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El día era brillante, ninguna nube se atrevía a pasar en presencia de algún dios, Helios se encontraba contento, las tensiones eran cada día más grandes, los dioses estaban enojados, enfermos de rabia, e intoxicados por la "gloria" que la muerte traía consigo. Muchos de ellos al enterarse de la probable batalla saltaron de sus templos, y celebraron que por fin Zeus se atrevía a hacer algo.
Una lástima que algunos otros dioses no estuvieran tan contentos, pero que más podían hacer, "el padre de todo" exigía que eligieran bando, y se prepararan, pronto la sangre dorada bañaría toda Grecia y los humanos solo serian daño colateral.
Sergio miraba como sus hermanos se alistaban, lanzas y espadas de los metales más raros eran afilados, y cada uno decía a quien quería matar, como si un lazo más grande no los uniera, como si no hace poco no fueran una familia que comía y bebía, mientras los temerosos humanos les rendían culto, Sergio harto de ver como el odio los reclamaba poco a poco, decidió ir a su templo en Pafos en busca de algún consuelo.
Las columnas blancas lo recibieron, el aire de verano tocaba sus mejillas y el verde de los campos se expandía hasta donde alcanzara su vista y los manzanares crecían fuertes en su honor, no era mucho, no tan grandes como las de sus familiares, pero era lejano y tranquilo, paz antes de la tormenta, ni un solo humano estaba ahí, talvez eran más inteligentes que los dioses y decidieron que no querían ser parte del capricho de unos inmortales, ¿Pero realmente eran inmortales? Si un dios sangra ¿Realmente es un dios? Si un dios muere y no regresa que tan reales eran, talvez eran humanos con un toque divino, tan capaces de errar como cualquiera.
Sergio entró en su templo al aire libre, con la seda rosas que se abrazaban a su cuerpo, dejando su naturaleza desnuda expuesta a cualquiera que lo viera, miro al cielo en busca de consuelo, pero sabía que el padre de todo respondería lo mismo de siempre "las guerras son necesarias", que vil mentira, él no era tonto, sabía que cualquiera de los bandos lo querría en su equipo, después de todo el dios de amor podía iniciar y terminar lo que quisiera, como si Sergio pudiera soportar ver sangre derramada en su "honor".
-No deberías estar aquí solo - la voz suave, pero fuerte lo saco de sus sentidos, ahí en medio de su entrada, estaba Max con su casco sobre la cabeza, las plumas negras caían como una cascada, detrás de él llevaba su siempre fiel escudo, su armadura de bronce brillaba de forma divina, listo para matar, pobre niño iluso.
-Soy un dios, ¡Que puede pasarme de todos modos! - dijo Sergio sin alzando las manos de forma burlona, sin ver a Max a los ojos.
Max se quitó el casco antes de dar un paso hacia Sergio que miraba hacia la nada, en busca de alguna respuesta divina de que debía hacer.
-Hay una guerra en camino, deberías prepararte - el tono era autoritario, pero suave, quería controlarlo, pero Sergio no era ningún tonto, aunque los demás pensaran eso.
Su postura se tensó y con ceño fruncido volteo para por fin ver a Max, que aún no se dignaba a estar en su altura.
-Prepararme para que, para ver como ocupan humanos en sus pequeñas muestras de poder - Sergio estaba enojado, en cambio no podía desquitarse con Max, él solo era el hijo preferido de Zeus, listo para tomar órdenes, destruir ciudades, encadenar inocentes, solo si eso hacía que Zeus le sonriera al menos una vez, pero para él nada de eso era impactante, solo era lo que un buen hijo hace.
-Sergio, no se trata de eso - Max quiso alcanzar la mano del hombre, pero Sergio fue más rápido levantándose para que las manos del dios de la guerra no pudieran alcanzarlo.
-Entonces de que se trata ¿De complacer a tu ego o a tu padre? -
-Esas muestras de poder son lo que te dan seguidores, no olvides que existes gracias a ellos - el hastio era palpable en la voz de Max, quiso acercarse más a Sergio, pero él se alejó un poco más.
