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Esto era una mala idea...
Esa frase resonó en la mente de la chica cuando subió las escaleras del zigurat con muchas tablillas en sus brazos. Siduri se lo había advertido, el rey dió ordenes claras: nadie debe molestarlo cuando se encuentre en sus aposentos.
Pero para Elisa García, simplemente era el rey de Uruk tomándose un descanso, quizá con alguna joven del burdel como hacía el mujeriego de Merlín. De sólo pensar en eso no puede sentir más que solo pena por la pobre de Ana que debe soportar a alguien como él.
Ya habían pasado dos meses desde que llegaron a Uruk, Fujimaru y Mash ya se habían adaptado a la perfección en la ciudad, pero ella...
No sabía si haber sido obligada a quedarse en el zigurat como segunda asistente del rey Gilgamesh era buena idea o una muy mala. Por un lado, estar cerca del monarca significaba estar cerca del santo grial, así que en caso de cualquier cosa sólo necesitaba ingeniarse para robarlo... sin morir en el intento. Por el otro, estar siempre a un lado de él le irritaba un poco.
No sabía el motivo, quizá no era el rey en sí, sino en la gente que venía a él con reportes de cosas que eran innecesarias, ¿qué le importaba a ella si la esposa de quién sabe le es infiel con otra persona equis? Uruk estaba en medio de una crisis, una guerra contra la alianza de las tres diosas que claramente estaban perdiendo, no tenía tiempo para un simple caso de adulterio.
Elisa prefirió suspirar para calmarse, se preguntó como Fujimaru podía lidiar con tantas situaciones absurdas en tan poco tiempo.
No tardó en llegar a la zona del zigurat donde posiblemente estaban los aposentos del rey... silencio, no escuchaba ningún ruido, tampoco notó la presencia de alguien más. Entonces, le dio una rápida revisión a las tablillas con escritura cuneiforme con las gafas que creo da Vinci cuando le dió su Código Místico, éstos le permitían leer textos muy antiguos, incluyendo el lenguaje de los sumerios.
Los reportes de la guerra no eran alentadores.
Habían perdido a Leonidas, Ushiwakamaru y a Benkei. El rey Gilgamesh ya no contaba con sirvientes a su disposición en el campo de batalla; sólo eran Fujimaru, Mash, Merlin y los soldados de Uruk que habían adquirido los conocimientos del arte de la guerra espartana, pero sabía que no era suficiente.
El enemigo tenía a la Gorgona, a Kingu y otras dos diosas. Sumando a que habían perdido Nipur y Ur estaba bajo el control de una de las diosas.
Uruk estaba perdida. ¿Cómo el rey podía soportar todo esto sobre sus hombros?
Elisa llegó hasta donde pensó que era la habitación de Gilgamesh, se asomó sólo un poco para ver de reojo el interior. Era digno de un soberano, demasiados lujos como joyas y oro, la chica no vio a ninguna mujer, así que descartó su primera hipótesis, se le hizo un poco raro, pero...
Ver al rey Gilgamesh cabizbajo era algo incluso más extraño.
Siguió observando, él se quitó el turbante y usó los dedos para masajear su entrecejo, además, lo oyó suspirar de mala gana y se cubría sus ojos con su mano sin percatarse de su alrededor.
Era una actitud muy diferente a cuando estaba en la sala del trono, donde siempre se mostraba con la vista en alto y miraba a todos con cierto aire de superioridad. El Gilgamesh que ella estaba viendo ahora parecía incluso derrotado. ¿Por eso ordenó que nadie entrara? ¿No quería ser visto así? Elisa sintió un poco de arrepentimiento por haber desobedecido.
Miró de nuevo las tablillas y desactivó la función de traductor, tal vez debía mostrarle los reportes en otro momento.
Iba a darse media vuelta para irse, pero se tropezó con su propio pie al no estár acostumbrada a usar un vestido y emitió un grito dejando caer las tablillas y haciendo mucho ruido, revisó rápidamente sus gafas y suspiró de alivio al verlas intactas.
—Menos mal... —habló ella y se estaba levantando hasta que vio de frente a un hombre de cabello rubio que la miraba con intimidantes ojos rojos y con su ceño fruncido. «Oh, mierda.»
