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Español
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2024-05-13
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23 cosas que me gustan de ti

Summary:

Lista de cosas que me gustan de Martin:
Número 1, el bigote de los cojones

En un mundo de caos y desorganización, a Juanjo le gusta hacer listas.

Las hace de todo, porque su cabeza va a mil por hora y necesita un soporte.

Y entonces, llega el viaje que lo cambia todo

Notes:

Todo esto me vino hace un mes, con las fotos del grupito de otitos en la nieve

Este OS no tiene mayores pretensiones que de entreteneros durante el rato que tardéis en leeros estos pedazo de 15k palabras. Espero que os guste <3 se vendrán cosas mejores pronto

Work Text:

En un mundo de caos y desorganización, a Juanjo le gusta hacer listas.

Hace listas de todo. De ropa que necesita comprarse con urgencia. Del orden de prioridad para estudiar los exámenes de las asignaturas del instituto. De las cosas que le fastidian de sus amigos, para no ser un borde de mierda, pero sacarlo fuera.

A los quince años, Martin empezó a dejarse bigote, un poco como apuesta con Ruslana, un poco porque de verdad estaba seguro de que le quedaría bien.

Al día siguiente de que dejara ver la pelusilla, Juanjo se vio obligado a iniciar una lista, que enterraría en lo más hondo de su armario, titulada: Cosas que me gustan de Martin.

¿La primera? El bigote de los cojones.

¿La última? Todavía por definir.

A los dieciséis, con el cuerpo de medio instituto alborotado por las hormonas y el crush por su mejor amigo incrustado en la garganta, escribió la peor lista de la historia: Chicos con los que se ha liado Martin.

El que más le dolió fue precisamente el primero. Salieron de fiesta y Martin, poquísimo acostumbrado al alcohol, acabó comiéndose la boca con Álvaro, abiertamente gay, abiertamente todo. Luego lo hablaron, con el sevillano medio arrepentido medio divertido, y todo quedó en nada.

Pero el sabor de la bilis en su garganta acompañó al sentimiento de estar encoñándose por su mejor amigo todo el fin de semana.

Pero no tardó en darse cuenta de que Álvaro era el menor de sus problemas, porque él es amigo, con los que puedes hablar las cosas, que tontea mucho de broma, pero que no arriesgaría nada por un lío que no va a llegar tanto. Lo peor llegó cuando el resto de la población masculina con tendencias homosexuales decidió darse cuenta de lo mismo que él había notado un año antes.

Veréis, hay algo en Martin que es inexplicable. No tiene tanto que ver con el bigote, aunque ese fuera su punto de inflexión. Siempre le había resultado atractivo, sí, pero había algo en su mirada, en su sonrisa, en el puñetero hoyuelo que le salía cuando sonreía... Que luego el tío se hacía fotos y salía con cara de intenso la mayoría de las veces.

Le habría gritado para que se diera cuenta de que él se enamoró de ese lado más alegre.

La cuestión es que se tragó sus sentimientos con éxito durante dos años. Dos años muy largos donde la lista de líos de Martin se iba a ampliando, mientras él tenía que incluir detalles que le gustaban de él en esa otra lista, la enterrada.

Hacía pocos meses, Juanjo había empezado otra lista, una que le revolvía el estómago, no tanto como lo que sentía por su amigo, pero iba por el mismo camino: carreras y universidades.

Bea no tenía mucho problema en ese sentido, Magisterio había en cualquier lugar. Ruslana no quería seguir estudiando, pero todavía estaba buscando opciones para que no le cayera una bronca monumental. Chiara estaba a punto de convertirse en una de las pocas plazas de una escuela de música muy prestigiosa y Paul iba por el mismo camino. Álvaro iría allá donde fuera Bea (seguramente Madrid) a estudiar algún Grado Superior relacionado con la música.

Y luego estaban ellos dos. Aunque no había forma de compararles: Martin lo tenía todo clarísimo. La Escuela de Arte Dramático llevaba su nombre escrito desde que había despuntado en primaria en toda asignatura artística y desde que las clases de teatro del centro municipal se le hacían pequeñas. No había forma de que no consiguiera entrar.

El verdadero quid de la cuestión estaba en él. Juanjo Bona. "Al que todo se le da bien, pero no demasiado bien". El que podría despuntar de lo que le diera la gana, pero que solo tenía los ojos puestos en lo que fuera a hacer su mejor amigo.

Sus amigos le habían dicho que no se obsesionara, algo que no parecía tener mucho efecto, no cuando la lista se iba alargando, incluyendo ciudades y carreras de todas las ramas. Estaba en ciencias, podía aspirar a lo que le diera la gana, dentro de sus posibilidades.

Pero para eso todavía quedaba tiempo, como les encantaba recordar a todos. Lo importante era el presente, "disfrutar" la experiencia de Segundo de Bachillerato como si no fuera desgracia tras desgracia, examen tras examen. Estaban locos, pero Kiki estaba obsesionada con vivirlo todo al máximo, dado que el año siguiente viviría en Barcelona.

Nadie le negaba nada a Chiara, era la protegida hasta de los profesores con menos paciencia.

Y hablando de ese tipo de profesores, volvamos al momento en que Juanjo piensa en sus listas. No solo las escribe, sino que las relee ochocientas veces para comprobar que no falta nada importante. Todavía recuerda el día que recordó que no había apuntado el puto lunar de Martin, el de debajo del labio, en su lista innombrable.

En esa ocasión, sí era importante que revisara bien. Por motivos técnicos, no habían podido irse de viaje de estudios en Primero, así que habían decidido recaudar más dinero y pagarse un puente entero en la nieve, ya en Segundo.

Parecía divertido sobre el papel, pero había estresado a los profesores involucrados, y a esas alturas, a un día de salir, estaban teniendo una reunión con los alumnos para que nadie se olvidara de nada. Spoiler: acabaría pasando, pero no por falta de interés de los adultos al cargo.

Álvaro se inclinó hacia delante, tocando el hombro de Juanjo para llamar su atención. Él alzó una ceja en su dirección, llevándose un beso al aire.

—Sabes que si te dejas una de las treinta camisetas que te vas a llevar no se hunde España, ¿verdad?

—Te insultaría, pero tu nivel de gilipollez no llega a mi vocabulario.

—Te acabas de insultar a ti mismo.

—¡Chicos! ¡Juanjo y Álvaro! —Juanjo se puso recto, mirando hacia delante. Manu resopló por la nariz—. Son cinco minutos. ¿No podéis esperar para contaros lo que tengáis que contaros al acabar?

—Perdón —dijeron al unísono.

El pequeño se abrazó a su libreta, dejando de poner ticks en lo que ya tenía previsto meter en su maleta. Total, sabía que él era el menos probable en liarla con eso. Que se joda Álvaro, que seguro que él se va sin botas de nieve o algo así. Él no pensaba ayudarle, eso seguro.

Como prometía su profesor, no tardaron más de cinco minutos en liberarlos para que pudieran disfrutar de lo que quedaba de recreo.

La tarde para Juanjo solo se podría definir como todo aquello que odia: caos, desastre, ropa por todos lados y los nervios de dormir fuera del hogar familiar sin sus padres. Mientras su madre entraba y salía proponiendo cosas extra que podría necesitar, él se centraba en la videollamada con Martin. El vasco, que lo había llamado en busca de ayuda, había acabado siendo más bien un bálsamo relajante para el estrés del más alto.

—Te prometo que podrás sobrevivir sin tantas térmicas.

—Vamos a la nieve, Martin —dijo, como si eso lo explicara todo.

—Sí, cuatro días, de los cuales mañana no cuenta casi, que estaremos comiendo autobús hasta la tarde. Además, yo me llevo también cuatro. Si tanta falta te hace, puedes robarme la que quieras. O cualquier cosa que necesites, en verdad.

—¿Lo que quiera? —Movió las cejas.

El moreno negó con la cabeza y salió del enfoque de la cámara para volver con dos collares.

—Estos te gustaban, ¿no?

Juanjo asintió y le pidió que los metiera en la maleta. Aparentemente, en el hotel había actividades que incluían discoteca para adolescentes. No es que necesitaran que los trataran como críos, pero podría ser bueno para combinar con la ropa más formal que se había llevado.

—Yo creo que ya lo tengo todo —comentó al cabo de unos minutos, cuando Nieves se había dado cuenta de que les apetecía privacidad para hablar de sus cosas de adolescentes (palabras textuales suyas) y había desaparecido.

—¿Las botas de nieve?

—Sí.

—¿Gorros de lana?

—Sí.

—¿Gafas de sol?

—Que sí, pesado. ¿Qué pasa, te has llevado una copia de mi lista o qué?

—Muy gracioso.

Juanjo tuvo que contenerse para no ir a su armario a buscar la hoja de papel escondida para añadir la risita nerviosa a cosas que le gustaban de su mejor amigo. Tragó saliva y puso una mueca, y con eso bastó para contener a su monstruo interior.

Un día después, se dedicaba a observar las calles de su pueblo desde la ventanilla del copiloto. Tenía la sensación de que su padre le estaba comentando algo importante, pero él solo tenía en la cabeza cómo iba a sobrevivir a cuatro días conviviendo con el chico que le gustaba, que no conocía los límites ni el espacio personal, algo que solo se podía ver incrementado al dormir en el mismo hotel.

Suspiró al vislumbrar el autobús y la gente que apilaba sus maletas en la zona que habían puesto para eso, a la espera de que el conductor se encargara. Sonrió tan pronto como vio la cabellera trenzada de Ruslana. Iba a ser un buen puente, no tenía por qué salir mal.

—Cualquier cosa nos llamas —avisó su padre antes de que se detuvieran.

—No va a pasar nada.

—Es lo que me ha dicho tu madre que te diga. A mí no me mires. —Entrecerró los ojos—. Pero intenta conservar todos tus miembros principales, que una caída en la nieve es jodida.

—Que sí, papá, que sí.

Salió del coche sin despedirse. Ninguno de los dos era muy dado al contacto físico, así que se despidió por la ventanilla, una vez hubo rescatado su maleta de la parte de atrás. Era lo bueno de que su madre tuviera trabajo presencial ese jueves de puente, que se iba a librar de toda la parafernalia de la despedida.

La que no estaba teniendo tan buena suerte con eso era Chiara. Su madre la tenía espachurrada mientras le daba cuatrocientas recomendaciones por minuto. Él sonrió en su dirección, comprendiéndola, pero no hizo amago por acercarse a salvarla. Conociendo a Emma, lo cogería a él por banda para hacerlo responsable. Lo único que le faltaba.

La que pareció aliviada de verle fue Bea. Se alejó de su madre con rapidez, y no dudó en abrazarlo con ganas cuando lo tuvo enfrente.

—Necesito alejarme de mi familia.

—Ya somos dos, amor. —Acarició la parte de atrás de su cabeza, mientras buscaba por el horizonte.

—Martin aún no ha llegado.

—No estaba buscándolo a él —farfulló.

—Ya, claro.

Juanjo no se lo había contado a nadie, al menos directamente. Por un tiempo, creyó que eso le salvaría, que nadie tendría por qué enterarse de lo que albergaban sus entrañas. No tardó en descubrir que sus amigos no eran tontos y que él disimulaba como el culo.

Puede que el lío de Álvaro y Martin y cómo se lo tomó él ayudara un poco para que unieran los puntos. Solo puede. Él tampoco se había puesto a negarlo cuando sus lesbiana y maricón de confianza lo habían tomado por banda para que confesara.

Por suerte, la llegada de Ruslana entretuvo a Bea lo suficiente para que lo dejara en paz. Juanjo distinguió a Álvaro hablando con Paul junto a los padres de este último. Esos dos... no sabía que tipo de relación tenían, porque su amigo era muy de airear sus líos, pero lo de Paul parecía diferente.

El viaje de estudios debería ayudar, o eso opinaba él.

