Work Text:
Akiko Yosano llevaba cuatro meses en la Agencia de Detectives Armados.
Por ahora estaba contenta. El presidente Fukuzawa se portaba bien con ella y no la obligaba a usar su habilidad, como había hecho Mori. Es más, todavía no había tenido que usarla, voluntariamente o no. Se dedicaban a resolver casos de asesinatos ya consumados, por lo que su don para salvar la vida a las personas no era de gran utilidad en este trabajo.
El único otro miembro, Rampo Edogawa, era quien se encargaba de resolver los casos en su mayoría. Su habilidad para analizar la escena del crimen y detectar al culpable era inaudita. En un segundo, se encargaba de la situación por completo, mientras Fukuzawa y Yosano nada más que lo acompañaban.
Yosano iba por si alguien salía herido, ya que había decidido volver a usar su don. Aunque de momento sólo con los miembros de su nuevo hogar. Todavía le daba miedo, aún se estaba curando del trauma tras la guerra.
Fukuzawa iba por si hacía falta un guardaespaldas para los niños, aunque fundamentalmente se encargaba de vigilarlos y ejercer de “padre adoptivo” para ellos. Así se comportaba todo el rato, tanto para hacerlos felices como para reñirlos.
Los tres estaban viviendo juntos. Yosano estaba acostumbrada a estar con gente, de cuando trabajaba curando a soldados y dormía en los barracones de las enfermeras. Rampo no. Solicitó vivir él solo, a lo que Fukuzawa se negó sin pensarlo. El chico era un peligro en sí mismo. Tras una enorme pataleta, al final cedió a vivir con los demás.
Así que, en general, formaban una especie de familia, en la que Fukuzawa se encargaba de cuidar a los dos jóvenes, Akiko de 13 años y Rampo de 14 años. Los dos preadolescentes se habían hecho muy cercanos desde el día en que se conocieron y ahora tenían una fuerte amistad.
Por ese motivo, un día Rampo se quedó paralizado cuando vio llorar a Akiko.
Desde que estaban juntos la chica había vuelto a sonreír y ahora incluso lo hacía a menudo. Ya fuera riéndose de las bromas que Rampo le hacía al presidente, o del panorama esperpéntico que a veces se formaba entre esos dos. Rampo amaba hacerla sonreír y por nada en el mundo quería verla llorar otra vez, como cuando se conocieron.
Ese día, sin embargo, Rampo encontró a Yosano encogida en el suelo, con los brazos alrededor de las piernas, en una esquina de la habitación que usaban como enfermería en la Agencia.
A pesar de no hacer un solo sonido, intentando llorar en silencio, Rampo notó que sus hombros se sacudían con fuerza y su respiración sonaba entrecortada.
—¿Akiko? —susurró Rampo, con un deje de incertidumbre en su voz.
La niña levantó la cabeza y lo miró. Los ojos le brillaban enrojecidos por el llanto. Las lágrimas formaban un reguero que caía hacia su cuello. Se sorbió los mocos y gritó:
—¡Vete!
Rampo negó con la cabeza. No se iba a ir a ninguna parte.
La única otra vez que la había visto llorar fue el día que entró en la ADA.
Cuando Rampo arrastraba a su amiga en una silla de ruedas, alejándola de Mori, que luchaba contra Fukuzawa. El día que Yosano dijo que prefería morir antes que usar de nuevo su habilidad.
A mi lado la vida se vuelve una cosa barata —había dicho.
Rampo se juró que nunca más la vería llorar así. Se rió con ella y le ofreció entrar en la ADA al instante.
Incluso le había dado un clip de mariposa que encontró en la base militar, en la que la chica solía trabajar con Mori. Había sido un regalo que le había hecho uno de los soldados muertos y que había perdido cuando huyó. Era muy importante para ella.
No. Rampo no se iba a ninguna parte.