Éste no le dejó hablar, apenas la vio la jaló con fuerza dentro de la habitación, le estaba lastimando la muñeca, ella sabía que con su fisico no tenía nada que hacer contra él. Su espalda golpeó la pared y sintió como el rey apoyaba la palma de su mano en ésta para no dejarla escapar. Él se veía molesto y no iba a dudar en demostrárselo.
—Creí haber ordenado que nadie entrara en mis aposentos reales, mestiza —comenzó a hablar tomando de forma brusca su mentón al ver que ella iba a desviar su mirada—. Mírame cuando te estoy hablando.
Elisa sintió algo de dolor en su mandíbula, eso también le impedía hablar. Veía la habitación buscando alguna forma de alejar al hombre, tampoco era una hechicera competente para repelerlo y sólo si tenía algo de suerte. Venir había sido un error.
El rey cuando notó la incomodidad de la chica soltó su mentón, ella lo masajeó un poco antes de devolverle la mirada con las cejas fruncidas.
—Ay... pudo haberme roto el hueso —comentó ella molesta, nota que aún la mira de forma inquisitiva—. A ver... sé que vi algo que no debí ver pero...
Gilgamesh la hizo callar tomando de nuevo su mandíbula, esta vez sin tanta fuerza.
—¿Quién te dio el permiso para entrar? “Iré a mis aposentos, nadie tiene permitido ir”, fue lo que dije, ¿no? —preguntó moviendo su rostro de lado a lado desde la barbilla—. ¿O eres lo suficientemente tonta como para desobedecer? Estás desafiando mucho mi autoridad, mestiza, no juegues con tu suerte, aunque estés bajo las ordenes de Chaldea, sigo siendo el rey.
Elisa se estremece cuando lo escucha, él estaba en lo cierto, no importaba si Chaldea estaba ahí para salvar su época, Gilgamesh era el rey y podía incluso matarla si así lo deseaba; jugar con su suerte ahora que lo pensaba es lo más estúpido que ha hecho desde que vino a la singularidad.
—Entonces, ¿va a castigarme, Rey Gilgamesh? —preguntó ella sintiendo su guantelete en su mentón— ¿Qué hará, matarme? ¿Echarme a los leones para que hagan el trabajo sucio?
Ella sintió más presión en su mandíbula. «No digas nada que lo pueda provocar, idiota.»
Tuvo que calmar su respiración.
—Bien... sé que cometí un error. —Levantó sus manos para señalar que no intentaría nada, tragó cuando miro al rey a los ojos, aun tenía una expresión molesta—. Prometo no decirle a nadie que vi al rey... vulnerable, tampoco lo sabrá Chaldea.
Continuó mirando al soberano de Uruk, él la miraba no muy convencido. Vio de reojo el comunicador de su muñeca, estaba apagado. Ella estaba haciendo demasiado bien su trabajo como asistente. Algo que le aligeró demasiado peso atendiendo a los ciudadanos de Uruk mientras él se encargaba de la guerra contra las diosas. Le convenía mantener a esa chica viva, sería un desperdicio deshacerce de alguien tan competente en su trabajo.
A regañadientes la soltó y se sentó en su cama, ella había ganado esta vez, Elisa miró hacía la salida y movió un poco uno de sus pies, pero entonces, la voz del rey la hizo detenerse junto a un sobresalto.
—No te he dado permiso para irte, si eso es lo que tienes en mente, mestiza.
Ella tuvo que aguantar el impulso de insultar al aire al oírlo, ya se había disculpado, ¿qué quería el rey de ella?
—Creí que...
—No me hagas perder mi tiempo —interrumpió— Habla.
Ella entonces levantó las tablillas del suelo y activó su traductor y se aclaró la garganta.
—Las reparaciones de los daños provocados por Quetzalcoatl finalizaron, mandé a enviar los materiales sobrantes al muro norte ya que sigue sufriendo daños. La ausencia de Leonidas y Ushiwakamaru fue un duro golpe para las defensas.
Elisa no tardó en notar que él ni siquiera le está prestando atención, ¿lo hace para provocarla?
—Su alteza... ¿me está siquiera escuchando? —preguntó ella.
Él la miró, apoyó su puño en el costado de su rostro y le dio una sonrisa evidentemente burlona.
—No, y si sólo viniste a decir lo evidente lo más inteligente que puedes hacer es dar media vuelta y volver a la sala del trono con Siduri.
