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Lo que nunca fue…
Luhan nunca ha sido de esas personas que se enamoran a cada instante, o alguien que pueda siquiera, confesar un simple me gustas; ni siquiera en bromas. Luhan es de esos chicos que sueña tras pupilas avellanas escondiendo un rostro tímido tras un libro y cientos de palabras sin haber leído. Es de esos chicos que prefiere pensar en amar utópicamente que en la realidad y, guardar sus deseos y confesiones en silencio. Es de aquellos que prefiere enamorarse de lo platónico e imposible porque no es mucho el dolor cuando ama lo más lejano que lo demasiado cercano. Luhan prefiere vivir en la soledad de su mundo, sin lágrimas rozando mejillas, sin un corazón que esté a cada momento temblando de pensar en ser herido. Luhan prefiere solo imaginar, callar ante los posibles romances que su vida le pudiese llevar.
Luhan prefiere ser así porque tras ese miedo, se esconde ·un pasado doloroso que le hace llorar cada vez que lo recuerda.
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Fueron unas tres veces las que creyó haberse enamorado; las primeras dos veces fueron una atracción infantil y, solo una, la tercera, bastó para entender su realidad y madurar muy cobardemente para huir del amor. Tenía 5 años la primera vez que sintió su corazón temblar y sus mejillas acalorarse con tan solo verle. Para cuando cumplió los 10, su segundo flechazo, era otro chico en quien soñó, pero ahora su estómago era quien sentía un nuevo síntoma de amor. A los 12, cuando entró a la secundaria, los síntomas aumentaron; ya no era solo un rostro pintado del ocaso, un corazón brincando afanosamente o mariposas revoloteando en su estómago; aquel chico estaba en su mente, en su vida, en sueños de ojos despiertos.
Los síntomas crecieron, y crecieron, y siguieron aumentando con el paso de los días. No desaparecían aunque su mente se lo repitiese.
Estaba tan enamorado de verdad. Sin que lo supiese, sin que lo quisiese.
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De esos años de secundaria, en donde el amor tonto de los adolescentes pareciera florecer (florecer para unos cuantos, menos para él), Luhan tenía 12 años cuando divisó a sus espaldas. Lo encontró. Estaba a tres asientos de él (muy atrás, a decir verdad); sin embargo, ello no impidió algún tipo de admiración. Cada día solía mirar su sonrisa a vistazos disimulados, oía apenas algunas conversaciones de aquel chico con sus amigos, una voz grave y muy varonil pese a ser un puberto. Encantado, apreciaba también el cabello negro como las noches estrelladas, labios delgados combinados con el dulce color de sus dulces favoritos, piel de invierno tatuada de lunares perfectos.
Ese chico era tan perfecto a sus ojos, a su corazón, a su ingenuo corazón.
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La primera semana fue de intentos vanos de hacer amistad con el chico, Sehun. Supo su nombre cuando la maestra de español le preguntó a cada alumno (la infaltable presentación de todos los años, con todos los profesores; aburrido y tedioso). En el inicio del tercer mes, Luhan quiso hablar con él 1 minuto después de que el timbre sonase, tan solo era amabilidad y ya, no era otra cosa, no era como si fuesen coqueteos. Sin embargo, el joven parecía no interesarle su amistad, no cuando Luhan era un completo fantasma en el salón, o tal vez, ni a eso llegaba. Su voz débil y aguda no alcanzaba los oídos de aquel chico. “Sombra, eres quizá la sombra de un fantasma” se decía a diario, muy molesto.
Y es que, su autoestima disminuía cada vez que divisaba con tristeza cómo otro tipo de personas podían fácilmente conversar con Sehun; en aquella clase y en toda la escuela, eran las chicas lindas las que querían con Sehun, eran las que le buscaban, las que le llamaban… Tristemente, las que Sehun en realidad quería, buscaba, llamaba, las que le atrapaban enteramente. Y sin embargo, Luhan siempre quiso engañarse, cegar su corazón en las oportunidades que la vida le llevaba siempre consigo.
Y sin embargo, del otro lado, estaba la realidad que crudamente le abofeteaba.
¿Cómo competir con esas chicas guapas, lindas, amigables? Chico tonto, tan tonto.
