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Seguido soñaba con tomar cada copo de nieve, uno por uno, con su dedo índice. Los depositaba todos en una caja enorme y los enviaba lejos de él, a un lugar llamado Taklimakan que había conocido en un reportaje; pero por algún error de la paquetería, el recolector metía a Ten en la caja y terminaba en el desierto, lejos y solo, con toneladas de nieve empacadas. Era su pesadilla recurrente desde que se había mudado a Chicago y al despertar, pensaba que la pesadilla no tenía fin porque la nieve seguía ahí.
A pesar de la calefacción, los músculos, los huesos, las venas, la sangre de Ten estaban entumidos. No habían cerrado la cortina aquella noche y podía ver la nieve cayendo. Un poste de luz iluminaba la terrible escena: la nieve, silenciosa, caía infinitamente. Atrapaba la ciudad entera. Los enterraba en una tumba blanca, pesada y helada. A pesar de la calefacción, los copos de afuera helaban a Ten por dentro. Jamás podría acostumbrarse a este clima.
A lado, en un silencio más profundo, Johnny respiraba.
Quería despertar a su novio para pedirle que lo distrajera, pero no quería perturbar su sueño. Cerró los ojos y empezó a llorar sintiendo demasiada lástima por él mismo. Sentía las lágrimas frías en sus mejillas. No quería seguir pensando porque lloraría más fuerte y despertaría a Johnny, quien había estado siempre dispuesto a consolarlo en ese invierno. Pero hoy no lo iba a dejar abrazarlo y decirle que todo estaría bien. No iba a arruinar el final de su día.
La piel de Johnny aun olía a pastel de cumpleaños. Todo había salido bien. La fiesta había sido divertida. Todos sus amigos asistieron, incluso Taeyong. Los tacos habían quedado excepcionalmente deliciosos. El regalo que planeó durante meses para Johnny le había encantado. El cumpleañero había sonreído toda la noche y parecía que, al dormir, seguía sonriendo. Todo había salido bien esa noche.
Jamás podría acostumbrarse al clima de Chicago, era cierto, pero la respiración de Johnny le hacía creer que tal vez sí. Se acercó más él. No iba a despertarlo, pero quería sentir el calor de su aliento. Johnny era la persona más reconfortante que Ten había conocido. Johnny era el calor que lo había mantenido vivo todo ese año. Vivo y feliz. Es curioso cómo podemos sonreír y ser miserables en un mismo día.
Al caer, los copos de nieve hacían sombras en la mejilla de Johnny. Era maravilloso el espectáculo en el que su novio sencillamente existía. Ten comenzó a tomar cada uno con su dedo índice. Los depositaba todos en sus labios, en su lengua, y sentía cómo su interior se deshielaba. Con Johnny a un lado, la nieve también podía ser cálida.
