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Kelsier observó con aire resignado el edificio de oficinas que se alzaba ante él. Se ajustó el cuello del abrigo para ocultar su rostro y se forzó a entrar.
El ritual de cada mes se repetía. Subió las escaleras, llamó a la puerta que nunca tenía echada la llave y entró en la pequeña entrada que daba paso al resto de la consulta.
—Bienvenido al consultorio de la doctora Ana. ¿Tienes cita?
Kelsier se acercó al mostrador y saludó con una sonrisa a la secretaria que le reconoció fácilmente. No eran necesarias palabras ni presentaciones, cuanta menos gente escuchara su voz, mejor.
—Ah, Kelsier, sí —indicó la joven señalando un nombre en la agenda que estaba revisando—. Aquí estás. Llevamos algo de retraso. —Siempre lo llevaban—. Al ser nuestro Cliente de Confianza puedes usar la sala de espera de cadmio.
Hizo un gesto con la mano a una habitación lateral y regresó a la tarea de rellenar fichas de pacientes con letra limpia y cuidada.
El alomante accedió al cuarto. Inmediatamente le rodeó una burbuja que ralentizaba el tiempo haciendo que todo aquello que se mantuviera fuera avanzara a una velocidad sobrenatural. No acababa de acostumbrarse, aunque se tratara de un don alomántico que él mismo podía emplear.
A Kelsier le resultaba curioso cómo los habitantes de Elendel habían aprovechado un poder aparentemente inútil para sacar dinero. Porque, obviamente, ser un Cliente de Confianza significaba que pagaba un extra de aluminio para gozar de una serie de privilegios: la intrazabilidad de sus consultas o evitar experimentar el aburrimiento asociado a esperar su turno eran dos ejemplos de ello.
Apenas le dio tiempo a acomodarse y saludar con la cabeza al pulsador que mantenía la burbuja de cadmio en la sala de espera. Lo que habrían sido más de cuarenta minutos de espera se pasaron en un suspiro y una luz que indicaba que era su turno se encendió en una esquina.
Con parsimonia atravesó la puerta de madera de la consulta y cerró detrás de él.
—Hola, Kelsier, me alegro de verte —dijo la doctora mientras apuntaba algunas notas en su cuaderno—. ¿Cómo estás?
Kelsier se dejó caer con desgana en la butaca que estaba frente a la mujer que le observaba a través de unas enormes gafas redondas.
—Supongo que estoy preocupado porque he aparecido por la puerta y te veo tomando apuntes.
La doctora sonrió y dejó el cuaderno en la mesa.
—Era un recordatorio sobre mi anterior paciente. Me pagas para que nada sobre tu existencia quede registrado, eso incluye mis notas. Nunca escribo acerca de nuestras conversaciones, como acordamos.
Kelsier asintió, recordaba el contrato perfectamente, había sido una condición indispensable para aceptar acudir a aquellas citas. Se había permitido usar su propio nombre para que se refiriera a él ya que se trataba de un nombre muy común en Elendel, pero no quería dejar ningún otro rastro de su existencia en ninguna parte.
—¿Dónde nos habíamos quedado? —dijo Kelsier con voz tranquila—. Creo que estábamos hablando de la batalla de…
—Hoy quiero hablar de Mare —le interrumpió la doctora—. Todo lo que me has contado sobre ella ha sido escaso y superficial.
La sonrisa siempre presente en el rostro de Kelsier se torció en una mueca de desagrado.
—No entiendo qué tiene que ver Mare con lo que estábamos hablando. Ya lo superé. La amo igual con su traición.
La doctora Ana era la única persona de toda la consulta que era consciente de cuál era la verdadera identidad de Kelsier y, por tanto, conocía aspectos de su vida que muy poca gente sabría.
—¿Cuánto tiempo llevas viniendo a terapia, Kelsier? —preguntó la doctora con sequedad.
—Diez meses.
—Y en diez meses he visto muy poco avance en tu relación contigo mismo y con los demás —determinó ella seriamente. Se ajustó las gafas, cruzó las piernas y se acomodó en su asiento—. Sospecho que hay algo en tu pasado que te impide avanzar y tu negación a hablar sobre Mare…
Kelsier frunció el ceño, pero su gesto enfadado apenas duró unos segundos. Se repuso y se irguió en la silla mostrando una amplia sonrisa socarrona.
—Acepté venir a estas sesiones para poder gestionar mejor mi vivencia como criatura inmortal —hablaba despacio, masticando cada palabra—. El paso del tiempo puede afectarme mentalmente y es necesario garantizar que mis sentidos y buen juicio no fallarán en un momento crítico. Mare no tiene nada que ver con eso.
