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Orgullo y prejuicio y magia

Summary:

El joven señor Draco Malfoy llega a habitar la mansión Malfoy, propiedad que sus padres le heredaron, en Wiltshire. Pronto el joven causó gran sensación incluso antes de instalarse, y las madres de alrededor ya estaban planeando la boda de sus hijas con él, sin embargo, cuando le conocieron durante el primer baile a su llegada, el encanto pronto se desvaneció con su petulante actitud.
Harry Potter es el más descontento con la presencia del joven Malfoy, no pudiendo perdonar las faltas del joven.

 

Advertencia: la lógica de esta historia se suicidó.
Está es una adaptación del clásico de Jane Austen, «Orgullo y prejuicio». Adaptación de la obra resumida.

Work Text:

Capítulo 1

     Es una verdad universalmente conocida que un mago reconocido, necesita una bruja de sangre pura como esposa. Harry Potter se salía un poco de la norma, así como la familia Weasley; sin embargo, mientras ellos esperaban que él se casara con la única hija de la familia, Harry tenía planes totalmente diferentes.

 

   —¡Arthur! —Llamó un día la señora Molly a su esposo, mientras entraba en el pequeño despacho del mago— ¡Me acabo de enterar que la vieja mansión Malfoy será ocupada pronto! —Dijo jocosa, como si eso fuera a beneficiarle de alguna manera.

 

Su esposo apenas la miró, demasiado enfocado en los artilugios muggles esparcidos sobre su escritorio. La señora Molly estaba acostumbrada a la indiferente del señor Weasley, y sabía a la perfección que eso no significaba que él no la amara. Indignada más bien por el poco aliento a seguir con su charla, dijo: —¿No me preguntarás quién la ocupó? 

 

Arthur sonrió, aún sin levantar la mirada. —No te voy a preguntar, mujer —dijo— , pero tampoco te detendré si es que quieres contarme. Solo no interrumpas mi estudio —aclaró volviendo a tomar uno de los pequeños objetos, a los que su esposa poco le prestó atención. 

 

Él siempre se interesó por los objetos no mágicos y, aunque ella no era una purista de sangre, y tampoco estaba en contra de los muggles, tenía cosas mejores en las que gastar su tiempo.

 

Ni bien el señor Weasley terminó de decir aquello, y volvió a su escrutinio, la señora Weasley continuó con su habitual alegría. —La señora Longbottom me ha contado que el heredero del señor Malfoy visitó recientemente la vieja mansión. —La señora Molly se irritó con la mera idea de que alguien más tuviera el placer de conocer primero al nuevo invitado, sin embargo, trató de mantener su humor. —No se ha instalado aún, según me dijo, sino que vino a ver la propiedad, pero a final de semana su servicio llegará con algunos muebles, y tal. Para final de mes el mismo joven Malfoy llegará.

 

   —Mmmm, ¿el hijo de Lucius Malfoy? —Le preguntó Arthur Weasley, aún sin dejar de examinar sus artilugios. La molestia en su voz era evidente.

 

   —Así es, Arthur. Conociste a su padre, ¿cómo será el joven Malfoy? ¿Será apuesto? ¿¡Sabes sí es de la edad de Ginny!?

 

    —¿Ginny qué tiene que ver en esto? —Le preguntó su esposo, posando toda su atención en su ella.

 

   —Planeo casarla con el joven Malfoy, querido —sentenció. Su sonrisa era radiante, y su determinación clara en su mirada.

 

   —¡Casarla con el heredero Malfoy! ¿Es que tú estás loca, mujer?

 

   —Es rico —dijo la señora Molly, como si aquello explicará todo, sin embargo, a su argumento agregó pronto:— y soltero, podría ser la solución para mi querida Ginny.

 

   —Sabes que no estaré de acuerdo. No confío en ningún Malfoy.

 

   —Aunque mi querida Ginny sea hermosa y joven, nuestra situación económica es poco atractiva para los caballeros —dijo—, así que no hay forma a qué te niegues si es que el joven Malfoy desea casarse con ella.

 

El señor Weasley río, pero no dijo nada más.

 

Su esposa, creía a menudo el señor Weasley, adoraba hacerla de casadera. Había logrado hacer que uno de sus hijos mayores se casara con una hermosa chica francesa, una veela, y había conseguido que su hijo menor, Ron Weasley, cortejara a la señorita Granger. La señora Weasley poco había luchado por ocultar su gran interés en los compromisos de los jóvenes, y eso era algo que siempre, de alguna forma, cautivaba al mismo señor Weasley.

 

   —No, mujer, yo me niego. 

 

   —¡Pero señor Weasley! Además, cuando el joven Malfoy esté instalado, tendrás que ir a verle.

 

   —¿Por qué tendría que hacer algo así? —Preguntó casi escandalizado.

 

   —Para presentar tu permiso a un posible cortejo, por supuesto.

 

  —Puedo decir con claridad que poco te importa mi permiso, mujer, si ya has decidido que casarás a nuestra única hija con un Malfoy —el señor Weasley se puso de pie mientras doblaba sus anteojos. Había logrado perder el interés en los objetos muggles sobre su escritorio.— Llévate a Ginny a ver al joven Malfoy, y vayan en el carruaje, por favor, seguro que al joven Malfoy le encantará verlo —sonrió de lado—. Invita a Luna y a Fleur, para que no vayan solas.

 

   —Jamás llevaría a Luna con nosotras —sentenció la mujer, cruzándose de brazos. Empezaba a irritarce—. Nuestra hija es guapa, pero Luna lo es un poco más, y eso podría arriesgar mis planes. De todos modos —volvió a hablar después de un momento—, no podremos ir hasta que tú vayas primero.

 

   —Molly, querida, dispones de seis hijos para pedirles para que vayan a ver al señor Malfoy. 

 

   —¡No, señor Weasley, tienes que ser tú! —Medio gritó a la vez que se cruzaba de brazos. Frunció el ceño. 

 

Con media sonrisa, el señor Weasley le dijo a su esposa: —No te aseguro ir a verlo.

   

   —Pero, señor Weasley —gimió.

 

   —Ginny no es más bonita que Luna o Fleur,—con un movimiento de barita y un hechizo susurrados, guardó sus objetos muggles en su baúl sin fondo de diez candados, que descansaba bajo la venta— ni más inteligente que Hermione, así que no veo la razón para la que el joven Malfoy elija a nuestra Ginny.

 

   —¡Arthur, pero que malo eres con tu propia hija, aludando tanto a otras hijas que no son la tuya! —Indignada, la señora Weasley se giró dándole la espalda a su esposo— A ti cómo te encanta disgustarme. No tienes ninguna clase de compasión por mis pobres, pobres nervios.

 

   —Te equivocas, querida —dijo de forma amorosa mientras guardaba su varita—, ellos y yo somos viejos amigos. Casi no he escuchado de otra cosa que no sean tus nervios por los últimos casi veinticinco años. —Besó la frente de la señora Weasley antes de salir de su despacho, tarareando una canción muggle.

 

   —¡Ah, sufro tanto! —Exclamó la señora Weasley saliendo detrás de su esposo.

 

Eran pares diferentes. El señor Arturo Weasley era un hombre bonachón y sarcástico a partes iguales, y tenía el enorme gusto por artilugios muggles. A la señora Weasley no le gustaba la enorme colección de su esposo, principalmente porque solía dejarlos botados por toda la casa. Ella era, por el contrario, alguien que vivía con los nervios a flor de piel; se enojaba con tanta frecuencia que su celo parecía estar siempre fruncido.