Chapter Text
JJ MAYBANK
Aceleré el paso en cuanto vi que la profesora estaba a punto de cerrar la puerta. La señorita Taylor me mira con advertencia en cuanto estoy a su altura. Lo sé profesora, la próxima vez me levantaré antes. Le sonrío poniendo cara de niño bueno y ella abre la puerta, dejándome entrar. Todos se quedan mirándome pero enseguida se fijan en la profesora y le dan los buenos días. Ruedo los ojos, me agobiaba verlos con los libros sacados, los cuadernos abiertos y los bolígrafos en las manos, dispuestos a copiar todo lo que la profesora dictara o escribiera. Por dios, eran las ocho de la mañana, ¿por qué tenían que ser tan responsables desde tan temprano?
La chica que se sienta en la fila de al lado mía, se gira a mirarme en cuanto suelto la maleta sobre la mesa de manera brusca. Es Siena Hardy, una de las chicas con mejor media del instituto. Cuando no está con la cabeza metida en un libro estudiando, la puedes encontrar en el salón de actos realizando obras de teatro. Tiene una obsesión con las artes escénicas desde que era una niña, por lo que lleva inscrita en el grupo de teatro del instituto desde que entró. De hecho, a veces me pregunto si no fue ella misma la que lo creó.
Siena Hardy vive en la misma calle que yo, pero nunca nos hemos dirigido la palabra. Bueno, miento, sí que lo hemos hecho, pero solo un par de veces. Todo porque nos tocó hacer un trabajo juntos hace unos dos o tres años. No salió muy bien la experiencia. Ella es demasiado cuadriculada y perfeccionista con respecto a los estudios. Y yo... pues no, la verdad. Me ponía de los nervios tener un mensaje suyo siempre en el teléfono preguntándome si ya tenía lista mi parte del trabajo porque, supuestamente, teníamos que tenerlo hecho a tiempo por si acaso pasaba algo. Ella era demasiado puntual y yo optaba siempre por entregarlo todo a última hora, así que hazte una idea de cómo fue esa combinación. Aunque todo tiene su lado bueno al fin y al cabo, porque acabé aprobando, pero no repetimos.
La miro y le hago un gesto con la cabeza en dirección a la profesora, la cual ha empezado a explicar el apartado que vamos a ver hoy y, le sonrío de manera burlona. Sé que está distraída y le va a joder. Ella sigue mi mirada hacia la profesora y la mantiene unos segundos, viendo a lo que me refiero. Noto que se sorprende, al verla alzar sus delgadas cejas y, darse cuenta de que no está prestando atención a lo que la profesora está diciendo, lo que es un golpe bajo en su postura de alumna super atenta y responsable. Vuelve a mirarme con la cara más seria que jamás le había visto y sus ojos gritándome que la culpa era mía por entretenerla. Se coloca bien en el asiento, agacha la mirada a su cuaderno y lo abre, dejándome ver su perfecta caligrafía y su perfecto orden y, empieza a copiar como si fuera un robot.
Una de las cosas que sabía de Siena es que saltaba a la mínima y eso hacía que me partiera de risa. Lo descubrí cuando estuvimos haciendo el trabajo juntos. Esa fue la primera vez que pude conocer a Siena de manera más cercana porque, aunque fuéramos vecinos, no nos movíamos por los mismos entornos. Estábamos en la biblioteca, buscando información entre los miles de libros con miles de páginas y, que estaban empezando a hartarme. Ella no paraba de lanzarme miraditas por encima del hombro amenazándome con que prestara atención pero yo, para molestarla, hacía todo lo contrario. Todavía recuerdo su cara roja como un tomate cuando la bibliotecaria la mandó a callar por hablar demasiado alto. Tuvimos que salirnos porque se moría de la vergüenza, decía.
Aquel recuerdo hizo que una carcajada naciera desde lo más hondo de mi garganta, obligándome a taparla con la mano, en un intento por que no se me escuchara. Pero, para mi mala suerte, obtuve lo contrario logrando que me saliera una especie de bufido. Mi mano permanece en mi boca ocultando la sonrisa cuando vuelve a girarse para centrar su atención en mí. Sus ojos, grandes como los de un gato, me miran entrecerrados, analizándome en busca de la gracia de todo aquello. Le sostengo la mirada también, reprimiendo la carcajada que amenaza con salir en cualquier momento. El contacto dura poco segundos, niega con la cabeza y eso hace que, su perfecta cola cogida en lo alto de su cabeza, se mueva lentamente de un lado a otro. Un gesto muy sutil pero que me deja ver una parte de un tatuaje en su nuca.
