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Relato de un matrimonio desgastado

Summary:

Laurie vuelve a Concord después del rechazo de Amy y la muerte de Beth. En el buzón del bosque encuentra la carta de Jo y decide darle otra oportunidad a su relación. Se casan rápidamente y todo lo demás se vuelve un espiral de desconocimiento y arrepentimiento, eso, hasta que Amy regresa y tiene que enfrentar de nuevo la situación, ahora bien metido en un matrimonio desgastado que no debió existir.

Notes:

Inspirado por el reto My V4alentine Week de Facebook.
Día 1: Infidelidad (emocional)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Jo se casó con Laurie en una boda pequeña, íntima al pie del jardín de los Laurence. Finalmente habían cobrado sentido y decidieron darle una oportunidad al amor oxidado que se tenían y que se enfrió con el tiempo, el espacio y la distancia.

Al evento asistieron sus padres, el abuelo de Laurie y la familia de Meg. Amy no estaba en el país y la tía March estaba pasando una recuperación incómoda de su enfermedad en el cálido clima de Francia, probablemente consiguiéndole marido a su hermana ahora que tenía la oportunidad de hacer otra unión de valor.

De todos modos, fue una fiesta apagada. Había demasiadas cosas sin decir en el ambiente condensado de personas cercanas; podía ver la desaprobación en los ojos de su madre cada que hacían contacto visual; un sentimiento que no podía interpretar en los ademanes y gestos de James Laurence hacia Laurie. Meg era gentil, pero nunca había sido una buena mentirosa y se podía sentir su sorpresa por la premura de su unión a kilómetros.

Bebieron champaña y té hasta que su necesidad de normalidad estuvo saciada, hasta que los límites de sus mentes estuvieron borrosos y todo se volvió animado y divertido. Laurie fue el peor, sonrojado y nostálgico mientras nadie parecía notar su tristeza, sentado a la cabeza de la mesa y con su mano debajo de la de Jo, pero con su mente en otra parte.

Unirse era lo que siempre había querido, la eventualidad a la que todos sabían que llegarían, su destino pese a sus fuertes personalidades chocando entre sí. ¿Por qué se sentía como un error?

Todos ahogaron sus pensamientos en sus tragos y el pastel dulce y pretencioso de dos niveles y betún blanco.

La fiesta terminó rápido. Meg fue la primera en marcharse de la mano de John y de Demi, dándoles sus felicitaciones y una sonrisa demasiado perfecta como para ser completamente genuina. Marmee y Robert fueron los siguientes, y el abuelo Laurence solo hizo un ademán antes de dirigirse a su habitación bajo el pretexto de ser demasiado viejo para las fiestas.

Su matrimonio, desanimado y seco comenzó.

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Le costó mucho adecuarse a su nueva vida. A su mente le costaba asimilar que Beth ya no estaba, que Amy vivía al otro lado del mundo, que se había casado.

Fue difícil encontrar cosas positivas y una rutina cuando sabía que había hecho las cosas por impulso y no por quererlas realmente. Sin embargo, ya no podía hacer mucho al respecto, ahora era Jo Laurence y tenía que acostumbrarse.

Nunca pudo hacerlo, no completamente porque Jo siempre supo que no quería ser una esposa, pero ya lo era, era la mujer de Laurie, su mejor amigo; él merecía que al menos tratara sin importar lo poco que estaba en casa, el poco tiempo que pasaban juntos, lo distintas que eran sus rutinas, lo alejados que se sentían pese a compartir la cama, el desayuno y el apellido.

Lo intentó, de verdad lo intentó, pero no estaba en su naturaleza ser recatada, tener esa sumisión y servir. Ella era salvaje, terca y espontánea, no tenía material para ser una señora, no como lo era Meg, su madre o incluso Amy y se hizo a la idea con ello.

Siempre había temido casarse por los estándares hacia las esposas, sabía que incluso los hombres tan flexibles como Laurie tendrían peticiones y derecho a esperar un papel más hogareño de su parte, sabía que, si se casaba con alguien, esa persona esperaría que dejara su escritura o sus fuertes ideales, su independencia. Laurie no estaba pidiendo nada de ella, apenas hablaban y mientras se levantaba del comedor y se metía a su oficina, Jo se dio cuenta que eso era peor, porque era un signo de desinterés. Su mayor temor se cumplió, habían cometido el peor error.

Por mucho tiempo intentó regresar a lo que tuvieron, su amistad y confianza, las cosas que tenían en común y los hicieron encajar. Esas cosas se habían ido, ya no eran dos niños rebeldes, ahora eran adultos aburridos y resentidos.

