Zagreo bajaba tan rápido como sus piernas le permitían las escaleras de su casa, tratando de encontrar un equilibrio entre ajustarse correctamente el cuello de la camisa y tratar de no romperse una pierna en Nochebuena. Su única hija le seguía, con calma, a diferencia de los presentes nervios de su padre.
—¿Voy bien así?—preguntó Zagreo a su hija nada más terminó de bajar las escaleras.
—Sí, papá, estás perfecto—contestó Atanasía, aún sin acabar de bajar—.Además, a padre le gustas siempre, lleves lo que lleves, y esta es sólo una de vuestras tantas citas, no entiendo por qué tanta presión hoy.
—Ni yo sé por qué estoy tan nervioso, a decir verdad—de su boca salió una sonrisa nerviosa—.No sé si es porque Tánatos lleva desde ayer metido en la funeraria trabajando y quiero recompensarle con verme bien para él, si porque me han entrado inseguridades de la nada como siempre, o porque hoy es la cena de Nochebuena y este año somos demasiados…
—Tranquilo, papá, tu cita con padre saldrá bien, últimamente os queréis más que nunca y el amor solito hará que todo salga bien—llegó junto a su papá, que se ajustaba los últimos detalles—.Además, este año tienes a la mejor organizadora de cenas a cargo; o sea, yo.
—Tana, ¿estás segura de que vas a poder con la cena tú sola?—Zagreo apoyó su mano sobre el hombro de su hija, signo de su apoyo—.Tu padre y yo podemos venir directos a casa y ayudarte con todo, este año somos más que nunca, y además tienes que presentarle a Palestra como tu novia a todos, y este año hay muchas tensiones, y-
—Papá, todo irá bien—trató de calmarlo—.El tío Hipnos me dijo que vendrá pronto a ayudarme con el cordero y la mesa, Palestra y yo ya lo tenemos más que hablado y los sitios en la mesa están hechos para evitar peleas. Sé lo que hago, y, si pasa algo, te llamaré cuanto antes. Es un día para alegrarse y estar con la familia en paz y armonía, y no quiero verte tan agobiado por ello
Zagreo suspiró, desahogando su nerviosismo como podía. Él sabía que tenía que confiar en su hija, al final y al cabo, ella había aprendido de Tánatos la calma y la seguridad que él casi nunca tenía. Aún así, tenía un mal presentimiento, sentía que la cena acabaría siendo el ejemplo estrella de la Ley de Murphy. Pero…
—Está bien, sé que puedes con esto, Tana.
Pero, su hija tenía razón, era un día para el amor y para la alegría, no para estresarse. Lo suyo serían esas inquietudes tontas de último momento y nada más. Su hija ya tenía los dieciséis años y era realmente madura para su edad, podría con esto y con mucho más. Eso sí era sacado de él.
—Gracias, papá, ¡te juro será la mejor cena de Nochebuena que esta familia ha tenido nunca!
—Tampoco es muy difícil superar a las dos últimas, en una estaba cada uno en su casa y en la otra acabamos todos malos por culpa de los mejillones.
Ambos rieron como siempre hacían juntos, rota la tensión de hace unos momentos. Atanasía amaba esos momentos con su padre, sólo ellos dos riéndose de cualquier tontería.
—Bueno, me voy ya, que tu padre acaba a las cinco, ya son y media, y la funeraria está en la otra punta de Madrid.
Zagreo abrazó a su hija con fuerza, besando su frente al separarse. Abrió la puerta detrás de él, su hija frente a la puerta atenta con una sonrisa.
—¡Adiós, papá! ¡Suerte con padre! ¡Y no llegues tarde!—tras despedirse, el fuerte sonido del cierre de la puerta principal inauguraba las dos horas sola que tenía antes de su tío y primos llegaran—.Madre mía, nunca lo había visto tan agobiado, la puri...
Atanasía subió de nuevo arriba, hacia a su habitación, haciendo una lista mental de cosas que hacer antes y durante la cena. Era un día laborioso, y no podía perder ni un segundo, por lo que cuanto antes tuviera la lista de To Do hecha, mejor sería.
Se tiró en su acolchada cama y miró al techo, la posición idónea para no hacer nada y filosofar.
—Tengo que: alimentar a Lernie, asegurarme de que tengamos todo lo necesaria para la cena, y si no bajar al Mercadona en un momento; volverme a ver los vídeos del cordero y los platos aesthetics para acordarme de la receta y así poder ayudar bien al tío Hipnos—trataba de hacer memoria de todo—.Luego, poner la mesa, presentar a Palestra a todo el mundo, saludar a todos los primos y asegurarme que estén mentalmente bien para cenar, preparar la tele para los abuelos, comprobar que nadie se pelea con nadie…
Le empezó a doler la cabeza al intentar pensar como arreglar cualquier cosa que no saliera según el plan. Se erigió un poco, sentándose al borde de su cama. Miró directa al gran terrario en la que contenía a su enorme boa albina mascota.
—Creo deberíamos empezar por alimentarte y luego ya complicarnos la vida poco a poco, ¿no crees, Lernie?—la boa miró curiosa a su dueña—.Lernie, sisea una vez si quieres que te dé de comer—el suave sonido de un siseo fue suficiente para que Atanasía se levantara de su cama y empezara la rutina—.Está bien, vamos a por un ratón congelado para mi niña preciosa.
Atanasía no esperaba acabar tan pronto todo y poder estar tan tranquila viendo Heartstopper con su batamanta antes de que alguien viniera. Todo estaba en orden, y había tratado de contemplar todos los posibles desenlaces de la cena y todos ya acababan con un final feliz en su mente. Sólo algo que no esperara la podría arruinar, pero eso ya no sería su culpa.
Su calma fue interrumpida por el sonido del timbre. Tuvo que checar la hora en su móvil por la perdida de la noción del tiempo, dándose cuenta que era la hora acordada con su tío Hipnos.
—¡Ya voy!—exclamó fuertemente, quitándose y doblando la batamanta a velocidades que ni ella creía posibles.
Apagó la tele y corrió a la puerta, pareciendo su padre horas antes. Abrió cuando la segunda timbrada sonó, mostrando a su tío Hipnos, acompañado a ambos lados de sus hijos gemelos, Fantaso, con una sonrisa en el rostro, y el odioso Morfeo, que desprendía soberbia en su mirada. Detrás distinguía el pelo de su alto primo Icelo, seguramente acompañado de su marido (muy posiblemente tapado por uno de los gemelos, porque Endimión era bajito comparado a su familia) y del carro de su pequeña hija recién adoptada.
—¡Tío!—Atanasía abrazó con fuerza a su tío Hipnos, que correspondió con gusto.
—¡Es un gusto verte, Atanasía!—se separaron. Hipnos vio con amor la cara de Atanasía, con la misma sonrisa que Zagreo siempre tenía—.Estás muy guapa hoy.
—Gracias, tío—Hipnos entró dentro de la lar, dejando pasar a Fantaso—.¡Fantaso!—Su primo mayor le sonrió de oreja a oreja. Atanasía se abstuvo de abrazarle, sabía que a su primo eso no le gustaba—.Cuánto tiempo, desde que vives con el abuelo Caos casi no nos hemos visto, ¿qué tal todo?
—¡Genial! El abuelo C-a-o-s me ayuda mucho con la carrera y me gusta estar con él—gesticuló Fantaso con sus dedos apenas visibles debajo de su larga chaqueta navideña—.Es muy diferente a la abuela N-i-c-t-e, ¡no puedo creer que sea su hija!
—¡Me alegro!—Atanasía vio de reojo como Morfeo entraba a su casa por detrás de Fantaso, sin saludarla. Aún así, ella tenía mucha más educación que su primo—.Buenas, eh.
—Oh, hola, Atanasía, ni siquiera noté tu presencia.
Su primo siempre tenía una sonrisa en la cara, por más cruel que fuera lo que dijera. Había sido así desde pequeño, haciendo comentarios hirientes a Atanasía aunque le sacara cuatro años. Ella deseaba responderle, había aprendido a ser más valiente estos meses gracias a su novia. Mas, no quería pelearse en Nochebuena, por lo que le ignoró. No iba a dejar que Morfeo le arruinara la cena.
Morfeo le pegó un tirón a su gemelo en la chaqueta, indicando que dejara de hablar con ella. Fantaso obedeció, porque Morfeo siempre había mandado sobre él. Atanasía se lamentó, aunque sabía que el propio Fantaso estaba trabajando en su independencia. Sólo esperaba que lograra no depender de su gemelo. Estuvo pensando, hasta que una voz destacablemente más madura la sacó de sus pensamientos.
—Atanasía—giró su cabeza al oír su nombre, viendo al primo mayor de la familia delante de ella.
—¡Icelo!—ella lo abrazó con fuerza—.¡Han sido meses sin verte, te he echado muchísimo de menos!
—Yo también a ti, Tana—su primo le acarició su lacio cabello, y ella se separó, mirándole a la cara—.Has crecido desde la última vez que te vi.
—¿Cómo va todo en Galicia?—Atanasía se fijó como, por detrás, Endimión entraba con un gran carro de bebé, que dejó al lado de la puerta.
—Bien, bien. Ha sido un gran año para la empresa y hemos vendido más corderos y lana que nunca. Estamos pensando este 2023 empezar con quesos y leche de oveja—Icelo se giró, mirando a su marido sacar algo del carro—.Endi, ¿ya se despertó Stela?
—Sí, siento que va a dar guerra hoy después de la enorme siesta que ha dormido la gachona—Atanasía estaba atenta al pequeño bulto rojo y verde que Endimión pasó a los brazos de su esposo—.Creo que querrás presentársela tú a tu prima.
—Es…—murmulló Atanasía, mientras que Icelo se acercó a ella sosteniendo a la bebé—.¿Es ella?
—Sí, es ella, mi hija, Stela—Icelo giró a la pequeña. Atanasía quedó enamorada de tal ternurita, con su cabello castaño rojizo y sus grandes ojos verdes, toda vestidita de lana roja y verde que sabía que ellos mismos le habían tejido. Stela, la primera miembro de la cuarta generación de la familia. Ella era una de las principales novedades estas Navidades, junto a Endimión, que por primera vez se presentaba a la familia extendida de su marido—.¿Quieres cogerla?
—Sí…—Atanasía hizo contacto visual con la pequeña, que sonrió—.¡Por supuesto!
Icelo dejó con cuidado a Stela en los brazos de Atanasía, explicándole a su prima cómo hacerlo. Atanasía siguió las instrucciones de su primo, mientras miraba con mucho cariño a la bebé. Siempre se hizo a la idea de que Icelo era el mayor de los primos, y que sería el primero en formar una vida; pero aún así la idea de que ahora estaba casado y con una hija se le hacía irreal. Mas, ahora, con Stela en brazos, supo que era real, que Icelo había inaugurado una nueva etapa en la familia.
—¿Cuántos tiene?—preguntó a Icelo, que acariciaba la mejillita de su hija.
—Tiene nueve meses, pero la adoptamos hace tres—Icelo miró al frente, viendo a su marido tratando de sacar algo de una mochilita—.¿Se puede saber que estás haciendo, Endimión?—Atanasía miró también.
—Tratando de sacar la menorá sin cargarme las velas—justo cuando se quejó, lo logró. Atanasía se quedó un poco anonadada cuando notó que tanto la menorá como las velas eran de los colores de la bandera gay—.¡Ahora! ¿Dónde puedo poner la menorá, Atanasía?
—Eh…—Atanasía pensó, sin tener ninguna idea de como funcionaba tal cosa en el Judaísmo—.¿Tiene que estar en algún sitio en concreto?
—Que se pueda ver desde la calle, y que no esté en el suelo, eso es todo.
—Entonces ponla en esa mesita que tenemos frente a la ventana, al lado del árbol—Atanasía señaló el lugar indicado, al que se dirigió Endimión inmediatamente.
—Gracias por dejar a Endimión celebrar Janucá aquí, es muy importante para él, y, por lo tanto, para mí también.
—¡No es nada! En esta casa respetamos todas las religiones—le pasó con cuidado a Stela de nuevo, que abrazó a su padre con fuerza—.Ala, ve a con tus papis a encender la menorá, ¿sí?
—Sí, antes de que papi provoque un incendio—comentó Icelo entre risas, dirigiéndose hacia su marido que negaba tal alegación.
Mientras Atanasía veía a la joven familia empezar a colocar las velas, se dirigió a la cocina con su tío y con sus primos restantes. Su tío le sonrió de inmediato.
—Venga, ¿empezamos el cordero ya?—preguntó Hipnos, con una alegría desbordante.
—¡Claro!—Atanasía trató de encontrar el cordero, pero no lo logró—.Sólo que, ¿dónde está el cordero?—se suponía que era una pieza entera, de la granja de Icelo y Endimión, por lo que era raro no ver rastro de él.
—El cordero…—Hipnos parecía recién darse cuenta de la ausencia del dichoso cordero—.¡Me lo he dejado en la furgoneta! ¡Voy a por él!
Así, Hipnos salió corriendo de la casa, dejando a Atanasía trastocada. Tánatos, como su hermano mellizo que era, siempre había dicho que Hipnos era distraído y algo tonto, que por ello la abuela Nicte no le dejaban trabajar en la funeraria, todo con un aire de desprecio. Atanasía, por el contrario, amaba eso de su tío. Le daba un toque más desenfadado, a diferencia de los rostros serios que todos tenían, incluyendo a su padre, al cual amaba, pero sabía que era demasiado estricto con ella. Además, entendía que su tío era así por todo lo que había pasado.
Atanasía estaba tan metida en sus pensamientos que tardó bastante en notar que su primo Morfeo se acercaba a ella, moviendo de un lado a otro la minifalda que adornaba su cintura, la cual se llevaría todas las críticas de la abuela Nicte durante la noche.
—¿Qué quieres, Morfeo?—Morfeo sólo rio.
—Sólo venía a preguntarle a mi primi que tal le iba al curso—Atanasía suspiró, demasiado educada como para decir que no—.Porque a mí me va fe-no-me-nal, con unas de las mejores notas en una carrera que me apasiona y que yo solito elegí—como siempre, Morfeo le restregó sus logros por la cara. Todo lo que Atanasía no tenía, él sí lo tenía, y Morfeo no desperdiciaría ninguna oportunidad para mostrárselo.