La doctora mantuvo la mirada de Kelsier y alzó las cejas, gesto que al alomante no le hizo ninguna gracia.
—¿Qué intentas evitar? —preguntó finalmente la mujer señalando a Kelsier con la mano—. ¿Qué temes que pueda pasar si hablas de ello?
—No le temo a nada —increpó Kelsier, malhumorado.
Inmediatamente sintió una pulsación alomántica que trataba de aplacar su ira y quemó bronce para bloquear los intentos de la doctora de manipular sus emociones. Tal vez ser una brumosa le permitía gestionar mejor a otros pacientes, pero no a un Nacido del Metal.
No a él.
—Dices que Mare te traicionó, ¿te gustaría hablar más sobre ello?
—Te he dicho que no es necesario hablar de ello —repitió Kelsier con lentitud, remarcando cada palabra para dejar clara su opinión—. Esa parte de mi vida está superada.
—Me vendría bien conocer los detalles para poder ayudarte —insistió la doctora—. Si lo has superado no te debería importar contárselo a tu terapeuta.
El alomante se pasó la mano por sus cabellos rubios. El gesto hizo que se le descolocara ligeramente el parche que llevaba en el ojo para ocultar el clavo que mantenía su alma anclada al cuerpo. Se reajustó la tela con disimulo y comprobó la reacción de la doctora para asegurarse que no hubiera visto la cabeza metálica del clavo sobresaliendo de su cuenca ocular.
La terapeuta le observaba en silencio, analizando cada uno de sus gestos. Kelsier se revolvió en el sitio, se sentía como un animal enjaulado.
—Mare nos vendió al Lord Tirano y reveló nuestros planes de infiltración —confesó Kelsier con voz neutra, aunque una vena empezaba a marcarse en su cuello—. Intentó compensármelo y eso la llevó a la muerte.
La mujer asintió y se ajustó las gafas redondas. Su expresión no había cambiado ni un ápice.
—¿Cómo pasaste el duelo por su muerte? —preguntó sin ningún tipo de tacto.
Kelsier apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
—Fue el suceso que desencadenó mi rompimiento —gruñó entre dientes—. No fue fácil, pero está superado.
—Decir que está superado es diferente a superarlo.
—Está superado —repitió con seguridad—. Lloré su muerte y me volqué en la revolución, pero acabé aceptándolo. Como le dije a alguien muy importante para mí hace mucho tiempo… me arriesgué y perdí, pero el riesgo mereció la pena.
—¿Y por qué no fuiste al Otro Lado con ella?
Kelsier había hablado de su experiencia como alma cognitiva durante su segunda consulta con la terapeuta. Su objetivo había sido sorprenderla, pero lo único que había conseguido había sido un asentimiento silencioso por parte de Ana y el anuncio de que la sesión había terminado.
—Dime, Kelsier, ¿por qué entraste en el Pozo de la Ascensión en vez de dejarte arrastrar a lo que sea que haya después de la muerte? Te sacrificaste por la lucha que tanto defendiste, otra gente seguiría tus pasos. ¿Por qué continuar?
—No había terminado y tenía la posibilidad de ayudar. Y eso hice. Aplacé mi encuentro con Mare, pero ganamos.
La última frase salió de la garganta de Kelsier con un deje de orgullo. Sus ojos brillaban con determinación.
—¿Y por qué sigues aquí? —preguntó la doctora con el mismo tono neutro que siempre utilizaba, aunque a Kelsier le pareció intuir un atisbo de reproche en su voz—. La lucha terminó hace siglos. ¿Por qué no te has reunido con ella? ¿Por qué te aferras a la vida hasta el punto de acudir a estas sesiones que claramente odias?
Kelsier se cruzó de brazos y clavó su mirada en los ojos oscuros de la doctora. Mantenía el silencio, se negaba a continuar tratando el tema.
Un par de minutos pasaron en los que ninguno de los dos apartó la mirada, hasta que la doctora se impacientó.
—Te diré lo que opino. —Se inclinó hacia delante en su butaca, entrelazando sus dedos uno a uno con lentitud—. Sospecho que temes encontrarte con ella porque te sientes culpable por algo relacionado con su muerte.
Kelsier se incorporó en el asiento, colérico.
—Murió por culpa del Lord Tirano y sus métodos de extracción de Atium. ¡Murió por culpa del sistema que yo ayudé a destruir! ¡No fue culpa mía! ¡Yo vengué su muerte!
—¿Y por qué no te fuiste con ella cuando tuviste ocasión? —preguntó Ana con inocencia. Kelsier se sentó y mantuvo la boca cerrada—. Hay algo que te asusta tanto que no quieres ni plantearte siquiera. Si no es sobre su muerte, es algo cercano.
