Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Collections:
Anonymous
Stats:
Published:
2023-12-28
Words:
3,356
Chapters:
1/1
Kudos:
17
Bookmarks:
1
Hits:
65

You don't know what you got 'til it's gone, my dear

Summary:

Si pudiera describir en una sola palabra el cómo se sentía estos últimos días… ni todo el diccionario sería suficiente después de su estadía en esa estresante pero extrañamente maravillosa isla. La isla Quesadilla, como la hacían llamar, un paraíso para muchos, incluso para los propios “fundadores”, una pesadilla para otros.

Y este último era el caso de Spreen.

Notes:

Simplemente un fanfic de dos osos.

Work Text:

Si pudiera describir en una sola palabra el cómo se sentía estos últimos días… ni todo el diccionario sería suficiente después de su estadía en esa estresante pero extrañamente maravillosa isla. La isla Quesadilla, como la hacían llamar, un paraíso para muchos, incluso para los propios “fundadores”, una pesadilla para otros. 

Y este último era el caso de Spreen.

Aquel híbrido de oso, tras una ajetreada vida, había decidido que era suficiente y que se merecía unas buenas vacaciones, ahí se le presentó la oportunidad en el momento que, de manera particular, encontró una especie de ticket con su nombre y el destino de una isla paradisíaca. Muchos se asustarían por tanta “casualidad”, pero Spreen ya estaba tan acostumbrado a que ese tipo de cosas le ocurrieran que… «¿Qué más da una aventura más?»

Fue así que no lo pensó mucho y, sin darse cuenta, ya estaba en la estación de tren esperando por el que lo llevaría a su destino. 

Ahí se pudo dar cuenta de que no era el único, ni eran pocos, quienes se dirigían a esa isla paradisíaca, ¿acaso era una especie de club turístico? Daba igual, eso no era lo que más le llamaba la atención, sino un pequeñísimo detalle en especial. 

Varias personas de ahí eran completamente desconocidos para él, pero había otras que no tanto. Sus voces eran tan familiares, sus nombres muy similares. No pudo reaccionar de otro modo más que inhalar aire y suspirar pensando «¿de nuevo?», mientras se presentaba ante aquellos que le querían hacer plática, teniendo que escuchar nombres que “no conocía” una vez más. Se preguntaba si en algún momento se acostumbraría a ese sentimiento.

Como era de esperarse, los primeros días en aquella isla eran bastante entretenidos para el híbrido, junto a sus nuevos amigos encontraban distintas formas de pasarla bien a su manera; haciendo bromas entre ellos, apuestas ilegales como forma de pasar el rato, molestar a los “altos mandos” de la isla y al resto de habitantes que, aunque no lo pareciera, en su mayoría le agradaban. Pero como se dijo, así eran los primeros días en la isla, luego de un tiempo todo comenzó a volverse un poco… repetitivo para su gusto. Todos parecían pasarla tan bien, entre ellos se volvían cada vez más unidos, les veía correr por la isla y jugar mientras él construía solo en sus autoproclamados territorios.

Realmente no era tan malo, quizá solo exageraba, tal vez era el estrés que le daban ciertas situaciones y sus amigos no ayudaban demasiado, de hecho, eran los principales causantes de sus migrañas, por las que en ocasiones el oso prefería simplemente alejarse e ir por el bosque a explorar o incluso pensar en las múltiples maneras de hacer un monopolio para adueñarse de todo lo que estuviera a su alcance. Sutil. 

Pero no todos eran un caso perdido, como anteriormente se mencionó, había alguien, o mejor dicho algo en especial, con lo que Spreen se cruzó un día andando solitario por los bosques y que hasta el día de hoy lo seguía. ¿Lo raro? A él no le molestaba en lo absoluto.

Spreen estaba tan acostumbrado a que cosas raras le sucedieran casi a diario o que se encontrara con ellas como por arte de magia, después de todo, eso era lo que mantenía su vida entretenida.

Más el día en que aquella criatura apareció, levitando frente suya mientras construía uno de sus hogares. Llamó totalmente su atención pues, fuera de conocer al “anfitrión de la isla”, este era el ser más interesante que había visto hasta hoy. Una especie de ¿demonio? con una túnica roja de detalles dorados en ella, creaban la ilusión de llamas ante su movimiento de levitación.

—Hola~ —Se escuchó una armoniosa voz.

