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Domingo 7 de enero, once y cuarto de la noche.
Sus compañeros estaban esparcidos por toda la academia, cada uno a lo suyo con los típicos grupos de siempre: algunos aún ensayando sus canciones, otros simplemente hablando y un par jugando a las imitaciones como solían hacer. Aquel con quien compartía nominación se hallaba con Lucas y Naiara tranquilamente, ya que su maleta había sido hecha esa misma mañana. Solo le quedaba a él hacerla. Había alargado el momento lo máximo posible, pero sabía que era hora.
Aprovechó que todos estaban ocupados para tener ese momento de soledad y tranquilidad que tanto le gustaba para poder hacerla. Esta semana estaba siendo más dura de lo que se había planteado el mismo lunes donde le informaron de su nominación, donde cada día que pasaba tanto su voz como los ánimos decaían a pasos agigantados. Había cosas que le seguían doliendo de sus compañeros, pero no tenía otra que alzar la cabeza y hacer como si aquellas pizarras no habían sucedido.
En cuanto sintió la presión en el pecho por culpa de sus pensamientos, aquella que tenía más que familiarizada, solo deseó que las cámaras no lo estuvieran enfocando a él. Se negaba a mostrarse así de vulnerable ante los demás, se negaba a que la gente viera aquella parte de él. Tenía que seguir siendo el mismo chico fuerte y confiado que había estado mostrando durante esos meses. ¿Pero cómo hacerlo cuando un ataque de ansiedad se avecinaba? no tenía ni idea. Hasta que una voz lo sacó del bucle de sus pensamientos, aquella voz que reconocería en cualquier momento y lugar. Esa voz que hacía que su corazón se calmara.
—¿Paul?
Siquiera se sorprendió, como si estuviera esperando la presencia de esa persona. Cogiendo aire alzó la cabeza para así poder encontrarse con el contrario y mostrarle una de sus típicas sonrisas, pero lo que no esperaba era ver el rostro decaído del contrario mientras que observaba la maleta vacía abierta en el suelo. El granadino se quedó parado sin saber exactamente qué decir o qué hacer, aunque no le sirvieron de nada los miles de escenarios que pasearon por su cabeza porque ocurrió el que menos esperaba.
Álvaro se acercó a paso lento, quien no esperaba encontrarse al chico en esa situación. Era algo lógico, pero no había pensado demasiado en ello durante toda la semana: la verdad es que no quería pensar en nada relacionado con la salida de su amigo de la academia. Se sentó al otro extremo de la maleta que yacía en el suelo, pasando la mirada entre ésta, Paul y el armario. Sin decir nada más empezó a sacar las camisetas de las estanterías y a colocarlas de forma ordenada en su nuevo lugar temporal.
El otro chico, por el contrario, seguía quieto en su sitio. No estaba entendiendo la situación del todo, pero por algún motivo sabía que el silencio de Álvaro se debía a que si abría la boca se rompería ahí mismo.
—No hace falta que me ayudes, ¿lo sabes? puedes seguir con los demás, pero gracias.
Algo inseguro se movió para poder estar más cerca del chico, colocando una de sus manos en su espalda, al igual que hacía el contrario con él cada vez que quería mostrarle apoyo. En cuanto Álvaro sintió los dedos ajenos sobre él detuvo sus movimientos, que más bien parecían robóticos. Soltó la prenda que tenía en sus manos y pasó una de ellas por su cabello como muestra de nerviosismo, girando finalmente la cabeza para enfrentar al contrario.
Le dolió pensar por un segundo que parecía más afectado él con toda la nominación que el propio nominado, hasta que todas las charlas nocturnas de aquella semana pasaron fugazmente por su memoria. Odiaba verlo sonreír de aquella forma tan cálida sabiendo que tenía la posibilidad de que se fuera, y se odiaba a sí mismo por dejarse afectar de sobremanera con aquella situación.
