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Ésa mañana de otoño el café de Keishin se había servido con noticias desagradables. El tabaco le supo más áspero y, el humo, engrosado y seco, le instalaba un picor en la garganta tal que parecía un virginal con su primer cigarrillo.
Habían apalabrado una cita a ciegas dentro de los próximos dos días. Solos él y otra jovencita de familia respetable, derecha y bondadosa según las descripciones de su abuelo, quien habría de llamar usando el número de casa, un truco bajo para hacerle coger el teléfono apresuradamente; ahora, enterado y sobrio como mandaba su costumbre a ésas horas, Ukai aceptó, aunque de manera simbólica, pues todo estuvo diseñado para confirmar su participación una vez acorralado entre los esfuerzos de un abuelo preocupado y la fortuna y bendición de un hallazgo irrepetible como la de aquella jovencita.
Keishin se sintió, de pronto, muy envejecido, ¿cómo así que ninguna oportunidad de unión afectiva se presentaría en lo próximo de su vida? ¿qué tenía él que había convertido en una suerte milagrosa la aparición de alguien con esas dotes? ¿es que no podía ser el indicado de nadie tal que necesitaba de la piedad de un ángel como su abuelo para resolverlo? Después de hacerse preguntas y no responderse apropiadamente, tomaba, pues, la culpa de todo. Con seguridad, ése olfato de sabueso de su abuelo había distinguido una nota especial en el cambio que expresaba. Keishin estaba más presente, su carácter enojoso había encauzado en actividades fructíferas, presumía paciencia, pasión renovada, hablaba mucho, dormía plácido y comía copiosamente, se jactaba de su cultura despierta y de su espíritu abundante y ligero.
La juventud en flor restalló en cara de su abuelo, que tampoco quiso permanecer quieto. Y por sus prisas, no comprendió lo que le sucedía a su nieto.
— Déjalo estar, hombre —le había dicho un anciano vecino que ocupaba sus días mirando a los nietos echando carreras en el patio colindante. Eran tan bulliciosos como numerosos— es a su ritmo, no al tuyo.
— Eso dice usted, que ya tiene nueras y tantos niños alrededor que no debe recordar ni sus nombres —rió Ikkei.
— Que no te asuste su vitalidad, amigo —le recomendó con una sonrisa afable y las endebles canas brillándole como plata al sol—, mis nueras son más jóvenes que tu nieto, es verdad, y adoro a mis pequeños, son los únicos que me escuchan, pero cuando pienso en sus padres y sus vidas, me siento triste. Quizá ése joven tuyo no quiere vástagos y tú sin saberlo.
La última insinuación del anciano vecino, enrevesada para sus oídos, sembró terror en Ikkei, que no veía terminar allí una descendencia como la propia y, como si la muerte ya estuviese royéndole los talones, recopiló datos de las mujeres casaderas en las proximidades. Al tratarse de un pueblo, se informó a discreción por allí y allá con rapidez. Ninguna relación era distanciada o desconocida para las familias asentadas. La red de su conocimiento actual, donde cada nudo influenciaba la hechura del siguiente, como lo hacían los registros de sus pesquisas, tomaron por sorpresa a su nieto, que se había dejado absorber por el equipo de vóleibol, Karasuno, al que daba alas para él mismo volverse un sedentario.
Keishin sobó su cara, plantado en su asiento de la tienda. Habían clientes indecisos repartidos por los pasillos, haciendo chácharas triviales y sumando a sus montones en las canastillas; Keishin observaba el espectáculo del cigarrillo consumiéndose allí entre los dedos, con serpenteos lánguidos de humo sin aroma, de ceniza que cae fría y blanquea. Pensaba. «De casarme, ¿qué seguiría? ¿hijos? ¿una casa aquí mismo, como mi padre?» Chasqueó y prendió un nuevo cigarrillo. Volvió a pensar. «Estás yendo muy lejos, ¿qué pasa si no le gusto a ella? ¿y si yo, personalmente, lo estropeo y todo termina en el caldero de chismes del pueblo? ¿éso le enseñaría una lección?» Dio una calada liberadora, la única del día, sonriendo cual si lo supiera aun antes de hacerla: una historia absurda y llena de traspiés es mejor que la verdad cruda pululando. No importará cuán trucada termine o de qué manera se enmarañe en la red, nadie podría señalarlo más que de estúpido y sus coloridos matices. Nadie admitiría que algo extraño había en todo aquel circo, porque nadie querría un rumor de ése tamaño en derredor de su propia existencia en el pueblo.
Se masajeó la nuca saludando a la clientela que se acercaba para saldar sus cuentas.