—Mira este —fue Álvaro quien habló, pero no se dirigía a él. Martin caminaba hacia el grupo de chicas arrastrando una maleta el doble de grande que él. Adorable—. ¿Qué te has metido ahí?

—A su hermano pequeño como mínimo —musitó Bea.

El sevillano no dudó en dejar a su casi algo con sus padres para acercarse a sus amigos más cercanos, con una sonrisa que solo indicaba que estaba a punto de soltar una de las suyas.

—No sé para qué os molestáis en llevar cada uno una maleta enorme si al final vais a coger del armario del otro.

Lo dicho: una de las suyas.

—Pues por eso —respondió Martin, con la tranquilidad de quien no se ve amenazado por las implicaciones de sus palabras. No le pasaba, él tenía la espalda en tanta tensión que podría partirse—. Yo llevo lo que se va a poner él y él lo que me pongo yo.

Acabó por soltar una carcajada. Sí, su amigo sabía salir de esas situaciones con una facilidad que ya le gustaría a él.

—Si os gustáis, pues liaros. —Y se marchó, tras haber visto a otro compañero con el que se llevaba bien.

Se mordió el interior de la mejilla mientras echaba un vistazo de reojo a Martin. No parecía muy afectado, es más, ya estaba en plena conversación con Ruslana sobre algo del viaje.

Cuando Chiara logró zafarse de su madre, ya era hora de subir al autobús. Manu pasó lista fuera, mientras Mamen hacía las cuentas dentro para comprobar que estuvieran todos los alumnos dos veces.

Para cuando Martin entró, de los últimos, ya estaban todos colocados en sus sitios habituales. Álvaro y Bea habían cogido enseguida la última fila de asientos, y Juanjo, a sabiendas, había elegido la penúltima, dispuesto a sentarse con su mejor amigo.

—¡Martin! —Un chico en la quinta fila lo llamó—. Aquí tienes un hueco.

El vasco alzó la vista, con terror en la mirada. No era nada malo, en realidad, Cris era bastante majo, pero al pequeño le costaba decir que no a nada.

—Eh..., perdona, Juanjo me está esperando atrás.

—Te lo dije —murmuró Omar desde el sitio tras el canario, con más implicaciones de las que el chico podía imaginar.

Martin se dirigió a su asiento, ante la mirada divertida de sus amigos, salvo Juanjo, que lo observaba con expectación.

Igual que era conocimiento general que él estaba pillado, lo de Cris era exagerado. Probablemente el único que no lo sabía era Martin, que tenía mucha inteligencia emocional para algunas cosas, pero tan poca calle para otras. Juanjo ni siquiera se esforzaba en odiarle o en tener celos, le daba más ternura que otra cosa.

Era como él, pero peor, porque al menos tenía su amistad. Cris tenía que lidiar con sus probabilidades bajísimas.

—Bueno, eso ha sido incómodo —Álvaro decidió que era el mejor momento para hablar.

—Ahora se pondrá Paul con él, seguramente.

—Sí, lo digo por eso, sí. —Carraspeó.

No se enteraba de una. O eso, o prefería ignorarlo hasta que desapareciera. Eso le gustaba, era su lema de vida.

Tras comprobar otra vez ya dentro del autobús que estaban todos, Mamen declaró comenzado el viaje, a lo que siguieron muchos aplausos y vítores. El vehículo se puso en marcha enseguida, y pronto la gente se fue sosegando y preparando para el viaje que les esperaba.

Muchos se habían llevado música, Chiara el último libro de lesbianas al que se había picado y Bea y Álvaro estaban dispuestos a echarse la mejor siesta de su vida. tras compartir una mirada, Martin le cedió un auricular para tirar por la primera opción y pasarse el viaje cambiándose de canciones mutuamente. No se iba a quejar, le gustaba aprender de su música rara y ponerle los temazos de su vida.

Quince minutos después de empezar el viaje, y con una playlist ya funcionando, Juanjo sintió un peso sobre su hombro. No tuvo que girarse para saber que Martin había caído en tiempo récord. Tragó saliva. Tan cerca, el olor se le hacía insoportable, en el buen sentido. Siempre en el buen sentido.

Álvaro le dio un toquecito en la cabeza para que se girara. Parecía que él había decidido no dormir.

—¿Quieres un pañuelo para la baba?

—¿Te callas? —Esbozó una sonrisa irónica.

—Lo digo para que no inundes el autobús. Necesito llegar a Andorra, mi culo andaluz nunca ha visto nieve.

—Pues vete a Granada más a menudo, listo.

—Haya paz —intervino Bea, dándole un capón a su mejor amigo.

—¡Oye! ¿Por qué solo me la llevo yo?

—Me pilla mejor. —Se encogió de hombros y procedió a echar un vistazo, con una sonrisa tonta, al vasco dormido—. Por favor, sois el uno para el otro.

Álvaro fingió una arcada, algo que Juanjo imitaría un día normal. Pero ese día, con la cercanía y los sentimientos revoloteando por su estómago, le salió sonreír, aunque le salió con resignación.

—Somos amigos, y eso seremos hasta el fin de los tiempos.

—Por encima de mi cadáver —anunció el mayor—. Amor, si no está pillado de ti a estas alturas, me rapo.

—Pues ve buscando la maquinilla porque no ha cambiado su comportamiento conmigo desde que le conocí. —Las mariposas van muriendo una a una, matadas por él, para evitarse el sufrimiento—. No merece la pena, Álvaro.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Tragarte lo que sientes eternamente? —Bea se apoyó en su asiento para estar más cerca.

—No, solo tengo que esperar a la graduación. Él se buscará escuela de arte dramático, yo fingiré que me interesa una carrera en la otra punta de España y, oh, vaya desgracia, tendremos que separarnos.

—No seas irónico, que te duele.

Pero era la única forma que tenía de lidiar con ello. Daba igual a miradita que le echara su mejor amiga, o cómo se burlara Álvaro. Al final del día, había cosas que tenía asumidas, y nada lo iba a cambiar. Pero el otro chico tenía otros planes.

—Tú no te preocupes. Yo te lo soluciono.

Juanjo entrecerró los ojos. No se fiaba un pelo de esa mente perversa.

—¿Qué vas a hacer?

—Vuelve a ponerte los auriculares —pidió, ya con la sonrisa clava en la cara—. Ya hablaremos cuando tengamos que hablar.

No lo tranquilizó en absoluto, pero como sabía que no iba a soltar prenda, le hizo caso y se giró hacia delante, dejando que Martin descansara tranquilo. Escuchó, antes de volver a ponerse la música, cómo Bea le pedía explicaciones y él se negaba a dárselas.

Al final, él también se quedó dormido lo que quedaba de trayecto, y fue Chiara la que tuvo que pellizcarle en el brazo para que se despejara a escasos minutos de llegar. La inglesa parecía muy emocionada, y no pudo ni siquiera cabrearse con ella. No ayudaba que Martin desperezándose a su lado era la cosa más adorable que había presenciado en mucho tiempo, y había visto innumerables vídeos de gatitos con él.

Bajo su atenta mirada, el vasco bajó primero del autobús. Ninguno era consciente de que el resto de sus amigos estaban en todo momento muy pendientes de ellos, con la idea en la cabeza de Álvaro que pronto pasaría a ser de todos.

Juanjo no tardó en buscar a Denna para pasar un rato con ella, mientras Manu se adelantaba a hacer el checking y Mamen iba pidiendo los DNIs. La rubia abrazó su cintura, mientras ambos observaban sin disimulo a Martin, que estaba con sus dos mejores amigas.

—¿Cómo lo llevas, cariño mío?

—No estoy listo para lo que viene ahora, pero sobreviviré.

—Claro que sí. —Le dio un golpecito en el omoplato—. Tú siempre en tu nivel de dramático habitual.

En cuanto vieron a su profesor girarse con un montón de sobres en las manos, se acercaron con impaciencia, formando un círculo a su alrededor. El hombre frunció el ceño al verlos tan emocionados, y se tomó su tiempo en organizar lo que le habían dado en el mostrador.

—Muy bien, chicos, esto debería ser rápido. No os he preguntado hasta ahora, pero creo que os conozco lo suficiente para saber por dónde irán los emparejamientos para las habitaciones. —Por un segundo, Juanjo creyó ver cómo la mirada de Manu se paraba en él—. Solo habitaciones de chicos o de chicas, intentemos que no haya mixtos.

—Manu, amor, que la mitad aquí somos maricones y lesbianas —alzó la voz Álvaro—. Si no quieres gemidos nocturnos, sale más rentable juntarnos por lo que no nos gusta.

El profesor puso los ojos en blanco y le lanzó uno de los sobres, que contenía la primera tarjeta. Mientras, el sevillano se estaba llevando más de una mala mirada, incluido de Juanjo. Si no conseguía dormir con su mejor amigo por sus ideas, lo mataba.

—Muy bien, como supongo que tú irás con Bea, eso ni te lo pregunto. El resto, como os dé la gana, si total, vais a hacer eso igualmente.

El maño suspiró de alivio. Denna apretó más el agarre en la cintura, haciéndole una caricia sutil, pero entendible.

Ruslana no tardó en recibir su tarjeta, y se fue a chillarle a Chiara para que se pusiera con ella. Lucas no tardó en buscar a Omar, dejando que Alex se pusiera con Cris.

Juanjo contuvo el aliento cuando Manu puso la mirada en él. Parecía designado.

—Tú, supongo que con Martin —asumió.

Apretó los labios en una sonrisa tímida y recibió la tarjeta. Denna se alejó sin decir nada, hacia Violeta, mientras Martin tomaba su lugar, con una sonrisa mucho más amplia que él.

—Nos ponemos juntos, ¿no?

—Ajá —consiguió pronunciar.

Siendo sinceros, Juanjo ya debería tenerlo asumido. Tuvieron unas cuantas reuniones para prepararse para el viaje, y una de ellas era incluía las habitaciones. Camas individuales, dos por habitación. Era obvio lo que iba a pasar, si hasta Martin estaba emocionado desde el principio.

—No te veo muy convencido. —Arrugó la nariz, sin borrar su sonrisa—. Todavía puedo pedirle cambio a Alex.

—¿Y que me toque dormir con Cris? Por encima de mi cadáver.

—Oye, pobrecito, no seas así con él. —Puso un puchero. Juanjo no necesitaba mucho más para derretirse.

—Venga, vamos al ascensor. —Ya se habían juntado unos cuantos y habían llenado uno, pero se acercaron.

—Te pones nervioso tú solo, ¿te das cuenta?

«El problema es que te estés dando cuenta tú. Joder».

—¿Por qué parece que has visto un ente? —preguntó Bea, que los estaba esperando para el siguiente ascensor—. Estás muy pálido.

—No es nada, no te preocupes. —Se abrazó a ella. No le iba a costar saber por dónde iba, Bea era la lista.

—Chicos, una cosa —Se giraron hacia Mamen, que llevaba una maletón a rastras y su carpeta bajo el brazo—. Ahora os damos quince minutos para que os organicéis en la habitación, y enseguida bajamos a buscar el restaurante para cenar, ¿de acuerdo? Venga, no os despistéis, que hemos llegado más tarde de lo esperado.

Asintió, sin dejar de observarla. Era su mecanismo de defensa: abstraerse con cualquier cosa (o persona) para evitar fijarse demasiado en su mejor amigo. Bea le había dicho innumerables veces que tenía que dejar de hacer eso, que daba un poco de miedo y sentaba mal a un Martin al que le costaba hacerse escuchar entre la gente. Sabía que estaba mal, pero a veces era su única salida.

Cogieron el siguiente ascensor los cuatro y Mamen. La profesora dejó apartado su lado profesional para cotillear con ellos lo que harían al día siguiente. Cuando Álvaro propuso hacer una escapadita a comprar tabaco más barato, la mujer le riñó, pero sabían que con ella no tendrían problemas. Habría que ver si el sevillano se atrevería con Manu o con Noemí.

