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La huerta valenciana

Summary:

Verano del 2006.

Langa acaba de mudarse desde Madrid a un pequeño pueblo valenciano donde no conoce a nadie. Junto a su madre, se encargan de cuidar de la huerta, donde un día tiene un encuentro inesperado que cambiará su vida de la forma en la que menos la esperaba.

Reki, habitante del pueblo también, reside en una familia extremadamente religiosa y en falta de dinero. Con una vida de adolescente caótico pero atado al dilema de la fe, lo último que pensó que le pasaría fue conocer a alguien que pondría su mundo patas arriba, en el buen y mal sentido.

"La huerta valenciana" es una historia de juventud, autodescubrimiento y deliciosas naranjas valencianas.

Notes:

Aviso: bon dia, este fanfic está escrito medio en serio medio en broma. Como el lector prefiera tomárselo.

Chapter 1: ¡Al ladrón!

Chapter Text

♪

 

Valencia, es la tierra de las flores, de la luz y del amor.

Valencia, tus mujeres todas tienen de las rosas el color.

Valencia, al sentir como perfuma de tus huertos el azahar,

quisiera, en la tierra valenciana, mis amores encontrar.

 

La blanca barraca, la flor del naranjo,

la huerta surtida de almendros en flor.

El Turia de plata, el cielo turquesa,

el sol valenciano, van diciendo amor.

 

♫

 

(…)

 

Langa siempre fue un buen hijo. Siempre escuchaba a sus padres y nunca se quejaba de las tareas que le mandaban, incluso las hacía antes de que ellos pudieran pedirle nada. Desde su infancia a la actualidad, poco había cambiado, solo que ahora era solo su madre la que necesitaba ayuda, aunque ella nunca se la pedía.

El fallecimiento de Oliver, su padre, fue un punto de inflexión en la vida de ambos. Solía trabajar en una empresa de renombre, su salario era el principal fondo monetario de la familia, ya que su madre, Nanako, era una simple ama de casa. Con su partida, Nanako tomó una importante decisión para lograr salir adelante: mudarse a la casa que sus padres dejaron en herencia hacía dos años. 

Esta casa se encontraba en un pequeño pueblo Valenciano, un entorno muy diferente a sus usuales vidas en el centro de la capital, Madrid, pero lo cierto es que era justo ahí donde ella se había criado, y la mudanza valía la pena con tal de ahorrarse el dinero del alquiler que el lujoso piso que solían tener requería. Con su llegada, se vio desesperada por encontrar un trabajo cuanto antes, pero no hubo suerte. Habiendo perdido esa batalla, surgió otra idea. Su padre, abuelo de Langa, también había dejado tierras en herencia, suelo que llevaba años sin ser trabajado, pero que continuaba a su disposición. Nanako siempre tuvo un gusto especial por la jardinería que nunca pudo satisfacer en Madrid, así que decidió soltarse la melena y seguir el legado de su padre, aventurándose en el mundo de la agricultura. Había visto y ayudado a su padre en su trabajo durante su niñez, ¿qué tan difícil podía ser hacerlo sola años después? Pues la respuesta resultó ser más dura de aceptar de lo que pensaba. Era un trabajo muy sacrificado, sobre todo físicamente, y debía conocer mejor las propiedades de los cultivos a los que se dedicaba. Al principio cometió muchos errores y se vino abajo en múltiples ocasiones, pero poco a poco fue acostumbrándose, y su hijo siempre estuvo ahí para apoyarla y asistirle sin importar qué. 

—¡Langa, nos vamos!

Desde el piso de arriba de la casa, Langa se puso en pie al instante nada más escuchar el llamado de su madre, disponiéndose a bajar las escaleras, comiéndose los escalones de dos en dos.

—Ya estoy —anunció él, una vez hubo alcanzado la puerta principal.