♥
Cuando se hizo hora y Keishin acudió al gimnasio de la escuela, su presencia pronto le pareció descartable. Shimizu y Yachi ultimaban los detalles de las jugadas y sus desperfectos, los fenómenos 9 y 10 practicaban concienzudamente, Tsukishima era tutelado por su capitán, Azumane refinaba saques junto al siempre fiel Nishinoya y un largo y positivo etcétera.
Quizá sí era tiempo, pensó, y el aire se le iba en suspiros. Desapegarse un poco del Karasuno e intentar, para beneplácito de su egoísta abuelo, un estilo de vida donde dos participan de ella. Gruñó renegándose. Ése no era problema. De hecho, quería probar una vida así, pero con Takeda y cuando éste lo deseara también. Se reprendió vivamente en su fuero interno: «¿y por qué no le preguntas si primero quiere salir contigo? Digo, como una persona comúnmente lo haría.» Oteó a donde el profesor que atendía una cuestión con Sugawara, sentado a las bancas. Debía tener la cara en fuegos, pues Tanaka se le acercó diciendo:
— Oiga, ¿tiene calor o necesita cagar?
Keishin, fúrico, hizo carcajear al equipo con su atronadora voz en respuesta. Takeda pareció contento de oírle enérgico puesto que venía escrutándole desde su llegada y no le parecía que se encontrase de buen humor. Temió saberlo enfermo, pero ahora se convencía de lo contrario.
— Ukai, ¿cómo estas? —dijo, y se paraba junto a él.
— Estoy bien —refunfuñó alisándose el pecho del uniforme.
— Eso me alegra mucho —Takeda se hallaba tan cerca, que los brazos de ambos no podían moverse sin tocar el ajeno—, los muchachos parecen estar en perfecta forma hoy.
— Más les vale. Los resfriados y alergias están a la orden del día —carraspeó, tomando de a poco en poco el dominio de sí mismo.
— Están cuidándose —Takeda sonrió con paternalismo—, como les sugeriste.
— Yo diría que sólo algunos me oyeron —rió Ukai— los otros cuentan con ellos para protegerlos.
— Es un triunfo completo —convino el profesor.
— No les des tanto crédito. Cuando menos te lo esperes, te humillarán olvidándose cómo leer.
Takeda se rio junto a él. El sano barullo de los muchachos, entonces, ya no escocía en su corazón como al principio. Con otra lente observó, en compañía del profesor, lo bien que hablaba de ellos ésta extraordinaria práctica.
Aunque los pensamientos sombríos todavía orbitaban a Ukai, se sintió provisto de las motivaciones para verles un cariz diferente. Ittetsu seguía con la mirada cuanto sucedía en la cancha sin apartarse, como un pilar donde tomar descanso. Tomó provecho de ésto para iniciar un movimiento:
— Takeda... —llamó.
— Entrenador —respondió.
— ¿Por qué no estás casado?
— ¿Qué te hace pensar que no estoy viendo a alguien? —dijo, enarcando una ceja. El volcán de nervios en Ukai no le hicieron ver su actuación:
— ¿Lo está?
— No, Ukai, bromeaba —Takeda se ajustó las gafas, meditabundo:— ¿sucede algo, vas a proponerte?
— ¡No! —dijo con atropello—, es que tengo curiosidad.
— Bueno, Ukai, pasé muchos años ocupándome de mis intereses —contestó, y un balón rodaba hasta sus pies; acuclillándose para cogerlo, añadía—, y comprendo que es un poco tarde para preocuparme por eso.
— ¿A qué te refieres?
— Existe una tradición —Yamaguchi se acercó a trote llevándose luego el balón jadeando un gracias— que yo decidí desafiar. No soy un rebelde que buscó desmantelar al matrimonio, sólo he fallado en mi propia búsqueda del amor. Lo subestimé. Yo pensé que era un algo con lo que tropezaría mientras perseguía mis sueños. Resulta que no hay nada gratuito. Fui egoísta. Pasaron los años y sigo habituado a mi soltería.
— ¿Eso significa que vas a darte por vencido? —preguntó Ukai, visiblemente consternado.
— No lo sé —sonrió abochornado—, ser un profesor de escuela media no tiene un atractivo vistoso y, pese a no gustarme, estoy incluido hasta la médula en un sistema social que no permite grandes sacrificios por amor. Se terminaron los juegos y la toma de riesgos sin repercusiones.
Ukai padeció de su respuesta. Era deprimente. Takeda no solo tenía ambos pies en la tierra, sino que se había sepultado poco a poco. Impacientado, decidió refutarle:
— Quizá sólo haga falta que mires con más atención.
