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El segundo domingo de cada mes vengo al cementerio. Es una tradición que tengo desde que falleciste porque así puedo venir a ponerte flores y a hablar un poco contigo. A veces hay personas que me miran raro por estar hablando delante de un nicho. Otras me miran con pena. Por suerte, no me he encontrado con nadie que se ría. Tampoco me importa. Sé que no soy el único que hace esto.
Hoy es 11 de junio. Hace calor, pero aquí no me da el sol. Se agradece bastante.
—Hola, abuela. Ya mismo es verano —empiezo a decirte, soltando un suspiro. No me gusta el verano. A ti tampoco te gustaba—. Y ya mismo tengo vacaciones. Aún tengo que hacer el trabajo final del máster, pero después de eso ya estoy libre.
—¿Con quién hablas?
Una voz desconocida aparece de repente. Doy un pequeño salto, porque no me lo esperaba. Porque quién querría venir a saber con quién estoy hablando. Porque quién interrumpiría una conversación —que realmente es un monólogo—. Me giro despacio y alzo ambas cejas al encontrarme con un muchacho joven.
—Con mi abuela, ¿no lo ves? —contesto como si fuera algo obvio, señalando hacia la placa en la que aparece escrito tu nombre: «Sugawara Mitsumi».
—Cierto, perdona —se disculpa. No sé por qué, pero se pone a mirar a su alrededor, como si no quisiera que nadie más estuviera aquí. Como si no quisiera que nadie más le viera—. Mi nombre es Oikawa Tooru, por cierto.
—Sugawara Koushi.
Y me sonríe, asintiendo después con la cabeza. Empieza a caminar para marcharse, de espaldas, sin dejar de mirarme, y me dice adiós con la mano.
—Nos vemos, Sugawara Koushi.
No me da tiempo a decir nada más porque, cuando quiero parpadear, ya ha desaparecido por el siguiente pasillo de tumbas. Creo que ha sido la interacción más rara que he tenido en mucho tiempo y eso ya es decir bastante si tenemos en cuenta que estaba hablando hace unos segundos con un trozo de mármol —sin ánimo de ofenderte, abuela—.
—Ojalá pudieras contestarme y decirme si has visto antes a este chico por aquí. No me suena de nada. A lo mejor hace como yo y viene a ver a algún familiar. —Me rasco la cabeza, volviendo a la conversación unidireccional que tengo contigo—. Pero no sé. A lo mejor es de otro barrio.
Justo al terminar de decir esas palabras, el sol hace acto de presencia encima de mí, diciéndome así que se ha estado moviendo un poquito y que ahora le toca estar aquí. A lo mejor es una señal para que me calle y me vaya a mi casa. A lo mejor es por la hora. Pero decido tomármelo como lo primero y, tras despedirme de ti, me marcho.
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El segundo domingo de cada mes vengo al cementerio. Hoy es 9 de julio y aquí estoy otra vez. Voy hasta tu tumba, pero hay algo que cambia. No está sola. Está él. El chico del mes pasado. Ese tal Oikawa Tooru.
—¿Hola? —Me sale en modo de interrogación porque sigo sin entender muy bien qué hace. Por eso mismo, se lo pregunto—: ¿Qué estás haciendo?
—Hablar con tu abuela, ¿no lo ves?
Pongo los ojos en blanco, aunque una sonrisa rebelde decide ir por su cuenta y aparecer en mis labios. Me ha hecho gracia. Me acuerdo de que algo muy parecido le dije yo el mes pasado cuando me preguntó con quién hablaba.
¿De verdad lo estaba haciendo? ¿Estaba hablando contigo?
—¿Y qué le cuentas? —quiero saber. Porque, ya que supuestamente está hablando contigo, con mi abuela, qué menos que me lo diga.
—Le estaba preguntando otra vez cuándo vendrías a verla. Se lo pregunto todos los días. Y hoy no me ha hecho falta contestación porque lo he descubierto yo mismo —me explica. No sé si me sorprende más que quisiera saber cuándo iba a venir o que él haya venido todos los días a hablar contigo.
—¿Vienes todos los días?
—Sí, bueno. Digamos que mi casa está bastante cerca. Entonces, aprovecho.
—¿Y todos los días le preguntas por mí? —Tras mi pregunta, veo cómo las comisuras de sus labios se estiran hasta formar una pequeña sonrisa.
—Sí. Me llamaste la atención.
