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Existe un mito tan antiguo como la misma galaxia. Un mito que anima a los niños antes de dormir. Un mito que es visto como una ley para los locos y los fanáticos religiosos. Un mito, tal como lo dice la palabra.
Existe un mito: la Fuerza es real.
La Fuerza te permite hacer flotar lo que sea, la Fuerza te permite invocarlas, la Fuerza te permite engañar a la mente, leerla, la Fuerza te permite ver el futuro.
—Existe un mito.
—¿Y solo es eso?
El adolescente mira al hombre sentado a su lado, confundido por la manera en que ha comenzado su conversación. El hombre tiene una sonrisa que ilumina mucho más su bonito rostro.
—¿Por qué me lo dices si solo es fantasía? —pregunta el adolescente, desconfiando del hombre que lo sacó de su casa y lo llevó a una cueva iluminada por los rayos del pronto atardecer y los dos soles en el cielo.
—Porque, te lo aseguro, no se trata de un mito.
El niño mira incrédulo al hombre, alguien quien siempre es descrito como extraño, misterioso, un rechazado de la sociedad y, a veces, un loco. Su apariencia solo ayuda a confirmar los rumores.
—No entiendo.
—La Fuerza es real. —dice nuevamente el hombre, con una veracidad en su voz como si hablara de un hecho y no fantasía.
De pronto, el hombre acerca su mano a los ojos del adolescente, para que él vea que solo es una simple mano. Luego, la estira y apunta con los dedos hacia la moto deslizadora en la que ha venido. El hombre no dice nada, no separa los labios. Solo mira la moto y, entonces, esta vuela hacia ellos arrastrando la arena caliente. Esta se acumula en sus pies, mientras que la moto se detiene solo a unos pasos.
El adolescente se pone de pie de inmediato, asustado con lo que sus ojos acaban de ver.
—Eso fue… cómo…
El hombre también se levanta de la roca donde estaba sentado y toma al adolescente de los hombros. Ambos se miran a los ojos.
—Eso, niño, fue la Fuerza —dice el hombre—. Yo puedo usarla. Soy un Jedi.
El adolescente desea alejarse del hombre, pero este mantiene sus manos sobre él; es un agarre duro. El hombre también sonríe, pero ya no lo hace ver deslumbrante, sino que tiene un brillo maníaco en él, exagerado por lo despeinado de su cabello.
—No entiendo.
Entonces, el hombre mueve sus manos y las posa en ambas mejillas del adolescente, con un cariño que podría ser llamado paternal. El adolescente observa con mayor detalle al hombre, y se da cuenta que no le hará ningún daño, se da cuenta que este hombre parece guardarle un real cariño.
—Con el tiempo lo entenderás.
El hombre se separa del adolescente y lo toma de la muñeca. Empieza a arrastrarlo fuera de la cueva. El hombre estira su mano y, sin usar el palo de madera, hace que la moto se mueva hacia ellos nuevamente.
—Sube. Debemos irnos ahora.
Pero el adolescente se mantiene en su lugar y no deja que el hombre lo arrastre hacia la moto.
—Explícame primero —exige—. ¿Qué hiciste? ¿Qué es todo esto?
—La Fuerza, niño. Y te enseñaré también.
—¿Enseñarme? ¿Por qué?
El hombre, quien ya está sentado en la moto, gira su rostro hacia el adolescente. Los soles iluminan su oscuro cabello, que se mueve con el fuerte viento de la tarde. Su ropa está maltrecha y descolorida; sin embargo el hombre muestra un porte elegante y confiado, lo que hace que el adolescente realmente quiera creerle.
—¿Por qué? —vuelve a preguntar
—Porque también lo eres.
El hombre lo mira a los ojos y finalmente confiesa lo que con tantas ansias había querido decir desde hace años.
—Eres un Jedi, Harry.
