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Al inicio se volvió un silbido discreto, pasando desapercibido como el viento soplando por las mañanas hasta aterrizar por las ventanas de la catedral. Después, la realidad actuó como hojas secas cayendo en otoño.
«Divertido» pensó Mayoi, admirando la flor congelada en sus manos. El cristal era brillante y casi armonioso al punto de sentirlo sagrado e inmaculado, contrarrestando con sus ropas oscuras y opacas.
Hace mucho tiempo que dejó de percibir las otras estaciones. Desde que el invierno se instaló como un visitante intermitente, el pueblo sucumbió a la tan renombrada y misteriosa nieve negra.
De cualquier manera, lo que parecía ser los restos de lo que el viento dejó en su camino, empezó a tomar forma hasta convertirse en un murmullo; posteriormente, una realidad.
Hadas que flotaban suavemente con la nieve blanca y un famoso sacerdote con una sonrisa tan cálida que haría detener los llantos de los bebés estaban a punto de adentrarse al pueblo para repartir sonrisas, amor y esperanza.
Los labios de Mayoi no paraban de temblar de emoción, fácilmente la confusión se expresaba en sus compañeros, pidiendo que se estableciera dentro de la iglesia si era más frío de lo que podía tolerar su cuerpo humano. Probablemente, dejando que el hombre permaneciera ignorante a los integrantes temporales de la iglesia.
Entre menos sus aviones y la verdad se expusiera, tendría en sus manos no sólo una gélida y solitaria flor, sino una verdadera colección de una eterna navidad con olor a canela y romero.
Su primera oportunidad tuvo el nombre de Hajime Shino en la segunda semana de diciembre.
Un precioso chico con un timbre de voz dulce y armonioso estaba creando un muñeco de nieve en la zona más alejada del pueblo, su cabello celeste bailaba al compás del viento y su mirada gentil generaba en Mayoi la sensación de querer solidificar su presencia en una vitrina. de hielo. Inhaló profundamente y le suena al menor, olvidándose por un momento lo que iba a responderle.
“¿Mayoi-san?” Hajime dejó la pequeña bola de nieve en el suelo, acercándose al hombre de cabellera violeta con preocupación. “Me disculpo si lo que pedí fue demasiado… estaba tan emocionada por crear muñecos de nieve que mi deseo se volvió egoísta, si puede perdonarme…” las manos del más joven tomaron la ropa de la Parca, llamando su atención.
La vista, a los ojos del Segador, era hipnotizante; pómulos rosados adornando ese lindo rostro con gesto afligido, un pequeño puchero formado en sus labios, teñidos de un carmín profundo por el frío.
Mayoi presionó los labios y mordió su lengua, absteniéndose de soltar cualquier jadeo que exprese lo mucho que la escena le encantaba.
A nadie le debería gustar ver a un hermoso ángel a punto de llorar.
“¡N-No hay necesidad de disculparse, Hajime-san!” Mayoi titubea, la timidez presentándose en su voz temblorosa. “E-Estoy feliz de ser útil para ti… es la primera vez que ayudo haciendo un muñeco de nieve, no sabía que así se formaba…” fue sincero, la vergüenza pintándose en su rostro. Le hubiera gustado parecer un experto en la nieve, pero incluso él, viviendo tanto tiempo en ese pueblo, nunca había tenido la oportunidad de hacer algo tan clásico como formar muñecos de nieve o ángeles.
“Pídeme lo que quieras, estoy a tu cuidado”. El hombre más alto toma la oportunidad de acariciar el cabello del hada para tranquilizarlo, volviendo a su deber de buscar una rama que pudiera fingir ser una nariz.