—¿Eh? —Spreen decidió levantar su vista del cofre en que guardaba sus cosas para observar la entidad que revoloteaba alrededor suyo—. Oh… Sos… Un cornudo.

—Eh, sí. Se podría decir que sí. —Aquel ser simplemente soltó una pequeña risa ante la primera interacción con el híbrido. 

A pesar de que la situación era algo extraña, el ambiente entre ambos era bastante agradable y sus conversaciones fluían de manera natural, como si de dos amigos de años se tratara.

—Oye, osito. Te tengo una propuesta —comentó aquella entidad posándose en la orilla del techo de la casa.

—Decime —respondió Spreen mientras seguía moviendo cosas entre sus cofres.

—¿No te parece un poco aburrida esta isla? Como que le falta… acción.

Spreen nuevamente dejó lo que estaba haciendo por unos segundos, únicamente para ver a la criatura sobre su hogar.

—Un poco. —Finalmente, respondió haciendo sonreír al contrario.

—Entonces, te propongo esto. —Aquel demonio decidió bajar de su sitio para colocarse frente a Spreen quien ahora le miraba atento—. Te parece si hacemos un par de bromitas por ahí, unos pequeños desastres, haces algunas cosas malas y yo te recompenso con cosas buenas, ¿qué dices? 

—¿Cosas malas? —Spreen le miraba desconfiado—. O sea, yo hago cosas malas y vos serás el culpable, ¿no?

—Mmmh no, así no funciona.

—Entonces yo tengo que hacer cosas malas y cargar con la culpa de haber lastimado gente, ¿es eso?

—¡Exacto! —Aquel ser revoloteó feliz alrededor de Spreen hasta posarse en su espalda para recargarse en sus hombros. Spreen simplemente se mantenía sin expresión alguna.

—Paso —respondió seco y volviendo su atención a sus cofres.

—Venga, hombre. ¡Será divertido! Esta isla necesita un poco de picante, ¿sabes? Ya se está volviendo algo aburrida y para eso he venido yo.

Las orejas de Spreen simplemente se movieron inquietas, era como si el mismísimo diablo susurrara en ellas. Irónico. Pero tenía razón, al menos eso pensaba, también creía lo mismo sobre aquella isla. 

Terminó soltando un suspiro y giró sobre sus pies para dar media vuelta y dar su respuesta ante la insinuación, lo que no esperaba era encontrarse a la criatura frente suya, chocando directamente con su pecho y teniendo que alzar un poco su cabeza para encontrarse con aquel ser sonriéndole tan tranquilo. ¿Tan alto era? 

—Al menos decime tu nombre, capo. —Soltó tratando de ignorar la completa falta de respeto a su espacio personal.

—Nah, luego lo sabrás, Spreen.

Quizás era eso lo que necesitaba para que sus energías por estar en la Isla Quesadilla volvieran. La compañía de aquel ser era amena de alguna forma, al parecer ambos compartían parte de su mentalidad en ciertas situaciones. Por ejemplo, cuando el demonio le pedía nuevamente hacer algunas maldades a sus amigos y él le daba una idea aún más cruel que la original, pero donde ambos saldrían más beneficiados. Como aquella vez donde el plan era quitarle alguna mascota a su querido amigo Roier, lo cual por cierto escaló más y más, obviamente el demonio aceptó, pues quería ver caos. Al final, salió mejor de lo planeado, ambos se divirtieron aquel día y sacaron el mayor provecho a una simple broma, nadie salió herido.

Aunque los días pasaron y su estadía ahí mejoró, no siempre podría obtener lo que quería. Algo siempre tenía que arruinarlo y fue con la llegada de aquellos estúpidos huevos. Quien fuera que haya tenido aquella idea, lo aborrecía, no tenía sentido alguno que los pusieran a cuidar unos huevos de dragón que salieron de la nada ¿A quién le importaba lo que pasara con esas cosas? Claramente, a él no, pero al parecer sus amigos quedaron encantados, jugando a la casita y a la familia feliz entre todos. Sofocante.

Pero no digan que no lo intentó. Dio su mayor esfuerzo para que funcionara y cuidar lo mejor posible de su “hijo” pero simplemente no era lo suyo, nunca iba a serlo. Él no tenía alguna referencia paternal para expresarla en la crianza, solo hacía lo que pensaba que era lo correcto, ¿si lo era? Qué más da, no quería ser parte de eso y deberían respetarlo. Él simplemente quería estar con sus amigos, construir, explorar cuevas y demás ¿Era tan difícil? 

