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Live Through This

Summary:

«And if you live through this with me
I swear that I would die for you»

En uno de sus tantos descansos, Roberto —intenta— hidratarse su triste boca que tanto le duele. Nando, por su parte, lo único que hace es observarlo; sin haberse preparado una coartada y con la ligereza que lo había mantenido vivo por tanto tiempo.

Notes:

Lo subiría a Wattpad; pero reconozco que al siguiente amanecer ya tendría que ir precipitándome para festejar el funeral de mi humilde cuenta. A quien lea - gracias

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El par de inexpertos escaladores habían arribado, tras días de emprender aquella odisea tan fantasiosa como extenuante, a unas largas anchuras que hacían proseguir el rocoso valle hasta un riachuelo de esperanza en la lejanía casi nebulosa. 

A pesar de que no era menos difícil que manejar su andar por la vertiginosa superficie nívea, le hacía competencia lo sereno. La corta visión de Parrado estaba más que satisfecha con lo que yacía en frente porque; por fin, habían dejado atrás las capas y capas de nieve y también las piernas avasallantemente atrapadas por la presión de cada singular cristal de hielo. 

Habían deliberado que querían descansar, y principalmente tenía una inclinación a complacer aquel deseo ya que Roberto lo había amedrentado con plegarias no muy amistosas. Bien que podrían ser las tempranas dos de la tarde, pero, amurallados entre dos naturales hileras de piedras, el sol no les pegaría tan directo.  

Percibirse acalorado era extraño en demasía luego de aquella insólita ventana de tiempo, y lo único que deseaba por un momento era deslizarse fuera de alguno de sus pantalones y luego cerrar los ojos, pretendiendo que sus resabiados pies llenos de callos en los costados removían arena que levantaba en la brisa antes de pisar la zona intermareal y así saltar a darse un chapuzón en la Playa Mansa. Ninguno de los dos parecía tener interés suficiente en usar las piernas: era, después de todo, la peor hora de luz, aquel momento en el cual su madre se preocuparía si no usaba una camisa y lo retaría el resto del viaje porque sus hombros pelechaban igual que cada verano.  

Volver a la realidad si aislaba sus sentidos sería demasiado doloroso de sobrellevar. Sus ojos se estrujaron — algún día procesaría que su madre no estaba en vida, pero ese no era el día correcto. 

Sentado sobre el pastizal, se despojó de sus medias a sabiendas de que torcerse para alcanzar sus extremidades del modo que fuera constituía una cansina labor. Tenía en cuenta que ni su compañero ni él habían discutido en su intercambio de palabras cuáles eran las posibles chances de volver a levantarse para continuar caminando lo que quedaba del día.  

Era verdad que Canessa era el dueño de un carácter muy especial y que, debido a ello, las habladurías de algunos podrían comentar que tener que aguantarlo hacía más brutal a su situación. Pero Fernando, para sí y para su verdad, agradecía embarcarse en aquella travesía a solas con él. No justificaba el mal talante que lo hacía infame, sino que podía comprenderlo. 

Se había adiestrado para comprenderlo y no compartía parte de su incertidumbre — aunque sí fragmento de su aflicción guardada bajo las llaves de una postura silente y estoica. 

Una vez descalzo, Nando se acomodó sobre su brazo y una piedra del montón, haciendo a un lado todo el cargamento de su mochila improvisada y las medias de rugby con la carne podrida adentro.  

Su mirada no esquivó reparar en su compañero. Por más cautivado ante aquel ecosistema que no había hallado en el horizonte por al menos setenta días y por más que una inexplicable paz lo abrazara, su cabeza simplemente maquinaba otra cosa: haber visto estiércol proveniente de una vaca le había bajado los decibeles a Roberto más que tenerlo todo el tiempo a su lado —muy a pesar de lo bizarro que sonaba— y, que más allá de su reticencia al principio, y de su primer intento y amague de abandonarlo; estaba allí.  

Longeva, su noche de debate en silencio con cada pro y contra bajo el paupérrimo saco de dormir casi en posición vertical — y sin embargo lo había escogido a él.  

No existía corriente de aire que no fuera caliente, y que no chocase para sofocarlos contra sus cuerpos casi completos en vestimenta. La piel gastada, cuando Parrado podía ver, vestía un tono tostado que resaltaba dos ojos ajenos en alerta. Tenía incertidumbre sobre cuánto tiempo de letargia había transcurrido desde que se habían sosegado, cuando entonces Roberto había dado por comenzado el ritual de colocarse aquel bálsamo que había empacado sobre ambos labios ajados. Sangre seca se había deslizado hacia su barbilla y comisuras y aquello sólo jugaba su rol en esclarecer el baño que les hacía falta. 