Las habitaciones de los cuatro amigos estaban contiguas, así que Mamen los dejó ahí y se dirigió a la suya. Álvaro se despidió también con una sonrisa que no indicaba nada bueno. Él decidió dejarlo estar. Ya tendría tiempo para descubrir qué tramaba esa mente.

Siguió a Martin al interior de la habitación. El baño estaba situado a la izquierda del pequeño pasillo que llevaba a la habitación en sí. Se distrajo unos minutos revisándolo desde la puerta, con la única intención de tomarse un momento para él, como preparación de lo que estaba por venir.

¿Cuántas posibilidades había de tener camas separadas? Esperaba que muchas.

—¡Me pido la cama más lejos de la ventana! —chilló Martin, ajeno a los cuatrocientos pensamientos por segundos que estaba teniendo. Lo de que su mente funcionara a tantas velocidades solo le iba a traer problemas.

Suspiró y arrastró su maleta con una esperanza que se vio disipada en cuestión de segundos. Porque sí, había dos camas. Individuales. Pegadas la una a la otra. Como si fuera de matrimonio, pero cada uno en la suya. Con mesillas de noche a cada lado, delimitando e imposibilitando a la vez que pudieran separarlas.

» Tienes una cara de susto...

—Perdona. —Carraspeó, volviendo a ponerse en marcha para llegar a su lado de la cama, el que estaba junto a la ventana.

—Si te molesta la luz, nos cambiamos, no pasa nada.

—Tranquilo, te jode más a ti, no pasa nada. —Se sentó de golpe y procedió a abrir la maleta—. ¿Te vas a cambiar para irnos a cenar?

—No lo había pensado. —Fue sincero, y se arrastró por la cama tumbado para llegar a su lado—. ¿Qué te vas a poner tú?

—Me voy a quitar el chándal. Yo creo que la sudadera está bien, y con unos vaqueros voy que chuto.

—¿La sudadera de la mosca? —Puso una mueca que no le pasó desapercibida.

—Sí, la sudadera de la mosca. ¿Te pasa algo con ella?

—No, no, a mí nada. —Pero su cara va por otro lado—. En serio, me gusta mucho. Te queda muy bien. El azul es tu color.

—Te burlas de mí. Vale, vale...

Hizo amago de levantarse indignado, pero el vasco lo cogió de la cintura, arrastrándolo de vuelta a la cama. Juanjo tragó saliva, pero se dejó tumbar. Martin no tardó en estirarse, en sentido opuesto a él, para poder mirarle a los ojos.

—No me burlaría de ti en serio en la vida. —Sus ojos y sus palabras eran tan reales que su estómago empezó a rugir—. Y tú tienes hambre.

«Sí, llamémoslo así ahora».

—Por eso, suéltame para que pueda cambiarme y bajemos a cenar.

Pero no lo soltó, al menos no de inmediato. Le mantuvo la mirada un tiempo que se le antojó interminable. Cuando se alejó para meterse en el baño con una excusa, Juanjo se felicitó mentalmente por no haber sido el primero en huir. Eso se merecía un premio.

Salieron en menos de diez minutos después de esa conversación. Denna y Salma ya esperaban el siguiente ascensor, y Mamen ya iba pegando voces por el pasillo para que salieran. Sonrió al verlos y los invitó a entrar con ella.

Esa noche no dio tiempo para mucho, los profesores los conducían como ganado de un lado a otro, y acabaron tan cansados que la mayoría se metió en la cama al volver a las habitaciones. Juanjo decidió permitirse otro momento de debilidad metiéndose en la ducha. No sabía cómo de ajetreado iba a ser el día siguiente, y qué menos que estar limpio si no se iba a levantar temprano para hacer lo mismo.

Además, cuanto más retrasara el momento, más posibilidades tenía de que Martin estuviera durmiendo y no tuviera que enfrentarse a la situación. Todo ventajas.

Insultó por lo bajo al escucharlo con el móvil mientras terminaba de vestirse. Estúpidos tiktoks, que al final mucho bohemio, pero estaba enganchado como el que más. Y ahora no podría llevar a cabo su plan de evitarlo.

Como no podía estar en el baño eternamente, se lavó los dientes y salió arrastrando los pies por el suelo. Martin levantó la cabeza al verle, con una sonrisilla. Maldita sonrisilla que lo tenía locamente enamorado.

—Has tardado milenios.

—Eso es que me echabas mucho de menos —se atrevió a bromear.

—Ya, claro —musitó, apartando la vista.

Él alzó las cejas, pero no comentó nada. No iba a ser él quien pusiera interpretación a su forma de actuar. Se deslizó bajo las sábanas sin hablar, y no tardó en acurrucarse hacia el lado de la ventana. Tenía que evitar mirarle para no caer en la locura.

» ¿Ahora ni me miras? —Le rozó la espalda con un dedo—. ¿Está todo bien?

—Tengo sueño. Apenas he dormido en el autobús. —Se dio cuenta de que estaba sonando muy agresivo, así que suspiró—. Perdona, de verdad que me apetece dormir. Si quieres seguir a lo tuyo, ponte auriculares, porfa. Buenas noches.

Martin se tomó su tiempo para contestar. Casi pensó que no lo haría, pero acabó suspirando.

—Buenas noches, Juanji.

No se pusieron alarma, pero tampoco la necesitaban. A las ocho de la mañana clavadas, Noemí empezó a aporrear todas las puertas del pasillo. Antes se había asegurado de que todas fueran de sus alumnos, y una vez comprobado no se esfuerza en disimular su emoción por poder despertarlos así.

—¡Buenos días, buenos días! En media hora os quiero a todos en el buffet, que a las nueve y media salimos para la estación. ¡Hay que aprovechar el día!

Juanjo se escondió bajo la almohada, girando sobre el colchón. Martin lo observaba con una media sonrisa y un ojo cerrado. Estaba adorable, tanto que le daban ganas de gritar.

—Me miras mucho siempre.

—Estaba divagando —dijo una verdad a medias, sintiéndose más expuesto que nunca.

—¿Y de qué divagabas? —preguntó, acercándose más a él.

Negó con la cabeza y se incorporó, apartándose las sábanas.

—Deberíamos vestirnos y peinarnos. Si de abajo vamos directos a la estación, no puedo llevar estos pelos.

—Con el casco que nos van a hacer ponernos, se te va a arruinar igual.

Puso un puchero que convenció a Martin de arreglarse también. Se turnaron entre empujones y risas para estar frente al espejo. Joder, es que le costaba una barbaridad no enamorarse a cada segundo más, porque era demasiado perfecto todo, su risa, la forma en que sus ojos se achinaban...

No iba a salir de ese viaje de estudios con vida.

En esa ocasión, fueron los últimos en bajar. Ya para empezarse llevaron unas cuantas miradas acusadoras, que en realidad se correspondían con las ganas de cotilleo que tenían todos. Álvaro parecía estar gritando "se han liado" por cada poro de la piel y él solo quería matarlo.

Martin, en cambio, se dirigió a la comida lamiéndose los labios, ajeno a todo. Ojalá él pudiera vivir así de tranquilo, sin saber nada.

—¿Podéis parar? —Se sentó sin la comida—. Estáis siendo muy obvios.

—Ese no se entera ni del clima. —Álvaro le quitó importancia con la mano—. Escucha, tenemos un plan para...

—No —lo cortó con rapidez.

La cara del sevillano pasó de un segundo a otro a la estupefacción y a la indignación a partes iguales.

—¿Cómo que no? ¡Es un planazo! Te vamos a solucionar...

—Que no me tenéis que solucionar nada —masculló, echando un vistazo al buffet. Martin estaba tan concentrado que era ajeno a la discusión sobre él que se estaba dando—. Que estoy muy bien como estoy, sin que os metáis en mis asuntos.

—Cariño, no te ofendas —intervino Bea, que hasta el momento se había mantenido al margen, con el móvil en la mano—, pero vas por la vida como un perrito abandonado, Martin no se da cuenta y aquí parecemos todos los guardadores del gran secreto.

—Y así tiene que seguir siendo. —Cogió aire antes de desvelar su principal miedo, el más común en estos casos—. No quiero perderlo, chicas. Es mi mejor amigo, tenemos una relación que no se tiene todos los días...

—Amor, Bea es mi mejor amiga y el motivo por el que vosotros tenéis esa relación es porque os queréis más allá de la amistad. Te lo prometo.

—Eso es porque vosotros no podéis gustaros, pero...

—Y aunque pudiera gustarme Álvaro —lo interrumpió su amiga—, nunca hemos tenido ese tipo de relación. Vosotros tenéis algo muy especial que va más allá. De ti lo sabemos, pero Martin...

—¿Creéis que se abre con alguien? Porque Chiara nunca ha dicho nada.

—Oh, no, esa niña preferiría cortarse el brazo antes que traicionar a un amigo.

Juanjo observó a la inglesa, que se levantaba en su lado de la mesa para recoger su bandeja. Al ver que tres pares de ojos la miraban, sonrió y los saludó con la mano.

—Puede que sea la única que tenga la información completa, ¿os dais cuenta? —Suspiró Bea.

—Deberíamos torturarla —propuso el sevillano.

—O al menos hablar con ella.

—No vamos a hacer nada —repitió, agudizando la voz—. Va a ser un fin de semana tranquilo, como me merezco.

—¿Has dormido bien esta noche, a su lado?

—Son camas individuales.

—Sí, pegadas, lo sabemos. —Su sonrisa era tan perversa que le dieron ganas de abofetearle—. Espero que sea suficiente para tu finde tranquilo. Yo te dejo en paz, pero la situación es la que es.

Juanjo se fue sin contestarle, echando humo por las orejas. Bea volvió a suspirar y se centró en su tostada unos segundos antes de volverse a su mejor amigo.

—No lo vas a dejar en paz, ¿verdad?

—El plan es buenísimo, sin fisuras —concretó—. Yo no paro hasta que no se confiesen.

—Eso de sin fisuras está por verse, pero yo te apoyo.

Le guiñó un ojo y logró cambiar de tema antes de que Martin se sentara frente a Bea. Si el vasco se dio cuenta del rumbo que dio la conversación, no dijo nada. En general, llevaba unas semanas muy en su mundo, y la única que parecía saber algo era, como no, Chiara.

Manu les metió prisa al darse cuenta de que solo faltaban ellos, y pronto tendrían que salir hacia la estación.

—No me pagan lo suficiente para aguantar esperar a todo el mundo —fue lo único que dijo tras ver que se estaban esforzando por comer.

No mucho después, estaban de vuelta en el autobús para subir a la estación, ya embutidos en la mayor parte de su ropa de abrigo.

—A ver cuánto tarda Juanjo en quejarse de que hace calor —bromeó Paul.

—Pues aquí dentro... —Se abanicó con la mano, sacando una carcajada a la mayor parte del autobús—. Reíros, pero como me resfríe con tanto cambio de temperatura, veréis.

—Vale, señora de sesenta años, lo pillamos. —Álvaro le pegó un pescozón—. Vamos a pasárnoslo bien, ¿eh?

—¿Quién creéis que será el primero en caerse?

—Chiara tiene todas las papeletas. —Señaló Martin. La inglesa esbozó un puchero—. O si no, Juanjo...

—Qué poca confianza en mí. —Le pegó un codazo—. No se me da nada mal.

—Igual que no se te daba mal surfear y tragaste más algas que una sirena.

Soltó un bufido, más indignado de lo que debería. De fondo se escuchaban risas y no le hacía mucha gracia que mencionara aquel recuerdo del verano pasado. Básicamente porque se había sentido humillado delante de nada más y nada menos que el chico que le gustaba y sus padres.

No quedaba como un partidazo precisamente, y ahora tenía que superarse (no era difícil) con los esquíes. No podía ser muy difícil, ¿verdad?

La primera hora en la estación consistió en una clase exprés con un par de instructoras, cada una dedicada a una mitad de la clase. En la suya entraba Mamen, mientras que los otros dos profesores se quedaron con la otra parte.