—Bien, va bien, todo “dominas” y “destacas” esta primera evaluación, sea lo que sea eso—suponía que eran notables y sobresalientes, pero ni los profesores se aclaraban—.Del ocho no he bajado.
—¡Mira que bien, otra cerebrito más!—odiaba sus comentarios pasivo-agresivos—.¿Y qué estás cursando?
—Primero de Bachiller.
—¿Qué Bachiller?—Atanasía volvió a suspirar. Como odiaba esa puta pregunta.
—General—Morfeo se rio.
—Vamos, que no sabes qué coño estudiar cuando acabes.
—¡MORFEO!—se escuchó la estridente voz de Hipnos, que entraba de nuevo en la cocina con un enorme saco en el que llevaba el cordero—.¡No le hables así a tu prima! ¡Anda, ve sacando las patatas y los boniatos!
Morfeo rodó los ojos, yéndose a la despensa para buscar los ingredientes dichos por su padre. Hipnos se acercó a Atanasía, acariciando su brazo, acercándose juntos al mármol.
—Perdón, no puedo creer que tenga veinte años y siga siendo así. Mira que trato de decírselo, pero no hace caso—Atanasía notaba la vergüenza en la voz de su tío.
¿De qué estaba pidiendo perdón? Morfeo tenía razón, ella no tenía ni idea de que estudiar al acabar el Bachiller. El general era el bachillerato de los perdidos, como lo estaba ella. Nada le llamaba la atención lo suficiente para dedicar toda su vida a ello, ni a ella ni a sus padres, y el tiempo cada vez se ajustaba más y más. Morfeo tenía razón en reírse de ella, su situación era digna de burla y de chiste. Además, ¿qué culpa tenía el tío Hipnos de la actitud repelente de su hijo? ¡Él era la persona más pura de este mundo, que su hijo fuera así de imbécil no era su culpa!
—Tranquilo, tío, no pasa nada—fue lo único que contestó a pesar de su reflexión interna—.Aprendí de papá a que por uno me entre y por el otro me salga.
—¡Y así me gusta! Has sacado lo mejor de Zagreo, y has aprendido un poquito de lo menos malo de mi hermano—Atanasía emitió una carcajada—.Bueno, vamos a preparar este cordero, que se nos va a hacer de noche a este paso.
Atanasía quedó helada cuando su tío desenfundó el cordero, mostrando el cuerpo entero de una oveja, sólo faltando la piel, las pezuñas y la cabeza. Según le habían dicho, lo habían sacrificado el día anterior de manera que no sufriera. Estuvo a punto de negarse a prepararlo por la impresión que le daba, pero poco a poco, al ver a Hipnos tratarlo con decoro y respeto, se hizo el ánimo de ello, a la vez que su tío sacaba el cuchillo de carnicero.
—Hablando de tus padres,—Hipnos retomó la conversación, sacando los riñones del cordero mientras Atanasía sujetaba—.últimamente me han dicho que están superbién, que se quieren más que nunca, ¿es eso cierto?
—Sí, parece que ahora que yo ya soy más mayor y autónoma están viviendo su segunda juventud—Atanasía comentó, viendo de reojo a Morfeo volver y apoyarse en el mármol junto a Fantaso para empezar a cortar las verduras—.De hecho, hoy papá ha llevado a mi padre a una cita.
—Me alegro mucho por ellos, sé que se aman mucho—Hipnos sonreía, dejando su tarea por un momento—.Zagreo hace que mi hermano no sea tan amargado, y él hace que Zagreo sea más estable. Espero que sigan así por muchos años.
Morfeo, que estaba al lado de su padre pelando patatas junto a su gemelo, escuchó la conversación, sacando una carcajada disimulada de su boca.
—Creo que a esa parejita feliz le queda sólo el telediario de esta noche, ¿no crees, Fantaso?—Fantaso asintió mientras cortaba boniatos, con una sonrisa falsa que sabía ocultar bien—.Bueno, me voy a mear, te dejo a cargo de las patatas, ¿vale?
Morfeo se fue, dejando a Fantaso temblando. Él no quería estar así, pero tenía que obedecer a Morfeo siempre, porque él era su mejor amigo, y sin su gemelo, ¿qué sería de él? Estaría solo en este mundo cruel, sin nadie con quien hablar, triste, sintiéndose culpable, su vida sería un miseria y…
—¿Todo bien, Fantaso?—Icelo acarició con suavidad el hombro de su hermano menor—.Sabes que aquí me tienes para cualquier cosa.
—Estoy bien, I-c-e, no te preocupes—Fantaso gesticuló, equivocándose en varios de los signos. El como empezó a acariciar los collares de su cuello puso más intranquilo a Icelo.
—Si ha sido Morfeo, me lo dices y yo le planto cara, ¿vale?—Icelo estrechó más a su hermano.
—No ha sido nada, enserio—Icelo ya sabía que esa sería la repuesta. Fantaso nunca se atrevía a hablar mal sobre Morfeo.
—Está bien, pero quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites, porque yo soy tu hermano mayor y quiero ayudarte—no hubo respuesta, pero igualmente Icelo volvió a acariciar a su hermano.
Icelo se dirigió hacia su marido, que sostenía a Stela en el otro lado de la cocina. Se apoyó de espaldas al mármol, notando Endimión su disgusto en el rostro. Abrazó la cintura de Icelo y le empezó a besar la mejilla suavemente para animarle.
—Pasou algo, agarimo?—Endimión preguntó, en gallego para que nadie más los entendiera.
—É Fantaso, Morfeo fíxolle algo e non mo quere contar por medo—aún le costaba el gallego aún después de tres años de haberse mudado—.Morfeo sempre está a manipulalo, e Fantaso non sabe como saír de alí—suspiró, por la confesión que haría—.Sinto que é culpa miña por deixalos sós durante tanto tempo, apenas os visito.
—Non é culpa túa, agarimo, son maiores e teñen que resolver os seus problemas sós—un beso más en su mejilla—.Tranquilo, estás ben, es un home marabilloso.
—Grazas—e Icelo dejó que Endimión posara los labios sobre los suyos.
Atanasía se giró, viendo la romántica escena entre su primo y su esposo. Se alegraba por la vida que Icelo había formado, había dado mucho por ello y se merecía ser feliz. El amor estaba en el aire por estas fechas, definitivamente, y este año la cena estaría llena de parejitas felices, algo raro en su familia. Y el aire se contaminaría más de ese dulce sentimiento cuando su novia apareciera por la puerta.
Pasó a penas media hora hasta que el timbre volvió a sonar. Atanasía se extrañó: la hora acordada era a las ocho y media, y los únicos que debían venir antes eran Hipnos y su familia. Por ello, se acercó a la puerta silenciosamente, mirando por la mirilla con sumo cuidado. Cuando vio de quién se trataban, sonrió de alegría, abriendo la puerta inmediatamente.
—¿¡Qué hacéis vostros aquí ya!?—exclamó, dándole un fuerte abrazo a uno de los allegados.
—Ya sabes cómo soy, me preparo antes por si acaso, siempre acabo adelantándome a todo, y la pobre Palestra tiene que seguirme—dijo Hermes entre risas, correspondiendo el abrazo de su nuera.
—Es un gusto teneros aquí ya—Atanasía se separó. No tardó en dirigir la mirada a la alta mujer detrás de Hermes—.Sobre todo a ti, Pali.
Hermes entró, para así dejarle su espacio a la joven pareja. Atanasía se acercó a Palestra con una sonrisa en el rostro. Palestra no tardó en agarrar su cintura, agachar su cabeza y besar los labios de Atanasía. Atanasía abrazó el cuello de su novia y se puso de cuclillas para poder recibir bien el beso.
—Te ves guapísima así—comentó Atanasía al separarse, Palestra acariciando su largo pelo bicolor—.Esta camisa te marca los músculos.
—Tú también estás muy guapa—Atanasía empezó a llevarla hacia adentro de la casa, recibiendo con gusto todos los halagos—.Esa falda es mi favorita, ¿te lo había dicho ya?
—Sí, varias veces, por eso me la pongo siempre que nos vemos—cerró la puerta, dejando a un lado el amor y centrándose en el deber—.Bueno, menos mal que llegas pronto, porque así te puedo presentar al tío Hipnos y a los primos antes, aunque ya los conoces por Psicopompo, pero ellos a ti no.
Atanasía agarró con fuerza la mano de su novia, llevándola hasta la cocina donde toda la familia se reunía, esperando a que el cordero acabara de hacerse. Al llegar, vieron como Hermes e Hipnos se abrazaban. Según les habían contado, antes de que Hermes desapareciera, habían sido grandes amigos, pero Hipnos no apoyaba el estilo de vida de Hermes, y se distanciaron. Habían estado incomunicados por años, pero ahora que Hermes volvía a la familia oficialmente con su nueva vida, podrían recuperar la amistad.
—Me alegro de que todo ya vaya mejor—Hipnos exclamó, con su característica sonrisa.
—Sí, fue una mala época, e hice cosas horribles como abandonar a muchos de mis hijos, pero ahora he salido de ahí y estoy tratando de recuperar el contacto con ellos—explicó Hermes, orgulloso de su avance tras su primer año limpio.
—De hecho, uno de esos hijos era Palestra—Atanasía señaló con orgullo a su pareja, que saludaba con el rostro serio.
—Oh—Hipnos exclamó de asombro. Cuando le dijeron que Atanasía tenía una novia de su edad, se imaginaba una adolescente de su altura, rubita y muy risueña. No una chica de casi dos metros, con músculos marcados y cara de pocos amigos—.¿Ella es la famosa Palestra?
—Sí, ella es Palestra, mi…—Atanasía miró a su novia mientras cogía su mano. El como el rostro de Palestra dejó ver una sonrisa al mirar a Atanasía enterneció corazón de Hipnos. Tal vez se estaba dejando llevar por las apariencias—.Mi novia.
—Me alegro por ti, Tana—la alegría de ambas se contagió a Hipnos—.Se ve que os queréis mucho.
—Al fin no soy el único primo pillado, ya tengo a quien me haga compañía—comentó Icelo, igualmente feliz por su prima, y por tener a alguien con quien criticar a sus parejas.
—Non me dixeras que o teu curmán estaba saíndo co Míster Músculo—Endimión recibió un codazo bastante doloroso por parte de Icelo por ese comentario.
—La verdad, te aplaudo, Palestra—Morfeo dio un paso adelante, acercándose peligrosamente a Palestra—.No creo que sea fácil soportar a mi prima.
—Ve callándote, enano,—Palestra dio un paso adelante, dejando centímetros entre ella y Morfeo—.que a ti no te soportan ni en tu puta casa.
—¡Palestra, no seas así!—intervino Atanasía, alejando a su novia de su primo, el cual tenía una expresión exagerada de ofensa, como la que tendría un rey al que le acaban de escupir. Atanasía tuvo que llevar a Palestra afuera de la cocina para que nadie las oyera—.Es un imbécil, lo sé, pero tengamos la fiesta en paz, que es Nochebuena.
—¡Pero me toca los cojones que siempre te esté diciendo esas mierdas a la mínima!—Atanasía volvió a coger las manos de su novia para calmarla—.Soy tu novia, y sé que eso te hace daño aunque no lo demuestres. Quiero defenderte, Sía.
—Sé que quieres, pero no lo hagas, al menos por hoy—Atanasía besó su mejilla.
—Entonces, ¿otro día si puedo partirle la cara?
—Sólo si mi tío Hipnos da su consentimiento.
Atanasía esparció varios besos por todo su pómulo. Luego Palestra tendría que lavarse la mejilla por el pintalabios negro que Atanasía estaba dejando en sus mejillas. O, a lo mejor, se lo dejaría, y así generarían escándalo en la cena. Palestra movió levemente el rostro de su novia para así poder pasar a los labios. Ahora también tendría que lavar su boca, y posiblemente Atanasía retocarse los labios.
—Perdón por molestar, par de bollos—el tono sarcástico de Hermes hizo que ambas se giraran, pilladas en pleno lío.
—Papá,—Palestra apartó a Atanasía de su lado casi violentamente—.¿qué quieres?
—¿Dónde están tus padres, Tana?
—Oh. Ellos…—no quería comprometer la intimidad de sus padres—.Ellos están comiendo fuera, una especie de cita. Se suponía acababan a las siete, por lo que tienen que estar al caer.
—Ajá, igual de golosos que cuando los conocí.
Hermes se fue, dejando a Atanasía pensando sobre lo que dijo. Aquello había tenido doble sentido, pero prefería no ver el otro porque le daba repelús pensar en sus padres…
—Me voy a volver a ponerme pintalabios. Necesito pensar en otra cosa.
La Gran Vía era preciosa en Navidad a los ojos de Zagreo. Sus luces azules que asemejaban gotas de lluvia, junto a las tiendas, farolas y coches con luces amarillas; hacían que todo asemejaran a una mañana de Navidad junto a la chimenea mientras la nieve caía afuera. A Zagreo le recordaba a la fría casa de su madre en Figueres por aquellas fechas.
Y era aún más preciosa y despertaba más sensaciones en su corazón con su bello marido a su lado, su cabello ya blanco y sus ojos ámbares aportaban aún más a esa sensación invernal y hogareña. Al final y al cabo, Tánatos era su hogar.
—Sólo a ti se te ocurre llevarme al Luna Rossa a comer a las cinco de la tarde en Nochebuena, de verdad—Tánatos comentó, refugiándose del frío en su buff negro—.Acabamos de comer ahora, y la cena es en una hora, no voy a tener hambre.
—Che, Tan, encima que tengo el detalle de llevarte a comer después de que hayas estado trabajando como una mula—Zagreo abrazó la cintura de su marido.
—Coño, no es eso. Es sólo que…—Tánatos suspiró—.Haces tales tonterías por mí.
—Es que estoy loco por ti—Zagreo murmuró, dejando un beso en el pelo de Tánatos—.Porque yo sé que la sonrisa que se dibuja en mi cara tiene que ver con la brisa que abanica tu mirada.
—Es Nochebuena, Zag, no es día de cantar Estopa.
