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Rating:
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Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Ocho formas de besarnos
Stats:
Published:
2024-04-23
Words:
987
Chapters:
1/1
Comments:
3
Kudos:
11
Hits:
103

En la madrugada

Summary:

No fue porque dijo su nombre.
Tampoco fue por cómo lo dijo.
Si Greg tomó la decisión fue por esa risa. Y jamás había estado tan seguro de algo en su vida.

Notes:

Día 1 de Kisspril: Primer beso.

"Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en Occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza,
y hasta el sauce inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso."

- Rima IX, Gustavo Adolfo Bécquer.

Work Text:

Fanart de MadMoro (DeviantArt)

 

Londres bostezaba.

Era una madrugada gris de finales de febrero. Lluviosa y gélida, con un pujante viento helado que se introducía bajo la ropa y la piel y calaba hasta los huesos.

Pero nada de eso importaba.

Cuando el escenario de la detención se despejó y fueron libres de regresar a casa, Mycroft sugirió desayunar en uno de los puestos callejeros de la ribera del río. Y Greg aceptó sin dudar, con una sonrisa radiante que dejó al hombre del Gobierno Británico en blanco durante una fracción de segundo.

Pidieron churros con chocolate y se sumergieron en una conversación animada mientras daban un paseo al amanecer.

Greg estaba encendido.

Acababan de resolver uno de los casos más difíciles a los que la policía se había tenido que enfrentar en los últimos meses, y uno de los más importantes, pues involucraba a la Realeza indirectamente. A sus espaldas quedaban muchas horas de investigación sin descanso, aguantando a Sherlock y sus excentricidades día tras día y, lo que había empezado como una carga y se había convertido en una luz en los momentos de quiebre, teniendo que colaborar con el MI6 a través de Mycroft.

Se conocían de antes. Mycroft solía llamarlo para preguntar por Sherlock, a veces para pedirle que fuera a vigilarlo en su lugar. Su relación se había reducido a eso hasta ahora, que las llamadas y mensajes de texto fueron sustituidos por cenas en restaurantes lujosos, meriendas en cafeterías secretas y, ocasionalmente, encuentros en casa de alguno de ellos. Reuniones acompañadas de vino y miradas de una complicidad difícil de explicar pero que estaba ahí, esperando a ser entendida.

—Gregory —había dicho Mycroft con suavidad—. Gregory —dijo—, te has manchado de chocolate.

Greg estaba acostumbrado a que lo llamara así. Gregory. Paladeando las sílabas que componen su nombre.

Nadie lo llamaba así, ni siquiera su madre.

Sonaba elegante y más interesante de lo que era gracias a la voz de Mycroft, al dulce tono con que lo pronunciaba. Apenas despegando sus labios, expirando el último sonido junto a una nube de vaho.

—¿Mh?

Sacó la lengua para limpiarse y Mycroft esbozó una media sonrisa.

—Más a la izquierda.

No fue porque dijo su nombre.

Tampoco fue por cómo lo dijo.

Si Greg tomó la decisión fue por esa risa. La tímida risa de Mycroft, tapada levemente con una mano, quizás porque se avergonzaba de sus dientes o la forma de su boca al reír.

Greg jamás había estado tan seguro de algo en su vida.

Así que se limpió la mano en el pantalón, agarró a Mycroft por la corbata y acortó la distancia entre sus labios hasta reducirla a nada.

Lo besó.

Como llevaba deseando hacer desde que Mycroft dejó de llamarlo Lestrade y empezó a decir su nombre. Como deseaba besarlo desde que Mycroft se quedó dormido en su sofá esperando a que regresara de la cocina con café. Lo besó como había soñado tantas veces, despacio y sin pausa, conteniendo la respiración y las ganas de abrirle los labios con la lengua.

De forma inesperada, fue Mycroft quien lo hizo. Sintió la humedad en su boca y recorriendo su cuerpo, de la nuca a los pies. Y el calor. Palpitante y efervescente.

Mycroft no devolvió el beso con la misma gentileza, sino que buscó abrasar a Greg desde dentro. Lo besó como si quisiera apoderarse de su cuerpo; en un sentido físico, ya que Greg le pertenecía desde que descubrieron que les gustaba el té igual, que tenían gustos musicales parecidos y que, cuando estaban juntos, la electricidad se podía palpar en el aire a su alrededor. En pocas palabras, eran el uno para el otro.

Así que se besaron como dos almas gemelas que al fin se encontraban. Sedientas y pletóricas de deseo. Un sentimiento que por fin podían satisfacer.

Greg casi se asfixia por la falta de oxígeno. Aunque al principio fue él quien retuvo a Mycroft, éste lo había estrechado entre sus brazos en mitad del tórrido besuqueo y no parecía dispuesto a soltarlo así como así. No sin la promesa de más besos como ese o mejores, si era posible.

Myc...

Sólo tenía aire para suspirar la mitad de su nombre, pero el brillo en la mirada que Mycroft le devolvió al decirlo fue suficiente para convertirlo en un apodo cariñoso para la posteridad.

—Myc —repitió. Se sentía tan feliz y completo que probablemente estaría riendo durante todo el día que acababa de empezar—, lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

—No quería abordarte así, no fue... apropiado. Pero es que no te ibas a decidir nunca, joder.

Mycroft rio por la repentina confesión. Y porque, al instante de decir aquello, las mejillas de Greg se tiñeron de rojo.

—Le perdono si me concede otro beso similar, Detective Inspector —demandó acercando su boca a los labios de Greg, que seguía sonriendo.

—¿A qué esa formalidad? ¿Tienes algún fetiche que deba conocer?

Hablaban entre susurros, a escasos centímetros de distancia, jugando, con sus narices acariciándose. Apenas había gente en la calle a esas horas de la mañana, y los pocos transeúntes que pasaban por allí caminaban demasiado distraídos como para detenerse a observar a una pareja de hombres adultos todavía mareados por un primer beso trascendental.

Si lo hubiesen hecho, se habrían avergonzado de observar una magia tan pura, la que desprendían al estar así, abrazados, absortos en su propio mundo, contenido en las pupilas del otro.

Mycroft torció la sonrisa y entrecerró los ojos.

—Si quiere descubrir mis gustos en la cama le sugiero agenciar una cita. Fecha: este viernes por la noche. Lugar: mi alcoba.

Y Greg tuvo que tragar saliva. Sólo imaginando por un instante lo que encerraban esas palabras, lo que significaban, se había excitado.

—Seré puntual —prometió sobre sus labios, rozándolos a propósito.

Y sellaron el trato con su segundo beso, más intenso que el primero, pero menos fogoso que los que estaban por compartir.

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