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Las pruebas de Percy: el tridente de Poseidón

Summary:

El dios Percy debe buscar el tridente de Poseidón.

Notes:

Espero te guste este nuevo fanfic. Es uno de mis bebés. Una disculpa si encuentras algún horror ortográfico.

Abrazos y besos.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Un dios espera arrodillado frente al majestuoso trono de Poseidón. Los mares azotan las murallas de Atlantis, furiosos e inquietos antes lo que ha ocurrido. La alta corte atlanteana se agita y desea que su rey y máximo protector haga algo, que encuentre a un culpable y le haga pagar con su vida. Detrás del dios, esperan sus tres hermanos mayores, temiendo por el destino que espera al menor de todos.

Las tormentas chocan en el exterior y el sonido preocupado de las criaturas aumentan la tensión en el reino del mar. 

Su nombre es Percy. Un dios que puede llamarse joven si eso se considera a los cuatro mil años. Es un dios de la guerra, la vida y el mar. El único que nació con el poder absoluto del océano en su icor dorado. Sus hermanos, Tritón, Cimpolia y Rodo, los tres con un poder específico. Percy es el que más le ha causado estrés a los reyes de Atlantis por su corazón feroz e impredecible. 

Ha tenido guerras contra el dios Ares, otra deidad de la guerra, amoríos con Belona, la hermana del anterior dios. Es amigo de Artemisa y tiene una rivalidad con Afrodita luego de haberle rechazado a sangre fría. La diosa no toleró ser rechazada y por ello le maldijo en el amor. Percy es un dios conocido por los marineros y hay estatuas y templos en su honor en muchas playas, sabiendo que es su eterno protector junto a Rodo. 

Ahora se preguntarán por qué un dios tan emblemático como Percy está por recibir un castigo. 

Tenía una misión, pero la ignoró por irse a jugar junto a Apolo y Hermes en una forma de rebeldía hacia su madre. Ella insiste en casarlo con la ninfa Calipso, así que su padre apoya la idea porque Percy es una fuerza incontenible. Ha destruido empresas grandes, botes pesqueros y muchas plantas de petróleo en venganza por la contaminación que generan en su reino.

Por siglos, Poseidón y Anfitrite han intentado controlar sus poderes, pero Percy siempre se escapa como el delfín que es y consigue resguardarse en la protección de sus hermanos mayores, quienes siempre desvían la atención de sus padres para que Percy no sea convertido en una figura de esmeralda. Tritón, el más responsable de los cuatro, le ha dicho que debe mantener un perfil bajo para hacer sus travesuras, pero Cimopolia le dice que debe ser un océano fuerte para que nunca destruyan su magia.

Su hermana es la diosa de las tormentas, la destrucción personificada. Tritón el dios mensajero del mar, alguien que escucha primero.

Rodo existe y es la más dulce de los cuatro. Es una madre para ellos en lugar de Anfitrite.

¿La misión?

Proteger el tridente de Poseidón.

Dicho tridente fue robado por un hijo mestizo de su padre, uno llamado Kai. 

La corte atlanteana exige que Percy recupere el tridente y el dios imagina que así será. No le preocupa, podrá encontrar el tridente de su padre con rapidez y en el camino acabará con ese niño imbécil que robó el tridente. Es muy amable con los hijos mestizos de su padre, son chicos muy fuertes y ágiles, pero este niño sobrepasó una línea y pasó tocando los peores botones de Percy. Eso le saldrá muy costoso.

Esperando en silencio, Percy libera un bostezo porque eso parece nunca terminar. Parece que su disgusto es la llamada para su padre, quien aparece en su trono de perlas y conchas, usando su corona doble de oro atlanteano.

—Percy —su voz corre por todo el castillo, envarando a sus hermanos, pero sin efecto en Percy—. Has puesto en peligro la magia de Atlantis y has provocado inestabilidad en la Corte. Eres un castigo de los mares y no pienso ignorar tu desobediencia —su padre luce muy severo esta vez.

—Recuperaré el tridente y-

—¡Silencio! —la mirada cruda de su padre consigue que Percy apriete los labios—. ¡Eres un incorregible! ¡Mi tridente fue robado por tu malcriadez! ¡ESE NO ES CUALQUIER TRIDENTE QUE PUEDES RECUPERAR COMO SI FUERA UN JUGUETE!

El castillo tiembla ante el enojo de Poseidón, asustando a sus hijos detrás y enfureciendo el instinto volátil de Percy.

Poseidón se pone de pie y Percy llega a sentirse pequeño.

—Buscarás mi tridente, pero lo harás de una forma que te doblegará la vida, Percy —dice Poseidón, con ganas de fulminar a su hijo con un rayo—. Desde hoy perderás tus poderes y serás como un mortal común. El agua ya no será tu dominio y tienes prohibido pedir ayuda —dictamina el dios, consiguiendo que a Percy se le esfume el color de los ojos. 

Sus hermanos detrás liberan un jadeo colectivo por el miedo. Que a un dios le retiren sus poderes y lo conviertan en mortal es la mayor ofensa y humillación que puede recibir. Será una paria desde ahora.

—Pero- —Percy intenta ponerse de pie y reducir su castigo, pero Poseidón se muestra como una muralla muy alta. Inalcanzable.

—Regresa a mi reino con el tridente o muere intentándolo —la voz de Poseidón suena muy decepcionada.

Un remolino de agua rodea el cuerpo del dios y lo envuelve en un dolor profundo.

—¡Percy! —la voz de Rodo se escucha en todo el reino de Atlantis, una princesa que llora ante el castigo a su hermano menor y que no puede hacer nada o correrá el mismo destino.

. . .

El agua se mantiene en una calma prodigiosa, dulce ante el jugueteo de las ninfas que chapotean entre las rocas. Esa tarde, en el famoso Campamento Mestizo reina el silencio por la ausencia de muchos campistas. Los que quedan están durmiendo en las hamacas o jugando en la cabaña once. También se puede ver a los pegasos pastando con ánimo, mordisqueando un poco de los cultivos que tienen los hijos de la diosa Deméter, la gran deidad de la agricultura. 

Ni siquiera los mosquitos y las abejas rompen la burbuja de tranquilidad en ese valle protegido. Ellos pasan zumbando y se pierden entre la espesura del bosque. 

Ninguno esperaría que el mar se levantara en una pirámide y expulsara de sus agua a un adolescente. El cuerpo del nuevo mortal cae en la playa y el golpe suena tan duro que las ninfas dejan de jugar y miran hacia el cuerpo mojado que no se mueve. Luego, tosiendo parte de agua, el adolescente se retuerce con todo el dolor del mundo y levanta la cabeza, buscando en dónde fue a terminar.

Unos niños que estaban construyendo castillos de arena, dejan de jugar y corren para socorrer al chico que cayó como alga a la arena. 

Uno de ellos es un hijo de Hefesto que tiene una cicatriz en la mejilla.

—¿Estás bien? —pregunta con inocencia.

Percy mira al niño y escupe más agua.

—Me azotó el mar contra una playa muy fea. Sí, estoy bien —responde.

El niño parpadea sin entenderle muy bien.

—¿El mar está enojado contigo? —pregunta una niña.

Percy se levanta para quedar sentado y trata de ignorar el dolor de sus costillas.

—Algo así —responde vago.

El niño de la cicatriz jadea y sonríe.

—Debemos llevarlo con Quirón —decide. 

La niña observa a Percy dudosa y entrecierra los ojos. Saca su cuchillo y apunta al cuello de Percy.

—¡¿Quién eres y por qué llegaste el Campamento?! —exige, amenazando al nuevo mortal. Percy se queda boquiabierto e intenta formular una respuesta básica, más no puede porque esa niña tiene una mirada furiosa.

—Yo-

—Toca la campana, Joey —le dice la niña a su amigo, sin quitarle el ojo a Percy.

El niño sale corriendo y toca una campana, pidiendo ayuda.

—No soy peligroso —dice Percy, abordado.

—Así dicen, y luego sangre y guerras —gruñe la niña, feroz como un lobo.

Un grupo de campistas mayores, a la edad de Percy, llegan corriendo y rodean a Percy. Lo agarran por los brazos y le llevan como a un criminal, haciendo que camine a paso firme.

—Ya dije que no soy peligroso —pelea Percy, pero el agarre en sus manos es doloroso.

—Cállate, intruso —le ordena una campista que le dobla tamaño y fuerza.

Lo arrastran hacia una casa victoriana de color azul y ventanas blancas. En el techo ondea una bandera de color anaranjado y un pegaso en el escudo. El sonido de la campana despertó a muchos y ahora le observan caminar mientras murmuran sobre su persona. Percy antes era admirado como un dios, la gran deidad protectora de los cinco océanos. Capitán de los piratas y gran héroe divino. Ahora es un adolescente debilucho y que tiene necesidades básicas como ir al baño y contaminar el océano. Quiere retorcerse del enojo y quebrar el tridente de su padre, más no puede hacerlo o eso conllevará a su extinción absoluta.

Entran a la casa y ahí esperan dos seres que Percy reconoce al segundo. El primero es Quirón, el famoso entrenador de héroes y fundador del Campamento Mestizo. El otro es Dioniso, dios del vino y la locura. Este fue castigado por Zeus a trabajar como director del Campamento Mestizo por querer ligarse a una de sus enamoradas. Fue algo que se escuchó en todo el Olimpo y Atlantis.

—Lamento interrumpirles, directores. Este tipo llegó a la playa y asustó a dos niños —dice la chica musculosa, empujando a Percy hacia una silla.

El ex dios está por decirle que se relaje un poco cuando ella lo hace callar con su mirada asesina. Su pelo rubio mal recortado la hace ver más peligrosa.

Quirón le da una sonrisa relajada y les da las gracias.

—No te atrevas a nada, gusano —le advierte la semidiosa antes de irse. 