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Desde un principio, Luhan supo que aquel chico era alguien más que solo increíble por su gran simpatía y sociabilidad. Cada día que pasaba, Sehun iba haciendo más y más amistades; mientras que Luhan difícilmente podía trabajar en parejas. Tanto se preguntaba, ¿cómo es que teniendo ambos gustos en común, la distancia para un poco de amistad estaba tan lejos? El deporte era su afición y pasión (lo veía tantas veces disimulado; ambos pudieron ser un gran equipo); y el amor no correspondido, la devastación a su corazón, desafortunadamente.
Pero la fantasía y novelas rosas le hacían soñar mucho más de lo que la realidad le golpeaba.
Luhan creía, que quizá, con un poco de su personalidad única y especial, podría llamar la atención de Sehun (todos lo piensan así; que el interior de una persona es la verdadera belleza). Y fue así luego de 7 meses, a varios de sus compañeros les parecía una persona excéntrica y un tanto peculiar por sus gustos musicales, por las colecciones de mangas y animes en su extravagante habitación, por su manera de ser entre la timidez y frialdad con un toque de calidez. Finalmente, esos compañeros se fueron haciendo sus amigos, sin tan siquiera preguntarle, solo surgió una linda amistad sin más, como una flor en primavera. Pero no, a Sehun jamás le llamó la atención ese chico de aspecto extraño, peculiar y hasta irrecordable; pasaba todo lo contrario y Luhan no recibía más que miradas indiferentes y respuestas cortas a desdén ‘Sí, ajá, no’. A Luhan le parecía injusto, por supuesto, porque esas nimias conversaciones eran de 5 segundos en todo un mes. Le dolía tanto, su corazón se estrujaba doloroso; pero era tan poco obvio, sin embargo, porque nunca demostró ese dolor de amor unilateral. Nunca.
Y la verdad es que llegó a soltar lágrimas, tantas lágrimas, muy lejos de toda algarabía, escondido entre paredes oscuras y árboles bailarines a las melodías del viento.
‘¿Por qué no me puedes ver? ¿Tan feo soy? ¿Tan horrible soy?’
Preguntaba frente al espejo, cerrando los ojos, sin querer ver a ese adefesio repelente de su Sehun.
Y la verdad es que, nunca lo diría. Sus sentimientos le fueron ahogando, marchitándole cada vez más el poco optimismo en su interior. Nunca lo diría.
Y la verdad es que dolía demasiado.
Un amor platónico tan cerca, y la vez tan, pero tan lejos.
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Cuando el verano se asomó tras su espíritu decaído y apenas animado en el exterior, fue el tiempo de ingresar a vacaciones. ¡Benditas vacaciones! Le vino tan bien a Luhan esos días de completa libertad porque podría olvidarse, o al menos, intentar olvidar a Sehun. Pero con el pasar y el avanzar del tiempo, Luhan siempre le pensaba, le imaginaba, le recordaba, le nombraba; síntomas perdurables de amor. Como si Sehun fuese uno de sus tantos artistas favoritos, de esos rostros llenando su habitación en pósters grandes y pequeños, de esa música a todo volumen cantándola como un susurro memorizado, llevándolo en su corazón como aquellos fans declarados ser los admiradores número 1.
‘¿Y si algún día…? ¡Detente!, ¿qué estás pensando? Eso nunca…’ Eso jamás sería, respondía su destino, ‘¡tonto, ya no pienses tonterías!’ Pensaba y se regañaba al mismo tiempo que una lluvia de congoja caía de sus ojos.
Porque dolía tanto el saber que jamás sería correspondido. Porque sabía muy bien lo que era, era solo un tipo corriente, común y hasta enfermo, jugando a soñar con lo inalcanzable, con aquellas estrellas en el cielo que se pueden ver pero no tocar. Y dolía tanto, tanto porque jamás le tendría cerca ni siquiera en la amistad.
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Al iniciar un nuevo ciclo, las cosas cambiaron. Sehun se acercó al grupo de amigos y amigas de Luhan; interesado en alguien. Se le notaba y mucho. A Luhan también se le veía muy entusiasmado, por supuesto, al tenerle un poco menos lejos, un poquito más cerca.
‘¿Juegan?’ llamó aquel joven de tez blanca bajo los rayos dorados del sol.