Su madre se encontraba cargando unas cajas en el maletero de la furgoneta, ya en marcha, aparcada a pocos pasos de la puerta. Al escuchar a su hijo se dio la vuelta, dedicándole una cálida sonrisa.

—Muy bien, pues vamos allá.

 

(...)

 

El trayecto no duraría demasiado, pero aún así Langa disfrutaba de esos pequeños momentos en la furgoneta en los que simplemente podía colocarse sus auriculares y escuchar un poco de música durante el viaje, admirando el paisaje por la ventana y sintiendo la brisa contra su brazo, que colgaba por fuera de la ventana.

Era el último día de Agosto, todavía hacía mucho calor. Tan solo faltaba una semana antes de que volvieran a comenzar las clases, antes de comenzar primero de bachillerato, antes de entrar por las puertas de un nuevo instituto, donde no conocía a nadie. La idea no le asustaba, pero tampoco le hacía especial ilusión. Langa no era un chico muy social, pero la verdad es que disfrutaba de sus momentos de soledad. 

Mudarse no fue tan duro para él. El cambio de vivir en un piso moderno en el centro de la gran ciudad a una casa rural en medio de la huerta situada en un pueblo perdido de la mano de Dios era bastante radical, eso no podía negarlo, pero no le disgustaba. La casa era grande, clásica pero bonita, con un jardín delantero lo suficientemente amplio para aparcar la furgoneta, y al estar alejada del centro lo único que se escuchaba por los alrededores era el sonido de los pájaros y los ocasionales silbidos de los que sacaban a pasear a sus perros por la zona bien temprano por la mañana. En general, no podía quejarse. Si echaba algo en falta realmente, era la presencia de su padre, pero eso era algo en lo que prefería no pensar mucho.

—Ale, pues ya estamos aquí.

De pronto, notó cómo la furgoneta se detenía en seco, indicando que habían llegado a su destino. Langa retiró sus auriculares y bajó de la furgoneta, cerrando la puerta con ímpetu, dispuesto a darlo todo y ponerse a trabajar.

 

(...)

 

El reloj daba las nueve de la mañana. Ya habían pasado tres horas desde que Nanako y su hijo se pusieron manos a la obra, recogiendo la cosecha veraniega tan esperada que venderían los próximos días en el mercado del pueblo. 

La próxima parada de Langa eran los naranjos. El principal símbolo valenciano. El sello de la nación. Las raíces del árbol de la cultura valenciana. El core de la comunidad autónoma. Pocos manjares había en el mundo con ese sabor dulce y ese color intenso tan característicos de la naranja valenciana. Su madre siempre se lo decía desde pequeño, cuando iban a comprar juntos al supermercado madrileño no compraba naranjas que no fueran cultivadas en “la terreta”, y merecía la pena, porque el zumo de naranja recién exprimido que le servía todas las mañanas antes de ir a clase era un jugo celestial del que no se desperdiciaba ni una sola gota.

Ahora, eran ellos los que recogían sus propias naranjas juntos, cultivadas con amor y cariño, y el zumo sabía el doble de bien. 

Con el sol en la cara, las mangas de su camiseta arremangadas a más o no poder, imitando una camiseta de tirantes, las gotas de sudor a punto de derramarse de su frente y el efecto de la crema solar en su piel comenzando a desvanecerse, Langa cortaba las naranjas de sus ramitas con unas tijeras de jardinería y las iba colocando en una de las cajas de plástico que cogió del maletero de la furgoneta. No parecía una tarea demasiado compleja o demandante a simple vista, pero cuando ya llevabas un buen rato al sol y agachándote múltiples veces para alcanzar los frutos más escondidos, las rodillas y la espalda comenzaban a doler. Sin embargo, Langa era un chico joven y sano, así que él lo soportaba mucho mejor que su pobre madre, quien ahora se encontraba descansando, recostada en los asientos traseros de la furgoneta. Él no se daría ese lujo.