Laurie bebía, apostaba y estaba metido en su despacho todo el tiempo. Tomó un papel más activo en la empresa de su abuelo, en su legado que había rechazado muchas veces antes. Jo no tenía inspiración, la muerte de Beth la había afectado profundamente, pero ella todavía no se atrevía a aceptarlo y exteriorizarlo. A veces se sentía tan sola que le dolía hasta en los huesos.

Jo se apartó de Laurie y Laurie se apartó de Jo. Lastimaba, porque era un vínculo que nunca pensó que se rompería, siempre creyó que tenían una amistad que duraría hasta sus últimos respiros.

No podía hablarlo con nadie, Beth ya no estaba; su madre le reprocharía lo que ella ya sabía, que había cometido un error; su padre, que estuvo ausente demasiado tiempo y tenía poco tacto y ese espíritu altruista que Jo admiraba y le gustaba, no entendería; por último, Meg, su confidente, ahora estaba ocupada con su propia vida, su propia familia.

En ocasiones pensaba en Amy, deseaba escribirle con tanta fuerza, pero nunca lo hacía. Jo había comenzado a entender a Beth, la necesidad de mantenerse en contacto y su dilema con no querer abrumar a Amy y arruinar su viaje con sus problemas.

Nunca pensó en ello antes, pero debió haber sido horrible enterarse de la muerte de Beth en una carta, saber que no había nada que pudiera hacer para tener un cierre y despedirse.

Si le hubieran hecho lo mismo, Jo guardaría mucho rencor y odio en su corazón; le daba miedo que Amy pensara igual que ella, que Amy la despreciara y no quisiera saber de ella y de su vida, así que nunca escribió.

Removió su comida con el tenedor y bebió lo que quedaba de café, de repente no tenía más apetito.

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Amy volvió a Concord en abril. El clima era agradable y el cielo despejado tenía un vibrante color azul esa tarde, la más bonita de esa primavera.

Europa cambió sus ademanes, algunos gestos y sus vestidos, pero Amy seguía teniendo esa infantil complacencia cuando veía las flores silvestres que crecían al borde de los caminos, o ese gusto por el té terriblemente dulce y el pan de naranja.

Jo la abrazó con ganas cuando la encontró sentada en su viejo sitio en la mesa, contándole a Hannah algo acerca de un platillo italiano que no podía importarle menos. Amy la abrazó de vuelta, apretando su espalda con fuerza y colocando su barbilla sobre su hombro en un ángulo que le permitió a Jo hundir su nariz en el cuello de su hermana, de aspirar el olor del hogar, la infancia y los viejos días, el aroma de la vida antes de desmoronarse.

Resultó que su regreso la animó y rápidamente se encontró cruzando todos los días el amplio camino entre la casa de sus padres y la residencia de los Laurence, "su casa", se dijo mentalmente; volviendo siempre al anochecer.

Laurie de repente tenía más trabajo que hacer en Boston, saliendo temprano y a veces pasando la noche allá. Jo apenas lo veía y sabía que era extraño tomando en cuenta la expansión de la empresa y los empleados recientemente contratados, pero no se metió, Laurie tarde o temprano le diría, siempre lo hacía.

Jo pasaba su tiempo libre con Amy, yendo al centro del pueblo de vez en cuando, leyendo juntas en la quietud reconfortante de su vieja sala de estar, de paseo muy temprano en las mañanas o al atardecer e incluso visitando la tumba de Beth cuando el clima o sus ánimos cambiantes y nostálgicos lo ameritaban.

Ellos dos nunca fueron particularmente cercanas, no del modo en que Jo lo era con Beth o Amy con Meg, pero se querían, y en esos momentos que pasaron juntas fue muy fácil reconstruir su relación de hermanas pausada y atenuada durante sus mudanzas lejos de Concord, trabajar en reparar su relación y estrecharla.

Era bonito, fácil y una distracción para su falta de vida marital, para su soledad y lo abandonaba que se sentía ahora que no tenía a Laurie como su amigo, sino como un esposo ausente y adicto al trabajo.

Esperaba que fuera una etapa de desconexión, algo que terminara antes de que Amy se fuera de nuevo, antes de que sintiera una soledad que ni siquiera su comprensiva madre o sus increíbles sobrinos podían llenar.

No es que le gustara pensar en ello, pero Amy tenía una vida fuera del país, tenía un sitio al que volver junto la tía March, un trabajo en la pintura que encajaba mejor con una ciudad glamurosa como París, no un pueblito como Concord. Ella se iría, era natural y sucedería tarde o temprano.

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Jo no le había prestado mucha atención a la falta de interacción entre Amy y Laurie, en los pocos momentos a solas que tenían o la falta de conversación directa cuando estaban en un lugar lleno de gente. Era extraño lo coordinados que estaban para no encontrarse de frente, para no convivir.