Vuelvo la mirada al frente poniendo, o al menos intentándolo, todos mis sentidos en la explicación de la profesora. Ella está ya mirándonos cuando yo lo hago y puedo apreciar, de nuevo, una mirada de advertencia. Siena también parece notarlo y se coloca en su asiento con las piernas cruzadas y la espalda tan recta como un palo. Sé lo que significa la mirada de la profesora. No te paso ni una, puedo leer en su cabeza. Como si estuviera dentro de ella. Y es que digamos que no he tenido una semana fácil, me han llamado la atención demasiadas veces y sé que como haga algo, me mandaran al despacho del director. Ya lo han hecho una vez esta semana.
En mi casa, las cosas con mi padre no me van muy bien y eso hace que lo refleje en el instituto. Me saca de mis casillas pero sé que no puedo hacer otra cosa más que callar y obedecer, aunque sus órdenes no tengan sentido alguno porque va tan borracho que no es capaz de crear una frase con sentido.
Miro mi reloj y veo que aún queda una media hora de clase. Resoplo cansado. Todavía tengo que aguantar el resto del día. Apoyo mi barbilla en la palma de mi mano y mi vista se va de nuevo hacia la figura de la chica de los apuntes perfectos. Entrecierro los ojos al ver que una idea se me pasa por la cabeza. La clase está siendo demasiado aburrida y yo necesito un poco de diversión para mantenerme despierto. Abro el cuaderno que tengo encima de la mesa, que no he tocado desde que lo saqué y, arranco un trozo de papel para escribir en él.
"No sabía que doña apuntes bonitos tenía un tatuaje"
Sonrío al ver lo que he escrito y arrugo el papel en forma de bola. Confirmo que la señorita Taylor esté de espaldas y la lanzo, con una perfecta puntería, en dirección a Siena. La veo soltar el bolígrafo molesta encima del cuaderno y cerrar los ojos, como si estuviera contando hasta diez para tranquilizarse, ¿veis lo que os digo?. Me mira de reojo y deshace la bola de papel con rapidez por debajo de la mesa para evitar que la profesora la pille. De verdad, es que era super gracioso verla entrar en crisis. Arruga el ceño cuando consigue ver lo que escribo y suelta un bufido como el mío de antes. Agarra su bolígrafo y escribe en él con rapidez. Levanta la cabeza para mirar que la señorita Taylor sigue a lo suyo y lanza la bola de papel de nuevo hacia mí. Sonrío al ver que me ha seguido el juego.
"No nos conocemos apenas, ¿por qué ibas a saber que tengo un tatuaje?"
Esta vez suelto una pequeña carcajada para que solo ella se entere. Puedo notar que está tensa, lo que significa que está justo a un paso de que mi juego la saque de quicio.
"No sabía que tenías esa faceta de chica mala"
Vuelvo a enrollar el papel en una bola y se lo lanzo. Lo coge y vuelve a leerlo. Sonríe y eso me hace sonreír a mí. Escribe en él y vuelve a lanzármelo.
"Hay muchas cosas de mí que no sabes"
Sonrío y escribo.
"¿Estás bien? te noto un poco desconcentrada, ¿no te estás enterando de la clase?"
Ella alza la mirada y me mira como esperaba. Con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Le he dado donde más le duele. Puedo leer un capullo en sus labios pero no me da tiempo a contestar cuando la profesora alza la voz.
—Señor Maybank, ¿hay algo que quiera compartir con el resto de la clase? —pregunta la señorita Taylor con cara de pocos amigos.
—Para nada, señorita Taylor —contesto con mi tono más inocente.
—Y usted señorita Hardy, ¿desea compartir algo con el resto de la clase? —pregunta dirigiendo la mirada unos centímetros a mi lado.
Siena abre los ojos de par en par y levanta la cabeza del cuaderno para mirar a la señorita Taylor. Mira a su alrededor y comprueba que todos estamos pendiente de ella, incluido yo. Sus dos manos se colocan agarrando el bolígrafo y lo aprieta un poco debido a los nervios. Me muerdo el labio conteniendo la sonrisa. Empieza a negar con la cabeza hasta que consigue articular palabra.