—¿Por estar hablando con un nicho?
—Por estar hablando con un nicho y por venir el segundo domingo de cada mes.
Alzo ambas cejas a la par que mis ojos se abren con asombro. La primera vez que yo le vi fue el mes pasado, pero está claro que esa no fue la primera vez que él me vio a mí. ¿Por eso se acercó a hablar conmigo? Tendría bastante sentido.
—Es una tradición —respondo lo más rápido posible al salir del pequeño trance en el que había entrado.
—Lo supuse. —Hace una breve pausa antes de seguir hablando—. Pero bueno. Os dejo un poco de intimidad. Te veré el mes que viene, Sugawara Koushi.
—Sí, claro. —No sé muy bien qué más decirle, ya que sigo bastante confuso. Decido que es mejor centrarme en ti y en qué voy a hablar hoy contigo.
Pero él se gira sobre sí mismo y, en vez de comenzar a caminar, torna su cabeza hacia mí con la sonrisa que tenía anteriormente en los labios.
—Por cierto, gracias.
—¿Gracias?
—Sí. Por venir aquí. Esto es muy solitario, así que se agradece un poco de compañía aunque sea una vez al mes. —Y se marcha, dejándome con la palabra en la boca.
No entiendo muy bien qué quiere decirme con eso. No entiendo muy bien a qué se refiere con que el lugar es solitario. Ni con que se agradece un poco de compañía aunque sea una vez al mes. Oikawa Tooru no parece alguien que no tenga amigos, sino justamente al contrario. Oikawa Tooru parece una persona encantadora que con su radiante sonrisa sería capaz de deslumbrar durante el día y de alumbrar durante la noche. Oikawa Tooru parece el típico hijo perfecto que lo hace todo bien. Oikawa Tooru parece una persona sociable, una persona extrovertida, una persona cuya prioridad es pasárselo bien.
Pero el problema es que yo conozco a Oikawa Tooru de haber compartido solamente dos ratos. Yo no puedo saber si, lo que parece, es.
Porque ¿quién es? ¿Quién es verdaderamente Oikawa Tooru?
No lo sé.
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El segundo domingo de cada mes vengo al cementerio. Hoy es 13 de agosto y aquí estoy otra vez.
—Quería pedirte perdón, abuela —comienzo a decirte, una vez que estoy delante de ti—. Es la primera vez que vengo para algo más que para hablar contigo. Si está aquí, creo que me quedaré a pasar tiempo con Oikawa. Durante este mes le he estado dando vueltas a lo que me dijo, creo que le pediré el teléfono y le diré de quedar en otro sitio que no sea… aquí.
Suspiro. Ojalá me contestases. Ojalá me dijeras que no pasa nada. Ojalá me dijeras que puedo hacer lo que me dé la gana, igual que siempre hacías. Escucharte decirme «muñeco» ahora mismo me regalaría bastantes cucharitas¹, mínimo recuperaría las que pierdo cada vez que recuerdo que no estás aquí conmigo.
—Así que ¿vas a pasar tiempo conmigo? ¿Tanta pena te he dado?
Le tengo de espaldas a mí, pero puedo escuchar cómo esboza la sonrisa más socarrona que me voy a echar nunca a la cara.
—Pues ahora me estoy planteando irme a casa, que lo sepas —no tardo en contestar.
—Que estoy de broma, anda.
De todos modos, no me habría ido a casa. Porque le entiendo. Porque a lo mejor él no está solo, pero sí que se siente así. Igual que yo. Sé que tengo a gente a mi alrededor, no me malinterpretes, abuela. Pero, a la vez, me siento muy lejos de estas personas. Como si me estuviera estirando para intentar tocarles con la punta de mis dedos pero siempre hubiera una fuerza mayor que me hace retroceder justo cuando estoy a punto de hacerlo. Que me tira hacia atrás. Que me empuja. Que me obliga a no poder alcanzarles.
Me siento como si estuviera en otra dimensión completamente diferente.
—Bueno, vale —digo, acabando por sonreír un poquito. Últimamente me cuesta mucho. Últimamente llevo peor que no estés. Últimamente te echo mucho más de menos.
Quizá sea porque hemos estado recogiendo cosas de tu casa. Quizá sea por el vacío que tengo dentro al ver tu hogar tan… pues eso, vacío. Como yo. Como el armario que estaba lleno de camisas que he acabado quedándome. Como la nevera cada vez que iba a hacerte una visita. Como la cama que antes estaba llena de peluches y que ahora solamente tiene una colcha muy hortera.
