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Octavius o de la Amistad

Summary:

Oh, grandeza suya. Que se le fue otorgada como indulto a sus acciones encomendadas por el ave de cresta rojiza, mandatario de Marte. Mandato de un dios sediento de pasiones y conquista. Dueño de un designio que le obligó al levantamiento de armas contra los bárbaros de occidente. Con Venus recostada en sus brazos, Octavius comprende el propósito.

Notes:

Ubicado en un punto entre el final de la primera película y previo al comienzo de la segunda. Tomo como punto de partida elementos de sus representarías históricas. Soy consciente de la animosidad con la que son retratados en la película, pero siempre me cuestione de sus personas al comienzo del primer despertar. Tengan en cuenta eso.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En primer lugar, ¿cómo puede ser, como dice Enio, 'vivible' una vida que no descansa en la mutua benevolencia de un amigo? ¿Qué más dulce que tener con quien te atrevas a hablar todas las cosas así como contigo? ¿Qué fruto tan grande habría en las cosas prósperas, si no tuvieras quien se alegrara con ellas igual que tú mismo?

MARCO TULIO CICERÓN, LELIO O DE LA AMISTAD.

Oh, grandeza suya. Que se le fue otorgada como indulto a sus acciones encomendadas por el ave de cresta rojiza, mandatario de Marte. Mandato de un dios sediento de pasiones y conquista. Dueño de un designio que le obligó al levantamiento de armas contra los bárbaros de occidente. Con Venus recostada en sus brazos, Octavius comprende el propósito.

Son bárbaros, violentos en un conflicto desenfrenado. No existe organización. No hay rutina que seguir. Cada batalla es diferente, cada enfrentamiento difiere del contrario. Y, aun así, termina luchando siempre contra el mismo sujeto. Jedediah Smith, como se presentó en el pasado entre gruñidos furiosos y sangre brotando de su boca tras un insulto y un golpe certero de su parte, persiste en el campo frente a él. Eufórico como cada ocasión.

Existe una presión en lo profundo de su cráneo debajo de la gálea. Es un susurro atrayente. De emociones férvidas y bestiales. Es la presencia de Venus, que le dice al oído: « Ve bien a tu igual. Obsérvate a ti mismo ». Y tal cual Marte creyó por un momento caer ante la belleza de su enemigo, Octavius cree cometer el mismo error. Incluso así, con la vestimenta maltrecha y sangre brotando de su nariz, es atractivo. No puede negarlo. Siempre tuvo debilidad por las cosas brillantes. Y ante él, Jedediah es el mismo Febo.

Más sin embargo, se debe recordar que tiene un destino marcado. Gloria y conquista es lo que le depara. Es el propósito de la expansión de Roma. Roma y siempre Roma. En lo alto de una cornisa, un pájaro carpintero emprende su vuelo. Y Octavius entiende el designio. Guerra es entonces.

—¿Qué ocurre chico toga, comienzas a sentir la derrota? —dice Jedediah. Carece de sentido. De los dos, el que cuenta con mayor resistencia es Octavius, en contra parte, Jedediah parece que caerá ante un próximo suspiro.

 Extrañamente, lo motiva.

—Nosotros no conocemos la derrota. Fuimos creados para la grandeza.

Ignorando todo su alrededor, Octavius levanta los puños preparándose para el siguiente ataque. Pareciera un acuerdo táctico; ningún miembro de occidente se atreve a interferir entre las batallas de ellos dos. Se pregunta, si acaso Jedediah emitió la misma orden que él sobre no levantar un arma contra su némesis jurado. Puede verlo. De pie frente a una mesa de guerra. Pensando la siguiente táctica de batalla y al mismo tiempo dirigiendo cada elemento y recurso para apartarlos a ellos dos del camino.

Octavius lo ha hecho. Si uno de los dos ha de morir. Será su gladius la que saldrá triunfadora, no la de alguien más. 

—Si, bueno, no puedes jalarle la cosa al toro y esperar que te enseñe a bailar. Algunos de nosotros no nacimos con dos pies izquierdos.