Zagreo se rio, sabiendo que en secreto Tánatos lo disfrutaba, pero odiaba demostrarlo, porque nunca le daría el orgullo al engreído Zagreo de sacarle los colores. Había sido así desde que eran adolescentes, lo fue hasta en su boda, y lo sería hasta su lecho de muerte. Era algo que Zagreo había aprendido a amar.
—Espera, Zag, ¿no nos hemos pasado el coche ya?—Tánatos se paró, creyendo (o deseando) que fuera un despiste de su esposo.
—¿Quién dijo que íbamos al coche?—la cara de Tánatos cambió bruscamente cuando Zagreo entró a un tal Hostal Miami.
—¿Me estás jodiendo, verdad, Zagreo?—Tánatos estaba sintiendo una mezcla de duda, cabreo y una leve (muy muy leve) ternura.
—Entra y calla—Zagreo entró, siendo seguido a desdén por su mulato.
Una vez dentro, las sospechas de Tánatos se hicieron ciertas. Su estúpido marido había reservado una habitación para aquel rato que quedaba hasta la cena. Era una de las mayores burradas que había hecho en su vida con diferencia, y Zagreo había hecho muchas.
—Pero si lo vas a disfrutar más tú que yo—contestó Zagreo a la primera queja de Tánatos durante la subida en ascensor.
—¡Zagreo, has reservado una habitación un día entero por sólo una hora!—dio gracias a que las puertas justo se abrieran cuando Tánatos paró de gritar—.No estamos para derrochar el dinero, está subiendo la gasolina, el aceite, la hipoteca, ¡todo!
—Es Navidad, he cobrado la prima ya, y el dinero se va en estas fechas siempre—abrió su puerta, mostrando una elegante estancia con una cama tamaño King, un par de muebles básicos y un balcón a la plaza del Callao. Aquella habitación no era de las baratas, precisamente.
—La siesta más cara de mi vida, de verdad.
—¿Quién dijo que íbamos a dormir?
Zagreo se quitó la camisa que llevaba a forma de chaqueta, dejando a Tánatos perplejo. Peor aún, iba a ser el polvo más caro de su vida.
—Es coña,—Zagreo se volvió a subir su camisa—.sé que estás cansando, y necesitas dormir antes de la cena.
—No, no me has hecho un “aquí te pillo, aquí te mato” para nada—Tánatos le quitó la camisa directamente, dejando la camisa friki de su marido completamente expuesta. Deseaba dejar de ver ese estúpido Charmander estampado cuanto antes, y sólo había una manera de hacerlo.
—Ea, te recuerdo que los “aquí te pillo, aquí te mato” los empezaste tú,—Zagreo recordó un fragmento de su pareja tantos años antes—.venía cansado a la empresa de mi padre, después de haber pagado otra multa por exceso de velocidad, te hablaba disimuladamente y, ala, al cuarto de contadores como si fuera un picadero.
—Calla—Tánatos besó apasionadamente los labios de Zagreo. Zagreo sonrió durante el beso, listo para un rato de intimidad con su amado Tan. Habían estado años en cuarentena después de que su hija naciera, pero ahora volvían a tener tiempo para ellos, para su relación, para amarse. Se dejó llevar, permitiendo que el beso bajara.
Atanasía no esperaba a nadie más hasta la hora oficial de la cena, ya así había sido, aprovechando para poner la mesa, hasta que el timbre volvió a sonar a las ocho. Tanto ella como Palestra, que le ayudaba con la mesa, se quedaron confusas.
—No sé qué pasa este año, todos están llegando temprano—se dirigió hacia la puerta, mirando de nuevo por la mirilla para asegurarse que no fuera alguien pidiendo aguinaldo. Aunque casi que lo prefirió ante quién era en verdad—.Mierda…
—¿Quién es?—preguntó Palestra ante la expresión de fastidio de su novia.
—La abuela Nicte.
La abuela Nicte siempre venía todos los años de imprevisto antes de la cena, sin un patrón determinado, sólo para pillar al anfitrión desprevenido y asegurarse de que todo sea perfecto desde el inicio. Ella estaba obsesionada con la perfección, en absolutamente todo. En la cena, en su vestimenta, en su trabajo, hasta en su hijos y nietos. Si todos temían por las presentaciones y por lo que pasara en la cena, era por su opinión. Atanasía tardó años en notarlo, porque siempre amó a su abuela, y la sigue amando, pero nada más entró en la adolescencia, pudo sentir la presión que su abuela metía en ella.
—¡Abuela!—Atanasía abrió, disimulando sus nervios por la llegada de su estricta abuela—.¡Que bien que llegas!
—Buenas tardes, mi niña—.Nicte besó la frente de Atanasía—.Cada vez que te veo estás más guapa.
—Gracias, abuela—Nicte entró adentro de manera repentina, mirando a todos lados.
—¿Y tus padres, mi niña?—preguntó, Atanasía sin ninguna idea de qué decir para no manchar la idea que Nicte tenía de su padre como “el hijo más decente”.
—Se han ido a dar una vuelta, volverán tarde, por lo que parece—Atanasía siguió a su abuela, tratando de encontrar los errores antes que ella.
—¿Estás a cargo tú, no, mi niña?
—Sí, yo, y el tío Hipnos que ha venido a hacer el cordero.
—No esperaba menos de ti, mi niña, toda una mujer ya, independiente y trabajadora—Nicte se giró, viendo a Palestra apoyada en la pared, con el rostro serio que siempre portaba—.¿Quién…?
—Es…
Atanasía miró a los ojos de Palestra. El problema no es que fuera bollera, ya que la abuela Nicte, a pesar de ser cristiana, siempre toleraba esas cosas si le caías bien. Fue más la actitud callejera de Palestra lo que sabía que descontentaría a su abuela. Pero, ella era así, muy diferente a la actitud recta que su abuela gustaba, y aquello era una de las cosas que Atanasía más amaba de ella. ¿Por qué tendría que ocultarse sólo para agradar a aquella señora caprichosa? Era su novia, y la amaba por como era, nada que ocultar. El asentimiento de Palestra sólo le dio más seguridad.
—Es mi novia, Palestra, padre ya te tuvo que haber comentado algo.—Atanasía se acercó a su novia, tomando sus manos frente a Nicte. Atanasía apretó su mano para indicar que callara ante cualquier cosa. Podía ser ella misma, pero sin ganarse el odio de Nicte tan pronto.
—¿Tu novia?—Nicte estuvo pensativa unos momentos.—Sí, Tánatos me lo comentó hace unos meses.—Se acercó a la joven pareja.—¿Cómo dices que te llamas?
—Palestra—respondió, relajando un poco su cara por órdenes del apretón de mano de Atanasía.
—¡Bienvenida a la familia, Palestra!—sorprendentemente, parecía encantada—.Eres la novia de mi nieta, y eso te hace ahora mi nieta también. Es un orgullo tenerte como una de los nuestros.
—Gracias, señora—Palestra estaba llena de confusión, parecía que le acababan de dar un título nobiliario sólo por haberse liado con Atanasía.
Atanasía estaba rebosante de felicidad, si su abuela se había tomado a buenas su relación con Palestra, y no había criticado aún nada, significaba que todo estaba perfecto y que nada saldría mal aquella velada.
O bueno, hasta que Nicte giró su cabeza par ver el árbol y sus ojos dieron con la menorá encendida de Endimión.
—¿Qué hace ese artiligio judío aquí?—la cara de Atanasía fue un cuadro cuando su abuela dijo aquello.
—Es que el esposo de Icelo es judío y…—su abuela la cortó nada más pronunció aquel nombre.
—Icelo.
Nicte corrió a la cocina, siendo seguida rápidamente por Atanasía. Nicte no odiaba a la familia de Hipnos, pero tampoco tenía mucha simpatía por ellos. Ella veía a su hijo menor como un artista fracasado y drogadicto, y ni hablar de sus hijos antinaturales, cada uno peor que el otro, e Icelo era definitivamente el peor para ella. Rebelde desde pequeño, se atrevió a atacar a su amado Tánatos, y que se había “fugado” de la familia, ni siquiera invitándole a su boda. Aquello fue la gota que derramó el vaso.
Nicte entró a la cocina con impetú, generando tensión en todos, con los que no tenía una muy buena relación ahí. Miró de reojo a Hermes, con el que llevaba sin verse años, y la última vez Hermes le chilló que ella debía morirse. Aquella cena le estaba pareciendo un insulto.
—¡Hola, ma-!—quiso saludar Hipnos, que sostenía a Stela en sus brazos, pero Nicte habló antes que él.
—Icelo, ¿tienes tú algo que ver con el candelabro judío que hay en el comedor?—preguntó con un tono desafiante, que puso de los nervios a Endimión. Icelo, al contrario, estaba tranquilo.
—Primero que nada, se llama menorá, y segundo, sí, tiene que ver conmigo, mi marido es judío y está celebrando Janucá—dijo, manteniendo la calma, respondiendo pero sin buscar pelea. Tantos años de controlar su TEI dando resultados.
—Estamos en Navidad, una festividad cristiana que celebra el nacimiento de Jesús, ellos no creen en él—Icelo sabía que aquello era una batalla perdida contra su abuela—.Por favor, no nos impongáis vuestra religión al resto.
—Pero si tú nos impones el cristianismo aún sabiendo que la mayoría somos ateos—contestó Morfeo sin contenerse nada, odiando a su abuela desde siempre.
—¡MIRA, MAMÁ!—Hipnos distrajo a Nicte con Stela en brazos antes de que pudiera contestar a Morfeo—-¡Ella es tu primera bisnieta, Stela!
Nicte bajó un poco la mirada hacia Stela, pero la subió enseguida.
—Controla a tus hijos, Hipnos—Hipnos miró a su madre a la cara, aún manteniendo una sonrisa—.No quiero que me vuelvan a faltar el respeto de esta manera.
—No volverá a pasar, madre, lo prometo—Hipnos asintió cabizbajo, Nicte yéndose de la cocina rápidamente.
Atanasía quedó perpleja por la cruda escena que acababa de ver. Su abuela siempre fue amorosa con ella, por ser su única nieta y la hija de Tánatos, aunque no fuera biológica. Pero con el resto de primos, en especial los hijos de Hipnos, ella era cruel. Sabía que la mayoría de problemas de sus tíos, tanto los de Hipnos, como los de Caronte y como los del resto de tíos que no conocía; eran su culpa. Hipnos había aprendido a callar y a asentir, sólo para no generar problemas.
Atanasía decidió irse hacia el baño para reflexionar y seguir con ánimos para la cena, sólo había sido un desliz y ahora habría paz.
Hermes fue a asegurarse de que ni Icelo ni Endimión se sintieran culpables por lo sucedido, él más que nadie sabía como era Nicte. Hipnos suspiró, abrazando a Stela fuertemente, con sus dos hijos gemelos detrás.
—Morfeo, por favor, no contestes más así a tu abuela—Hipnos murmuró, sin ser capaz mirar a su hijo a la cara.
—¿¡Encima tengo yo la culpa!?—Morfeo trató de no gritarle a su padre, pero le fue imposible—.¡A esa vieja le ha importado más la puta menorá que su bisnieta! ¡Estoy hasta los huevos de aguantar esta mierda de ella!
—Morfeo, no hables así de tu abuela,—Hipnos se notaba enfadado—. ya sabes que ella es muy conservadora y es así, no se le puede hacer nada—Hipnos sintió que se estaba pasando con Morfeo, bajando su tono—.Por favor, cariño, es Nochebuena, la primera Navidad de Endimión y Stela aquí, no quiero problemas, ¿sí?
—Está bien, papá…—Morfeo suspiró, su orgullo queriendo decir lo contrario.
—Gracias, mi niño, sabía que lo entenderías—Hipnos besó la frente de su hijo—.Te prometo que no volverá a pasar algo así en la cena.
Hipnos se dirigió a sacar el cordero del horno, no sin antes dejar a Stela en brazos de sus padres, dejando a Morfeo en su rabia por haber callado ante tal situación a pesar de su orgullo. Odiaba como su abuela trataba a su familia, y odiaba aún más cerrar la boca ante ello, porque eso sólo traía más y más problemas a la familia, que habían acabado en aquella situación. Pero pronto acabaría todo ese calvario.
—Por suerte, no vamos que tener que aguantar mucho más todo esto, ¿o no, Fantaso?—Morfeo rio.
Fantaso sólo asintió nervioso, tocando sus collares para calmarse. Icelo lo notó prácticamente enseguida, arrimándose al oído de Endimión, que conversaba con Hermes sobre la nena.
—Morfeo vai facer algo na cea—murmuró discretamente.
—Falaremos máis adiante—le contestó, tratando de que Hermes no notara nada.
Finalmente, la hora acordada llegó, y ya casi estaba todo preparado para la cena. Atanasía había decidido pegarse un descansito con Palestra en el sofá, viendo cualquier mierda navideña que echaran por la tele. Estar así, toda abrazada a su novia criticando la programación, era algo que valía oro.
—Creo que al final ha venido bien que la gente viniera antes, puedo estar más tiempo de chill así contigo—besó los labios de Palestra con suavidad, tratando de no volver a dejar marcas. Justo en medio del beso, el timbre sonó.
—Ala, por hablar—Palestra se burló, mientras Atanasía protestaba por levantarse.
—Por alguien que llega a la hora, y me amarga el bollomomento—casi se cayó del sofá, con manta y todo, pero logró estabilizarse, dirigiéndose a la puerta.
Atanasía volvió a repetir la rutina, acercándose a la puerta para mirar por la mirilla, y así asegurarse de no estar acogiendo desconocidos en casa. Se puso muy feliz al ver quién era.
—¡Psicopompo!—Atanasía exclamó con emoción, abrazando enseguida a su prime.
—¡Tana!—Psicopompo correspondió, feliz de por fin hablar con alguien que le cayera bien.
—¿Qué tal todo?—preguntó, sobre todo por el aspecto desaliñado y cansado de su prime, aunque bueno, elle siempre estaba así, incluso Atanasía se atrevía a asumir que le gustaba verse así.
—Bien, dentro de lo que cabe, ya sabes como es mi padre.
—¿Dónde está, por cierto?—su tío Caronte era alto y robusto, difícil de pasar desapercibido.