Ay, abuela. A veces lo llevo tan mal. Estos días lo llevo tan mal.
—¿Cómo estás? —me pregunta mientras comenzamos a caminar.
Mi reacción genuina es reír. No es una risa hablada, pero sí sonora. Es más parecida a un bufido que sale por los agujeros de mi nariz.
—Por lo que veo, no muy bien —sigue hablando él.
—¿Tanto se nota? —digo con fingida sorpresa—. Pero tienes razón. No muy bien. ¿Y tú?
—Sin más. Doy gracias a que sigo existiendo. —Se encoge de hombros.
Estar rodeado de tantas tumbas me está poniendo un poco nervioso, no me parece el mejor sitio en el que pasear. La gente viene a ver a sus seres queridos que ya no están y, desde mi punto de vista, es algo irrespetuoso pasar a su lado mientras conversamos tranquilamente. Por eso mismo, le propongo:
—¿Y si vamos a otro lado?
—No puedo.
—¿Por qué no? ¿Es que has venido con alguien o?
—Simplemente… no puedo —repite.
Frunzo el ceño. No comprendo muy bien por qué su respuesta es negativa, pero no quiero presionarle a contármelo si no se siente cómodo como para hacerlo. Esto hace que me confunda mucho más él como persona. Esto hace que me vuelva a preguntar que quién es realmente Oikawa Tooru.
—¿Y me darías tu teléfono? Por hablar y… ver cuándo puedes quedar.
—No tengo móvil —contesta, mirando hacia el lado contrario en el que estoy yo—. Lo siento.
No sé si me está mintiendo o, genuinamente, no tiene de verdad teléfono. Se me haría muy raro, porque hasta tú tenías un Nokia, pero tampoco soy nadie para meterme en los asuntos del resto. Solo espero que no me esté evitando. Sería contraproducente, ya que llamé su atención tiempo atrás —supuestamente—, cuando me vio por primera vez en el cementerio hablando contigo.
Hay algo que no me cuadra.
—No pasa nada. Te seguiré viendo el segundo domingo de cada mes.
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El segundo domingo de cada mes vengo al cementerio. Hoy es 10 de septiembre y aquí estoy otra vez.
Hace poco me dio una pequeña crisis, si es que puedo llamarlo así, porque me quedé con algunos pijamas tuyos y me puse uno para dormir. Seguía oliendo a ti. Sigue oliendo a ti. Fue tenerlo entre mis manos y comenzar a llorar sin poder parar, mientras pensaba en cómo tu esencia seguía en el olor de ese pijama, pero tu presencia se había ido meses atrás, tan rápido como un chasquido de dedos.
Pero respiré hondo y me lo puse. A partir de ahora, es lo más cercano que voy a tener a poder dormir contigo de nuevo.
—Hola, abuela —te saludo, una vez estoy delante tuya.
¿Hoy estará Oikawa aquí? No le he visto por ninguna parte, ¿y tú? Me da un poco de miedo pensar tanto en él, pero no puedo evitar querer conocerlo más. No puedo evitar que… me esté empezando a gustar. Espero que no me juzgues, abuela, aunque seguramente lo entiendas.
—¿Quiénes son tus vecinos? Nunca me he fijado… —Decido callar mis pensamientos y miro hacia el nicho de la izquierda, leyendo «Sawamura Daichi» en él, sin saber muy bien de quién se trata. Espero que sea simpático, si es que hablas con él.
Pero, cuando voy a fijarme en la placa de la derecha, siento que se me baja la tensión y que estoy a punto de desplomarme en el suelo. «Oikawa Tooru, 20-07-1999 / 01-06-2023» es lo que está escrito y, ahora, empiezo a entender alguna de las cosas que me decía: por eso no puede quedar fuera del cementerio ni tiene teléfono móvil.
Entonces, abuela, ¿por qué tú no hablas conmigo? ¿Por qué no apareces como si estuvieras viva de verdad? ¿Por qué él sí y tú no? ¿Es que no quieres que venga? ¿Es que te molesto? ¿Es que… ya no me quieres?
Tengo que apoyarme en el alféizar que sobresale de tu nicho, donde colocamos las flores, para no caerme de rodillas en la tierra. Creo que está comenzando a llover, pero no tardo en darme cuenta de que las gotas que caen en mis zapatos no vienen del cielo sino de mis ojos. También me cuesta respirar, pero ignoro ese dato. Realmente, estoy ignorando todo lo que no sean las mismas preguntas que martillean mi cabeza una y otra vez.
