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Los hábitats de las flores comúnmente se asocian con el verde césped, las zonas plagadas de árboles o quizás de arbustos, campos extensos llenos de tonos vibrantes u otoñales decorados con riachuelos y piedras de tonos cálidos. Pero la flor de la que hablamos no proviene de un entorno vivo y fresco, sino de uno vacío y seco. Son silvestres y se adaptan con mucha facilidad, la verás crecer entre un campo tan soleado que tueste la piel o entre rocas de basalto y roca caliza.
Esta flor, dorada como el mismo oro, nació entre el césped seco de algún campo. Un campo que poco a poco perdió su vida, su variedad, su silueta.
¿Sabías que los pétalos de estas flores son eternos ? Brillan con vida desde que florecen y llenan de color sus arbustos grisáceos... Pero sus pétalos son rígidos y secos como los de una flor seca. Esta es una flor que aparenta estar viva para decorar el entorno que un creador caprichosamente dejó morir, como si quisiera hacernos creer que aún en la sequía no se pierde el color.
Tal vez esta chica no sea una flor, pero se siente como una. Una que fue cortada hace mucho tiempo de su arbusto y tuvo que mantener su color por el capricho de algún florista egoísta. Una flor de pétalos rígidos que araña la piel cada vez que tratas de acariciarla. Una flor que fue castigada con una belleza hostil ¿Pero cómo sabría ella que su tallo era seco y sus pétalos cual espinas si nunca había sido tomada entre las manos de nadie? No fue hasta que alguien la recogió que notó todo el caos que podía causar con un simple contacto.
Suerte tuvo la desdichada flor de ser tomada por unas manos que habrían sufrido ya lo suficiente como para no soltarla. Manos que notaron como la pinchaba pero que tenían en su bolsillo un espacio sin color. Había encontrado de nuevo un florero en el cual reposar para adornar. Con el tiempo la flor dejó de ser un adorno y pasó a ser una parte de su ser que portaba con dolor y con aprecio. El sentimiento de no dejarla morir nació en ella pero triste estaba la flor, que yacía muerta desde el comienzo...
...
La flor y la mujer se sentaron en la tibia arena, rodeadas de flores que al igual que ella, peleaban con el dogma de la naturaleza que los humanos siempre habían creído.
—Suenas nerviosa— La mujer interrumpió el silencio de ambas con un comentario simple pero suave.
—No he dicho nada aún— Respondió la flor, mostrando una sonrisa en los labios
—Tu corazón te delata— Entonces la risa se le escapó de los labios.
La flor castaña volteó hacia la mujer e inclinó el rostro, con una sonrisa cálida cual la misma arena en la que posaban —¿Yo también puedo?— la respuesta fue solo una mirada confundida pero expectante —Tu corazón... ¿Puedo escuchar tu corazón?— Las miradas ahora juntas mantuvieron el silencio un poco más. La mujer extendió los brazos para recibir a la flor en su pecho.
Su cuerpo se inclinó y un abrazo sostuvo el cuerpo de la mujer, uno delicado y cuidadoso; quizás porque aún tenía el miedo de que sus pétalos la arañaran. Cerró los ojos y relajó el cuerpo, dejando su atención fija solo en la otra, en cómo respiraba, en cómo se movía, en cómo sus brazos también la rodeaban y marcaban senderos por su espalda con la yema de sus dedos, entonces una risa resopló en su nariz.
—¿De qué te ríes, mapache?—
—Creo que podría quedarme dormida aquí—
—¿Me harás cargarte de regreso?— Una risa desde el pecho salió de la otra, moviendo a la castaña un poco en su lugar.
—O podrías dejarme aquí, entre las flores y la arena, hasta que muera de frío— Respondió de manera dramática y exagerada pero una caricia invadió su cabeza y sus afelpadas orejas, cosa que la hizo guardar silencio de nuevo.
La penumbra del ocaso acompañado de la arena caliente del desierto demostraban muy bien la situación... Un entorno frío que parecía oscurecerse lentamente pero que era ajeno a ella pues estaba rodeada de la calidez que solo esa mujer parecía poder demostrarle de esa forma.
—Cada vez te pareces más a una lavanda— Murmuró suave, dejando que el aroma de la otra la absorbiera.
—¿Sí?— La mujer bajó la mirada y se encontró con una castaña que casi se quedaba dormida.
— Sí... Eres igual de bonita, además— Alzó el rostro para verla cara a cara, aun apoyándose en su pecho. Ambas unieron un beso con una sonrisa de paz.
Cerró los ojos nuevamente, como cachorro en el regazo de su dueño, calmada por las caricias de la otra —¿Podrías prometerme algo?— Susurró la castaña.
—Dime—
—Cuando muera, déjame escuchar tu corazón una última vez— De nuevo el tema de la muerte, un rostro de angustia se tornó en la mujer, como si remarcara algún dolor escondido que trataba de meter bajo la alfombra.
—No morirás— Respondió de forma seca pero un tono de voz débil, cual niña pequeña que temía por algo.
—No aquí... Pero quizás fuera, cuando hayas podido volver a tu vida y yo haber descubierto la mía— Sus orejas cayeron con el tema, pero su tono de voz era tan relajado como el silencio del lugar —Me gustaría poder volver a sentir esta paz por última vez—El silencio fue la respuesta más ruidosa que se esperaba y así fue. Alzó el rostro de nuevo, esta vez para tomar a la mujer de las mejillas y unir sus labios con la otra de forma cuidadosa —Te amo y desearía ser eterna para seguir amándote, pero así como me dejas amarte en vida, déjame hacerlo hasta la muerte—
— . . .— El abrazo pasó de ser uno superficial a uno más cercano, más íntimo. La mujer buscó refugio en el cuello de la chica y pareció respirar con dificultad, quizás tratando de evitar esa emoción fuerte que la invadía. Dejó a la otra sin respuesta.
Tal vez la mujer no quería aceptar que por más eterna que la flor aparentara ser, tarde o temprano tendría que dejarla ir, perdería sus pétalos y ya no podría adornar su rostro o su bolsillo.
