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Tuvo que esperar un tiempo antes de que Kintoki apareciera con el obsequio, ya que después de lo ocurrido fue durante varios días a la playa esperando encontrarlo, pero no encontraba a la sirena, quizá eso nunca ocurrió.
—Apolo ya es tarde, tus padres me llamaron de que ya llegaron, debo llevarte de regreso a casa— Le aviso al niño mientras se acercaba a dónde estaba.
—Puedes esperar a Apolo, Apolo quiere quedarse un poco más— Habló el niño tratando de sonar encantador, pero el joven lo miró con desagrado.
—Deja de hablar como estúpido y ya vámonos— Tomó al niño del brazo alejándolo de la orilla.
—Simo no!! ¡Apolo quiere quedarse! ¡Apolo quiere quedarse!— Grito tratando de zafarse queriendo regresar a la orilla.
—Me dijeron que compraron pizza— Al escuchar eso el niño se detuvo y solo pensó en comida.
—¡¡Apolo quiere pizza!!—
—Deja de hablar como idiota— Lo tomo de la mano, llevándolo de nuevo, volteo a ver donde siempre estaba el niño, ¿Acaso esperaba que esa sirena regresará? ¿Debería decirle que mejor esperara hasta que se recuperará y que eso tomaría mucho tiempo?
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—¿Dónde está? ¿Dónde está? ¿Dónde está?— Cada que repetía la pregunta lo hacía más rápido y más frustrado.
—¡¡Kintoki!! Aún no te recuperas de tus heridas— Le regaño su madre, mientras entraba a la cueva —Sabes fue un milagro que te encontrarás con un buen humano, pero recuerda que no todos son así—
—Solo papá es bueno, los demás humanos son verdaderos demonios— Repitió la frase que le decía su madre.
El padre de Kintoki era un humano que se había enamorado de su madre, pero falleció apenas cuando era un bebé, por lo que él jamás lo conoció, pero su madre se encargó de hablarle sobre él, cómo del hecho de a pesar de ser humano él era diferente, también de que fue por esa razón que fueron alejados por el cardumen y condenados al ostracismo, por esa razón nadie se preocupaba por él y a veces hacían como que no existía, aunque todavía había niños con los que jugaba.
—¡Correcto! Dime qué buscas, te ayudaré a encontrarlo y te lo daré cuando te recuperes, pero primero descansa— La sirena mayor tomó al pequeño y lo empujó suavemente a una cama de algas.
Kintoki se acostó y acomodo las algas de sus heridas, ya que estás se habían desajustado y su madre las apretó de nuevo y lo arrulló hasta que se durmió.
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Pasaron algunos meses antes de Kintoki se recuperará por completo, sus escamas las cuales siempre han sido rojas, habían cambiado en las partes en dónde tuvo sus heridas, ahora en esas partes eran de un amarillo brillante, casi dorado, de por sí su sus colores eran llamativos antes, debido a eso lo llamaban "Hijo de un demonio" además de que muchos sabían que su padre era humano, ahora sus colores eran aún más vistosos, debido a sus heridas, no había salido de la cueva más que unas pocas veces, pero al estar alejados del cardumen nunca vio a nadie, pero no le importaba una había un humano que había prometido no olvidarlo, así que con él objeto en mano fue hasta la orilla donde había sido salvado la última vez, pero el niño no estaba ahí.
—¿Acaso ya se olvidó de mí?— Chapoteo triste en el agua, quería mostrarle los nuevos colores de sus escamas.
—Claro que no, mientras te recuperabas venía todos los días aquí, pero se enfermó de viruela, si sobrevive lo traeré el próximo mes— Le contestó con tranquilidad mientras fumaba un cigarrillo.
Al verlo la sirena se asustó sumergiéndose de nuevo, la reacción de criatura hizo que Simo solo negara con la cabeza y levantó sus hombros dándole poca importancia al asunto mientras le daba otra calada al cigarro, bueno al menos le había dado una fecha aproximada, aunque si lo pensaba mejor ¿Las sirenas saben cuánto dura un mes?
Pues descubrió que si lo sabían, ya que al llevar al pequeño niño a la playa la sirena estaba ahí, los dejo solos para que el estúpido Koi no se espantara y huyera.
—¡¡Estás aquí!!— El niño al ver a la sirena corrió hacia donde estaba, pero no acercándose mucho debido a las rocas y su salud aún delicada.
—Vine aquí, pero no te encontré, así que intente probar suerte esta vez— Se excusó, no le diría lo del tipo extraño.
—Perdóname me dio sarampión, entonces no podía venir— Explicó mientras acomodaba su bufanda, la enfermedad le había dejado feas cicatrices y no quería que nadie las viera.
—Está bien, de seguro estuviste viniendo mientras yo me recuperaba, así que también lo siento— Ambos rieron, Apolo tocó las puntas de sus dedos con pena mientras Kintoki lo miraba con la cabeza recargada sobre su brazo ahora curado.
—Tus nuevos colores son lindos— Le comentó mientras veía su brazo no pudo evitar recordar lo que había pasado ese día, pero se sentía mejor al ver que sus cicatrices se habían vuelto de un bonito color.
—¡Oh si gracias!! Lo que me recuerda— Entonces inmediatamente después de decir eso, se sumergió al agua para aparecer con un delicado tocado.
—¡Eh ehh!—
—Este es tu obsequio, es un amuleto mágico, mi padre se lo dio a mi mamá y yo te lo doy a ti— No necesitaba aquel artefacto además de que era algo que las mujeres usaban, pero al parecer había visto a hombres humanos usando cosas de mujer así que pensó que podría aplicar a Apolo —Por favor acércate y quítate el gorro, te lo pondré— Apolo obedeció así que puso la corona metálica de ramas de laurel sobre la cabeza del niño —Te queda bien, te ves más lindo— Elogió, al ver cómo se veía con ella.
—Gracias— Respondió, sus mejillas se tornaron rojas y se cubrió la cara moviéndose de un lado a otro.
Y de nuevo el tiempo volvió a pasar ambos se veían constantemente y aquel tocado realmente poseía magia, ya que Apolo creció con una suerte maravillosa, ya que destacaba en varios campos especialmente la música, la cual decían eran tan adictiva como el canto de las sirenas y su belleza solo era comparable con el de aquellas criaturas, gozaba de salud excelente y eso no hizo más que aumentar el ego de aquel ahora adolescente, por lo tanto, aquella suerte tenía un precio, ese era que él jamás sería amado o querido por algún otro humano.
Bueno al menos tenía a su lado una sirena que prometió amarlo toda su vida mientras no se olvidara de ella, para él eso era suficiente.