Mientras recolectaba, lo único que se oía a su alrededor era el tajante sonido de las tijeras cortando el rabillo de las naranjas y cómo estas caían en la caja, nada más. O al menos así fue durante la primera media hora, ya que de pronto, un inusual sonido de hojas de algún árbol siendo agresivamente inspeccionadas y ramas secas siendo aplastadas contra la tierra llegó a los oídos de Langa. ¿Un animal? ¿Quizá una liebre? O algo peor, ¿una rata? De hecho, esa última de las opciones era la más probable. Ante este pensamiento, Langa recogió una rama larga y robusta del suelo y la sujetó con actitud defensiva, mirando a sus alrededores por si lo que fuera que estaba haciendo ese ruido le atacaba. Al ver que no era el caso, pero que el ruido no cesaba, decidió armarse de valor y adentrarse más en la huerta, guiándose por el sonido y dispuesto a ahuyentar a lo que fuera que lo estaba causando.

Cada vez más cerca… El sonido era cada vez mayor, comenzaba a dudar de que se tratase de un animal pequeño, parecía que iba a arrancar un naranjo del suelo. ¿Un perro callejero? ¿O un gato? Quizá tendría hambre y trataba de ir a por las naranjas. ¿Pero cómo habrían acabado en la huerta? Se aproximó un poco más, siendo capaz de ver cómo las hojas del árbol frente a él se movían. El animal se encontraría oculto directamente detrás de este. Langa buscó ser sigiloso, sin hacer ruido al caminar, y dio unos pasos más al frente, siendo recibido por una situación inusual que desvelaría el misterio del animal ladrón de naranjas.

—¿Eh?

…

—¿Eh?

Bueno, resultó ser que el pequeño ladrón de naranjas no era nada pequeño después de todo, pues se trataba de un ladrón de naranjas real.

Langa se quedó pasmado, mirando al chico frente a él. Estaba subido al tronco del naranjo, tratando de alcanzar uno de los frutos, que colgaba de la parte más alta de la copa del árbol. Analizó su figura un poco más. Aparentaba tener la misma edad que él, su pelo era rojo y además estaba hecho un lío, llevaba una camiseta de tirantes verde fluorescente como una pelota de tenis. Demasiado fluorescente. Casi le dañaba la vista mirarla. Vestía un pantalón de deporte azul marino y en sus pies unas chanclas de Spiderman. Además, de su hombro colgaba una bolsa reutilizable del Mercadona, evidentemente llena de naranjas. Vale, no necesitaba saber más.

—¿Qué haces?

Langa fue directo, nada de andarse con rodeos.

El chico, al escucharle, se quedó completamente petrificado, girando la cabeza con rapidez para mirar al otro con absoluto desconcierto, sin mover ni un solo músculo más. 

Langa levantó una ceja, expectante, preguntándose cómo ese chaval trataría de excusarse a continuación. Pero el otro seguía sin abrir la boca, y sin moverse. Parecía que intentaba mimetizarse con el entorno, cambiar de color como un camaleón para que pudiese ser confundido con un trozo de corteza del árbol.

—Anda, baja de ahí.

Con la paciencia de Langa agotándose, optó por ordenarle con firmeza, tratando de que la situación avanzara en su favor. El pelirrojo, todavía mudo, dudó por unos segundos, pero al final terminó por ceder, dando un salto y aterrizando en la tierra reseca del huerto. Se negaba a hacer contacto visual, clavando sus pupilas en el suelo.

—Las naranjas no son gratis, ¿sabes? No pasa nada si te llevas una o dos, pero una bolsa entera es pasarse —le reprochó, cruzándose de brazos ante el ladrón.

El pelirrojo desvió la cabeza hacia un lado, claramente avergonzado por haber sido atrapado. Sus manos se aferraron con fuerza a la bolsa de compra, repleta de esa fruta robada.

Langa frunció ligeramente el ceño y comenzó a plantearse la idea de pasar a la acción si las palabras continuaban sin funcionar, ya empezando a extender una de sus manos hacia el otro, cuando de repente…

—¡Ah, no te preocupes!