Y no era tan difícil, al menos en la teoría. Juanjo pareció entender cómo funcionaba, aunque pronto se encontró con un problema. Ser tan alto a veces dificultaba el equilibrio. Lo había descubierto a las malas, intentando patinar con Denna años atrás, y ahora no le estaba ayudando en nada.

Bueno, sí, en que Martin lo observaba con una sonrisa tierna mientras él se movía a paso de tortuga con los esquíes.

—¡Vamos, que tú puedes!

—Vete a la mierda —gruñó.

—Estás muy simpático esta mañana —comentó, poniéndose a su altura para guiarlo—. No te inclines tanto hacia delante. Es como patinar, eso solo hace que pierdas el equilibrio.

—Como se me da a mí tan bien patinar... —Puso los ojos en blanco.

—Pues esto es más fácil. Todo el rato con los pies en la tierra.

—En la nieve, querrás decir.

—Estás tú muy contestón ahora. —Pero se lo tomó bien. Ya conocía sus maneras y se notaba en la facilidad para no ofenderse por nada que le pudiera decir—. Venga, Juanjo, va a ser divertido.

—Si tú lo dices...

Lo fue, en cierto modo. Martin no se separó de él, menos después de que estuviera a punto de tropezarse al poco de tener esa conversación. Subieron juntos, se tiraron juntos y esquiaron a la par hasta que Ruslana, que tampoco se despegaba de Chiara, empezó a llamarlos lapas.

Eso solo lo ponía más nervioso. No quería que el otro se sintiera incómodo, pero el único de los dos que parecía que le estaban atacando unas hormigas el estómago era él. Joder, Martin siempre estaba tranquilo.

—Cuidado con esa roca, que todavía te escoñas.

—Ya —masculló, pero lo ignoró para seguir mirando a la pelirroja, que se había quedado atrás.

—No le des más vueltas —sugirió el de bigote—. Ya sabes cómo son.

—¿Cómo son? —ironizó.

—Muy pesaditos con lo de que no nos despegamos. Si los ignoran, acabará antes, porque sabrán que no nos importa.

Claro. Porque a él no le importaba, porque solo eran amigos. Pero Juanjo, que llevaba años guardando en su pecho el secreto más preciado del mundo (o así lo creía él), sí le importaba. No quería que cambiara nada, pero aun así podía hacerlo en cualquier momento. En cuanto Martin abriera los ojos.

» Cuidado que te vas a matar.

—Vale, vale, perdona.

—Hoy no estás muy aquí.

—Ya. —Se mordió el labio con fuerza, poniendo los ojos al fin en la nieve frente a él.

—¿No me vas a contar qué te pasa por esa cabecita? —Lo intentó de nuevo al ver que no pensaba continuar hablando—. Tu cabeza ya funciona como a mil velocidades distintas, pero lo de hoy ya es mucho hasta para ti.

—Nada, ya sabes —contestó demasiado rápido—. Álvaro y sus tonterías.

Martin apartó la mirada hacia donde creía que estaba el más alto. También se mordió el labio. Ya no volvió a mirarlo a él.

—Claro, sí, sus tonterías —murmuró.

Ambos se distrajeron con el grito de Chiara. El vasco no había fallado su apuesta de que sería la primera en caer.

Con un suspiro, se deslizó hacia ella, al mismo tiempo que Ruslana, para asegurarse de que estuviera bien. Juanjo se quedó solo, observándolos a la distancia. ¿Qué había sido esa actitud derrotista al hablar de sus tonterías?

No es que quisiera ilusionarse, él era el más derrotista del mundo, pero...

Su hilo de pensamientos se vio interrumpido por un grito.

—¡JUANJO, HOSTIA, QUITA!

No le dio tiempo a girarse, mucho menos a quitarse de en medio. Álvaro se abalanzó sobre él, sin control sobre la velocidad de sus esquíes, y los tiró a ambos por la cuesta repleta de nieve que Juanjo tenía a su izquierda.

Ambos rodaron unos cuantos metros, con el mayor replanteándose la mejor forma de matarlos.

Los tres que anteriormente habían estado con Chiara no dudaron en ir al borde de la cuesta, con el susto metido en el cuerpo.

—¿Estáis bien? —preguntó Martin, con la voz tan aguda por el susto que levantó un par de pájaros al vuelo.

Juanjo abrió un ojo. Había caído con el cuerpo en dirección a su amigo y le dedicó la peor de las miradas. Álvaro bufó, mirando hacia el cielo sin levantarse.

—¡La madre que os parió! —Ese fue Manu—. No podemos tener ni un día sin su disgusto correspondiente. ¿Alguno vivo?

—¡Eso parece! —se pronunció Álvaro, todavía sin incorporarse.

—No por mucho tiempo, porque te voy a matar.

—Si no me ha matado la caída...

—¿A quién se le ocurre? ¿Esto no será parte de tu plan de mierda?

—¿Qué? Claro que no. Joder. —Apoyó un codo en la nieve para incorporarse—. Entre que no te he visto y que iba demasiado rápido...

—Vaya tela.

—¿Tú no te levantas?

—He decidido que si me quedo tumbado tengo muchas menos posibilidades de caerme otra vez. Es física básica.

—Claro. —Rodó los ojos.

—¡Juanjo! —Se escuchó desde arriba—. ¿Por qué no se levanta? ¿Qué le pasa?

—Que se nos muere el niño. —Soltó una carcajada—. Joder, que viene tu príncipe azul.

—¿Cómo?

Martin se deslizó por la nieve, bajando con una facilidad digna de una gacela. Se asombraría si no le doliera la cabeza y no lo conociera tan bien.

—¿Estás bien?

Asintió y se llevó un golpe en la barbilla.

—¡Oye! ¡Que me podías haber dejado tonto!

—Para eso no hacía falta darte una hostia —refunfuñó—. Levanta ya que me has asustado.

—Ay... —comentó Álvaro—. Cómo te cuida tu mejor amigo, ¿eh?

Ignorando la pulla del chico, agarró la mano de Martin para levantarse. Cuando la soltó, le entró el mareo, que en un primer momento achacó a haber estado tumbado tanto rato.

—Juanjo, tienes sangre. —No sabían cuál de los dos estaba tan pálido.

—¿Dónde? —Solo tuvo que tocarse un poco la frente para darse cuenta—. Ah, bueno, muy útil el casco.

—Vamos arriba a que te vean —Álvaro adoptó una voz seria, ya sin ganas de bromear.

El que no tardó en quedarse pálido fue Manu, que empezó a insultar por lo bajo en cuanto los vio aparecer. Fue Mamen la que se encargó, llevándose al mayor a que lo viera alguien en la ambulancia que siempre había lista para esos casos.

—Me vais a matar a disgustos —repitió el profesor.

Martin se giró hacia Álvaro, que había salido ileso y se rascaba la cabeza mientras esperaba a que acabara el rapapolvo que no le iba a echar al lesionado. Cuando acabó y se dirigió a la ambulancia para asegurarse de que su alumno no tuviera una contusión, el vasco se acercó.

—¿Qué ha pasado exactamente?

—¡Nada! No he controlado la velocidad y de la nada Juanjo estaba ahí.

—Juanjo llevaba un rato ahí quieto —apuntó.

—A la próxima lo tendré en cuenta. —Se cruzó de brazos—. No tienes que defenderlo como un perrito guardián, si ahora va a venir él a quejarse como los locos.

—No soy su perrito guardián.

—Por ahora.

Era irónico que, después de un día en la nieve, lo único que necesitara Juanjo para solucionar la hostia que se había pegado fuera hielo. Mamen lo acompañó al hotel y lo dejó en el saloncito con una bolsa de guisantes congelados. Estuvo a punto de quedarse con él, pero la animó a unirse al resto en el resto del día de esquí.

Solo necesitaba descansar y hacer otra lista.

Motivos por los que cargarse a Álvaro no sería tan mala idea.

Los motivos se escribían solos.

La única desventaja suponía esconder el cadáver y que no lo pillaran.

La primera persona a la que vio después de pasar la segunda mitad de la mañana tumbado en el sofá de un hotel fue, como no podía ser de otra manera, a Martin. El vasco caminó hacia él con una sonrisa pensativa.

—¿Cómo vas? —susurró.

Juanjo puso una mueca de dolor. Hacía un rato que había dejado los guisantes a un lado, porque no estaban ayudando a su dolor de cabeza.

—He estado mejor.

—Ugh, guisantes —se fijó el pequeño—. Bueno, no pasa nada, ya estoy yo aquí.

—¿Habéis terminado la actividad mortífera del día?

—Aún les queda un rato, he pedido irme antes. —Pidió permiso con la mirada al alzar el brazo, y no dudó en acariciar la herida de su frente. Juanjo contuvo el aliento hasta que lo soltó—. No tiene tan mala pinta.

—Pero duele. —Puso un puchero, que Martin rozó con los dedos. Se iba a morir si volvía a hacer eso—. Puto Álvaro, de verdad.

—No ha sido queriendo, pobrecito.

—Me da igual. Nunca es suficiente insulto. —Resopló—. Vaya días me va a dar.

—Después de comer tenemos tiempo libre —sugirió—. Podríamos dormir la siesta, salir por ahí a comprar cosas... Mi hermana me mata si no le traigo algo, aunque sea una pulsera.

—A mi hermano no se la podría sudar más. —Chasqueó la lengua—. Venga, va, pero solo porque esta noche quiero pillar la cama con ganas.

—Cuando monten juegos en alguna habitación te arrepentirás de esa decisión, pero a mí me viene bien.

Intentó no volver a quejarse. De verdad que lo estaba intentando, pero solo le salían listas: razones por las que es mejor quedarse a dormir la siesta, aunque sea solo; razones por las que debería ir con Martin.

¿A quién quería engañar? Siempre iba a ganar su bigotudo, él podía mandarlo a la luna y él se iría tan feliz si fuera con él.

—Me apetece salir contigo... un rato —añadió al darse cuenta de lo obvio y ridículo que había sido eso—. ¿Sabes dónde comemos? Porque me muero de hambre.

—Sí, en el restaurante de la estación. —Resopló—. Tendremos que volver en taxi.

—Se me están quitando las ganas. —Le sacó una carcajada.

En su lista de motivos por los que le gustaba Martin estaba en una posición altísima eso. Su risa. Tenía muchas modalidades, pero había algo muy especial en esa aireada, que casi ni sonaba, pero que acompañaba de ojos entrecerrados y mofletes en los que perderse.

Pestañeó para dejar de empanarse. Le pasaba cada vez con más frecuencia. Lo que no sabía era cómo estaba pasando tan desapercibido con él. Martin no era tonto, debería haber pillado que su forma de comportarse con él no era habitual, que había cambiado con el tiempo.

Por la tarde, y tras asegurarse de que el maño estaba mejor de la herida, la idea era participar en unos juegos que habían organizado. La mayoría incluía trepar por árboles preparados para ello, con puentes que se movían en exceso para su alma torpe y una yincana que se le antojaba imposible. La mayoría eran más ágiles que él.

Mamen lo descubriendo en la cafetería del complejo donde estaban jugando a las chiquilladas, removiendo un café sin demasiada energía.

—¿No juegas con el resto de niños? —Sonaba irónica cuando se sentó a su lado.

Puso una mueca y se encogió de hombros.

—Estoy cansado. Ha sido un día largo.

—Todavía son las seis de la tarde —apuntó.

—Y espero que no se me haga todavía más largo.

Mamen soltó una carcajada. No era ningún secreto que tenía una pequeña predilección por él. De humor ácido y lengua suelta, pero más cariñoso que nadie en su clase y siempre atento de todo el mundo. Por supuesto que tenía todas las papeletas de ser el favorito de la mayoría.

—Bueno, te permito quedarte aquí porque ha sido un día largo —repitió su expresión—, pero no voy a dejar que te aísles.

«Lo dice como si alguna vez estuviera solo». A veces estaba demasiado acompañado.

