Actions

Work Header

Día 4: Primera Cita

Summary:

Pasados los eventos de la serie, un año más o menos, Goemon es ahora su compañero de clases. Jigen quiere invitarlo a salir, pero no sabe cómo, así que Lupin decide darle un empujoncito.

Notes:

Este oneshot pertenece a un reto de san valentín que no alcancé a completar. Voy a estar subiendo el resto de las partes en desorden y a medida que las termine.

Work Text:

La risotada que se le escapó a su amigo se habría escuchado seguramente hasta el otro lado del mundo. Pero la verdad estaba exagerando ya que las paredes del escondite eran a prueba de ruido.

—Ya mejor vete al diablo—le gritó Jigen abochornado, primera y última vez en su vida que se abría sobre sus inseguridades con el tarado de Lupin.

Y es que él también se estaría riendo si es que no fuera él mismo el objeto de la burla. Además su situación sí parecía un mal chiste.

Jigen Daisuke, a pesar de su corta edad (15 años más o menos), era un chico que podía presumir de cierta experiencia en el ámbito amoroso. Había tenido parejas, tanto chicos como chicas, y de distintas realidades. En resumen, le sabía un poquito al “bisnes”

Por eso resultaba ridículo que ahora no supiera cómo invitar a una cita a alguien.

Pero es que ese alguien no era cualquier persona. Era nadie más y nadie menos que Goemon Ishikawa, el chico nuevo que había entrado hace poco a su salón de clases y que por alguna razón, se terminó volviendo amigo de ambos.

—Ya, ya, perdón—aunque las disculpas de Lupin no sonaban sinceras, pues seguía riéndose—pero no puedo creer que justamente tú estés nervioso de pedir una cita.

Es que no lo entendía. Goemon no era ni como ellos, ni como la gente con la que se juntaban a veces, ni como ningún otro con quien haya salido antes. Tal vez con el único con quien guardaba cierto parecido era Lupin pues ambos eran niños ricos y querían escapar de sus familias, pero ni así.

Goemon era diferente en muchos aspectos. No era solo una cara bonita. Su disciplina y habilidad en el manejo de la espada le parecían admirables, era sin lugar a dudas un rival digno con el que batirse en duelo. Había demostrado ser una persona honorable e íntegra, muy diferente de ellos que se dedicaban a armar jaleo sólo por diversión sin importarles a quienes afectaran en el proceso. No es como que le avergonzara su estilo de vida, pero no se sentía a la altura del joven samurái.

Además era reservado como él mismo, lo que le resultaba intrigante y la razón por la que le parecía tan difícil abordarlo, no sabía cómo acercarse sin espantarlo en el proceso. Por último, ¿siquiera le gustarían los tipos? No estaba seguro de ello.

—No lo entenderías aunque intentara explicártelo—respondió enfurruñado y se levantó con intenciones de largarse.

—Espera—le pidió, pero el otro solo dijo un escueto “adiós” mientras se disponía a abrir la puerta, así que el joven ladrón recurrió a un truco sucio para hacerlo hablar—ya entendí lo que te pasa, eres un gallina.

Se quedó quieto con la mano en el picaporte ante esas palabras y lentamente se volvió hacia su “amigo”.

—¿Disculpa?

—Disculpado, gallina.

—Vuelve a repetir eso y…

—¿Y qué? ¿Vas a golpearme?—lo retó viendo que su mano estaba apretada en un puño—eres capaz de matar a sangre fría con una sola bala, pero te orinas si se trata de invitar a Goemon a salir.

Y acto seguido, se puso a cacarear para reafirmar su punto y molestar al joven pistolero. Este pudo comprender fácilmente el porqué de sus provocaciones, pero no quitaba que le fastidiaran y ya harto de ello, se lanzó sobre el otro para callarlo a golpes.

Y rodaron por el suelo entre puñetazos y jalones.

—¿VISTE QUE SÍ ERES UN GALLINA?—gritó Lupin entre más cacareos.

—¡YA CÁLLATE!—dijo Jigen en el mismo tono.

—No puedo creer que te pongas así por una tonta cita, cualquier podría hacerlo, hasta yo y ni siquiera me soporta.

Por alguna razón, imaginarse a esos dos saliendo juntos al parque o al cine, le provocó un ardor en la boca del estómago y lo odió.

—Ni se te ocurra—le advirtió seriamente.

—Sólo mira.

Dicho eso, logró quitarse de encima a Jigen y salió disparado del escondite. El otro se quedó un poco desconcertado por su accionar, pero sin perder más tiempo, lo siguió corriendo.

Una vez afuera, lo encontró dentro de su auto encendiendo el motor. No lo pensó dos veces y se trepó al techo justo cuando arrancó.

—¡YA VEREMOS QUIÉN LOGRA SALIR CON ÉL PRIMERO, JIGEN!—le gritó, sabiendo que venía montado en el auto, y aceleró.

A pesar de su incómoda posición, se dio cuenta de a dónde se dirigía el loco de Lupin: la casa de la familia Ishikawa.

