Work Text:
Filial: consanguíneo, familiar, pariente
14 de enero
Era un día frío de mediados de enero cuando cortaron conmigo.
—Creo que lo mejor sería que cada una fuera por su lado.
Parpadeé, sin terminar de vislumbrar que querían decir aquellas palabras. Hasta que las entendí.
—¿Cómo…? —No comprendía que quería decir. Estábamos bien. ¿Por qué decía esas cosas? —¿A qué te refieres? —Pregunté, componiendo una sonrisa para intentar quitarle hierro al asunto. —Es una broma, ¿no?
La que había sido mi novia momentos antes negó con la cabeza.
—No. No estoy bromeando. Y precisamente por eso, y por más cosas, quiero cortar esta relación. —Hizo un gesto deferente hacía mí, explicándose. —Siempre estás igual. Cuando no sabes algo sonríes o crees que es una broma. Tu inseguridad me mata, Valentina.
Tuve un estremecimiento, quedándome callada. Mi mente se había quedado paralizada. Era mi primera relación. No había sido maravillosa, pero la había llevado con ilusión, aunque lleváramos menos de tres meses ya estaba pensado qué comprarle para las fechas del día de los enamorados. Me hacía especial ilusión celebrarlo con pareja.
No reaccioné. No pude hacer nada mientras se alejaba más y más de mí. Sin que pudiera decir nada para retenerla, se marchó.
Horas después me di cuenta que me había bloqueado en todas las redes sociales. No quería saber nada más de mí.
Ni yo de ella, aunque fuera por puro resentimiento.
Llegué a casa a una hora indeterminada del día. Mi mente estaba confusa y apática. Mis padres aun trabajaban, así que me dirigí como un autómata a mi habitación. Era austera. Una cama, un pequeño armario y un piano. Esto último era lo que más ocupaba en la estancia.
Y lo que más necesitaba de ella.
Dejé el bolso cruzado en medio del torso en el suelo, sin miramientos, y me senté en el banquito que acompañaba a mi salvavidas. Respiré hondo, mirando el instrumento, pero sin llegar a ver nada. Con manos suaves acaricié las teclas que tanto me habían proporcionado, y comencé a tocar.
Como siempre que rozaba las teclas, le entregué mi alma. Un cúmulo de sentimientos me desbordaba como lágrimas que no se vertían.
No. No llevábamos demasiado.
No. No era la mejor relación.
Pero eso no quería decir que yo no le hubiera entregado una parte de mí para que todo aquello funcionara. Para que me aceptara con todas mis virtudes y defectos.
Dejé que toda mi esencia se vertiera en una pieza improvisada con pasión y dolor, hasta que poco a poco el torrente de emociones fue disminuyendo, al igual que las notas que arrancaba al instrumento.
Escuché como en un sueño abrirse la puerta tras de mí. Sabía quién era.
—Es raro escucharte tocar así. ¿Qué te pasa?
Tragué saliva, parando la pieza. Me conocía. Incluso mejor que yo misma, y sabía que esa pasión, ese dolor no era normal en mi forma de componer. Me di fuerzas a mí misma para girarme. Sentía las lágrimas deslizándose sin permiso por mi rostro.
—Luc… Mi novia me ha dejado. —No quería ni pronunciar su nombre.
Mi hermana Violeta me miraba desde el vano de la puerta, analizándome.
Con paso decidido, acortó la distancia que nos separaba, abrazándome la cabeza con fuerza.
—Mejor sola que mal acompañada, hermanita. Ya te lo dije en su momento.
Sí. lo peor es que era cierto. Violeta, aun siendo más pequeña que yo analizaba mejor las situaciones, y ya me había dicho que aquello no iba a durar. Que aquella chica no me convenía. Pero no había querido hacerle caso.
—No es justo… —Las lágrimas se deslizaron como un torrente ahora, como si el grifo de mi corazón, conectado a mis ojos, se hubiera abierto de golpe. —Le he puesto empeño y ganas.
—Lo sé. —Dijo contra mi pelo, abrazándome con más fuerza. Hice lo propio. —No todas las relaciones son las definitivas. Con esto has aprendido y seguro que te quedas con buenos recuerdos Valen, aunque en estos momentos no lo veas. Ahora debes aprender a apreciar lo que quieres y no quieres en una relación. De todo se aprende.