—Aparcando el coche fúnebre, no cabe en ningún sitio—Atanasía se quedó algo rota.
—¿Hasta en Nochebuena va con el coche fúnebre?—Psicopompo entró, buscando a la gente. Nicte sin ningún interés de saludarle.
—No tenemos otro, además de que, teóricamente, es de mi padre—el tío Caronte era el encargado de llevar el coche fúnebre en la funeraria de la familia, y, aunque estaba forrado, usaba el coche fúnebre para todo. A Atanasía siempre le pareció raro, pero así era su tío, raro y macabro. Era difícil de imaginar que era el padre de Psicopompo.
—¡Hijo!—y luego estaba Hermes, el otro padre de Psicopompo, el que suponía que había anulado todo lo extraño de Caronte a la hora de la concepción. Aunque no estuvo casi presente en la crianza de Psicopompo, se notaban rasgos de Hermes en elle. Por suerte, ahora estaba tratando de volver a la vida de su hije—.¿Cómo has estado, alevín?
—¡Papá!—Psicopompo corrió a abrazarle, deseando disfrutar sus primera Navidades juntos en muchos años—.Todo relativamente bien con padre, pero aún así me alegro de verte.
—Eh, canije—Psicopompo se separó de Hermes para así mirar a su hermanastra—.¿No saludas a tu hermana?
—Buenas, Palestra—ambos hicieron un choque de puños—.Y no me llames canije, te saco un año.
—Lo que tú digas, canije—Psicopompo sólo se rio. Curiosamente, a pesar del odio inicial entre ambes, ahora se llevaban bastante bien.
—¡Psico!—Hipnos se acercó a elle, abrazándole en seguida.
—Tío Hipnos, te he echado de menos—Psicopompo correspondió, alejándose de Hermes. Ante la actitud fría de Caronte, y la ausencia de Hermes, Psicopompo se consoló en los brazos de su tío, siempre cálidos y listos para darle consuelo.
—Te ves más feliz que la última vez que te vi—Hipnos acarició su mejilla suavemente.
—Sí, desde que papá volvió y hablamos todo, las cosas van a mejor—Psicopompo le dio una sonrisa a su papá, felices de haber sanado su difícil relación.
—Me alegro, mi niñe, me alegro…
—Oye, ¿e Icelo?—Psicopompo preguntó, asustade de que no hubiera venido a la cena y pasar más meses sin verle, siendo su primo favorito por todas las tardes que pasaron juntos en la casa de Hipnos—Llevo mucho sin verle y quiero hablar con él.
—Arriba, cambiando a la niña—Psicopompo recién se acordaba que Icelo había sido padre en aquellos últimos meses.
—¡La niña!—Psicopompo se emocionó, yendo corriendo a subir las escaleras—.¡Gracias tío!—Hermes e Hipnos se quedaron solos de nuevo, acercándose el uno al otro.
—Me alegro de que lo hayas arreglado todo con Psicopompo—Hipnos sonrío, mostrando sus hoyuelos.
—Y yo, desde que abrí los ojos quiero que mis hijos sean mi prioridad, y Psicopompo fue le primere en le que pensé—Hermes pasó de sonreír a estar inquieto—.El problema ahora es Caronte, no me perdona por abandonarles y…
—Déjalo, mi hermano es así, es celoso y no quiere perder a Psicopompo, pero tampoco va a acceder a hablar las cosas—Hermes asintió, reconociendo a Caronte en las palabras de Hipnos.
—Tienes razón—a Hermes se le iluminó la mente de la nada—.¡Bueno, me voy a acabar de preparar los entremeses!
Y Hermes se fue rápidamente a la cocina, dejando a Atanasía enternecida por tal escena. Hermes le caía bien, pero haber abandonado a la mayoría de sus hijos le causaba un leve resentimiento. Aún así, lo prefería a él como padre, siendo divertido y empático; que a Caronte, que era estricto, sobreprotector y que no hablaba casi nunca con su hije.
Justo reflexionando eso, el timbre sonó. “Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma”, fue lo que Atanasía pensó mientras se dirigía a abrir la puerta.
Cuando abrió, la imponente figura de un hombre alto y de gran complexión, todo vestido de negro, que escondía su rostro lleno de cicatrices con un sombrero y una bufanda, dejando sólo salir su prótesis fonatoria para poder respirar correctamente; se posó sobre Atanasía, que jamás se acostumbraría a él. De pequeños, ella y sus primos le llamaban “el Hombre de Negro”, y Tánatos les riñó cuando lo descubrió, obligándoles a llamarles por su verdadero nombre.
—¡Tío Caronte!—Atanasía ocultó su nervios bajo una sonrisa—.Cuanto tiempo…
—Hola—Caronte levantó su mano y la meneó levemente, sin mucha ilusión.
—¿Cómo has estado, tío?—Caronte la ignoró completamente, entrando a la casa y dando una atenta vista a toda la casa.
—¿Dónde está P-s-i-c-o-p-o-m-p-o?—Caronte se giró hacia ella, sus signos poco entendibles debido a los guantes negros que llevaba.
—Está en-
Antes de que Atanasía pudiera responder a la pregunta, Caronte ya se había ido a grandes pasos hacia la cocina. Atanasía sólo lo asumió y se fue con Palestra a comentar lo sucedido.
Cuando Caronte llegó a la cocina, se quedó de piedra cuando vio la silueta de Hermes volcando cacaos sobre cuencos de barro. Cuántos, ¿cuántos años habían estado sin verse desde que Hermes se fue de su apartamento, dejando a Psicopompo sólo con Caronte, después de haber prometido criar al niño juntos a pesar de ser un accidente; y luego se negara a dar señales de vida cuando Caronte le contactó por todos los medios posibles? Encima había estado estos meses intentando contactar a Psicopompo, tratando de ser el padre perfecto, sabiendo que tenía la ventaja de tener voz a diferencia de Caronte; y a así que Psicopompo se fuera con él, cuando Hermes lo había abandonado, mientras que Caronte había dado todo por su hijo.
Si aún tuviera cuerdas vocales y lengua, hubiera gritado. Mas, sólo pudo dar unos golpes en el marco de la puerta, con una mirada furiosa.
—¡Oh!—Hermes se giró, también chocado por la situación. Había pasado tanto entre ellos esos meses, como una guerra fría, y a penas hoy estaban cara a cara—.Caronte…
—¿Dónde está P-s-i-c-o-p-o-m-p-o?—Hermes tuvo que recordar lo que había aprendido de lengua de señas tantos años atrás.
—Psicopompo…—quiso responderle, demostrarle que sí se preocupaba por su hije, mas, Hermes no tenía ni idea—.No lo sé, puede que-
—Tú nunca sabes dónde coño están tus hijos—Caronte no había usado ni una palabra, pero aquello fue una de las cosas más crudas que le habían dicho a Hermes.
—Caronte, sé que han estado pasando cosas, pero…
—Está arriba, ayudando a Icelo con la niña—Hipnos entró, llamando la atención a su hermano mayor, que en seguida se marchó arriba en busca de su hijo. Hermes agradeció a Hipnos por tal salvada—.¿Estás bien?
—Dios, gracias, Hipnos…—Hipnos se acercó a él, acariciando en forma de consuelo su hombro—.Es sólo que, joder, pienso que en una vez Caronte y yo fuimos mejores amigos, fuimos nuestra primera amistad profunda, dimos todo por ello, nos amábamos, y nunca nos lo dijimos por no arruinarlo, porque sabíamos que saldría mal, incluso cuando nació Psicopompo tratamos de seguir siendo amigos—Hermes se secó las lágrimas—.Y ahora, por mi culpa, todo se ha ido, somos desconocidos, o peor, enemigos.
—Tranquilo, Hermes, son cosas que a veces pasan, tenemos relaciones muy fuertes y luego por cualquier tontería se rompen—Hipnos le abrazó—.Cuando más tratamos que algo sea eterno, más acortamos su vida.
Hermes podía entender por qué Psicopompo siempre recurría a él cuando necesitaba consuelo. Hipnos era altamente comprensivo y te daba una seguridad casi maternal. Habían pasado años sin verse, y aún así ahí estaba, abrazándole y consolándose.
Mientras, Atanasía y Palestra suponían lo que había pasado desde el salón. Ver al tío Caronte salir de la cocina, donde estaba Hermes, hecho una furia, e Hipnos rápidamente correr a ver qué pasaba... Era obvio que alguna cosa Caronte le había soltado a Hermes. Palestra miró preocupada a Atanasía.
—Sía…—la llamó, notando la mirada frustrada de su novia—.¿Crees que ha sido buena idea juntar a Caronte y Hermes en la cena?
—No era una idea, Pali, era necesario—Atanasía se sentó a su lado—.Mi tío Caronte es mi tío, no puedo no invitarlo, y Hermes es tu padre, y no ibas a dejarlo solo en Navidad. No tenía otra opción.
—Entiendo…
—Además, todo irá bien si no están juntos, ¡y en la mesa están bastante alejados!—Atanasía se dio cuenta de lo pobre de esa solución—.Yo…—Suspiró—.He hecho lo que he podido, Pali, no quería hacerle un feo a ninguno de los dos y mira.
—Ven aquí, churri—Atanasía se apoyó en el fornido pecho de su novia—.Lo estás haciendo bi-
—¡JODER, NO ME IBA A PASAR LA NOCHE AHÍ, SÓLO A ESTAR CON ICELO UN RATO!—Psicopompo chilló bajando las escaleras—.¡Parece que no tengo libertad de movimiento, ostia puta!
Caronte bajó tras elle, con un rostro severo que, si pudiera hablar, se traduciría en una enorme riña. Mas, Caronte no iba a malgastar energía en pensar y gesticular todas las señas para describir lo que sentía. Psicopompo se fue directe a la cocina, dejando a Caronte cabreado sentado en un sillón reclinable que había cerca del sofá donde Atanasía y Palestra estaban, interrumpiendo su momento.
—A todo esto, ¿dónde coño están tus padres?—Palestra preguntó, entre susurros para que Caronte no oyera—.A ver si ellos pueden estabilizar algo todo esto.
—Pues no lo sé, es la hora de la cena y aún no han venido, y son los anfitriones…—Atanasía se quejó, sabiendo que habría un tiempo de incómodo coloquio entre los presentes si ellos no llegaban pronto.
Zagreo miraba por el balcón del hotel, con sólo un batín puesto, apreciando el jaleo de Gran Vía en un día como ese, mientras Estopa sonaba de fondo. Se fijaba en una persona y la seguía hasta que desaparecía de su vista, preguntándose con quién cenaría aquella noche o qué tal había sido su día. La vida le parecía hermosa en momentos así, incluso la de los desconocidos.
Se giró para así ver lo que a él le daba ganas de vivir, su marido, el cual dormía boca abajo y desnudo, siendo tapado por las mantas del hotel y su propio pelo blanco. Al final Tánatos había accedido a ambos, al polvo y a la siesta, y a Zagreo eso le daba una vista preciosa de su esposo. Dios, como amaba a ese hombre, como agradecía al destino por haberle dado la oportunidad de casarse y formar su vida con él, su otra mitad.
No se pudo resistir a acercarse a la cama, sentarse en ella mientras se quitaba el batín, y apoyarse para verle más de cerca, apreciando cada rasgo de su piel, incluyendo las arrugas que Tánatos tanto odiaba tener. Besó el nacimiento de su pelo con alta delicadeza, abriendo así los ojos de su pareja, que asemejaban al oro que ornamentaba un ataúd.
—Te amo, Tánatos—“Superior a mí”, fue lo que sonó del móvil cuando se lo dijo—.Como no te puedes imaginar.
—Yo también te amo, Zag—Tánatos le dio un pequeño piquito somnoliento en los labios. Normalmente, cuando se levantaba, Tánatos tenía que prepararse rápidamente para el trabajo en la funeraria. Era agradable, por un día, poder disfrutar de su marido nada más abrir los ojos sin ninguna prisa—¿A qué viene esto tan… de repente?
—No sé, últimamente, te amo más que nunca—estar confesándole esto a una de las imágenes más bellas que jamás Zagreo había visto de Tánatos, con la suave guitarra española sonando de fondo, era algo que valía oro—.Siempre te he amado, Tan, por algo te pedí casarte conmigo y tenemos una hija juntos. Pero, no sé, últimamente, te amo el doble. No sé si es poder pasar más tiempo juntos ahora que Tana es mayor o qué, pero a la mínima que te veo o te oigo, ya me embobo como si fuera un adolescente rebelde de nuevo. Te amo incluso más que en ese entonces, Tan.
—¿Te gusto más, ahora, viejo, que joven, con lo hermoso que decías que era?
—Envejeces como el vino tinto, Tánatos—Zagreo se acostó en la cama, mirando cara a cara al mulato—.Tu pelo blanco naturalmente se ve más precioso que el tintado, las arrugas te hacen ver más señorial, como me gusta a mí, tus ojos… Tus ojos no tienen dueño porque no son de este mundo.
Zagreo cantó junto a la canción, desatando una risa tonta de su marido que le cautivó más aún. Según una vez le dijo Nicte, era la única persona que hacía a Tánatos reír, y Zagreo se comprometió a que eso siempre fuera así.
—Yo también te amo, Zag, aunque no siempre te lo diga.
—No hace falta decirlo. Un amor tan profundo como el nuestro se expresa más allá de las palabras.
Ambos se besaron, abrazándose el uno al otro, siendo imposible distinguir dónde empezaba el uno y acababa el otro. La última estrofa, la que Zagreo consideraba más descriptiva de su relación de Tánatos en aquel entonces, y la más movida; comenzó a sonar, animando a Zag a bajar los besos poco a poco, parando en el pecho de su marido justo cuando la canción acabó y dio paso a un anuncio de Spotify.
—Zag, ¿estás seguro de que nos da tiempo a otra ronda antes de la cena?—Tánatos preguntó.
—Sí, sí, son a penas las…—Zagreo tomó su móvil de la mesita de noche, esperando que fueran las ocho o algo así.—Las nueve menos cuarto.
—Ah, bien—Tánatos se volvió a relajar contra el colchón, mientras el anuncio acababa—.¿Y a qué hora era la cena?
