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Evidentemente a Hange le gustaba presionarlo y se tomaba muy en serio lo de limar asperezas. En el puerto Jean había sido preciso en la comunicación e interactuaba decentemente con él pese a la paliza de la noche anterior. Su comandante solo disfrutaba castigarlo. Instintivamente se masajeó los nudillos aún dolientes al pensar en los acontecimientos del día anterior y sintió la mirada de Reiner sobre él. “No es nada” se apresuró a aclarar antes de que el acorazado comenzara a repetir el mantra de disculpas de nuevo.
¿Por qué estaba pensando en el dolor de Reiner bajo sus puños y no en el de sus camaradas asesinados en el puerto? Con los muertos uno ya no se puede disculpar entendió de pronto con amargura.
—Aquí. — No llevaban caminando ni diez minutos y ya estaba irritado. Soltó la caja con fastidio y consideró la altura de los árboles. —Sí, es un buen lugar—sentenció, no era necesario internarse más en ese pequeño bosque, cuanto antes terminara la sesión de tiempo compartido mejor. —No pude verlos en el puerto, pero Hange me comentó que tuvieron algunas dificultades con el nuevo equipo.
—Sí, Annie no sintió cómoda la reducción del peso, antes éste la anclaba y brindaba preci…
—Annie no vendrá a entrenar, escuchaste lo que dijo Mikasa sobre su renuncia a luchar. ¿Qué problema tuviste vos?
—Me costó controlar la velocidad por la reducción de peso en el equipo. En cada giro estuve por atropellar una pared. Aplicar la dirección de disparo para subir también fue complicado— enumeró. — Se redujo mi cantidad de movimientos…
—Nunca tuviste tantos de todos modos— masculló Jean extrayendo las piezas del equipo de maniobras de la caja— siempre fuiste pesado para esa clase de movimientos— aunque el tiempo o la desdicha parecía haber opacado esa musculatura atractiva— igual tampoco los necesitabas, al final siempre se valoró más la fuerza a la hora de calificarnos.
—¿Todavía estás enojado por las posiciones en que nos evaluaron?¬¬¬— sonrió Reiner como si hubiese atrapado una liebre.
—Por supuesto que no— se ofendió al tiempo que se colocaba el primer arnés— igual fue bastante injusto eso, yo era el mejor con el equipo de maniobras, debí calificar al lado de Mikasa, malditos tramposos, todos titanes.
—Si te sirve de consuelo, fuiste el mejor después de todos los titanes y Mikasa que no es de este mundo— comentó Reiner acercándose a engancharle los arneses de su espalda, pero Jean retrocedió tercamente saltando en un pie y logró enganchar solo las puntas marcando su autonomía (dejando claro los límites de su espacio personal).
—En vez de hablar tanto colócate el equipo, no tenemos mucho tiempo antes de partir y hay que ayudar a los demás con los preparativos del vuelo.
—No sé colocarlo y no quiero romperlo. — sentenció moviendo los hombros para que la mortificación en Jean calara más hondo. La intensificó cruzando sus brazos en su pecho.
—Te lo expliqué esta mañana, Braun ¿todavía te duelen los oídos por los golpes? Pensé que sanaban más rápido los de tu tipo. — por supuesto a Reiner no se le movió ningún pelo con su provocación y molesto Jean tuvo que acceder a colocarle las piezas del equipo junto con breves indicaciones. Si lo pensaba un poco más, seguramente encontraría humillante la situación.
—Esta mañana te limitaste a decir “hace esto y esto y esto”. Cuando terminaste de explicar cómo vestir el nuevo equipo ya me lo habías puesto.
—¿Ves? Es un sistema injusto el de evaluación de reclutas ¿cómo pudiste ser el segundo mejor? No sos capaz de memorizar un par de instrucciones como “flexiona tu pierna y estira”. — Reiner rodeó sus manos para ayudarlo a seguir la instrucción y estirar el arnés por su pierna.
—En realidad soy bueno siguiendo órdenes “precisas y ordenadas”, como ahora, me muestras y yo lo voy haciendo contigo, paso a paso, así se aprende mejor.
—No tenemos todo el día, además, vamos a morir, no servirá de mucho que aprendas a usar algo que no tendrás que volver a ponerte.
Reiner sintió la resignación en el tono de su voz, el fastidio por fin cedió ante la desolación. ¿Cuántas cáscaras tenía que romper para alcanzar el fondo de su tristeza? ¿Cuál era la forma de su corazón? El Jean recluta, el cercano a sus recuerdos, estaba seguro de que hubiese dicho esas palabras temblando.
—La guerra lo destruye todo— se lamentó Reiner revolviendo su cabello, lo había querido hacer desde que lo vio cabizbajo en el barco tras lo ocurrido en el puerto, desde que llegaron aquí y lo vio morderse los labios fastidiados mientras cumplía la orden de entrenarlo y se agachaba a extraer las piezas del equipo. También quería sostener sus manos y acariciar sus nudillos, extraer todo el dolor de allí con un gesto.
—Las personas. —Corrigió Jean ajeno a sus pensamientos, sacudiendo sus manos de su pelo con un movimiento de su cabeza— y ya no puedes hacer eso, mentiroso— gruñó, no sentía que fuera necesario aclarar y cualquier tipo de disposición contraria la había disipado con ese gesto. – Las personas hacen la guerra porque son idiotas —como vos, pensó— y no saben hablar— como yo, entendió sin sorpresa, ya lo sabe desde hace un tiempo ¿por qué lo había golpeado entonces?