Percy se muerde el culo porque ahora mismo no tiene poder de nada.

Siente las dos miradas y sólo quiere salir pirado de ahí.

—Dinos, ¿eres un semidiós perdido o-?

—¿Eres servidor de Kai? —le pregunta Dioniso, rascándose la panza y bostezando.

Percy hace una mueca de asco.

—Nunca ayudaría a ese imbécil —espeta. 

—Así que le conoces —determina el centauro, relajado.

—Por su culpa terminé así —señala su cuerpo.

—¿Humano?

—¿Mojado?

Quirón observa a Dioniso, pidiendo que guarde silencio por un segundo. Regresa al mortal que tiene una expresión de estar pasando lo peor de su vida e intenta subirle los ánimos con una sonrisa gentil. 

Percy se concentra en no arrancarse el cabello del estrés y toma un buen trago de aire.

—Soy Percy, el dios del mar y la guerra, protector de los océanos y hace unas horas recibí un castigo de mi padre por haber dejado que robaran su tridente —resume, terminando con una sonrisa porque le divierte haber desequilibrado el poder de Poseidón y de Atlantis.

Atlantis no es su hogar, es toda la extensión de agua que cubre a la tierra y ahora le despojaron de su lugar como si fuera un ladrón. Debe recuperar ese tridente no por satisfacer a sus padres, es para regresar a su naturaleza, al lugar donde puede sentirse mejor que nunca.

Dioniso y Quirón comparten una mirada, plana y sin emoción.

Se escucha una risa nasal a unos metros, bajo el marco de una puerta. Ahí, escuchando todo en un silencio absoluto, está un adolescente de cabello negro y mirada oscura. Parece un niño con un amor profundo por el color negro y un disgusto por la luz solar. Eso y que luce como si no hubiera dormido por semanas enteras. Delgado, nada destacable.

O bueno, no lo era antes de que diera esa risa socarrona.

Percy siente unas ganas inexplicables por lanzar a ese niño a mar abierto.

La risa de Dioniso le distrae y el dios parece estar pasando el mejor momento de su vida, golpeando la mesa y riendo tan limpio que contagia al niño oscuridad. 

—¡¿Oíste eso, Nico?! —le pregunta el dios al otro mortal. Vuelve a reír como nunca.

Quirón muestra una sonrisa apenada y trata de apaciguar la diversión de Dioniso.

—Es verdad. Soy el dios Percy —repite, ofendido.

El director no deja de reír y el otro mestizo gira los ojos antes de dar media vuelta y desaparecer en lo que es la cocina de esa casa.

—"Soy el dios Percy" —imita el dios con una vocecilla. Se limpia las lágrimas—. Oh, las cosas que se imaginan los chicos hoy en día.

Quirón no parece pensar como el dios, más no le interrumpe.

—Escucha, nuevo —le llama el dios—. Ve a la enfermería y pide un poco de néctar para que te quite los efectos de lo que comiste —recomienda, ya un poco más relajado.

—Bien, espero que lo piensen dos veces antes de acercarse al mar —desea que sus palabras tengan efecto, esperando que su elemento le guarde un poco de lealtad. Se pone de pie, más la voz del chico le detiene.

—Si eres el dios Percy, entonces podrías enseñarnos un poco de tus poderes —pide el mestizo, dejando un vaso de agua en la mesa.

Percy observa el cristal y siente una aversión inmensa. Si antes deseaba que el agua le tuviera cariño, ahora no puede verla porque le recuerda a sus padres.

—No puedo, me quitaron mis poderes —revela.

Dioniso vuelve a reír y el mestizo alza una ceja, divertido.

—Sí, un dios —le mira de punta a punta.

Percy le mira igual y experimenta una rivalidad con el otro. Hay una electricidad que los impulsa a darle unos golpes al contrario.

—Necesito hablar con una autoridad respetable, no con un ebrio y un huérfano solitario —dice sin dejar de ver a Nico. El mestizo muestra una ligera ofensa en sus ojos oscuros, pero la esconde rápidamente.

Dioniso deja de reír.

—Eh, que no soy un ebrio —defiende de mala manera.

Quirón se pone de pie y se sacude las migas de las galletas que estaba comiendo antes de que Percy llegara.

—Vengan conmigo —le dice a los dos mortales y sale de la Casa Grande, respirando el mágico aroma de su Campamento. 

Percy pasa empujado a Nico y el semidiós hace una mueca.

—Quirón, yo-

—Sé muy bien por qué estás aquí —le detiene, dejando una mano en su hombro. La mirada del centauro transmite la misma calma que todo el Campamento—. Tritón me pidió que te recibiera, por eso lograste llegar por medio de la playa —explica, siendo muy amable—. Entiendo tu situación y sé que ahora mismo estás fuera de tu mundo, pero eso significa que deberás adaptarte y recuperar el tridente de Poseidón antes de que algo más grande y peligroso ocurra.

Percy baja la mirada y aprieta los labios, conteniéndose para no enviar al diablo la misión.

—Debo irme —murmura.

—Claro que sí —sonríe Quirón, más arrastra a Percy para que le siga con su mano gentil sobre su hombro—, pero antes podrías conocer el Campamento. No siempre recibimos la visita de un dios.

—Al único dios del mar que conocen es a mi padre —espeta, arisco.

—No es cierto. Tú eres muy conocido en la cultura de los dioses —le dice el centauro—. ¿Verdad, Nico?

El semidiós que ha ido con ellos parece revivir en ese segundo y hace una mueca.

—No aparece en las fichas de mitomagia —responde ligero.

Percy se detiene y mira al semidiós, con ganas de hacerlo conocer el reino de las Fosas.

—Pues tu juego infantil está mal escrito —dice, huraño.

Nico frunce el ceño.

—No es un juego infantil —espeta.

—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué lo juegas tú? —le mira de punta a punta, haciendo ilusión a que Nico parece un niño de diez años.

—Tengo dieciséis —remarca Nico.

—Parece que te escapaste de la guardería.

—Y tú pareces alguien que todavía suma con los dedos —Nico pone un paso al frente y están por lanzarse rayos por los ojos.

Percy está por devolverle cuando Quirón los corta.

—Muy bien, muy bien —sonríe—, me encanta ver que se llevan tan bien. Por eso Nico será tu guía para que conozcas el Campamento —les dice.

El nuevo mortal y el otro miran al centauro con ojos enormes.

—¡No! —jadean.

Quirón ríe jubiloso y da media vuelta. 

—Diviértanse, niños —y se marcha a paso relajado.

Nico mira a Percy y gira los ojos.

—Muévete, gusano de mar —le dice y se aleja. Percy muerde las ganas de empujarlo y camina a un lado del otro, notando la diferencia de altura y de aura.

Ese semidiós realmente no brilla, no es como los hijos de Afrodita que parecen diamantes bajo el sol, o los hijos de Hermes que irradian diversión y que son tan traviesos que incluso se puede ver en su sonrisa. No, ese mestizo es como una sombra, un punto que nadie vería y que sería innecesario en muchos sentidos. Conoce esa aura, esos ojos apagados y esa mueca arisca.

—Si yo soy un gusano de mar, entonces tú eres el esqueleto de un anciano —dice.

Nico se detiene y en su mirada se puede ver que está sorprendido por lo que escuchó.

—¿Qué?

—Eres un hijo de Hades —señala, pateando una piedra que golpea en en centro de una diana. Al menos su destreza en algunas cosas no pudieron quitárselas.

Nico aplana los labios y luce expuesto.

—Pasé años escondiendo mi identidad y tú la descubres en una hora, maravilloso —sisea.

Percy alza una ceja.

—¿Por qué te esconderías?

—No debo sorprenderme, vives bajo el mar —dice, huraño—. Los hijos de los Tres Grandes están prohibidos —recuerda.

Percy alguna vez escuchó eso, pero nunca le dio importancia.

—¿Y eso qué? Yo te veo con vida —bosteza.

Nico gira los ojos y no alcanza a responderle porque llegan a lo que es el comedor, donde unos pocos están merendando. Es un espacio grande, más no increíble a como lo habría imaginado Percy. Simple y hogareño. 

—¡Nico! —una chica rubia se acerca a ellos. Su cabello en resortes y cuerpo atlético le dice a Percy que ella es una hija de Atenea. Expide ese aire a sabionda que sólo Atenea podría heredar—. ¿Supiste del chico nuevo? —le pregunta.

—Sí —responde seco y señala a Percy.

La rubia mira a Percy sin pena alguna y no parece sorprendida.

—Ah, eres tú —dice.

—¿Qué esperabas? ¿Un héroe de película? —se muestra disgustado.

La rubia se encoge de hombros.

—No sería malo.

Percy está por irse cuando ella se presenta sin preocupación.

—Me llamo Annabeth y soy hija de Atenea —extiende una mano y Percy la aprieta por cortesía.

—Percy.

—¿Eres hijo de algún dios del mar? Todos dicen que llegaste porque el mar te expulsó —sus ojos extraen respuestas como aspiradoras, más Percy es un muralla de indiferencia.

—Sí, lo soy —responde, más no dice de quién es hijo.

—Es- 

—Muero de hambre, te veré luego —le sonríe a la rubia y se lleva a Nico, evitando que pueda decir algo.

—¿Es mentira lo de ser un dios? —pregunta, divertido.

—No lo es, muerte andante —responde—. Los hijos de Atenea suelen ser muy preguntones y realmente no quiero que nadie sepa que robaron el tridente de Poseidón.

Nico ríe por segunda vez en esa tarde.

—Se lo dijiste a Dioniso y él se lo dirá a los sátiros. Los sátiros se lo dirán a las ninfas y ellas se lo dirán a los hijos de Deméter —explica el hijo de Hades, logrando que a Percy le truene el estómago del estrés—. Mañana todos sabrán sobre tu... misión.