Fue ahí cuando las neuronas de Zagreo hicieron sinapsis a la vez que Spotify reproducía, sin correlación alguna con Estopa, “Maquillaje” de Mecano.
—…A las ocho y media—y, entre aquella noticia repentina, y el ritmo rápido de la canción, casi caen de la cama para empezar a vestirse.
Atanasía se preocupó cuando sonaron las nueve y veinte y sus padres aún no habían llegado. ¿Qué diantres estaban haciendo para tardar tanto? ¡Se suponía vendrían a las ocho como muy tarde!
Atanasía daba vueltas en círculos por el zaguán, siendo seguida por la mirada atenta de Palestra y Psicopompo.
—Sía, ¿estás bien?—Palestra suspiró—.Llevas diez minutos así, me estás mareando y todo.
—¿Y si los han atropellado? ¿O secuestrado y ahora me piden rescate por ello?—su voz era vacilante.
—¿No estás sobrepensando mucho?—Psicopompo preguntó, ya medio dormide.
—¡Pero y si sí es verdad?—el timbre sonó, distrayendo a Atanasía.
—Mira, ahí los tienes.
Atanasía suspiró, yendo hacia la puerta. Se decepcionó cuando, al mirar por la mirilla, no encontró a sus padres. Aún así, la visita le alegró un poco.
—¡Buenas, yayos!—Atanasía se olvidó por un momento de la ausencia de sus padres.
—¡Atanasía, neta meua!—Perséfone besó la carita de su única nieta.
—¡Yaya!—Se quejó ante tantos besos, rápidamente separándose para ver a su enorme abuelo y estirar una mano hacia él—.Yayo.
—Buenas, Atanasía—ambos estrecharon sus manos con respeto.
—¿Qué tal todo, bonica?—ambos entraron, dejando sus abrigos en la percha.
—Bien, yaya, todo bien. El bachillerato bien, mis padres bien, ¡todo perfecto!
—Me alegro, me alegro—su yaya sonrió, con los mismos rasgos que ella y Zagreo también tenían.
En ese momento de silencio, Atanasía se puso nerviosa, llegaba el momento de presentarle a sus abuelos a su novia. Había practicado aquel momento miles de veces en su mente, y ahora se definiría todo. Sabía que su abuela se lo tomaría bien, pero su abuelo, que sólo aceptó el romance de su hijo con Tánatos por la conexión que daba con Nicte… No sabría que pasaría.
Aún así, tomó aire y se decidió a hacerlo. Se enterarían tarde o temprano si todos lo sabían ya. Prefería que fuera de primera mano.
—Yayos, os tengo que contar algo…—Atanasía indicó con los dedos a Palestra que se preparara.
—Pero rápido que va a empezar Telepasión.—Atanasía ya suponía eso. Sus abuelos se marchaban de casa justo después de que Hades viera el discurso del rey y llegaban justo a punto de empezar Telepasión para el disfrute de Perséfone. Siempre lo hacían igual.
Palestra se acercó a Atanasía, posándose detrás de ella, tomando su mano para darle seguridad.
—Ella es mi novia, Palestra. Os la quería presentar—Atanasía sintió que debía dar más explicaciones por la cara de sorpresa de ambos—.Soy lesbiana.
Hubo un silencio por un momento. Palestra teniendo que apretar la mano de su novia más cuando noto que le temblaba. Perséfone fue la primera en moverse.
—¡Como me alegro!—ver a su yaya tomárselo tan bien le hizo sonreír—.Estoy muy feliz de que hayas encontrado el amor, bonica.
—Gracias, yaya—apoyó su cabeza en el hombro de Palestra—.Nos amamos mucho y eso es lo que consideramos que más importa.
Atanasía miró a Hades, tensa, el cual tenía una cara severa y seria. Su yayo era el más conservador de la familia, muy arraigado a la época franquista en la que creció. Atanasía lo amaba a pesar de su mentalidad, pero temía que esto arruinara su relación y generara más tensión en su familia.
Se asustó aún más cuando su yayo respiró profundamente, moviendo notablemente su gran bigote.
—Aunque no lo comparta, con que tú seas feliz, yo me conformo—aquellas palabras de Hades hicieron a Atanasía llenarse de alegría.
—¡Os quiero mucho, yayos!—y corrió a abrazarlos, siendo acogida por ambos.
—Bonica, eres nuestra nieta, no podríamos no quererte—dijo Perséfone besando el pelo azabache y blanco de su nieta. Palestra enternecida por tal escena, ya que ella nunca había conocido a sus abuelos—.Bueno, ¡me voy a ver Telepasión que el principio es lo mejor!—Perséfone se fue corriendo al salón, sentándose junto a Hipnos, con el que empezó a hablar sobre la reciente vida de este como abuelo.
—Gracias por entenderlo, yayo—Atanasía le miró con ojos rebosantes de alegría.
—Eres mi nieta, tengo que entenderlo. Me costó con Zagreo, pero ahora ya estoy más abierto de mente.
Atanasía no se creía lo que su papá a veces le contaba de Hades. Le decía que, cuando él era joven, Hades, que había perdido a Perséfone, delegó su crianza a Nicte y a Aquiles completamente, y aún así le exigía de todo a su hijo. Criticó su relación con Megera, le obligó a ocultar por años la que tenía con Tánatos, y Zagreo incluso trató de huir cientos de veces de Madrid para encontrar una mejor vida con su madre. Zagreo logró traer de vuelta a Perséfone, y esto cambió la vida de Hades y su relación con su hijo para siempre, aceptando sus errores y enmendándolos. Cuando Atanasía nació, ya era alguien mucho más cariñoso y tolerante.
—Por cierto, Atanasía, ¿y tus padres?—Hades preguntó, trayendo de vuelta las inseguridades de su nieta.
—Pues no lo sé, yayo, y me estoy preocupando ya-
El sonido de una llave abriendo la puerta principal interrumpió a Atanasía, la cual se quedó extrañada. Al abrirse, mostró a un Zagreo y a un Tánatos muy ajetreados y preocupados.
—¡HEMOS LLEGADO!—gritó Zagreo a los cuatro vientos a pesar del poco aire que le quedaba. Todos le miraron por un momento, extrañados.
—Hijo, ¿que nunca te enseñé sobre la puntualidad, y más siendo el anfitrión?—a Hades no le importó reñir a su hijo públicamente frente a toda la familia. Tánatos entró después de hacer a un lado a su marido.
—Joe, papa, ha sido un despiste de los dos.
—¡Zagreo, es la cena más importante del año y te has retrasado siendo el organizador!
Mientras Zagreo y Hades discutían, Nicte se acercó rápidamente a Tánatos, con una alegría desbordante.
—Hijo mío.
—Madre Nicte—Tánatos prácticamente le hizo una reverencia a su madre, rápidamente besando sus dos mejillas—.Perdone mi tardanza, Zagreo…
—Hijo mío, está bien, me alegro de que estés aquí—Nicte abrazó a su hijo con fuerza.
Por detrás, aquel acto generó polémica entre los hijos de Hipnos, que rodeaban a su padre sentado en el sofá.
—Mira, ahí estaba la ilusión con la que no nos ha saludado—dijo Morfeo sarcásticamente. Fantaso empezando ya a tocar su collares e Icelo fijando su mirada en él.
—Morfeo…—murmuró Hipnos, que no se atrevía a mirar hacia su madre.
—Es que no puede ser que nos restriegue por la cara de tal manera que Tánatos-
—Morfeo, para ya, te lo ha dicho papá y te lo digo yo como hermano mayor—le paró Icelo mientras mecía a su hija dormida en sus brazos. Empezaba a suponer que el nerviosismo de Fantaso se debía a la mierda que tiraba Morfeo de la familia. Él también quería estar en paz.
—Encima…—Morfeo miró para otro lado cabreado.
Icelo iba a responder, pero Stela se puso a llorar justo cuando iba a abrir la boca. La miró a la cara mientras siseaba para calmarla, acercándose a Endimión.
—No le gusta cuando te enfadas…—murmuró Endimión, mientras su hija callaba poco a poco.
—Y sólo por ella voy a mantener la calma—Icelo besó la frente de su bebé cuando esta se calmó—.Ala, ya estás despierta para la cena, mi corderita.
La escena fue interrumpida cuando Tánatos llegó para preguntarles a sus hermanos que tal todo. Caronte se levantó y todo de su sitio en una esquina del sofá para hablar con los gemelos, siendo los únicos hijos de los seis que Nicte había tenido que se mantenían más o menos unidos.
Atanasía controlaba todo por un momento, contando sitios y personas, cuando su papá le asustó por detrás.
—¿Cómo está mi princesa?—Zagreo preguntó, dejando un pequeño beso en su sien.
—¡Papá!—Atanasía se giró para mirarlo—.Bien, ha ido todo relativamente bien.
—¿Ha pasado algo?—se notaba preocupación en su voz.
—Ha habido un pique entre Hipnos y demás y Nicte por la menorá de Endimión, y un momento incómodo entre Caronte y Hermes que, teorizamos, Caronte ha buscado—Atanasía trató de no agravar mucho las cosas—.He reestructurado un poco los sitios y todo eso para evitar más peleas.
—Bien, bien, podría haber sido peor—tomó a su hija por los hombros—.¿Se han tomado bien lo de Palestra?
—Estupendo, la abuela dice que es parte de la familia ya y los yayos muy tolerantes también.
—¡Perfecto!—Zagreo abrazó con fuerza a su hija—.Sabía que lo harías bien.
—Gracias, papá.
—Tana, hija mía—Tánatos la llamó, interrumpiendo el abrazo—.No te he visto desde ayer.
—Padre—Atanasía le abrazó con la misma fuerza que a Zagreo—.Te he echado de menos.
—Y yo a ti, no sabes lo que me duele pasar tanto tiempo lejos de ti y de tu padre—al separarse, él y Zagreo quedaron paralelos.
—¿Os lo habéis pasado bien?—Atanasía preguntó ante la mirada romántica que sus padre se dieron.
—Sí—dijo Zagreo, sin querer entrar en detalles, tratando de no pensar en aquella visión que había tenido de Tánatos aquellas últimas horas. Ahora estaban en familia, los pecados para otro momento—.Ha sido una gran velada.
—Sí…—afirmó Tánatos, sabiendo en lo que Zagreo estaría pensando en aquellos momentos. Tuvo que esforzarse en no pensar en ello también—.Bueno, ya hemos hecho esperar mucho a la familia, será hora de empezar, ¿no?
—Pero faltan la tita Meg y Selene, ¿no?—Atanasía murmuró, preocupada por su “prima” favorita.
—Me ha llamado ella antes, iba a tardar por un imprevisto, llegará para el cordero justo—explicó Tánatos, siendo entendido por su hija perfectamente.
—Pues, si ya estamos todos…—Zagreo abrazó a su familia mientras miraba al resto de familiares—.¡Que empiece la cena de Nochebuena!
Con eso dicho, y un vitoreo de alegría, todos se empezaron a colocar en sus sitios según Atanasía indicaba, con Nicte y Hades a las puntas como matriarca y patriarca de la familia; luego Tánatos y Atanasía a los lados de Nicte, y Perséfone y Caronte a los de Hades. Icelo, Endimión y Stela iban en ese orden al lado de Perséfone, frente a Megera, Selene y Morfeo. Morfeo tenía a su derecha a su padre, que tenía en frente a Fantaso. Palestra tenía a ambos lados a su novia y a su padre, y en frente a Psicopompo. El hueco faltante, junto a Hipnos, lo ocupaba Zagreo.
—¿No se pueden cambiar los sitios?—se quejó Icelo, ya que las únicas personas que le caía bien a sus alrededores eran su marido y Perséfone.
—¡No! Lo siento, Ice, son temas de logística—Atanasía se quedó de piedra cuando vio que Morfeo se sentó en el sitio de Hermes—.Morfeo, ese no es tu sitio…—trató de decirle pacíficamente.
—Oh, lo sé, pero Hermes me lo cambiado—sonrió cínicamente. Atanasía lo consultó silenciosamente con Hermes.
—Está bien, no me molesta, así puedo hablar con Hipnos.
—Y yo quiero estar frente a mi tío Zag, que llevo sin hablar con él mucho tiempo—Zagreo miró a Morfeo, sin saber qué tenía que ver él en todo esto—.Porque, ¿yo aquí no os molesto, no?
—No, para nada—murmuró Zagreo, sentándose en su sitio.
Atanasía suspiró, ahora tenía a Morfeo peligrosamente cerca de Palestra y ella; y Hermes y Caronte estaban demasiado cerca, con Megera como mediadora, lo cual…
Se sentó, rezando que todo saliendo bien mientras todos empezaban a picotear de los diferentes boles preparados.
La cena había empezado oficialmente.
La familia picoteaba tranquilamente todo lo que había sobre la mesa, desde las caros gambones hasta las papas marca Hacendado. Todo iba extrañamente bien, sin peleas ni discusiones, sólo conversaciones sobre el tiempo o sobre los meses que habían pasado separados. Atanasía veía encantada toda la situación mientras daba sorbos a su Casera, parecía que aquel año todo saldría bien.
Se levantó inmediatamente cuando el timbre sonó justo a las diez en punto, expectante a la llegada de las últimas integrantes de la familia (no eran familia, pero como si lo fueran).
—¿Son Meg y Selene?—preguntó Hipnos mientras se levantaba.
—Supongo—espetó Zagreo desde su asiento.
—Entonces saco ya el cordero—Hipnos corrió a la cocina como si su vida dependiera de ello.
Por su parte, Atanasía abrazaba con fuerza a Selene mientras la alzaba en sus brazos. Atanasía siempre quiso un hermanita, y Selene era lo más parecido a ello que tenía, por lo que la quería con toda su alma.
—¡Hermanita!—Atanasía exclamó mientras trataba de no manchar la blanca carita de Selene de besos.
—¡Me estás haciendo daño, Tana!—aunque era un juego que tenían, Atanasía bajó ante su protesta. No quería dañarla por nada en el mundo.
Mientras Selene corría a sentarse en el que suponía era su sitio, Megera entró a la casa, con su contrataste estilo informal comparado con el resto, bien vestidos.
