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El grupo de sobrevivientes estaba reunido, habían logrado superar el invierno, eso incluyendo el derrotar al maldito deerclops que había intentado destruir la base que tanto esfuerzo les había tomado construir. Ahora era momento de enfrentarse a la primavera.
En el mundo normal la primavera en general era una estación hermosa, pero en La Constante no tanto, podrían tener flores con las cuales poder entretenerse y no perder la cabeza, pero la lluvia estaría presente y con ella la humedad, que sin los preparativos adecuados podría llevar a la locura y a un descenso de la temperatura corporal que sería tan perjudicial como la del invierno.
—Necesitamos seda —habló Wendy mientras revisaba los materiales
—Estamos en eso —contestó Webber, quien era una mezcla bizarra entre un ser humano y una de las arañas de ese hostil mundo. Podría parecer un monstruo, pero su mentalidad era la de un niño, uno con un espíritu colaborador que haría que cualquiera dejara a un lado su aspecto físico.
Webber buscó en unos cofres, tras revolver el contenido de los mismos finalmente dio con la máquina de afeitar, la líder del campamento le había dicho que podría quitarse aquella barba de seda cuando iniciara la primavera, así que, aunque la temperatura fuese baja podría quitársela.
—Webber, querido, no olvides dejarla en su lugar —habló la Sra. Wickerbottom— Recuerda que no eres el único que la usa.
—Pensé que Wilson tenía una propia —se metió en la conversación Wendy.
—Si, la tiene, pero la que usa Webber es la que todos usamos para robarle pelaje a los beefalos mientras duermen —dijo Maxwell dejando de lado su lectura.
—Ignoraremos eso...
En ese campamento aparte de los ya mencionados se encontraban: Willow, una joven mujer amante de la combustión; Wes, un mimo silencioso y quien tenía el récord en fallecimientos; Warly, un humilde Chef; Wolfgang, un hombre con una musculatura muy desarrollada; Woodie, un leñador 100% canadiense; y Wilfrid, una artista que se había quedado atrapada en su papel de guerrera.
—Woodie y yo saldremos a buscar madera —habló Willow mientras reparaba a su oso de peluche.
—Entendido, tengan mucho cuidado —dijo la bibliotecaria y fue hacia donde tenían las huertas, con la llegada de la primavera era momento de sembrar y de ser posible hacer uso de su libro de agricultura.
—Supöngo que iremös por carne —añadió Wilfrig —. Digan cuantos van para hacer los cascös y lanzas.
Wes alzó la mano, varios le miraron con cierta incertidumbre, Wilfrig asintió y tomó unas pepitas de oro para comenzar con la elaboración de los elementos para una posible batalla. La guerrera se acercó a Wilson y Wolfgang.
—Científico, prepara un corazón por si acasö; y fortachón, en nuestras manös recaerá la vida de nueströ colega mimö —les susurró Wilfrig esperando que Wes no pudiese escucharle.
Ella les entregó a cada uno el equipo, y los cuatro partieron esperando poder encontrar una buena fuente de alimento. Podría ser que fuese complicado ahora que tenían más bocas que alimentar, pero en realidad todos estaban a gusto en tener compañía en ese mundo tan cruel dominado por las sombras.
Tras explorar por media hora Wilson les llamó la atención, se trataba de una pisada, era su oportunidad, de tener suerte tendrían proteinas como para 8 personas aproximadamente. En silencio todos buscaron las siguientes huellas, tres pisadas, cuatro, y así hasta llegar a la séptima; pero, en vez de tener a la vista un nutritivo koalefante la desgracia les había perseguido, era un varg.
—¡A la carga! —exclamó Wilfrig quien no pensaba en huir, —¡Debemös derrötar a este descendiente de Fenrir!
La hostil criatura comenzó a aullar, y eso atrajo a los sabuesos, tres de ellos eran azules. Todos dejaron a un lado sus abrigos y gorros para ponerse su protección, la prioridad, como todos los días sería sobrevivir.
—¡Hombrecitos, no se preocupen, Wolfgang los mantendrá a salvo! - exclamó el fortachón y se hizo en frente de ellos con confianza.