—No, señorita Taylor —responde con la voz algo temblorosa.
—Me gustaría que los dos me acompañasen al despacho del director en cuanto acabe el día, a ver si así él consigue enterarse de lo que hablaban entre ustedes —dice la señorita Taylor juntando sus manos a la altura de su barriga.
—Pero... —intenta rebatir Siena.
—No hay nada más que hablar, ¿de acuerdo?
Siena asiente y se encoge en su asiento. Yo también asiento y la profesora vuelve a la explicación. Abro el cuaderno y me obligo a mi mismo a copiar y prestar atención. Aunque no puedo evitar que mis ojos se fijen de vez en cuando en Siena, que no ha vuelto a levantar la cabeza de los libros desde la llamada de atención.
—¿Entonces te han castigado? —pregunta John B mientras bota la pelota.
—No, o sí, algo así. Ya sabes —respondo con la vista fija en la pantalla del móvil.
Mis mejores amigos y yo nos hemos venido al patio al ver que teníamos la última hora libre. John B nos había convencido de quedarnos esta hora para entrenar un poco para el partido del fin de semana y, como yo tengo que quedarme por estar castigado, nos ha parecido la mejor opción. Aunque el que está entrenando es él. Pope está liado pasando a limpio sus apuntes de física y yo estoy sentado al lado, con mi teléfono en la mano, mientras miro a John B, de vez en cuando y, le doy unas indicaciones en cuanto a las posiciones.
Les estoy contando lo que ha pasado esta mañana en clase de la señorita Taylor con Siena y todo lo que ha desencadenado mi absurdo jueguecito. Pope levanta la vista de su hoja cuadriculada y me mira con las cejas alzadas, dejándome ver su cara de asombro. Digamos que Pope es como Siena, demasiado perfectos y obsesionados con los estudios, aunque Pope no es tanto como ella. También tiene una de las mejores medias del instituto y tiene programada una entrevista para acceder a una de las universidades más solicitadas. Todo lo contrario a John B y a mí.
—Te has lucido, hermano —dice John B después de encestar.
—No se te ha ocurrido algo más... no sé... ¿adulto? —dice Pope mirándome con gracia.
—Eran las ocho de la mañana, era lo más coherente que se me ha ocurrido, ¿vale?—digo defendiéndome—. Además, parece que se ha divertido.
—Oh sí, le habrá encantado —apunta Pope burlón.
—Cállate —digo dándole un leve empujón.
—¿Y ahora qué? —pregunta JB.
—Ahora tocar llorarle un poco al señor Robins para que no me expulse —respondo mientras me coloco la maleta en el hombro—¿os veo luego en la playa? —ambos asienten— Me las piro, no quiero más castigos por haber llegado tarde.
—Nos vemos, tío —se despide John B.
—Sé educado —me advierte Pope.
❋❋❋❋❋❋
Siena llega puntual a la sala de espera que está fuera del despacho del director Robins. Que está formada únicamente por dos sillas de cuero y una mesita de madera, a uno de los laterales, con papeles haciendo referencia al bullying y las sanciones que conlleva el incumplimientos de las normas. No me mira cuando se sienta, se cruza de brazos y mueve la pierna nerviosamente, fijando la vista en el suelo. A diferencia de mí, para ella es la primera vez que está aquí. A no ser que tenga que ver con los agradecimientos por su buena conducta, sus buenas notas y supongo que con la buena acogida al grupo de teatro, no lo sé. Yo, en cambio, he estado aquí más veces de las que debería, tantas que creo que al señor Robins no le hace falta preguntarme qué he hecho esta vez. Digamos que los estudios y yo no nos llevábamos bien, no me gusta sentarme a estudiar y tener que vomitarlo luego en el examen. Solo estoy esforzándome todo lo que puedo para poder conseguir mi título académico y poder centrarme de una vez por todas en lo único que me apasiona, el surf.