Al parecer sí. Pues con el tiempo sus amigos se volvían más cercanos a su “pareja” determinada para cuidar a sus “hijos”, haciéndolo sentir otra vez más desplazado por no encajar totalmente con su dinámica. Ya estaba cansado de eso, de sentirse de ese modo. ¿Por qué le era tan difícil adaptarse? ¿Era culpa suya acaso? Lo único que le mantenía fuera de aquellos pensamientos era la constante compañía de aquel demonio que hasta la fecha seguía sin decirle su nombre, manteniéndose misterioso, aunque no le importaba mucho eso, solamente agradecía que por lo menos él se quedara.

—Che, ¿no te parece patético? —preguntó Spreen manteniendo su mentón en la palma de su mano, sentado en el pasto de aquella pequeña montaña mientras observaba la escena frente a sus ojos sin expresión alguna. Sus amigos corriendo y gritando mientras jugaban con sus “hijos”.

—¿El qué? —preguntaba curioso el demonio que ahora se encontraba a su lado.

—Esto. —El híbrido señaló con su mano libre a sus amigos—. No le encuentro sentido. Es raro. ¿Por qué nos darían a esas cosas para cuidar y jugar a la casita? No lo entiendo.

—Seh, es raro. —Una risa nerviosa salió de los labios del demonio—. Pero parece funcionar, ¿no crees? Te noto inquieto.

—Es que… —Spreen terminó por hacer una mueca y enderezar su cuerpo—. Esta isla no me está dando buena espina. Todo se siente tan extraño desde hace un tiempo y no es agradable. Quizá soy solo yo, ¿vos qué pensás?

Finalmente, Spreen se había girado a mirar al ser a su lado, quien al parecer no había dejado de mirarlo con curiosidad ante lo que decía, mientras sus labios se mantenían apretados mostrando su nerviosismo. 

—Un poco de lo mismo. —Se limitó a responder, dejando que el silencio gobernara en el sitio—. Te propongo algo.

—¿Ahora qué querés que haga? Si es atacar a los huevos tampoco soy tan pelotudo, eh.

—No, no, no es nada de eso. Simplemente, quiero mostrarte algo, un pequeño secreto. ¿Te parece bien si nos vemos en la cima del muro en un par de horas? 

Spreen le miró confundido, pero no había nada de raro en su petición, por lo que aceptó sin más.

—Dale. Nos vemos ahí entonces.

—Vale. Nos vemos, osito.

Dicho eso, Spreen vio de reojo a la entidad alejarse de su lado, percibiendo como pasaba por detrás de él para luego sentir de manera repentina como una mano tocaba su cabello y lo acariciaba de forma… cariñosa. Aquello lo descolocó tanto que no alcanzó a reaccionar al instante. Cuando giró hacia atrás de forma brusca para encarar al demonio, ya nadie se encontraba ahí.

Pasando las debidas horas y estando pronto a atardecer, Spreen seguía con sus construcciones, pero recordó aquella conversación y optó por ir al dichoso sitio. Quizá al final le convendría algún nuevo trato con la criatura. 

Subió a lo más alto del muro a una zona que él ya conocía, cerca de donde planeaba colocar una cafetería, y esperó en la orilla mientras contemplaba la linda vista de aquel lugar. No podía negarlo, a pesar de todas las rarezas de esa Isla, era linda a su modo.

Fue cuestión de minutos para que Spreen se comenzara a aburrir y planeara largarse, pero un sonido que sus sensibles orejas detectaron le hizo salir de sus pensamientos. Pisadas. Quizá un amigo suyo venía a conversar o a molestarlo, por lo que se giró para recibirlo. Pero paró en el mismo instante que lo vio. 

Ahí estaba, por fin se mostraba de una forma tan conocida para él. Mil memorias comenzaron a pasar por su cabeza, en un segundo su mente comenzó a unir todos aquellos hilos sueltos y finalmente comprendió.

¿Qué mierda?