-Yo no pedí eso, jamás pedí eso, así como jamás pediría que se libren guerras en mi nombre ¡cómo puedes dejar que él haga eso! Carajo Max, en las guerras no gana nadie - Sergio miro en súplica a Max que se mantenía estoico en su posición, sin ver ganas de ceder Sergio miro directo a los ojos del hombre.
-Te equivocas, hay ganadores, la guerra es mi amor, eso deberías saberlo, y la única forma de mostrarle mi amor, es ganando - el hombre apretó la mandíbula en claro enojo, sus ojos de azul mar, se tornaron en hielo, y si pudieran atravesar piel, Sergio estaría desangrándose.
-No Max, en la guerra solo hay víctimas- él se armó de valentía y con paso decidió se acercó más al susodicho, que no bajaba la mirada. -Como una criatura que pide sangre y carne podría amar algo-
- ¿Qué otras cosas puedo ofrecer entonces?, como mostraré que soy digno de mi lugar - al decir eso bajo la mirada como un niño resignado, sensible al mundo que lo rodea, esperando una señal que le haga sentir como si toda si existencia fuera por algo, algo más que simples piezas en un juego que su padre solo puede ganar.
-Tú ya eres digno - Sergio no soporto más el enojo y quebró su rosada armadura, acercándose con toque cariñoso al cuerpo del dios de la guerra, tomando su rostro con la delicadeza de su mano derecha, sintiendo al instante el calor volcánico, la calidez de las armas y el deseo de vivir de todos los seres vivos.
Max acepto el toque cariñoso, acurrucándose más cerca de Sergio, que, ante el repentino movimiento, sonrió con cariño, siendo respondido con los labios de Max, que lo devoraban en inocente hambre, la lengua invasora probaba la boca del moreno, sabía a vino y miel, y tocar sus labios era como la lluvia de verano, cálida y refrescante, el aire movía sus suaves rizos como una espesa jungla.
Sergio se preguntaba cómo alguien con tanta predisposición a las peleas, podía ser delicado con alguien, como podía sostenerlo con tanto amor que se sentía asfixiado ante eso, pero era posible, sobre sus labios estaba la respuesta, y temió que si su amado partía a la guerra no regresaría, por lo menos no como el joven de pelo como el sol y ojos azules que le recordaban al cielo.
-Quédate conmigo... Max, quédate aquí conmigo- el tono suplicante no pasó desapercibido, era obvio que quería quedarse con Sergio, pero debía cumplir con su deber, eso es lo que hacen los buenos hijos y sin más, se separó del dios del amor como si su toque quemara.
-Tengo un deber que cumplir - el rostro que hace unos minutos reflejaba el más puro amor, ahora miraba al moreno con el ceño fruncido -Eso hacen los dioses, cumplimos para lo que fuimos creados-
-Y qué hay de lo que tú quieres, que hay de lo que los demás quieren- la rabia era un sentimiento que Sergio pocas veces demostraba, pero como podía ver a su amado irse en busca de una "gloria" que solo tendría su nombre al lado del de Zeus -Una vez la sangre corre por tus manos, no hay forma de quitarla.
-Mis manos están llenas de sangre - la mirada gélida se dirigió a Sergio que parecía atónito a esas palabras, como si no hubiera arrepentimiento detrás de estas -Es mi deber, es la lealtad que le tengo a mis padres, para eso fui creado - Max se acercó felino hacia Sergio que estaba quieto sobre sus pies -Soy el dios de la violencia, de la guerra ¿Qué más puedo ser? - Max suspiro dejando caer la máscara de tipo de duro -Para eso fui creado -
- ¡No Max! No eres eso - Sergio dio unos pasos hacia el dios que se veía vulnerable aun con su armadura brillante -No eres nada de eso, no tienes que ser nada de eso, tú eliges que ser - el moreno tomo las manos del rubio y las beso en delicadeza, pasando los nudillos hasta que Sergio aprendió de cada marca en la blanca piel -Por eso para esta guerra, no tienes que ser tu padre, no tienes que serlo -
Max al escuchar tales palabras, retiro sus manos rápidamente alertando a Sergio que lo miraba con sorpresa.