Esperó a que su profesora comprara su café y no tardaron en salir juntos. Pasaron el resto de la tarde viendo al resto trepar y caerse con los arneses, cotilleando y burlándose de los más torpes. Chiara llevaba todas las de perder en los juegos, y normalmente estaría con ella a la cola, así que no estaba mal un poco de cambio.

No dudó en burlarse del resto cuando terminaron y llegaron a él, pero tampoco en abrazar a Martin en cuanto le puso el primer puchero.

—¡Como se notan los favoritismos! —gritó Álvaro, de camino al autobús.

—¡Por ti no iban a ser!

Tras la cena, donde todos a su alrededor se empeñaban en actuar como críos, haciendo imitaciones y tirándose migas de pan, tuvo más claro que nunca su plan de noche. Una lista de tres puntos: ducha caliente y reparadora, skincare y relajarse escuchando música hasta tener ganas de dormir.

Si iba a tener que sobrevivir dos días más allí con esos energúmenos, lo mínimo que merecía era descansar la cabeza después de haberse llevado una hostia.

En un primer momento, parecía que le iba a salir el plan. Como estaba cansado, permitió que Martin subiera primero a ducharse, alargando una sobremesa que no le hacía mucha gracia. Pero aguantó, incluso manteniendo conversaciones distendidas, hasta que fue momento de subirse.

Nadie se dio cuenta de que se había ido.

Martin ya estaba vistiéndose cuando entró con su tarjeta del hotel. Le sonrió con timidez mientras se ponía la camiseta, que no era la suya de pijama, pero no le dio más importancia.

—Voy a volver a bajar —informó—. Luego te busco, ¿vale?

—No tengas mucha prisa, me apetece relajarme.

El menor asintió, todavía con esa sonrisa nerviosa que le estaba poniendo desde hacía un rato y que le parecía rara. Él no era tan así, ¿qué le había picado?

Como se fue, decidió no darle más vueltas. Se metió en la ducha llevándose solo el albornoz y unos calzoncillos, dispuesto a calentar el agua y su propio cuerpo.

No acostumbraba a ponerse música, pero en esa ocasión escogió una playlist relajante, desenroscó un poco las bombillas para que la oscuridad lo ayudara a relajarse y se metió.

No recuerda cuánto tiempo pasó bajo la alcachofa de la ducha, pero el suficiente para dejar a un lado todas las malas vibraciones. Iba a ser un viaje tranquilo, normal, donde su relación con Martin no se vería afectada por ningún metomentodo.

Si hubiera sabido lo equivocado que estaba, no sabía si hubiera preferido quedarse bajo la ducha o hacer que pasara todo más deprisa.

Se puso el albornoz nada más salir y, sin apagar la playlist, lo movió todo de sitio para poder ponerse frente al espejo. No era ningún secreto para la gente de su entorno que era presumido, al menos en lo que se refería a cuidar su rostro. Que luego Ruslana fuera diciendo que tenía una cara perfecta no era (únicamente) por genética, joder, había una piel que mantener.

Se tomó su tiempo en el cuidado de esta, tarareando una melodía que reconoció enseguida.

Después, lo recogió todo y salió con la canción en la cabeza y el móvil en la mano.

Se dispuso a llevar a cabo la tercera parte de su lista perfecta, sin contar con que habría un cuarto elemento con el que no contaba.

Era la cuarta canción de su playlist de rock que sonaba cuando Martin entraba con una sonrisa y andares saltarines, de quien estaba entusiasmado por algo. Sin embargo, conforme lo vio, tan relajado, tumbado en su lado de la cama, en albornoz, sin intención de moverse, se le fue borrando la sonrisa.

—¿Qué haces sin vestir?

—Luego, cuando me vaya a meter en la cama, me pongo el pijama, no te preocupes. —Pausó la canción para mirarle.

—Eh..., no. —Lo miró como si se le hubiera caído una tuerca—. Vamos a hacer juegos en la habitación de Álvaro.

—Ya, pues no contéis conmigo. Pasáoslo genial e intentad no hacer mucho ruido. Quiero dormir. —Se puso la almohada en la cabeza, somo si eso fuera a pararle.

—Repito: ni se te ocurra. —Le apartó la almohada, dándole un golpecito con ella antes de alejarla de sus manos—. Estamos aquí para pasárnoslo bien todos juntos. Ese "todos" incluye a Juanjo Bona.

—Martin, corazón, esta mañana Álvaro me ha arrollado y casi vuelo por una cuesta de nieve. Lo que menos me apetece es poner buena cara y hacer juegos estúpidos. Prefiero estar solo, te lo juro, puedes irte tranquilo.

El vasco ignoró la forma en que su estómago había saltado con el apodo cariñoso. En su lugar, se arrodilló en el colchón y avanzó hasta situarse sobre su amigo. Juanjo tuvo que ignorar muchas cosas también, porque la otra opción era comerle la boca en el instante en que había pasado una pierna por su cintura.

¿Se creía que era de piedra? Joder, joder. «Lista mental de razas de gatos, vamos, rápido».

—Te lo voy a repetir muy despacio, por si no te ha quedado claro. Yo quiero estar contigo, voy a estar mucho más feliz estando a tu lado, así que, si tanto tienes ganas de quedarte aquí haciendo el vago, yo me quedaré contigo.

—No tienes que ser asocial por mí. —Puso una mueca, no sabía si por lo majo que estaba siendo o porque se había tumbado a su lado, eliminando todo contacto entre sus cuerpos.

—Puedo serlo, esa es la cuestión. —Se acomodó, mirándolo con ojos brillantes. Podría perderse en ellos—. Somos un equipo. Si no te sientes bien, yo estaré aquí, igual que tú muchas veces haces cosas por mí.

Se lo comería a besos ahí mismo, pero sería demasiado impulsivo por su parte.

» Ya lo estás haciendo otra vez.

—¿El qué? —Juanjo pestañeó.

—Lo de mirarme de la nada súper intenso, sin decir nada. No sé si debería preocuparme.

—A veces me pasa, lo de abstraerme. No es por ti, ni nada.

Si seguía justificándose, iba a ser imposible de evitar que se enterara.

—Estás raro —lo dijo normal, pero él se lo tomó como una acusación.

Necesitaba salir de ahí, o acabaría estallándole en la cara. No iba a permitir que se le fuera la boca, que ya era peligroso de normal.

—¿Sabes qué? —Logró su atención al instante—. Que sí que me apetece salir con el resto.

—¿En serio?

Joder, si se iluminaba como un árbol de Navidad siempre que le consintiera iba a ser el mimado de su vida.

Se puso una camiseta de tirantes y los pantalones más cómodos que pilló antes de salir detrás de un Martin que flotaba. No tuvieron que caminar mucho y el pequeño ya estaba golpeando la puerta de al lado.

Álvaro les abrió mientras bebía un líquido indeterminado con una pajita. Escaneó sus pintas, uniéndolo a la tardanza y la ilusión en la cara de Martin, pero no llegó a ninguna conclusión. Le tocaría intervenir.

—A buenas horas, maricones. Ya pensaba que tendríamos que empezar sin vosotros.

—La fiesta no empieza hasta que no llego yo, Alvi, ¿todavía no te has enterado? —Le dio una palmadita en la espalda, cruzando la entrada de la habitación.

No tardó en situarse junto a Bea, que lo llenó a besos y se aseguró de que estuviera bien. La habitación, más allá de sus inquilinos habituales, estaba bastante llena, pero no estaba toda la clase. Eran los más cercanos a todos, ya fuera de un lado o de otro.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Martin, llegando junto al más alto.

—Nos hemos terminado la única cerveza que hemos podido pillar —explicó Bea—, así que la idea es jugar a algún juego con ella.

—¿En serio? ¿Me habéis sacado de la cama para jugar a la botella como si tuviéramos doce años?

—Tenemos diecisiete, amore, no te lo creas tanto —intervino Violeta, que mascaba chicle como si esa fuera su personalidad entera—. Pero en una cosa sí estoy de acuerdo, descarto jueguitos de besos.

—¿Qué pasa? ¿No te apetece un poco de mononucleosis? —Álvaro movió alternativamente las cejas.

—Suficiente ya tuvimos hace años.

—Gracias, Vivi, menos mal que se puede confiar en ti.

—Let's play, then. —Kiki se sentó frente a él.

—¿A qué exactamente?

—Un verdad o reto no estaría mal —dijo Denna—. Cosas sencillitas, tampoco hay que pasarse que estamos a tres puertas de Mamen, pero podría estar divertido.

—¡Me sirve! —Álvaro la señaló, envuelto en emoción—. Venga, todos en círculo.

El grupito se colocó en un círculo maltrecho y Denna, ya que lo había propuesto ella, fue la primera en tirar.

Cuando llevaban dos rondas, que Juanjo observaba como simple espectador al que todavía no le había tocado nada, se preguntó por un detalle por si alguno quería jugársela.

—Una pregunta.

—No te toca —protestó Kiki, que tenía el turno.

—No es del juego. O sea, sí, es precisamente sobre el juego... ¿Qué pasa si no quieres contestar la pregunta o hacer el reto?

—A ver, aquí no vamos a matar, ya lo habrás visto. —Naiara se encogió de hombros—. No creo que haya nada que no puedas hacer aquí en confianza.

Pero Álvaro sonrió con una maldad que solo él podía ver. Tenía algo previsto para esa pregunta.

—Yo creo que el castigo debería ser...

—Miedo me das —se le escapó.

—Es inofensivo, tranqui. —Sus ojos se posaron sobre la puerta de su baño—. Diez minutos en el baño y sin jugar. Y si se acumulan las personas, pues os jodéis.

Juanjo podía imaginarse lo literal que estaba queriendo ser su amigo. O su enemigo, a esas alturas no lo sabía.

Siguieron jugando como si nada, ante la insistencia de Kiki para hacerle una pregunta a Violeta. A Martin le tocó pronto hacer una imitación de todos sus profesores. No era difícil, pero el resto querían verlo para descojonarse con la facilidad que tenía el chico. A Juanjo le señaló la botella un par de veces, pero no había nada que no pudiera asumir.

Lo complicado llegó unas vueltas después, cuando ya habían salido todos en varias ocasiones, y Álvaro cogió la botella tras una pregunta comprometida sobre su único ex.

Tragó saliva cuando, tras dar varios giros, la botella se detuvo mirando hacia él.

—¡Genial! —Dio una única palmada de emoción, como si lo estuviera esperando—. Venga, Juanji, ¿verdad o reto?

Se quedó en blanco al mirarlo. Eso podía salir mal o muy mal. Álvaro no se iba a cortar con nada, ya se lo estaba dejando claro.

—Verdad. —Se llevó de forma automática las manos a la boca, mordisqueando su uña del dedo pulgar.

—Muy valiente. —Ya se estaba arrepintiendo—. Venga, ¿con quién de aquí tendrías una noche de amor y lo que surja después?

Lo iba a matar. Cualquier lista que hubiera hecho hasta el momento con formas de matarlo se quedaba corta.

—Reto —respondió con la voz ronca.

—Cómele la boca a la persona que más te atraiga de esta habitación —respondió de sopetón, como si lo llevara también preparado.

—Vete a la mierda diez veces. —Se levantó de golpe, sobresaltando a más de uno, que estaban atentos a cómo se desarrollaba la situación.

Se encerró en el baño con un portazo. Ni diez minutos ni hostias, iba a quedarse ahí hasta que se le olvidara.

Era obvio que iba a matar con su pregunta, daba igual qué opción eligiera primero. Si esa era su forma de ayudarle, mejor que se estuviera quieto.

Se sentó en el váter y se abrazó a las rodillas. Ni siquiera tenía ansiedad de esa que le daba vueltas al estómago, era más bien una sensación de impotencia, de no poder hacer nada porque todo saldría mal. Él nunca había tenido muy buena suerte, parecía que un tuerto lo había mirado de pequeño. Y si lo que sentía por Martin le salía mal, a lo mejor no se recuperaba del palo.

