Actions

Work Header

La parábola del naufragio

Summary:

Hannibal disfrutaba del lujo del transatlántico cuando irrumpió aquella extraña vieja con sus acusaciones. ¿Qué importaba si el hijo se le había muerto en las minas de carbón que eran de su propiedad? ¿Acaso él era responsable de la salud de todos sus empleados? ¡Tonterías! Sin embargo, la amenaza de la mujer enturbió el ambiente:
—Usted no sabe lo que es perder a alguien y por eso no puede entenderme. ¡Pero ya entenderá, Dr. Lecter!

Casi un Titanic!AU, con particularidades que pronto descubrirán.

Notes:

Nota: relato basado en un sueño. La portada fue realizada por Cintia Sand. Le agradezco a ella y a kimcavoy por las primeras lecturas.

Advertencias: AU levemente inspirado en Titanic (1997), pero con cierto nivel de fantasía, como podrán comprobar rápidamente. Hannibal aquí está casado con Bedelia, aunque no se plantea una relación romántica entre ellos. Habrá mucho angst... pero no digo más para no spoilear.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

Portada realizada especialmente por Cintia Sand. Prohibida su edición o reposteo.

 

I

Que estuvieran en medio del mar no era obstáculo para el desbordante lujo del salón principal. Hannibal paladeó junto con el vino en su boca la satisfacción de su buena inversión. Sin dudas aquel transatlántico era un lugar perfecto para hacer gala de su elegancia y dar con los contactos necesarios para sus próximos proyectos.

Echó una mirada más allá del círculo de hombres sonrientes que lo rodeaba. Su hermosa esposa, Bedelia, tomaba de una bandeja su cuarta bebida alcohólica mientras esbozada una expresión de absoluto placer. Durante un segundo, se le desviaron los ojos hacia el mozo: un muchacho de cabello enrulado que con un simple sacudón de sus pestañas daba la impresión de estar burlándose de todos los ricachones a los que debía servir.

Un griterío, sin embargo, lo obligó a regresar su atención a su grupo. Una mujer había escapado de la tercera clase y avanzaba a los empujones hacia donde él estaba. Le resultó vagamente conocida.

—¡Usted! ¡Monstruo! ¡Usted mató a mi hijo!

Un dedo indignado lo señaló. Él se mostró desentendido.

—¡Trabajaba para usted en esas minas de carbón del infierno!  —continuó, exaltada.

Ante eso, Hannibal sonrió.

—Dar trabajo difícilmente pueda considerarse matar a alguien, señora.

Ella temblaba de la rabia.

—Usted sabe que las condiciones son insalubres, pero no le importa mientras junte su platita asquerosa. Era apenas un niño cuando se lo llevó la tuberculosis.

Esta vez, él se mostró ofendido.

—La madre que lo envío a trabajar a tan corta edad sería la principal responsable, ¿no cree usted?

El puño de la mujer parecía a punto de romperse de tanta furia.

—¿¡Se cree que si yo no hubiera estado enferma lo habría permitido!? ¡Pero usted fue quien consideró apropiado hacerle trabajar 16hs por día! ¡A un niño cuyo sueldo no alcanzaba para más que un kilo de pan!

Con indiferencia, Hannibal se encogió de hombros en un gesto destinado a sus colegas. La media sonrisa que aparecía en sus bocas lentamente enervó aún más a la mujer.

—Usted no sabe lo que es perder a alguien y por eso no puede entenderme. ¡Pero ya entenderá, Dr. Lecter!

Incluso mientras los guardias apresaban sus brazos y la arrastraban hacia la puerta, el ceño fruncido de la mujer y algo en la crispación de sus dedos dibujaban en el aire una amenaza. Hannibal apretó los labios. Los comentarios de los otros hombres, sin embargo, pronto lo alejaron de la preocupación. Para ellos, lo importante de todo aquello era solamente lo lamentable que había resultado la seguridad del salón. Hasta tuvieron tiempo de quejarse del olor de los harapos de la señora, que aún permanecía en el ambiente.