-Como podrías saber lo que soy, solo eres un dios que ni siquiera nació de unos de nosotros, eres espuma, como podrías saber lo que es tener que cargar con todos en tu espalda - él pasó sus manos contra su rostro, esperando que ninguna lágrima se derramara - ¡No sabes un carajo sobre eso! Tener que ser el fuerte, el duro con otros, porque sin ti todo se caería, ser el peón, el rey y las demás piezas, no sabes un carajo sobre cargar un reino sobre tu cuerpo - la rabia se convertía poco a poco en tristeza y Max estaba harto de ser siempre el duro con todos, el hijo obediente, el general en cada batalla -Quiero ser diferente, quiero ser suave y que me vean por algo más que mi rabia, pero no todos tenemos ese privilegio ¡No todos somos tu Sergio! Unos nacimos con el destino escrito - Sergio se quedó atónito ante esas palabras, pero lo que dijo lo termino de quebrar -Yo sé mi lugar, es hora de que encuentres el tuyo - termino, tomando su casco que yacía en alguna parte del piso, lo tomo entre sus divinas, manos y se preparó para partir.
No contó con que la rabia ya había alcanzado a Sergio y este lo detuvo en medio paso, tomándolo de la mano.
-¡Como si eso me hiciera menos dios que ustedes! - el dios se atrevió a jalar la mano de Max y que tuviera al menos el descaro de verlo a los ojos -Conozco mi lugar y no es en el maldito olimpo, talvez no sepa nada, pero sé algo que tú y tu papi no entenderían - los ojos de amor que él conocía, ahora lo miraban con furia, como un volcán a punto de estallar y sabía que a partir de ahí, el fuego crecería más y más y no había agua que los apagara -Cada rostro, cada alma que caiga sobre tu espalda es tu culpa y espero que al cerrar los ojos, veas sus caras suplicantes, y como no te atreviste a hacer nada, porque eso es lo que eres... ¡Un niño asustado, que no sabe decirle no a su papi! -
Antes de seguir hablando el rubio tomo ambos brazos entre sus manos y las apretó con rabia, esperando que eso callara a Sergio, el azul de su mirada ahora era rubí, lava corría en sus venas.
- ¡Silencio! - Sergio al sentir el fuerte agarre sobre él tembló, pero no permitiría que Max tuviera ese efecto sobre él -Amas que te amen, pero no te gusta la sangre que derraman en tu nombre, como si eso te hiciera diferente a nosotros-
Sergio se soltó y propino una cachetada contra el rubio, que se sobaba la mejilla, impactado, como si no creyera que él era capaz de algo tan mundano.
-Como si eso fuera algo, tú crees que después de cada noche con espadas y muerte, los humanos bailaran por amor, bailan por no estar muertos, eso ¡Eso no es amor! ¡Eso es no morir! Y eso no es vida - Sergio le mostraba los dientes a Max viendo colérico como este ser lo culpaba de no hacer nada cuando sangre era regada en su nombre -Como puedes estar de acuerdo con que tu pueblo pase eso, mientras los demás lo ven desde sus castillos en las nubes ¡Si quieren guerra pues háganlo, pero mátense entre ustedes, los demás no tienen la culpa! - grito señalando al cielo -Peleen sus guerras por una vez en su existencia - termino Sergio rendido.
Max miró el rostro rojo de Sergio, viendo el espíritu de un guerrero que se negaba a luchar en él, en otra guerra sin sentido, otra batalla que los dioses verían como un juego, mientras las personas morían como hormigas ante sus ojos, inmortales eligiendo bando con tal de jugar un juego en una batalla que aún no tenía objetivo.
Max quería a Sergio a su lado, festejando sus glorias bebiendo vino y cabalgando las estrellas así que en un momento de debilidad, bruscamente, tomo el cuerpo del pecoso contra él suyo, y lo beso en bestialidad, los labios del dios de la guerra, lo absorbían como un hoyo negro, la lengua trataba de entrar, pero Sergio trataba con sus fuerzas trataba de librarse de él, cuando por fin pudo soltarse, le respondió su beso con otro golpe en su mejilla, la palma de Sergio se quedó en el rostro, un dolor fantasma que cargaría hasta que sus creyentes dejaran de creer en él.