Percy le mira y luego al cielo, considerando el hecho de que ahora sí puede ahogarse en el agua.

—Tremenda mierda.

Nico los lleva a la mesa donde está la comida y hace que ingieran algo antes de que llegue la noche.

. . .

Al siguiente día, Percy despierta con el canto de unas aves en su ventana. Se coloca la ropa usada que le dio Quirón y al ser un nuevo integrante y la forma de su llegada, le permitieron dormir en la Casa Grande sin obligación a dormir en la cabaña de Poseidón. Estira su cuerpo humano y mira hacia ese techo descolorido, respirando esa aroma a casa antigua. Intenta recolectar fuerzas y sale de ahí, descubriendo la casa vacía.

Abre la puerta de entrada y descubre al hijo de Hades esperando en las gradas rechinantes de la casa. El mestizo le mira sobre su hombro y se pone de pie. 

—Quirón me dijo que te enseñara la arena de entrenamientos —dice en forma de saludar.

Percy se acerca a Nico, sintiendo un picor en sus piernas. Claro, es el mismo que siente cada vez que entrará en acción.

—No tengo arma —dice con un poco de vergüenza.

Nico le da una sonrisa diminuta.

—Imbécil, el Campamento tiene una armería —menciona.

Percy le da una mirada mordaz, caminando hacia una parte que no es a la arena de entrenamientos.

—La arena queda por allá —Nico apunta hacia el lado contrario.

Percy se detiene y hace una mueca petulante.

—Lo sé, tenía ganas de ver el mar.

—¿El mar? Creí que te había expulsado —puede escuchar la sonrisa en ese niñato de la muerte.

Pelean un poco más hasta que pisan la arena de los entrenamientos, tan enorme y con esa energía de guerra a la que Percy está acostumbrado. Nico lo guía hacia la armería, una pequeña cabaña que tiene armaduras de bronce, escudos con tallados y lanzas tan enormes que sólo un hijo de Ares combinado con una torre podría sostenerlas. Le gustaría ver cada una de esa armas, pero ahora mismo tiene una pequeña meta. Aplastar a Nico en la arena de entrenamientos.

Observa las espadas, ninguna igualándose a su querido tridente. Es de bronce celestial y tiene los grabados más preciosos que podría imaginarse. 

—Podrías usar el plumero de dagas —dice Nico, enseñándole un arma que fácilmente usarían los hijos de Apolo. O tal vez los de Afrodita.

—Y tú podrías usar una armadura. Para que no seas un pedazo de tela flotante todos los días —alude a la poca fortaleza que demuestra Nico.

Nico gira los ojos porque no encuentra una respuesta digna para devolverle.

Moviendo más armas sin ánimo alguno, descubre un bolígrafo. Abandonado en la orilla de una caja y con algo de polvo por el desuso. Se pregunta cómo funciona eso, quizá algún hijo de Hefesto lo olvidó ahí cuando estaba haciendo las medidas de algo. Lo observa por todas partes, preguntándose si es mágico o no. 

—¿Eso es lo más cercano a un tridente que podías encontrar? —la pregunta de Nico pica en sus orejas.

—Con este bolígrafo podría sacarte un ojo —le quita el tapón y de él comienza a brotar una hoja tan afilada y brillante como el bronce que crece a casi un metro de largo. 

La luz se detiene a unos centímetros del estómago de Nico, provocando que el semidiós retroceda del susto.

Percy sonríe de gozo.

—Me la quedo.

Salen de la armería y la arena aún se muestra sin semidioses. Es bastante temprano para iniciar.

La humedad de la noche se aferra a las gradas que rodean la arena y la tierra luce plana, sin pisotadas ni cortes. Percy vuelve a destapar la espada y sonríe ante la ligereza del bronce celestial. No es pesado y denso como el tridente de su padre. Una vez se lo quitó mientras lideraba una pelea. No le hizo daño por ser la descendencia directa del dios, más nunca volvería a usarlo porque es un arma muy quisquillosa y huraña. Al ser dios de la guerra, Percy puede sentir la esencia de las armas y algunas a veces logran hablar. El tridente es de las armas más leales y desviadas que ha conocido, por lo que se siente feliz de que hayan armas terranas en la armería y no armas del reino acuático.

Sale de sus pensamientos y mira al hijo de Hades, uno que enseña una muy fuerte y peligrosa espada estigia. Se anima al saber que el semidiós está bien armado, significará un digno oponente en ese entrenamiento. Nico se posiciona al frente y le mira de una forma evaluadora, buscando los puntos donde podría lastimarle. Percy sonríe a sus adentros y espera el momento donde podrá lanzarse hacia el mestizo y enseñarle un poco de buena pelea.

Podrían considerarlo con confianza, pero su existencia y su poder encapsula el uso de armas y habilidades de pelea. Está claro que no le importa estar en un cuerpo mortal, conoce sus habilidades y las usará lo mejor que pueda. 

Corre hacia Nico y al mismo tiempo, el semidiós imita su movimiento. Ambos metales, el hierro estigia y el bronce celestial se tocan y las chispas salen como chapoteos de energía. Percy se sorprende al descubrir que su oponente es rápido y tiene un apunte bastante acertado. Nada mal para un chico que se muestra que prefiere hacerse bola y dormir durante días.

Le golpea y Nico no retrocede, a cambio, busca una ventana y regresa el ataque de Percy, hiriéndolo en un brazo. El nuevo mortal da una estocada y Nico lo detiene, resonando y haciendo que la tierra a su alrededor vibre. Vuelven a buscar los puntos entre ataques y Nico se agacha en un momento, dejando a Percy en una corta desventaja. El semidiós golpea una pierna de Percy y lo desestabiliza, pero el mortal lanza una tajada y raspa la mano de Nico. No llevan la intención de matarse, pero la fuerza que usan podría hacer que el resto piense que están en una pelea de dominio.

En una encerrona, Nico usa la sombra que Percy proyecta y escapa de forma veloz. El mortal sonríe, llegando de sus memorias la vez que luchó contra un hijo de Hades ya hace milenios. Los hijos de ese anciano huesudo son fuertes y poseen su sed de sangre. Alguna vez llegaron a darle tributos en sus templos, pero durante una guerra, los conoció como oponentes y supo valorar su fortaleza en pelea. Son rápidos y saben escaparse como gusanillos. Incluso las hijas de Hades son fuertes y grandes estrategas, superando por mucho a una manada de hijos de Ares. Alguna vez quiso coquetear con una de ellas, pero cuando vio que podían degollarlo en cualquier momento, prefirió mejor darles su poder para que lucharan a su lado.

Nico logra detener todos sus ataques, más no prepara uno. El sudor perlado de su piel hace que Percy descubra que el semidiós no está en buenas condiciones de pelea. Puede mantenerse, pero no pasa de esa línea. O eso imagina hasta que Nico se lanza y con un movimiento de su espada, aleja la mano de Percy y con su cuerpo tan flaco como una plumilla, lo rodea y le hace una llave que lo deja en el suelo. La espada de bronce tintinea a unos metros de Percy y Nico le mira a una distancia, jadeando por el esfuerzo. 

Sintiéndose un poco humillado, Percy busca su espada y mira a Nico, sin intenciones de ceder esa pelea. Busca su espada y Nico recibe sus golpes con maestría y sin hacer muecas de dolor. Pelean el tiempo suficiente para que Percy logre conseguir otra oportunidad y no piensa desaprovecharla. Golpea la mano del mestizo que usa para pelear y le asesta una patada en el pecho, lanzándolo al suelo. Percy siente la furia de la pelea, un lejano zumbido de sus poderes que rascan por salir y revelarse ante el castigo de Poseidón. 

Está por acercarse a Nico y preguntarle si puede moverse cuando unos aplausos interrumpen. En las gradas, un público lo admira jubiloso y aplauden por su demostración. Dos chicos, una semidiosa de cabello negro picudo y un semidiós de cabello rubio arena, bajan con una agilidad impresionante y caminan hacia Percy con sonrisas amistosas.

—Vaya, niño nuevo. Eres una caja de sorpresas —le saluda y extiende un puño—. Thalía Grace.

Percy choca sus puños y no logra reaccionar cuando ya tiene al rubio abrazándole por los hombros.

—Yo soy Luke Castellan, capitán de la cabaña Hermes —se presenta con una sonrisa enorme.

La semidiosa gira los ojos.

—Una presentación innecesaria —murmura.

Luke le hace una mueca. Ambos esperan su nombre, así que Percy se presenta con una sonrisa corta.

—Percy —dice y ellos no borran sus expresiones de campistas amables.

—¿Cómo el dios? —dice Thalía, admirada.

Percy fuerza la sonrisa para no verse disgustado.

—Sí, como el dios.

—Lamento que pudiéramos presentarnos ayer, estábamos en una misión y supimos que existías hace unas horas —explica la semidiosa mientras comienza a caminar.

Percy avanza en medio de ellos e ignora las risas acarameladas de los hijos de Apolo y Afrodita.

—Pero te has adaptado bien. Nico es un buen guía si nosotros no estamos —señala Luke, sin soltar a Percy. El campistas es un poco más alto que Percy, así que al menos no lo está llevando a cuestas.

—¿Ya te determinaron? —pregunta Thalía.

—¿Qué es determinar? 

—Cuando un dios expresa al mundo que un campista es su hijo —dice esta vez Luke. Percy cree que así están organizados, una habla y luego el otro termina de explicar.

Duda profundamente que Poseidón quiera decirle a todos que Percy es su hijo. Si fuera por el dios, le tacharía del registro y la historia para que nadie recuerde que Percy es hijo de Atlantis.

—No es que muera por eso —se encoge de hombros.

—Sí, bueno, en algún momento lo harán. No puedes quedarte para siempre en la Casa Grande, sólo Nico tiene el permiso de Dioniso —dice Luke—. No te preocupes, la cabaña de Hermes siempre está dispuesta a recibir a un no determinado —le abraza más cerca, logrando apretujar a Percy.