Por instinto, volvió a buscar en el gentío los ojos azules del mozo y lamentó haber perdido la oportunidad de averiguar su nombre. No tuvo más remedio que dejarse arrullar por el cuchicheo banal de su entorno y el sabor de su bebida.

Dos días después, no obstante, no hubo ya distracción posible: ocurrió un terrible accidente que absorbió todos sus sentidos. Con golpes en la puerta de su camarote, la tripulación le dio aviso de que se había desatado una tormenta de inesperada violencia y que el barco estaba severamente averiado. Tuvo que sacudir más de una vez a Bedelia para traerla de su profundo sueño. Discutían sobre qué pertenencias podrían rescatar con ellos cuando una segunda ráfaga de golpes en la puerta los alertó: solo quedaban unos minutos para alcanzar los botes salvavidas antes de que fuera demasiado tarde.

Corrieron hacia el borde del transatlántico empujando gente y aferrando las pocas cosas que habían podido tomar. Cuando Hannibal vio la mano extendida de un tripulante para ayudarlo a subir a un bote abarrotado, no dudó. Pero, al voltearse, ya sentado en el último lugar, descubrió que empezaron a bajar el bote antes de que su esposa pudiera subirse.

—¡Hannibal! ¡Hannibal, ayúdame! —gritaba ella desde lo alto, intentando lanzarse mientras los guardias la retenían.

Él buscó el rostro del improvisado capitán del bote.

—Señor, si sube un alma más nos hundiremos. Tratarán de ponerla a salvo de otro modo. Sepa comprender.

Otro individuo intervino.

—No hay más botes. Esa mujer morirá.

El capitán pausó durante unos segundos su trabajo con las cuerdas, como si quisiera darle la oportunidad de expresarse antes de quitarle toda esperanza. Hannibal hizo un gesto de fastidio.

—¿Qué está esperando? Si nos demoramos, el barco nos arrastrará consigo cuando termine de hundirse. ¿De qué le serviría a mi esposa que yo también muriera?

Quizás por la crueldad de su sentido práctico, por el hecho traumático que acababan de vivir o por el frío que trepaba por sus zapatos húmedos, los hombres y mujeres elegantes del bote se mantuvieron en silencio mientras se internaban en la niebla. Hannibal ignoraba durante cuánto tiempo el tripulante impulsó los remos, pero cuando quiso pensar en ello encontró que estaban cerca de un muelle. Sobre él se acumulaba todo tipo de personas, apenas distinguibles en aquella luz grisácea propia de una madrugada lluviosa.

Pisó tierra firme y avanzó detrás de las hileras de desconocidos. Al parecer, algún tipo de aduana les cerraba el paso. Debían cruzar un gran edificio de fachada intimidante para resolver la situación de una vez. Estaba a punto de ingresar cuando divisó un rostro como un timbre sonando en su oído.

Era la mujer enferma que lo había increpado en el salón. Estaba tranquilamente sentada en un banco de madera. Sin pensarlo demasiado, caminó hacia ella y se ubicó a su lado.

—Todavía no entiende lo que significa la pérdida, ¿no es así? —murmuró la mujer, con una ceja levantada.

—Los seres humanos tienen un principio y un fin, no tiene caso luchar contra una verdad semejante.

Ella solo esbozó una sonrisa compasiva, negando con la cabeza. Y, antes de que él pudiera encontrarle sentido a aquel gesto, un hombre lo tomó del brazo y lo hizo incorporar.

—Por aquí, por aquí, ya llegó su barco, señor.

—¿De qué barco habla?

Logró soltarse del agarre, pero la multitud lo empujó hasta perderlo dentro de una fila... que subía lentamente a un lujoso transatlántico.

 

II

 

Descubrir que estaba enfermo no fue un impacto para él. Llevaba días frunciendo el ceño por el esfuerzo que le implicaba concentrarse. No podía permanecer demasiado tiempo de pie porque el movimiento natural del barco lo mareaba. Él, acostumbrado a la firmeza que solía caracterizarlo, lo notó enseguida. Pero continuó actuando como si estuviera sano, hasta aquella noche en la que su cuerpo, colapsando sobre el salón de baile frente a su estupefacta esposa Bedelia, tomó por sí mimo la decisión de delatarlo.

