Chapter Text
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Al finalizar su entrenamiento Ikki abandonó el coliseo para cumplir su rutina: hidratarse, ducharse y vagar.
Al rato caminaba en el bosque que rodeaba el santuario. El trinar de los pajarillos, el aroma a tierra y hojas húmedas y las flores que salpicaban los espacios abiertos lo enamoraron cuando lo descubrió dos semanas atrás.
Desde entonces lo visitaba, y también desde entonces la melancolía era una con él. Le era imposible que la nostalgia y la ligera culpa no lo embargaran, pues al estar allí pensaba en la niña que murió por él. Esmeralda continuaba ocupando un lugar importante en su corazón, por ser el amor platónico más puro, sincero, infantil e inocente que tuvo la dicha de conocer.
Esmeralda hubiera sido feliz en ese lugar. La imaginaba encantada por la diversidad de plantas, mariposas y aves. Maravillas que no tuvo la suerte de apreciar por vivir en la Isla que en realidad parecía el infierno.
Ikki detuvo su andar perezoso y se sentó a la orilla del riachuelo que encontró. Distraído se dedicó a lanzar piedras.
—Mi reino por tus pensamientos —dijo Kanon con voz gruesa y profunda.
Ikki no lo sintió aproximarse, aunque hasta ese instante descubrió que Kanon estaba a su costado. Lo tomó por sorpresa, por lo que dio un ligero respingo.
—¿Y bien? —insistió, observando a detalle el perfil ajeno.
Kanon sabía que algo le sucedía, lo conocía gracias al tiempo que compartían, además era el único caballero de bronce que tenía el honor de entrenar con él. Ikki era considerado un insufrible, agresivo, altanero e insolente, pero Kanon sabía que era sentimental.
—Mete ruido, cabrón —espetó de malhumor, negándose a responder.
Kanon sesgó sus labios en una sonrisa torva y se sentó a su lado. Ikki gruñó, pero antes de decir algo, Kanon posó la mano sobre su antebrazo, donde se dibujaban un gran hematoma y varios cortes.
—A veces es necesario hacer trampa para curar las heridas —dijo a la vez que su cosmos se manifestó con suavidad.
Ikki arrugó la nariz por el cosquilleo que sintió. El cosmos de Kanon era gentil al curarlo, jamás lo había sentido de esa manera y se sorprendió.
—Sé que las cicatrices son símbolo de orgullo para cualquier guerrero, pero algunas veces es mejor curar las heridas para que no sigan haciendo daño —explicó con paciencia sin pausar su labor.
Ikki bajó la mirada dejándola puesta en la corriente del riachuelo cristalino mientras pensaba en el trasfondo de las palabras de Kanon.
—Lo sé…, pero a veces algunas son muy profundas —comentó por lo bajo.
La herida que le dejó Esmeralda al partir era grave. Seguía sin cicatrizar, y cuando creía que ya había sanado, la misma volvía a abrirse cada vez que recordaba a la niña.
Kanon asintió con aire reflexivo. Concentrado en la labor de curación movió su mano al muslo, donde sabía lo había pateado con fuerza durante el entrenamiento.
—Las heridas aunque sean muy profundas deben sanar, porque de no hacerlo la carne se necrosa y las consecuencias son graves —aleccionó.
Ikki dejó escapar un suspiro melifluo pensando en eso último. Debía dejar de atormentarse, pero le era difícil cuando pensaba en Esmeralda. La recordaba con cariño y también con dolor, y no sabía de qué manera desligar el segundo sentimiento.
—Tienes que superarla, Ikki —musitó cuando aferró la mano del joven—. Eso te dará tranquilidad y a Esmeralda le permitirá descansar en paz.
Tiempo atrás Ikki le había contado su historia en un arranque de confianza. En su momento Kanon no lo criticó, por el contrario se limitó a escucharlo. Gracias a eso pudo comprender algunas actitudes del chico huraño.
Ikki asintió, pero de inmediato negó.
—No quiero olvidarla…, ella no merece eso…
—Superar no significa olvidar. Aprende a vivir con su recuerdo sin que eso te agobie —cortó dándole un apretón en la mano—. Ella fue buena, no tiene porqué lastimarte su recuerdo si en vida nunca lo hizo.
Ikki apretó los labios y cerró los ojos, impidiendo con lo último que se llenaran de lágrimas.
Por un instante se concentró para percibir únicamente el sonido de la naturaleza que lo rodeaba a la vez que evocaba el recuerdo de Esmeralda.
De entre tantos recuerdos se quedó con el de ella rodeada de las flores caprichosas que siempre prosperaron en la Isla. Eran flores sencillas, silvestres y pequeñas, justo como la niña.
Kanon suavizó su mirada junto a su sonrisa al descubrir que Ikki también sonreía con dulzura sin darse cuenta siquiera.
—¿A eso le llamas sanar con trampa? —preguntó instantes después, sintiéndose más ligero y menos roto.
—Sí, en parte —respondió Kanon antes de inclinarse.
Cuando Ikki giró el rostro en su dirección, Kanon asaltó los labios con un beso que ambos anhelaban. Ikki se dejó llevar, cerró los ojos y correspondió con un beso apretado, apenas moviendo su lengua con timidez cuando Kanon lo incitó a separar los labios.
Cuando Kanon se alejó, le dedicó una sonrisa que Ikki descifró al instante, por ello le dio un puñetazo en el costado y sonrojado hasta las orejas se puso de pie.
—No digas ni una mierda —espetó de mal humor, provocando que Kanon soltara una carcajada estruendosa.
—No te estoy diciendo nada, niño —aclaró haciendo énfasis en su forma de llamarlo.
—¿Sabes?, yo no ando por el mundo besando a ningún desgraciado. Lo mío es golpear y matar a cualquier maldito —empezó a despotricar.
Kanon asintió dedicándole una mirada burlona y se incorporó para alcanzar la mano del moreno impidiéndole alejarse más.
—En realidad me gustó tu primer beso —aclaró abrazándolo de la cintura—. De hecho, me gustaría repetir muchas veces más.
Ikki refunfuñó por lo bajo rodando los ojos, sin saber si aceptar la propuesta o golpearlo.