Me separé de ella para mirarla a los ojos con el ceño fruncido.
—¿Y tú por qué sabes más que yo de la vida?
Ella sonrió un poco pagadamente.
—Porque eres una cabeza de chorlito y yo soy la lista de la familia.
—¡Oye! —Le di un toque en el estómago, mientras las dos comenzábamos a reír. La tensión del ambiente se había disipado un poco con aquella broma. Suspiré. —Que corten contigo un mes antes de San Valentín llamándote Valentina tiene gracia. —Puse mala cara.
—No digas tonterías. No es el fin del mundo. —Desestimó con un gesto. Violeta me cogió de la mano, haciendo que me levantara. —Anda, ves a lavarte la cara y te vienes a mi habitación a jugar al Mario Kart un rato, ya verás como se te pasa de un plumazo el disgusto cuando no puedas ganarme y te de una paliza.
Puse los ojos en blanco.
—Aunque no lo parezca, Violeta, perder siempre contra ti no es mi mayor ilusión, eh.
Mi hermana comenzó a reír. Me dio un pequeño empujón; para ir al baño, pero también supe que era para que siguiera adelante. Cómo bien había dicho ella, no era el fin del mundo.
Jugar me resultó una fuente inagotable de descarga de estrés. Grité, pataleé y me cagué en mi hermana y en la impronunciable infinitamente (por motivos completamente diferentes, está claro) pero en definitiva me lo pasé bien y conseguí el objetivo de todo aquello, distraerme un poco.
Me encontraba mejor, realmente.
Estábamos en el suelo, sentadas en la alfombra, como hacíamos cuando éramos crías. Sentía las cerdas pinchándome el culo, el ambiente cálido del calefactor que teníamos al lado y el buen rollo que se respiraba en la estancia.
—Valen, ¿quieres qué juguemos a otra cosa?
Suspiré, satisfecha.
—Ahora mismo estoy bien, pero gracias. —Fruncí el ceño un poco, al caer en una cosa.
Violeta se dio cuenta de inmediato de mi cambio. Se puso de rodillas a mi lado, mirándome con esos ojos escrutadores y penetrantes a los que no podía ocultarle o negarle nada. Después de todo, era mi mejor amiga, aunque siempre tuviéramos algún desacuerdo.
—¿Qué pasa? —Terminó por preguntar, al ver que yo no terminaba de soltar prenda.
—Nada. Es una tontería.
Violeta se acercó un poco más, apoyándose en mi hombro.
—Va, cuéntame. Si te preocupa seguro que no es una tontería.
Terminé por suspirar.
—Estaba pensando que ahora no tengo a nadie a quien llevar a la quedada de San Valentín que hago todos los años con mis amigos.
No la vi por la posición, pero supe que ponía los ojos en blanco.
—Es verdad, era una tontería. —Remató.
Negué con la cabeza, sonriendo un poco. No tenía remedio.
—¿Entonces para qué preguntas? —Atajé.
Ella se encogió de hombros, apartándose para mirarme al fin.
—Porque soy tu hermana, es mi deber. Pero de verdad, eso me parece una tontería. Sí, sé que todos los años quedáis para San Valentín para no sentiros solos, y que alguna vez la gente viene con pareja y así os conocéis entre todos, pero, ¿qué más da?
Apreté los labios, insegura.
—Me hacía ilusión traer pareja este año.
Violeta me miró durante unos instantes. Supe el momento justo en el que iba a soltarme la bomba.
—No me digas qué… —Comenzó a decir sorprendida, pero no mucho. —Valentina Alcatraz Díaz. —Me llamó por mi nombre completo. —Dime de verdad que no te habías liado con esta pava para tener novia en San Valentín. Dime que no.
Quería negarlo. Hacerme la entera, la dura. No pensaba que fuera así, pero, viendo como notaba como me ruborizaba hasta límites insospechados, lo era. ¿Lo era de verdad? ¿Era tan básica? ¿Mi primera pareja había sido para poder fardarla en la fiesta?
No me lo podía creer. Me tapé el rostro con las manos, negando una y otra vez.