—¿Por qué sólo Nico puede estar en la Casa Grande? —pregunta Percy, dándole más atención a eso que a otra cosa.

Thalía mira hacia todas partes, buscando que nadie los escuche.

—Porque Quirón lo rescató —susurra.

Percy le mira sorprendido y está por preguntar algo cuando la chica rubia del comedor los encuentra y lo apunta como si fuera un criminal.

—Eres hijo de Poseidón

Dos revelaciones al mismo tiempo hace que los tres mayores se vean con ojos de lechuza, queriendo saber por qué ocultaron la verdad, pero sabiendo el peligro que conlleva el conocimiento. Percy carraspea y Thalía le mira, considerando la opción de desterrarle del Campamento Mestizo. Se detienen cerca del bosque y comprueban que nadie esté cerca.

—¿Qué? —murmura.

—Lo escuché de la Casa Grande —admite Annabeth sin vergüenza alguna.

Luke abre los ojos, apenado.

—Annie, creí que habíamos hablado sobre escuchar cosas a escondidas —ríe con una mirada fría.

—¿Lo siento? —intenta la semidiosa—. Sé que no debo hacerlo, pero se me hizo extraña tu reacción en el comedor, así que decidí investigar por mis propios medios.

Percy le mira, no de una forma amable.

—Dioses, déjame buscar a la persona que le importa eso —mira a su alrededor y luego aplasta a la rubia con su mirada verde—. Creo que a nadie, entrometida.

—Muy bien —apacigua Thalía, levantando las manos—. Todo está bien, relajémonos un poco. Tú —apunta a Annabeth—, deja de escuchar cosas ajenas.  Y tú —mira a Percy, como si supiera todos los males que ha vivido—, no tengas miedo de decir tu legado. Ser un hijo de Los Tres Grandes es algo difícil y sé las consecuencias que pueden llevar.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Percy, alzando una ceja.

—Thals es hermanita de nuestro amado director —ríe Luke y ella le da una mirada furiosa.

Percy se contagia de la risa de Luke y mira a Thalía.

—¿De verdad?

—Incluso por eso consiguió el título de Capitana de Campamento —añade Luke y Thalía enrojece.

—¡No es cierto!

—Ya sabemos quién es la favorita del Campamento —murmura, viendo a Thalía como a una tramposa.

La semidiosa se indigna y está por defenderse cuando Annabeth los interrumpe.

—¿Tres hijos de los tres dioses más poderosos? Eso no es algo bueno —determina.

Luke y Percy dejan de bromear y Thalía esfuma su enojo. Miran a la niña rubia y Percy es el primero en hacer una sonrisa burlona.

—No es el fin del mundo, sabelotodo —mueve una mano, quitándole importancia—. Sólo es una coincidencia.

—¿Y por qué fuiste expulsado del mar en este momento? Tienes muchos más años que los demás, eres de la edad de Thalía y Poseidón no tiene hijos mestizos bajo el mar. El único que se conoce es... —se detiene para no mencionar el nombre del semidiós que Percy tiene entre ceja y ceja—. No importa —dice ella antes de continuar armando su teoría—. Eres un mestizo diferente, a menos que-

Percy bosteza, harto de escucharla.

—Como sea, cría de Atenea —de sus labios brota la forma en que siempre llama a los hijos mestizos de los dioses que se encuentra—. A nadie le importa que haya llegado por una escupida del mar o en limo. Deja de conjeturar cosas —comienza a alejarse hacia la Casa Grande y Thalía le grita si le verán en la cena. Percy asiente y logra ver cuando Luke comienza a pelear con Annabeth mientras que Thalía se aleja a velocidad sorprendente.

. . .

Una vez llega a la Casa Grande, sube a la ducha de su dormitorio y espera a que su cuerpo mortal pueda absorber un poco de la magia que siempre obtuvo a través del elemento. Está dormitando sobre la cerámica cuando un chapoteo lo hace abrir los ojos y tomar las espada que usará en su estadía en la superficie. Pasado el susto, logra ver que se trata de una esfera atlanteana que usan para comunicarse entre las aguas. Es al tamaño de una pelota de tenis y una vez la toma entre sus manos húmedas, el rostro deforme y ovalado de Tritón aparece en ella.

Luce enojado.

—¿Por qué no llamas? —pregunta demandante.

—Quizá porque ahora soy mortal —hace ver y Tritón reduce su enojo a inexistente.

—Oh, sí. Es verdad —sonríe en disculpa.

Percy aplana los labios y mira al mayor, esperando a que diga el resto.

—Las cosas están un poco mal por aquí, me alegro que estés lejos, pequeño —dice Tritón, un tanto estresado—. La Corte está considerando destituir a nuestro padre del trono porque ya no tiene su símbolo de poder y... me temó que habrá una pelea por el trono atlanteano —murmura.

Percy frunce el ceño.

—El tridente de Poseidón no es lo que le da poder.

—Sí, pero la Corte mantiene su posición —responde su hermano.

—Pues qué mal por padre. Que se las arregle solo —sonríe y Tritón le da una mirada regañona.

—Percy, sabes muy bien lo que ocurriría si padre fuera expulsado. No podrías volver a ser un dios —resalta.

El mortal granza algo en atlanteano.

—Y tú sabes que te apoyaría con toda mi magia si quisieras tomar el trono —hace ver.

Tritón suspira.

—Tú y Cimopolia me sacarán escamas grises —murmura.

—¿Cómo están Rodo y Cim? —pregunta. Ambas son tan opuestas, pero siempre le han protegido como si Percy fuera su hijo y no de Poseidón.

Tritón hace una mueca.

—Rodo está firme ante la tormenta que dejó Cim. Ella se enfrentó a la Corte y dijo que levantaría una rebelión contra nuestro padre, tomando así el trono. Madre la encerró en el reino de su esposo y no le permite hablar con nosotros —revela Tritón, conociendo la profunda aversión que siente Percy hacia el esposo de su hermana. Es un idiota en letras mayúsculas y Percy siente su sangre bullir al saber la posición de su hermana. Cuando es castigada, le reducen sus poderes y no puede actuar a menos que su pareja se lo permita.

Por la razón de salvar a sus mayores, Percy se promete que al día siguiente buscará información para atrapar a ese imbécil de Kai y con sus manos le arrancará el corazón. 

—Guarda la esfera, pequeño. Estaremos hablando por aquí. No te preocupes, tus hermanos mayores son expertos en control de riesgos —le guiña un ojo y Percy se esfuerza en sonreír.

Habla un poco más con Tritón hasta que descubre que siente un poco de hambre.

Al salir de la ducha, descubre su piel arrugada. Eso lo hace sentir enojado y débil.

. . .

Luke lo invita a la mesa de Hermes y Percy se siente bienvenido con los hijos de su camarada. En su cuerpo de dios, Hermes y Percy han tenido miles de aventuras y son grandes amigos, perfectos bromistas con Artemisa y siempre buscando robarse las manzanas favoritas de la gentil Deméter.

Los hijos de Hermes han heredado su sonrisa de elfo ladrón y comparten la comida entre ellos como botines luego de un enorme atraco. Percy ríe cuando ellos bromean sobre algo y responde a sus preguntas entusiasmadas. El Campamento sabe que Percy es hijo del mar, pero no saben qué dios. No les preocupa eso, son felices al imaginarse que Percy podrá ayudarlos en las guerras de agua que celebran durante el verano. Se reserva el decir que sus poderes son algo inexistentes, que ahora sí que podría morir ahogado.

—Luke, ¿Percy puede quedarse con nosotros en Captura la Bandera? —pregunta un niño a su capitán.

—Sólo si Percy quiere —pero Luke le mira con ojos de cachorrillo.

—¿Qué es Captura la Bandera?

—Es un juego de simulación —explica una semidiosa, con una sonrisa feroz—. Dos equipos, una bandera para declarar al ganador. Nosotros nos unimos con la cabaña de Atenea y somos imparables. Tenemos una racha perfecta —dice ella.

—Es un buen juego. Pero debes tener los ojos bien abiertos, o te sacarán las tripas —dice Luke.

Mientras ellos le siguen explicando a Percy sobre el juego, el mortal descubre que Luke le da ciertas miradas a la niña de Atenea, como si hablaran a través de ese método. Decide ignorarlos porque entre ellos flota esa emoción mortal que involucra besos y abrazos, cosas a las que Percy se siente alérgico. 

. . .

Al día siguiente, luego de hacer unas cuántas actividades en el Campamento, Percy camina hacia el bosque para respirar un poco de su aire mágico. Está cerca de un arrollo cuando escucha unos sollozos provenir desde lo profundo del bosque, así que se acerca con ganas de saber si hay alguien para romperle la nariz de un puñetazo. Es un sonido cubierto de lágrimas, así que debe existir alguien que las provocó.

Mueve unos arbustos y descubre a Nico consolando a un sátiro pequeño, que llora sobre una cajita de zapatos que resguarda el cuerpo herido de un pájaro muerto.

—Pobre señor Ñoquis, ¿cómo le diré a su pareja? —le pregunta a Nico.

—Tendremos que mentirle para que no se sienta muy triste —dice el semidiós, sin dejar de acariciar la espalda del sátiro.

—¿Tú lo mataste? —pregunta Percy con una sonrisa.

Nico le mira, abordado por el enojo.

—Claro que no —espeta.

El sátiro le mira con ojos enormes y no se atreve a preguntar qué hace ahí.

—Lo siento, no quise interrumpirlos —Percy se arrodilla frente al sátiro y le sonríe gentil—. Me llamo Percy —se presenta con suavidad.

—Pero puedes llamarle imbécil —le murmura Nico al sátiro.

La criatura ríe un poco, animado por la pelea de ellos.