Hasta donde sabía, ellos habían pasado tiempo juntos en París, habían desarrollado un buen par de meses de amistad hasta que no supo del tema otra vez. Debía ser por una discusión y no por falta de interés, porque Jo vio un puñado de ocasiones en las que Laurie no pudo disimular que estaba observando a Amy hablar con William Dunn, bailando con algún viejo amigo o charlando mientras bebía champaña en la otra punta de la habitación.

Era curioso y ni siquiera se le ocurrió pensar en que, por primera vez, estaba disfrutando una de esas fiestas opulentas que rehuía como la peste. A Amy se le daban bien por lo que notó, por los momentos en que captó a Laurie espiándola desde la segura distancia mientras se desenvolvía con la soltura que solo París podía haberle dado.

Había algo ahí, en la atmósfera tensa y la distancia, en la coordinación silenciosa que tenían, el acuerdo de no volver a convivir. Podría preguntarle a Amy, pero lo lógico sería cuestionar a su marido, obtener respuestas de él antes de perturbar a su hermana.

Sin embargo, esa noche no dijo nada.

Jo decidió observar de lejos. Laurie parecía muy alerta de los movimientos de Amy y no quitó su mirada de la entrada cuando la mujer salió en compañía de una amiga suya por quizá treinta minutos. Sin embargo, su hermana no le dirigió ni una sola mirada a Laurie durante toda la noche, aunque pudo sonreírle a ella desde la distancia cuando su esposo se alejó brevemente de su lado en dos ocasiones distintas.

Laurie y Jo volvieron a casa no mucho después, acostándose lado a lado, incómodos, inquietos y con los ojos bien abiertos en el medio de la noche oscura, cortinas cerradas. Cada uno tenía su cabeza en otro lado, y en medio de la madrugada, con el silencio perpetuo de la masiva construcción, Jo no se animó a preguntar.

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Amy la invitó a tomar el té. No es que fuera un gesto extraño de su parte, pero tenía la sensación de que su hermana quería decirle algo y el té solo era su excusa. De todos modos, aceptó.

Se sentaron en el jardín, de un vivaz color verde, con la hierba crecida y los insectos zumbando a la lejanía. Era una mañana bonita, de aire cálido y húmedo y el ambiente invadido por el olor dulzón de algunas de las flores de su madre.

—¿Recuerdas a Fred Vaughn? —Amy le dio un sorbo a su té, con la mirada clavada en la copa de uno de los árboles cercanos.

—Sí, lo recuerdo.

—Nos encontramos cuando llegué a París —dijo con una tímida complacencia.

—Dijiste que algún día lo encontrarías en Londres —Jo sonrió ante el recuerdo, apartando la cucharilla de su taza de té e imitando a su hermana mientras bebía de la taza de porcelana.

—Fue mera casualidad, no sabía que estaba ahí.

—Pero ¿qué tiene que ver él aquí?

Amy giró su cuerpo a su hermana, dejando su té sobre la mesita de madera. No es que su hermana fuera una inmadura, los días de su niñez se habían quedado en el pasado, pero verla con tanta firmeza fue un poco extraño.

—Jo, estos últimos meses he estado en una relación con él.

—Amy...

—Nos vamos a casar, él vendrá por mí.

—Pero... ¿no crees que es un poco pronto? Quiero decir, apenas lo conocemos, no deberías apresurarte —Jo le dio una sonrisa débil. —No tienes que casarte si no quieres.

Las palabras se quedaron flotando en el ambiente lo que pareció más largo que solo el medio minuto que estuvieron en silencio. Había algo ahí, una verdad implicada en la respuesta esquiva de Jo; no quería desestimar los sentimientos de su hermana, pero tenía la espinita de que las palabras con las que la tía March intentó convencerla a ella primero y después a Amy seguían deteniéndola de buscar su propia felicidad, Amy ya no debía casarse por dinero sino por verdadera intención. Sin embargo, la propia naturaleza de ese pensamiento era que Jo misma se había sacrificado, aunque nadie, ni siquiera ella, podía admitirlo.

Amy le ofreció una sonrisa amable —Sé que esto es nuevo para ti, pero mi relación con Fred no es tan reciente como piensas. Estoy muy segura de esto.

—¿Por qué me lo dices a mí?

—Porque eres mi hermana, Jo, y te amo. Estos meses han sido estupendos y me alegra mucho que hayamos arreglado nuestra relación, que nos hayamos unido. Confío en ti y quería decírtelo antes de anunciárselo a los demás.

Amy le tomó las manos y le dio un apretón, su hermana era cálida y podía sentir la banda de oro en su anular izquierdo, un anillo que nunca había visto, pero Amy ahora portaba con orgullo y una sonrisa complacida.