—¿Qué…? —la incertidumbre dura solo un instante hasta que un puño impacta contra su mandíbula con tanta fuerza que lo derriba.

Desde el suelo, tocando con fuerza el área de la mandíbula que recibió el impacto y escupiendo un poco de sangre, Octavius cree escuchar la perorata consiguiente del común « Yee Haw » que suele usar el hombre. A su alrededor, el sonido se expande como un eco, recitado por cada residente de occidente. Es horrible. Humillante. Es completamente enloquecedor. Bárbaros unificados por un mismo propósito.

Las luces parpadean a su alrededor. La tierra retumba ante el paso de los gigantes que custodian los cielos. Los ignora. Se concentra en su némesis. En el hombre que despotrica contra seres monumentales de inmenso poder incitando a sus compatriotas a atacar sin miedo.

Jedediah no es su líder legítimo. Intentó enfrentarse al emperador de occidente las primeras noches de su despertar, y él deshonroso hombre se ocultó detrás de una pared invisible y cientos de mártires a su disposición. Aquí, en medio del campo de batalla. Jedediah es el jefe. La cabeza que lidera el ataque, que los une a todos en una sola voz. « Un igual », vuelve a susurrar la voz. Y dentro sí, Octavius se pregunta si, en otra vida, en otro tiempo, quizás hubieran sido aliados.

Mientras todos se dividen a su alrededor, unos tantos luchando contra sus enemigos naturales y otros contra los guardianes, Jedediah vuelve su atención a hacia él. Desenfunda su arma con una floritura al mismo tiempo que Octavius se reincorpora y desenfunda el gladio. Hay furia en sus ojos. Euforia también.

Octavius escucha el graznido de un ave. Roma no fue fundada en un día. Es testigo de eso. Requirió esfuerzo, sacrificio y sangre. Frente a él, Jedediah levanta en alto su arma. Un cañón que no cuenta con munición. Que no dispara; lo aprendió tras sus primeros encuentros. En cambio, es algo más. Simula una advertencia. Es la declaración de un ataque y al mismo tiempo una invitación. Octavius acepta. Levanta en alto su gladius. Una sonrisa manchada se expande en ambos rostros. Las luces vuelven a parpadear y desde lo alto del risco, el sol comienza a salir.

—¿Crees que en otra época hubiéramos sido amigos? —pregunta Jedediah. Décadas después de su primera batalla. Mucho después de aquel día que Octavius creyó escuchar a Marte y Venus murmurando en su oído.

Las cosas han cambiado. Él ha cambiado. La llegada del guardián Larry y la batalla por su libertad contra los anteriores guardianes ha traído consigo la eliminación de paradigmas antes establecidos. Marte permanece dormido. La voz de Venus, ella persiste.

En lo alto de una ventana, ambos esperan la llegada de la mañana. No podrán verla, por supuesto, pero disfrutan de la emoción anticipada ante el podría y el quizás. De cualquier forma, Larry tiende a deambular minutos antes de la salida del sol. Siempre pendiente de ellos dos. A veces se pregunta el porqué de sus indulgencias. En el ahora comprende que Larry no es un dios. No es un ser divino. Es un amigo. Sin embargo, el que les permita tener esta rutina tantas noches como problemas le provocan, es suficiente para mantener la comparativa.

—Jedediah, nos separaron cientos de años. Un milenio incluso.

—Vamos Octy, sígueme la corriente. Responde la pregunta.

« No », quiere responder. La lógica se lo dice. Incluso si sus tiempos hubieran congeniado, el choque de ambiciones hubiera entrado en conflicto. Una parte de él, la más barbárica ligada a su antepasado yacente dormido en la profundidad de su mente, le recuerda, siempre fue fanático de las cosas bonitas. Otra parte, la naciente en esta segunda vida y que fue moldeada en cera con el pasar de los años ante la perspectiva de nuevo conocimiento y entendimiento, se asquea ante la imagen que el primero le enseña.