—Yo soy Grover —se presenta, aplastando sus orejitas a un lado de sus cuernos.

—¿Qué le pasó? —pregunta Percy, apuntando al animal muerto.

Grover baja sus ánimos otra vez.

—Alguien empujó al señor Ñoquis junto con su nido al suelo. Acabó herido por las rocas y aplastaron sus huevos —enseña el nido destrozado. Aspira su nariz y nuevas lágrimas se acumulan en sus ojos—. Esta era su primera nidada —solloza otra vez.

Percy no se atreve a preguntar si no han imaginado que fue un depredador en vez de alguien, más no quiere ir contra el dolor del sátiro.

—¿Quieres ayuda con el señor Ñoquis? —señala hacia el suelo y Grover niega con la cabeza, mostrando una sonrisa corta.

—Nico me ayudará —la mención del mestizo hace que un agujero lo bastante grande aparezca cerca de Percy.

El sátiro deja la caja dentro y la tierra se mueve sola para dejar que Grover haga el arreglo ceremonial que dejará sobre la tumba. Mientras que Grover llora sobre el montoncito de tierra, Percy se acerca al semidiós.

—Tienes madera para ser sepulturero —sonríe y Nico le mira con dagas en lo ojos.

—Y tú para ser un doble imbécil —espeta.

—¿Qué no es ese uno de los poderes de los hijos de Hades? —pestañea confuso.

Nico está por refutar, pero mira hacia Grover y prefiere tragárselo.

—Oye, no te enojes. Muchos piensan que para ser dios de la guerra debes tener armas enormes y un carro tirado por mil perros infernales —dice.

—Creí que la condición era que fueran unos idiotas —murmura.

Percy aplana los labios y se ve sin defensa.

—Esa es condición para ser hijo de Ares —corrige y Nico da una sonrisa corta.

—Puede ser —murmura.

Percy descubre que la mano donde lastimó a Nico, está vendada.

—¿No usas ambrosía? —pregunta, señalando la venda de color negro.

Nico no mira su mano, pero es como si intentara esconderla.

—No —responde por lo bajo.

Está por preguntarle la razón cuando Grover aparece más recuperado.

—Regresen al Campamento, las ninfas suelen ponerse muy juguetonas luego de las seis —apunta hacia algunos troncos, donde Percy descubre a unas ninfas viéndolos sin escrúpulos.

Se despiden de Grover y caminan en silencio hacia la parte viva del Campamento. Es cerca de la cena, así que Percy camina hacia el Comedor mientras que Nico se marcha por el camino opuesto.

—¿No vienes a cenar?

—No —Nico mueve una mano (la que no está herida) y se hunde en las sombras porque no hay nadie alrededor.

Percy llega al lugar y saluda a la hija de Zeus con una sonrisa. Ella choca puños y le invita a su mesa. Es un mortal, los rayos de su padre no podrán lastimarlo. Ella pudo entender su situación y junto a Luke juraron guardar la razón de su llegada. Percy sabe que si Luke sabe, Annabeth también lo hará, así que le advirtió al rubio que mejor no hablara con su novia o Percy se encargaría de hacerle pagar por abrir la boca.

Luke se sonrojó cuando dijo "novia" y murmuró que cómo es que lo había descubierto tan rápido.

Percy hizo una mueca y lo dejó bajo los regaños de Thalía por no ser discretos.

—¿Sabes por qué Nico no usa ambrosía? —pregunta a la semidiosa mientras que ella le presta atención.

—Ah, eso —dice un poco bajo—. Cuando se supo de Nico era hijo de Hades, Perséfone enloqueció y maldijo a Nico de una manera cruel. Gran parte de la ambrosía se produce en el Inframundo, así que decidió que Nico jamás podría curarse por medio de la ambrosía. A raíz de esto, Deméter se sintió muy mal, así que le creó un arbusto mágico a Nico de bayas para que sustituyera a la ambrosía. 

Percy deja de comer luego de escuchar la historia, con el estómago hecho de piedra.

—¿Deméter lo ayudó?

—La diosa es la eterna protectora de los niños —revela Thalía, sonriendo con aprecio—. Sus sátiros son los que buscan a los semidioses por órdenes de ella.

—Creí que era Cunina.

—Ella es de los bebés, pero Deméter no mira por edades —explica—. ¿Por qué la pregunta?

Percy le explica a Thalía lo que vio y ella asiente, entendiendo.

—Su arbusto ha estado un poco débil por la magia de Perséfone. La diosa está enfocada en matar a Nico —se oye un poco triste.

Terminan la cena con otra charla y prometen verse al día siguiente para el anhelado juego de Captura la bandera.

. . .

Annabeth está dando instrucciones como la mandona que es y Percy prefiere alejarse de ella porque no piensa admitir que su estrategia es buena. Mientras que Thalía instruye a los nuevos para ponerse las armaduras y Luke escucha a su novia como polilla en la luz, Percy descubre que Nico está sentado en una silla junto a Dioniso mientras escucha lo que dice el dios en lo que bebe gaseosa y fuma como europeo. Nico mantiene su vendaje y entre sus piernas tiene un jugo de lata sabor uva. Da media vuelta y sigue en lo suyo, no necesita compadecerse de la situación del mestizo.

Ya tiene un cuchillo apuntando a su propio cuello, no necesita salvar a los demás del suyo. 

—Debes atar estas también —la voz suave de Nico lo sorprende, encontrado al semidiós a unos pocos metros.

Percy alza una ceja.

—¿Quieres recomendarle a un dios de la guerra a cómo atarse su armadura? 

Nico le mira en blanco, inexpresivo.

—Sí.

El mortal lanza una risa un tanto raspada y asiente, abriendo los brazos.

—Descuida, amor mío. Tu querido dios no morirá en un juego infantil —sonríe y Nico arruga la nariz.

Cuando Annabeth los llama, Percy le da una inclinación a Nico y se marcha a paso emocionado.

Siente la mirada del semidiós en la nuca, pero eso no lo detiene por un segundo.

Percy es asignado a crear el engaño para el otro equipo mientras que Thalía resguardará el punto donde escondieron su bandera. Luke corre a su lado, sujetando su espada Backbitter con maestría. Cuando Percy quiso conocer la historia del nombre de la espada, Luke le dijo que significa que siempre regresará los ataques, no importa el momento, pero nunca se quedará con la herida. La hija de Zeus se soltó a reír cuando volvió a escuchar esa historia, pero Percy pensó que si Luke tiene tanto cariño por su espada, entonces está bien.

Se esconden entre unos arbustos densos que están cerca del río que cruza por el bosque, observando a detalle los movimientos del otro equipo. Sin dormirse en los laureles, Luke le hace un gesto a Percy por la estrategia que seguirán y asienten con la cabeza para lanzarse al juego. Su emboscada funciona y cuando los demás escuchan su griterío, se acercan para ayudar mientras la otra parte del equipo se esconde entre los troncos y se acercan al objetivo.

Annabeth sabe que esa no es la bandera real, por ello dividió su grupo de escondidos y mientras los que resguardan la bandera se relajan al pensar que han caído en la trampa, ellos llegarán desde un punto en blanco y tomarán su trofeo.

La chica musculosa, la misma rubia que lo arrastró a la Casa Grande, descubre la presencia de Percy y sonríe de esa misma forma que hace Ares cuando piensa que está siendo terriblemente amenazador. Percy se ríe y eso parece enojarla.

—¿Hay algo divertido, Prisy?

—Sí, tu cara de animal con rabia —ella se muestra muy ofendida y con su lanza electrificante, comienza a pelear con Percy, dejando de lado su objetivo principal.

Si bien hace unos meses era un dios, ahora ya no tiene la misma fuerza. Pero esa chica sí que la tiene, casi duplicada por el hecho de ser hija de Ares. Golpea fuerte y es como una ardilla luchando contra un toro. Los campistas le miran pelear y se distraen al ver la furia de la semidiosa, con la imperiosa necesidad de cortarle el cuello a Percy.

—¡Clarisse, detente! —dice Luke, quitándose su casco.

Ella lo ignora y a cambio golpea a Percy en el rostro, reventando su nariz. Conoce ese olor, la sensación caliente deslizándose por su orificio y el dolor agridulce acumulándose arriba, entre sus cejas. Fue un golpe limpio, directo y sin trabas. Muchos reprimen un jadeo colectivo y observan a la expectativa de cual será la reacción de Percy.

—¿No piensas defenderte, Prisy? —Clarisse sonríe burlona.

Percy aprieta su espada y está por cometer una falta en el juego cuando siente que sus brazos se erizan y la corriente del agua cambia de dirección. Algo en su pecho le dice que está en extremo peligro y que sería mejor refugiarse detrás de la chica musculosa, pero su antiguo valor de dios le impide moverse y hacer algo tan vergonzoso. Mira hacia el agua y antes de que pueda moverse, una bola enorme de agua lo embiste y le lanza río abajo, haciendo que se pierda entre la maleza del bosque.

—¡Percy!

—¡Llamen a Quirón!

Escucha por último antes de que su cuerpo gire y golpee cada obstáculo que se cruza. Ni siquiera puede gritar por la conmoción y en algún punto de la caída, su mano es lastimada y eso logra que su espada se aleje. Cae a un suelo fangoso y con olor oxidado, tan escandaloso y frívolo que su reacción es rápida, buscando la supervivencia. Se escucha el sonido de un cuerno, el llamado a todos los campistas porque alguien está en peligro.

En sus milenios de vida, nadie había acudido a rescatarle. Percy siempre estaba del otro lado, salvando traseros en peligro. Ahora, es lo opuesto y siente humillación y unas ganas enormes de llorar agruparse en su pecho. ¿En qué punto está?