Se arrodilló junto a ella en el suelo, sin saber muy bien qué hacer. ¿Qué se hacía cuando alguien lloraba? ¿Cómo podía consolarla? Las normas sociales eran difíciles para él. Lo estipulado era un beso o un abrazo, como le había enseñado Fukuzawa. Pero a Rampo no se le daban nada bien los abrazos.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
—¡Déjame sola!
—¡Ah, espera, ya lo sé! ¡Te ayudaré a encontrar tu mariposa!
Los ojos de Yosano se abrieron de sorpresa. ¿Cómo era posible que el chico supiera que lloraba por haber perdido su clip? Desde luego era un detective increíble.
Para Rampo, la respuesta era muy sencilla: no llevaba puesta la mariposa dorada en el pelo y ella nunca, nunca se la quitaba.
—Usaré mi habilidad y la encontraremos en un momento. ¡Por algo soy el mejor detective del mundo entero!
Rampo sacó del bolsillo las gafas que le había dado el presidente. Con las que supuestamente activaba su habilidad, aunque no sabía que en realidad no era una habilidad. De todas formas, era un portento resolviendo casos, así que a nadie le importaba si era un don o no.
Cuando se puso las gafas, se le quedó cara de estar perdido. Yosano lo miraba con expectación, con un brillo distinto en sus ojos. Esperanza. Confianza ciega en que Rampo le devolvería el clip. Frunció el ceño cuando lo vio reaccionar de distinta manera.
—¿Qué pasa? ¿Por qué pones esa cara?
—Eh…
Rampo no veía nada.
La mariposa estaba perdida para siempre. No veía señales de dónde podría estar y no sabía dónde encontrarla. Pero no podía decírselo a su querida Akiko.
—Se ha ido de viaje —fue lo primero que se le ocurrió. Yosano lo miró confusa—. Verás, llega una edad en la que los accesorios de las niñas se hacen mayores y empiezan a vivir su propia vida.
—Eso es una tontería —replicó ella.
—¡Claro que no! ¿Acaso tú no te haces mayor? Pues tu mariposa también. Por eso se ha ido a buscar nuevas aventuras. ¿No me crees? ¿No crees al mejor detective de la historia?
Yosano estaba insegura. Por una parte, era extraño que un clip de pelo se fuera de viaje. Por otra parte, creía en todo lo que Rampo averiguaba con su habilidad.
—Entonces… ¿me ha abandonado?
—No te ha abandonado. No podría hacerte eso, te quiere mucho. Lo que pasa… es que ya era hora de volverse independiente como los mayores. Igual que el presidente.
—¿Y por qué no me ha dicho nada? —la niña estaba a punto de empezar a llorar otra vez.
—Pues… emm... sí lo hizo —Rampo se estaba metiendo en un lío en del que sabía que no podría salir—. Esta mañana llegó una carta para ti. Yo lo vi. Pero también vi que Fukuzawa la tiraba a la basura. Debió pensar que no era importante. Ya sabes cómo es, siempre escribiéndose con toda esa gente del gobierno.
—¿Y ahora qué voy a hacer? Nunca sabré lo que me dijo —Yosano se sorbió los mocos de nuevo. Seguía igual de triste.
—¡Por supuesto que lo vas a saber! No se ha ido para siempre, sólo se ha ido de viaje. Te escribirá más cartas en el futuro, ya verás. Te escribirá desde cada lugar en el que se encuentre.
Yosano sonrió al escuchar esas palabras. Rampo sintió un alivio inmenso por dentro. Su amiga, aun con la cara enrojecida y los ojos vidriosos, había dejado de llorar.
Le tendió la mano, la ayudó a incorporarse y la abrazó. Los abrazos no eran tan incómodos cuando se trataba de hacer feliz a Akiko.
El problema era de dónde sacar todas esas cartas. Podía pedírselas a Fukuzawa pero, como había dicho, siempre estaba ocupado escribiendo sus propias cartas para personas importantes.
Rampo decidió que las escribiría él mismo. Por la noche, mientras la chica dormía, entró al despacho del presidente. Arrancó un papel de una libreta y pensó en lo que diría alguien que se había ido.