‘Bueno… está bien.’ respondió Minseok rápidamente mientras se levantaba con ayuda de un compañero de salón. Luhan optó por negar con ambas manos. Y es que Sehun le sonrió tan amistosamente que sintió las llamas del verano ingresar bajo su piel hasta dejarle tan rojo como los atardeceres abrillantados. Solo Baekhyun y Minseok jugaron fútbol, mientras que Kyungsoo y él permanecieron bajo la sombra de un árbol frondoso y fresco.
‘Debiste jugar’ se dijo mentalmente y le dijo Kyungsoo. ‘Eres un gran tonto por negar’ se dijo silencioso y Kyungsoo también. Y, ‘¡No mires como le sonríe a esa chica!’ interiormente se gritó tan angustiado, como si Sehun pudiese escucharle los pensamientos. Gritó y gritó ya no solo dentro de sí; sus ojos, sus labios, su rostro entero deseaban alzar la voz también; pero la cobardía estaba allí, acompañándole.
‘Mira cómo esa chica le sonríe a ese chico ¿Sehun, cierto? parece que se gustan, serían una bonita pareja’ exclamó su amigo.
‘¡Cállate, cállate, cállate!’ repitió con el corazón desesperado y afligido, para luego salir huyendo, mintiendo, obviamente, que había olvidado algo en el salón.
‘Ya lo sabía, yo no le gusto, jamás pasaría, yo jamás le gustaré’.
Aquel verano fue de lluvias y tormentas al apretar sus párpados, fue de atardeceres ámbar inscrito en sus ojos, fue de ilusiones cayendo como cascada en la plenitud de su corazón. Luhan ya no quería a Sehun en su vida. Ya no.
Pero el enamoramiento, no era así.
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‘¿Dime, quién te gusta?’ Baekhyun le preguntó un día en el recreo a Luhan, cuando las flores amarillas estaban cerca de la expiración y había tantas hojas rojas y bermellones de los árboles descendiendo al suelo. Él no dijo nada, ni siquiera le volteó a ver, tan solo mordió su emparedado de queso y rió por lo bajo, entristecido. Porque la verdad era que Luhan estaba atrapado en el fondo de un sentimiento tan unilateral, pero su orgullo jamás le permitiría ser honesto hacia otros con esa cosa llamado amor.
‘¡Ya, dime!’ suplicó bebiendo su jugo de manzana. Luhan se alzó de hombros, actuando indiferente, aunque su amigo no se rendiría nunca. ‘¡Dime, dime, dime!’
‘Nadie, no estoy para esa ridiculez, nadie me gusta’ respondió desinteresado, comiendo sin probarle sabor a su emparedado, a la vida, en realidad. Y aunque Luhan moría por contar aquel secreto para llorar sobre el hombro de alguien y recibir un poco de consuelo por un amor nunca correspondido, no lo diría. Quizá el temor al rechazo, a las burlas, a la soledad, quizá todo eso unido era la causa principal a ese temor. Quizá, el que Sehun se enterase y ya jamás se volviese acercar a él, que lo odiase y fríamente le rechazase, el que le mirase con asco, y entonces todos se burlasen ¡Miren, es el tonto que rechazaron! ¡Miren, es el bobo marica! Luhan ya adivinaba todo lo que le pudiesen decir, todo lo que le pudiese pasar.
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Las tardes anaranjadas, Luhan se dedicaba a leer sus mangas favoritos bajo las sombras de los árboles rojizos en una mezcla de tonos azabache. Shojo, su género favorito; romance dulce y rosa, mucho romance que dolía. Porque esas historias le hacían soñar más alto; y sin embargo, también le hacían llorar a mares. Para Luhan soñar con los ojos abiertos era un duro golpe a una poza sin fin. Aun sabiendo la dura realidad, su realidad, soñaba como si de un niño se tratase, con aquel sentimiento infantil y esperanzador de que podía pasar de todo en su vida, pues uno nunca sabe qué depara el destino, se consolaba juguetón, apenas animado contemplando el atardecer.
Y quizá, la llegada el invierno y la navidad le podrían llevar esos sueños para llenarlos de realidad dulce y utópica.
Quizá…
Esperó esos milagros por 3 meses.