Ella frunce las cejas y se acomoda sus gafas, puso todo su esfuerzo para ignorar ese último comentario y continuó.
—Tampoco se... ha sabido nada de Kingu. —Menciona ella, no le sorprende ver que la mención del falso Enkidu sí logró captar su atención.
El rey Gilgamesh tomó una posición más pensativa y apagada, ya no le importaba que ella estuviera ahí. Eso creó un ambiente algo incómodo para Elisa. Volvió a aclararse la garganta y dejó de lado las tablillas para hacerle ver que ya la conversación no tenia nada que ver con su trabajo como asistente.
—¿Sería grosero de mi parte si le doy mi opinión? —preguntó ella.
La joven tomó mucha distancia pero de todas formas se sentó en la cama.
—He notado como su actitud cambia cuando se menciona a Enkidu o algo relacionado a él; no soy la única que lo notó cuando volvíamos del observatorio, pero Fujimaru prefiere no ser muy entrometido. Sin embargo, no soy Fujimaru, así que... —Ella apoyo ambas manos en sus mejillas y los codos en sus rodillas—. ¿Aún se lamenta por lo que le pasó?
El rey se levantó de la cama y volvió a mirarla molesto.
—Estás jugando con fuego, mestiza, cuidado con lo que vas a decir.
Elisa parpadea, al parecer tocó una fibra sensible, pero no es una mezquina, no usará algo así a su favor... al menos no con alguien como Gilgamesh.
Cerró sus ojos y tomó una postura más relajada.
—Si no quiere hablar al respecto y mantenerlo para usted mismo, lo entenderé, pero... —Ella negó con la cabeza, ¿qué estaba haciendo, ¿acaso estaba sintiendo empatía por un rey, alguien que fue un tirano?—. Nada, olvídelo.
Elisa se levantó y cuando se dio cuenta el rey estaba más cerca, cruzado de brazos como si estuviera aguantando el impulso de echarla de ahí a patadas; no lo hace sólo porque ya no era tan impulsivo como lo era el rey de los héroes. Ella tiene que inclinar la cabeza para mirarlo, él era al menos treinta centímetros más alto, pero su figura lo hacía ver aún más grande. En cambio, ella era delgada y pequeña, Gilgamesh tenía las de ganar en un pelea física contra la chica.
Iba a caminar hacia la salida, pero una mano tomó su brazo y la obligaba a darse la vuelta.
—Tonta... no te he dicho que puedes irte —habló el, juraba que sus pupilas ya no estaban tan contraídas como antes y se dilataron poco, si eso era buena señal o no, no lo sabía.
Siguió mirando al rey, después miró su mano sobre su muñeca, al menos ya no usaba la misma fuerza de antes, pero no entendía el porqué de su insistencia en que ella se quede, ya se había disculpado por su insistencia, prefirió no profundizar en el tema de Enkidu por su propio bien, entonces... ¿qué más debe pasar para que la deje ir?
—No es apropiado que un rey mantenga a su asistente en sus aposentos —dijo ella desviando su mirada de él.
Silencio…
Gilgamesh no decía nada, como si la estuviese estudiando de pies a cabeza. Pequeña, cabello negro, tez morena clara, ojos marrones oscuro; demasiado común, eran rasgos que veía todos los días.
—Rey, su apretón… duele —dice la chica cuando siente más presión sobre su muñeca.
Si quisiera castigarla ya lo habría hecho, no era primera vez que desafiaba su autoridad, lo hizo cuando la vio por primera vez porque se había burlado de Fujimaru.
“¿Le parece gracioso arriesgar la vida por la humanidad?”
Esas fueron sus palabras, ¿y su respuesta? La obligó a quedarse en el templo, forzada a verlo todos los días, los siete días de la semana. Era un buen plan para él.
Pero nunca pensó que ella era demasiado buena en la administración; logró que los recursos de construcción fueran suficientes para las reparaciones del muro norte y además quedaba material para encargarse de reparaciones dentro de la propia ciudad.
Los víveres para los refugiados que llegaban a Uruk nunca habían rendido tan bien, especialmente encontrar mejores recursos con buena accesibilidad.
Todo eso mientras Siduri se encargaba de las tareas de Fujimaru dentro de Uruk.
