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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-01-27
Words:
484
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
17
Bookmarks:
2
Hits:
144

Perdona mis callares

Summary:

La incertidumbre inquieta hasta a los hombres más pacientes.

Notes:

Perdón banda solo se me ocurrió escribir esto anoche y ps ahí está igual espero q les guste wajuuuu :3

Work Text:

Pedro es un hombre de muchas palabras. De metáforas, moralejas y dichos. De cantos bonitos y palabras floreadas; eso de algún modo siempre le ha servido. Y en medio de la noche, en el pecho de Manuel, con frecuencia su mente deja de ser un santuario de rojas primaveras para volverse una jaula de ansiosos variopintos jilguerillos.

"¿En algún momento te habrás sentido mío?”

La cuestión resuena en las paredes de su psique, pero el nudo en la garganta le impide verbalizarlo. En particulares ocasiones como la que ahora experimenta, Pedro se calla el hocico. Niega el punzante porvenir de su temor, porque sabe la respuesta. Una que es fácil, verdadera y cruel, demasiado para un miserable corazón como el suyo.
La acostumbrada espera, la paciencia y la cursilería no es suficiente para mantenerlo a su lado. A Manuel no le gustan los jardines, mucho menos los rosales. Un hombre de montañas no se inmuta ante el empalagoso perfume de flora orgullosa, sacrificada y opulenta. Así como no bastan los pétalos sangrientos y la posesión de sus pinchos, no sirve tampoco el agarre de sus brazos, sus pasionales besos, los rasposos versos y el rasgar de su guitarra. Incluso con el corazón del chileno latiendo lento bajo sus propias sienes, por instantes es incapaz de acoplar el suyo y sentirlo.

— ¿Andai con pena, mi chan…?

Pedro niega y vuelve a ser niño en las caricias que recorren sus cabellos cenizos, como su corazón que a cada instante se hunde más, intentando arrastrarse hasta el suelo. Ni la tierra del patio sería suficiente para que se sumerja un pedazo de carne, vuelto plomo. Teme al martirio que implica soltarse a llorar frente a otro hombre que tampoco -por dignidad-, llora. Itzel sabía mostrarle razones reales para llorar y ésta no era una de ellas. Si Manuel era capaz de castigarlo con su silencio, pues Pedro al doble se la aplicaría. Silencio. –Como un pitido– Los jilgueros sollozan, aferrados a los barrotes. Gritan torturados melodías de pena, de lamentable realidad que lo separa cada vez más de todo lo que habían construido. Se había acostumbrado a su querer y ahora que regresaba cuando se le antojaba y podía, nada de abandonarlo lo detendría.
Así como nadie lo detuvo de decirle a todo que sí. No paró ninguna de sus tentaciones, ni atrevidos actos por mero placer, por interés, por ingenuo y enamoradizo.
"Dios mío, este es mi castigo."
Sus párpados, mediocres actores, tiemblan dando todo de sí para no dejar perlas correr. Finalmente se había dado cuenta que su peor pesadilla la había vivido con el pasar del chingado e imparable tiempo. La había nutrido y cultivado con tanto afecto, en una hoguera intensa de la que solo él era alimento, una reacia combustión. Y ya no hay primaveras, ni jilgueros, solo el fulgor del acero y masa negra, ardiendo hasta resplandecer y quemarle por dentro.