Por eso prefería no decir nada, porque prefería el desconocimiento que confirmar que no le iba a querer.

Solo levantó la cabeza cuando la puerta se abrió. Martin asomó la mitad de la cabeza y, con un suspiro, deslizó el resto de su cuerpo en el interior del baño. Tras cerrar, se apoyó en la puerta.

—Bueno, pues ya somos dos aquí —susurró.

—¿Te han preguntado algo de verdad, o solo querías venir aquí conmigo? —preguntó con un hilo de voz. No sabía si quería la respuesta. No sabía ni por qué había preguntado.

—He fingido que no quería gritar una tontería por la ventana. —Con aire resuelto, cambió de sitio, apoyado en la encimera, frente a él. Los pies del mayor quedaron atrapados por los contrarios—. Sí que quería ver cómo estabas.

Se encogió de hombros, con el estómago un poco más ligero. Se preocupaba por él. Eso era algo que se iba a llevar siempre, sin importar a donde los llevara la vida: lo quería, aunque no fuera de la misma forma.

Se conformaba con poco, triste, pero realista.

» No me estás contestando. —Le pinchó la mejilla con un dedo.

Joder, cualquier roce de piel con piel le hacía rebotar el corazón.

Era insoportable.

—Estaré bien. —Fue todo lo sincero que se pudo permitir ser—. Ahora mismo nuestro amigo, que a veces no lo parece, me ha tocado mucho los cojones, y mi plan de la noche de estar relajadito se ha ido a la mierda porque el tío tiene que meter las narices en todo.

—¿Entonces es verdad?

—¿El qué? —Negó con la cabeza. Le dolía bastante. Necesitaba salir de ahí.

—Que hay alguien que te gusta de ese grupo de personas. —Señaló hacia fuera con la barbilla—. Y te afecta tanto que Álvaro te pica un poco con eso y sales disparado.

Se lamió los labios. Tenía tantas ideas de lo que podría responderle, pero ninguna se acercaba ni un poco a sus sentimientos reales. Porque decírselo lo arruinaría todo.

—Martin, vamos a dejar el tema.

—No —y sonó dolido, así que se obligó a mirarlo. Eso fue peor, estaba triste, tenía los ojos cristalizados, más que él cuando entró al baño—, se supone que eres mi mejor amigo, que nos lo contamos todo. Ahora resulta que te gusta alguien de clase y hasta Álvaro lo sabe.

—Estoy seguro de que tú no me lo cuentas todo. —Sus ojos se cruzaron. Parecía un poco molesto, pero no sabía qué más decir—. Venga, Martin, ¿me vas a decir que lo sé todo de ti? ¿Que he sabido cada crush que has tenido? Pues no, la verdad es que no he sabido ¡nada!, y no me verás criticando tu decisión porque sé respetar los tiempos de cada uno.

El vasco se masajeó la frente y lo miró como si fuera tonto.

—¿Y tú por qué coño crees que nunca te he dicho nada de ningún crush? ¿O por qué me lío con algún chico, pero nunca quiero nada más?

Abrió la boca y la cerró. No lo sabía. No tenía una lista de motivos de eso. Bastante tenía él con no morirse de celos cada vez que surgía esa oportunidad.

—No sé. Porque ninguno te gustaba lo suficiente, supongo.

—En eso tienes razón, pero no te has parado a pensar por qué, ¿a qué no?

Se encogió de hombros. Martin quería llegar a alguna parte, y lo único que tenía sentido era algo que él nunca vio posible, y por tanto no quería manifestarlo en alto. Si se equivocaba, no habría suficientes listas objetivas tras las que esconderse.

—No mucho —musitó.

Martin resopló y Juanjo estaba al borde del ataque de nervios. No decía nada, él tampoco, y los diez minutos se le iban a acabar y alguien iría a buscarlos.

» Podrías decírmelo —sugirió, inclinándose un poco con interés de escuchar.

—Para sacar tan buenas notas y ser tan avispado para unas cosas, te falta calle para otras.

Esa vez sí abrió la boca con la intención de preguntar, pero el vasco ya llevaba un rato cansado de indirectas. Arrodillándose, apartó sus rodillas. No fue algo rápido, se tomó su tiempo en comprobar en sus ojos si le iba a dar un ataque de nervios haciendo lo que estaba a punto de hacer.

Pero Juanjo le dio permiso con un simple asentimiento, tan cuerdo y calmado que no sabía cómo había salido de él.

Con un suspiro que compartieron a la vez, sus labios se unieron de forma tan sencilla que asustaba un poco. Asustaba a Juanjo, que llevaba desde el momento en que Martin se dejó bigote por primera vez soñando con besar los labios que había justo debajo.

Y asustaba al vasco, que, a pesar de hacerse el fuerte y estar siempre picoteando de acá para allá, su corazón estaba ocupado desde hacía tanto tiempo que no se creía que fuera real.

Pero lo era. Sus alientos entremezclados eran lo más parecido a tocar la tierra y ser consciente de que estaba siento lo más real que le había pasado nunca. Que el tacto de sus labios, ligeramente humedecidos por la saliva anterior, era mucho mejor de lo que habría imaginado.

Suspiró cuando sus pulmones empezaron a demandar oxígeno. Se apartó unos centímetros. Apenas veía, por al cercanía, el rostro de Martin, pero le seguía pareciendo precioso.

El chico tuvo la iniciativa cuando sus bocas se juntaron por segunda vez. A él le parecía bien, porque su corazón estaba cortocircuitando todavía más que su cerebro.

Y de repente, mientras la lengua de Martin bordeaba sus labios, deseando dar un paso más, ir más allá del sitio en el que ambos estaban cómodos, el cortocircuito bajó hasta su estómago como una bola de demolición.

¿Qué estaba haciendo? ¿Iba a destrozar la amistad más pura y desinteresada que jamás había tenido por un par de besos? ¿Para Martin eran un par de besos de lío o quería algo más? ¿Le gustaba a él? ¿Estaba jugando?

Por algún motivo, su cerebro le mandó una señal de: "no quiero conocer la respuesta a todas esas preguntas".

Con más cuidado del que ameritaba su corazón acelerado, presionó su pecho para separarlo de él. Martin se quedó mirándolo con labios de pato y ojos confusos.

—¿Qué...? —Empezó a preguntar. Él no le dejó continuar.

—Perdona, pero no puedo hacer esto.

Se levantó, trastabillando a mitad de camino. Martin hizo amago de sujetarlo, pero esta vez el manotazo fue menos cuidadoso.

Todos sus compañeros, que seguían de risas, aunque parecían haber abandonado la botella, se sobresaltaron y lo miraron, expectantes, como si algo en su cara fuera a decirles cómo había ido la cosa dentro del baño.

—Bueno, ya vale, ¿no? —Y ahí estaba el escudo, el que odiaba ponerse, pero que al final siempre quedaba bien cuando estaba de mala hostia—. A la puta cama todo el mundo a dormir, que mañana hay que esquiar.

—A ver, pero no nos eches, que es mi habitación —protestó Álvaro cuando empezó a tirar de él—. ¿Ha pasado algo?

—¿Podemos intercambiar habitaciones, por favor?

Sonó tan lastimero que daba vergüenza, pero puso en alerta a Bea también.

—¿Qué quieres que intercambiemos? —preguntó como quien habla a un niño pequeño.

—¿Puedo quedarme a dormir contigo? —Y se volvió hacia Álvaro—. Y si no te importa, quedarte tú con Martin esta noche.

—¿Esta vez no te entrarán celos? —Bea le clavó un codo en el estómago. Él tosió un poco—. Perdón, mal momento. Sí, claro, tened vuestra noche gay-lesbiana. Yo ya la tuve ayer.

Evitó nuevas bromas yendo a buscar un par de cosas. Cuando Martin salió del baño, aún confundido y en busca de explicaciones, se lo llevó del brazo, evitando que se cruzara con el nuevo residente de esa habitación.

Juanjo esperó, con el aire retenido en los pulmones, hasta que todo el mundo se marchó. Su mejor amiga aguantó las opiniones con paciencia, recogiendo los restos y tirando la botella que habían utilizado, hasta que el mayor se metió en la cama, como una bolita, tapado hasta la nariz.

Bea se aproximó con lentitud. Primero pretendía ir por el colchón, pero prefirió ir de cara al final, dando toda la vuelta a la cama para arrodillarse junto al lado hacia el que él se había quedado mirando. Suspiró, acariciando su mejilla con lentitud. Esperaba cualquier señal que le dijera que no era buena idea, que no estaba para mimos ni caricias, pero eso no pasó. Cerró los ojos, con una lágrima resbalando por su mejilla, y se dejó hacer.

Debía estar muy mal para actuar así.

—¿Quieres hablarlo? —preguntó, cuando el silencio se le hizo insostenible.

Juanjo cogió aire, lo retuvo en sus pulmones y después lo expulsó. Y entonces habló:

—Creía que estaba preparado para que esto saliera bien, o saliera mal, pero la realidad es que me muero aquí mismo si la cago y no vuelve a ser lo mismo entre nosotros.

—Creía que nunca pensaste en intentarlo.

—Porque estaba preparado para un no —reveló, tragando saliva—. no esperaba... que me devolviera el beso, o que me besara, o ambas.

La boca de Bea formó una o bien redonda, pero no hizo ningún comentario de emoción por el beso que acababa de desvelar. No era el momento para ponerse a shippear, no en mitad de una crisis.

—Te ha dado miedo porque no esperabas una respuesta positiva.

—Ni siquiera sé qué quiere de mí —se encogió sobre sí mismo, sacándole un puchero a su amiga—. Es que a lo mejor me besaba sin más, pero no significa nada.

—Cariño, con lo que te quiere ese chico, no te haría daño a propósito.

—¿Me puedes explicar eso en un idioma que entienda? —susurró.

—Que él, igual que tú, no destrozaría vuestra amistad por un beso tonto. Significa algo.

—No me lo creo.

—Pues no te lo creas —resolvió con rapidez—. Si quieres pensar que es una horrible persona que solo quería un beso de buenas noches sin importar que te destrozara, piénsalo, pero no se corresponde con el Martin Urrutia que conocemos y queremos. Y quieres —apretó con cariño su hombro—. Juanjo, no lo pierdas por esto, anda...

Se sorbió la nariz y se incorporó, quedando apoyado en el cabecero de la cama. su mente trabajaba a diez mil revoluciones por segundo, pensando en qué hacer.

—¿Voy ahora?

—A lo mejor ahora están durmiendo y no les hace mucha gracia. —Puso una mueca—. Le mandamos un mensaje a Álvaro para que mañana os deje solos a primera hora, antes de desayunar.

Con un asentimiento, dejó claro que le parecía buenísima idea. Su amiga no tardó en meterse en la cama y abrazarlo hasta que todo pareció más ligero.

Por la mañana, Álvaro se presentó en su habitación, tras haber recibido el mensaje de la noche anterior

—A ver, amores, Martin está en el baño ahora, preparándose. Es el momento para que tengáis la charla. —Lo agarró de los hombros—. ¿Sabes lo que le vas a decir?

—Eh..., no lo tengo muy claro.

—Pues tienes hasta que llegues a la habitación para pensarlo. —Lo empujó al pasillo, dándole la tarjeta del hotel—. Ahora me voy a vestir, que no me llevé ropa anoche.

Tragó saliva cuando la puerta de sus amigos se cerró, dejándolo desamparado en el pasillo. Su mente, que tanto funcionaba algunas veces, parecía haberse declarado en huelga. No tenía nada pensado, solo un cúmulo de sentimientos durante unos cuantos años y los besos de anoche guardados en un rincón de su corazón.

Con eso no se tenía una conversación, así que tendría que improvisar.

Esperaba agradecer su verborrea habitual al llegar a su habitación.