El sonido del bosque lo distrae y observa a su alrededor, buscando quizá a la ninfa que le jugó la broma. Su respuesta es un silencio inquietante, un murmullo entre los árboles altos que resguardan el peligro. Intenta levantarse, pero una de sus piernas torció mal al caerse y ahora los latigazos de dolor no le dejan concentrarse en las cosas que le rodean. Está por tomarse un segundo cuando una figura se muestra a unos metros. No es que crea en lo paranormal, ni que le den miedo los monstruos...

A quién engaña. Está cagado de miedo y piensa orar a cualquier deidad existente para que le ayude. 

La figura toma mejor forma y descubre que se trata del tipo que le hizo la vida imposible. 

Kai.

El dolor pasa a un segundo plano y una furia bullente brota desde el centro de su cuerpo, extendiéndose como arroyos. Se queda sin palabras, sólo espera que el otro comience a hablar para cortarle la lengua. Una sonrisa se delinea en el rostro de Kai y a Percy se le antoja como la más horrible que ha visto. A lo que muchos imaginarían, Kai no es un adolescente con problemas personales, es un tipo alto de cuerpo fornido y con la misma mirada de mierda que Poseidón. Ojos azules océano y que pueden hechizar a las náyades en segundos.

Claro que lo recuerda cuando era un niño pijo que imploraba por la atención de su padre. Un pequeño que no sabía nada de dioses y que no pudo ser protegido por su madre. Cuando supo de la existencia de Percy y de sus hermanos, llegó a darles ofrendas. Una vez, pidió ayuda a Percy en una batalla en el mar y Percy se la dio. Puede decir que se sintió orgulloso de que un niño tan listo haya usado su poder. Ahora, en papeles opuestos, donde Percy es un debilucho mortal y Kai un peligroso mestizo, se pregunta si el niño en su interior le recordará.

Imposible. Alguien que robó el tridente de Poseidón no puede tener pizca de miedo y cordura. 

—El gran dios Percy. Un placer verte en persona —Kai sonríe como niño bueno mientras le mira entre la oscuridad del bosque.

Percy no responde. Tal parece que su garganta se cerró del miedo.

—Siempre me pregunté a cuál de los cuatro conocería primero, el cuarteto de dioses secundarios más poderoso. Debo decir que me habría servido más conocerte como dios, tu magia me habría ayudado mucho —dice un poco triste, suspirado—, pero no voy a quejarme. Llevar tu cabeza al mar me ayudará mucho a destruir a Poseidón.

Percy, estoico, intenta buscar la forma para salir corriendo y escapar de ese depredador.

Un momento. 

Claro. Debió saberlo. Ese niñato está influyendo su poder en Percy para doblegar su instinto humano, sabiendo que tendrá efecto porque Percy aún conserva algo del océano en su interior. Vaya hijo de puta. Por la risa de Kai, puede imaginarse que tiene la peor cara de imbécil, pero es así como se siente por haber estado cerca de orinarse del miedo. Se avergüenza. Cimopolia estaría muy enojada por verlo doblarse y con las piernas temblorosas.

No importa que seas mortal. Tienes una espada, habilidad y lo más importante, valentía. No necesitas ser un gran dios de renombre, sólo necesitas confiar en que puedes hacerlo.

Se dice a sí mismo y sabe que su hermana se lo diría también.

Toca su bolsillo y descubre el bolígrafo de su espada, así que eso le da unos gramos de valentía extras para mejorar su postura y ver desafiante a Kai. El semidiós sonríe confuso y cuando entiende su razón, ríe encantado.

—Admiro tu fiereza. Creo que por eso eres de mis dioses favoritos —dice y su espada de oro olímpico brilla frente a su rostro, deslumbrando en el bosque—. Espero que exista un Inframundo para los dioses y no te preocupes, me encargaré de decir que fuiste un gran héroe —promete antes de correr hacia Percy y atropellarlo con la fuerza de un camión. 

Percy se levanta a pesar del dolor agudo en su pierna y levanta su espada cuando Kai le intenta cortar el cuello. Sin duda hay una diferencia de golpes con los campistas y con este semidiós. Parece que le forjaron en la cueva más salvaje y que si no mataba, no comería en mucho tiempo. Percy es el que más retrocede y la formación del suelo le hace tropezarse.

—¿Qué pasa? ¿No puedes atacar? —ríe Kai.

Ese momento de distracción vale a Percy para que pueda darle un puñetazo con toda su fuerza al mortal, logrando girarle la cabeza y que su mejilla se torne a un salvaje color rojizo.

Kai le mira y en sus ojos se lee un profundo enojo.

—Eso te costará la vida —jura y un brazo de agua arrastra a Percy por el suelo, azotándole y quebrando parte de sus costillas. Percy corta el flujo de agua muy rápido, como le enseñó Tritón hace milenios.

Logra soltar su pierna y parte de su rostro se siente adormecido, haciendo que su ojo no pueda funcionar muy bien. Aún así no piensa bajar su espada.

Kai aparece a unos metros e intenta desnucarlo, pero lo impide cuando agarra una roca y se la lanza al cuello. Sin esperar ese ataque, Kai se sujeta la parte herida y vuelve a buscar el agua. Percy esquiva las dagas de hielo que apuntan hacia su posición y trata de escaparse de Kai. Una pared de agua lo detiene y el semidiós lo atrapa entre ella, empujando su espada contra la de Percy, acercando la hoja al cuello del mortal.

—¿No piensas rendirte? ¿Prefieres sufrir, Percy? —la voz del mestizo suena tanto a Poseidón, que la furia del mortal se enciende como una fogata.

—¡Nunca! —su pierna le ayuda a empujar al mestizo lejos, logrando tomarlo por las bajas y hacer que tropiece—. Eres un mestizo insignificante. Es una lástima que creas que podrás ganarme, pero no olvides tu lugar en el mundo. Eres sólo un simple hijo rechazado por Poseidón —espeta, sabiendo que eso enojará a Kai y que lo hará perder los estribos. 

Sus palabras logran su propósito, y Kai parece terriblemente herido mientras lo maldice y trata de cortarlo en pedazos. Percy recibe tantos golpes que ya no registra la cantidad y sólo intenta mantenerse. Aún no sabe lo que hará para salvar su trasero, pero realmente quería herir a ese imbécil desde la parte no visible, esa que siempre es la más dolorosa para los mortales.

Kai logra asestarle una patada tan fuerte que Percy se arrastra por el suelo y se detiene al chocar contra un tronco. Respira con dolor, buscando levantarse aún cuando su instintos den mil brincos y luego regresen. Está por recibir una apuñalada de Kai cuando una hoja oscura pasa cortando el aire y lastima el brazo del mestizo, provocando que grite y busque el origen de su ataque. La calma del bosque hacen que Kai se sienta más ansioso y al escuchar el ruido de los campistas acercándose, observa a Percy con profundo enojo y se marcha por medio del río y todo rastro de que estuvo ahí desaparece.

Percy comienza a sentir una oleada de disgusto hacia sí mismo, no por las cosas que le dijo a Kai, sino por su debilidad ante la pelea. Respira profundo, preguntándose qué dirán sus hermanos al saber que fue abatido por Kai y que no pudo defenderse. Comienza a dudar si merece el título como dios de la guerra.

—Percy —la voz apresurada de Nico le aleja de su interior y su mano gélida es como un corto alivio para los dolores de su cuerpo—. ¿Puedes caminar? —le pregunta. 

Asiente para no verse tan deplorable y recibe la ayuda de Nico para moverse y apoyarse en sus hombros para arrastrar sus pasos. Nico es gentil para adaptarse a su dolor y le sujeta con una suavidad muy amable.

El mortal apenas si puede sostenerse, aún así hace de tripas el corazón y avanza junto a Nico para no sentirse con más vergüenza. Llegan hacia la parte alta del bosque, donde Thalía los encuentra con un grupo de campistas.

—¡Percy! —dice preocupada—. Por los dioses, ¿qué ocurrió? —le ayuda por el otro lado y caminan hacia lo que Percy imagina que sería la enfermería. 

Como si fuera un desfile, los campistas miran pasar a Percy entre los brazos de los otros dos campistas y por debajo de los moretones, puede sentir sus mejillas colorearse. Camina con la mirada baja y cuando llegan a la enfermería, un rubio y sonriente hijo de Apolo los recibe, colocando a Percy y preparando las cosas con una rapidez impresionante para curar sus heridas.

—¿Lo atacó un minotauro? —pregunta mientras busca la gasa que usará en la piel cortada.

—No —responde Nico.

El rubio asiente y cuando hace una serie de pruebas, su mueca se forma de pura preocupación.

—Dioses —murmura.

—¿Qué ocurre? —pregunta Thalía, preocupada.

—¡Percy! —Luke irrumpe la enfermería como un remolino y el hijo de Apolo comienza a pelear porque están lastimando la calma de la enfermería.

Mientras ellos pelean, Nico se coloca en el rango de visión de Percy, mostrándose como una figura de sosiego.

—Duerme, Percy —siente su mano gélida tocar su antebrazo y luego le invade un sueño profundo, uno del que no puede resistirse.

. . .

Un olor a limpieza y naranja hacen que arrugue su nariz. Intenta abrir los ojos, sintiendo que la luz está más fuerte que en otros días. Una vez le pidió a Apolo que redujera la intensidad de su luz y lo hizo. Luego Artemisa se enojó y fue una pelea donde se ganó una linda cicatriz en el hombro. Se cubre con su manta y el mover su brazo hace que vea estrellas del dolor. Anoche no era tanto, pero ahora que el músculo reposó y tuvo tiempo de considerar si inflamarse o no, pues se puso de lo más doloroso posible. Respira profundo para no retorcerse y se repite a sí mismo que no debe quejarse por unos rasguñitos.

Está por dormirse otra vez cuando alguien entra a la sala y descubre que es el mismo hijo de Apolo.

