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— Los bosques son lugares peligrosos y llenos de bestias que comen gente, pero nuestra aldea está cerca del santuario de un demonio que las personas insisten en adorarlo como una deidad.
— ¿El zorro? — preguntó un niño de ojos violeta muy curioso.
— Así es. Ese zorro deambula por los bosques, asesinando a todo aquel que pase por sus tierras. Nuestra familia se ha encargado por generaciones de mantenerlo en calma.
— Pero nunca lo hemos visto. ¿Cómo están tan seguros de qué existe?
— No hace falta verlo, puedes sentir su presencia cuando te adentras en la densa hierba y los altos robles — el viento soplaba fuerte, haciendo resonar las hojas de los árboles — Se dice que la bestia se refugia en un milenario árbol de glicina, uno mágico. Aún está ahí, esperando el momento de atacar, y cuando eso pase, nosotros estaremos en primera fila para detenerlo. No lo olvides Reo.
— Abuelo, ¿alguna vez lo viste?
— No, pero tenemos pinturas que nos muestran su apariencia, de hace años, cuando el zorro atacaba la aldea. Nuestro clan los salvó y lo desterró a las montañas.
El niño estaba confundido, ¿cómo podían pelear contra algo a lo que nunca habían visto? Las pinturas del santuario de la mansión eran únicamente de aquel demonio zorro, imponente con sus nueve colas y ojos rojos como el fuego, contrastando con el blanco de su pelaje. Algunos lo retrataban vigilando la aldea, otros, atacando soldados de los señores feudales y una en particular que le llamaba la atención. Durmiendo. ¿Un demonio podía dormir tan tranquilo?
Reo pasó su infancia escuchando los cuentos de su abuelo sobre ese ser místico, pero su padre siempre ponía un alto con las fantasías alegando que debían encargarse de gobernar sus tierras, en lugar de prepararse para una pelea fantasiosa.
Aun en contra de su hijo, el viejo logró entrenar al niño con el manejo de herramientas que, según él, estaban benditas.
Ya de joven y el abuelo fallecido, Reo se dedicó a sus labores como heredero de esas tierras y velar por el bien de la aldea. Dejó de lado aquellas historias de fantasía, sin embargo, cada solsticio de invierno, la gente del lugar acudía al santuario en la gran mansión para dejar ofrendas a la estatua del zorro. Después se celebraba una fiesta por todo lo ancho de esos lares.
Mientras todos disfrutaban de los festejos y bailaban al son de la música, una figura descendía de las montañas.
Los árboles se hacían a un lado para darle paso, y a medida que se acercaba a la aldea el viento soplaba más fuerte.
La criatura observó la escena hasta que sus ojos se detuvieron en un chico de cabellos violetas que reía sin preocupaciones entre la multitud.
— Te encontré.