—¿No me dices nada, nena?—se quitó sus gafas de sol y colgó su chaqueta de cuero que Atanasía dudaba fueran idóneos para el temporal invernal.
—¡Tita Meg!—Atanasía la abrazó con fuerza. Debido a que Atanasía fue criada por dos hombres, Megera, la mejor amiga de ambos, fue su mayor referente y ayuda en temas femeninos.
—¿Cómo estás, nena?—por su parte, como Meg no tenía sobrinos por parte de sus hermanas, prácticamente adoptó a Atanasía como una. Ambas ganaron y forjaron un gran vínculo con los años.
—¡Todo bien!—Atanasía siguió a Megera mientras esta se acercaba a Tánatos y Zagreo.
Atanasía recordó las conversaciones que había tenido con su papá en su coche sobre su juventud. Meg era la mejor amiga de Tánatos desde hacía años, incluso cuando Zag se metió entremedio siguieron siéndolo, uniendo a este último con los años. Era algo bonito verlos tan unidos a pesar de todo. Se preguntaba si ella y sus primos serían así en unos años.
—Espero no haber decepcionados a estos anfitriones llegando tan tarde—se apoyó en los hombros de ambos.
—De hecho, ellos han llegado justo antes de ti—Atanasía dijo, recibiendo una mirada de la muerte de parte de Tánatos.
—¿Vosotros dos qué?—preguntó entre risas—.¿De polvorrón?
Zagreo escupió en el vaso su tinto de verano, Tánatos se ruborizó de pies a cabezas y Atanasía deseó no haber entendido eso.
—¡MEG!—gritó Tánatos mientras Megera se iba riendo a su sitio al lado de Caronte y Selene.
Justo cuando Megera se sentó, Hipnos llegó con varias bandejas de cordero que Icelo ayudó a colocar sobre la mesa entre picoteo y picoteo. Tenía una pinta estupenda, fruto de horas y horas de trabajo.
—Un aplauso para el cocinero, ¿no?—Zagreo empezó el aplauso, dejando rojas las redondeadas mejillas de Hipnos, que se sentaba entre el vitoreo.
—Ya está la familia al completo—Nicte comunicó, mirando con amor la gran familia que había forjado con los años. Si tan sólo Érebo lo pudiera ver…—.Sólo falta el abuelo Caos.
Hubo un silencio con aire deprimente en la cena.
—Morreu?—susurró Endimión a su marido.
—Non, simplemente non pode saír da casa—el abuelo Caos llevaba años en aquella condición, no rara a sus más de ochenta años—.Ese vello nunca vai morrer.
En el silencio, que se hizo eterno (la abuela Nicte tenía una extraña habilidad en callar a la gente) Fantaso empezó a golpear la mesa para llamar la atención del resto mientras se levantaba sacando algo de su chaqueta.
—¡Música!—exclamó con ilusión, que no se transmitió al resto.
—¡Oh! Fantaso trajo casetes de música navideña del abuelo para que sintamos como si estuviera aquí—Hipnos explicó al ver que no muchos habían entendido el lenguaje de su hijo.
Fantaso corrió feliz al viejo radio casete que Zagreo tenía para escuchar música de su época y puso uno de los dos casetes, el de Manolo Escobar. Cuando la voz del cantante empezó a sonar, animó el ambiente. Aunque no para todos.
—La puta de oros, esto otra vez no…—Zagreo murmuró. Odiaba los villancicos de Manolo Escobar.
Ya con todo preparado, y con todos los integrantes de aquella gran familia, la cena de Nochebuena empezó oficialmente, ahora sí que sí.
Noche de paz, noche de amor es algo que Atanasía creyó que se podría aplicar perfectamente a la cena. Ha pasado una hora y nadie pelea, no hay conversaciones incómodas y nadie ha roto ni quemado nada, ¡wow! Eso sí es un nuevo record.
Se sintió como una tonta por haberse preocupado tanto por pequeñas tonterías, todo era concordia y los problemas del mundo parecieron irse.
—Y dime, Atanasía, ¿cómo van los estudios?—hasta que Nicte decidió hablar del tema prohibido para Atanasía.
—Eh…—Atanasía miró a su padre sin saber qué hacer, insegura. Tánatos asintió para darle confianza—.Bien, bien, todo bien de momento—evadió estratégicamente el tópico de qué haría el año en un futuro.
—¿Y que harás cuando acabes el Bachiller?—pareció que le leyó su mente. Atanasía maldijo silenciosamente.
—Yo…
Se quedó callada, sin idea de qué decir. ¿Medicina? Demasiada nota y no quiere que la abuela se decepcione. ¿Biología marina? Todos dicen que van a estudiar biología marina y nunca lo hacen. ¿Filólogia clásica? No sirve para nada más que para fumar porros según la gente. ¿FP de jardinería? No era una opción a menos que quisiera ser el hazme reír de la mesa. ¿Qué tenía que decir en aquella situación? Su abuela esperaba mucho de ella, mucho, y decirle una carrera que luego no estudiaría le podría decepcionar mucho, y ella no quería eso. Estaba confundida, sin saber qué hacer mientras su abuela le miraba atentamente. El corazón le iba a mil.
—Madre, Atanasía aún no sabe qué estudiar y Zagreo y yo queremos aún darle margen para que se aclare y decida—Tánatos explico educadamente a Nicte, acariciando por bajo la mesa la mano fe su hija para calmarla—.No le gusta hablar del tema porque aún está algo confundida.
—Tsk, pues te tendrás que decidir pronto, lo digo por tu bien—hubo un silencio hasta que todo volvió a la normalidad de nuevo, Tánatos relajando a su hija sutilmente para que supiera que su padre estaría allí para ella, lo que dio resultados, hasta que Nicte volvió a hablar—.¿Has consumado?
De nuevo, Atanasía se puso tensa y su corazón empezó a latir más rápido. Otra cosa en la que su abuela tenía altas expectativas era su virginidad. Su única nieta debía ser una señorita de bien, y no podía perder su virginidad antes de la boda, aunque eso ya no sería posible. De nuevo, la mente de Atanasía se llenó de pensamientos de si decir la verdad, mentir o qué coño hacer para no decepcionar a su abuela. Miró el plato fija mientras sus dedos se movían inquietamente.
—Madre—Tanátos respondió ante el impertinente comentario.
—Como ya tiene novia…—Nicte trató de justificarse—.Eso no quita que la desfloren antes de la boda.
—¡Madre, ya!—Tánatos se hartó—.¡La sexualidad de mi hija no es de tu incumbencia!
—Ya ni tú me respetas—Nicte rodó los ojos enfadada.
A Tánatos no le importó, prefería discutir con su madre que ver sufrir a su hija, la cual tenía cara de agobio. Tánatos acarició suavemente su muslo con cuidado: “tranquila, tu padre está aquí” le dijo con ese gesto. Le sonrió buscando relajarla, recibiendo otra sonrisa de parte de su hija mientras reinaba el silencio entre todos los de aquella parte de la mesa.
—Quiero una gamba.—Psicopompo rompió el silencio, notando que las pocas gambas que quedaban estaban al otro lado de la mesa, justo al lado de su padre.—Joder, están en el quinto coño.
Psicopompo se estiró detrás de Zagreo e Hipnos para poder llamar a su papá cómodamente, que en seguida le prestó atención.
—Padre tiene las gambas, dile que me pase una.
—Oído cocina—ambos recuperaron sus posiciones originales, mientras Hermes se giraba al lado contrario de la mesa—.Caronte, pásame una gamba para Psicopompo.
Mas, Caronte no hizo caso. Hermes se cabreó, él era mudo, no sordo.
—¡Caronte!—pero siguió sin inmutarse.
—Caronte, Hermes te llama—Megera, ante la situación, tocó suavemente su hombro de la manera más neutra posible.
Megera se apartó sorprendida por el movimiento brusco que Caronte hizo para apartar su mano, empezando a gesticular sus dedos de una manera agresiva que Meg sabía no sería nada bonito.
—¿Qué me ha dicho?—preguntó sabiendo que más de uno sabía lenguaje de signos.
—Ha dicho: “No le pienso pasar una gamba a la persona que arruinó mi vida”—Icelo explicó mientras acababa de darle de comer a su hija.
—¿Psicopompo te jodió la vida, Caronte?—el tono serio de Hermes hizo que Caronte le mirara con un ceño fruncido lleno de confusión—.Porque la gamba no es para mí, es para nuestre hije.
Psicopompo saludó por abajo tímidamente a su padre para afirmarlo. Caronte negó con la cabeza, mirando para otro lado antes de admitir su error. Hermes simplemente suspiró ante esto, sabiendo que sería una batalla perdida.
—Joder, la que habéis montado por una puta gamba para que nadie se la haya pasado al pobre chiquillo—Megera, frustrada, tomó una gamba que pasó de Hipnos a Psicopompo, que se notaba algo alterade en su mirada.
—Que diaños pasou?—Endimión preguntó a su marido, confuso por el dramón que acaba de pasar frente a sus ojos sin haberse enterado de mucho.
—A ver, cómo te resumo yo esto...—pensó a la vez que acunaba a su bebé—.Caronte. Hermes. Megera que se implicou aínda que non a chamaron—Megera se notó ofendida—.Caronte e Hermes eran os mellores amigos. Máis que amigos, pero nunca llo contaron para non estragar a amizade. Un día, emborrachan e teñen relacións sexuais. Hermes, que é trans, queda embarazada. Nace Psicopompo e os dous prometen responsabilizarse. Pero Hermes marcha e abárnaos, só para volver agora e loitar de novo con Caronte por quen quere máis o neno.
—En cristiano, por favor—Megera dijo sarcásticamente, recibiendo una mirada de odio por parte de Icelo, que se acercó peligrosamente.
—Mira-
—Ya he acabado—dijo Selene mostrándome a Meg los huesos en su plato. Stela comenzó a llorar de la nada.
—Ala, ya te puedes ir a ver la tele un rato—Selene se levantó inmediatamente y se fue corriendo a poner Bluey en el televisor.
—Y yo me voy a dormir a Stela—murmuró Icelo mientras se levantaba con su hija en brazos, pensando que Megera había tenido mucha suerte aquella vez.
Icelo se fue con su niña en brazos, dejando a Endimión acribillado entre Megera, Hades y Caronte, los tres dándole mucha impresión. Empezó a comer embutidos ante los nervios.
—No te he visto coger ni una loncha de jamón en toda la cena, ¿no te gusta?—a Endimión casi se le sale el corazón cuando se dio cuenta que Megera le hablaba a él—.Lo digo a buenas, tu marido me cae mal pero tú no tienes por qué.
—E-Eh…—aunque aquello último le relajó, siguió sintiendo la presión—.No, es por religión, soy judío—agachó su cabeza, mostrando el kipá sobre su cabeza que él mismo había hecho.
—Tsk, lo que faltaba en esta familia, un moro—Hades se quejó, Endimión impactado cuando se dio cuenta que el “moro” era él.
—Yo no soy mo- —trató de explicar Endimión, pero Megera no le dejó hablar.
—La puta, que estamos en el siglo XXI, no hace falta el racismo.
—No es ser racista, pero, ¿qué cojones hace en una cena navideña si es moro?—Hades exclamó, cortando con rabia su cordero.
—Hades—murmuró Perséfone tratando de calmar a su esposo.
—¡La Navidad ya no es cristiana! Ya es más parte del capitalismo que de cualquier religión—el comentario de Meg enfureció más a Hades.
—¡Se están perdiendo los valores de siempre!
—¡Hades!—otro murmullo de Perséfone.
—¿Qué valores de siempre, los mismos que eran machistas, homófobos y racistas?
Icelo llegó de dejar a Stela en el carro en el punto álgido de la discusión política, siendo testigo de la mirada nerviosa de su marido pidiéndole ayuda. No pudo evitar emitir una risita baja cuando Endimión le explicó que había sido provocada por su kipá.
—¡Sólo los ves así porque los medios quieren que los veas así!—Hades dio un golpe a la mesa que casi hace que Endimión caiga de su sitio.
—¡HADES!—chilló Perséfone, cansada de tal situación—.Ya te dije que no quería política en la mesa ¡y menos que te pusieras así!
—¡Pero-!
—¡Ni peros ni peras! ¡Vete de la mesa hasta que te hayas calmado!
Hades obedeció, lo que ha mucha gente le sorprendería por su complexión robusta y su rostro serio, pero la única persona que podía domar a tal bestia era su propia esposa.
Se sentó en el sofá y rápidamente de apoderó del mando de la tele, cambiando de Bluey a películas de vaqueros. Selene, que estaba sentada en el suelo, miró confusa a Atanasía desde la mesa. Atanasía entendió perfectamente la situación, su abuelo siempre hacía eso.
—Voy a por la tablet, Sele…—y se levantó de la mesa camino a la habitación.
Los bombones, los barquillos, las galletas y los cafés remplazaban al cordero y al embutido de hacía unas horas. La sobremesa alargaba la cena un ratito más antes de que la etapa de las borracheras y las estrenas llegaran, habiendo sólo conversaciones tranquilas y pacíficas.
Zagreo se tomaba su cacaolat tranquilamente, tratando de disfrutar una conversación con Palestra sobre el mundo del fútbol. Aún así, la mirada atenta de Morfeo no le dejaba tranquilo. De hecho, no le había dejado tranquilo en toda la cena. Se sentía altamente observado, como en Gran Hermano mientras bebía sorbo a sorbo su bebida. Las primeras horas habían ido bien, pero ahora ya le daba miedo y le hacía sudar y hablar incoherentemente.
—¿Qué pasa, tío Zag?—la voz de Morfeo refiriéndose a él sólo le hizo tener un escalofrío que llevaba sin tener desde que vio “la monja”.
—O-Oh—Zagreo trató de disimular sus nervios para ser educado con Morfeo.—Nada, nada, los villancicos esos, que no los soporto, jaja.
Morfeo rio de manera que perturbó aún más a Zagreo.
—¿Qué tal todo?—Zagreo se vio entre la espada y la pared.
—Bien, bien, todo bien—tomó un sorbo del cacaolat para calmarse.
—Me han dicho que últimamente estás muy bien con tu maridito—Zagreo se intranquilizó más, ¿a qué venía eso y por qué llamaba a Tan así?