—Tu sigues siendo ágil, y eres pesado— llamó su atención Reiner girándose para que sellara los arneses en su espalda y darle tiempo a encubrir sus ojos llorosos.
—Soy un maldito genio, ahora domino todas las áreas: propulsión, reflejos, agilidad, velocidad y finalmente, fuerza. Haría pedazos sin ayuda a tu acorazado.
—Estoy cansado de ver gente morir por mí, sería reparador morir bajo tu mano o por ti.¬ —Reiner salió disparado hacia un árbol cercano antes de que Jean pudiese procesar sus últimas palabras.
Él estaba rodeado de bastardos suicidas que querían cambiar el mundo. Estaba cansado de eso. Apretó su mango derecho para impulsarse y seguirlo. A esa distancia era fácil evaluar y corregir sus movimientos, en el primer alto que hicieron, cercano a la copa de un árbol de preciosas hojas cobrizas bajo el sol sujetó su mano izquierda y le mostró como gatillar a la vez que se preparaba para tomar otra dirección. Cómo contaba el tiempo para reducir la velocidad.
En el segundo alto le dijo que tenía la delicadeza de un elepante en el aire y Reiner, luego de reírse un buen rato, le enseñó a pronunciar correctamente el nombre de ese animal que solo conocía por un libro de su tiempo de infiltración en el continente. Avergonzado se alejó primero en el aire para mostrarle como moverse con destreza.
En el tercer alto, antes de que pudiese jactarse, Reiner le dijo que era lindo y ágil como una gacela. De nuevo disparó primero para distanciarse de sus tonterías.
En el cuarto alto, Reiner le dijo que si seguía habiendo mundo lo acompañaría a la selva. Pensarlo fue sorprendente. Anhelar algo le resultaba aterrador desque vio las costuras del mundo. Inmerecido. Un pensamiento desgarrador.
Ya demasiado sudado para seguir entrenando, hicieron la última parada. Notándolo repentinamente deprimido Jean lo besó. Estaba muy cansado para pensar de dónde vino ese impulsó. Pero dudaba tener tiempo para arrepentirse. Fue un beso lento y torpe, inseguro. Cocinado sobre tantos sentimientos contradictorios a lo largo de tantos años que se sintió como volver a respirar, qué hacía antes su cuerpo para vivir no tenía idea, pero ahora estaba muy seguro de que el aire entraba y salía de su cuerpo. Era como si una cuerda que oprimía su pecho se empezara a aflojar, le daba vértigo no saber qué haría sin ella anudándolo.
Después de apartarse con suavidad Jean le contó sobre los libros que trajo del continente y le confesó que le gustaría enfrentar a un león.
—Te cagarías en los pantalones, sigues siendo una gacela— Reiner pellizcó divertido su mejilla sin poder quitar su mirada de los labios hinchados por el largo beso. ¿Era eso lo qué había bajo todas las cáscaras? ¿Afecto incondicional? — Por suerte el nuevo Jean tiene mucho del viejo, guardó las mejores partes— agregó aliviado de descifrarlo mientras descendía del árbol para quitarse el equipo. La guerra no le había comido el corazón todavía. Saberlo suturó, un poco, su desgarro.
Esta vez Jean aceptó dejar caer sus escudos y le permitió ayudarlo a desprender sus arneses y retirar los protectores. Era sorprendente lo mucho que había crecido en los cuatro años que no lo vio. Quizás era más alto incluso. También ganó mucha masa muscular, debían tener casi el mismo peso. ¿Cuánto entrenó para poder moverse así en el aire después de un crecimiento tan notable? ¿De qué entraña había salido esa determinación?
—Soy dos centímetros más alto, puedo apostarlo. Y entrené todos los días con el mismísimo Levi.
—¿Cómo sabes en qué pensaba?
—Me estás midiendo con la mirada. O me quieres coger o quieres saber por qué me puedo mover así con mi tamaño— comentó ayudando a Reiner a retirar su equipo. — De un día para otro sentí que vivía en otro cuerpo, era igual de torpe que tú en el aire. Podría haber cambiado mi tipo de entrenamiento para fortalecer directamente mis habilidades de fuerza, pero no quería resignar mis otros talentos.
—En realidad pensaba en coger— mintió. —Podría ser una buena motivación en el campo de batalla. Mejor que ir a la selva. O podrían ser las dos cosas. —Ahora Jean no se opuso a que jugara con su pelo mientras agachado desligaba el arnés de sus piernas.
—Mas nos vale sobrevivir supongo. – Jean ordenó nuevamente las piezas del equipo en la caja, la levantó y emprendió el camino de regreso a su lado mucho más animado. – Olvida lo que dije hace un rato, no creas que voy a matarte o morir por ti. Más te vale hacer algo útil con tu titán si querés ser recompensado.
II
Cuando el humo de la batalla del cielo y la tierra se disipó y lo vio confundido a su lado, Solo pudo llorar mientras trataba de asimilar las palabras de Eren. Luego, Reiner lo abrazó, lo comprobó entero, real, vivo. La guerra la hacen las personas. Pero seguro pueden hacer muchas cosas más con el tiempo de historia que les toca.