Lo revisó el médico a bordo. Pudo identificar que había un problema —pulso irregular, exceso de salivación, fiebre—, aunque no cuál. De modo que dio inicio el reposo con indicaciones vagas y un monitoreo invasivo e inútil.

Hannibal pasaba las tardes recostado en una reposera en la cubierta como un viejo pasado de moda. La imagen del protagonista de Muerte en Venecia regresaba a su memoria una y otra vez. Pero ni siquiera podía leer: las manos comenzaban a temblarle si las alzaba por más de unos pocos minutos.

Se aburría mortalmente. Para evitar verse reflejado en la cara de tedio de Bedelia, le aseguraba que estaba mejorando y la enviaba a servirse algo del bar. Sin embargo, no todos los individuos podían esquivarse con esa facilidad, por lo que, impedido de dirigir las conversaciones como solía hacerlo, debía oír durante horas las disquisiciones retardadas de sus antiguos colegas, quienes con toda evidencia lo sobrevolaban en carácter de aves carroñeras antes que por compasión. Aspiraban a ganarse su confianza y obtener de él algún papel, algún permiso, algo que les permitiera hacerse con su fortuna, sus fábricas, sus minas de carbón. Su única diversión en medio de aquella farsa era saber que todo el tiempo malgastado junto a un enfermo no les traería victoria alguna. Imaginarlos lamentándose e insultando su duro cadáver por no haberles cedido ni un mísero centavo le hacía sonreír.

Veía pasar a la distancia a las señoras distinguidas y banales, a la tripulación afanosa, a los mozos y los guardias y el personal de limpieza. Solo a veces encontraba entretenimiento en un mozo de mirada inteligente y hastiada que le cambiaba las bebidas o incluso los platos a los señores que no se comportaban como era debido y que, a menudo, eran justamente los que agobiaban a Hannibal. El concepto de la justicia por mano propia le gustaba. Pero, sobre todo, le gustaba la superioridad. Y ese chico, con su evidente pobreza y su humilde profesión, se sabía mil veces superior a todos esos magnates creídos y buenos para nada.

Hannibal estaba seguro de que semejante apreciación era exacta.

De todos modos, llegó el día en que incluso esa pequeña diversión le fue negada. Perdió el control de sus esfínteres y se optó por recluirlo en su recámara, más para evitarles a los demás el espectáculo que para cuidar de él. El tiempo transcurría mientras percibía en un espejo los minúsculos movimientos del mar. Para olvidarse de los fingidos cuidados que le prodigaba su esposa, representaba en su palacio mental sus grandes éxitos de otro tiempo, reconstruía con detalle sus óperas y libros favoritos, componía melodías que ya nunca podría tocar en el clavicordio que había heredado de su madre.

Su hastío era mayúsculo.

En la medida de sus posibilidades, exigió la visita de un médico especialista. "No hay", fue la simple respuesta. "Paremos en una ciudad, la más próxima", insistió, con palabras entrecortadas. "La ciudad más próxima está a un mes de distancia, señor".

Su esposa ya no se esforzaba por simular que el whisky que bebía a todas horas fuera jugo de manzana ni prestaba atención al horario en que le acercaba la medicación a la boca.

Fue en ese momento que se desató la tormenta. La tripulación golpeó la puerta con desesperación. Había que huir hacia los botes salvavidas. Bedelia tomó su cartera y, junto a la salida, guardó silencio por unos segundos, expectante. Era el último gesto de respeto que podía ofrecerle.

Hannibal supo con cruda exactitud que iba a morir allí, en el camarote. Supo que cada uno de sus bocetos a lápiz y cada uno de sus diarios y cada una de sus lujosas prendas hechas a medida iban a perderse. Supo que su mujer, de sobrevivir, se bebería su riqueza, que sus bienes serían disputados por usureros y acomodados rapiñeros del gobierno y que la marca que había tardado tantos años en construir se disolvería en la nada. Supo que todo el arte que tan cuidadosamente coleccionaba se iba a vender al mejor postor o hasta sería confundido con una réplica y sería abandonado sin más. Destruirían su casa, su imagen, su riqueza.