—Eh, sí, Tánatos y yo últimamente nos amamos más que nunca—pensar en su marido le calmó bastante, mirando a su bello peliblanco tomando sorbos de café como si fuera el rey de Inglaterra—.Él es todo para mí
—¡Me alegro mucho!—Morfeo sonrió de oreja a oreja, pero de esas sonrisas que dan más miedo que simpatía—.Estáis tan felices con vuestro matrimonito, vuestra hijita y vuestra vidita—Zagreo empezaba a oler que algo iba mal. Muy mal—.Me alegra que seáis felices a pesar de todo lo que habéis hecho sufrir.
Zagreo dio un respingo hacia atrás, pestañeando mientras sus neuronas buscaban saber si había oído lo que creía haber oído. ¿A qué coño se refería con eso? ¿Ellos habían hecho sufrir a alguien en algún momento? ¿Cómo Morfeo lo sabía? Zagreo estaba realmente confuso, dejando a un lado su cara de amigo de todos para ponerse en un modo más autoritario.
—¿Qué quieres decir, Morfeo?—otra risa que a Zagreo le dio ganas dar vuelta a la mesa.
—Oh, ¿en serio no te acuerdas? Porque yo sí, y eso que yo era tan solo un bebé prácticamente.
Zagreo se confundía más y más con cada palabra que decía, tratando de unir hilos poco a poco sobre qué hizo para que Morfeo estuviera así. Lamentablemente, no logró descubrir a qué se refería hasta que ya era demasiado tarde, con Morfeo levantado de la mesa centrando la atención en él.
—¿¡EN SERIO NO TE ACUERDAS DE CUANDO TE ESTUVISTE FOLLANDO A MI PADRE!?
Mucha gente dice que después de la explosión de una bomba hay un eterno silencio, y algo así fue la mesa en aquel momento. Todos lo habían escuchado, y todos estaban callados con sus bocas abiertas de par en par, preguntándose si sus oídos funcionaban correctamente.
Zagreo quedó en shock, sin un pensamiento coherente en su cabeza. Pensamientos sobre el pasado, sobre cuándo ocurrió eso y qué tan largo fue; pensamientos sobre el presente, sobre qué pensarían todos de él en aquel momento; y pensamientos del futuro, de qué pasaría con Tánatos si esto salía a la luz completamente. No quería perderle, a la otra mitad de su alma, no podía perderle.
—¿Qué?—precisamente fue Tánatos quien rompió el silencio levantándose de la mesa, el pulso de Zagreo aumentando a niveles que no creía sanos para su edad—.¿Qué quiere decir con eso, Zagreo?
—T-Tan, yo…—nunca hablarle a su esposo había sido tan complicado, su silla lo único que hacía que no cayera al suelo—.P-Puedo explicarlo-
—¡N-No fue nada duradero! S-Sólo un par de meses…—Hipnos se levantó también, en busca de ayudar a Zagreo. Se tapó la boca cuando se dio cuenta que estaba hablando más de lo necesario.
—O sea, que sí que es verdad, ¿no?—Tánatos agachó su cabeza para ver a Zagreo, sus ojos llenándose de lágrimas y sus labios conteniéndose—.Imbécil, todo lo que hemos pasado juntos, y tienes la osadía de engañarme con mi propio hermano.
—¡No te engañé!—Zagreo se levantó también de la mesa, empezando a desesperarse—.Sí, ocurrió, pero cuando tú y yo estábamos peleados y separados.
—Peor me lo pones—Tánatos se estaba conteniendo las ganas de pegarle a Zagreo allí mismo—.Prefiero que me engañes a que falte confianza después de casi veinte años juntos. Estuvimos HORAS hablando sobre todo lo que ocurrió en esa época, ¡y nunca me hablaste de ello!
Tánatos se empezó a dirigir hacia la puerta de la casa, siendo seguido por Zagreo entre lágrimas y con una posición suplicante digna de estatua de catedral.
—¡No quería cagarla contigo, Tan!—Tánatos poniéndose el abrigo le puso más nervioso—.Acabábamos de volver, después de años peleados, nos queríamos más que nunca y no quería que eso arruinara nuestra relación…
—Bien, porque ha arruinado nuestra relación ahora—abrió la puerta y salió, dándole una última mirada a su marido—.Adiós, Zagreo.
El portazo que Tánatos dio generó otro silencio en la familia. Zagreo se quedó mirándola unos segundos, sus lágrimas empezando a caer al suelo y restregándose las manos en la cara para quitarlas. No quería que le vieran llorar, menos su hija.
—Tiene razón—.se giró y caminó como un zombie hacia su silla—.Tiene razón, lo he arruinado todo, debí habérselo contado cuando tuve oportunidad—.se sentó provocando un estruendo al dejar caer todo su peso sobre la silla de plástico—.Soy un imbécil.
—Pero…—un confuso Endimión preguntó, creyendo que no se le escucharía—.¿es verdad?
—Coño que si es verdad—Zagreo miró a Hipnos, que temblaba como un terremoto, quitando dicha mirada rápidamente—.Hipnos y yo estuvimos juntos casi un año.
Otro silencio, tiempo para que los asistentes pudieran cavilar todo lo sucedido, sin hacerse la idea de Zagreo e Hipnos juntos en una relación seria. Esta vez, siendo roto por la silla de Nicte moviéndose cuando ella se levantó.
—¿¡Cómo pudiste acostarte con el novio de tu hermano!?—Nicte gritó enfurecida, dirigiéndose a Hipnos que empezó a llorar desconsoladamente ante la vergüenza—.¡Es lo que te faltaba para decepcionarme!
—¡N-No era mi intención!—ver a Hipnos así de roto era algo tan raro como desgarrador—.E-Ellos no estaban juntos, yo estaba deprimido y no lo pensamos bien, ¡e-es algo de lo que nos reíamos ahora!
—¡Otra vez te dejaste llevar por tus placeres, como siempre haces!—Nicte dio una mirada fulminante a la gente que quedaba en la mesa, no reconociendo a nadie respetable entre ellos—.Ya no veo a nadie de mi familia aquí, esto ha sido la gota que colma el vaso.
Y tal cual lo dijo, se alejó de la mesa, fue hacia el zaguán, se puso su abrigo y se fue de la lar, sin ninguna palabra más. Hipnos calló devastado en la silla, hecho una especie de bolita que rápidamente rodearon sus hijos.
—L-Lo siento, l-lo siento—sollozó evitando mostrar su rostro entre sus manos y piernas.
—Shhh, papá, no hay nada de lo que pedir perdón—Morfeo se agachó a su altura, arrullando la cabeza de su padre en sus manos—.Esto ya nos ha demostrado del todo lo poco que somos queridos en esta familia, deberíamos alejarnos de todos ellos.
Icelo dio un respingo al oír aquello. Esa era la última pieza del puzzle que le faltaba para entender qué coño estaba pasando. Morfeo llevaba meses pidiéndole a su padre que se alejaran de la familia porque los maltrataban según él, que eran los marginados. Hipnos siempre lo negó, y se ve que Morfeo se había cansado de ello y había planificado todo esto para desmembrar la familia y así completar su objetivo.
A Icelo le ardió la sangre cuando se dio cuenta de ello, queriendo confrontar como debía a Morfeo sin ningún tipo de paz como el niñato que era. Mas, no lo haría delante de su padre y destrozarle más aún viendo a sus hijos pelear. Por ello, empujó sutilmente a Morfeo, agachándose frente a frente de su padre, levantando la cabeza de este. Icelo tuvo que soportar sus propias lágrimas al ver a su padre en un estado tan lamentable.
—Papá, todo estará bien, lo juro—susurró tratando de imitar el tono que su padre usaba cuando él mismo lloraba de pequeño—.Ve arriba, lávate la cara y relájate en la cama, ¿sí?—Hipnos asintió entre sollozos—.Estarás mejor después de eso.
Hipnos obedeció a su hijo, levantándose con su ayuda de la silla y yéndose como pudo al segundo piso, dejando a sus tres hijos abajo. Icelo, nada más oyó la puerta del baño cerrarse, empujó a Morfeo para que le mirara cara a cara.
—¿¡QUÉ COÑO TE PASA A TI!?—a pesar del grito, Icelo se controló nada más escuchó el llanto de Stela y los pasos rápidos de Endimión para calmarla. Había prometido no tener un episodio frente a su niña.
—¡Que estoy harto de que en esta puta familia siempre se nos trate como una mierda y siempre nos dejen de lado!—Morfeo se defendió, sin miedo a confrontar a su hermano mayor.
—¿¡Y hacía falta arruinar todo lo que hemos construido estos años para ello!?
—¡Si no hacía esto papá nunca se iba a dar cuenta de lo poco que nos quieren en esta familia!—Icelo trató de calmarse apretando su puño.
—Eres un inmaduro, un niñato—Icelo escupió sin importarle que tanto dañara los sentimientos de su hermano—.No sabes lo que papá y yo hemos trabajado para estar en buenos términos con toda la familia a pesar de todo, y ahora, por tu idea estúpida de tu utopía familiar, lo has tirado todo al garete, ¡todo!
—¿¡Ser ignorados y maltratados era el precio que querías pagar sólo para mantenernos en este círculo familiar!?—exclamó Morfeo con rabia—.Eres un egoísta.
Icelo se preparó su argumento para contraatacar a Morfeo, mas, un llanto que reconocería en cualquier momento le hizo descentrarse, girándose para ver a Fantaso hecho una especie de bolita en su silla llorando acariciando sus trenzas. Su espíritu protector entró y corrió a abrazar a su hermanito pequeño.
—Fantaso, ¿qué pasa?—Fantaso no respondió—.Esto sólo es un desliz familiar, te prometo que se solucionará.
Fantaso negó con la cabeza.
—Culpa—dijo, en una de esas extrañas ocasiones en las que hablaba.
—¿Qué? No digas tonterías, Fanti, no es tu culpa—Icelo no entendió esta culpabilidad que de la nada tenía Fantaso, cuando él ni se había inmutado en todo aquello.
—Culpa—volvió a decir, sentándose bien en la silla para poder comunicarse con sus manos—.M-o-r-f-e-o me tenía como cómplice, yo lo sabía todo, pude evitarlo, y no hice nada. Ahora estamos así, por mi culpa.
Icelo no dijo nada, siendo incapaz de hablar, limitándose a abrazar contra su pecho al desconsolado Fantaso mientras trataba de dar forma a los últimos diez minutos. Había pasado tanto en tan poco tiempo.
Sintió rabia por Morfeo, por haber metido a Fantaso en todo esto aprovechado su inocencia y ahora hacerle sentir así. Fantaso era su gran protegido y no quería permitir que alguien le dañara, lo cual sólo agravaba el haber roto la familia por su simple voluntad.
Aún así, Icelo sentía aún más rabia por sí mismo, por haberse ido a Galicia en vez de haberse quedado con su familia en Madrid. Tal vez con él Morfeo no hubiese salido tan gilipollas y Fantaso sería más independiente. Tal vez con él, esto no hubiera pasado.
Cuando sintió que se estaba alterando más de lo que debía, susurró un par de palabras consoladoras que hicieron que Fantaso parara de llorar y se levantó de nuevo.
—Endimión,—miró a su esposo, que arrullaba agobiado a su bebé llorando. Aquello sólo ayudó a Icelo a sentirse aún más culpable—.alista todo, nos vamos ya. Mientras, voy a despedirme de mi padre.
E Icelo corrió agobiado hacia arriba en busca de su padre, escuchando su llanto en el cuarto de baño. Entró, no sin antes pedir permiso, encontrando a su padre sentado en el toallero secándose las lágrimas con papel higiénico. Le dolía tanto verlo así.
—Papá—Icelo se sentó a su lado—.Me voy ya al hotel con Endimión y Stela, quería decirte adiós.
Se dieron un fuerte abrazo, que Icelo no sabía si su padre hizo para despedirse o buscar consuelo. Fuera lo que fuera, dejó que las lágrimas de Hipnos empaparan su jersey.
—Recuerda, nada de esto es tu culpa—acunó su rostro entre sus manos, sobando sus mejillas rojas—.Eres una persona maravillosa, nunca lo olvides.
Hipnos se separó, aún incapaz de hablar, pero sí de darle un beso a su hijo en la frente. Icelo tardó en separarse de él y acercarse a la puerta para apretar el tomo.
—Me quedaré unos días más en Madrid hasta que todo vaya bien, ¿sí?—dijo Icelo antes de irse—.Te quiero mucho, papá.
Con ello, Icelo cerró la puerta del baño con suavidad, dejando a su padre solo en este pensando. Aún se escuchaban los villancicos y simplemente no quería estar ahí, en la casa de su hermano y su marido; pero tampoco era capaz de mostrar su cara llorosa de nuevo abajo para que todos le vieran como la ramera que es.
Tardó varios minutos en decidirse a acabar con todo ya y salir cuanto antes de la lar, sacando las últimas lágrimas y lavándose la cara lo mejor que pudo, dejando restos de las lágrimas aún así. Salió del baño entre suspiros para calmarse y bajó las escaleras, encontrando un silencio en el que participaban sus hijos.
—Morfeo, Fantaso, nos vamos.
Y enseguida ambos empezaron a alistarse para salir de la casa, sin dudar ni un segundo, también queriendo huir de ahí. Hipnos se puso su chaqueta de punto sin mirar a nadie, sólo girándose a mantener un leve contacto visual con Zagreo antes de girar de nuevo su rostro por vergüenza.
Hipnos salió sin despedirse, Fantaso dijo un leve “adiós” que pareció un suspiro, y Morfeo sonrió cínicamente antes de exclamar: “¡feliz Navidad!”. Atanasía estuvo a punto de levantarse de la mesa y correr para agarrarle de los pelos, pero su propia tristeza la empujó de nuevo contra el resplado plasticoso.
Por una vez, no hubo silencio, sino un enorme jaleo. Hermes rápidamente se acercó a preguntarle a Perséfone y Psicopompo a Palestra, Hades dormido en el sofá al igual que Selene, Caronte callado como siempre y Atanasía y Zagreo incapaces siquiera de reaccionar. Megera se levantó eufórica de su silla, acercándose a Zagreo, que le miró con un rostro suplicante de su sabio consejo.