Ittetsu se volvió a verle intrigado. Ukai agregó:
— Sí, creo que tienes razón. Nada es gratuito, pero tú tampoco has dejado de dar.
El profesor advirtió un tironcito en sus dedos. Prefirió no mirar para guardar discreción, pues valoraba ése ímpetu de Kei en asir la iniciativa, conservando el instante para ambos y nadie más.
— ¿Todavía crees que es muy tarde? —musitó Ukai, cabizbajo, enlazando delicadamente sus manos.
Takeda no le ocultó la sonrisa entristecida, aunque no le encaró. Delante de él tenía a Nishinoya haciendo rabietas junto a la estrella, que yacía a la par de Tsukishima, ambos extenuados, medio dormidos. Lo necesitaba de vuelta en la cancha, decía, todavía quedan cuarenta minutos de práctica, gemía.
«Vaya. Mi abuelo me arregla una cita a ciegas,» se dijo Ukai, suspirando, «y yo no le he pedido una a Tetsu cuando ya estoy hablando de algo como casarnos: ¡muy gracioso! Ah, qué va a pensar de mi...» Keishin afianzó su mano, pensando: «¡y bueno, ahora, qué de diferente hay entre ese viejo y yo! ¡nada! Puse empeño en esperar, en hacerme un camino, en inventarme las palabras si así lo requería, para decírselo, solo decirle cuánto lo quiero.» Nada de aquello maduró. Le habían cortado como un pimpollo cuyo viaje final es reposar en floreros de agua oleosa, tibia y fétida, oprimido y a oscuras.
— No. Ya no.. —le respondió Takeda, dejándole anonadado:— y-yo creí que nunca... pero ni siquiera estoy seguro de cómo se siente...
Ukai, en sus cavilaciones, no se percató del estado en que había dejado al profesor al pronunciar su última pregunta. Abatido de las impetuosas emociones que le despertaron sus significaciones subrepticias, dejó salir una débil llantina.
Ésto atrajo las atenciones de los muchachos, que se señalaban con los ojos unos a otros.
— ¡Shimizu! —le llamó Ukai, ofreciendo un refugio a Takeda en sus brazos.
— ¡Sí! —ella atendió con mucha seriedad. Recibió la orden de mantenerles ocupados. Él saldría en compañía de Takeda, obvió, y nadie más podría hacerlo mientras tanto: «Volvemos enseguida», reiteró.
Fuera, Keishin se disculpó formalmente y desveló sus motivos en la pregunta. La llamada de su abuelo de prefacio, y, como coronario, su secreto.
— ¿Te gusto, Ukai? —pronunció Ittetsu con las mejillas enrojecidas, apaciguada la pequeña crisis.
— No somos unos críos, Takeda —rió él, lastimeramente—, yo no diría tan simplemente que "me gustas"... aunque sí que es verdad. Me gustas.
El profesor se devolvió, pues, a sus brazos, musitándole con dulzura:
— Dime que te gusto, Ukai, que te gusto como nadie más.
— Me gustas, Tetsu. Me gustas —le dijo y su voz, tejiéndose en los cabellos brunos de Takeda, fue como una caricia.
— Perdona que me saliese de control. Prescindí tanto de esos pensamientos que...
— Está bien. Pude decírtelo como deseé. Gracias por esta segunda oportunidad.
La risa queda del profesor lo reconfortó. Ukai tragó, envalentonado, y agregó:
— ¿Tienes una respuesta para mi?
— Sí, Ukai.
— ¿Quieres decir...? —respondió Ukai, incorporándose y verle de frente.
— Tengamos una cita —contestó, sonriendo en anticipación al evento:— intentémoslo.
La ceremonia de clausura, que despidió a la generación del pequeño gigante de Karasuno, rezumaba algo especial; Ukai podía paladear el néctar de su alegría, la savia amarga de sus tristezas. Esperaba por verles al costado de un genuino tropel de amigos en el ancho patio del recinto. Takeda había presidido y Ukai conocía cada una de las comas en su adiós. Entre ambos no se hablaba de otro asunto, era encantador verle dar vueltas por el salón de casa, tomando anotaciones según una brisa de inspiración le pasaba delante de los ojos. Se trataba de sus retoños, después de todo. Ukai le procuraba té, bocadillos y besos. Nada le faltó, sobraron más bien lágrimas.
Cuando Hinata llegó pegando brincos y carreras, Sugawara, junto al entrenador, también lo hizo. Verlos en acción empujó al resto a seguirlos, a excepción de Tsukishima, que mugía en ascos y vergüenza.