Supo que iba a morir sin haberle mostrado su alma a nadie.

Cerró los ojos, agotado. Qué estupidez morir de este modo infame, con los papeles en desorden, sin herederos, sin instrucciones claras.

Sin embargo... había vivido bien. Cada día de su vida lo había enfrentado y gozado según sus propios preceptos. ¿Qué más valdría la pena pedir? Ningún ser humano podría reclamar autoridad sobre él y eso era más que lo que cualquiera de los que lo rodeaban tenía derecho a decir.

Y abrió los ojos y reconoció el muelle junto a la aduana.

Era una madrugada gris y fría. Las multitudes avanzaban en todas direcciones. Había valijas, gallinas, niños. Aunque, para su sorpresa, ni el caos ni el ruido lo irritaron. Tuvo la vaga impresión de haber llegado a casa. Impresión que se reafirmó al reconocer a la mujer que se sentaba a su lado con un gesto de incredulidad.

—Ni siquiera perderse a sí mismo le importa.

Hannibal se encogió de hombros.

—Es usted todo un caso, Dr. Lecter. Todo un caso.

La conversación fue interrumpida por una campana. Un tripulante llamaba a los gritos.

—¡Ha llegado el barco! ¡Todos a bordo! ¡Ha llegado! ¡A booordooo!

—Creo que le llaman —señaló la mujer.

No llegó a contestarle. Un hombre ya lo tomaba del brazo y lo guiaba entre el gentío.

La sensación de avanzar con sus propias piernas no resultó ser tan agradable como recordaba.

 

III

 

—Su proyecto, Dr. Lecter, demuestra que aún existe el altruismo sobre esta tierra —señaló uno de los hombres, levantando su copa de champán.

—No llamaría altruismo al simple deseo de que el arte me sobreviva. No tengo hijos y lamentaría el desperdicio que sería que todos estos objetos cayeran en manos inexpertas en caso de que me ocurriera algo.

—Como siempre, destaca usted por su capacidad para adelantarse a los hechos —dijo otro de ellos, tras mojarse los labios.

—De todos modos —terció el más alto—, será mucho trabajo. Y, por lo que veo, su esposa no es tan devota al arte como usted. —Inclinó la cabeza apenas hacia el taburete sobre el cual Bedelia se había sentado, a lo lejos, para beber un trago—. Debería tomar un ayudante... un secretario, digamos.

—Dudo que encuentre a alguien a la altura de la tarea.

—De hecho, creo que yo conozco a la persona indicada. Espéreme solo un momento.

Hannibal lo observó perderse entre las parejas que bailaban. El salón era demasiado amplio como para caber por completo en un transatlántico. Aquella majestuosidad era el lugar ideal para elucubrar sus ambiciosos planes. Crearía el museo más bello de su ciudad, ¡el más bello del país entero! El ingreso estaría restringido. Solo él podría decidir quiénes eran dignos de contemplar tales milagros.

Un brazo agitándose a lo lejos lo apartó de esa fantasía. El hombre regresaba y traía consigo a un mozo no demasiado alto, de cabello enmarañado y ojos azules. Si bien tuvo la sensación de haberlo visto antes, le fue imposible recordar dónde.

—Este chico es Will Graham —explicó su colega—. Es suplente de mozo, por lo que trabaja unos pocos días a la semana. Lo he visto dibujar y hacer cuentas, tiene un talento extraordinario, aunque no lo aparente. Sin dudas no se opondrá a ganar unas monedas extra en su tiempo libre, ¿no es así?

—No creo que realmente tenga la opción de negarme, ¿cierto?

La impertinente respuesta del muchacho le llegó como una bofetada que saboreó deliciosamente. Tenía los párpados bajos, como si fuera tímido, pero sus palabras demostraban que no lo era. No... Tan solo no le interesaba ver el alma de estos viejos magnates. Hannibal estuvo tentado de responderle que no, que no aceptaría excusa alguna.