Su voz sonó tan entusiasmada de repente que por poco hizo saltar a Langa en el sitio. Además, ahora se encontraba mirándole directamente, con una amplia sonrisa en el rostro, rascándose la parte de atrás de la cabeza con incredulidad.

—¡Solo las recogía para ayudarte, no para robarlas! —aclaró.

—Es que te vi trabajando tan duro que me dieron ganas de participar y ponertelo más fácil.

Langa no daba crédito a lo que estaba escuchando, quedando ligeramente boquiabierto ante esta explicación de los supuestos hechos.

—Vendes en el mercado de los Miércoles, ¿verdad? También tenía pensado llevarme las naranjas y ayudarte a venderlas la semana que viene, ¿no es genial?

Después de esta pregunta, se hizo el silencio. 

Solo se apreciaba el suave sonido de la brisa veraniega acariciando con delicadeza las hojas de los naranjos que los rodeaban a ambos. Se miraron. Langa observaba al extraño con indiferencia, el otro, en contraste, le devolvía una mirada risueña y amigable.

—Tío, ¿de verdad esperas que me crea eso? 

…

—¿Ah, no?

—No.

—¿No es creíble?

—Para nada.

…

En cuanto Langa quiso darse cuenta, el chico ya había echado a correr, llevándose la bolsa consigo, además de otro objeto del que Langa no había notado su presencia antes. 

—¡Oye, tú!

No muy lejos del tronco del árbol en el que el ladrón se había subido se encontraba una tabla de skate, la cual fue rápidamente alcanzada por la mano de su dueño al salir corriendo, montándose en esta una vez hubo alcanzado el camino de asfalto que conectaba toda la huerta. Al avanzar subido en dicho medio de transporte, las piernas de Langa no lograron seguir el ritmo de la persecución, y además, sus rodillas comenzaban a quejarse, así que muy a su pesar, tuvo que detenerse.

—¡Gracias por las naranjas, amigo!

La irónica despedida se escuchó en la distancia, difuminándose con el soplar del viento.

 

(...)

 

7 de septiembre.

 

Muy a su pesar, el sonido de la alarma de su despertador comenzó a sonar, inundando la habitación de ese molesto e incesable retintín que indicaba que eran las seis y media de la mañana. Es decir, hora de levantarse. Le costó lo suyo, pero al final logró ponerse en pie y emprender su viaje escaleras abajo, hacia la cocina.

—Buenos días.

—¡Buenos días!

Su madre, tan vivaz como siempre, se encontraba colocando el desayuno sobre la mesa. Se apreciaban varios platos diferentes. Unos contenían alguna que otra pieza de fruta. Manzanas, peras, piña… Completamente peladas y cortadas a rodajas. También había pan. Nanako le había servido a Langa un par de tostadas en su plato, previamente aliñadas.

—¿Qué tal? ¿Cómo has dormido? —preguntó mientras le servía un vaso de ese característico zumo de naranja a su hijo, que ya ocupaba su usual asiento.

—Bien, creo.

Aún medio dormido, se introdujo la tostada de pan de cristal en la boca, saboreando el delicioso aceite de oliva que goteaba por las grietas del pan. Su madre observaba atentamente la escena, sentada frente a él, con el mentón apoyado sobre su propia mano. Langa no tenía expresión facial alguna y no comentó nada más, optando por quedarse en silencio, con la mirada clavada en su plato mientras masticaba.

—¿Seguro que te acuerdas de cómo llegar solo al instituto?

—Sí.

—¿No quieres que te acompañe?

—No.

—¿Seguro?

—Mamá.

Langa alzó la mirada por fin, frunciendo el ceño ligeramente ante su madre, que ya no sonreía tan ampliamente como antes.