—Sugawara.
No distingo quién me habla. Tampoco me importa.
—Sugawara, por favor.
¿Cómo he sido tan estúpido de no haberme dado cuenta antes? ¿Por qué no se me había ocurrido mirar los mármoles vecinos del tuyo?
No sé si debería seguir hablándote. Ni pensándote. No sé si quieres que lo haga. Me agobia no saberlo. Aparece, por favor.
—¡Suga! —Es Oikawa.
Me giro para mirarle y noto la pena en su cara; creo que sabe que yo ya lo sé. Que sabe que yo sé que está muerto.
—Lo siento —insiste, con la voz rota, al ver lo mal que estoy.
—Da igual —contesto, sorbiendo los mocos y limpiándome las lágrimas con la palma de mi diestra—. Sí es cierto que me lo podrías haber dicho desde un principio, pero da igual.
—Me daba miedo asustarte y me daba miedo que no quisieras seguir hablando conmigo.
—Literalmente vengo a hablar con mi abuela. Me habría asustado en un principio, sí, pero… creo que me habría acabado acostumbrando. —Me encojo de hombros, aunque no sé si es por el verdadero significado del gesto o porque quiero esconderme de cualquier manera.
—Lo siento, otra vez.
—¿Por qué mi abuela no es como tú?
Suspira antes de contestarme:
—Ella murió muy mayor, le cuesta mucho adoptar esta forma y más aún cuando es de día. Siempre me dice que se está reservando para un día especial, como su cumpleaños o algo así. No es que no quiera, te lo prometo.
Sonrío. En parte, de alivio. Pero también porque me pone feliz que sepas que voy a venir el día de tu cumpleaños.
—Ella también está sonriendo. Y dice que te quiere mucho.
Mis ojos empiezan a aguarse de forma automática, pero hago el mayor esfuerzo de mi vida para no ponerme a llorar otra vez.
—¿Puedes…?
—Sí. Lo que te he dicho es ante los vivos. Yo sí puedo verla y hablar con ella. Siempre. Por eso, aquel día que me pillaste aquí… estábamos hablando de verdad.
Siento envidia, mas también lo comprendo. No sé si es envidia sana, o es envidia de un nieto que quiere hablar con su abuela y que no quiere que nadie más lo haga. Sé que no te gusta que piense así, pero no puedo evitarlo. Porque yo quiero hablar contigo antes que nadie. Porque yo quiero poder disfrutarte aunque sea un poco más.
—Me voy a casa —anuncio, de repente—. Vendré el mes que viene, como siempre. Tengo muchas cosas que procesar.
—Lo entiendo… No es fácil descubrir estas cosas y menos cuando tu abuela es tan importante para ti.
Asiento con la cabeza, ladeando una sonrisa un poco triste, justo antes de comenzar a caminar para marcharme.
—Y tampoco es fácil darse cuenta de que te está empezando a gustar un fantasma —murmuro para mí mismo, esperando que ninguno de los dos me podáis escuchar.
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El segundo domingo de cada mes vengo al cementerio. Hoy es 8 de octubre y aquí estoy otra vez.
Le he estado dando muchas vueltas a lo que descubrí el mes pasado. También pensé en venir antes, pero no he tenido mucho tiempo para poder terminar de procesar todo. Han sido días complicados.
—Me apetece que sea tu cumpleaños, ya sabes —te digo, soltando un pequeño suspiro—, por el tema de que podrías aparecer y demás. Quiero que me puedas decir que me quieres sin tener que necesitar a otra persona. Quiero que me lo digas tú.
—Lo sabe. Y también me dice que seas paciente.
Oikawa Tooru ya no tiene ningún reparo en aparecer de repente ante mí —y ante ti, supongo—. Yo, por mi parte, me asusto. Suspiro y le miro, tratando de esbozar una pequeña sonrisa: mentiría si dijese que no me alegro de verle, pero sigue siendo una situación bastante complicada.
Además, hay algo a lo que le llevo dando vueltas desde que me fui el mes pasado a casa.
—Me gustaría probar una cosa —digo, mordisqueándome el labio inferior. Ahora que sé que me ves y que sabes lo que estoy haciendo, me da un poco más de pudor. Igualmente, no voy a dejar de hacer lo que considero oportuno porque sé que no te gustaría si así fuese. Me regañarías o algo así.