No era difícil, puesto que había perdido a sus padres. Sabía bien lo que cualquiera querría escuchar de un ser querido que ya no está.
Rampo terminó y, para hacerlo todo más real, metió la hoja en un sobre y le puso un sello de China que sacó de una de las cartas del presidente. Quería que todo fuera lo más real posible. Akiko era muy inteligente y cualquier pequeño detalle podía hacerla dudar.
Justo Rampo estaba terminando cuando Fukuzawa entró por la puerta.
—¿Qué haces levantado a estas horas? —preguntó.
—Estoy trabajando en este último caso que nos han dado —Rampo tenía la excusa preparada.
—Es muy tarde. Eso puede esperar hasta mañana. Ve a la cama —Fukuzawa se puso serio.
Rampo durmió esa noche pensando en la cara de felicidad que ponía Akiko al sonreír.
Al día siguiente, se levantó temprano y depositó la carta en el buzón de la ADA. Cuando Yosano llegó allí, Rampo la asaltó antes de que pudiera poner un pie dentro.
—¡Ha llegado otra carta! —gritó.
Akiko corrió hacia el buzón y volvió agitando el sobre en la mano.
—¡Aquí está! Tiene un sello de China. La mariposa se ha ido a China. Me… me da un poco de miedo abrirla. Por si no quiere saber nada más de mí —confesó.
—Yo la leeré para ti.
Los amigos se refugiaron de nuevo en la enfermería. Sentados lado a lado en el suelo, Rampo abrió el sobre y comenzó a leer:
Querida Akiko.
Soy yo, tu mariposa. Siento mucho haberme ido sin avisar. Hay cosas en esta vida que suceden de repente, sin esperarlas, sin tener tiempo para despedidas.
En primer lugar, quiero aclararte que no tienes culpa de nada. Me has dado la mejor vida que cualquier clip pudiera desear. Has sido una compañera estupenda y no podría ser más feliz que como lo he sido a tu lado.
Por eso, ha llegado el momento de volar libre. Gracias a toda la felicidad que me has dado en estos cuatro meses, ahora me siento capaz de por fin empezar una vida por mi cuenta. Ahora tengo la confianza y el amor suficiente para hacerlo.
Me he ido a China. No tengas miedo, aquí la gente es amable conmigo y me tratan bien. Este lugar es muy bonito y soy muy feliz. Pienso en ti a menudo. Me gustaría que estuviéramos juntas, pero las cosas tienen que ser de esta manera. Espero que lo entiendas.
He visitado una muralla gigantesca, sobrevolándola en toda su extensión. He entrado en varios templos y palacios que me han deslumbrado con su hermosura. ¡Y la comida! Qué te puedo contar, todo esta delicioso aquí.
Pues eso, que no te preocupes por mí. Que estoy bien. Que te echo de menos pero debes continuar tu vida como una valiente. Encontrarás amigos y personas que te quieran como yo te he querido.
Espero que seas tan feliz como yo. No llores, por favor, alégrate por mí y mi aventura. Te seguiré cuidando desde aquí lejos.
Con mucho amor, tu querida mariposa.
Cuando Rampo terminó de leer, Akiko dejó caer su cuerpo contra él y no dijo nada por un minuto. Dos gotas de agua brillaban en sus ojos, esta vez por la melancolía, no por la tristeza.
—La carta suena como una despedida. Nunca sabré nada más de ella.
—N-no —respondió Rampo—. Las mariposas pueden ir a cualquier parte. De sus palabras, yo el detective, deduzco que viajará por todos los países del mundo. Y que te escribirá desde cada uno de ellos.
—¿De verdad? —la niña levantó la cabeza del hombro de Rampo y lo miró.
—Te lo prometo.
Así fue cómo Rampo empezó a escribir cartas todas las noches. Por el día pensaba a qué país podía viajar la mariposa esa vez, buscaba la información más relevante de cada uno de ellos (monumentos, comidas) y de madrugada dejaba el sobre en el buzón.