Era obvio que estaba preocupada. Nanako conocía de sobra las tendencias antisociales de su hijo. En Madrid, le costó años llegar a hacer amigos, amigos con los que ni siquiera llegó a volverse del todo cercano. Nanako sabía que su hijo era inteligente y trabajador, no tenía ninguna queja en cuanto a ello, pero le preocupaba que se volviera una persona fría y arisca. Ella quería que su hijo lograse encontrar a alguien con quien al fin pudiese conectar, salir por ahí, pasarlo bien, hacer cosas de adolescente común. Ella simplemente quería que el chico aprovechara su juventud al máximo sin tener que lamentarse más adelante, cuando ya fuera demasiado tarde. Langa, sabiendo exactamente lo que le pasaba a su madre por la cabeza, suspiró con pesar.

—Me esforzaré en hablar con mis compañeros.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Con tan solo esas palabras, la luz volvió al rostro de su madre, de nuevo con esa enorme sonrisa, satisfecha de escuchar que su hijo pondría de su parte para salir de su zona de confort.

Ambos terminaron su desayuno tratando otros temas no relacionados a las clases, como usualmente hacían. Cuando ya se iba haciendo la hora de salir, Langa subió nuevamente a su cuarto y se vistió con lo primero que pilló en su armario: una camiseta completamente blanca, pantalones vaqueros rasgados y sueltos, a la altura de la rodilla, unas Converse negras y, finalmente, como accesorios, un par de anillos negros en cada mano y una cadenita dorada al cuello. Una vez listo, ya no había razón para permanecer en la casa por más tiempo, es por ello que se dispuso a salir por la puerta principal.

—¡Me voy! —anunció el chico.

—¡Que vaya bien!  

Y con eso, el estruendo de la pesada puerta sacudió levemente la casa, dejando claro que el día daba su comienzo oficial para el estudiante. Langa agradeció esa maravillosa sensación de notar la brisa mañanera en su piel, sabiendo que no duraría mucho, pues a partir de las once el sol español castigaba a cualquiera que se atreviera a ostentarse frente a él, cosa que pasaba mucha factura sobre la pálida y delicada tez del chico. Sin perder ni un minuto más, Langa tomó su bicicleta, aparcada en una esquina del jardín y se subió, comenzando a pedalear por el camino de asfalto que llevaba hasta el pueblo.

 

(...)

 

El trayecto duró unos ocho minutos más o menos. Tuvo que atravesar parte del centro del pueblo, viendo a algunas personas que pasaban por allí, la mayoría de la tercera edad, sacando a pasear a sus minúsculos perros, otros dirigiéndose hacia algún quiosco para comprar el periódico diario o a hacer cola en las panaderías recién abiertas. Recibió alguna que otra mirada curiosa, seguramente sorprendidos al no reconocerle, pues se trataba de un pueblo bastante pequeño en el que todo el mundo sabía quién era quién y donde hacían circular los cotilleos más rápido que la sangre por sus venas.  Pero si había algo que le encantaba de ese pueblo era lo tranquilo y acogedor que era. En comparación a como era su vida en Madrid, ahora sentía mucha más calma y seguridad. El entorno era todo lo contrario al de la ciudad. Las casas eran viejas, rústicas, pero con cierto encanto. Podía notar la vida en ellas. Las múltiples familias que llegaron a convivir entre esas cuatro paredes, deteriorando su aspecto con los años, pero sin ser renovadas por un estilo más moderno, sino manteniendo su esencia. Desde que falleció su padre, añoraba ese sentimiento de sentirse como en casa, pues desde entonces había perdido dicha sensación por completo sin importar a dónde fuera.