—No es mi intención obligarlo, señor Graham —dijo, en cambio—. Sin embargo, confío en mi capacidad de persuadirlo de la conveniencia de este trato. Deme la oportunidad de trabajar un día completo conmigo y, al terminar, usted decidirá con libertad lo que prefiera hacer. Tiene mi palabra de que no tomaré represalias si prefiere disfrutar de su tiempo de mejores maneras.

Extendió una mano hacia él. El mozo contempló esa mano y, durante unos segundos, alzó una mirada desafiante, que pronto retornó a ocultar.

—No me disgustan los desafíos —dijo, aunque no hizo ningún movimiento para estrechar la mano que le tendía.

Con esa conversación tan curiosa quedó zanjado el inicio de su colaboración con Will Graham. A la mañana siguiente, el chico se presentó a primera hora en su camarote. Le contó su proyecto y observó con satisfacción que el otro hacía gestos de reconocimiento ante su mención de algunas obras e incluso se tomaba la libertad de soltar comentarios despectivos al hablar de otras. Es decir: las conocía y hasta tenía su propia opinión sobre ellas. Hannibal estaba conmovido.

—¿Y yo qué tendría que hacer?

—Tengo entendido que usted tiene algunos conocimientos sobre arquitectura e ingeniería. Quisiera que me ayude a bajar mis ideas a un plano. Además, hay mucho papeleo para hacer, cuestiones legales, cartas de recomendación... confío en que la inteligencia con la que diseña sus insultos le permitirá también tener una prosa elegante.

—Elegante y hueca, como la de todos los documentos que sostienen a nuestro país.

Hannibal no pudo contener una sonrisa.

—Veo que nos entendemos.

Will enredó los dedos de una mano en los de la otra, concentrado en las vetas oscuras de la madera del mueble que tenía más cerca. Soltó el aire como quien se resigna a hacer un favor del que no puede escapar.

—Está bien. Puedo hacerlo. Pero quiero que la paga sea diaria.

—Lo será.

—Y no podrá exigirme nada los días que esté cubriendo el puesto de mozo o de otro tripulante.

—Por supuesto.

—Y me dejará comer en su mesa.

Eso descolocó un poco a Hannibal, quien retrajo un tanto el rostro, intentando entender.

—¿Disculpe?

—Si hubiera tenido que probar una sola vez la porquería inmunda que nos dan en tercera clase, no pondría esa cara de sorpresa. Quiero que se incluya en el trato que yo podré comer algo de la calidad de lo que usted coma o no aceptaré.

Entonces Will Graham lo miró de frente. Y Hannibal supo, si es que no lo sabía ya, que nunca podría negarle nada a esa mirada.

 

* * *

 

En contra de sus propias costumbres, pronto Hannibal detuvo su participación en los bailes y los conciertos que se daban por la noche en el transatlántico. Había encontrado que le gustaba trabajar en su camarote cuando su esposa estaba entretenida en otros menesteres y eso lo obligó a reconsiderar aquellos horarios.

Mientras el sonido de la orquesta llegaba amortiguado a través de las paredes de madera, Will, sentado en su escritorio, tomaba notas con movimientos frenéticos. Hannibal caminaba de un extremo al otro del pequeño recinto, hablando del museo, de sus obras favoritas, de sus criterios estéticos y sus exigencias. Por la ventana, la oscuridad más absoluta les recordaba la mayor característica del mar: aísla por completo.

Llevaban horas en esta actividad. El secretario no parecía cansarse ni aburrirse. Su mente procesaba las palabras de Hannibal a toda velocidad y se entretenía en traducirlas en planos y esquemas. Al parecer, su espíritu era también dado a la exuberancia y a la impiedad, de modo que no hallaba dificultad alguna en diseñar espacios y normativas acordes al sueño con el que debía trabajar.

—Solo las almas exquisitas podrán ingresar —declaró Hannibal.

—Eso nos trae al clásico problema —respondió Will con una sonrisa torcida—: ¿quién tiene el alma lo suficientemente exquisita para reconocer a sus iguales? Imagino que solo usted. De hecho, su alma es demasiado exquisita como para desperdiciar el día en la puerta de entrada escogiendo a los visitantes que pasarán, ¿no es cierto?