Le devolvió el apretón y pasó su brazo sobre los hombros de Amy en un abrazo flojo. Confiaba en su hermana, había sido una niña un poco consentida, pero se convirtió en una mujer fuerte y de carácter y eso era lo que importaba. Ella era inteligente, sabía lo que hacía y muy en el fondo, Jo sabía que la tía March pese a ser crítica con las demás, tenía en muy alta estima a su hermana. Si no fuera una buena idea, la tía March no habría dudado en anteponerse.

Pasaron el resto de la tarde en el jardín, bebiendo té, comiendo pastelillos que Hannah preparó y contándose pequeñas anécdotas de sus momentos separados, a veces recordando historias de su infancia. Fue esperanzador, aunque un poco triste, pensó Jo mientras caminaba de regreso a la mansión Laurence bajo el cielo estrellado.

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No podía sacarse las palabras de Amy de la cabeza. "Fred Vaughn", escuchó cosas buenas de él de parte de la rubia, pero sabía que necesitaba conocerlo de verdad antes de aceptarlo para llevarse a su hermana, a la única persona que la anclaba a los buenos días de su juventud.

Decidió no ir a verla esa mañana, de todos modos, Amy le había comentado sus intenciones de visitar a Meg ese día, y Jo simplemente no tenía ánimos de lidiar con el ruido de los niños, no hoy.

Acomodó su postura en el sillón y releyó por décima ocasión el tercer renglón de la página. No lograba concentrarse en la trama o siquiera entender las palabras. Cerró con fuerza las tapas de cuero del libro y lo dejó sobre su regazo. Su ceño estaba fruncido y mordía su labio con fuerza mientras miraba a través de la ventana.

—Jo, pensé que estarías con tus padres —Laurie la saludó desde la entrada de la habitación, recargado suavemente sobre el marco de la puerta antes de notar a su esposa distraída. —¿Pasa algo?

Jo no sabía qué contestar, pero pronto se animó, haciéndole un ademán a Laurie para que se acercara y se sentara en la silla junto a la suya. Mientras caminaba en su dirección, Jo notó la sonrisita en los labios de su esposo, casi como el gesto de su versión joven, perezoso y animado. No se veía tan feliz desde hacía algún tiempo.

Laurie se dejó caer en la silla, haciendo un sonido aprobatorio por el cojín mullido mientras giraba su torso hacia Jo.

—Tú conoces a Fred Vaughn, ¿no?

El semblante de Laurie decayó y sus labios se apretaron en una línea fina. Jo no entendía por qué, hasta donde sabía, eran amigos, fue por eso que los presentó mucho tiempo atrás.

—Lo conozco —asintió.

—¿Qué puedes decirme de él?

—Jo, ¿qué sucede? ¿A qué se debe tu interés por Fred?

—No es nada malo si es lo que te preocupa, solo estaba recordando el día de la playa —se sentía un poco culpable por mentirle, pero no era su deber decir las noticias de Amy si no estaba preparada todavía, con suerte, no guardaría mucho tiempo el secreto y pronto la familia sabría de su compromiso con Fred, el anillo que le dio no era precisamente discreto.

—Está bien —Laurie frunció sus cejas antes de suspirar y recargarse contra el respaldo. —Fred es el heredero de los Vaughn, tiene tres hermanos, Frank, Kate y Grace. Está en el negocio con su padre y pasa mucho tiempo entre Suiza, Londres y París debido a su trabajo. Honestamente no sé qué más decirte, no hemos estado en contacto por un tiempo.

—Oh, gracias, supongo.

—¿Necesitas algo más?

Jo negó con la cabeza, jugueteando con la tapa de su libro todavía sobre su regazo —No, eso es todo.

Laurie no se fue, se quedó junto a ella mirando hacia el jardín. Se habían acostumbrado al silencio, pero su conversación fue bienvenida en el sentido de que, incluso breve, se sintió como las interacciones que tenían antes. No era lo mismo, pero era algo.

—Sabes, Teddy, la tarde es muy bonita, ¿por qué no vamos a dar un paseo?

—Creo que es una buena idea, Jo —dijo estirando su mano y apretando su antebrazo.

Salieron de ahí y se incorporaron al camino entre su casa y Orchard House. Desde las afueras podían ver el lugar vacío, inmerso en una quietud poco propia del lugar.

Resultó que pasaron un buen rato. Visitaron un páramo y pasaron de regreso por un tramo del bosque, cerca de donde se encontraba el buzón de madera, medio desvencijado y sorprendentemente en pie a pesar de los años y la poca experiencia en carpintería de Laurie en el momento en que lo hizo.