Nando observó con una estabilidad que preferiría haber conservado para el camino la manera en que su amigo sostenía el recipiente entre su mugriento índice y pulgar, y con parsimonia remendaba cada grieta sin necesitar de un espejo, al compás de una memoria muscular que le resultaba interesante. 

Sus labios portaron un artificial tono carmesí enseguida, si bien se notaba la piel desgarrada por debajo, ahora una capa de brillo y lustre hacía resaltar aquella facción. 

Daban la ilusión de estar húmedos, justo como si Roberto hubiera tenido el privilegio de hidratarse más que él o hubiera caminado hasta la fuente de agua de la que habían comentado, y que podría haber alcanzado también, pero estaba ocupado disfrutando con los orbes de un agua que nunca había tocado ese par de belfos de enfrente ni los suyos —; que no había existido en primer lugar. 

Era un poco gracioso que tuviera la boca tan roja. Había pasado tanto tiempo desde que algo o alguien que no fuese su instinto de supervivencia, la voz ronca de su subconsciente o su hogar lo hubieran siquiera conmocionado. Su complexión escuálida sin llegar a ser debilucha se sentía extraña y pesada sin explicación, quería agitarse hacia los costados y la pereza misma no podía hacerlo escapar. Seguía persiguiendo con atención sus movimientos. 

El muchacho terminó por distinguir que estaba siendo observado con una peculiar prudencia, y su voz llena de cariño trajo a tierra al dueño de la vigilia: 

—¿Qué mirás, pelotudo? 

Canessa tenía dibujada una expresión inquisitiva en su semblante y una media sonrisa llena de su característica sorna, que escondía que en realidad se sentía ligeramente abochornado, porque aún si fuese patente que se hidrataba para su comodidad al hablar y digerir, quizá su compañero pensaba que la frustración y el nulo contacto con la civilización lo derivó a ser un mariquita amanerado, maquillándose con aquel carmín intenso por gusto adquirido.

Sus contestaciones estaban siempre entrelazadas y eran proporcionales al dolor en sus pies. Oh, ya era tan tarde, y no se sentía capaz de andarse con rodeos cuando sus ojos lo habrían dicho todo, y peor ciego era aquel no quería ver. Nando no se dio por aludido, absorto en el tiempo por ese par de colchones ásperos; famélico por tacto y cercanía, y dos palabras que se fugaron de la prisión de su garganta deslizáronse por su lengua: 

—Dejame besarte —dijo a tientas, con un hilo de voz tan inseguro como misterioso. 

El silencio que le siguió a su petición fue más duro de roer que el que moraba con todos ellos en la montaña. 

La inhalación y expiración del contrario eran distintas, y su rostro se había trastornado para la ocasión. De todas las cosas que podrían haberse dicho, no había nacido preparado para aquello en específico. Parrado tapó la mitad inferior de su rostro con la palma de su mano y arrugó la nariz, incrédulo consigo mismo por lo que había dicho.  

Se sintió observado bajo sus tembleques espásticos con una amalgama de sentimientos que nunca se le habían obsequiado con anterioridad, ni por una mísera nena cuando hacía de las suyas con Panchito Abal. Esta mirada de Roberto penetraba a través de los sectores de su rostro en busca de una razón — un porqué que anudara su solicitud a lo que estaban viviendo.  

Habiéndose esmerado para entreabrir la boca, Fernando tampoco tenía muchas ganas de hablarlo y no se sorprendió cuando no formuló la esperada excusa a tiempo. Su cuerpo lo encontraría una contradicción, querer besarlo era un facto; una sencilla y elemental necesidad que tenía deseo de atender.  

Para su infortunio no existiría corriente de agua ni camino que importase si continuaba contemplándolo, y la sed que lo atormentaba no la saciaría ningún puñado de nieve. 

La distancia entre los dos en aquel lugar remoto se achicó. El cuerpo de Canessa se aflojó, sin decir una palabra; pues su fachada se había desmoronado. En la antelación de una puteada, lo único que recibió fue el palpar una mano huesuda en su rodilla que traspasaba los cuatro pantalones que llevaba puestos. 

Se mandó callar sin todavía pellizcarse. Pensó en el "¿qué?" octava arriba que su compañero se había tragado por su parte, y también quiso buscarle un porqué a su inusitado silencio. Detrás de un carácter taurino y mordaz, y un rostro arrugado y enjuto; había un joven todavía más joven que él. 