El rumor de las olas se combinaba con los ruidos del barco, indicando que en el salón principal las actividades estaban finalizando y las muchedumbres se llamaban a silencio. Hannibal frenó su andar por un momento, con la súbita e incómoda conciencia de que la idea de Will abandonando la habitación le repugnaba.

—Ahora que he descubierto que existen otras almas exquisitas, no pierdo la esperanza de encontrar a la persona adecuada para ese puesto —murmuró, conectando su mirada con la del muchacho. Este solo repitió su media sonrisa y enseguida guardó sus enseres en el morral que traía a cada reunión.

—Ya es tarde. Debo irme.

Cuando se puso de pie, Hannibal, casi en contra de sí mismo, lo tomó de la muñeca y tiró apenas.

—Quédate un minuto más, Will.

El muchacho desvió los ojos y profundizó su mueca.

—Quizás en otra ocasión, Dr. Lecter.

Verlo alejarse fue una mordedura en los bordes de su corazón. Hannibal se quedó allí, inmóvil en el cuarto vacío. Cuando Bedelia entró, hizo un esfuerzo para recomponer su máscara. Ella había bebido demasiado como para reconocer la ausencia de brillo en sus pupilas, pero él de todos modos consintió que se le acercara, que le pasara los brazos por el cuello y que imitara la continuación de un burdo baile de pareja, como si detenerla pudiera poner en cuestión el mundo que habían construido juntos.

¿Qué era esta angustia repentina? ¿Cuál era el terremoto que amenazaba con resquebrajar las bases del suelo que pisaba? Hannibal se escabulló de la respuesta tanto como le fue posible.

 

* * *

 

En el comedor, Bedelia hizo una mueca de disgusto. Will desconocía el uso de gran parte de la vajilla y tenía sus manos permanentemente engrasadas. Buscó a su marido, a la expectativa de que pusiera orden en la mesa. Cuando lo descubrió solicitando un segundo plato para el chico —como si no hubiera comido ya bastante—, optó por levantarse.

—Voy a saltarme el postre por esta vez, querido. Te espero en la cubierta, para nuestro paseo.

Hannibal asintió sin apenas mirarla. Le gustaba ver la carne ingresando en la boca de Will, el modo en que masticaba, la sangre que se escurría entre sus labios. Había algo en el movimiento de sus dientes, en el brillo de sus colmillos o quizás en su seriedad general que le hacía imaginarlo capaz de devorar a un hombre. Sí, Will y él podrían alimentarse de todas las inútiles sanguijuelas que poblaban el barco, podrían darse un festín extenso y delicioso hasta que cada rincón quedara limpio, rebosante de pureza. Crearían un espacio hermoso, digno solo de ellos. Sí.

—¿Siempre escruta de ese modo a sus comensales, Dr. Lecter, o solo cuando son pobres y quiere regodearse en el espectáculo de su hambre?

Palabras afiladas como cuchillos. Poderosas. Divertidas.

—Solo cuando hay algo que valga la pena ver.

Ante eso, Will alzó el rostro de su plato por unos segundos.

—No debe de hacerlo muy seguido, entonces.

Así eran todas sus interacciones. El muchacho era una fuente inagotable de desafíos y sarcasmos, prueba de que se sentía a gusto con él, pues podía ser él mismo y desplegar viciosamente su crueldad. Esta interpretación de sus actos era reforzada por el hecho de que, día a día, la cantidad de tiempo que compartían aumentaba. Will lo buscaba cuando tenía una sorpresiva tarde libre pero también cuando tenía insomnio, cuando estaba cansado o cuando estaba enojado. Aunque no lo dijera abiertamente, era evidente que se apoyaba en Hannibal y que no le disgustaba su compañía. Incluso, el hombre se atrevía a suponer que no había muchos otros individuos por allí con los cuales interactuara. Will era introvertido y conflictivo, no era sencillo relacionarse con él. Los otros mozos guardaban la distancia y hasta había reconocido el miedo en algunos de sus gestos.

