Chapter Text
Ieiri reía junto a él mientras Nanami se cruzaba de brazos, no podía entender lo que decía pero al parecer estaba refutando algo que él dijo, ambos eran jóvenes, una parte de él recordó los momentos junto a Shoko cuando fueron juntos a la preparatoria, y Nanami, bueno, no creyó jamás soñar con una versión de corte emo suya. Había esperado que su cerebro formulara un sueño así desde que Haibara le mostró una foto del rubio cuándo estaba en preparatoria, sí, pero no esperaba que fuera un ambiente tan cómodo. Imaginaba algo parecido a un vídeo clip de My Chemical Romance en el que ambos serían integrantes de la banda, pero no se quejaba, es más, le hacía gracia pensar que en algún punto los tres pudieron convivir y bromear de esta manera si es que hubieran ido a la misma secundaria.
De pronto una puerta se abrió, la joven versión de Haibara —supuso, ya que no conocía a nadie más con ese corte de pelo— entró con dos bolsas que contenían cubetas repletas de pollo frito.
Satoru hizo una mueca, le había perdido el gusto al pollo frito antes de los 18, una lástima porque adoraba los nuggets de pollo, pero si tenían forma de dinosaurio o de vehículo y venían acompañados de ketchup podía comerlos.
Regresando al sueño, Gojo identificó el escenario como un dormitorio de lo que parecía ser un pequeño departamento, las voces de sus acompañantes resonaban como ecos lejanos, Haibara se giró a hablarle pero no podía entender lo que decía, solo lo veía gesticular las palabras. Intentó leer sus labios, al parecer el chico preguntaba… No, se disculpaba por algo.
—Tranquilo, aquí lo tengo. No tendremos berrinches de Satoru el día de hoy, de nada —esa voz, sonaba agitada. ¿Y con qué confianza lo llamaba por su nombre?
Giró la cabeza en dirección a la puerta, encontrándose con un completo desconocido, de cabello negro y ojos razgados, no podía ver el color del iris de ese sujeto, pero al parecer se conocían. También traía una bolsa de KFC, aunque más pequeña.
—¡Gracias, Geto-san! —dijo Haibara mientras parecía decirse entre comenzar a desempacar las bolsas y hacer una reverencia ante, Geto.
—Oye Suguru, no me hagas quedar como un bebé frente a los bebés —un momento, él no había querido decir eso. Al parecer era uno de esos sueños en dónde solo era un espectador, ya que a continuación, palmeó el asiento vacío a su lado, Geto le hizo caso y se sentó, para luego darle la bolsa.
Satoru sacó la caja del interior de esta y la abrió rápidamente, el olor a nuggets calientes llenó sus fosas nasales haciéndolo suspirar e inclinarse hacía Geto. —No sé ustedes, pero yo adelantaré mi cena. ¿Alguien puede pasarme el ketchup?
Está vez habló él, no su versión más jóven, solo que no obtuvo respuesta, de hecho el ambiente cambió radicalmente.
Al levantar la cabeza, se encontró con todos los presentes en silencio mirando al frente, la luz del ambiente se tornó entre morada y rojiza, como si el atardecer entrará directamente a la habitación; chasqueo los dedos frente a Ieri quien se sentaba a su izquierda, sin respuesta. Miró brevemente a los demás, terminando en Suguru,
Retrocedió instintivamente al verlo, apretando con fuerza la caja entre sus manos.
El sujeto le sonreía levemente, aún tenía su ropa de estudiante pero la mitad de su cuerpo estaba casi destruído, con un ojo y un brazo faltantes. Se giró a ver a los demás, todos menos Shoko estaban heridos de gravedad.
Se puso de pie, dispuesto a correr, pero entonces, sintió el mismo vacío que había estado sintiendo en estás fechas desde la secundaria, le decían que era la depresión de fin de año, pero uno de los síntomas definitivamente no era que ese vacío sea reemplazado por la sensación de ser rebanado a la mitad, Gojo bajó la mirada, los nuggets cayeron al suelo.
De verdad había sido rebanado a la mitad en un corte perfecto que lo hizo desangrarse poco a poco, primero unas gotas de sangre manchando su uniforme y luego múltiples chorros emanando de sí, sintió como la mitad superior de su cuerpo se deslizaba hacía un lado, sintió vértigo, enojo e impotencia por no poder hacer algo al respecto.
Las miradas de sus amigos —y Geto— se dirigieron a él, veían como su torso caía al suelo, pero antes de que Gojo sintiera el impacto en el suelo de madera despertó de golpe.