Esa sonrisa de idiota tan única que formaba preciosos hoyuelos en sus mejillas y hacía que sus hermosos ojos verdes se enchinaran haciéndolo ver tan tierno. Sus reconocibles orejas cubiertas de un suave pelaje castaño, moviéndose curiosas por los sonidos ambientales y reflejando las suyas. Vistiendo su típico suéter blanco. Cicatrices recorrían su perfectamente imperfecto rostro, cicatrices las cuales conocía muy bien su historia, pues fue aquel mismo idiota quien se la había contado en una de las tantas noches que compartieron debido al insomnio.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Qué tan ciego estaba? Sus instintos habían fallado por completo. Le fue tan fácil reconocer al resto después de una primera interacción, pero ¿por qué a él no? No era su culpa, aquel cabrón tampoco dio muchas pistas. ¡¿Cómo era todo esto posible?!

—¿No piensas saludarme al menos, osito? —Aquella burlesca expresión buscaba hacer reaccionar al más joven, pues este aún parecía estar en un pequeño shock o trance, bien a Rubius al inicio le causó algo de gracia, pero ahora le comenzaba a preocupar. ¿Y si no fue buena idea mostrarse ante él tan pronto? ¿Y si lo ponía en peligro?—. Oye, Spreen, ¿estás bi—?

Rubius quería cerciorarse que no había cometido una de las más grandes cagadas en su vida, y realmente había hecho muchas. Miles de preguntas rondaban por su cabeza, pero estas desaparecieron en el momento que fue interrumpido por un joven híbrido de oso negro que ahora se aferraba a su cuello en un abrazo, jalándolo hacia él para mantenerlos unidos de una forma tan… entrañable. Rubius conocía muy bien a Spreen y sabía que este no era mucho de contacto físico con cualquiera, por lo que no lo pensó dos veces y le correspondió de la misma manera, rodeándole la espalda con sus brazos y haciendo más íntimo el momento. 

—¿Ahora nos vamos a poner sentimentales? Porque si ese es el caso—

Quizá el lindo momento hubiera durado un poco más si cierto oso castaño no hubiera abierto su bocota, provocando que otro oso pelinegro le golpeara duramente en el estómago, logrando que ambos se separaran. 

—Ese es el Spreen que conozco. —Soltó Rubius con dificultad, tratando de recuperar el aire mientras se sostenía el abdomen inclinándose hacia abajo.

—¿Qué mierda hacés acá? —expresó Spreen con algo de molestia. Realmente no estaba enojado, solo… no entendía.

—Es una larga historia…

—Tengo tiempo.

Una pequeña risa salió por los labios del castaño, colocó sus manos en sus rodillas para recargarse y soltó un suspiro al alzar vista, encontrándose con la mirada del pelinegro que exigía respuestas. 

—Vale.

El refrescante viento le hacía sentir relajado de cierta forma, si ignoraba los penetrantes ojos oscuros de cierto híbrido de oso negro que le veía en total silencio a un lado suyo. Ambos habían decidido sentarse en la orilla de la cima del muro, Rubius se mantenía mirando el paisaje y Spreen únicamente le veía a él, esperando que dijera algo.

Finalmente, Rubius se dignó a verlo y le dedicó una dulce sonrisa. Aquello lo irritó más. 

—Decime de una vez que hacés acá —escupió Spreen manteniéndole la mirada.

—Eh, es un tema algo complicado —dijo Rubius con una ligera risa nerviosa.

—Entonces explicáme —insistió.

—No sé si pueda. —Rubius no mentía, realmente no sabía explicar todo lo que lo envolvía a esa isla.

—¿No confiás en mí? —preguntó extrañado por la actitud del mayor.

—No, Spreen, sabes que no es eso. Solo… es algo difícil de entender, incluso para mí.

—¿Estás en peligro? —Esta vez se podía percibir la ligera preocupación en su voz.

¿Lo estaba? Quizá sí, quizá no. Ni él lo sabía. 

—No. Tranquilo, estoy bien, me sé defender. —La sonrisa del castaño creció al entender la preocupación del menor.

—¿Entonces? 

Rubius seguía mirándolo con aquella sonrisa llena de ternura, de manera inconsciente llevó su mano hasta el cabello del pelinegro para acomodarle un par de mechones rebeldes que se movían por el viento. Spreen se removió en su sitio ante la acción del contrario, más le seguía sosteniendo la mirada sin alejarse. 

—¿Recuerdas que me dijiste que esta isla te parece extraña? ¿Qué tiene algo que no te termina de convencer? —preguntó Rubius ahora mirando otra vez el paisaje.