—Qué bueno verte despierto —le saluda con una sonrisa fresca—. Me llamo Will, sé que tú eres Percy.

Toma asiento y Percy podría confundirlo con un doctor real. Lleva una bata, bolígrafos, un peinado perfecto y unos palillos de paletas sobresalen de sus bolsillos.

—Un gusto —responde con la voz rasposa.

Will sonríe de nuevo.

—Sé que aún experimentas dolor y es porque no puedo usar ambrosía o néctar para sanarte —le dice, un poco apenado—. Aquí dice que eres un mortal, pero puedes ver el Campamento mestizo. Qué curioso —murmura mientras mira sus hojas en la tabla.

Percy comienza a sentirse en peligro, así que carraspea para armar una mentira digna.

—Yo soy el hijo de una ninfa y-

Will lo detiene y le sonríe gentil.

—Creo conocer tu situación —le dice, amable—. Te llamas Percy, pero eres mortal. Aún así puedes ver el Campamento y tienes un conocimiento excesivo acerca de los dioses —resume y le mira como si fuera un niño tramposo—. Mi padre también vivió lo mismo que tú. Además, ningún mortal o inmortal que conozca de mitología le pondría el nombre de un dios a su hijo. Menos sobre el dios de la guerra —hace ver y Percy aplasta los labios.

—Existe la titánide Tetis y la ninfa Tetis —murmura y Will le sonríe, viéndole como si no valiera su punto.

—Es un gusto conocerlo, dios Percy —le da una mirada respetuosa y Percy se siente mucho peor.

—No hago valor a ese nombre —murmura.

—¿Ah, no? Hace meses que nadie se enfrenta a una pelea de ese nivel, ni siquiera un semidiós fuerte. Menos un mortal —hace ver y Percy quiere esconder el rostro bajo la manta. Will no hace caso a su reacción y busca un recipiente en su bata—. Hice esto para ti. Son píldoras que relajan el dolor muscular y pueden ayudarte a sobrellevar las infecciones por heridas —explica y Percy se siente halagado por esa ayuda tan especial.

—Muchas gracias —dice con una voz que sobrepasa su límite de adoración.

Will sonríe y comienza a sonrojarse un poco.

—Descuida, no fue nada. Tiene pequeñas partículas de ambrosía, es imposible que un dios pueda ser completamente mortal —murmura y Percy estaría encantado de creerle, pero su desesperanza es mucha.

—Claro —carraspea.

—Descansa, ¿sí? Volveré en unas horas —dice y le deja una paleta de color azul. Está por levantarse cuando Nico entra al dormitorio y mira con ojos enormes a Will y Percy.

Está por regresarse, pero se atasca en la puerta y golpea su hombro contra el marco.

Will ríe y Percy cree imaginar que es una risa un tanto... diferente.

—Ven, Nico. Percy ya está despierto —le dice Will y Nico se acerca a la cama con una velocidad impresionante.

El semidiós no le da una mirada a Percy, a cambio, intenta darle una mirada a Will y retuerce sus dedos con nervios. Percy, con ganas de señalar eso y decirle a Will que Nico está engripado sólo para hacer enojar al hijo de Hades, prefiere guardar silencio mientras mira la escenita entre esos dos. Claramente, aguantando las ganas de reír y decirle a Hades que su niño está derretido por un hijo de Apolo. Ese anciano huesudo moriría de la furia.

—Lo siento, Will. No quería interrumpir —murmura Nico.

El rubio se ríe enternecido.

—No te preocupes. Sé que quieres ver a Percy —le dice y Nico le da una mirada rapidísima a Percy.

No responde, más no es necesario. Y Percy no se ofende, incluso ayudaría a Nico para conquistar el brillante corazón de Will.

—Los dejaré solos. No te demores, Percy necesita descansar —le dice y Nico asiente con obediencia. Will abandona el dormitorio y la estela de su loción hace que Percy le dé una sonrisa divertida a Nico. 

—"Lo siento, Will" —imita y Nico le da una mirada mortal.

—Cállate.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar con Will y no conmigo —apunta con su pierna por donde salió el rubio.

Nico frunce el ceño y gira los ojos.

—Quirón deseaba saber cómo era tu estado —carraspea y Percy mira por debajo de su manta.

—Pues yo me miro muy entero. ¿Quieres ver? —ofrece y Nico le golpea el brazo.

Percy emite un gritito de dolor y Nico se arrepiente al instante.

—Lo siento, yo no-

—Dioses, ya veo por qué no te atreves a decirle a Will —murmura.

—¿Decirle qué?

—Que te gusta —dice como si Nico fuera imbécil. El hijo de Hades parece mortalmente ofendido y chasquea la boca.

—Como sea —determina y Percy no piensa empujarlo más.

Percy se acomoda y piensa disfrutar de las horas de sueño que se ganó a base de puñetazos. El tridente de Poseidón puede esperar. Incluso si le expulsan de su trono, Percy lo celebraría.

—¿Mi equipo ganó Captura la Bandera? —pregunta.

Nico está jugando con un dobladillo, aún así consigue mostrarse disgustado.

—¿Eso es lo único que te importa?

—Un poco. Sí —se encoge de hombros y el hijo de Hades se esfuerza por esconder una sonrisa que quería nacer en sus labios.

—Ganaron —murmura y Percy sonríe enorme.

Nico no comparte su emoción, parece preocupado por otras cosas, como si mantener silencio hoy fuera una tarea muy difícil.

—¿Quién era ese hombre?

—Kai —la respuesta despreocupada de Percy hace que Nico le vea como si hubiera perdido un millón de dólares.

—¿Cómo pudo entrar? —le pregunta en un susurro aterrado.

—No lo sé —bosteza Percy, sintiendo que el sueño quiere llevarle a otra parte—. ¿Caminando?

Nico gira los ojos y el mortal cree ver que se resiste a las ganas de golpearle.

—No puedes estar así de despreocupado. Si Kai logra entrar al Campamento, comenzará a llevarse a los campistas para-

—Para mantener a los dioses con miedo. Sí, lo sé —completa y le sonríe a Nico con tranquilidad—. Escucha, tú no debes preocuparte. Kai está asustado porque sabe que debo recuperar el tridente. El tema aquí es que yo no tengo la fuerza para lograrlo y existe una razón más valiosa para mí de no hacerlo.

—¿Cuál?

—Cosas políticas de Atlantis —responde.

Nico abre los ojos, sorprendido.

—¿Sabes las cosas que haría Kai con el tridente de tu padre?

Percy se hunde en su desdicha y luego asiente.

—Lo sé —murmura—. Recuperaré el tridente, más nunca prometí que lo regresaría a mi padre —hace ver y Nico no refuta lo que dice.

—Percy, yo... —el hijo de Hades observa hacia la puerta y vuelve a hablar—, hablé con mi padre y dijo que las cosas están tensas en el Olimpo. Dicen que hay un hijo de Ares y uno de Hermes involucrados en el grupo de Kai.

—¿También te dijo el color de los baños de su cuartel? —sonríe Percy, prefiriendo ignorar un poco el tema de Kai. 

Nico borra su preocupación y hace una mueca.

—No.

—Te faltó girar los ojos —señala y Nico aplana los labios.

Se levanta y está por salir de la enfermería cuando se detiene a un paso de distancia de la puerta.

No lo mira, pero de su aura brota nerviosismo y expectación. 

—Puedo ayudarte —dice en voz baja. 

Percy frunce el ceño y su sonrisa se hace más baja, tratando de hallar las razones por las cuales Nico se ofrecería de esa forma. Es un semidiós escuálido, no hay récords de misiones a su espalda y tampoco es un mestizo que destaque en el tema de batalla. Sí, tiene algunos movimientos resaltables, pero no pasa de ser peligroso porque tiene una espada estigia. 

No lo rechaza, guardará su propuesta por si llega a necesitarlo.  

—¿Ayudar en una misión suicida forma parte de ser guía turístico? —su pregunta logra que Nico suelte un suspiro de rendición y sale de la enfermería, dejando a Percy para que pueda tomar su merecida siesta.

. . . 

Nico llega a la Casa Grande y encuentra a Annabeth moviendo unas hojas mientras Quirón organiza algo. Saluda a los dos y entra a la cocina de la casa, encontrando la ventana semiabierta. Quirón suele cerrarla porque los mosquitos hacen de las suyas durante las noches y no hay nadie que pueda callar sus conciertos busca sangre. Mira hacia la dirección opuesta de la cocina porque algo le dice que las cosas no marchan o marcharon bien. 

No fue su culpa dejar esa ventana abierta. Cuando habló con Hades lo hizo por medio de una sombra, es muy cuidadoso de no usar el arcoíris de la diosa Iris porque no quiere que la información llegue a terceros. Además, habló con Hades en la oficina de Quirón porque es uno de los lugares más seguros del Campamento. 

Sintiéndose vigilado, camina hacia la sala de estar y encuentra unas cajas de frutos secos que pidió Dioniso para realizar un ritual con los sátiros. Nico no la consiguió por sus medios, aunque se suponía que era algo que el dios le pidió porque confía en su buen gusto italiano. 

—¿Quién trajo eso? —pregunta.

Annabeth y Quirón miran hacia las cajas y luego a Nico.

—Fue Ethan —dice Annabeth, sonriéndole con amabilidad—. Lo vi salir hace unas horas, cuando recién llegué.

Cuando Nico encontró a Annie en la Casa Grande, hace segundos había terminado su llamada con Hades.

El hijo de Hades sospesa cada punto y luego siente que algo no funciona bien.

¿Cómo Ethan sabía que Dioniso quería los frutos secos? ¿Se lo habrán pedido? 

Le preguntará a Dioniso cuando lo vea.

. . .

Quirón se queda en silencio ante las palabras de Percy.

El mortal no esperaba esa reacción, más no llega a sentirse mal porque el centauro, en sus siglos de vida, nunca ha autorizado una misión sin antes pedirle una profecía al Oráculo.