“¡Mmm! ¡Muchas gracias, Mayoi-san! ¡Crearemos momentos inolvidables juntos! Los demás y yo nos esforzaremos en que sea una navidad que todos puedan disfrutar” Hajime pareció convencerse de sus propias palabras, volviendo a colocar la bola de nieve sobre otra bola de nieve más grande, terminando así de formar el cuerpo. A pesar de que lucía delicada, el joven lo sorprendió siendo bastante fuerte, cargando pesadas bolas de nieve. “Cuando nos dijeron que pasaremos diciembre en un pueblo maldito, todos nos preocupamos… pero Padre dijo que estará bien, que nuestra misión es repartir sonrisas y felicidad a donde vayamos.”
"¿Padre?" Mayoi regresó con el menor, meneando una rama de una longitud pequeña. “Hajime-san, ¿está bien para la nariz? Conseguí otras para los brazos” su otra mano sostenía una gran cantidad de ramas con tamaños y formas distintas.
“Ufufu~, Mayoi-san parece tan emocionado como yo. Esa me parece bien, ¿puede ponérselo, por favor?” El pequeño soltó una risita, las pupilas lilas en su rostro brillaron de una felicidad contagiosa. “Oh, Padre es… El sacerdote de la iglesia donde nosotros, los chicos de los villancicos pertenecemos. Él nos acogió a cada uno cuando más necesitábamos de una mano. Gentilmente nos brindó techo y comida como si fuéramos una familia.”
Mayoi escuchaba con atención, pero todavía obedeció y colocó la rama en el muñeco de nieve, agregando dos piedras oscuras en cada extremo de la nariz improvisada.
“Suena como una persona extraordinaria” responde Mayoi, dudando si podría congeniar con ese tipo de humanos. Seres tan brillantes y puros que lo hacen sentir contaminado, prefiere vagar en la oscuridad y la soledad, como cualquier insecto nocturno.
“Pero no recuerdo haber visto un sacerdote en la iglesia…” los ojos turquesa de Mayoi miraron con curiosidad al pequeño. ¿Se habrá perdido al viajar por carretera? ¿Desistió a la idea de ayudar a un pueblo tan recóndito que albergaba un gran pecado? Eso no es el tipo de hombre que hace segundos Hajime estaba contando. De cualquier manera, si pudiera ver esas dulces lágrimas de nuevo…
“Tori-kun dijo que Padre vendrá hoy, al parecer su camino hacía acá fue detenido debido al pronóstico, mencionaba que algunas calles tenían bastante nieve” Mayoi estuvo a punto de responder, pero las palabras fueron detenidas por la voz del menor, “¡pero él vendrá, estoy seguro de que es así! Cuando más lo necesitamos, siempre se acerca a nosotros y nos brinda seguridad y cariño. ¡Padre podrá llevarse bien con todos ustedes, Mayoi-san!” La voz de Hajime resonó como campanas navideñas, asegurándose de que cada palabra estuviera grabada en la mente del más alto.
“Ufufu, estoy emocionado de conocerlo, como vigilantes de este pueblo y de la única iglesia de este lugar, se nos otorgó el título de Parcas. Pero eso no suena lindo salido de los labios de los más pequeños, ¿cierto, Hajime-san?”
“Mhmh…” El menor llevó su dedo índice a los labios, pensando. “No sé si es lindo o no, pero el trabajo de Mayoi-san es tan impresionante que me hizo temblar al conocerlo… pero después de intercambiar palabras, ha sido muy gentil conmigo. Es extraño que el pueblo los aborrezca, la Navidad se acerca y todos deben ser amables los unos con los otros.”
“Mh~mm, pienso lo mismo. Tal vez sus corazones se han oscurecido tanto que su esperanza ha sido nublada, viendo negativamente y siendo cegados por una eternidad falsa.” Mayoi sonrió para sus adentros, no era realmente malo si lo pensaba así, después de todo, sólo había que congelar al culpable.
Hajime había terminado de colocarle la sonrisa al muñeco de nieve, ambos hombres dieron unos cuantos pasos hacía atrás para ver el trabajo casi terminado.