- ¡LARGO DE MI TEMPLO! - el cuerpo de Sergio temblaba como una hoja en otoño, como podía este hombre, besarlo para atarse a una batalla que aún no tenía nombre y esperar a que Sergio aceptara tan cruel destino - ¡Largo de aquí! -
Max se acomodó su casco tapando sus ojos azulinos que goteaban lágrimas doradas y se dirigió a la salida de los pilares, siendo observado con odio, pero antes de irse le dijo sus últimas palabras a Sergio.
-Yo conozco mi lugar y bando, es mejor que tú decidas el tuyo - siguió caminando sin ver el rostro de Sergio - Somos nosotros o son ellos -
Max se paró en medio del campo verde y en un momento su cuerpo se volvió fuego dorado, y en un parpadeo desapareció tan solo dejando una quemadura contra el pasto, una quemadura que por más que creciera la hierba jamás se iría.
Sergio al ver la figura de su amado desaparecer, salió corriendo del templo, escondiéndose debajo de un manzano que nunca daría manzanas, pero era tan grande que las personas temían que si lo cortaban Sergio los castigaría.
Sergio nunca quiso elegir, quería vivir una vida tranquila, sin pensar en los problemas de los demás, o que querían de él, solo quería escapar de ahí, a un lugar sin cielo para que Zeus jamás lo encontrara, un lugar sin agua para que Poseidón no lo arrastrara a las profundidades, un lugar sin muerte para que Hades no le atribuyera muertes al amor, pero ese lugar no existía y Max tenía razón, fue hecho para algo y aunque no quisiera cumplirlo debía hacerlo, era lo que un buen hijo, aun si eso lo destruía en el proceso. Sergio solo quería libertad, pero solo la muerte era amable con los humanos.
Con las pocas fuerzas Sergio pudo reunir, se postró debajo del gran árbol y entre destellos dorados, una ráfaga de viento vino y se llevó su piel dejando expuesta su naturaleza alada, debajo de esa tela rosa transparente yacía un cisne blanco, y como si nada alzo el vuelo y se fue el lago más cercano, encontrando en su naturaleza animal la libertad que ni los olímpicos tienen.
Los dioses desesperados por encontrar a Sergio comenzaron la búsqueda, en cada templo, montaña y lago, pero el dios no estaba por ninguna parte estaba, los cuchicheos no se hicieron esperar, algunos decían que Sergio se había escapado a una ciudad que solo habían escuchado de historias, otros decían que Max lo había matado, pues Helios les había contado que Sergio y Max habían peleado en el templo del moreno. ¡Que mentira! Pero fue la excusa que necesitaron para iniciar batallas.
Hermanos contra padres, sangre contra sangre, cada uno contra otros, dos bandos, los que creían en la inocencia de Max y los que creían en su culpa, cada quien tomo su lado e iniciaron las batallas en el nombre del fallecido Sergio.
El cielo se llenó de rayos, los mares de mareas como montañas y tan mortales como esas, los campos de repente se encontraron llenas de oro, y ninguno quiso ceder, Max se sentía culpable, aunque no sabe por qué, talvez debió insistir más o talvez debió quedarse callado, eso ya no importa, pues Sergio ya no estaba en ninguna parte.
Sergio aún como un cisne no sabían lo que pasaba, encontró en su nueva forma una libertad que jamás pensó experimentar, sin saber que en su nombre se libraba la batalla más grande en el olimpo y que él con una sonrisa podía terminar. Con suaves palabras podía detener a cada uno de sus hermanos y tíos, pero ellos no amaban a nadie, solo amaban pelear y beber como degenerados, y aun si Max se arrodillaba ante Sergio, el enojo del moreno no cedería, pues era un dios necio después de todo.
Lástima que todos los dioses sean egoístas y resentidos, y que solo piensen en su propia satisfacción, incluso eso que se gritaban a los cuatro vientos que amaban a la humanidad, no cambiarían su nueva libertad por ser parte del orden natural del cosmos.
Ante la desaparición del amor, el mundo se llenó de fuego y cenizas y cada cierto tiempo, se decía que el dios de la guerra iba hasta el templo del amor a llorar por su amor perdido, rogaria al cielo que lo regresara, pero nadie contestaría, al mar que lo escupiera de regreso, pero el mar no respondería, a la muerte que lo reclamara, pero la muerte no funciona en dioses, solo es amable con los hombres.
Fin