—A ver que yo me entere, ¿te tiraste a Hipnos mientras estabas dándote un tiempo con Tánatos?—Megera trató de verbalizar lo que había entendido.
—Joder, ¿por qué todos lo decís así?—Zagreo se restregó las manos en su cara en desesperación—.No fue sólo sexo, fue una relación formal, con mesiversario y todo, pero nada que los dos creyéramos que duraría.
—¿Y por qué lo hiciste?—Zagreo no sabía si quería recordar eso.
—Éramos nuestra única compañía en aquella época. Él había perdido a Icelo, y yo a Tánatos. Nos consolamos el uno al otro y bueno—una extraña nostalgia le pegó—.Además, estaba preñado y me daba cosa no estar a su lado por cualquier cosa, y, como dice, el roce hace el cariño.
Memorias que prefrería olvidar llegar a sus mentes. Prácticamente tuvo una vida de casados con Hipnos, cuidando día a día a los recién nacidos Morfeo y Fantaso compartiendo un piso no muy grande. Y aún así, en su mente siempre estaba Tánatos, incluso llegó a decir su nombre a veces cuando estaba con Hipnos.
—¿Y nunca se te pasó por la cabeza es hueca que tienes decírselo?—agradeció a Meg que le sacara de sus pensamientos.
—¡Sí, coño, sí!—no le gustaba estar enojado, pero era inevitable—.Pero, cuando volvimos, todo estaba tan perfecto, y no quería arruinarlo todo, si le decía que había estado con Hipnos todo sería muy incómodo. No quise cagarla y…
—La has cagado hoy, diecisiete años después, bonito.
—Soy un imbécil.
—Sí, lo eres—la sinceridad de Megera siempre era aplastante.—¡Imagínate que me entero yo ahora que te liaste con Alecto, contenta me tendrías!
—¡Joder, ya lo sé, fue mi error, pero eso me la pela ya!—suspiró—.Ahora sólo quiero recuperarle. Es la mitad de mi alma. No sé qué hacer sin él.
Megera suspiró, empatizando con Zagreo. Llevaba años conociéndole, si estuvo saliendo con él fue por algo. También, Tánatos era prácticamente su hermano, y sabía que, a pesar del cabreo, mañana estaría llorando por haberlo “dejado” con Zagreo. Aquello iba a dañar a sus dos mejores amigos, y no quería eso.
Ella fue la que los juntó. Zagreo dudaba de su sexualidad, y Tánatos no estaba seguro de empezar a salir con Zagreo; y Meg convenció a ambos de empezar su relación a pesar de todo. Años después, les convenció de volver a intentarlo, de casarse y de formar una familia, porque sabía que esos dos, entre Zag dudando si era muy impulsivo y Tánatos que no se atrevería; nunca darían el siguiente paso. Ahora su objetito era sanar de nuevo la relación poco a poco.
—Zag, sois mis dos mejores amigos, y no me gusta veros así. Voy a hacer todo lo posible porque volváis—una pizca de luz resplandeció en los ojos bicolor del azabache—.Siempre y cuando Tánatos quiera, claro, porque aquí la razón y el cabreo los tiene él.
—¿Crees que quiera volver conmigo?—Meg sabía que sí, que acabarían volviendo, pero igualmente prefería no pensar en el futuro y centrarse en el presente.
—Ya veremos—decidió empezar a tomar medidas en vez de hacer de psicóloga a Zag—.Voy a buscar a Tan, seguro está llorando en la Quinta de los Molinos. Lo llevaré a mi casa, no quiero que se resfríe.
Megera empezó a ponerse su chupa de cuero, y se acercó silenciosamente al sofá para agarrar a Selene y llevárselo sin despertarla. Antes de marcharse, besó a Atanasía en la frente y le dio ánimos, para después despedirse de todos, saliendo de la lar. Zag volvió a caer rendido contra la silla, la duda de Meg intranquilizándole más.
Esta vez, ya se empezaron a levantar de sus sillas, Perséfone yendo a consolar a su hijo junto a Hermes; y Palestra y Psicopompo haciendo lo propio con Atanasía. Caronte se quedó en una esquina solo, harto de estar ahí cuando ya nadie de la familia estaba. El sonido de su silla distrayendo a todos.
—Ya no hay nadie de mi familia aquí. P-s-I-c-o-p-o-m-p-o, prepárate que nos vamos.
Psicopompo se le quedó mirando unos segundos a su padre. Elle no quería irse, Atanasía estaba pasando un mal momento -que Psicopompo comprendía bien-, quería estar allí con ella. Pero, confrontar a su padre estando la situación como estaba era un suicidio.
Tuvo que mirar a Hermes para saber qué hacer, el cual le asintió para darle ánimos. Psicopompo suspiró.
—Padre, me quiero quedar, Atanasía no está bien y- —se calló para poder leer y traducir lo que su padre gesticulaba con sus dedos.
—¿En serio crees que te voy a dejar solo en casa ajena? Te vienes conmigo—sólo Psicopompo podía entender los duros que unos gestos podrían llegar a ser.
—No se va a quedar solo—Hermes dio un paso adelante, quedando cara a cara a Caronte—.Se va a quedar conmigo, su otro padre.
Caronte rio de manera sarcástica.
—Tanto que te has olvidado de él estos años, ¿y ahora sí te importa?—Hermes suspiró para mantener la calma.
—Soy su padre biológico al igual que tú, tengo mis derechos sobre sus cuidados.
—¡No tienes ninguno derecho, yo lo crie, no como tú!—dio un fuerte golpe en la mesa para llamar la atención de su hijo, que pestañeó ante el estruendo asustado.
—¡Deja de mandarle, elle es su propia persona y puede decidir por sí misme!—suspiró—.Esta es su decisión, no nuestra.
—Entonces, que él decida, te vienes conmigo, quien te crio, o te quedas con él, quien te abandonó.
Ambos miraron a Psicopompo atentos, esperando una decisión. Psicopompo estaba nerviose, no le gustaba elegir y menos entre sus dos padres, llene de miedo de decepcionar a uno de los dos. Fue por ello que eligió no decidir y simplemente sincerarse.
—Esto no es cuestión de elegir, os quiero mucho ambos—la cara de ambos indicó que eso no servía—.Pero, yo quiero quedarme con Atanasía, y si Hermes puede darme eso y tú no, quiero quedarme con él esta noche.
Caronte suspiró en decepción, aunque era algo que esperaba a decir verdad. Bien, si Psicopompo prefiere a Hermes, a Hermes tendrá.
—Ya está todo dicho.
Y tal cual dijo eso, salió por la puerta de la casa, dejando a Psicopompo sin entender qué había pasado. Pero daba igual, ahora lo importante era Atanasía, no elle.
Volvió a abrazar a su prima, que lloraba desconsolada en los brados de su novia. Por su parte, Perséfone despertaba a su marido mientras Hermes trataba de razonar con Zagreo.
Había pasado demasiada cosa en aquellos 30 minutos.
—No sé como se te pudo ocurrir engañar a Tánatos—Hades exclamó enfurruñado a su hijo, que había empezado una etapa de rabia nada más su padre le empedó a reclamar—.¡Él es perfecto, y nos unía con Nicte, e Hipnos es sólo un drogadicto!
—¡No hables de Hipnos así!—Perséfone reclamó.
—¡Ostia puta, no lo engañé, estábamos separados, la principal razón de que saliera con Hipnos fue precisamente porque estábamos solos!—Zagreo se ponía más y más alterado con cada reclamo de su padre—.¡Mi error fue no decírselo a Tan antes! ¡Pero el puto niñato de Morfeo ha abierto la boca cuando no debía!—se tapó la boca antes de decir alguna burrada más—.¡Y que alguien quite esos putos villancicos que me tienen hasta los huevos!
—Voy—dijo Psicopompo desde la otra punta, poniendo inmediatamente “Cry Christmas” de Mother Mother para encajar con el ambiente.
Perséfone se puso detrás de su hijo para sobar un poco su espalda y tratar de relajarle antes de que fuera a mayores.
—¿Y ahora que harás? No pienso tener problemas con Nicte por culpa de esto…—Perséfone miró desafiante a su marido. Aquello no era sólo un tema de negocios, era el matrimonio y vida de su hijo.
—No lo sé, padre, no lo sé…—Zagreo parecía más calmado—.Meg dice que tratará de arreglarlo, pero hasta ella lo ve negro, por lo que es probable que esté todo perdido—suspiró, volviendo a formar lágrimas en sus ojos—.Tantos años de sacrificio que pusimos en nuestra relación, tanto que hemos dado los dos para que esto funcione, y se ha acabado en cuestión de minutos.
Zagreo volvió a sollozar, teniendo que ser abrazado de nuevo por su madre y sus dulces palabras que asemejaban miel.
Su hija se encontraba en una situación similar, pero en su caso en los brazos de su novia y recibiendo consuelo de Psicopompo.
—T-Todo es mi culpa, las primeras Navidades que organizo yo, ¡y m-mira como han salido!—se refugió de nuevo en el pecho de su pareja.
—No quiero que pienses así, Sía, esto no ya sido tu culpa, tú no controlas lo que la gente dice—posó un beso en el pelo bicolor de Atanasía.
—Sabes que Morfeo te la tenía jugada desde hace años, esto que ha pasado sólo es su culpa, no tuya—Psicopompo trató de animar como pudo.
Mientras, Hermes bajó del piso de arriba después de haber escondido lo mejor posible todas las pertenencias de Tánatos de la habitación y las fotos de él que Zagreo tenía.
—Bueno, creo que es hora de que Psicopompo, Palestra y yo nos vayamos yendo—bajó del todo.
—Papá—Psicopompo llamó a su padre—.¿Me vas a llevar a casa de padre o…?
—Te vienes conmigo y Palestra a casa, y mañana vendrás a la comida con Zeus, a menos que quieras pasar Navidad con tus otros tíos, claro está—.Psicopompo movió su cabeza en negación, eso le faltaba—.Caronte… No creo esté dispuesto a recibirte hasta que se le pase el cabreo.
—Entiendo…—Psicopompo dijo con algo de pena, no le gustaba estar así con su padre. Igualmente, se aproximó a ponerse su chaqueta para irse.
—Papá, ¿puedo quedarme aquí esta noche?
Hermes vaciló un momento. Normalmente, los padres no dejaban a sus hijos adolescentes dormir en casa de sus parejas, por temas que iban desde la sobreprotección a la salud. Pero, aquella noche la situación era diferente. Hermes sabía que Atanasía realmente necesitaba a alguien a su lado aquella vez, y tampoco él se lo iba a negar.
—Está bien, pero no te acostumbres—Hermes se empezó a poner su enorme chaqueta y bufanda de vivos colores.
—Esperad—Hades habló, separándose de la silla donde Zag se lamentaba—.Me coy con vosotros.
—¡Pero Hades!—Perséfone le reclamó acercándose a él—.No podemos dejar a Zagreo así…
Ambos miraron a su hijo, anclado a su silla de plástico con la mirada perdida en el infinito, con lágrimas secas por todo su rostro. Parecía alguien completamente distinto al alegre e hiperactivo Zagreo que siempre iba de un lado para el otro con una sonrisa en su cara.
Hades suspiró. Él era el primero que no había nada más peligroso que su hijo impulsivo deprimido y solo. Dejarle sólo era darle vía libre a que hiciera lo que quisiera.
—Quédate con él entonces. No quiero que haga ninguna locura.
—Está bien—Perséfone asintió, completamente consciente de lo que su marido decía.
Fue así que pocos minutos después de una pequeña despedida entre todos, Hermes, Psicopompo y Hades salieron de la casa. Dentro, donde antes había habido barullo familiar, sólo quedaron cuatro personas en un profundo silencio interrumpido de vez en cuando por sollozos.
—Ya está, hijo mío—Perséfone besó con todo su amor la frente de su hijo, que se aferraba a ella desesperadamente—.Todo saldrá bien.
Eran a penas las tres de la mañana cuando Atanasía se despertó al oír el pitido de su sensor. En realidad no había dormido casi en toda la noche, entre los bajones y los pensamientos.
Se separó de los fuertes brazos de su novia, con cuidado de no despertarla, y así bajar a la cocina a por una Coca-Cola y cualquier cosa que le subiera el azúcar.
—¿Otro bajón?—preguntó Palestra dormitando sobre la cama.
—Sí…—murmulló, Atanasía abriendo la puerta—.Voy a por algo azucarado.
Atanasía salió de la habitación, tratando de habituarse a la luz de aquel rincón entre el baño y la habitación de sus padres.
O bueno, padre.
—Sí, mamá, sólo voy a por un vaso de agua—Atanasía abrió sus ojos cual búho cuando oyó la voz de su padre.
Los dos estaban en aquel minúsculo espacio, mirándose el uno al otro fijamente, sin saber qué decir. Llevaban desde que había empezado todo sin hablarse, y ahora se veían obligados a ello.
—Papá…—Atanasía murmuró empezando a llorar, corriendo a los brazos de su padre.
—Tana—Zagreo correspondió confuso el abrazo de su hija, sintiendo una necesidad casi vital de protegerla. Él también estaba llorando—.Hija mía…
Por un momento, se permitieron volver a años atrás, cuando Atanasía tenía a penas 6 años y Zagreo no sabía como ser un padre aún. Ella no necesitaba los brazos que nadie más que su padre para consolarse en un momento difícil, y él necesitaba sentir a su hija segura en sus brazos al verla llorar. Todo era mucho mejor antes, cuanto todo era más fácil. Necesitaban volver a esa época, aunque fuera a través de un abrazo.
—T-Tengo miedo, papá—sollozó bajo la segura barbilla de su padre.
—Todo irá bien, mi niña—Zagreo murmuró en el cabello de su hija—.Padre volverá, volveremos a ser una familia y todo volverá a ser igual que antes. Te lo prometo, hija mía.
Y se quedaron ahí, en el pasillo, abrazados, por lo que parecieron horas, recordando viejos momentos similares donde ambos buscaban consuelo desesperado. Si pudieron salir de ello, podrían salir de esto.
Por muy difícil que pudiera parecer, siempre habría una escapatoria.