El surf es algo que llevo en las venas desde pequeño, mi madre siempre había sido un amante del agua y, desde que era prácticamente un crío y ya podía mantenerme de pie solo, me había estado enseñando gran parte de lo que sé ahora sobre este deporte. Siempre tengo recuerdos de ella obligándome a levantarme a gritos desde la orilla después de haberme caído por no haber cabalgado en condiciones una ola. De estar bajo los días de lluvia en la playa entrenando y amoldando mi físico para poder tener mejor técnica. Por lo que si quiero dedicarme en cuerpo y alma a esto, necesito tener buenas calificaciones para poder entrar en una de las escuelas más prestigiosas de surf y de ahí conseguir hacerme un hueco en las competiciones y conseguir ser uno de los mejores surfistas a nivel mundial. Siempre estoy entrenando. Da igual la hora que sea o el tiempo que haga, siempre vas a encontrarme en la playa cabalgando olas hasta que el cuerpo me pide un descanso. Soy una persona bastante constante a la hora de los entrenos, me cuido la alimentación e intento siempre hacer ejercicio cuando no puedo presentarme a surfear físicamente en la playa. Lo convertí en una extensión de mi cuando mi madre me abandonó y es algo que me ayuda a sobrellevar que mi padre sea alcohólico.
La voz del director llamándonos desde el otro lado de la habitación, hace que Siena se levante de manera repentina, nerviosa. En cambio yo, me levanto con desgana del asiento. Me adelanto al ver que se ha quedado congelada delante de la silla y doy un par de toquecitos en la puerta. Cuando nos permite entrar dejo que Siena pase primero. El señor Robins alza la mirada de los papeles, los cuales supongo que son nuestros expedientes académicos, en cuanto cierro la puerta detrás de mí. Siena saluda educadamente y yo me acerco con la sonrisa más inocente hacia las sillas de enfrente de su escrito y donde mi compañera se ha sentado ya. Este niega de nuevo y alterna la mirada entre Siena y yo.
El señor Robins lleva en este instituto desde que entré. Es un hombre regordete con un bigote que parece no tener fin. Desde hace un par de años ha empezado a llevar unas gafas redondas al estilo Harry Potter pero que a él no le favorecen nada. Así que intento no pensar mucho en ello mientras esté echándome la bronca. Deja los papeles encima de la mesa y entrelaza sus manos encima de estos. Me mira seriamente y yo, quizás, me encoja un poco en mi sitio. A nadie le gusta que el director esté todo el rato pendiente de ti. Y es mi segunda vez aquí. En una semana. Luego pasa la mirada a Siena, que tiene las mejillas sonrojadas y cara de que parece que acaba de ver un asesinato y la policía va a interrogarla. Tiene las dos manos debajo de sus muslos y mueve la pierna de manera nerviosa. El director le sonríe pero eso no parece tranquilizarla. Entonces, vuelve a dirigirse a mí.
—Señor Maybank, otra vez aquí, esto es una gran sorpresa —dice con ironía.
—Sí, ¿verdad? —respondo soltando una risita nerviosa.
—No quiero ni saber que ha hecho esta vez.
—Nada malo, se lo prometo.
—Lo que sí me sorprende es verla aquí, señorita Hardy —dice mirando a Siena, que ha dejado de mover la pierna en cuanto el director le ha nombrado.
—No he hecho nada malo, se lo prometo. No llame a mis padres, por favor —suelta de manera apresurada, apenas sin respirar, juntando sus manos en frente de su cara como si estuviera rezando.
—No creo que sea necesario llamar a su padre, puede estar tranquila.
—Gracias a dios —murmura echándose para atrás en el asiento.
—¿Qué ha pasado para que la señorita Taylor os haya mandado a los dos a mi despacho? —pregunta con interés el director, alternando la mirada entre nosotros.
Siena me mira y yo la miro a ella. Nos quedamos así durante unos segundos, como si nos estuviéramos enfrentando mentalmente por ver quién va a hablar y que va a decir. Entonces abre los ojos y hace un gesto, apenas apreciable con la cabeza. para que sea yo el que hable y le relate todo al profesor. Tengo que contener la sonrisa al verla tan nerviosa. Cagona, pienso.
—Ha sido idea mía, señor Robins. Estaba aburrido en clase y vi que Siena estaba a mi lado, por lo que le mandé un papel en el que le preguntaba si le estaba pareciendo entretenida la clase —puedo sentir la mirada de Siena sobre mí, calculando si lo que digo es verdad—. Hemos intercambiado un par de mensajes y entonces la señorita Taylor nos ha pillado.
