Work Text:
Gwyneth Berdara, Gwyn, sacerdotisa y guerrera valquiria, levantó las manos del piano y suavemente las posó en su regazo. Antes de abrir los ojos, suspiró y sonrío plácidamente. Para romper el silencio, lanzó una pequeña risita.
Un silencio nada más que acogedor y lleno de admiración, así como la mirada de Azriel a su lado, quién le devolvió la sonrisa. Sus sombras bailaron, envolviéndolos.
—Suena inclusive mejor en vivo. —afirmó él.
Gwyn se tapó la cara. —Basta. Nunca se dónde meterme cuando me hacen cumplidos.
Azriel se rio al percatarse de las mejillas ruborizadas de Gwyn. Punto para Azriel, ya que era ella quién lo sorprendía generalmente, con su irreverencia encantadora.
—No, de verdad. En la symphonia de Nesta los cultos suenan fenomenal, pero es otra cosa en vivo y en directo. —Azriel pausó unos segundos antes de decir: —Tenés una voz hermosa, Gwyn.
Gwyn se mordió el labio con una cara de aflicción, y dijo con dificultad: —Gra-cias.
—¿Te es así de doloroso recibir cumplidos?
Gwyn asintió con entusiasmo mezclado con vergüenza. Azriel lanzó una carcajada y sacudió su cabeza. Era raro verla en esta faceta, cuando que la mayoría del tiempo la conocía por sus retos en la pista de entrenamiento, llena de confianza. Ayer por ejemplo estuvieron horas peleando con las espadas. Cassian tuvo que intervenir porque— sus palabras fueron: prefieren morir antes de ceder. Cierto, a Azriel no le gusta ceder, no. A Gwyn tampoco, por lo visto.
Sí, fue una muy buena idea la de Cass, la de colocarse en el medio.
—Tu turno.
—¿Perdón? Eh- ¿cómo? —resopló incrédulo. —¿No me vas a dar algunas pautas antes?
Gwyn encogió sus hombros, con una sonrisa pícara, así como siempre lo hacía. —No.
—¿Alguna guía? ¿Algo-
El piano comenzó a sonar y Gwyn comenzó a hablar por sobre el patrón melódico que tocaba:
—Comenzá a tararear. Sin letras, sin pensamientos. Dejalo salir, como un respiro.
Azriel inhaló profundamente y cerró los ojos. Se dio unos segundos, porque la idea de cantar frente a alguien, encima alguien tan talentosa como Gwyn, le daba cierta timidez. No era tímido con ella. Al contrario, era demasiado fácil estar a su lado. Una facilidad que le daba hasta temor a veces, por lo extraño que se sentía. En sus siglos de existencia, facilidad y personas no iban juntos casi nunca, pero acá estaba, una facilidad resplandeciente y apaciguadora, que se formó tan naturalmente y en tan poco tiempo.
Azriel se concentró en su amor por la música, en porqué acudió a Gwyn a que le ayudará con su canto. Desde que escuchó la voz de las sacerdotisas en la symphonia de Nesta, no se pudo sacar la idea de la cabeza. Azriel sintió siempre una gran conexión por el arte. Imágenes del rostro de su madre le llegaron. Imágenes del día en que sus sombras juraron amistad eterna. Imágenes de dolor, de llanto. Imágenes de fuego, de flagelo.
—No puedo. —dijó él suavemente, y el banco hizo un pequeño chirrido cuando se levantó. El piano paró abruptamente. Gwyn lo observó en silencio con ojos consternados.
La sacerdotisa le tomó la mano y lo invitó a sentarse de nuevo, a lo que él accedió luego de unos segundos. Ella volvió hacia el teclado y simuló limpiar el polvo, aparentemente midiendo sus siguientes palabras.
—Fue muy apresurado de mi parte, perdón. —dijo Gwyn. —Yo sé muy bien cómo se siente cuando la garganta se te cierra.
Azriel asintió. Ese era su gran dilema con la música. Era su salvación, pero también, aquello que le recordaba... todo eso. La sangre, los gritos, la risa perturbadora de su padre y sus hermanos. Su madre en el suelo luego de ser golpeada. El sótano húmedo en donde pasaba horas sollozando.
Aquél sótano es dónde conoció a sus sombras que ahora se paseaban sobre los hombros de ambos, de Gwyn y de él, intentando acobijarlos, de calmarlos. Gwyn sabía muy bien como se sentía que algo tan lindo deje de sonar y deje de sentirse bien. Él sabía que ella no logró cantar después de la muerte de su hermana, Catrin, y que le tomó bastante tiempo asimilarlo todo y volver a hallar cobijo en la canción.
—Si no te molesta. ¿Cómo volviste a encontrar tu voz?
Gwyn lo entendió enseguida y respiró profundo antes de hablar.
—Fue cuando me acordé de qué me llevó a la música por primera vez, antes de... todos aquellos acontecimientos. Recordé la sonrisa de Catrin cuando me oía cantar. Cuando cantábamos juntas, con mamá y, cómo nos reíamos cuando a alguna de nosotras se le quebraba la voz. El dolor sigue ahí pero, ya no me restringe y, además, sueno mejor por ello.
—Mmm. —Az sonrío —Modesta.
