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Stay with me a little longer, I will wait for you

Summary:

Una mujer de la era moderna con problemas de fertilidad intercambia intermitentemente su conciencia al cuerpo de Alicent Hightower, aceptando sin problemas su realidad si eso implica quedarse con los tres dulces niños que la mujer tiene como hijos.

Work Text:

Es tarde en la madrugada cuando se despierta, con la vista desenfocada y la mente aturdida, sintiendo la humedad del sudor empapado en las sábanas pegarse a su cuerpo caliente mientras trata de liberarse del calor que le da el acolchado de polar en su cama, estirandose para encender la luz y voltear a los lados preocupada, buscando inconscientemente algo que sabe que no encontrará allí.

Era ya la segunda noche que soñaba con ese bebé, cada sueño siendo un momento diferente. El primero que había tenido lo catalogó como el peor, sintiendo un dolor incomparable en la espalda que se extendía hasta el bajo vientre y la opresión de la pelvis, despertando justo cuando las mujeres que estaban en la habitación la llevaron hasta la cama, acomodandola entre almohadas para pujar. Este había sido ligeramente más confuso, lleno de rostros que no conocía y palabras elegantes que sonaban del medievo o algunas series ambientadas en monarquías inglesas, todos mirandola mientras ella se encontraba recostada en una cama. Se sentía mejor, pero si se movía demasiado tenía una sensaciones incómodas en la entrepierna y el bajo vientre.

El hombre vestido de verde parecía satisfecho con el panorama que encontró, con el mentón levantado y la sonrisa picarona, dándole una mala sensación; pero el otro de aspecto demacrado no parecía muy interesado en la situación, su sonrisa le pareció algo forzada y la mueca en la joven muchacha que estaba a su lado demostraba que tampoco era de su agrado estar allí. Un ambiente tenso muy contrario al que ofrecían los dos pequeños que tenía a su lado, un niño y una niña; los más bonitos que había visto jamás.

Helaena, la llamó el niño y Aegon lo llamó la niña. Lindos niños de mejillas voluminosas, ojos morados y cabello blanco junto con una piel tan clara como la que había leído en la versión original de Blancanieves, ambos aún arrastrando las palabras y enredandose en el pronunciamiento de las mismas. Ambos con sonrisas prominentes y un brillo juvenil destellando en la pupila.

Ellos la llamaban mamá, mientras preguntaban cosas sobre el bebé que tenía en sus brazos.

Aemond, según le habían dicho. Era precioso y ella sabía que era suyo. No sabía por qué ni cómo, pero ese bebé era todo suyo, al igual que los dos que estaban sobre la cama.

Aegon, Helaena y Aemond. Que nombres más curiosos y bonitos para tan dulces criaturas.

Los hizo dormir con ella esa noche, disfrutando de las sensaciones tan reales del sueño, con cada uno a su lado mientras ella recostaba su espalda contra la cabecera de la cama, sin sentirse cómoda al estar recostada y permitiendo que su bebé permanezca en sus brazos, alimentandolo ella misma a pesar de las insistencia de la mujer llamada Talya, quien había asumido era una especie de dama de compañía, la cual le pedía que le permitiera llevar al pequeño con una nodriza, dándose por vencida cuando ella no dio el brazo a torcer.

¿Qué clase de madre sería si permitía que su bebé, el que solo la conoció a ella durante meses, sea alimentado por la leche de una mujer que no reconoce de nada?

Recuerda con dolor lo vacía que se sintió al despertarse en la cama de su departamento esa mañana, sin nadie más a su lado y completamente angustiada al irse a dormir igual de sola. No estaba Aegon deseándole que sueñe con cosas tan lindas como él, no estaba Helaena llamándola mamá y pidiéndole que le acaricie el cabello, así como tampoco estaba su dulce bebé entre sus brazos.

Aún con la frazada pesada y la calefacción prendida, su cama nunca se había sentido tan fría.

Al despertar, la sensación de soledad no pasó, negándose a abrir mientras respiraba profundo para tratar de contener las lágrimas.

—Mi reina, no es mi intención molestarla, pero el príncipe está hambriento—sintiendo el toque de una mujer en su hombro, sacudiendola con delicadeza para despertarla.

Al despertarse, se sentó en la inmensa cama, sintiendo su remera vieja manchada de lavandina cambiada por un camisón blanco que le llegaba hasta los tobillos. La mujer pelirroja que había conocido como Talya sostenía al bebé entre sus brazos, su pequeña boquita en un puchero mientras el hipo de sus sollozos se escuchaba en su habitación, lo suficiente como para que ella extendiera sin cuestionar sus brazos hacia él, sosteniéndolo contra su pecho mientras se acomodaba para alimentarlo de forma cómoda.

—Quiero a mis niños aquí, traelos por favor—murmuró, acaricando las manitos de Aemond antes de presionarlas suavemente contra sus labios, dejando un beso en sus nudillos. Era aparentemente de mañana, las grandes ventanas dejaban colar la luz natural a la inmensa habitación, sus pocos cabellos platinados se veían preciosos a la luminosidad amarilla del sol.

El ruido de la puerta abriéndose de forma abrupta llamó su atención, sin molestarse en voltear creyendo que sería la mujer nuevamente.

—No son estás las horas de levantarse, Alicent—escuchó la voz de un hombre, llamar a alguien que no era ella porque ese no es su nombre, por lo que solo permaneció hamacando suavemente a su bebé—¡Alicent!—el tono fuerte la hizo asustar, volteandose rápidamente para ver qué era lo que quería el hombre—Has estado muy dispersa estos últimos días, debes de...

Ella se alejó en el momento en el que él invadió su burbuja de espacio, justo en el instante en el que sus dos niños corriendo con hacia ella, los cuales recibió con alegría.

—No sé que quieras, pero no necesito tu presencia aquí en este momento, puedes retirarte—retirarse murmuró, sin querer su presencia allí y sin tener noción de quién era.

Otto intentó contestarle, anonadado por el comportamiento de su hija, interrumpido por la entrada de Ser Cole en el cuarto.

—¿Todo está bien, mi reina?—la voz del caballero llamó su atención, no lo conocía y ella no era una reina, pero su aparición valió de ayuda, por lo que respondió.

—Sí, estaré sola con mis niños hoy, no recuerdo que asuntos tengo pendientes, pero asegúrate de cancelarlo todo—sentenció, acariciando sutilmente la espalda del que sabía se llamaba Aegon, indicándole subir a la cama—Y él ya se va—señaló con el mentón hacia el hombre.

Vio al moreno asentir, abriendo más la puerta y manteniendo su vista fija en el hombre de verde hasta que suspiró y volteó a verla avisando que hablarían más tarde.

—El abuelo se ve enojado—murmuró Helaena, aferrándose a su falda.

—Estoy segura de que esa es su cara de todos los días—le sonrió, dejando un beso en su mejilla.

Mejillas rellenas y rojas cual manzanas que pensaba que podría morder en cualquier momento. Sus niños eran tan lindos.

¿Habia terminado en alguna especie de realidad alterna ambientada en la época medieval? Eso parecía ¿Le importaba? No. En su mundo, se había sometido a múltiples exámenes ginecológicos, todos apuntando al mismo resultado: no habría grandes posibilidades de tener hijos. Ahora, tenía dos hermosos niños que se agrupaban al rededor de ella, deseosos de su atención y un bebé que se aferraba a sus ropas con todo la fuerza de su pequeña manito de recién nacido.

Tal vez no era la tal Alicent, pero estaría bien con tener su vida si eso incluía a los tres lindos ángeles que tenía a su lado.