Aquello se había convertido en un momento más que íntimo, donde ambos con sus miradas se estaban gritando a voces silenciosas todos los sentimientos que no habían podido abordar y de los cuales estaban más que asustados. Porque, ¿y si realmente no se veían más en meses? ¿y si todo aquello había sido una tontería? nada de esa última semana se estaba sintiendo real. Y tenía miedo, muchísimo miedo. Por fin un suave murmullo inundó finalmente aquella sala. El “ven aquí” pronunciado por el sevillano con aquella voz que parecía que se iba a romper en cualquier momento, fue lo que hizo click en el corazón de Paul. Aprovechó la mano que se mantenía en su espalda para acercarlo, apretandolo contra su cuerpo, dándole un “abrazo de verdad” tal y como siempre le decía.
—Si me voy estará todo bien, todo seguirá exactamente igual sin mí. Tienes a los demás contigo, bobo —intentó calmar de alguna forma el ambiente triste que se estaba formando, pero aquellas palabras solo consiguieron que Álvaro se acurrucara aún más en el cuerpo contrario.
—No te vas a ir. Y nada seguirá igual sin ti, yo no seguiría igual sin ti.
Decir que aquella situación no le estaba doliendo a Paul, sería mentir descaradamente. El tono roto en el cual su compañero le estaba hablando, aquellas últimas palabras… todo estaba demasiado abrumador para él. Desde antes de navidad que el chico se estaba convirtiendo en la persona con la que más confianza tenía, aquella con la que sentía que podía hablar de cualquier cosa y le escucharía sin problema. Lo que no sabía era que Álvaro también se sentía más que a gusto con el contrario, que había encontrado una nueva persona que también lo apoyaba y escuchaba sin juzgarlo de ninguna forma. Y que ambos habían descubierto que tal vez se querían como algo más que amigos.
No sabían cuánto había transcurrido desde el inicio de aquel abrazo, pero el tiempo pareció detenerse por unos segundos. Ambos aferrados al otro como si pudieran mantenerse en aquel momento para siempre, intentando memorizar la sensación y el aroma que caracterizan al otro. A medida que el abrazo se prolongaba, ambos empezaron a sentir el latir acelerado de sus corazones, como una sintonía que resonaba en armonía. Finalmente las lágrimas, discretas pero presentes, reflejaban la profundidad de sus emociones y el pesar que implicaba el pensamiento de separarse.
Cuando por fin decidieron dar fin a aquel momento tan íntimo, quedó un eco de ese abrazo en el espacio entre ellos. Ambos soltaron una pequeña risa al ver cómo los dos tenían sus mejillas mojadas, inclinándose a la vez para poder limpiar las lágrimas contrarias. Paul solo usó su pulgar para hacerlo, en cambio Álvaro sujetó su rostro con ambas manos y con la mayor delicadeza del mundo para poder limpiar aquel rostro, ese que se había acostumbrado demasiado a observar en cualquier punto del día. Como un acuerdo silencioso ambos se giraron hacia el armario, y esta vez compartieron un momento cómodo mientras iban colocando las pertenencias en la maleta del granadino.
Después de un buen rato con la tarea y la cremallera cerrada, ambos se quedaron mirando el objeto durante unos segundos sin saber bien qué hacer. Se levantaron y fue Paul esta vez quien rompió aquella burbuja que habían formado.
—Gracias por la ayuda, Álvaro. Sabes que significa mucho para mí, ¿no?
Y esta vez, de forma sincera, el mencionado sonrió. Sujetando su muñeca con suavidad tiró de él para poder tenerlo cara a cara de nuevo, e ignorando la tensión repentina en el ambiente que había causado ese pequeño gesto, se inclinó para dejar un pequeño beso en su frente.
—Estamos haciendo esto para nada, porque mañana te voy a ayudar a deshacerla. Y lo sabes —la mano que descansaba sobre su muñeca se deslizó por su brazo hasta llegar a acunar su rostro, al igual que lo había estado haciendo los últimos días con la compañía del piano. Un pequeño quejido frustrado se desplazó de sus labios y Paul no pudo evitar reír al saber lo que significaba: no podían hacer más muestras de afecto delante de la cámara que los pudiera delatar y eso era algo que Álvaro le frustraba de sobremanera. Lo que no sabía el sevillano es que su acompañante no necesitaba ese contacto para entender los sentimientos que abordaba el sevillano, y esperaba que fuera igual para el contrario.