Tal vez era tarde. La trayectoria miedosa que haría tropezar su barba y una barbilla quemada no tomaba impulso desde ningún partidario, y Fernando pensó en las primeras veces que condujo un auto y en las ocasiones donde se le apagaba el motor, y sintió un calor abrasador independiente de la hora de la tarde que consumiría pronto desde sus orejas el frondoso bosque que eran sus marañas de cabello. 

Una colisión un tanto violenta y muy masculina se llevó a cabo, conservando una nota suave con ese afecto fraternal que habían cultivado en el Old Christians justo al final. Al principio, los dos se presumían tímidos, y el primer beso terminó de inmediato, con sus pares de ojos participando en una batalla intensa mientras se mantenían abiertos como platos. 

No obstante, Nando cometió el error de mirar aquella boca roja y se autodeclaró perdedor, y su fundido no fue rechazado; y se percató de que era el primer contacto de esa índole con una persona del cual no podría hacer alarde ni compartirlo, porque ya no tenía con quién. 

A Parrado no le quedó otra que intuir que Canessa se estaba imaginando consigo a una versión muy peluda de su novia Laura, con su corazón ya deficiente y escaso de orgullo decreciendo en su sitio. Estaba seguro de que el contrario pensaba, inocentemente, en que él pensaba en su interior en "Makechu", la chica con la que lo había descansado una fracción del trayecto y que se había perdido entre la vieja nieve y el peso muerto del equipaje del que se habían deshecho; sin querer tener presente que ya no estaba en su vida y que se lo había dejado en claro en medio de las jodas que se hacían para acelerar cada tortuosa pisada. 

Ahora, encorvados, él descansaba una mano sobre un esqueleto de brazos largos, y la musculatura que en otro momento fue mejor; y la pared de piernas que antaño le aseguraban una victoria a su equipo de rugby menos trascendental que cualquier parte de esos momentos. 

No era color de rosa besarse con Roberto y no debía ser color de rosa ser besado: los labios secos con piel de víbora eran muy irritantes, por lo que morrearse parecía simular una tendencia a convertirse en un método de tortura más. Tampoco quería cerciorarse aún si estaba en realidad infligiéndose un dolor que nunca le había demostrado a los demás. No le daban ganas de llorar, y eso era lo que importaba. 

El muchachito tocó su cabeza y luego bajó hasta su nuca para internar su cuidadosa mano en la parte inferior de su cuello. Él la tenía tersa pese al clima, y recorría la zona adyacente con cautela a causa de su anterior lesión. Notó que su frente barbudo le había picado porque con la otra se rascaba la parte de abajo de la poca grasa en las mejillas que le insistía en subsistir.

Nando se inclinó por un último beso, raudo y nervioso, donde se llevó por accidente cáscara de cutis seca al arrastrar el labio inferior ajeno hacia su dirección, otorgándose el título de propietario de algo que no era suyo para empezar. Esto consiguió que Roberto retirara la mano de su rodilla como si ésta quemara y de su nuca, y así sus cuerpos se desconectaron por completo. 

El silencio reinó de nuevo. Ninguno de los dos quiso volver a tocarse, y Parrado se asustó de su propio comportamiento. Le había tocado la realización. Más tarde llegaría el remordimiento, o peor. 

—Sos demencial, bo' —le dijo él, reanudando su compostura natural y echándose atrás para guardar su labial olvidado y no estar forzado a mirarlo. Un poco después de esto, cuando ya se habían ido cada uno por su lado y Nando había quedado mudo tal cual una tumba para acostarse, el estudiante de medicina buscó y encabezó una acechanza a su mirada avergonzada—: Llegás a hablar de esto alguna vez con alguien, y te juro que te parto el culo a patadas. ¿Quedó? 

Fernando analizó el estado de su compañero y se permitió hacerlo enojar más, porque no era su prioridad entender su razonamiento tras haber consentido a cruzar una línea peligrosa y no quería ser el único apenado de ambos: 

—Intentalo —y con un ademán con las manos enfatizó que a su lado era un monumento. 

El rubor de Canessa se le quedó grabado un par de días. Tal fue así, que acostado sin poder dormir en el paraíso hecho cuatro paredes que significaba la chocita en Los Maitenes, pensó en cuando el paisano le expresó que había teorizado que eran marido y mujer desde el otro lado del único obstáculo a su salvación.

Todavía somnolientos y de vista entornada ante el cansancio, se miraron los dos: tenían remanentes de labial esparcidos cerca de la boca del otro y no se habían lavado.  

Parte de la barba de Nando se había coloreado roja, advirtió Roberto la mañana siguiente, porque debían disimular cada uno por su lado: del ridículo y de la muerte no se podía volver.

Notes:

si algún día alguien s anima y m deja un request tmbn m haría feli :6