Fue un momento conciliador, aunque Jo empezó a reconocer lo obsesionada que se encontraba con su niñez, casi como si no la hubiera podido superar, como si no pudiera olvidar esa etapa por más crecida que estuviera, a pesar del tiempo pasado.

Todo era distinto ahora, aunque en sustancia las cosas se mantenían igual, Laurie y Jo, el par improbable de chiquillos inseparables ahora en la piel de dos adultos unidos por el matrimonio. Laurie ya no era el alma juguetona y animada que solía ser y Jo perdió su frenesí terco y salvaje.

Sin embargo, esa tarde, después de meses insulsos y apenas tiempo juntos, hubo entendimiento y una conexión real, y, aunque estaban fracturados y había cierta tensión e incertidumbre, se sentía como el inicio de algo, un comienzo bienvenido de quizá retomar esa amistad que dejaron suspendida tiempo atrás.

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A Jo le gustaba pensar que tenía un papel permanente al margen de la vida de las personas, había cierta comodidad en ser una observadora, en no intervenir en la rutina de los demás. Creía que era algo útil para su escritura, adoptar conversaciones de otras personas y pequeñas tramas para añadir drama a sus historias.

Estaba sentada en uno de los sofás de la sala de estar de sus padres, había una reunión familiar y nadie pareció notar su ausencia en el comedor. Se encorvó sobre sí misma, con una pluma entre sus dedos mientras se obligaba a escribir algo, lidiando con un bloqueo del que no pudo salir desde la muerte de Beth. A veces pensaba en rendirse, pero le había prometido a su hermana que seguiría escribiendo cuando ya no estuviera y algún día tendría que dar el paso.

Suspiró y apartó el papel. Laurie estaba en el jardín delantero jugando con Demi y todos los demás estaban arremolinados en la cocina cálida y llena de los olores del pan recién horneado, el pollo y alguna fruta de aroma fuerte.

Amy no había llegado todavía y probablemente tenía algo que ver con el regreso de la tía March a Concord, con la misteriosa emoción por recibirla y negarse a que cualquiera la acompañara. Jo no quería hacer suposiciones, pero estaba considerando que Fred llegaría por fin a verla.

Ayudó a Meg con algunas cosas en la cocina y se apartó para lavar los platos cuando notó la pila creciendo y creciendo. Normalmente no se ofrecería, pero había algo terapéutico en la sensación del agua y el olor a jabón.

"Aún tengo el toque" pensó cuando del carruaje ruidoso, salieron Amy, la tía March y la voz masculina de Fred, con su acento marcado y característico audible hasta dentro de la casa. Se secó las manos con una toalla y fue a la entrada a saludar.

La tía March estaba más vieja de como la recordaba, pero se veía fuerte y con buena cara pese al cambio de horario, clima y su enfermedad. Fred estaba ahí también, de pie junto a Amy y vestido con un traje oscuro que combinaba con la falda del vestido de su hermana. Estaba casi igual que la única vez que se vieron, simplemente con el rostro más maduro y una barba rubia bien recortada enmarcando su rostro pálido.

Saludó a su tía y dio un apretón de manos a Fred. El hombre se veía contento junto a su hermana, aunque de cierto modo desentonaba un poco entre la multitud de rostros conocidos de la casa.

Jo escaneó el lugar y frunció el ceño, Laurie no estaba por ninguna parte, no al menos cerca de ahí.

Entraron al salón y poco después vio a su esposo saludando a la tía March y a Fred a regañadientes, muy a la fuerza por la manera en que sus cejas estaban juntas o su firmeza al darle dos golpes al hombro de Fred, casi como si quisiera golpearlo de verdad.

Sus sospechas regresaron nuevamente, y toda la tarde se dedicó a observar las interacciones de los demás. La familia había recibido muy bien la presencia de la tía March y estaban siendo bastante receptivos con Fred. Hablaron durante toda la comida y el postre, pero ni una sola vez pudo ver a Laurie relajado, en realidad, lucía bastante incómodo a su lado, jugando con la comida con sus cubiertos hasta que fue razonable escapar de ahí, casi al anochecer.

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—¿No quieres buscar las flores para los arreglos entonces? —Amy le preguntó desde su lugar en uno de los sillones. Fred se estaba hospedando con la tía March y su hermana iba a visitarlos casi cada día para arreglar las cosas de la boda ahora que sus padres les habían dado su bendición y comenzaban a tenerle afecto a su prometido.

Ahora estaba sola, Fred estaba en Boston con John y la tía March no había salido de su habitación, ni siquiera para desayunar con ellas esa mañana. Solo había un par de empleados deambulando por ahí, un jardinero y dos mujeres que limpiaban y mantenían atendida la cocina.