¿Cómo serían las cosas cuando el viaje terminara? Le gustaba fantasear con la posibilidad de llevárselo a su mansión, contratarlo como parte del personal estable, con cama adentro. Bedelia protestaría, pero ella sabía que no tenía voz ni voto en esos asuntos. Hannibal le guardaba afecto justamente porque no le daba problemas y tenía el grado de sensibilidad suficiente para comportarse de forma adecuada cuando la llevaba consigo a la ópera o a su galería de arte favorita. De modo que ella no sería un obstáculo. Se imaginaba a Will viviendo con ellos... viviendo con él. Ya no lo quería trabajando en el museo, no lo quería expuesto a otros hombres. No, le daría trabajo en su casa y se aseguraría de prepararle los mejores alimentos y tendría siempre una actividad con la cual entretener su amplio espíritu. Sí. Así sería cuando llegaran a tierra firme.

La insistencia con la que ese anhelo se construía en su corazón fue quizás la causa de que un temblor interno lo acometiera cuando, algunas semanas después, notó las nubes tormentosas a lo lejos. El oleaje cambió y de pronto ya no era seguro permanecer en cubierta. Hannibal observó a la tripulación ir y venir mientras se gritaban órdenes contradictorias y el terror se apoderó de sus órganos.

Buscó a su alrededor con la mirada, luego empezó a caminar y finalmente a correr. Identificó al hombre alto, de traje oscuro, que le había presentado al muchacho al inicio del viaje. Lo tomó de los hombros y lo sacudió.

—¿Dónde está? ¿Dónde está Will Graham?

—¿Y yo cómo diablos voy a saberlo? Es de tercera clase, Dr. Lecter. Los de su calaña saben cómo arreglárselas en una crisis, créame. Olvídese de él y acomode sus pertenencias, parece que tendremos turbulencia esta noche.

Mientras Hannibal revisaba los espacios comunes, sin embargo, la "turbulencia" escaló hacia el previsible naufragio. Supo que el tiempo se le acababa cuando un guardia lo agarró de un brazo y tironeó de él.

—¡Señor, los botes salvavidas están en la otra dirección!

—¡Estoy buscando a alguien!

—¡Su esposa ya está en un bote, señor! ¡Por favor, venga conmigo!

Como si aquella declaración tuviera algo de ofensiva, Hannibal lo apartó de un manotón violento e intentó introducirse en el pasillo que comunicaba con la parte baja del crucero, en donde suponía que se amontonaban la servidumbre y sus familias.

—¡Señor, esa sección se está sumergiendo! ¡No puedo permitirle continuar!

El guardia entonces volteó y dio voces de ayuda, a las cuales acudieron tres hombres más. Hannibal logró derribar a uno de ellos antes de que los cuatro consiguieran atraparlo y arrastrarlo hacia el borde en el cual había aún colgado un último bote salvavidas.

—¡Suéltenme! ¡Will! ¡Quiero ver a Will Graham! ¡Suéltenme!

En desmedro de sus gritos, lo estaban forzando a entrar en el bote cuando una cabeza enrulada asomó tras la baranda que cerraba la cubierta del transatlántico.

—¡Will! —exclamó Hannibal, desesperado—. ¡Ven aquí! ¡Esto va a hundirse!

El muchacho negó con la cabeza despacio, sin hacer ningún ademán a favor de su súplica.

—¡Por favor, Will, debes venir conmigo!

—Ya no hay más espacio en el bote, Dr. Lecter. Y, de todos modos, usted sabe tan bien como yo que solo hay botes para los pasajeros de primera clase.

—No, no, no... Debes venir, debes venir...

—No puedo, Dr. Lecter. Esto es una despedida.

Con los ojos húmedos, Hannibal se incorporó tan abruptamente que los guardias no llegaron a sostenerlo. Allí, en el bote aún colgante, quedó a la misma altura que Will en la cubierta del crucero. Sin pensarlo, le tomó el rostro entre las manos. Lo acarició con los pulgares. Se aproximó para besarle una mejilla, luego la otra. Luego la frente, los ojos...