—Su traición —respondió Kelsier cortante—. Era mi esposa y me traicionó.
—Has dicho que la amas, a pesar de su traición —indicó la doctora con una impertinencia que resultó hasta dolorosa para el alomante—. No debería ser un obstáculo para reencontrarse con ella, pero sigue afectándote. ¿Por qué?
—No necesito razones para no querer hablar de su muerte.
—Han pasado literalmente siglos. Si lo has superado deberías poder hablar de ello. Te vendría bien hablar de ello. Para que yo pueda ayudarte. ¿Qué te retiene?
La ira del alomante creció en su pecho hasta que no pudo reternerlo por más tiempo y estalló en un potente grito desesperado.
—¡Un año! —vociferó, sus ojos llameaban con fuerza—. ¡Un año que pude disfrutar de su compañía y me dediqué a ignorarla!
La voz de Kelsier se quebró en la última palabra y se hundió en su asiento, derrotado. Había conseguido enterrar todos esos pensamientos durante años, pero solo había aplazado lo inevitable.
—Ignoré sus súplicas… me pidió que confiara en ella y yo…
La doctora se limitó a asentir y mantener el silencio. Kelsier podía ver en sus ojos cómo juzgaba sus acciones y evaluaba su equilibrio mental con cada frase que intercambiaba con ella. En las anteriores sesiones no le había importado, siempre había mantenido el control y hablaban de lo que él quería.
Pero Mare…
—Es normal que no quisieras hablar con ella, Kelsier —la voz de la doctora era dulce y falsa, como el olor de una medicina que luego sabe amarga en la boca—. Te hizo daño al traicionarte y pusiste límites. No podías hacer mucho más en la situación en la que estabas. El tiempo te hace pensar que podrías haber actuado mejor de otra manera, pero en ese momento tomaste la mejor decisión que cre…
—¡No fue la mejor decisión! —El arrebato de furia regresó haciendo que Kelsier alzara la voz y se reincorporara en el asiento—. ¡Me dejé llevar por el odio y la desconfianza y lo acabó pagando ella!
Ana cerró la boca y esperó pacientemente a que Kelsier se calmara, pero había entrado en una espiral de autodestrucción que el alomante no podía controlar.
—¡Creí antes a ese miserable tirano que a mi propia esposa!
Los gritos se estarían escuchando fuera de la consulta, en la sala de espera, en el pequeño hall, hasta la calle. Una parte de Kelsier deseaba que todo el mundo conociera su pecado.
—¿Crees que no fue ella quien te traicionó? —preguntó la doctora alzando las cejas—. Era la única que sabía del plan aparte de ti. Se supone que el Primer Emperador no podía mentir… él agradeció a Mare su ayuda, ¿cierto? Eso cuentan las leyendas.
—¡No lo entiendes! —Cada palabra que salía de la garganta de Kelsier estaba cargada de frustración y amargura—. Mare jamás me haría eso…
Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos por la falta de sangre.
—El lord Tirano se enteraría de otra manera y retorcería sus palabras al hablar con nosotros para no mentir, pero ignoré a Mare y dejé que muriera al dejar que ese malnacido me convenciera de recelar de ella…
Un silencio incómodo se apoderó de la sala y Kelsier cerró los ojos. Usaba todo su autocontrol para no seguir hablando, pero sus mayores inseguridades habían salido a la luz. Se había pasado gran parte de su vida culpando al Lord Legislador por la muerte de su esposa, pero siempre había sabido que había sido él mismo quien había fallado a Mare.
Y esa culpa le anclaba. El temor de que ella pudiera recriminarle sus actos le impedía incluso plantearse el reencuentro y...
—Se acabó el tiempo. —Los pensamientos de Kelsier fueron interrumpidos por la doctora. Señalaba el reloj que ocupaba un lado de la habitación—. Seguiremos el mes que viene.
Kelsier se levantó con rigidez. Aquella sesión había sido, con diferencia, la más dura que había experimentado.
Ana hizo un gesto con la mano hacia la puerta y le dedicó una pequeña sonrisa.
—No olvides los ejercicios de respiración —dijo con calma—. Y plantéate la posibilidad de escribir un diario, podría ayudarte a procesar todos esos sentimientos. Por mucho que quieras, si solo intentas gestionar tus emociones durante la hora mensual que tenemos de terapia…
No terminó la frase. Había recuperado su cuaderno y leía las notas que se referían al paciente que atendería a continuación.
Kelsier no respondió a sus sugerencias y salió del cuarto dando tumbos.
Tendría que esperar un mes entero para encontrar una manera de hacer las paces consigo mismo.