—Tal vez sí, tal vez no. ¿Quién sabe?
Dio un ligero paso atrás viendo cómo las luces iban bajando de intensidad y a su vez, sus demás compañeros llegaban a donde estaban ellos. Álvaro, frustrado por la situación, decidió esperar a decirle las cosas claras una vez ambos se hubieran deshecho de sus micrófonos y estuvieran en un lugar seguro fuera de cámaras.
Así pues, una hora más tarde, ambos se encontraban con sus pijamas puestos tumbados en la cama de Paul.
Había una distancia prudencial entre ambos, la cual querían acortar pero la vergüenza les era mayor. Las voces de los demás seguían resonando por toda la academia, aunque ninguno se encontraba en la habitación con ellos. Aunque nadie lo dijera, todos sabían la situación que estaban pasando los dos chicos y querían darle ese momento de intimidad.
Fue el sevillano quien dio el primer paso, colocándose de lado para así poder ver el perfil de su acompañante. Por muy rara que pudiera parecer la situación desde fuera, ambos se sentían cómodos con ese silencio, apenas escuchando la respiración pausada del otro mientras buscaban las palabras para aclarar todo lo que había estado sucediendo. El movimiento que hacía el de rizos con las sábanas hizo que finalmente Paul abriera los ojos y girara el rostro para conectar la mirada con el contrario, sonriendo de inmediato. Era como si Álvaro tuviera algo que no le dejaba apartar la mirada, algo magnético. Y le encantaba.
—No sé qué decirte, Paul. Todo está siendo mucho para mí, y para ti el doble… si te vas, te voy a extrañar como no tienes idea.
Aquella voz susurrada que solo salía con Paul, aquella que había escuchado por primera vez cuando le dio ánimos el día de su nominación… era algo que estaba seguro que no podría olvidar ni en otra vida. Decidió girarse de igual manera, llevando una de sus manos hacia la contraria para poder acunarla y dejar un pequeño beso en el dorso de ésta.
—Gracias por no dejarme solo hoy. Y bueno, los demás días… por escucharme y apoyarme como nadie. Te quiero, ¿si?
—Me gustó más lo que dijiste el otro día en la sala de Manu —una pequeña risa escapó de ambos labios y en un acuerdo silencioso se acercaron aún más, sus piernas y manos entrelazadas como si no quisieran dejarse escapar bajo ninguna circunstancia.
—Mayo, no voy a volver a confesarme. Te quiero, me quieres… me parece más que suficiente. Es el mayor regalo que podías darme antes de irme.
Con un resoplido Álvaro golpeó su hombro con suavidad al igual que todas las veces que mencionaba su supuesta ida. Negó con suavidad porque aunque sabía que el chico se quedaba, había una pequeña voz en su cabeza que no paraba de hacer escenarios donde el nombre que decían al día siguiente fuera otro. Separando sus manos unidas posó la diestra en su mejilla, acto con el que Paul aprovechó para cerrar los ojos y relajarse ante el tacto de su enamorado. Finalmente, ante un poco de duda, Álvaro se inclinó para sellar lo que no pudieron aquella noche de sinceridad.
Apenas fue un suave roce de sus labios, pero fue más que suficiente para calentar los corazones del otro. Los labios de Álvaro encontraron los de Paul en un beso tierno y apacible, sellando un instante que perduraría en sus memorias. La delicadeza del gesto estaba lleno de la pureza de un romance naciente, un encuentro de almas descubriendo el dulce sabor de la conexión.
Cuando finalmente se separaron, sus miradas se encontraron de nuevo, ahora teñidas de una nueva complicidad. Un suspiro escapó de sus labios, dejando un rastro de emoción en el aire. Quedaron en silencio sabiendo que no tenían más que decirse, porque aquello que ambos sintieron en ese pequeño instante, estaba lleno de las palabras no dichas, pero sí sabidas. Aquella academia, testigo mudo de aquel primer beso, parecía vibrar con la energía de un romance que acababa de nacer, suavemente, como la melodía de un amor que estaba por escribirse.