Analicé todo.
¿También era por la presión social? Era posible. Tenía veinte años y nunca había tenido pareja. La gente comenzaba a mirarme raro y al final, había visto una oportunidad y… y allí estaba.
—¡Dios Violeta! —Grité, con voz estrangulada. —¡Soy tonta! —Me recriminé, haciéndome una bolita.
Sentí a mi hermana cerca, abrazándome de nuevo.
—Tranquila. Todas cometemos errores alguna vez. Quédate con lo que te he dicho, es una experiencia. —Su mano me acariciaba repetidamente la espalda para reconfortarme. —No te tortures por ello.
Escuchaba sus palabras lejos. Mis pensamientos eran arrolladores. ¿La había querido siquiera? No estaba segura de eso, pero la atracción sí había sido real. Sí, estaba claro. Tenía curiosidad por explorar mi sexualidad. Hacía mucho que sabía que era lesbiana, pero por lo demás, solo miraba a las chicas admirando sus curvas, sin atreverme nunca a nada por mi timidez y al final se habían alineado los astros. O yo misma los había puesto en órbita, más bien.
Una amiga había conocido a su actual pareja por una app de citas, y me había picado la curiosidad. Y allí estaba.
Apreté con fuerza el labio inferior. Allí, entre aquellas cuatro paredes y con mi hermana al lado estaba en un terreno seguro. Podría mostrarme tal cual era. Así que lo hice. Alcé el rostro para encararla. A ella. A las circunstancias, a la vida. Quería cambiar, no drásticamente, eso era un error. Lo que realmente quería era llegar a mi mejor versión.
—Voy a intentar no pensar en ello. Centrarme en mí, volver al piano, que lo tenía un poco abandonado por intentar mantener conversaciones vacías por mensaje. —Dije con una seguridad que no sentía. Al menos no del todo. —Mejorar un poco cada día.
Violeta me miró unos instantes, analizándome.
Terminó por sonreír. Fue una sonrisa sincera.
14 de febrero
Ese día había amanecido algo nublado. El frío se adhería a los huesos, incluso estando en casa arrebujada. Hice la cama de forma mecánica, pensando en mil cosas.
Aquel era el día. El día que si todo hubiera ido bien con mi ex iríamos juntas a la reunión con mis amigos. Uno de ellos, Rob, tenía un pequeño estudio que sus padres le dejaban usar para montar ese tipo de quedadas. A veces jugábamos a las cartas, otras a videojuegos, pero lo importante es que lo pasábamos bien.
No iba a mentir: estaba nerviosa. No sabía exactamente el motivo, pero era así. En aquel mes había aprendido a escucharme un poco más, a ser consciente de mis sentimientos e inseguridades, pero también de mis propios fuertes.
En definitiva, había aprendido a quererme a mí misma un poquito más cada día, aunque era consciente que aún me quedaba un gran trecho.
Con todo eso en mente, recorrí la casa, bajando a la cocina para tomar el desayuno. Quería algo ligero. Sentía el estómago un poco pesado.
Al entrar a la estancia encontré a Violeta, que ya se estaba tomando un café.
—Hola.
—Hola. Hoy es el gran día, ¿no? —Comentó, llevándose la taza a los labios para ocultar una pequeña sonrisa maliciosa que pude ver. Ya me había dejado claro que para ella que me sintiera así era una tontería, pero me animaba, y se lo agradecía.
Me quedé parada a su lado, apoyándome en el respaldo de la silla que tenía enfrente. Suspiré sonoramente, dándome ánimos a mí misma.
—Sí. Hoy es el día. —Conseguí decir. No sabía a qué venía tanto misterio. Ni yo misma me entendía. Era una quedada como cualquier otra con mis amigos. Le estaba dando demasiadas vueltas, yo misma era consciente de ello.
—Anda, siéntate y desayuna algo. Es una quedada para comer y pasar el día, ¿no?
—Sí. —Me senté a su lado al fin, alcanzando una galleta de las que tenía ella ya en la mesa, masticando de forma apática, sin demasiada hambre. —Va a estar guay. De verdad, no sé por qué estoy así. —Le confesé.
Los ojos oscuros de Violeta brillaban, observándome con detenimiento.