Pronto comenzó a afectar a su trabajo. No pensaba bastante en los crímenes y cada vez tardaba más en resolverlos. Cuando tenía que hacer algo, lo dejaba de lado en favor de escribir.
Yosano, en cambio, cada vez estaba mejor. Esperaba cada mañana la carta con ilusión. Las leía junto a Rampo escondidos en la enfermería y soñaba con aquellos viajes que la mariposa relataba.
La amistad entre ellos se hizo más intensa que nunca. Entre risas y alguna lágrima de alegría, estaba naciendo una confianza única en los dos preadolescentes.
Sin embargo, Fukuzawa empezó a sospechar lo que sucedía. No por nada era el presidente de la ADA. Su inteligencia de adulto superaba a la de Rampo, por muy listo que fuera el chico. Y no sólo le preocupaban los fallos en su trabajo, sino también la salud de Rampo, que apenas dormía.
Una noche, acudió de nuevo a su despacho para sorprenderlo mientras escribía. Esta vez no aceptó excusas y leyó la carta. Así que Rampo tuvo que contárselo todo.
—Esto tiene que acabar —sentenció Fukuzawa.
—No puedo hacerlo —respondió Rampo—. Akiko estará triste otra vez.
—Akiko está dejando de ser una niña inocente y pronto se convertirá en una mujer. Sabrá la verdad sobre lo que pasó con su clip. ¿Qué vas a hacer entonces? No puedes engañarla para siempre.
—Pero…
—No hay peros que valgan. Debes acabar la historia ya. Te quedas dormido por las esquinas y me preocupa que tengas un accidente. Terminarás con una carta de despedida que la deje contenta y volveréis a vuestra vida de siempre.
Era cierto que todo tenía que acabar. Pero no, nunca volverían a ser los de siempre.
Esa noche, Rampo escribió la última carta. Una despedida profunda pero alegre, llena de esperanza.
Por la mañana, los chicos se sentaron de nuevo a leer la carta:
Querida Akiko:
Me temo que esta será la última carta que te escriba. No por gusto, si por mí fuera, hablaría contigo toda la vida.
Pero ha llegado el momento en que cada una sigamos nuestro propio camino. Te estás haciendo mayor, igual que me pasó a mí, por lo que ahora te toca a ti comenzar una nueva vida llena de aventuras.
Puedes hacerlo, eres fuerte y valiente. La mejor persona que he conocido nunca. No obstante, la vida tiene altibajos. En los momentos en los que no puedas más, confía en tus amigos. Estarán a tu lado para ayudarte incondicionalmente.
Sé que serás muy feliz en esta nueva etapa de tu vida. Serás una mujer que puede con todo, a la vez que cariñosa. Este es tu momento de volar libre y encontrar tu propia felicidad.
Te quiere muchísimo, y te querrá para siempre, tu mariposa.
Rampo acabó de leer con voz temblorosa. Akiko estaba llorando otra vez, lo notaba. No quería levantar la cara de la carta por miedo a ver sus lágrimas de nuevo.
Sin embargo, cuando por fin la miró, la chica estaba sonriendo. Con los ojos rojos, pero llorando de alegría. Rampo pensó que era lo más bonito que había visto en su vida.
Años después, cuando entraron nuevos miembros en la ADA, reformaron la enfermería para ampliarla. Fue entonces cuando Yosano encontró su clip de mariposa detrás de un armario.
En aquel entonces, ya era una adulta y entendía perfectamente lo que había sucedido. Lo primero que hizo fue limpiarla y colocársela en el pelo. Después llamó a Rampo, quien se quedó de piedra al fijarse en el detalle al instante.
—¿Te acuerdas…? —comenzó a decir Yosano.
Rampo no la dejó terminar. Corrió hacia ella y la abrazó fuerte. Abrazar a Akiko se había convertido en algo maravilloso.