—Sí. ¿Qué tiene que ver? —Spreen únicamente quería saber por qué él estaba ahí, no le importaba la isla ni nada más. 

—Pues tienes razón en desconfiar. Esta isla no es muy normal que digamos. Tiene un par de oscuros secretos.

—¿Y eso a mí qué mierda me importa? Estoy preguntando por vos, boludo. ¿Qué es todo este puto circo que traen? ¿Por qué no me hablaste antes? Aún no me has dicho nada, hijo de puta. —Spreen comenzaba a impacientarse.

Rubius por su parte, le volvió a mirar con una expresión totalmente relajada. 

—Quiero que salgas de la isla. 

—¿Qué?

—Este lugar es peligroso. Más de lo que tú puedes manejar y lo digo totalmente en serio, Spreen. Quiero que te vayas de aquí antes de que todo se ponga… peor.

—¡Me chupa un huevo la puta isla! Hablás como si no me conocieras.

—Porque te conozco es porque te lo digo, subnormal. Quiero que estés a salvo y tranquilo. Aquí no podrás hacer eso. Tienes que irte.

Spreen no comprendía ninguna palabra que el castaño le decía. ¿A qué venía todo esto?, ha estado en sitios incluso peores. No necesita que nadie lo cuide, no es un niño y se suponía que la persona que tenía al lado suyo lo sabía mejor que nadie. Por eso no entendía qué era lo que tanto le preocupaba ahora.

Pero tampoco quería discutir. No ahora que al fin lo había vuelto a encontrar. 

—Bien. Vendrás conmigo entonces. —Logró distinguir otra risa burlona de su compañero. Comenzaba a desesperarse y las ganas de volverlo a golpear crecían. 

—Eventualmente —soltó tranquilo el castaño.

—¿A qué mierda te referís? 

—Tengo un par de asuntos que arreglar por aquí antes de que pueda dejar la Isla.

—¿Dejar la isla? Te esperaré en ese caso, o te ayudo y te podés ir antes.

Rubius permanecía sereno, conocía lo terco que era el menor. Sería difícil convencerlo sin darle tanta información ni involucrarlo, pero no imposible. Dirigió su vista hasta las manos del chico y pudo notar como una de estas se apretaban formando un puño, quizá preparándose para soltarle un golpe en cualquier momento… o como signo de su frustración. Por ello decidió acercarse un poco más al costado del pelinegro y, sin vergüenza alguna, llevar su mano hasta la ajena, haciendo que de primeras este se sobresaltara por el contacto, pero luego se relajara para finalmente entrelazar ambas manos. Esta vez aprovechó al máximo su suerte, por lo que no dudó en acercarse más al chico y dejar un pequeño beso en la frente de este, dejándolo totalmente en shock.

—No puedo pedirte eso —soltó el castaño de manera suave mientras volvía a su lugar.

—¿Por qué no? —escupió de manera irritada el pelinegro después de recuperarse del momento.

—Es… difícil. Hay algo que solo yo puedo solucionar. —Rubius se mantenía al margen a pesar de sentir como Spreen le apretaba cada vez más la mano.

—¿Y qué conseguís alejándome… de nuevo? —Se sentía ligeramente dolido tras aquello dicho.

—Cuidarte. Tranquilidad al saber que estarás a salvo.

—¡Puedo cuidarme solo, hijo de puta! ¡Yo no—!

—Lo sé, lo sé. —Lo interrumpió—. Pero no tienes que salir arrastrado a todo esto. A esta isla que ni siquiera te agrada.

En eso tenía razón, no había un motivo concreto para quedarse en esa isla. Ninguno más que él, y su motivo le estaba pidiendo irse de ahí, pero sin su compañía. Todo esto le estaba causando un enorme dolor de cabeza.

¿Por qué tenía que ser tan complicado?

Tras unos largos segundos de silencio decidió que lo mejor era pensar con la mente fría y quizá disfrutar uno de sus últimos momentos ahí, puede que el día de mañana lo haga cambiar de opinión o que incluso en la noche se le ocurra una mejor solución, ahora solamente quería… paz. Terminó por recargar su cabeza en el hombro del mayor y relajó su mano que aún se mantenía entrelazada con la ajena, contemplando como el atardecer caía en la pequeña isla. En respuesta, Rubius recargó la mejilla en su cabeza, acercándolos aún más.

—¿Me buscarás? —soltó Spreen en un suave susurro.

—Como siempre lo he hecho.