Entonces dijo, como siempre, las palabras que necesitaba escuchar.
—Has hecho lo más importante, Valen. Quererte a ti misma. Lo demás vendrá con el tiempo.
Tuve un estremecimiento, mirándola con nuevos ojos.
—¿Por qué eres mucho más madura que yo? ¡Te saco tres años, no es justo!
Violeta se encogió de hombros, dando otro traguito a la taza.
—No lo sé. La vida y sus circunstancias.
—¡Ya sé! —Pasé de parte en parte de su comentario, inspirada. ¿Cómo había podido ser tan tonta? ¡Era una idea brillante! La mejor que había tenido en los últimos tiempos, tuve que reconocerme con pesar—. ¿Quieres venir conmigo? —Le pregunté al fin, sonriendo de forma genuina.
Mi hermana me miró durante unos instantes que a mí se me hicieron eternos, dejándome en vilo, esperando una respuesta. Al fin me devolvió la sonrisa con un toque de picardía en la comisura derecha y los ojos astutos.
—Estaba deseando que me lo pidieras. Me encantaría pasar San Valentín contigo, Valentina.
El estudio de Rob estaba a unos quince minutos andando de nuestra casa, un paseo que ambas agradecimos, incluso con el frío. El cielo se había terminado por despejar, mostrando el sol taciturno del invierno.
Al llegar a nuestro destino, toqué el timbre con decisión, algo nerviosa y ansiosa a partes iguales.
—¿Sí?
—Somos nosotras, Ian.
—Pasad. —Acto seguido la puerta hizo un ruido estático, indicando que se podía acceder al fin, y empujamos para abrir. En vez de coger el ascensor, optamos por subir por las escaleras, queriendo entrar en calor.
Sentía las manos heladas.
—¡Hola! —Saludó Tiana, la novia de Rob, dándonos dos besos a las dos. —Qué alegría verte, Violeta. No te veía desde que estábamos en el insti.
—Es verdad. —Mi hermana podía parecer algo seca, pero no se llevaba mal con mis amigos. Era una de las razones por las que le había dicho de venir. Sino hubiera estado cómoda ni se me hubiera ocurrido. —¿Me dijo Valentina que estabas estudiando derecho?
—¡Sí! Es duro, pero muy gratificante.
—Hola Tiana. —Mostré la bolsa que portaba. —He traído algo para picar.
La chica lo recibió con una sonrisa genuina. Me caía bien.
—¡Genial! Pasad chicas, estamos casi todos ya. Voy a dejar esto en la barra. —Sin añadir nada más se alejó de nosotras. Los demás nos saludaron en diferentes grados de efusividad. Veía varias caras nuevas por allí.
«Pues sí que han triunfado para el día de San Valentín.» Pensé sin poder evitarlo.
Repartimos una ristra de besos aquí y allí.
—¿Habéis traído el UNO flip? —Preguntó Rob, que se acercaba con algunas bebidas y a su espalda estaba Tiana, con las patatas variadas que había traído yo para aportar al picoteo.
—Sí. —Contesté, señalando hacía el sitio de dónde venían. —Está en la bolsa donde estaban los aperitivos.
—¡Guay! —Corearon los otros.
El sitio tenía lo necesario para el entretenimiento. Varios pufs repartidos aquí y allí, casi todos ocupados ya, un sofá y varios taburetes en la barra americana. Un pequeño fuego con horno incorporado y una nevera. La televisión tenía una PlayStation 2 que alguno de ellos había traído de su casa tiempo atrás con algún Crash Bandicut y Sing Star de la época. Con ambos habíamos tenido piques intensos en más de una ocasión.
—¿Quién es la chica con la que vienes? —Escuché a Marc desde mi espalda. Pude sentir como se colgaba de mi hombro. Las confianzas, que eran así. —¿Y tu novia?
Ante ese último comentario me puse tensa. Cerré los ojos. Era cierto. No se lo había comentado, pero esperaba que fuera algo que hubiera recorrido el grupo como la pólvora, pero siendo como era Marc, era completamente factible que no se hubiera enterado de aquella noticia.
Pude notar la incomodidad de los que estaban cerca y habían escuchado el comentario.