—Esto no es necesario —masculló Will, con su habitual sonrisa torcida—. Puede ser una despedida normal, estrechando nuestras manos... esta vez le doy mi palabra de estrechársela.

—No... —respondió Hannibal en un susurro, contra sus labios—. Yo lo necesito. Déjame hacerlo, Will. Yo lo necesito.

—Está bien... solo por esta vez.

El chico le dedicó una mirada pícara, como si estuviesen saltándose las reglas. Había en ella, sin embargo, una evidente compasión. Le ofrecía esto a sabiendas de que sería insuficiente. O justamente por eso.

Hannibal inspiró profundo y tironeó de su cabeza hasta poder besarlo en la boca. Un beso breve, interrumpido además de forma abrupta, cuando la tripulación hizo girar las manivelas que mantenían el bote en el aire para bajarlo hacia el mar. Will alzó una mano en un gesto débil, que podía ser un intento por alcanzarlo pero también un simple saludo. Hannibal clavó los ojos en él hasta que la neblina y la tormenta acabaron ocultando por completo su figura.

Cayó sentado en su sitio, sobre la dura madera del bote. Ahora que Will no podía verse, era como si no pudiera ver tampoco ninguna otra cosa. No le llamó la atención lo rápido que dejaron atrás los nubarrones del temporal. Era una madrugada fría y las primeras luces amarillentas asomaban en el horizonte.

Cuando arribaron al muelle y el avance de la multitud lo obligó a descender del bote, él se apartó y permaneció en una esquina hasta que estuvo solo. Entonces, se arrodilló frente al mar y lloró.

—Al fin ha comprendido, hombre. Sí que le tomó tiempo, eh. Ahora que puede entender mi dolor, ya no hace falta más de esto. Podemos irnos.

No necesitó girarse para saber de quién se trataba. La mujer se había colocado a su espalda, como si respetara su espacio personal de tristeza.

—¿Irnos...? ¿Adónde?

—Esto es el purgatorio, señor. Estaba aquí para aprender su lección. Ahora es libre. Podemos ir a descansar.

La comprensión atravesó el cerebro de Hannibal.

—No, no, yo no me iré de aquí sin Will.

—Solo puede irse de aquí sin él.

—Entonces, prefiero quedarme; subiré a otro barco; lo encontraré.

Ella suspiró.

—Sabe que, si lo encuentra, ocurrirá lo mismo, ¿no? Él nunca lo corresponderá; todas las veces lo perderá de modos terribles.

Las olas chocaban suavemente contra las columnas de madera. Los chillidos de las gaviotas inundaban el silencio entre ellos.

—No me importa; necesito verlo.

Una sombra se divisó en el horizonte. La señora le palmeó el hombro y señaló con la cabeza hacia la lejanía. Poco a poco, pudo distinguirse un transatlántico que se aproximaba, perezoso.

—Yo debo cruzar la aduana, pero usted haga lo que quiera. Puede decidir quedarse. Solo recuerde que usted ya ha aprendido. Esta tortura es su elección.

Sonriendo, él la miró por primera vez con ternura.

—Espero que encuentre a su hijo del otro lado, señora.

Ella le devolvió la sonrisa amable.

—También yo.

La sirena del crucero se escuchó más cerca. Hannibal se puso de pie.

Notes:

AAHHH ¡No puedo creer que todo esto lo soñé! Recuerdo patente la imagen impasible de Will junto a la baranda mientras Hannibal se desesperaba por besarlo antes de perderlo para siempre. Lo soñé en mayo y lo anoté con desesperación, para desarrollarlo después. Recién en noviembre pude ponerme a escribirlo. Y hoy les traigo la versión final. Fue trabajoso y requirió mucha paciencia, ¡pero me hace muy feliz por fin poder publicarlo! Les pido por favor que, si leyeron hasta aquí, me comenten sus impresiones. Llevo todo el año escribiendo Hannigram pero la mayoría de lo que hice no pude publicarlo, así que lograr compartir al menos este momento con ustedes significa mucho para mí. ¡Les deseo felices fiestas! Al menos, que sean más felices que las de Hannibal xD