Cuando comenzaba a acercarse al instituto pudo apreciar cómo cada vez más las calles se llenaban de adolescentes rondando su edad, compartiendo la misma destinación que él. Muchos iban en grupos, otros en pares, pocos caminaban solos. Las chicas reían entre ellas. Los chicos se daban collejas los unos a los otros. Alguna parejita iba cogida de la mano. Algo que no jugaba en favor de Langa era el hecho de que todos los alumnos que asistían a ese instituto ya se conocían entre ellos, probablemente desde su infancia, pues solo había dos institutos en todo el pueblo: el público y el concertado. Además, como ya se ha dicho anteriormente, era un pueblo muy pequeño donde nadie era un desconocido. A menos que te acabaras de mudar, por supuesto.

Langa trató de no sentirse demasiado intimidado ante este pensamiento, sin detener su pedaleo, incrementando la velocidad.

 

(...)

 

Los pasillos estaban a rebosar. El chico se encontraba completamente perdido en ese mar de gente, sin saber muy bien a donde ir, y tampoco es como si pudiera recurrir a preguntar a algún conocido, así que simplemente se dedicó a tratar de escabullirse entre el barullo y los estudiantes de diversos cursos para ir echando un vistazo dentro de las aulas y ver si reconocía a su tutor dentro de alguna de ellas. Kojiro Nanjo, esa era la única cara que podría llegar a reconocer, pues estuvo presente durante la inscripción de su matrícula que fue a hacer con su madre hacía unos meses. 

Al final, después de haberse recorrido todo el piso de abajo y parte del de arriba, logró avistar el característico cabello largo de su tutor dentro de una de las clases, todavía sentado en la mesa del profesor mientras ojeaba algunos papeles, probablemente esperando a que llegase la hora de comenzar la clase mientras todos los alumnos llegaban. Faltaban solo quince minutos y aún así el aula seguía casi medio vacía. Langa se quedó parado frente a la puerta durante algunos segundos sin saber muy bien qué hacer. ¿Debía simplemente tomar asiento en un sitio cualquiera sin decir nada? ¿O quizá sería mejor saludar a su profesor primero? Pero podría parecer un poco pedante si daba la impresión de ser amigo del tutor hacia sus compañeros. ¿Estaba pensando en esto demasiado? Probablemente.

—¡Ah, hola Langa! Has encontrado la clase, qué bien.

Kojiro pareció leer sus pensamientos a la perfección, pues los interrumpió al instante con ese alegre saludo, habiendo girado su cabeza para ver directamente al chico, ya que notó su presencia al verlo ahí parado en el marco de la puerta por el rabillo del ojo. Ante esta intervención, los alumnos que se encontraban sentados en los pupitres ocupados levantaron la vista para observar la situación. Genial, justo lo que el chico quería.

—Eh, sí. 

Langa se encogió en el sitio, visiblemente incómodo bajo tantos ojos de puros desconocidos. Su tutor no tardó en notar su posición.

—Siéntate donde quieras, hoy solo serán clases de introducción a las asignaturas y a los profesores así que no te preocupes. —aclaró él, sin perder la sonrisa.

Los demás parecieron entender que esta explicación significaba que Langa era simplemente un chico nuevo (además de no lograr reconocerlo a simple vista), por tanto, devolvieron su atención a lo que quiera que estuviesen haciendo antes de ser distraídos por esa conversación ajena. El chico, al ver que no le dieron importancia alguna a la situación, logró calmarse un poco.

—Vale, gracias.

—De nada.

Dicho esto, Langa fue precisamente a hacer lo que su tutor le había encomendado: elegir dónde sentarse. Sus pies se movieron antes de que su mente pudiera actuar demasiado, yéndose directamente hacia el lado de la ventana, última fila. No obstante, se detuvo un segundo. Las recientes palabras de su madre resonaron en su mente, impidiéndole continuar. Langa rodó los ojos con molestia al recordar la promesa que le hizo a su madre. Acto seguido se movió unos asientos más hacia delante, todavía pegado a la ventana, pero en la tercera fila esta vez. Bueno, no era un gran cambio, pero sí un avance. Al menos ya no se vería como el chico antisocial de la última fila, con las probabilidades de hablar con alguien lo más bajas posibles.