Puede verlo, a Jedediah. Derrotado en medio de un campo de batalla. Forzado a ver morir a sus aliados y permaneciendo atado a un lado del trono desde donde Octavius dirige Roma y la creciente expansión hacia occidente. Como un trofeo. Sin ser un igual. Es una imagen horrible. Y todavía así, lo excita.

Dirigiendo la mirada hacia el interior del museo. Puede ver a las exposiciones transitar debajo de ellos. Observa a cada uno. Tan diferentes y al mismo tiempo iguales. Compartiendo sus culturas y tradiciones. De conversaciones triviales y pasiones efímeras. Entre el manojo de transeúntes, vislumbra la silueta del Pequeño Texas, el caballo de Theodore. Dicho hombre —p orque lo son. Tuvieron que pasar incontables y extrañas conversaciones filosóficas con Larry para comprender que se convierten en individuos propios al salir la luna — baja con elegancia de su corcel para tomar la mano de su interés romántico, Sacagawea.

Volviendo a Jedediah, Octavius ve el comienzo de una enternecida sonrisa. Se encuentra observando a la pareja. Danzando uno alrededor del otro entre comentarios amables y formales. Roosevelt es un caballero en casi todo. Quizás tal vez demasiado.

Entonces, otro paradigma cambia ante sus ojos. Ante la vista de la cabellera dorada de Jedediah brillando ante la aparición del sol naciente. A lo lejos, cree escuchar la distintiva voz aguda presa del pánico de Larry. Buscándolos seguramente, habiendo olvidado que los había dejado aquí. « No están aquí Lawrence », escucha por lo bajo, seguido de una maldición apenas retenida de los labios de Larry. Jedediah se gira hacia Octavius. Una sonrisa se expande en su rostro. Divertido por el caos que causaron.

La historia nunca ha sido concisa. Eso es lo que cree. Es el relato de los ganadores, de los conquistadores. Ya no forma parte de ese pasado. Las pasiones a veces vuelven, si, pero ya no se estancan como en su yo de antaño. Ya no añora la violencia con la misma pasión que su yo del ayer. Se recuerda, son individuos propios. Desde detrás de la ventana, un ave canta ante la salida del sol. Y si su yo del presente se hubiera encontrado hace cientos de años con el Jedediah del ahora, sabe muy bien qué ocurriría.

—Si, Jedediah, lo hubiéramos sido.

Oh, grandeza suya. Que se le fue otorgada como indulto a sus acciones encomendadas por el ave de cresta rojiza, mandatario de Marte. Mandato de un dios sediento de odio y conquista. Dueño de un designio que le obligó al levantamiento de armas contra los bárbaros de occidente. Con Venus recostada en sus brazos, Octavius comprende el propósito.

Notes:

Este escrito forma parte del «ElCastilloTenebrosoDelFanfiction» bajo las indicaciones del «Diccionario del diablo»: Boca, cañón e historia. Realmente me lamento por no haber participado en los tiempos de la convocatoria. Agradezco que se nos haya dado libertad de tiempo y que pude contribuir con un grano de arena. <3

Los dejo con el glosario de siempre. Un beso en el sombrero.

GLOSARIO
Pájaro carpintero. En la mitología romana, se le enlazaba con la presencia de Marte. Me es gracioso imaginar al Octavius de los primeros días creyendo que un ave aleatoria detrás de una ventana es un presagio enviado por un dios. Y mucho más divertido, que dicha ave tenga su nido ahí mismo, el mismo que por generaciones es ocupado por otra ave de su especie. Nuestro romano es un dramático, ¿qué puedo hacer?

Jerga vaquera. En la película animada «Night at the Museum: Kahmunrah Rises Again», Jedediah dice una frase bien extraña. A lo que Octavius le pregunta si acaso es un dicho real o si se los inventa. Jedediah responde que los inventa por que suenan «vaqueros». De los pocos chistes buenos que nos dejó la película, así que lo mantuve.