—Y a mí me gustaría comentarte una cosa —me contesta—. Después de lo que quieras hacer, claro.
Me tiembla la mano —y todo el cuerpo— por lo que estoy a punto de hacer, ya que la estoy alzando y acercando a su rostro. Abuela, como pueda tocarle… no sé qué seré capaz de hacer. Ojalá pudieras decirme algo. Ojalá pudieras decirme que no pasa nada si no puedo. Ojalá pudieras decirme cómo reaccionar si sí que es posible el sentirle.
Entonces, lo noto. El frío de su mejilla hace acto de presencia en las yemas de mis dedos y, como si me diera un calambre, la aparto rápidamente. No sé si reír, si llorar, si lanzarme a darle un abrazo o si no hacer nada. Por desgracia opto por lo último, pero porque entro en trance. No sé cómo reaccionar.
—Suga…
¿Eso significa que el día de tu cumpleaños voy a poder darte un abrazo? ¿Eso significa que voy a poder volver a sentir tus besos? ¿Eso significa que vamos a poder jugar de nuevo a quitarnos la nariz?
Y, con Oikawa, eso significa que puedo…
—Voy a besarte —anuncio, agarrando su cara aún con las manos tiritando como en la noche más fría de invierno.
Pero para fríos sus labios. No sé de dónde he sacado la valentía y la fuerza de voluntad para poder hacer esto, abuela. La cuestión y lo importante es que lo he hecho. Le he besado. Fatal, pero le he besado.
—El 31 de octubre puedo salir de aquí. —Es lo primero que me dice nada más separarse. Joder, ya podría haberme dicho que qué beso más bonito o algo así, ¿no? Pero no pasa nada, esto también es algo importante—. Es Halloween. Quienes podemos adoptar forma humana sin problema, podemos ir fuera. Eso sí, tenemos que volver antes de las doce de la noche.
—Como Cenicienta —sonrío mis palabras.
—Como Cenicienta —repite.
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Es la primera vez que no es el segundo domingo de cada mes y vengo al cementerio. Hoy es 31 de octubre y es Halloween.
Tampoco es que haya llegado a entrar, por lo que no he podido ir a saludarte, lo siento. Estoy en la puerta, esperando a Oikawa: es la primera vez que podremos estar juntos fuera de aquí. Se va a sentir raro, lo sé, pero me apetece. Quiero pasármelo bien con él.
Llevo una bolsa enorme con un disfraz y yo también llevo puesto un traje. Lo más seguro es que no sepa de quiénes vamos a ir vestidos, pero espero algún día poder enseñárselo bien.
Tooru aparece, notándosele la cara de alivio al poder pasar la puerta y salir a la calle. No me quiero ni imaginar cómo debe sentirse el estar atrapado en un mismo lugar y que, por mucho que quieras irte de ahí, no puedas. Pero qué te voy a contar a ti que no sepas, abuela.
—¿Vas de Angel Dust? —me pregunta con sorpresa, señalándome de arriba a abajo y ladeando una sonrisilla llena de diversión.
—¿Sabes qué es Hazbin Hotel? —respondo, más sorprendido aún que él—. ¡No lo sabía! En enero lo estrenan. En plan, una temporada entera.
—¡No me jodas! Por favor, tienes que traerlo en tu móvil para verlo. —Asiento con la cabeza ante su petición. Él, por su parte, se da cuenta de que llevo la bolsa—. ¿Qué llevas ahí?
—Tu disfraz —le digo mientras saco unas orejas y unas alas de color rojo—. Vas a ir de Husk. Así vamos a juego y…
—Entiendo. Tú también les shippeas, ¿verdad? —Su respuesta hace que me ruborice y eso dice más que mil palabras.
Cuando ya tiene puesto el disfraz improvisado, comenzamos a caminar. Son las diez de la noche y tenemos poco más de hora y media para poder hacer cosas. Me abruma tener tan poco tiempo porque siento la presión de querer hacer demasiadas cosas pero a la vez de no superar sus expectativas. Aunque tampoco le he preguntado qué le apetece hacer.
—¿Hay algo especial que quieras cenar y hacer después? —pregunto.
—Me apetece muchísimo comerme un kebab en el parque y pasear.