Abrió la puerta con miedo, pero en un primer vistazo no descubrió a su mejor amigo en la zona de la habitación. Se veía la luz asomar por la puerta del baño, así que se dirigió a su maleta, para buscar ropa para el nuevo día.

Cuando Martin salió del baño, en realidad ya lo había escuchado desde el instante en que se había abierto la puerta. Se había preparado lo que decir, que fuera rápido e indoloro. Solo que iba a doler para ambos.

—Ay, buenos días. —Juanjo le dedicó una sonrisa pletórica.

—Has vuelto... ¿Cómo has dormido con Bea?

—Muy bien. Ella siempre es un sol conmigo.

El vasco apretó los dientes y asintió, esperando que no se notara su molestia.

—Me había preocupado. Te fuiste muy deprisa del baño.

—Tenía que procesar algunas cosas. Pasó todo tan rápido...

—De eso quería hablarte yo.

Lo dejó algo cortado. Martin era muchas cosas, pero nunca interrumpía, ni subía el tono de voz para impregnarle ese sentimiento de seriedad. Decidió que no le gustaba esa actitud.

—¿De qué? —preguntó con miedo.

No sabía si quería saber.

—De lo que pasó anoche en el baño —precisó. Juanjo no podía apartar la vista de él, con las palabras atascadas en la garganta—. Creo, por cómo reaccionaste, que ambos estaremos de acuerdo en que fue una estupidez muy grande.

Las palabras iban a acabar saliendo de su garganta, pero en forma de vómito si seguía escuchando esto.

—¿Lo fue?

—Sí, porque... —no lo miró cuando lo dijo— somos mejores amigos, había muchos sentimientos por lo que acababa de pasar, por cómo había planteado Álvaro la pregunta... pero no tienes que verte obligado a nada.

—No me vi obligado a nada —consiguió que sus neuronas funcionen.

—Para mí fue un error. —Esa losa cayó con pesadez sobre su estómago, ya bastante ácido de por sí—. y te quiero demasiado como amigo para arruinar nada.

Como amigo. Como. Amigo.

Asintió despacio, dándole la razón de forma casi tácita. Martin decidió que la conversación había acabado, así que lo rodeó para llegar hasta su maleta y guardar, hecho una bola, el pijama que se acababa de quitar. A Juanjo aún le costó un par de minutos arrancar y empezar a prepararse.

No habló durante el desayuno, ya se aseguró él de no coincidir con sus amigos que lo sabían todo y acomodarse junto a Omar, con el que no tenía ningún tipo de confianza. De todas formas, solo con eso, Bea ya sabía que no había salido bien.

Nadie se atrevió a preguntar.

El segundo día de esquí fue tenso, pero sin incidentes, que era lo mínimo que pedía Manu Guix para ser feliz. Los profesores estaban tranquilos, pero no había compañero que no supiera que entre ellos se estaba cociendo una pelea que no acababa por llegar. Álvaro controló cada interacción, como si evitar la confrontación fuera a servir de algo.

A la hora de la comida, Martin no dudó en dirigirse a sus mejores amigas, ignorando una vez más a Juanjo. El maño se mordió el labio, no entendiendo por qué actuaba así. ¿No debería ser él quien no quisiera ni verlo? En su lugar, le huía de la peor forma posible.

—Tenemos que hacer algo —comentó Bea, cuando él también se marchó—. Estos están enamoradísimos, pero han decidido ser tontos.

—Llevan siendo tontos desde hace siglos. —Álvaro apretó los labios—. ¿Los encerramos en un armario y hasta que no se arreglen no salen?

—Eso no es muy agradable por tu parte.

—Y ellos me van a amargar el viaje.

—Vamos a pensar en otra cosa, anda.

Fue en el viaje de vuelta. En esta ocasión, fue Juanjo el que hizo todo lo posible para no coincidir con su mejor amigo. Si a Martin le molestó, no dijo palabra. Puso una mueca tras ver que se había sentado con Denna y se dirigió al final del todo, detrás de Ruslana y Chiara.

—Yo a vosotros no os aguanto mucho en ese plan —avisó la de Granada.

—Pues vas a tener que acostumbrarte, porque no tiene pinta que vaya a volver a la normalidad. —Estiró el cuello para buscarlo con la mirada.

—¿Qué ha pasado? —Alex se asomó desde su sitio frente a ellos—. Mira que yo estaba seguro que, después del baño, estaríais juntos, seríais felices, la vida sería maravillosa...

Juanjo sonrió con ironía, con una que quemaba.

—Yo también quiero saber. —Álvaro se inclinó desde el otro lado del pasillo. Bea lo secundó—. Necesitamos toda la información posible, por ahora solo tenemos claro que no ha ido bien.

—Por si tanto os interesa... —echó un último vistazo. El autobús era bullicioso y nadie más les prestaba atención, ni siquiera los del fondo—, me dijo que había sido un error, que no quería cargarse nuestra amistad por algo que consideraba una estupidez. Que no me viera obligado a nada solo por lo de tener que irme castigado al baño.

—Obligado dice. —El sevillano soltó una carcajada—. Este vive en un mundo de yupi donde tú no babeas por él, aparentemente.

—Algo tendremos que hacer.

—Alex, no vamos a hacer nada —musitó, apoyándose en el hombro de Denna—. Me ha dejado muy claro que fue algo del momento y que no lo considera reseñable como para plantearse nada conmigo.

—Y a ti se te ha ocurrido, no sé, ¿explicarle cómo te sientes?

—Sí, Bea, porque después de que me diga que el beso fue un error, lo que más me apetecía era declarar mi amor desde los quince años por él. Muy inteligente, sí, señor.

—Vale, estás en modo autodestructivo, cuando quieras hablar con seriedad, ya sabes dónde estamos. —Lo dijo neutra, porque lo conocía y sabía que no debía afectarle cuando se ponía de esa forma.

Juanjo apretó los dientes y dejó pasar la situación. Sabía que un poco la había ofendido, pero tampoco estaba de humor para unas disculpas en ese momento. No quería saltar por algo peor, así que se acomodó en el hombro de Denna y dejó que el traqueteo del autobús lo meciera hasta dormirse.

Cuando llegaron, Martin fue de los primeros en bajar del vehículo. Juanjo no pudo evitar seguirlo con la mirada, hasta que un codazo de su amiga lo animó a seguirlo hasta el maletero. Ahí, el vasco estaba agachado para no darse con la parte superior, buscando su maleta entre las treinta que se acumulaban.

Se tomó un momento para observarlo pelearse con objetos inanimados, y a cada gruñido que soltaba, más se enamoraba. No tenía ningún remedio.

Dio un paso finalmente en su dirección, aclarándose la garganta para llamar su atención.

Martin alzó una ceja al verlo a su lado.

—¿Te ayudo?

—Bueno..., podrías sacar tu maleta gordísima, que obstaculiza todo.

—Vale, perdona. —Aunque no creía que tuviera que pedir perdón.

Se agachó junto a él y deslizó su maleta hasta que pudo bajarla del maletero. A su alrededor, el resto del grupo se iba arremolinando, a la espera de su turno para coger sus maletas. Debería haberse ido en ese momento, porque su padre debía estar esperando, pero se quedó, mientras Martin volvía a acercarse a la suya. Era su oportunidad.

—Oye... —suspiró cuando consiguió que lo mirara—, ¿no crees que deberíamos hablar?

—¿De qué quieres hablar?

—Han sido unos días muy raros. Hemos estado raros —concretó.

—Sí, por el beso. —Puso una mueca arrepentida que le dolió más de lo que debería—. Lo siento, es que se me hace raro, pero en nada volveremos a ser los de siempre.

«¿Y si yo no quiero que seamos los de siempre? ¿Qué pasa entonces?»

Pero no abrió la boca. Asintió y fingió que la respuesta había satisfecho sus inquietudes, apartando a un par de chicos para salir de ahí.

Su padre lo saludó con alegría, mano en alza, pero al ver su cara de perros la bajó muy despacio.

—¿Ha ido bien el viaje?

—De puta madre. —Abrió el maletero de un golpe seco.

—Cómo se nota que no pagas tú el coche...

Se mordió la lengua, porque estaba a punto de soltar una bordería y la respuesta de su padre sería, casi seguro, decirle que se fuera andando.

Tampoco estaba tan loco.

Como tenían unos días más de vacaciones, se encerró en su habitación. La excusa para su familia era que tenía trabajos atrasados, pero si lo conocieran un poco, sabrían que él no se dejaría nada para el último momento. Solo necesitaba estar solo y procesar que tendría que fingir amistad por Martin toda la vida para no perderle por completo.

Bea y Denna se pasaron una tarde, en principio para animarlo, aunque acabaron teniendo una conversación en la que Juanjo estaba de mero espectador de cómo demostrar que él no era el único enamorado.

—Acabo de caer... —La pequeña golpeó el colchón con un boli, llamando su atención— ¿tú te acuerdas cuando el concierto de David Bisbal?

—Ha pasado medio año, pero sí, me hizo mucha ilusión que pensara en mí.

—¿El conci al que fuisteis juntos? —preguntó Denna, que no estaba al tanto de los entresijos, como sí lo estaba Bea. Juanjo asintió despacio—. ¿Qué pasa con eso?

—Nada, que su madre fue la que lo compró y quería ir con su hijo, pero al final le surgió una oportunidad de danza a María, su hermana, así que se tuvieron que ir ese finde de la ciudad... y Martin me avisó a mí, que sabía que me gustaría. Todo un detalle, y vaya putada por Rebeca, que también es súper fan.

Bea no respondió de inmediato. Procesó sus palabras, y el tiempo que se mantuvo en silencio, fue el que tardó Denna en abrir los ojos con fuerza.

—¡Será verdad!

—Por supuesto que es verdad. —La sonrisa de Bea lo decía todo—. Se lo dijo a Chiara, y mi inglesa es muy suelta con el cubata extra que le pagó Ruslana.

Juanjo frunció el ceño, mientras ellas hablaban de algo que tenían muy claro, pero que a él le estaba confundiendo un poco más.

—¿De qué se supone que habláis ahora? Me he perdido.

—Cariño, tan listo para los libros y empollar y tan poco para pillar la situación. —Bea le acarició la espalda, con una de esas sonrisas de sabionda que él también compartía a veces.

—Pues explícamelo, que no tengo todo el día.

—Juanjo, lee mis labios —se inclinó hacia él—: Rebeca no compró las entradas para David Bisbal, ni tenía una actividad de danza de María a la que asistir. Las compró Martin con el plan de hacerte creer lo otro y en el último momento pedirte que vinieras.

—¿Y por qué hizo eso?

Denna se masajeó las sienes, mientras su amiga resoplaba.

—Porque sabe que te gusta ese cantante, porque quería darte una sorpresa de fin de verano y... ¡sorpresa! ¡Porque era su forma de tener una cita contigo para declararse!

Soltó una risita incrédula.

—Me parece que me acordaría si Martin se hubiera declarado en ese concierto. Literalmente habría sido un sueño hecho realidad.

—Intentó hacerlo —presionó Bea—, así que pon tu cabeza a funcionar, porque estuvo a punto de pasar.

Frunció el ceño. Él no recordaba ningún intento de declaración. El concierto fue genial, estaba con el chico que le gustaba, cantaron cada canción y...

—Ay, Dios. —Se llevó una mano a la boca, comenzando a mordisquearse la uña más larga—. Joder, joder.

—¿Te viene algo a la mente? —preguntó Bea, con la seguridad de quien tiene todas las respuestas.

Denna, por el contrario, lo observaba todo como quien veía una aparición divina.

—Justo antes de «Ajedrez»..., se puso super nervioso, empezó a tartamudear, diciendo que hacía mucho que quería decirme algo...

—¿Qué hiciste, Juan José? —La rubia le pegó en el brazo.

—¡Oye! ¡Si aún no he dicho nada!

—Da igual, ya me imagino que la cagaste.