—¿Puede dejarnos a solas unos minutos, señorita Hardy? —dice el director después de escucharme atentamente.
—Sí, por supuesto —Siena se levanta, coge su maleta y sale del despacho del director.
El señor Robins vuelve a mirarme en cuanto Siena ha salido de la habitación. De nuevo, niega con la cabeza pero puedo verle una pequeña sonrisa formándose en la comisura de sus labios.
—JJ, no puedes seguir así, ya lo hemos hablado.
Me siento derecho y me paso las manos por mis muslos de manera nerviosa. Desde que empecé a portarme un poco mal, el señor Robins siempre ha tenido mucha paciencia conmigo. Las primeras veces fui demasiado duro con él cuando desde un principio solo intentaba ayudarme. Hasta que una vez si que me pase, lo reconozco, se me fue demasiado la broma y fue cuando el director me dio mi primera advertencia grave. Le conté entonces que es lo que estaba pasando en mi casa, aunque no fuese excusa que justificase mis acciones, por aquel entonces mi yo pequeño lo achacaba a eso y creí que lo mejor era decírselo a él.
En cuanto se lo conté pude verle una mirada de tristeza en los ojos y me sentí mal, porque yo no quería que eso implicase algún cambio en mis futuros castigos, incluso en ese mismo. De hecho le pedí que aquello no afectara a las consecuencias de mis actos. Él me miró durante unos segundos y luego me dio mi castigo, bien merecido, por cierto. Tuve que quedarme por las tardes a limpiar la sala del comedor y sacrificar mis horas de entreno de surf pero quería demostrarle al señor Robins que yo era una persona que cumplía con cualquier castigo que me fuera a poner.
De ahí en adelante, pude ver en el señor Robins una figura paterna, alguien que se preocupaba por mí. Porque a pesar de que mi padre estuviera presente en mi vida, no ejercía de padre como tal. El señor Robins me preguntaba cuando podía que tal iba las cosas y si podía ayudarme en cualquier aspecto lo hacía, o lo intentaba, porque a veces no le dejaba hacerlo. Sentía que estaba abusando de su generosidad.
—Lo sé, señor Robins. Le prometo que esta será la última vez.
—Eso me dijiste hace dos días, JJ —dice con un poco de sorna.
—Esta vez lo digo en serio.
El señor Robins me mira durante unos segundos. Resopla. Se echa para atrás en su asiento, que cruje por el peso y se levanta para colocarse a mi lado en el escritorio, apoyado en el.
—Quiero proponerte algo. Cómo ya hemos probado varias veces con castigos y bueno, no es que haya hecho mucho efecto, voy a inscribirte en el club de teatro —abro los ojos al escuchar lo que ha dicho.
—Pero...si yo no sé actuar —respondo con confusión.
—Por eso mismo, aprendes algo nuevo mientras conoces a gente.
—Señor Robins, no es por hacerle sentir mal pero...no me gusta el teatro y creo que no va a resultar eficaz conmigo.
—¿Sabes una cosa, JJ? —dice poniéndome una mano en el hombro— sé que escondes algo ahí que no dejas salir a la luz y creo que, a través del teatro, vas a poder afrontar tus preocupaciones y sacar la mejor versión de ti. Porque la hay, pero aún no has dejado que se explote del todo.
—Señor Robins...
—Si no, me va a obligar a tomar medidas más severas, señor Maybank. Y se que para usted el surf es algo muy importante, ¿no es así?
Aparto la mirada de su figura y la centro en los papeles que tiene encima del escritorio. Son nuestros expedientes académicos y en el mío puedo ver demasiadas hojas, si le añade una más, tengo muy difícil entrar en la academia. ¿Me lo estoy pensando?, tiene toda la pinta. Parece una buena oferta pero tampoco puedo evitar pensar en lo que me espera en los próximos meses. Tener que convivir en un entorno del que no sé nada y del cual forma parte Siena. La cual no es capaz de mirarme a la cara y que voy a tener que aprender a sobrellevar su perfeccionismo y sus nervios por tenerlo todo en orden y correcto. Y sumándole, ya que estamos, que no nos llevamos muy bien. Creo que si no me odiaba ya, lo hace ahora.
—¿Qué me dices? —vuelve a preguntarme el director.
