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Estabas harto de las plumas sobre tu ropa y la mierda en los papeles importantes. Y él lo sabía. Estúpido animal; lo hacía a propósito. Ni tú lo querías, ni él te toleraba. Pero ahí estabas limpiando su cochinero otra vez y maldiciendo a Hermione.
Era el peor regalo que te había dado en toda la pinche vida, superaba por creces la agenda parlante que nunca usaste. «Ocupas una lechuza, Harry», te dijo y te negaste. Ninguna lechuza iba a reemplazar a Hedwig jamás. Pero aún así te la encasquetó en Navidad.
«Tienes que tener forma de enviarnos un mensaje», dijo con su tonito mandón mientras te ponía al animalejo entre los brazos y ni cómo negarte frente a todos, pero ya estabas harto. ¡A la chingada!
Metiste al animal en la jaula y saliste en dirección a su casa, tú no necesitabas una lechuza. No querías una lechuza. ¿Querían hablar contigo? Que se compraran un pinche celular.
La tecnología muggle era maravillosa. Mensajes instantáneos, llamadas y nada de esperar ni de alimentar bichejos que muerden la mano que les da de comer. Desde que Dean había logrado que funcionara en lugares mágicos te habías dedicado a predicar su utilidad. Que nadie, aparte de los Slytherin y un par de colegas, te pelara es otra cosa.
Pero si Malfoy podía usar Instagram para postear sus fotos en poca ropa y fingiendo ser muggle para recibir cosas gratis, los Weasley y Hermione podían bajar Telegram para decirte «Hola, Harry, querido. Ven a cenar el viernes. Te extrañamos. Abrazos», que es a lo que se resumían sus cartas.
Llegaste con el animal a la puerta de la casa que compartían Hermione y Ron; no te molestaste en tocar. Abriste la puerta como Juan por su casa y los encontraste desayunando en la cocina. Pusiste sobre la mesa la jaula con la lechuza agitada. Seguía intentando picotearte la mano con que la sostenías.
«No me quiere y no la quiero. No necesito lechuzas en mi vida. Vas a ir con Dean a que te venda un celular. Que lo agregue a mi cuenta», le soltaste con hartazgo, enfado y la cara más seria que pudiste poner.
No les diste tiempo de replicar. Saliste de ahí como alma que lleva el diablo, huyendo del animal y de tus amigos. Después te contarían que les diste miedo, que juntarte con los Slytherins te está haciendo daño. Tu piensas que no.
Esa tarde, mientras recogías los vestigios de la presencia de una lechuza en tu casa, el celular sonó. Era un mensaje de Telegram de Theodore, quien se había limitado a mandar una línea «Comida en casa de Blaise», decía, seguida de la cara de Grumpy Cat.
Le sonreíste a la pantalla como estúpido mientras contestabas que llevabas postre o tú eras el postre y enviabas ese emoji que da besitos cuando llega. Pero verdad sea dicha, tardaste más tú en mandarlo que él en pintarte el dedo en un gif.
«Joder», piensas, «amo a este cabrón».