Pataleaba y movía los brazos en un intento de liberarse del remolino de sábanas en el que se había metido, luego de algo de forcejeo logró calmarse. Estaba agitado y algo sudado, miró alrededor, de alguna forma había terminado enredado con sus sábanas en el suelo.
Se recostó descuidadamente, golpeando su cabeza con la mesita de noche junto a su cama, carraspeó de dolor mientras se acomodaba en el suelo y palpaba su estómago, bien, todo seguía unido.
Al asegurarse de que todo seguía en orden cerró sus ojos con la intención de dormir otro poco, cuando su celular sonó, el timbre ensordecedor que él mismo había colocado para cuando Nanami lo llame lo hizo bufar de frustración, estiró su brazo para buscar el control remoto de las persianas y su celular, para cuando tuvo ambos en sus manos la llamada de su compañero de trabajo ya había sido enviada al buzón, eso no le gustaría.
Se fijó en la hora, ocho de la mañana, 24 de diciembre, ¿por qué Nanami lo acosaba tan temprano en la mañana?, ¿Gojo olvidó subir las calificaciones al sistema otra vez? Tal vez sí era eso.
Le devolvió la llamada mientras se estiraba. Nanami contestó al instante.
—¿Dónde estás?
—Buenos días a tí también, Nanami —dijo de la forma más cantarina que pudo, mientras se agachaba para recoger sus sábanas y ponerlas encima de la cama.
—Tenias que estar aquí desde las siete para ayudarnos a organizar las cosas del puesto.
—¿De qué puesto hablas?, ¿ya decidiste jubilarte y abrir tu panadería, viejito?
—El puesto de navidad de tus alumnos, idiota. Tú los metiste en esto, así que o te apareces con esos postres o te asesino.
Gojo llevó su mano a su estómago y sintió un ligero escalofrío, tragó saliva y se aclaró la garganta. —Sabes, está mañana la muerte es un tema algo delicado, verás, soñé qué...
—Gojo.
—Bien, bien, aguafiestas. No te preocupes, estaré ahí en una hora. No dejaré solos a mis chicos, eso te incluye.
—Solo ven rápido —. Nanami colgó y Gojo bajó su teléfono para aventarlo a la cama.
—Pobre hígado, debería enojarse menos —habló para sí mismo mientras caminaba a su ropero y buscaba la ropa que había separado para ese día en específico.
Se demoró algo más de media hora entre la ducha y buscar las llaves de su auto, cuando tuvo todo listo repasó las cosas que tenía que hacer.
—Pasar por dos pastelerías y la panadería con la chica linda para recoger los dulces para la venta en la feria —caminó hacía el garaje.
—Ir a la escuela por los adornos que dije que sacaría anoche, y olvidé —recordó abrochándose el cinturón y encendiendo el auto.
—Pasar por los regalos de los chicos y Shoko para la reunión de mañana —puso el auto en retroceso y presionó el acelerador.
—Y desayunar algo que no tenga pollo para olvidar ese horrible sueño —con la lista concluida solo esperaba llegar rápidamente a su primer destino para que todos pudieran ser felices en este día de celebración, pero no contó con que la velocidad del retroceso fuera un poco más de la habitual, golpeando a un peatón segundos después de salir del garaje.
Gojo jadeo por la sorpresa y miró por el retrovisor, está bien, todo estaba bien. La persona se levantaría, le gritaría y Gojo se disculparía con un poco de dinero, no es que hubiera matado a alguien.
Los segundos pasaron y nadie golpeó su auto, Satoru se contrajo en su asiento, intentando ocultarse, ¿y si mató a una señora que regresaba de hacer las compras?, ¿un hombre que volvía de un turno nocturno?, ¿si mató a un joven de la edad de Megumi o Tsumiki? Ya tenía problemas con Fushiguro, no lo dejaría acercarse a sus ahijados si iba a prisión por un asesinato.
Ese pensamiento lo hizo apagar el vehículo y salir rápidamente de este, encontró a un hombre sentado en la acera que sostenía su cabeza, no podía verle el rostro ya que su largo cabello negro lo cubría. Gojo sonrió, ¡no era un asesino! Todo estaría bien.
—¡Estás vivo!, ay, que alivio. En serio no quería chocar contigo, ¿puedes levantarte?
—Sí, sí, puedo. Mierda, creo que estoy sangrando.
La sonrisa de Goyo se esfumó, el hombre frente a él se puso de pie y apartó su cabello con su mano libre, él conocía esa voz.
Un rostro conocido se develó frente él, los mismos ojos rasgados y un raspón en la cabeza, su sonrisa enigmática había sido reemplazada por una mueca de dolor.
—... ¿Suguru? —dijo con un hilo de voz.
Satoru Gojo acaba de atropellar al hombre de su sueño.