—Esta es mi hermana pequeña. —Le dije deferente. —Violeta, saluda. —Le insté, señalándola. Marc no era un amigo del instituto como varios de allí, así que era normal que no ubicara a Violeta. —Respecto a Lucía; ella y yo ya no estamos juntas, por eso la cosa de que no esté. —Dije con sencillez.
Violeta me miró con una sonrisa, asintiendo por mi comentario, sin añadir nada con palabras, pero diciéndolo todo.
Marc me soltó, haciendo que me girara para encararle.
—¡Cómo me alegro! —Dijo con franqueza. —No me caía bien.
Fruncí el ceño al ver alguna cara de sorpresa a nuestro alrededor.
—Qué pasa, ¿no le gustaba a nadie o qué? —Pregunté, no sabía si mi tono era de reproche o de risa.
Tiana, Rocío, Núria y sus parejas compusieron varias expresiones en sus rostros, pero terminaron por asentir.
—Se lo tenía muy creído.
—No te convenía.
—Mejor sola que mal acompañada, está claro. —Asintió Marc.
Compuse una sonrisa mientras un suspiro se me escapaba.
—Vale, vale, lo capto. Fue una mala decisión. ¿Podemos cambiar de tema? —Pregunté. No estaba molesta o enfadada, lejos de lo que podría pensar. Ni siquiera estaba triste. Realmente no me creía mi propio cambio de un mes a otro. Sí, había estado nerviosa al venir, pero ahora todo eso había pasado. Simplemente prefería hablar de otras cosas.
Dicho eso, la conversación derivó a los estudios o trabajo de la gente. Nos juntamos en el sofá, otros repartidos en el suelo con cojines en el suelo para no helarse. Tiana puso los aperitivos en el centro, y mientras picábamos proponíamos planes para hacer.
—¿Qué os parece calentar con el Sing Star y ya pasamos al UNO? —Propuso Núria.
La miré, dándole un toque en la pierna. La tenía al lado.
—Tú quieres que nos piquemos a muerte, ¿no? —La acusé. —¡Vaya combinación de juegos!
Pude ver como los ojos de la chica se llenaban de chispas. Siempre habíamos tenido redecillas amistosas en aquel tipo de eventos. ¿De mientras? Super amigas tomando un café, pero en juegos era otro cantar muy diferente.
Pude ver como mi hermana ponía los ojos en blanco a mi lado.
—¡No puede ser! Dime que no eres de esas que le sigue el rollo, por favor. —Fingió que le imploraba a Núria con las manos en pose de rezar, mostrando todos los dientes.
Núria la miró unos instantes, componiendo una sonrisa lobuna.
—Por supuesto.
Violeta negó con la cabeza, pero con una sonrisa en la boca.
—Entonces… ¿me dejáis daros una paliza? —Dijo la pequeña con picardía.
Núria hizo un gesto fingido, como si la acusaran.
—Perdóname, ¿qué? ¿Que quién me va a ganar? ¿Tú? ¡Sí claro!
No hubo nada más que decir, nos enfrascamos las tres en la partida (y todos los demás, pero ya no les prestamos demasiada atención, al menos las tres primeras canciones) dándolo todo a grito pelado. De una hora completa cantando pasamos al UNO, rompiendo más de una amistad por el camino con una ristra de chúpates infinitos que recayeron sobre Marc, que al estar poco atento por culpa del móvil sufrió la ira del grupo; seguidamente nos pusimos con el billar mientras comíamos unas pizzas, y con eso estuvo todo.
Fue sinceramente, un día agradable con mis personas preciadas, sin echar de menos tener a alguien al lado solamente por el simple hecho de tenerlo.
Agradecida de tenerme a mí misma y a mi hermana.
Eso era lo más importante y ahora era plenamente consciente de ello.
Miré a la mesa que teníamos a nuestra espalda. Había varios ramos de flores, entre ellas rosas y tulipanes que habían sido entregadas o intercambiadas entre mis amigos.
Sonreí.
No me hacían falta esas cosas, al menos no ahora mismo.
Había tardado en aceptar que seguir al resto no era lo mío, que era un espíritu que prefería ir contracorriente. Y no había nada malo en ello.