—Wes, ¿tienes algo que nos pueda servir? —preguntó Wilson, el mimo asintió y sacó de su inventario una espada oscura.
—¡¿Tenía una de esas?! ¡¿Y para qué le hice la lanza?! —, se quejó Wilfrig sin dejar de atacar a los sabuesos.
—Creo que es la de Maxwell —habló Wilson mientras intentaba lidiar con el sabueso azul que amenazaba con devorarlo.
—¡Wes déjale la espada a Wolfgang! —, intervino aquel hombre robusto y le arrojó la lanza a un sabueso causándole la muerte de inmediato tras impactarle en la cabeza. Wes quedó congelado después de que aquella criatura pereciera, y la dichosa espada quedó en el suelo.
Estando ralentizado el científico alcanzó a patearla hacia Wolfgang quien tras devorar un pierogi comenzó a destrozar a los monstruos con ella. Los tres quienes aún seguían en pie se cubrían mutuamente y tras lograr abrirse paso entre los cadáveres de sus enemigos caninos llegaron hasta donde estaba el Varg, sus elementos de protección estaban por ceder, pero al saber que esa locura estaría por terminar no les importó. Tras el golpe de una de las lanzas aquella temida criatura dio su ultimo suspiro.
—Cön nuestra victöria estamös cada vez más cerca del Valhalla —dijo Wilfrig retirándose la armadura de madera que ya no tendría más utilidad.
—¡Este mundo no podrá con nosotros! —exclamó Wolfgang
—Bien, ahora déjenme revisar sus heridas —habló Wilson una vez hizo una fogata que serviría para que Wes se descongelara.
—Lo hiciste bien Wilson, y eso que eres un hombre de ciencia únicamente.
—Supongo que es por el tiempo que llevo aquí —comentó y aplicó un cataplasma de miel en la herida que Wolfgang tenía en su brazo.
—Ahora imagínate si entrenaras para ser un guerrerö —añadió la pelirroja con emoción.
—¿Le diremos a Maxwell que Wes tomó la espada? —preguntó Wolfgang mirando de reojo lo desgastada que se encontraba.
—Ah, que se quede con la duda —, dijo Wilson y pasó a tratar las heridas de Wilfrig
—Jamás pensé que dirías esö. Perö cömo sea, nö es que nö se lö mereciera. Sigue cön vida pörque nös es útil cön su manejo de las artes öscuras...
—¡Wes ya está de regreso!
—¿Todo en orden? Mantente cerca del fuego —habló el científico, y le entregó su gorro para que pudiera abrigarse.
Tras su merecido descanso miraron con detenimiento lo que había quedado del combate: carne de monstruo, dientes y lo más importante gemas azules. Desde que habían formado equipo no se habían visto en la desesperada situación de consumir los restos de ningún monstruo, por lo que no era su prioridad, pero al ver que tenían el espacio suficiente decidieron llevarla de todos modos, al menos para que al podrirse sirviera para sus cultivos.
El pequeño equipo buscó una fuente de carne que no les hiciera daño ni les enloqueciera, pero en la sabana que estaba por el camino de regreso no encontraron ningún beefalo, tampoco en los pedregales habían pájaros altos, así que tuvieron que dedicar el tiempo restante a capturar conejos.
—Por lo menos la adrenalina no faltó —, dijo Wilson a modo de queja sosteniendo a uno de los conejos capturados.
—Cuandö lös lagös se descöngelen iremos a pescar, dudö que nos mate un sapö.
—No retes a Wes —añadió Wolfgang a modo de broma, incluso la pobre victima de la burla pareció hacerle gracia.
El retorno hacia la base era bastante tranquilo, hasta que el científico notó algo extraño, alguien había destapado la entrada hacia una cueva, y el diseño de un pico desgastado que estaba cerca no le recordaba a alguno de los que cada uno construía. Los otros notaron que se salió del camino, y pensaron en ir por él, se encontraban en la tarde y en ese momento la influencia que las sombras ejercían sobre el mundo era mayor, así que lo mejor era dirigirse hacia un sitio más seguro, pero al notar lo mismo que él también se detuvieron.
—Creo que hay alguien nuevo...