Una vez fue tomada la decisión, ya no había vuelta atrás. Su culo estaba ahora en la silla. Ese sería su sitio durante todo el año, incluso puede que también el siguiente, si le cogía el suficiente cariño y la oportunidad de elegirlo se le presentaba de nuevo. O al menos eso pensaba.

—Escolta xiquet, que t'has assegut al meu lloc.

Por un momento Langa ni siquiera se percató de que le hablaban a él, ni se dignó en girar la cabeza. No hasta que notó la inminente presencia de un desconocido parado de pie a su lado.  Sin embargo, cuando volteó la cabeza, deseó no haberlo hecho.

—¿Tú?

…

Silencio.

Mientras la clase poco a poco comenzaba a llenarse de alumnos, estos dos se miraban a los ojos en completo silencio, ignorando a los demás por completo, perforandose las pupilas el uno al otro con vehemencia.

Como no podía ser otro, se trataba del ladrón de naranjas, el pelirrojo sin gusto alguno por la moda.  De hecho, había que admitir que ese día lucía mucho mejor que la primera vez que le vio. Esta vez llevaba una camiseta negra con un estampado de una banda de música, unos pantalones cortos verde militar y unas “Vans”, claramente de imitación. Pero bueno, eso no era lo importante ahora. Iban al mismo instituto. No, peor todavía, al mismo curso. Y por si fuera poco, a la misma clase. Además, era la primera persona con la que interactuaba en ese edificio que no fuese el profesor. ¿Se podía tener más mala suerte?

—Ay, mierda.

El otro chico se dio la vuelta, tratando de actuar como si no hubiese visto nada e intentando huir de la situación.

—¡Hey, espera!

Langa no perdonaría a un ladrón tan fácilmente. Las naranjas que se llevó la semana pasada podrían no parecer muchas en comparación a toda la cantidad que recolectaron en total, pero seguían siendo un producto fruto del sudor y esfuerzo de su madre, por lo tanto, debían venderse al precio acorde a esa dedicación. No merecían ser robadas, ni siquiera por un adolescente ingenuo. Es por ello que, sin pensarlo mucho, alcanzó a agarrar al otro de la tela de su camiseta, impidiéndole salir por patas.

—Has dicho que este es tu sitio, ¿verdad?

Al escuchar esto y sentir que era atrapado por su camiseta, sin lugar a escapatoria, el pelirrojo se dio la vuelta lentamente, volviendo a dar la cara al dueño de los cultivos.

—Me levantaré si tú me devuelves las naranjas.

Podría sonar como si el chico estuviera bromeando, pero la verdad es que hablaba completamente en serio.  Su expresión era fría, carente de cualquier emoción. Miraba al otro directamente a los ojos, sin ningún tipo de reparo. El otro tampoco apartaba la mirada.  Se trataba de un duelo entre ambos del que nadie más era consciente.

—Lo flipas tío. 

El más bajo, que resultaba no ser Langa, rompió el silencio al fin.

—Anda, yo me senté primero, solo fui al baño un segundo. No seas así.

—¿Que no sea así?

Inconscientemente, Langa terminó levantándose del sitio, poniéndose al mismo nivel que su contrario, encarándolo sin miedo. El pelirrojo, que había mantenido una expresión relajada y despreocupada todo el tiempo, ahora fruncía el ceño con molestia.

—Vale chicos, tomad asiento todos, voy a empezar la clase.

No obstante, la interacción fue completamente interrumpida por las palabras del tutor, quien parecía haber sido el único que se percató de la conversación entre ambos, plantando la vista sobre ellos al hacer dicho anuncio.

Los dos se volvieron a mirar de reojo por un segundo, ambos con condescendencia reflejada en sus ojos. El ladrón terminó por ceder, pero tampoco tiró la toalla, pues su decisión fue escoger el asiento libre directamente detrás de Langa.

El chico sabía que ese chaval no le traería más que problemas.