“Entonces, si eso es lo que está sucediendo en el pueblo, el deber de las hadas navideñas es regresarle la esperanza a todos.” En un pestañeo, Mayoi había visto como el menor se había quitado la bufanda y el gorro para vestir al muñeco de nieve.
“¿Estás seguro, Hajime-san? Te resfriaras.”
¿Cómo podría permitir eso la Parca? Sólo él debía ser capaz de congelar a la hada a su lado.
“¡Estaré bien, Mayoi-san! No es un verdadero muñeco si no está vestido como ahora. Tal vez no sea mucho en estos momentos… pero quiero calentar el cuerpo de los demás cuando lo vean.”
Mayoi sonrió con los dientes afilados a la vista, acariciando las hebras azuladas del pequeño. “Eso es encantador, Hajime-san, pero estoy seguro que hay un muñeco más bonito que todos adorarán ver…” la voz de la Parca fue bajando gradualmente, usando esa misma mano que antes acarició a Hajime para empezar a mostrar un hilo de cristal, provocando escalofríos al menor en su nuca.
Mayoi esperaba que Hajime volteara ante el repentino ataque de frío, sólo ahí podrá enviar la espiral de hielo y congelar ese bonito rostro que tanto desea observar a cualquier hora del día.
O ese fue su plan, hasta que…
“¡Oh, Hajime-kun! ¡Finalmente te encuentro!” lo que parecía un eco entre los arbustos tomó forma de un rostro nuevo para la Parca. “¿Qué pasa con tus ropas? Te enfermarás si estás así.”
"¡Padre!" El pequeño corrió a los brazos del recién llegado, riendo y señalando al muñeco de nieve.
"... Tsk". Mayoi chasqueó la lengua. Cómo esperaba, ese hombre no iba a caerle bien. Fingió la sonrisa más amable que pudo hacer, saludando al sacerdote. “Es un placer conocerlo, Padre”.
“¿Eres Mayoi-san, cierto? Estableceremos un gran vínculo si empezamos sin las formalidades, llámame Kazehaya Tatsumi. Recién me instalé en la iglesia y charlé con las otras Parcas, se extrañaron porque faltaba un integrante y parecían buscarte… Dios me ha mostrado el camino y pude llegar hacia ambos. Me alegro de encontrarlos sanos y salvos.”
"Eeeerrr... uh... Entonces... Kazehaya-san..."
“Tatsumi-san estará bien, tomé la iniciativa de hablarte por tu nombre también. ¿O eso fue demasiado repentino de mi parte?”
“...No, ¡n-no, está bien! T-Tatsumi-san”, ante el visto bueno del sacerdote, Mayoi prosiguió.
“¿Me estaban buscando…? Oh vaya, debo darme prisa entonces. Hasta luego, Hajime-san… Tatsumi-san”.
“¡Espero seguir haciendo muñecos de nieve con usted, Mayoi-san!” Hajime ya se estaba despidiendo con la mano, por lo que Mayoi imitó la acción.
“¿Mayoi-san?” El sacerdote con nombre Tatsumi Kazehaya, había tomado repentinamente la mano extendida de Mayoi, ahora cubriendo de calor su habitual piel helada.
“Gracias por aceptar la petición de Hajime-kun y acompañarlo a crear un nuevo recuerdo con este adorable monumento significativo de la navidad. Sigamos dándole una razón al pueblo para que la nieve eterna brinde calidez y armonía.”
“...cuento con ustedes.” La Parca forzó una pequeña sonrisa en una curva temblorosa, que la expresión cálida de Tatsumi no haya cambiado en absoluto desde que se había acercado, generó en él una sensación hormigueante en la boca del estómago.
Los pasos de Mayoi fueron tan silenciosos como su respiración, sus uñas penetrando en la piel de su muñeca era la única evidencia de sus verdaderas emociones conflictivas. No obstante, todavía podía intentarlo una vez más.