Eso hasta cierto punto hirió su orgullo, estaba convencido de que iba a ser un desastre, pero le demostró todo lo contrario. Si al principio sólo tenía su curiosidad, ahora tenía su atención, aunque eso no significaba que ya le caía bien. Al menos desde su perspectiva, aún era sólo una mestiza que lo desafiaba cada vez que podía.
Aunque molestarla un rato para darle una lección no le iría mal.
Él jaló de ella y ahora estaba demasiado cerca del rey, ella no evitó ruborizarse, no estaba acostumbrada a estar tan próxima a un hombre, menos a un rey que no podía negar que era atractivo, especialmente sus ojos rojos y cabello rubio. Su cercanía la dejó sin habla por unos segundos, hasta que recuperó la compostura.
—Rey Gilgamesh... ¿qué está....? —Ella se queda muda de nuevo cuando siente que le quita las gafas.
Él los observa como si los estuviera analizando para ver como funcionan, ignoró las quejas de Elisa y su petición de que se las devolviera, miró a través de éstos y vio algo borroso, ¿cómo ella podía ver con eso? La chica intentaba recuperarlos, pero el rey de inmediato levantaba su brazo para que no pudiera alcanzarlos.
«¿Acaso se está burlando de mí?» piensa ella mientras lucha por recuperar sus gafas, le estaba irritando como el rey incluso estaba riendo al verla no tener éxito.
—Has de estar bastante ciega, mestiza, ¿cómo has llegado tan lejos como guerrero de Chaldea en estás condiciones?
Ella le gruñe cuando le da el titulo de guerrera cuando ella no pasó más allá de la oficina.
Nunca llegó a estar en el campo de batalla, tampoco llegó a invocar su propio Sirviente a pesar de haber sido una candidata a Maestro, aunque una vez tuvo la oportunidad, pero fue su propia decisión no tomarla y ahora sólo era una una oficinista dentro de Chaldea por consejo del doctor para distraerse. “Terapia ocupacional”, le llamaba.
Y tampoco podía quejarse, estaba más segura en una oficina que arriesgando su vida dentro de una singularidad. O eso quería pensar para ocultar que no poder participar en la misión contra la incineración de la humanidad de forma más pro activa la deprimía.
Y el rey no era un estúpido, de seguro sabía que ella no era una Maestra, y eso sólo la enojaba aun más.
—Rey, devuélvame mis gafas o...
—¿O qué, mestiza? ¿Te atreverás a hacer algo contra tu rey? —interrumpió él mostrándole los anteojos.
Ella lo mira, parpadea y se arriscó de hombros. Acto seguido, se abalanza contra el rey y lo toma con la guardia baja, no le importa la posición en la que cayeron sobre su cama, pero logra quitarle al rey los lentes y vuelve a ponérselos, lo mira con una sonrisa triunfal mientras se ponía de pie.
Ya iba definitivamente a irse, había soportado mucho a Gilgamesh por ese día. Lo miró de reojo una ultima vez antes de salir de la habitación, éste de nuevo estaba cabizbajo y no tenía intensiones de mirarla, recordando que los había llevado a ese escenario en primer lugar. Entonces, suspiró y apoyó una mano en la pared.
—Escuche... Lo que le pasó a Enkidu, no fue su culpa, Rey Gilgamesh.
Gilgamesh iba a reincorporarse para reprenderle por ese atrevimiento de tocar un tema muy delicado para él, pero ve que ella no lo mira con compasión o lástima, sólo lo mira como si de alguna forma la chica entendiera lo que estaba sintiendo, recordando como cada noche tenía pensamientos en los que imaginaba el cómo la muerte de Enkidu se pudo haber evitado, y éstos no se iban hasta que volvía a la sala del trono para ejercer su papel como rey de Uruk.
Gilgamesh no entendió por qué se quedó en silencio y la dejó irse, suspiró con hastío y se dejó caer de nuevo en su cama, necesitaba relajarse. Giró sobre su lugar de descanso con el ceño fruncido, esa chica... esa maldita mestiza había logrado tocar su fibra sensible y salirse con la suya... eso le enojaba, porque... porque...
Porque sus últimas palabras lo hicieron sentirse... bien. Pero al mismo tiempo, eso hería su orgullo como rey.