Gwyn le dió un empujón con el hombro que él no esperaba sea tan fuerte y casi lo tumbó. Ella se río descontroladamente ante la casi-caída. Sus sombras danzaron al sonido de alegría de Gwyn. Ella lo miraba riéndose y riéndose, pero luego se detuvo. Sus sombras también se habían detenido, observándolos a ambos con calma y curiosidad. Azriel se percató que se había quedado mirándola a ella por un buen tiempo y se aclaró la garganta.
—¿Y vos, Az? Antes de todo. ¿Qué es eso que te llevó a la música?
Azriel la miró directamente. —Antes, no. —bajó sus ojos por un momento —En el mismo momento. En el medio de todas las cosas. En los cantos de mi mamá cuando no podía dormir. En las melodías que tocaba en la lira. En sus danzas cuando estábamos solos en la casa y cantábamos juntos. En el medio de todo.
Gwyn asintió con una sonrisa. Luego de unos segundos, llevó su mano al mentón, su mirada concentrada, y poco después, regresó al piano y comenzó a improvisar. Probó algunas notas aquí y allá, hasta, finalmente encontrar una melodía. De ahí pasó a los acordes y después, al ritmo arpegiado.
La sacerdotisa comenzó a tararear encima de la melodía del piano. Una cascada de notas que ascendían y descendían. Los acordes le daban un tono de melancolía pero, la frase siempre terminaba con un tono de esperanza. Y volvía a las notas tristes para encontrarse con las de felicidad y así, el ir y venir del arpegio.
Azriel volvió a cerrar los ojos, esperando dolor y mutilación, y si bien el dolor estaba allí, era aligerado, con un tono de esperanza. La imagen de su madre sonriendo, de ambos bailando y riendo juntos. Las imágenes de Rhys y Cassian jugando en la nieve. La imagen de Cassian recibiendo en la cara uno de sus bolas de nieve luego de haberlo tentado con la lengua afuera. La imagen de sus amigos riéndose de los regalos de Mor. La imagen de sus sombras estando ahí para él en sus misiones de espionaje. La imagen de las valquirias entrenando con una fortaleza y persistencia que no había conocido en tantos años. La imagen de la cara de Gwyn con las cejas arqueadas, estrechándole la mano, esperando algún premio por pasar la prueba del rito.
Ella se unió a su propia voz para hacer las armonías, cantando la últimas partes de la frase tres tonos más arriba. No lo había notado.
No notó que él había estado cantando en los últimos compases, solo. Se había perdido totalmente en las notas. En la voz de Gwyn que le sirvó de guía y en las imágenes de su familia, su verdadera familia.
Abrió los ojos y vio que Gwyn miraba alrededor de ellos mientras cantaba las armonías. Las sombras se habían esparcido por todo el salón de ensayo, mientras Gwyn brillaba en el medio, iluminándolos a los dos y al piano de cola. Era como una pintura de Feyre. Las sombras cantando con la luz.
La música comenzó a ralentizarse, progresivamente, y los acordes comenzaron a buscar su resolución. Gwyn tocó la última nota y le sucedió ese silencio que se da al terminar una pieza musical, del aire contraído en el pecho, de las emociones queriendo salir de la piel. Ambos suspiraron como si acabasen de terminar una sesión de entrenamiento físico arduo, rompiendo ese silencio de la última nota.
Gwyn y Azriel se devolvieron las sonrisas. Algo mágico los envolvía. Era como si la reverberación de las notas continuase en el aire, a su alrededor. Ninguno se animó a quebrar el contacto visual, como en sus sesiones de combate. Ninguno quería ceder.
El encantador de sombras no notó que Gwyn se acercaba a él y enseguida miró sus labios arrimandose, pero ella se los mordió y volvió hacia atrás. La sacerdotisa se sonrojó y se llevó la mano a la cara, para taparse la vergüenza, pero Azriel logró pararla antes de tiempo. Tomó su muñeca y la empujó hacia él y la besó.
Primero, fue un beso tímido, pero con ternura. Labios suaves y movimientos lentos. Hasta que el beso comenzó a tornarse más rápido y Azriel aprovechó la oportunidad para agarrarla del cuello y acariciarle el pelo. Ella puso sus manos sobre el pecho de él, estrujando su camisa. Ambos gimieron y el beso se tornó más acalorado en cuestión de segundos.
Estaban ahí, en el medio de salón de música, perdiéndose mutuamente como se habían perdido en la canción. Azriel gruñó de placer y Gwyn le respondió con un gemido. Él sintió una descarga eléctrica en el corazón y sabía con seguridad que no quería dejar de besarla. Quería más, quería sentirla toda, pero ambos comenzaron a perder el aire.
Mientras intentaban recuperar el aliento, se miraron el uno al otro con destellos en los ojos. Az colocó su frente sobre la de ella. A su alrededor, sus sombras habían comenzado a entonar una canción, mientras bailaban sin parar. Az y Gwyn miraron la escena, luego se miraron entre ellos y comenzaron a reírse juntos. Az la abrazó y la besó en la frente.
Este momento: una imagen que Azriel guardaría para toda la vida. Un antes y un después. Una interminable melodía.
FIN