—¿Eh?

—Estás distraída. Si no quieres hacerlo hoy, está bien, podemos buscar flores otro día.

Jo negó con la cabeza —No, lo siento.

—¿Te pasa algo? —Amy estiró su mano hacia la frente de Jo y la tocó suavemente. —No tienes fiebre.

—Es solo que... Amy, ¿qué sucedió entre Laurie y Fred?

El color en el rostro de Amy desapareció y sus ojos bien abiertos confirmaron sus sospechas.

—Jo...

—Amy, por favor.

—¿Laurie no te lo dijo?

—¿Decirme qué?

—Ven, vamos a la otra habitación.

Amy tomó firmemente la mano de Jo y la arrastró hacia la oficina de su tía, apartada y desprovista de gente, dándoles privacidad, cosa que encendió las alarmas de Jo. No debía ser tan malo, al menos se trató de convencer.

—Cuando estuve en París, me encontré por casualidad con Fred. La tía March estaba extática y yo estaba halagada de que alguien como Fred estuviera interesado en mí. Empezamos a pasar tiempo juntos y en ese momento, Laurie apareció también. El Laurie de París era diferente, tenía el corazón roto y estaba dolido por tu rechazo, así que empezamos a pasar el rato en el hotel o en los jardines de por ahí.

—¿Qué sucedió?

—Jo, no sé cómo decírtelo.

—Necesito saberlo...por favor.

—No pasó nada propiamente entre Laurie y Fred —Amy se removió incómoda en su sitio antes de suspirar. —Había rumores de que Fred me propondría matrimonio y era un hecho que yo diría que sí. No sé cómo llegó a esa conclusión, pero Laurie en algún momento pensó que era buena idea pedirme que me casara con él y evidentemente lo rechacé.

Fue visible el cambio en Jo, cómo sus ojos se abrieron con sorpresa y su mano cubrió su boca. No sabía qué sentir, pero estaba sobrepasada porque todo empezó a tener sentido, era como si las piezas estuvieran cayendo en su lugar.

Amy entrelazó sus manos echa un manojo de nervios—Escucha, pensé que lo sabías, creí que Laurie te lo diría, de otro modo, lo habría hablado contigo. Quiero que sepas que lo que tengo con Fred es serio, Jo, estoy enamorada de él y él lo está de mí, y Laurie...ustedes estaban destinados a estar juntos.

—Destinados, sí...—murmuró Jo

—Jo, ¿estás molesta conmigo? —preguntó Amy.

—La vida es demasiado corta como para estar enojada con una de tus hermanas —le dio una sonrisa pequeña, pero tranquilizadora. Claro que estaba dolida y molesta, pero no con Amy, sino con Laurie, con la vida, las decisiones que tomaron y cómo resultaron las cosas.

Su matrimonio jamás fue completamente transparente, pero nunca había sido tan evidente como en ese momento. Si, no había sido justo que ella le escribiera esa carta a Laurie cuando sabía que no lo amaba de manera romántica, no tanto como él merecía, pero él nunca había mencionado esa parte de su pasado, sus intenciones de casarse con su hermana y luego, volver a casa y casarse con ella en su lugar.

Nada de eso era bueno, así que acortó su estadía con Amy asegurándole que no tenía nada en contra de ella y se marchó. Dio un paseo para serenarse e incluso tomó un desvío a la lápida de Beth, silenciosa, polvorienta y con hiedra creciendo sobre ella.

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Volvió a casa más tarde, saludó al señor Laurence y marchó los escalones de madera hasta la sala de música que Laurie había adaptado como su espacio. Tocaba los acordes armoniosos de una melodía que Jo nunca antes había escuchado y que se sentía trágica y triste, el piano llenaba el silencio del corredor y por eso, Laurie no la notó cuando entró.

El lugar estaba un poco desordenado, con papeles regados por todas partes, lápices y algunos libros de partituras desgastados. Tomó una de las páginas a sus pies, había notas musicales y algunos garabatos sin sentido. Laurie estaba en el piano, con los ojos cerrados mientras tocaba con avidez y pasión el instrumento antiguo.

Hacía mucho tiempo que lo había dejado, se notaba por las notas perdidas y sus movimientos oxidados. Recuerda que cuando le preguntó, Laurie le dijo que, en un mundo de genios, él tenía un talento medio. Jo no lo había entendido, no hasta esa tarde, hasta su plática con Amy, hasta que supo del camino de aceptación que pasó su hermana en París, hasta que conoció el asunto entre ella, Fred y Laurie.

Ahora era tan evidente, Laurie estaba enamorado, terrible e irremediablemente enamorado, pero no de ella.

Laurie paró de tocar, respirando pesadamente mientras anotaba algo en un papel, todavía sin notarla ahí con él en la habitación.