Elisa volvió a la sala del trono, se encontró con Siduri, quien ya se iba a sus aposentos y le dijo que ella hiciera lo mismo, pero prefirió quedarse un poco más. Era de noche, sin embargo, para ella, ver un cielo tan estrellado era raro debido a su vida en la ciudad donde predominaba la contaminación lumínica.
Tomó algunas tablillas y comenzó a leerlas, reportes sobre la guerra... sobre las necesidades de Uruk... entonces, se acomodó a un lado de la mesa ubicado a la izquierda del trono y comenzó a separar las tablillas. Todo sobre como avanzaba la batalla contra los dioses eran prioridad, pero también ordenó las peticiones de los ciudadanos para no dejarlos desatendidos. Nunca esperó que la iluminación de la propia luna y estrellas fuera tan cómodo para leer.
Se sentó en un lugar de la sala y continuó con su lectura.
La chica en ningún momento se dio cuenta del paso del tiempo, no hasta que vio al rey ingresar y ella no se percató hasta que éste le habló.
—Veo que madrugaste, mestiza —comentó mientras se sentaba en su trono.
Elisa lo miró confundida y levantó una ceja.
—¿Madrugar? —Entonces, miró a su alrededor, la luna y el cielo estrellado había sido reemplazado por el radiante sol del desierto—. Oh, ¿ya es de día?
El rey la miró con evidente confusión.
—Mestiza, no me digas que estuviste leyendo reportes toda la noche.
Ella desvía su mirada y dando una risa nerviosa.
—Creo que sí.
Gilgamesh ya no sabía si ella o era valiente por hablarle con tanta confianza, o muy estúpida por descuidarse demasiado.
El rey entonces notó que los reportes no estaban como él los había dejado el día anterior, era obvio que ella los había movido.
—Oye —dijo él mientras la veía dejar una tablilla—. ¿Tú hiciste esto?
Ella asintió.
—Ordené todo por prioridad: los soldados necesitan algo que les suba la moral ya que la cantidad de demonios aumenta en el muro norte; durante los últimos días han llegado más refugiados y se deben redistribuir los alimentos...
Gilgamesh la oía mientras leía los reportes que la chica le señalaba. Durante eso llegó Siduri y saludo a Elisa con bastante amabilidad y ella le inmediato le señaló el orden de los reportes para que continuara con el trabajo, el rey algo irritado por no encontrar algo que criticarle terminó ordenándole que se fuera a dormir. Era irónico considerando que posiblemente él tampoco durmió en toda la noche.
Ella le hizo una reverencia y salió de la sala del trono, él no le quitó la mirada de encima hasta que salió de su vista. Algo que Siduri pudo notar.
—Debería ser más amable con ella, mi rey.
Ese consejo le molestó y no tardó en hacérselo notar.
—¿Una mestiza que no dudó en faltar el respeto a mi autoridad? Esa tonta debe conocer su lugar.
Siduri asintió en silencio, aunque no estaba convencida de la afirmación del rey; ambos parecían tener un carácter fuerte y ninguno estaba dispuesto a perder.
Pasaron algunas horas y Elisa despertó de su siesta. Ya estaba atardeciendo, ella se dejó caer de nuevo en la cama y estiró sus brazos. Estaba usando la habitación que estaba destinado a Merlín, pero él prefirió quedarse en la embajada, el mago parecía disfrutar más la sencillez que los lujos del zigurat a pesar de ser el mago más famoso de la historia.
Suspiró y se levantó de la cama y vio el paisaje de Uruk desde el santuario. La ciudad era bastante bonita, no le debió sorprender que sus compañeros estén tan a gusto en la casa que les asignaron.
Ella en cambio, debe quedarse en el palacio, con personas que no conoce y un rey muy fastidioso que parecía que disfrutaba llamarla mestiza.
De forma inconsciente miró el dorso de su mano derecha, ahí tendría hechizos de comando... si tan sólo hubiese logrado invocar a su propio Sirviente.
Ya lo había intentado muchas veces, y ningún espíritu heroico respondía a su llamado. Como el sistema de Chaldea era muy distinto al sistema de Fuyuki al ser un acuerdo mutuo entre amo y sirviente, lo interpretó como una señal de que ningún héroe la veía digna de ser su Maestro.
