutuo llegaba a esos márgenes por propia cuenta; a ser sinceros sobre desconocer, e igualmente, no verlo como un impedimento para compartirlo.
—… y sabiduría para reconocer la diferencia.
Apenas terminó de hablar, Lionel levantó una mano y la llevó a la frente de Pablo para apoyar con ligereza la palma.
Al tacto, Pablo dejó caer los párpados y desistió ante todo. La piel tibia, y de repente no quería pensar en nada más, o no podía ser capaz de interponer el pensamiento al sentimiento. Se sentía reducido, como una mermelada, también agotado, denso como el osmio.
Quiso sollozar ahí mismo, porque era obvio que Lionel sí entendía y seguro, sobre lo que significaba la plegaria para Pablo.
Pablo quería sollozar. Fantaseaba con la idea, y qué tanto bien le haría. ¿Lionel lo iría a consolar? ¿De qué manera?
¿Él se dejaría?
Porque los momentos de llanto eran los más simples. A Pablo lo pasmaban. Correría en círculos antes de sólo tener que sentarse a llorar.
Pero quería llorar porque Lionel siempre entendía.
—La sabiduría no actúa por sí misma, Pablo. Siempre vas a tener que tomar una decisión…
La mano ya no estaba en la frente, que se había deslizado en el aire, ahora descansaba en el pecho. Y Pablo no abría los ojos.
—…Y actuar en ella.
Esto era más que un momento complejo.
Qué voz tan sensata. Pablo ni siquiera podía con estar vivo y a la vez anhelaba todo lo que fuera posible. Ese era el efecto de su compañía.
Y es que creía que Lionel traía consigo todo el repertorio de sucesos. Afuera podría empezar a nevar en pleno microcentro; podrían todos gritar unánimemente para seguido caer en un silencio sepulcral eterno; podría morir el tráfico, renacer la fe y las hojas de todos sus libros volver a ser árboles.
—Pero las cosas no dependen sólo de mí.
E igualmente nada le llevaría tal sorpresa. Seguiría preguntándose qué sería correcto pensar antes de pensarlo, y sin instintivamente saber, recurriría a pensar en Lionel.
Porque la realidad es que Lionel era la grandeza más concreta. El mundo se alteraría en todo tipo de momentos, hasta excediendo los catálogos, y Pablo no lo miraría sólo para sí mismo, lo miraría en conjunto a Lionel; sin importar que él estuviera sentado del otro lado o no.
Lionel era un momento infinito dentro de Pablo.
—Lionel.
A pesar de que Pablo no siempre supiera ser Pablo, se miraron. Tampoco sabía si Lionel siempre sabía ser Lionel, e igualmente, lo veía completo a los ojos cada vez.
La situación era de emoción beige, por la iluminación que rebotaba de las paredes. Como tomando el más complejo de los momentos para burlarlo con lo simple, y así retenerlo confundido en el tiempo.
—Ajá…
—Siento que estamos en esta misma exacta situación desde hace 4 años.
—¿Y?
—Recién nos conocíamos.
—¿Qué querés saber?
—¿Yo te quiero bien?
Otra vez se reía. Pablo olía el té; era así que se hacía querer.
—Sos lo único que conozco capaz de hacerlo.
—¿Y si ahora nevara?
—Saldríamos al balcón, claro.
Le sonrió con toda la pena que cabía en la alegría, porque solo se miraban.
Y es que solo así podría haber notado cómo se formaba la pregunta a través de la expresión. Tan pocos momentos serían como éste.
—¿Y qué harías vos si nevara?
—Te abrazaría.
Era 6 de junio de 2007. Y por primera vez en 89 años, en Buenos Aires nevaba.