—Necesitamos hablar, Laurie.

—Ahora no, Jo. Estoy terminando esto y es importante.

—¡Vamos a hablar ahora, Theodore Laurence!

Laurie se giró con extrañeza, no había escuchado ese tono de voz demandante desde hacía mucho tiempo, claro que lo encontró raro, pero no pudo decir nada porque Jo se veía realmente molesta frente a él, empequeñecida por los techos altos de la habitación, pero con su ceño fruncido, rostro sonrojado y ojos salvajes.

Cerró la tapa de su piano y ordenó un poco las partituras, pero Jo no se movió.

—¿Qué pasa, Jo?

—¡¿Cuándo se suponía que me ibas a decir sobre lo tuyo con Amy?! —Jo era una mujer muy bonita, pero apuntándole con el dedo y su furia contenida daba miedo.

—Así que Amy te lo contó...

—Lo hizo, me contó cómo le pediste que se casara contigo antes de volver. ¿Pensaste alguna vez en decírmelo? ¡Laurie, soy tu esposa, estamos casados!

Laurie se burló —El matrimonio es algo de dos partes. Dime, Jo, cuando escribiste esa carta, ¿me amabas de verdad? Y no me refiero a nuestra amistad, ¿estabas enamorada de mí?

—Eso no es lo que pregunté.

—¡Entonces estás siendo injusta! A este matrimonio entramos los dos engañados.

—Laurie...

Laurie mordió su labio, su semblante derrotado de pie en el centro de la habitación. No era un hombre que usualmente llorara, pero estaba tan triste ahí, conteniendo sin éxito las lágrimas, con sus ojos rojizos y dolidos.

—Lo siento tanto, Jo.

—También lo siento, Teddy.

Jo fue la primera en acercarse, enrollando sus brazos larguiruchos y delgados alrededor del cuello de Laurie, dejando que la coronilla del hombre se posara sobre su hombro, encogido y llorando por lo bajo en su abrazo apretado.

Acarició su espalda de arriba abajo en un movimiento constante y reconfortante. Jo también lloró, pero fue más una consecuencia de todas las cosas que de saber que Laurie no estaba enamorado de ella. Lloró por la pérdida, por las mentiras y su amistad fracturada, pero fue catártico.

Laurie se apartó primero, tallando sus ojos con la manga de su camisa blanca, dejándose caer de nuevo en el banco del piano.

—No puedo creer que dejáramos que esto nos pasara —confesó Jo con las manos en su rostro y el cabello despeinado en direcciones extrañas por los tirones que se dio en medio de su discusión. Se sentía más ligera que en mucho tiempo, aunque de cierto modo había pasado un proceso largo e incómodo para lograrlo.

—Yo tampoco, Jo.

Ambos suspiraron, eran tan similares que fue prácticamente burlesco que no se dieran cuenta antes de lo equivocados que estaban.

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Amy se casó en Concord contra todo pronóstico. La tía March y un puñado de familiares de Fred asistieron al evento, así como amigos de los March y algunos otros socios de los Vaughn que radicaban en Estados Unidos.

Fue una unión animada en todo sentido de la palabra, llena de música alegre, mesas al aire libre, finas telas y mucha gente. Había arreglos florales frescos, comida deliciosa y una chispa en el ambiente que no se volvió a sentir en el lugar nunca más.

Desde una mesa lateral y con vista a buena parte del jardín, Jo y Laurie se limitaron a sentarse, viendo con distintos ojos la unión. Jo estaba feliz por Amy, por que hubiera logrado un final feliz, por ceder al amor en un mundo en donde casi todo era estrategia y practicidad; Laurie, por otra parte, se encontraba lamentándose en cada trago de licor que bebía, en el gusto a frutos rojos de la tarta o en el sonido de esas armoniosas piezas musicales que lo torturaban en cada acorde.

No prestaron mucha atención al entorno ni a los demás asistentes, pero Marmee y Robert parecían felices desde sus lugares junto a los novios y James Laurence, conviviendo con los hombres Vaughn, parecía sereno y relajado, con movimientos suaves mientras cedía a la conversación y la convivencia, mientras besaba suavemente la mejilla de la novia y palmeaba el hombro del novio.

La fiesta se alargó mucho más de lo esperado y Jo y Laurie se marcharon al anochecer, dejando atrás a toda su familia y a casi todos los asistentes que dijeron estar pasando un rato ameno en esa celebración tan especial y llena de amor.

Desde la distancia segura, Amy los saludó efusivamente del brazo de Fred, despidiéndose con una complacencia que no era producto de la ocasión opulenta, sino de su nuevo título de esposa de Fred. Jo correspondió genuinamente y Laurie fingió no ver el ademán, después, ambos caminaron de regreso a casa.