—Me puse a gritar de emoción por la canción y a saltar con las manos en sus hombros. Es una de mis favoritas —se excusó ante las miradas de las chicas—. Joder, joder, ¿se iba a declarar?

—Según Kiki, era el plan. —Asintió Bea—. Pero después de ver que no le prestabas atención, toda la valentía que había reunido se le fue a la mierda, así que decidió dejarlo estar. De verdad se pensaba que tú no te sentías así.

—Si lo hubiera preguntado...

—¡No lo dejaste!

—Ya... —Se rascó la frente, con las palabras de su mejor amiga clavadas en el cerebro—. ¿Por qué soy tan estúpido? Llevo años esperando esto.

—Pues casi te pasa hace seis meses. Así de pringado eres.

Le sacó la lengua a Denna y se tumbó bocarriba en la cama. La única grieta en su techo solía ser una buena distracción cuando quería saber qué hacer, pero estaba en blanco, y sus amigas sin dejar de mirarlo no ayudaban.

—Tienes que decírselo, cariño. —Bea fue más dulce.

—A ver, ya me ha rechazado dos veces indirectamente... ¿Puedo con una más?

—No hay dos sin tres, y no va a salir mal si hablas claro.

—Define hablar claro.

—Ve de frente: Martin, me gustas. Y punto. No necesita más. Ni excusas, ni "quiero volver a hablar del beso". No. Sé claro.

—Haz caso a Bea, ella es sabia.

Se mordió el labio con fuerza, al borde de hacerse sangre. No se caracterizaba por ser una persona valiente, aunque por una vez parecía tener indicios de que era apuesta segura. Pero después de los dos rechazos, el beso no parecía bastarle.

La madrileña caminó por su habitación hasta posar sus manos sobre la libreta favorita de Juanjo. La de las listas que no quería que nadie viese. En la que salía la de Martin.

Pegó un respingo, quedando sentado sobre la cama. sus amigas lo miraron como si se hubiera vuelto loco, y Bea soltó la libreta, sabiendo que era por eso.

—Podría leerle la lista.

Alzaron las cejas a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo para tal sincronización.

—¿Tú vas a enseñarle una de tus listas?

—No es tan raro... Es el que menos se burla de que las haga.

—Ya, pero es esa lista —puso énfasis.

—Cada uno tiene su forma de declararse, ¿no?

Bea se encogió de hombros.

—Yo te apoyo. Le va a encantar que lo hagas.

Se mordió el labio y asintió, levantándose a por los zapatos. Sus amigas lo contemplaron hasta que se se acercó al armario a por la chaqueta.

—Ah, que te vas ahora. —Denna se levantó también de la cama.

—No quiero perder un minuto. Ya bastante alejados estamos estos días.

Hizo amago de salir por la puerta, pero se dio cuenta de que ellas seguían ahí.

—Eh..., largo de aquí, que no os voy a dejar aquí solas.

—Así me pagan la información. ¿Te lo puedes creer?

—La próxima vez la compartes con Martin.

—¡Con ninguno, panda de desagradecidos!

Juanjo puso los ojos en blanco y procedió a abrazarlas y a llenarlas de besos, antes de que los tres salieran, porque no pensaba esperar ni un minuto más.

A cada paso que daba, porque no pensaba coger ningún medio de transporte para recorrer las calles, su valentía iba creciendo y su corazón acelerándose sin pausa. Joder, se iba a desmayar, pero estaba decidido a hacerlo.

Apretó el paso cuando llegó al edificio y vio a Rebeca saliendo junto a los hermanos de Martin. La mujer sonrió ampliamente al verlo.

—¡Ay, hola, Juanjo! Nosotras nos vamos ahora, que María quería comprarse un par de cosas para clase...

—¿Martin está?

—Sí, claro... No ha salido mucho estos días, pensaba que os pasaba algo... —Sacó las llaves y le abrió la puerta del edificio—. Anda, anímale un rato.

«Si todo sale bien, animado va a estar».

Se tomó el minuto que tardó el ascensor en llegar y en llevarlo a su planta en plantear cómo lo iba a hacer, si empezaría directo o se tomaría un momento.

No le dio mucho tiempo, porque Martin parecía estar agazapado tras la puerta y abrió en cuanto sonó el timbre.

—¿Qué te has olvidado ya? —Se quedó con la boca abierta, a medias de una regañina a su propia madre—. Ah..., Juanjo...

—Ese es mi nombre, sí.

Se había quedado congelado. Daba igual la valentía que hubiera recopilado de camino, lo que le hubiera dicho Bea. En cuanto veía esos ojos que lo observaban con toda la sabiduría del mundo, se le iba todo por la boca.

—¿Querías algo...? Te has quedado un poco pillado.

—En realidad sí. —Se volvió a quedar en silencio, exasperando al menor—. Quería decirte algo.

—Vale... —Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro—. ¿Estás bien? Tú siempre dices cuatrocientas palabras por segundo, y ahora te cuesta arrancar.

—Es que es difícil... —Sacó la libreta, porque eso lo hacía real, ya no podía arrepentirse. Martin la observó con una ceja arqueada—. Tengo una lista.

—Vaya novedad. —Intentó bromear, pero el rostro de Juanjo no daba mucho pie a eso—. ¿Es nueva?

—Es una lista en continuo crecimiento. Escribo casi todos los meses algo nuevo desde hace... dos años, más o menos. Los últimos los escribí durante el viaje, de hecho.

—Ah..., vale. ¿Me los quieres leer?

—Eso pretendía. —Suspiró. Abrió la libreta ante su atenta mirada y le tembló la mano al leer en silencio lo primero que decía. Lo que implicaba eso.

—Si no te sientes cómodo...

—Déjame, por favor —susurró.

Martin cerró la boca, dio un paso atrás y lo invitó a pasar. Fue cuando se apoyó en la puerta de entrada que su lengua empezó a actuar por cuenta propia:

» Lista de Cosas que me gustan de Martin.

—¿Eh?

—Primero, el bigote de los cojones —ignora su pequeña interrupción.

Segundo, sus ojos de Bambi.

Tercero, cómo se le iluminan y se le cristalizan cuando se emociona.

Cuarto, que no tenga miedo a emocionarse nunca.

Quinto, que me deje enredar los dedos en su pelo y destrozárselo.

Sexto, su sonrisa, así sin más.

Séptimo, el lunar de debajo de su boca.

Octavo, cómo se ríe de todo lo que digo, aunque sea una tontería

Noveno, su risa, a veces silenciosa, pero absolutamente perfecta.

—Juanjo... —Su voz se notaba emocionada, pero él no quiso levantar la vista.

—Cállate que no he acabado.

Décimo, cómo te mira a los ojos y se esfuerza por interesarse por lo que le cuentas.

Undécimo, cómo está para todo el mundo, aunque él no esté bien

Duodécimo, su particular sentido del humor

Decimotercero, que me aguante cuando soy insoportable

Decimocuarto, cómo lo tiene todo tan claro

Decimoquinto, que es listísimo para las cosas importantes.

Decimosexto, que nunca presume de todo lo bueno y listo que es

Decimoséptimo, que es la persona más buena del mundo

Decimoctavo, su olor, no sé explicarlo, pero podría pasarme la vida con la nariz en su cuello cuando nos abrazamos.

Decimonoveno, cuando nos abrazamos y pasa los brazos por mi cuello

Vigésimo, que le guste tanto el silencio, pero soporte mi ruido

Vigésimo primero, sus labios

Vigésimo segundo, cómo me besa

Vigésimo tercero, cómo me agarró la nuca, y el pelo, mientras nos besábamos

Juanjo cogió una gran bocanada de aire cuando soltó la última. Tenía las mejillas ardiendo y no sabía cómo había sido capaz de decirlo todo de corrido. Debía estar combustionando en el exterior.

Recopilando el gramo de valentía que todavía le quedaba, subió la mirada. Los ojos de Martin, como a él tanto le gustaba, estaban cristalizados. Su boca, que estaba empezando a valorar cada vez más, estaba arrugada en un puchero.

—¿Puedes decir algo? ¿Por favor? Que nunca he hablado tanto de mis sentimientos en toda mi vida y estoy al borde de irme a Suiza.

Martin soltó una de sus carcajadas llenas de aire, sorbiéndose los mocos. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas y a él le picaban los dedos de acudir a limpiárselas. Pero esperó, porque el vasco todavía no se había pronunciado y a él le iba a dar un infarto.

—¿Me quieres?

Suspiró. ¿Eso era todo lo que tenía decir después de veintitrés razones por las que lo quería?

—Llevo enamorado de ti desde que te pusiste el puto bigote. Por eso empecé la lista con eso.

Le entró la risa con eso, por supuesto.

—Si es que ya sabía que tenías un fetiche raro.

Fue el turno de Juanjo de reírse, quitándose un peso de encima. Aún no había contestado a lo implícito, pero al menos le estaba dejando claro que Martin no iba a dejar que su relación cambiara.

—¿Puedes decirme algo de verdad? ¿Sin bromas? Necesito quitarme esta espinita por completo.

Sonrió como si lo que le estuviera diciendo fuera gracioso. Pero no lo era. Era su prueba de fuego, de ahí salía todo mal o acababan enredados.

—Juanjo, llevo enamorado de ti desde que te conocí. —El mayor soltó un jadeo—. No recuerdo un solo día desde que tú y yo somos amigos que no sintiera lo que siento por ti. Porque llegaste como los locos, con esa energía infinita y tus ganas de hacerte amigo de las piedras si hiciera falta y pude ver todo lo que eras incluso cuando estabas callado. No había un solo gramo de mí que no se sintiera atraído gravitacionalmente por ti.

—Joder con el Neruda, ahora quedo yo mal.

—¿Qué dices? Lo tuyo ha sido precioso... —Se acercó y posó las manos sobre sus hombros. Juanjo se quedó viviendo en ese contacto—. Lo tuyo son las listas, y saber que llevas años desarrollando una para mí...

—En realidad puede que me gustaras desde siempre, pero me cuesta ver las señales.

—Sí, eso es muy tú. —Soltó una risita—. Tenía muchas ganas de besarte en ese baño. Por eso lo hice.

—Yo también me moría de ganas —susurró, con sus ojos bajando a ratos hacia la boca contraria—. Joder, llevaba años esperando algo así, y cuando Álvaro hizo esas preguntas.

—Por eso te enfadaste y te fuiste, ¿no? No querías que lo supiera.

—No quería un rechazo que arruinara todo —Bajó la mirada.

Martin dio el paso que los separaba y, con una caricia suave, pero contundente, en la barbilla, le subió la cara hasta que sus ojos conectaron. Sí, eran una de las partes favoritas de él.

—No ibas a arruinar nada. —Se estiró para quedar casi a su altura. Siempre los separarían nueve centímetros—. ¿Puedo?

—Puedes. —Le salió la sonrisa automática, antes de que sus labios impactaran el uno contra el otro.

No sabían en realidad quien lo inició, aunque uno hubiera preguntado antes, pero ambos suspiraron como si lo hubieran ensayado. Martin, como tanto le gustaba hacer en los abrazos, dejó una mano en su nuca, para apretar y mantener infinita la unión, pero la otra la subió por su pelo. Lo tenía corto, lo suficiente para que hiciera cosquillas y para quedarse acariciando eternamente sin que le molestara en absoluto.

Y sus labios, y el sabor de sus besos... Eran más de lo que jamás habría imaginado que serían, lo que unido a que ya tenía una respuesta positiva, lo hacía casi levitar.

—Entonces... —Martin se separó con el labio mordido. Juanjo se quedó clavado en esa imagen, porque joder, joder lo que era—. ¿Eso significa que estamos juntos?

—Significa que tengo que empezar otra lista. —Sonrió con suficiencia—. Cosas que me gustan de llamarte novio.

—Esa va a ser larga.

—Larguísima.

Y se inclinó para volver a besarlo, mordiendo su labio inferior, con la tranquilidad en el corazón de que estaba en el lugar adecuado.