Esa conclusión la hizo rendirse, y gracias al consejo del Doctor decidió quedarse como administradora del papeleo de las singularidades ya que parecía ser la más indicada para el papel.
Sin embargo, que haya abandonado la idea no significaba que muy en el fondo lo deseaba. Comandar a su propio Sirviente, tener un vínculo con el espíritu y hacerlo más fuerte... siempre imaginó que la clase Caster era el ideal para ella, atacar desde la distancia, mejorar las habilidades de sus compañeros, sanarlos... pero sólo se quedó en fantasías.
Se apoyó en la pared. Creyó que ya había aceptado su destino de ser sólo una secretaria, pero...
—Estás mirando mucho tu mano, mestiza.
Su mente se congeló y miró a un lado, el rey estaba ahí y la miraba con curiosidad.
—Rey Gilgamesh… —Ella frunció el ceño—. ¿Por qué viene a una habitación donde está una chica… sola?
Lo miró con desconfianza.
—El zigurat es parte de mis posiciones, puedo ir a donde quiera.
Ese argumento tuvo sentido para ella, así que prefirió dejarlo así y volver a sus pensamientos internos. El rey inclinó la cabeza y siguió mirando a la chica con curiosidad.
—¿Por qué miras tu mano así?
Ella no responde y decide negar con su cabeza, no iba a poder tener su momento de autocompasión estando Gilgamesh en ese mismo lugar.
—No voy a hablar de eso con usted.
—Pues tendrás que hablar de eso con tu rey —respondió él.
Elisa lo mira con fastidio, apenas lo conocía, ¿cómo iba a hablarle de algo muy personal con él? Una chica reservada como ella no iba a contar sus problemas tan fácilmente a menos que fueran con el Doctor o con da Vinci, hablaba un poco con Fujimaru y Mash, pero no quería molestarlos con sus asuntos.
—¿Peleaste con tu novio? —intentó adivinar Gilgamesh.
—¿Disculpa? —ella pregunta levantando una ceja.
—Oh, ¿Fujimaru no es tu novio?
—¡Claro que no! —exclamó ella.
—¿Entonces?
Ella desvía su mirada, se cruzó de brazos y se dirigió fuera de la habitación para tomar aire fresco. Gilgamesh notó que su aura es distinta, no era el de la chica que parecía querer hacerlo enojar a propósito, era primera vez que la veía melancolica.
—Me pregunto... si Chaldea tiene dos candidatos a Maestro, ¿por qué sólo Fujimaru tiene Sirvientes?
Elisa se sobresalta y lo ve con el ceño fruncido cuando él se acerca de nuevo a ella. Iba a hablar pero Gilgamesh tomó su mentón y movió su cabeza como si la inspeccionara.
—Pareces una chica sana, y siento en ti el suficiente maná para sustentar a un familiar, entonces... ¿ningún espíritu te acepta como su Maestro?
—No es de su incumbencia.
Él se quedó en silencio por un rato, hasta que soltó su mentón no sin antes deslizar el dedo por su mandíbula para molestarla.
—Apostaría que no has usado un catalizador.
Elisa mira en otra dirección.
—No quiero obligar a un espíritu heroico que sea mi Sirviente. Quiero que sea un mutuo acuerdo.
—Una lástima, soy el dueño de muchos tesoros.
Ella lo mira confundida, pero él termina dejando esa frase al aire y le muestra el Santo Grial con líquido dentro. «¡¡Va a usar el Grial para beber!!», ella vio que algo tan importante estaba siendo utilizado como si fuera una baratija, eso la dejó en completo silencio e intentó ignorarlo. Él en definitiva buscaba provocarla.
—No eres capaz de invocar a un Sirviente... sin embargo, noto que deseas formar parte de la batalla —sonrió bebiendo del grial—. Tonta, no sabes en qué quieres meterte, ¿prefieres arriesgar tu vida a quedarte en la seguridad de una oficina?
La chica lo miró sorprendida, lo que decía Gilgamesh era demasiado sensato, y odiaba eso, era un buen argumento en su contra. Pero el rey no tiene idea de cuanto se esforzó por entrar a Chaldea, lo mucho que sacrificó, lo mucho que significaba eso para ella. Su silencio fue respuesta suficiente para Gilgamesh, pero su mirada desafiante le hizo ver que a pesar de sus palabras ella no iba a dejar su sueño sólo porque él se lo dijera.