Al filo de la noche, la historia de un encantador matrimonio feliz comenzó.

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Jo se fue temprano a la cama, pero Laurie decidió quedarse despierto. El lugar estaba silencioso y la oscuridad reinaba el ambiente de su oficina. Había ciertas zonas en donde la luz de la luna se derramaba, al menos lo suficiente para que él pudiera servirse uno, dos, tres tragos sin derramar el whisky.

Había cesado bastante su consumo de alcohol, pero había algo particularmente doloroso esa noche que ameritaba su inconsciencia, los movimientos flojos y poco precisos de cuando estaba ebrio, la suavidad que solo la bebida podía ofrecerle. No quiso pensar en ello, así que bebió y se sentó en el alféizar de la ventana abierta, con sus piernas colgando hacia el exterior mientras encontraba un ángulo en el que su vaso no cayera.

En esa tarde, en esa noche, se hizo realidad lo que temía. Ya podía admitirlo, Amy March era una Vaughn ahora y él no pudo hacer nada al respecto. Incluso si lo hubiera intentado, estaba medio convencido de que no habría resultado.

Laurie no quería considerar un universo en el que hubiera hecho las cosas bien, en el que hubiera cortejado correctamente a Amy y no hubiera huido de regreso a los brazos amistosos de Jo. El pensamiento le quitaba el aliento y lo hacía sentir perdido, inútil.

Pero en la privacidad de su mente dormida, a veces soñaba que la tenía.

Tomó dos copas más y caminó con dificultad hasta su habitación en penumbras. Jo estaba dormida de lado, enfundada en un horrible camisón de algodón. Laurie ni siquiera trató de cambiarse y se hundió en las cobijas calentitas, boca arriba y con la mente despierta pese al alcohol corriendo en su sistema.

No sabía cómo había vivido tanto tiempo sin notar sus sentimientos por Amy, como nadie parecía haberse dado cuenta.

Tomó su libreta de música de la mesita de noche y escribió, no una novela como Jo, no tenía ese talento después de todo, sino que garabateó lo que pareció un pedazo de canción.

Era obvio lo que sentía porque estaba visible ahí, en la ópera triste que creó, en la heroína de cabello dorado y vestido azul. En la manera en que anhelaba a Amy desde la distancia, en sus pensamientos durante el día y en sus sueños durante las largas madrugadas. La deseaba tanto que le dolía físicamente, muy profundo en su pecho sentía que el aire le faltaba y muchas veces se encontró tratando de hacerse camino hacia ella como si su corazón no fuera consciente de los caminos que habían elegido, como si no estuviera casado y tuviera la opción de hacerse un espacio en su vida.

Había huido de París por los recuerdos de la mujer cuando lo rechazó, pero se escapó de Londres porque ahí había un mundo de posibilidades, porque en cada esquina, en cada calle bonita o museo, veía la oportunidad perdida, lo que pudieron haber sido.

Volver a Concord fue una decisión consciente para obtener distancia, para quitársela de la cabeza. También había vuelto por la pérdida de Beth, pero mentiría si dijera que Amy no fue la razón principal.

Amy estaba condenada a ser un pensamiento privado de su cabeza, siendo una realidad en los rincones más alejados de su mente, en donde prevalecía su esperanza, en donde una realidad juntos existía. Sin embargo, eso no iba a pasar y lo sabía, él ya estaba casado con Jo y Amy estaba unida para siempre a Fred Vaughn, enamorada de él.

Estaría feliz por ella si no fuera un egoísta, si no la hubiera perdido por sus malas acciones en París. Ahora, en ese momento mientras cerraba su libreta, veía que había perdido también a Jo. Su indecisión le costó al amor de su vida y su falta de sinceridad le costó a su mejor amiga.

Estaba condenado, pero había hecho las paces con ello. Pasaría un tiempo antes de recuperar a Jo, pero nunca recuperaría a Amy ni se recuperaría a él mismo, a la persona que fue en el momento en que se enamoró.

Amy olía a las florecillas de primavera, al té del verano, a las calabazas del otoño y al chocolate caliente que solían tomar en el invierno, antes de saber lo mucho que la vida cambiaría.

Se sintió culpable mientras rodaba sobre su costado en la cama, en su mente, él estaba con Amy, no con Jo que suspiraba a su lado en medio su sueño pesado. Era un sentimiento agridulce, pero los días felices de su niñez habían acabado y esa explosiva y espontánea relación con Amy estaba enterrada en el pasado, en un momento del tiempo específico, en las peculiares calles de París, en las grietas de las calles de Europa y sus historias de amor muertas.

Notes:

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