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—Que hago aquí… ummm— Hércules parpadeo suavemente intentando acostumbrarse a la luz, sus últimos recuerdos eran confusos, pero una voz reconocible lo distrajo de su sopor.
—Sir tranquilo, todo está bien, relájese— Trato de apaciguar Jack dándole palmadas en el brazo.
—Jack…— Lo llamó el pelirrojo con voz arrastrada, girando su cabeza hacia aquella voz suave.
—Si sir, estoy aquí— Le indico mientras dejaba su mano posada en el hombro del Dios, quien sonrió ante el gesto.
—Los dejaré solos, recuerda no tienes mucho tiempo— Indicó Anubis quien estaba recalcado en la puerta con los brazos cruzados
—De nuevo no sé cómo agradecerle— Expreso en voz baja el asesino sin voltear a ver al egipcio, solo acariciando el cabello del griego
—Como si no supieras, lo que sea disfruta de eso— Expreso con cierto fastidio, dejando de recargarse en la puerta y salir de aquella habitación.
Jack miró hacia la puerta, pero el otro ya se había ido, así que siguió acariciando el rostro del Dios, quien sonría un poco ante aquellos gestos.
—Jack… cierto, nos conocimos de manera muy breve y si no estoy mal tú ganaste, así que dime ¿Qué hago aquí? — Pregunto Hércules mientras buscaba al humano con la mirada, pues aunque su vista ya se había adaptado a la luz, su cuerpo aún se sentía entumido.
—Oh bueno, si recuerda como acabo nuestro combate, bueno, hubo algo que me esforcé por conservar— Expreso con cierta pena, pero sin un atisbo de arrepentimiento.
—¿Mi corazón?— Pregunto bastante curioso de como había conseguido eso, pues se suponía que todo se deshacía, no debería quedar nada, pero ahí estaba.
—Correcto mi querido Dios— Acepto el humano sonriendo con los ojos cerrados, antes de moverse alrededor del Dios y tratar de ayudarlo a levantarse.
—Y que razones tendrías para revivir a un antiguo enemigo— Cuestiono mientras recibía la ayuda y se sentaba en esa especie de camilla y miraba a su alrededor, pero era incapaz de reconocer el lugar.
—Solo quería verlo una vez más— Confeso con sinceridad mientras le tomaba las manos, tratando de cubrirlas del mayor con las de él, fallando miserablemente por supuesto.
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—¿Este impresionante jardín es tuyo?— Pregunto Hércules impresionado mirando el sitio mientras caminaban por el pequeño camino en dirección al un kiosco en el centro de este.
—Sí, como peleadores del Ragnarok tenemos una habitación, salón o lugar propio para cada uno, ninguno es igual, algunos son grandes, otros no tanto— Explico mientras caminaba al lado del Dios quien más que fijarse en el camino, miraba en todas direcciones el pequeño ecosistema que los rodeaba lo que provoco una dulce risa por parte del asesino.
—Vaya, mi hermana Hilde los trato bien a ustedes, tu lugar es realmente bonito— Expreso con estima, finalmente dirigiendo su mirada al humano que también lo miraba y le otorgo una sonrisa.
—Gracias, este un lugar bastante tranquilo y me gusta mucho estar aquí, pasar las tardes tomando té y leyendo, es bastante relajante, aunque bastante solitario— Por supuesto habría veces en la que pasaba tiempo con su joven valquiria, pero eso no era siempre un ejemplo de eso, era ese preciso día en que no pudo reunirse con ella, pero no le molestaba.
—Entonces no te preocupes de ahora en adelante yo te haré compañía— Con una voz animada le brindo apoyo a su compañero sonriendo de aquella manera característica al humano, deslumbrándolo con aquel color que creyó que nunca podría volver a ver.
Jack abrió los ojos por la sorpresiva respuesta ante de relajar su gesto y reír de una manera un poco desordenada —Oh sir, muchas gracias por su amable gesto, lo valoro mucho— Agradeció mientras se acomodaba su monóculo y subía los escalones del kiosco
Humano y Dios, enemigos, amigos, peleadores, ambos disfrutaron de una tarde agradable entre tazas de té, bocadillos, pláticas amenas y lecturas en voz alta por parte de Jack convivieron de la manera en que quizá siempre debieron haberlo hecho.
—Lees muy bien, tu voz suena suave, me gusta— Elogio Hércules mientras estaban sentados en unas sillas debajo de unos árboles, el Dios quería sentarse directamente sobre el pasto, pero Jack se negó al decir que aquello no era de caballeros.
—¿Entonces quiere que siga leyendo?— Pregunto el albino ante la declaración del pelirrojo
—Leer, cantar, solo hablar, lo que sea que hagas está bien, solo quiero escucharte— Pidió con una voz suave mientras parecía querer dormirse, pero se negaba a hacerlo, Jack estiro una mano hacia él y le acaricio un poco el cabello.
—Bien, que le parece si le leo un par de cartas— Ofreció, pues si bien Shakespeare era su autor favorito, no podía evitarse sentirse un poco fatigado de leer lo mismo una y otra vez.
—Como dije, cualquier cosa está bien, quiero seguir escuchándote Jack— Volvió a insistir el mayor acomodándose un poco mejor en su silla
Ante eso el asesino saco de sus bolsillos algunas hojas dobladas y algo maltratadas por el tiempo, las hojeo un momento antes de empezar a leerlas con lentitud y parsimonia, pero más que leerlas las recitaba de memoria, pues era cartas que ya hace tiempo había escrito para el Dios, llegando al punto de llorar un poco en algunas viendo como lentamente el cuerpo aquel ser que le había enseñado el color más hermoso de todos se iba agrietando nuevamente como aquel fatídico final de esa pelea
—Jack…—
—Shhh… tranquilo, mi querido Dios, solo descanse y escuche mi voz— Consoló Jack ante la inminente despedida con su Dios, poniéndose de pie, se sentó en su regazo y apoyo su cabeza en el hueco entre el hombro mientras cantaba escuchando como su cuerpo crujía empezando a despedazarse, la voluntad de su amado para mantenerse consciente a pesar de su situación era de admirar, el debía vivir, pero era un tiempo pasado así que debía despedirse, así que con lentitud y valor acaricio el rostro del Dios, a su vez el humano sintió como el Dios con la fuerza que le quedaba lo abrazaba.
—Es bueno poder tenerte entre mis brazos una vez más— Revelo con la voz entrecortada debido al esfuerzo por permanecer consciente
—Dulces sueños, mi querido Dios— Despidió Jack a Hércules mientras rozaba sus labios en su sutil beso, sintiendo a través de aquel contacto los labios fríos y agrietados de aquel que más lo había amado, contacto que no duro mucho antes que abriera los ojos y ver ante él una ráfaga de viento llevarse las partículas del alma de su Dios.