—Ya veo... —Éste emite una carcajada y le toma la mano derecha— Bien, lo apruebo, en tu estado actual serías un Maestro paupérrimo, inferior a Fujimaru, pero... el potencial lo tienes.
Ella pensó que había escuchado mal, era imposible que el rey dijera lo que dijo. Gilgamesh soltó su mano y dio media vuelta para salir de la habitación y guardando el santo grial en su tesoreria.
—Tendrás que esforzarte, mestiza, hay espíritus heroicos muy estrictos, yo incluido, si quieres llamar su atención, tendrás que trabajar.
Ella iba a responder, pero atrapó una caja que cayó desde el techo, él lo hizo caer desde su bóveda mágica.
—¿Qué es esto?
—Noté que ese uniforme te es una molestia al caminar, prueba este.
¿Él notó que la falda le era una molestia? Elisa miró el interior de la caja, un uniforme que ahora tenía pantalones. La chica no supo que decir, ¿primero le da palabras de aliento y ahora le da ropa nueva?, ya no sabía como reaccionar.
—G-Gracias... —cuando dijo eso, ya estaba sola en la habitación.
—Elisa, ¿estás bien? Noto tu pulso acelerado —ella reacciona y mira su muñeca, da Vinci inició la comunicación.
—¡da Vinci! —exclamó ella y miró de inmediato su reflejó en un espejo de bronce.
En efecto, su rostro se había ruborizado y sintió la temperatura subir.
—No es nada, estoy bien.
—¿Segura?
Ella mantuvo el silencio, maldijo al rey por esto.
—El rey no tiene nada que ver con esto, ¿verdad? —preguntó la ingeniera mientras dejaba su café en la sala de mando.
Elisa se sonroja y entra en pánico.
—No me diga que escuchó toda la conversación, da Vinci... —dice Elisa sentándose en su cama.
—En efecto. —Lo dice como si estuviera orgullosa de eso.
Silencio. Ella se levantó de nuevo sólo del asombro de que alguien oyó su conversación con el rey.
Elisa ya no sabe que responder, su corazón ahora palpitaba con mas fuerza y perdió la fuerza de las piernas, se sentó de cuclillas y sostuvo con fuerza la caja con su nuevo uniforme, ignoro como la mujer le dijo alterada que su ritmo cardiaco se había disparado.
—¿Lis, estas bien, hola?
—Yo… te hablaré luego, da Vinci… —logró hablar después de controlarse un poco.
«Me quiero morir…», pensó ya avergonzada mientras cubría su rostro con la caja. Odiaba ser tan fácil de avergonzar y el rey era responsable de eso. Se reincorporó y se sentó en la cama, necesitaba pensar, pensar mucho.
Al día siguiente, recibió la visita de Siduri, ésta quería ayudarla a ponerse su nuevo uniforme, pero pronto sintió que ella le colocaba algo más en su cintura: una cadena de oro.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Fueron ordenes del rey. —Fue lo único que contestó la sacerdotisa.
Elisa se ve en el espejo de bronce y se mira a sí misma mientras gira sobre su eje. Su uniforme era del mismo color que el traje de Siduri pero usaba pantalones ya que le eran más cómodos. La mujer le sonrió a la joven y le indicó que ya fueran a la sala del trono. Ambas se miran con una sonrisa y salen de la habitación.
Mientras caminan Siduri nota que Elisa se acomoda un mechón de su cabello, mostrando uno de sus oídos.
—Señorita Elisa, ¿tiene perforaciones?
Ella la mira mientras escucha esa pregunta.
—Oh, sí, pero no uso pendientes.
Siduri de inmediato se mostró pensativa. Pero prefirió no decirle nada.
Ya en la sala del trono, Elisa decide trabajar de inmediato, se acerca a la mesa con reportes y comienza a leerlos. Ignora como Siduri se acerca con cautela al rey Gilgamesh.
—La señorita Elisa tiene perforaciones —comenta ella.
Gilgamesh se hizo el desentendido, pero era información que por alguna razón no podía ignorar. Además, la chica estaba usando su nuevo uniforme junto a la cadena de oro en su cintura. Eso le hizo sentir orgullo de sí mismo.
Quizá lo siguiente deberían ser unos pendientes.