Y sí, algo ocurrió esa navidad.
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Regresando de las vacaciones de diciembre, de todo un descanso de tareas, profesores, regaños y amigos latosos, llegó aquello que siempre esperó: la verdadera realidad. Luhan solo esperaba una palabra, un gesto, una mirada. Vino a sus manos una carta, Sehun fue quién se la dio, el mismo y grandioso Sehun. Sus ojos se abrieron a más no poder, parecían dos lunas brillando incandescentemente en una noche sublime; tras sus mejillas blancas la sangre se comenzó a acumular. Tal vez… sí había servido escribir una carta a Santa Claus, aunque ya tuviese la irrisoria edad de 15 años. Luhan la tomó, nervioso y emocionado, como no creyéndose lo que estaba sucediendo, como si todavía siguiese dentro de un sueño, como si en sus historias favoritas, él fuese el afortunado protagonista.
‘¿Se la das a tu prima?’
‘¿Eh?’
‘Tu prima es Sam, ¿cierto?’
Y tal vez aquella escena (un rostro de: ¿para qué vivir? Mejor ya llévame Diosito) hubiera sido digna de poner en un manga cómico o una anécdota graciosa entre amigos, un chiste para reírse y burlarse nada más. Pero a Luhan le dolió, realmente le dolió. Le dolió tanto aquel día, le dolieron los días siguientes, luego fueron semanas y meses completos almacenando el dolor. Meses observando con los ojos nublados cómo Sehun se iba de la mano de su prima; meses en los que él estuvo haciendo de cupido mensajero y enviar las cartas que dolorosamente no eran ni serían nunca para él. Y sin embargo, esos no fueron los peores días. Un martes lluvioso, punzó grotescamente su corazón cuando les vio besarse tras los salones, bajo una sombrilla floreada de girasoles en una lluvia cálida veraniega. Luhan pudo leer perfectamente en los labios de Sehun 2 palabras tan mágicas como devastadoras: ‘Te amo’. La escena perfecta que él siempre había deseado, que recreaba día tras día y noche tras noche. Todo acabó allí.
Así fue como enterró finalmente sus ilusiones de querer amar.
‘Y qué idiota eres por soñar, y eres tan idiota por fijarte en alguien que sabías jamás te correspondería… pero no escuchaste la realidad…Busca una solución a tu estúpido y enfermo corazón…’
Y lo encontró, Luhan encontró la cura a aquellos amores que jamás serían para él; que le lastimaban cuando les podía ver a una mínima distancia; que les escuchaba aquella absorbente voz haciendo eco en sus oídos aunque esas conversaciones no fuesen para él; que pudiese oler su dulce fragancia cuando pasase tan cerca de él, como una estrella fugaz.
Luhan encontró esa medicina, anotándola en su diario de vida.
Él huye con cobardía, una cobardía serena y linda que protege su fragilidad de lo oscuro que el amor puede ser. No se enamora de lo cercano, duele mucho; él ama lo lejano, lo prefiere al 100%. Ama las ilusiones, ama los sueños en vano, ama lo platónico; quizás…porque todo puede pasar en este mundo. Luhan a veces sueña que puede llegar a casarse con su cantante favorito, y aunque sepa que tiene novia, realmente no importa, él siempre le apoyará (además las relaciones entre famosos suelen siempre romperse). Y no importa qué pase, Luhan estará apoyándole porque las canciones de ese artista se sincronizan con sus emociones animosas y depresivas, como si fuesen dirigidas a su corazón aparentemente de piedra y pudiesen derrocarlo por fin. Y Luhan es y será tan feliz si lo ve feliz.
Y Luhan se repite cada día que ya no mirará tras sus espaldas, siempre esquivará sonrisas lindas, cubrirá sus oídos fuertemente, dejará de admirar en los amaneceres siluetas distintivas, arropará su nariz a la fragancia de la vida… porque aún le da miedo salir de su burbuja de ensueños rosas, aún le da miedo encontrarse con la verdadera realidad… él no desea enamorarse por ahora. Porque tiene miedo de aquella frase…
Lo que nunca fue, nunca será.
Y Luhan, en silencio y en secreto, espera que algún día cambie a un:
Lo que por ahora no es, tarde o temprano será.
· Fin ·