Eran más o menos las 7 de la tarde, el joven samurái debía estar cenando o haciendo sus deberes. Ah, con lo cumplido que era…pero no podía distraerse pensando en lo bonito que se veía concentrado estudiando. Sabía que por lo menos algún criado o un miembro de la familia iba a estar allí cuidándolo, ya que sus padres aunque ausentes, eran estrictos. Y en el momento en que Lupin hiciera alguna estupidez (lo cual era lo más seguro), lo meterían en problemas.

***

Lupin era de todo menos tonto. Había notado la forma en que sus dos amigos se miraban y hasta había alcanzado a ver en la libreta del joven samurái, el nombre de Jigen acompañado de un corazón.

Le pareció un poco cursi y tierno al mismo tiempo, pero confirmó que se gustaban mutuamente y estaba decepcionado de verlos quererse en secreto sin intentar nada. Le irritaba, así que decidió darles un empujoncito y qué forma de hacer reaccionar a su querido compañero de aventuras que poniéndolo un poquito celoso.

Si el plan que había ideado esa misma mañana tenía éxito (lo que era lo más probable), debía felicitarse a sí mismo.

Cuando llegaron hasta la gran casa de la familia Ishikawa, frenó de golpe, provocando que Jigen se soltara de su agarre y saliera disparado hacia el frente y se estrellara contra el muro que rodeaba la propiedad. Sin molestarse en atenderlo ni reparar en sus quejas, se trepó por el mismo muro. Habían ido un par de veces anteriormente y sabía cómo llegar a la habitación de su amigo.

Se percató de que Jigen lo seguía de cerca a pesar de andar medio maltrecho. Se rió por lo bajo, ésto a pesar de ser muy fácil, estaba siendo divertido.

En cuanto llegó a la puerta de la habitación de Goemon que daba al jardín, pudo ver que estaba iluminado así que se dispuso a llamarlo. Inhaló profundamente y gritó.

—¡GOE-...!—pero Jigen lo tacleó, interrumpiendolo y cubrió su boca para impedir que hiciera más ruido.

Sin embargo, ya era tarde. Alguien corrió las puertas alarmado por el ruido. Para su suerte, era Goemon.

—Lupin, Jigen—los miró a ambos, sorprendido—¿qué hacen aquí?

—¡GOEMON, QUÉ ES TODO ESE ALBOROTO!—se escuchó que un adulto gritó desde dentro de la casa.

—¡NO ES NADA!—contestó mientras les indicaba con la mano que lo siguieran—¡FUE UN AVE QUE SE ESTRELLÓ CON LA PARED, VOY A REVISAR SI ESTÁ BIEN!

—Vas a tener que ayudar a ayudar este—susurrando, señaló Lupin a Jigen, había logrado zafarse de su agarre—se lastimó de camino acá.

El joven samurái puso una cara de preocupación y ayudó al susodicho a levantarse. Luego los dirigió hasta un depósito alejado de la edificación principal de la casa. Allí podría tratar las heridas de Jigen con más calma.

Pero cuando llegaron, Lupin los empujó dentro, provocando que un par de papeles cayeran de la chaqueta del joven pistolero y trancó la puerta desde afuera. Asomó su cabeza por una ventana que había en la pequeña estancia, estaba sonriendo el muy desgraciado.

—¡Lupin qué demonios!—gritó Goemon—¡explícate ahora mismo!

—Jigen tenía algo que decirte—le dijo ignorando sus reproches—nos vemos mañana, me avisan cómo les fue—lanzó las llaves de su auto dentro del depósito y se despidió de ambos—se los dejo prestado, cuídenlo, ¿sí?

Y se fue soltando la tranca que había puesto en la puerta.

Goemon tuvo el impulso de ir tras él y darle una paliza, pero quería explicaciones y el que se las daría estaba recostado en el suelo y herido.

—Jigen—le habló suavemente, agachándose a su altura y acercándose a él—por favor dime a qué se debe todo esto.

El mencionado no se atrevía a verlo a la cara, su cercanía le turbaba. Estaba mirando fijamente las llaves y los papeles que había recogido. Eran dos entradas para el autocinema, de una película que el samurái había estado deseando ver toda la semana y estrenarían esa misma noche. Maldito cara de mono, lo tenía planeado.

—Jigen—insistió una vez más al verlo tan callado.

Suspiró. “Ya déjate de tantas estupideces y solo házlo”, se animó mentalmente antes de levantar la mirada y verlo a la cara con determinación.

—Goemon, sal conmigo—levantó también la mano para mostrarle las entradas—sal conmigo esta misma noche, tengo entradas para esa película que querías ver.

Lo había dicho de corrido y bastante nervioso, no creía que el otro le pudiera haber entendido. Pero vio como la expresión de su rostro pasó de la confusión, a la sorpresa y luego a la timidez. Vio sus mejillas teñirse de rojo, vio que se mordía los labios y que apartaba la mirada. Le pareció tan precioso.

—¿Esta…esta misma noche?—preguntó avergonzado.

—Sí, justo ahora.

—¿Como en una…en una cita?

—Sí, es una cita.

Goemon se lo pensó un momento. Jigen no era precisamente devoto de ninguna religión, pero en ese instante estaba rezando al universo mismo para que no lo rechazaran. Y entonces lo escuchó.

—Yo…acepto salir contigo en una cita, Daisuke.