Alzo ambas cejas con cierta sorpresa, pero sus deseos serán órdenes. Nos ponemos en marcha para poder comprar la comida al lugar más cercano y dejo que sea él quien lo haga todo, aunque invito yo, claro. Puedo ver en su cara la felicidad por poder pedir y de interactuar con más personas que estén vivas.
Llegamos al parque y nos sentamos en el suelo. Antes de empezar a comer, saco el móvil y, aunque me dé un poco de miedo el resultado, hago un selfie. No sé si mirarlo. No sé si saldré yo solo en la foto.
—¡Qué guapo salgo! —le escucho decir nada más quitarme el teléfono de las manos.
Suspiro de alivio y, entonces, me río. Me gusta mucho. Me gusta más de lo que me podría llegar a imaginar. Oikawa Tooru me gusta, me encanta, me fascina.
Cuando cenamos, meto la basura en la bolsa donde traíamos la comida. Me giro y ahí está él, relamiéndose la boca después del último bocado de su kebab. Agarro la servilleta que yo mismo he usado para limpiarle, porque está siendo un desastre y no se está quitando la salsa que está sobre la comisura de sus labios.
—Ahora sí —murmuro sonriendo y mirándole a los ojos.
—No.
Me agarra la barbilla con delicadeza hasta que se pega a mí completamente, uniendo nuestros labios en un beso que me sabe a gloria —y a kebab—. Nos damos ese beso y otro y otro y otro y otro. Ah, y otro más. Porque tienen que ser pares, siempre.
—Ahora sí —susurra sobre mi boca y yo sonrío.
Me separo de él a duras penas. Voy a guardarme el móvil pero, al ver la hora, me alarmo.
—Debemos irnos ya, tenemos diez minutos para que vuelvas al cementerio —le aviso, empezando a ponerme un poco nervioso. Por eso mismo, cuando nos levantamos del suelo, agarro su mano y le digo antes de salir corriendo—: Vamos.
Corremos y corremos, teniendo el corazón en un puño que cada vez se va cerrando más y más. Noto cómo el aire se me va de los pulmones como si fueran cientos de pájaros volando y sin poder tener ninguno en mano.
Pero no te preocupes, abuela, creo que llegamos a tiempo.
⊱•••━━━━━━《 ♠ 》━━━━━━•••⊰⊹
Abro los ojos y me encuentro en el cementerio. Es 1 de noviembre y no es el segundo domingo de este mes. No sé muy bien qué estoy haciendo aquí porque mi último recuerdo es estar corriendo con Oikawa por la calle. ¿Me habré quedado dormido aquí? Ni idea, pero espero no haberme resfriado.
—Mierda —mascullo. Me levanto corriendo del suelo, limpiándome la tierra de los pantalones—. Hoy había quedado con mis padres para venir aquí, precisamente.
Le estoy hablando a Tooru, quien ya estaba de pie y lleva un buen rato intentando decirme algo, o eso parece. No tengo mucho tiempo porque no puedo llegar tarde con mi familia, así que le dejo con la palabra en la boca —sé que está muy mal, lo siento— mientras voy corriendo hacia el portón.
Intento salir, pero no puedo. Frunzo el ceño sin comprender qué está pasando y vuelvo a intentarlo.
Nada. No puedo. Es como si hubiera un cristal con el que me estoy chocando constantemente.
—Sugawara… —dice Oikawa, detrás de mí.
No le hago caso porque sigo empeñado en querer salir.
—Suga —insiste.
Sé que soy un cabezón de mucho cuidado, abuela. Intento palpar qué es lo que me impide irme de aquí, pero no consigo dar con lo que es.
—¡Koushi! —grita.
Me asusto por lo mucho que alza la voz y me giro para poder mirarle. No solamente está él, sino que hay mucha más gente observando la situación. Personas de diversas edades —niñes, jóvenes, adultes y ancianes— parecen querer enterarse de todo lo que está pasando.
Es justo en este momento cuando me doy cuenta de lo que está sucediendo. O, más bien, de lo que me ha sucedido a mí.
Y entonces te veo. ¿De verdad eres tú? No me lo puedo creer. Corro y corro hasta que estoy frente a ti, con los ojos llenos de lágrimas. Te toco la cara como si fuese la porcelana más delicada de tu vajilla especial —esa que nunca usabas porque no querías que nadie la rompiera—. Como respuesta, sonríes y juegas a quitarme la nariz.
Te abrazo y te atesoro entre mis manos.
—Estoy aquí —me dices.
Todo está bien.