Takeda pasó de los muchachos apiñados a mitad del patio y se reunió con Ukai. Tenía las mejillas bañadas, tampoco podía hablar. Keishin le abrazó fuertemente.
Era también su segundo aniversario como novios.
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Después de la cita acordada que su abuelo habíase impuesto, Ukai hizo una amiga. La joven también era una docente; ambos no charlaron de cosa distinta. Ella, sarcástica, compartió su frustración en la embarazosa operación de sus abuelos y se rieron para olvidar. A partir de entonces, fue asidua a la tienda de conveniencia, lugar en que se amistaría con Takeda por igual.
Empañado el juicio con el fracaso, su abuelo montó en prolongadas cóleras. Keishin desatendió sus reclamos hasta que Takeda le invitó a contentarse con él diciéndole:
— Han pasado meses, Kei —meses que se ponían de manifiesto una vez se acordaba que, los muchachos de tercer año, estaban a siete días de su acto de clausura—. Hizo mal no consultándote en su convenio, pero es momento de decirle que al final triunfó.
Era el sí. Ukai no pudo guardarse su felicidad, día en que su abuelo pareció más oscurecido en resentimientos.
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La tarde que Keishin anunció la súbita llegada del invitado, su pareja, el abuelo Ikkei vestía informalmente, no se había duchado o afeitado; sintiéndose traicionado, extralimitado en desconcierto, supo, en suma, cómo fue ser su propio nieto el día en que, usando su autoridad, le comprometió a un encuentro. Un despique pueril mas espinoso en su estado de ánimo, que le puso a sentarse con propiedad a la mesa y pasarse una mano por el cabello.
— Buenas tardes, Ukai-san —saludó, desde el portal un hombre pequeño que le pareció familiar.
— Abuelo, él es Takeda Ittetsu —terció Keishin poniéndose en pie junto a él.
— Gracias por recibirme, es un gusto —dijo el profesor, inclinándose lentamente.
Su abuelo les miró como una estatua con las manos en las rodillas, sopesándolo todo. Keishin no pudo penetrar en su pensamiento, pero no tuvo miedo. Los cerezos pintaron la escena como un bello cuadro de contemplación que Takeda desarmó sonriendo. Finalmente, Ikkei respondió la cortesía en silencio reclinando su cuerpo con solemnidad.
Cual si tomasen breves turnos para moverse, Takeda se sentó a la mesa y colocó un paquete que desenvolvió frente a los dos hombres. Había comprado un pastel para merendar con té. Olía delicioso, lo que despertó su apetito. Takeda, viéndoles, inmediatamente preguntó por la cocina.
— No se contenga —dijo a Ikkei—, comience sin nosotros, ya traigo el té.
Mientras comían y escuchaba de Keishin los pormenores del profesor, a su abuelo le pareció que amaba incluso su manera de roncar y escupir el suelo, aunque no contase con los motivos para imaginar que hiciese ésto último. Era un hombre cortés, dócil y receptivo, algo más propio de un poeta, un diletante de las pequeñas bellezas en el ordinario, sin remilgos. Pronto adivinó ésa misma frescura y afabilidad que su nieto había traído hasta él por contagio y se sintió saciado de tés y dulces y vida.
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Hinata y Kageyama, pues, desde la competencia, ensalzaban su promesa a un año lejos de Karasuno cuando Takeda y Keishin decidieron encaminar sus existencias mudándose en conjunto en las lindes del pueblo, algo que hizo rezongar a Ikkei. En una visita rutinaria y no por ello penosa, expresó abiertamente una preocupación que a Takeda le hacía reír de terneza: ¿qué hay de sus hijos? Keishin, para responderle llana y simplemente, le llevó hasta el jardín posterior, donde un enjambre de muchachos al sol discutían un partido de vóley impar.
Su abuelo observó un segundo, lo que se demoró en descifrar el mensaje, y se golpeó la frente sin guardarse una carcajada. ¿Cómo no esperó aquello? Estaba volviéndose viejo y lento, admitió. Su herencia, por su justicia y amor, dejaría una fragancia que florecería incluso en el polvo.
Las adversidades parecíanle menguadas si les veía juntos; Ittestu y Keishin, Keishin e Ittetsu.
Con un ejército así, se decía con vanidad, quién iba a decirles nada.
Los ex-Karasuno, halagueños y rebosantes de lozanía, reconociéndole, le pidieron mediar en el juego. Festejaban la llegada de la temporada vacacional y el sol ardía en sus remates.
