Chapter Text
Una fría ráfaga de aire me hizo cerrar los ojos, aunque no demasiado tiempo. El abismo que se extendía bajo mis pies llamaba poderosamente mi atención y evitaba que pudiera pensar en otra cosa que no fuese en la inevitabilidad de lo que iba a ocurrir aquel día.
Hacía horas que habían acabado las clases y me encontraba en la azotea del instituto, mi refugio, donde nadie más a parte de yo (y el profesorado y personal de limpieza y mantenimiento) podía acceder.
Había llegado a mi límite. Cada día era un infierno que ni yo mismo ni nadie de los que se encontraban a mi alrededor parecía dispuesto a detener. Si hubiesen querido hacerlo nunca me hubiesen hecho daño con sus insultos, sus gestos asqueados y su indiferencia absoluta hacia mis sentimientos y mi persona.
Aunque, claro está, ellos no me veían como una persona.
Ellos solo veían en mí a alguien feo a quien hacerle burla. Una cosa sin sentimientos que solo servía como piñata para demostrar delante de sus amigos lo valientes que eran por meterse con alguien mas grande y fuerte. Eran patéticos. Pero yo lo era más por no responder. A lo mejor todo esto se hubiese acabado hace tiempo si me hubiese dedicado a dejar salir mi mal humor y romperles la cara.
Un copo de nieve calló sobre mi nariz, sacándome de mis pensamientos.
Hokkaido era un lugar muy bonito. El sempiterno invierno daba un aire aún más romántico a aquel pueblo rodeado de montañas, bosque y naturaleza. Y, desde el punto en el cual me encontraba, podía ver claramente el paisaje en todo su esplendor.
Me daba pena tener que despedirme de tanta belleza. Pero según el mundo yo era algo que sobraba en aquel cúmulo de perfección.
Las lágrimas empezaron a caer desde mis ojos.
Volví a mirar al vacío al que pretendía tirarme.
No quería hacer aquello, pero... ¿qué alternativa me quedaba? Le había contado a mi madre y a mis profesores lo que pasaba pero le habían restado importancia diciendo que eran cosas de la edad; que los insultos que me dedicaban no eran para tanto; que no podía obligar a nadie a llevarse bien conmigo; que todo esto pasaría cuando acabara el instituto.
Y creía que tenían razón, pero no por eso dejaba de dolerme toda aquella situación. Era día si y día también aguantando aquello, ¿de verdad creían que podía simplemente aguantar estoicamente esta humillante rutina?
Aunque, por otra parte, no podía culparles... por lo menos no a mi pobre madre, que había hecho el sacrificio de buscar otro piso lejos de la ciudad en la que vivíamos y trasladarme a aquel instituto precisamente por los mismos motivos que me habían llevado aquel día a la azotea. Pedirle que volviera a hacer algo similar de nuevo sería terriblemente injusto. Tal vez lo mejor para ella sería quitarse de encima a un hijo tan problemático.
No pude evitar soltar una carcajada.
«Bien Kevin, por lo menos esto es un dos por uno» pensé.
Sacándome de la mente cualquier pensamiento que pudiese persuadirme, cerré los ojos, dispuesto a dejarme a caer.
Pero cuando estaba a punto de soltarme de la balaustrada, algo me detuvo.
Una mano pequeña y fría agarró la mía con fuerza.
El susto ante aquella acción tan inesperada hizo que perdiera momentáneamente el equilibrio pero, por instinto, conseguí agarrarme a las barras de metal que me habían servido de apoyo en todo aquel rato.
Me di la vuelta, con los ojos empañados de lágrimas a causa del miedo. Cuando me giré (dispuesto a lanzar una perorata de insultos a la persona que me había asustado de aquella manera y exigirle explicaciones de por qué se encontraba en aquel lugar) unos iris grises y tristones me taladraron el pecho, haciéndome sentir más triste de lo que ya estaba.
Aquellos ojos pertenecían a un chico más joven que yo, bajito hasta para la edad que le calculaba y con rasgos infantiles.
Iba a abrir la boca para dar explicaciones sobre lo que había estado a punto de hacer cuando el chico habló:
— No lo hagas.
Pestañeé, confuso ante la seguridad que demostró el chico con aquellas tres simples palabras.
— No lo hagas —repitió—. No sé porque quieres hacerlo, pero no vale la pena.
Mis piernas temblaron. Todo mi lado lógico estaba de acuerdo con él, pero cuando recordaba lo que me esperaba al volver a clase el día siguiente mi corazón dudaba.
Empecé a llorar desconsoladamente.
— ¡No quiero hacerlo! Pero no sé qué mas hacer, no aguanto más.
— Resiste, por favor —dijo apretándome con cariño mi descomunal mano con su pequeña manita y empezando a llorar también—.Créeme cuando te digo que nada, absolutamente nada, vale tanto como para que des tu vida por ello.
Llorando como un crío seis años y temblando como un flan, me agarré a la pequeña figura del testigo de mi locura para que me ayudara a volver al interior de la terraza.
Una vez con algo estable bajo mis pies me derrumbé sobre mí mismo. Abrazando mis piernas y enterrando la cabeza entre mis manos. Sentía que había vuelto a nacer.
Un mano reconfortante agarró mi hombro.
Cuando levanté la cabeza me encontré con una inocente sonrisa que pareciera decirme:
«Has hecho bien, estate tranquilo ahora».
Sin soportar más la sensación de infinita soledad y tristeza que me embargaba, me abalancé sobre él y le abracé con todas mis fuerzas, como si quisiese aplastarlo solo con la fuerza de mis brazos.
Él, con la poca movilidad que tenía, correspondió a mi abrazo.
Y así estuvimos durante una buena parte de la helada tarde. Yo no tenía fuerzas para levantarme y volver a casa y él parecía tener todo el tiempo del mundo para poder ofrecérmelo a mí.
Aquel chico me había salvado la vida cuando ni yo mismo habría dado un yen por ella. Era mi salvador, era…
Mi ángel de la guarda.