—Pero...

—No quiero que Apolo lo sepa, lo diga en el Olimpo y luego llegue a Atlantis.

El centauro asiente en silencio y luego parece darle la razón.

—Pero el Oráculo es la mejor forma de iniciar una misión, Percy —intenta persuadir.

—Y lo sé, pero no soy un semidiós. No pienso regirme a las palabras de una cosa disecada —dice, orgulloso —. Fui el dios Percy y sé que puedo lograrlo sin augurios.

El centauro retuerce sus dedos y mira al nuevo mortal con un poco de angustia.

—Percy... no puedes morir —le dice Quirón, como si alguien le hubiera amenazado que si Percy moría, él sería el siguiente.

—¿Por qué? —entrecierra los ojos, obstinado.

—Eres el dios de la guerra. Los ejércitos y armadas te veneran aún más que a Ares. Sin mencionar a los pescadores y las criaturas del mar. Si desapareces... —no se atreve a decirlo, pero la idea flota entre ellos—. Tu magia aún existe en el mundo, si alguien alza una plegaria hacia ti, tu esencia le ayuda. 

—Pues no habrá diferencia si muero —se encoge de hombros, indiferente.

—No quieres terminar como Pan —dice el centauro, intentando que abra los ojos—. Desde que desapareció, nadie cuida la naturaleza y la destruyen.

—Pan era un debilucho y llorica —se defiende Percy—. Yo moriré como un digno mortal buscando el juguete de un dios —al decirlo, ya no le parece tan heroico—. O no lo sé, pero no es que importe mucho. Ya tienen a Ares y Belona, no es que necesiten más —espeta.

—¿Haces esto porque Poseidón te expulsó del Olimpo?

—Mi poder era superior al de muchos, no es mi culpa que se sintieran amenazados —golpea el escritorio de Quirón y el centauro puede ver un poco de las llamas de poder que están contenidas en el cuerpo mortal de Percy.

Quirón baja un poco la cabeza y se anima una pizca al saber que, el mortal que tiene al otro lado de su escritorio, hace milenios era un dios joven que siempre bajaba a visitarle y ayudarlo a entrenar a los mestizos que eran lanzados a la vida por sus egoístas y crueles padres.

—¿Te irás solo? —le pregunta el centauro, sabiendo que Percy es una esencia dura y de una firmeza que ni siquiera los tsunamis o las tormentas pueden empujarlo. Si es necesario, Percy luchará contra el mundo sin importar que su arma sea un cuchillo de mesa.

—Aún no lo he considerado. No quiero arriesgar la vida de otros mortales y que por ello me culpen —dice Percy.

—Un grupo de semidioses pueden acompañarte. O bueno, los que se ofrezcan —dice Quirón.

—¿Y luego sentirme mal por sus muertes y debilidades? No lo sé —hace una mueca, disgustado.

—Te puedo decir que mis campistas no son débiles —sonríe Quirón.

—Eso dicen. Luego estoy enterrándolos al lado de unos baños públicos —recuerda a la vez que tuvo una misión con unos campista y no salió de la mejor manera.

Quirón sabe a lo que se refiere y asiente amable.

—Fue una vez. No es que vuelva a pasar —dice.

Percy se acomoda en su silla y deja caer su cabeza contra ella. 

—Si tú lo dices —encoge sus hombros y bosteza, ya deseando irse a dormir.

—Reuniré a tus posibles compañeros, veme al anochecer —dice—. ¿Tienes un inicio para tu misión? —le pregunta.

Percy le explica la llamada que tuvo con Tritón hace unas horas. Este le dijo que había un grupo de Kai moviéndose en las partes de Nueva York, no muy lejos del Campamento Mestizo. Quirón asiente un poco más tranquilo y le despide de su oficina. Percy se estira como felino y considera que debería preparar una mochila con algunas cosas para no morir. Hoy es un mortal, debe equiparse con botellas de alcohol y mucho gel desinflamante. 

. . .

En media rueda, como si fueran a iniciar un ritual, Quirón tiene a los mejores candidatos para su misión. Percy los observa. Ahí esta la hija rubia y musculosa de Ares, esa misma que lo llama Prisy y quien aún no puede superar que le haya ganado en la arena a dos días de su recuperación luego de su pelea con Kai. Percy sabe que está sobrepasando su límite en su cuerpo de mortal, pero ahora ahí atrapado y sin posibilidades de regresar, ha decidido que conocerá las ventajas del cuerpo humano y dejará de despreciarle. Por eso se esforzó a levantarse de su cama a pesar de que su abdomen y piernas pidieran un descanso. 

Hay otros mestizos, unos altos y fuertes hijos de Hefesto, un ágil hijo de Apolo y una letal hija de Afrodita. Todos son opciones excelentes, de sus rostros se puede leer su fuerza y valentía. Son peligrosos y hábiles hijos de dioses que podrían crear un lazo de lealtad. Percy los ayudaría si regresara a su forma de dios y ellos llegaran a sentirse en peligro.

Está por elegir a quienes llevará cuando dos voces interrumpen la ceremonia de elección.

—¡Yo me opongo! —dice Luke, a tropezones porque casi resbala por sus zapatos sucios. 

—Eso sólo se dice en las bodas —le sisea Thalía, aún así se muestra dispuesta a interrumpirlos.

—¿Qué creen que hacen? ¿Acaso quieren dormir en el bosque? —los amenaza Dioniso, quien está presente y disfrutando en una silla de playa mientras bebe su Coca de dieta.

Ambos, conociendo que Dioniso sí que los dejaría dormir en el bosque, se lanzan al peligro sin dudarlo.

—Nosotros acompañaremos a Percy —dice Thalía, logrando que el resto de campistas le vean como si hubiera perdido la cabeza.

—Vete de aquí, favorita de Zeus, no tienes que acapararlo todo —espeta la hija de Afrodita. Percy estaría encantado en conocer su nombre.

Thalía le ignora, pero su rostro se vuelve duro como el granito.

—¿El Campamento no se quedaría sin capitán? —pregunta Percy, cruzándose de brazos. Su sonrisa hace que la semidiosa le vea con ojos mortales.

—Annabeth puede suplantarme.

—Por supuesto que no —dice el hijo de Apolo—. No queremos a una cerebrito en el puesto —pelea.

—Oye, ten más cuidado con lo que dices —Luke se gira y reta al hijo de Apolo, luciendo a segundos de reventarle la nariz de un puñetazo.

—Uuuh, temblemos. Está defendiendo a su noviecita —finge el hijo de Hefesto, refugiándose detrás de la hija de Ares.

La rubia ríe con sorna y se acerca a Luke.

—Recuerda que podemos enseñarte tu lugar en los baños —su sonrisa se hace oscura, como si algo hubiese ocurrido entre ellos.

Luke no parece muy asustado.

—Recuerda que puedo enseñarte lo débil que eres —escupe hacia ella y eso no parece gustarle. Es por el grito de Quirón que no se desatan los golpes.

—Es suficiente —espeta.

La risa de Dioniso al fondo hace que Percy descubra que ahí hay alguien que esperaba ver desde que fue a la oficina de Quirón. El hijo de Hades está a un lado de Dioniso, tan silencioso y pacífico como una sombra, sin perturbarse por el ambiente tenso. Percy sabe que el hijo de Hades sería una parte fundamental y de gran ayuda para tratar con las cosas que lleguen del Inframundo.

Lo sabe. Ahora que es mortal, sus enemigos inmortales buscarán sus huesos para matarlo. Y Percy tiene una lista un poco larguita.

Levanta la mano como en una escuela y los presentes le miran con diferentes niveles de expectación.

—Al primero que elegiré será a Nico —menciona y el hijo de Hades luce levemente sorprendido. 

—¡¿Qué?! —jadea un hijo de Hefesto. 

—No puedes elegir a ese tipo, apenas si sabe lo que es una espada —dice el hijo de Apolo.

—Ya lo elegí —se encoge de hombros, despreocupado.

La hija de Afrodita gira los ojos y chasquea la boca.

—¿Para qué nos hacen venir aquí? Los niños dorados siempre tendrán lo que quieren —dice y rompe el medio círculo—. Cuando la misión caiga en desdicha, vendrán corriendo a nosotros. Los verdaderos mestizos somos los que de resolvemos las misiones. Los mimados sólo sirven para estorbar —pasa a un lado de Thalía y le empuja con un hombro, aunque la hija de Zeus se da ánimos para aguantar las ganas de quemarle su cabello perfecto con un rayo.

Los semidioses elegidos se marchan con indignación y a Percy no podría importarle menos. Hacen demasiado escándalo por algo tan insignificante como una misión. ¿O acaso querían arriesgarse para mostrar su valía a sus padres divinos? Nunca lo sabrá.

Dioniso bosteza y se estira, levantándose como si eso hubiera sido una perdedera de tiempo. 

—No regresen al Campamento —dice mientras mira hacia Percy, Thalía y Luke—. Esos espacios libres pueden servir para nuevos campistas.

Se gira hacia Nico y lo apunta en silencio, diciendo algo con sus ojos que sólo Nico puede entender. Ante la invisible respuesta de Nico, el dios se marcha mientras tararea una canción de Britney Spears.

Quirón observa a los cuatro y luego suelta un suspiro. Observa hacia un punto vacío del bosque y sonríe.

—Sal de ahí —pide y luego de unos segundos, los arbustos se sacuden y como si fuera maga, la hija de Atenea aparece con una gorra en la mano. No luce culpable. Comienza a creer que nunca lo hará.

—Lo siento. Tenía que saberlo —admite.

—¡Annabeth! —la regaña Luke, aún así se acerca a ella.

Quirón asiente y mira un poco más atrás, concentrándose. 

Otra vez, los arbustos se sacuden y de ellos sale el mismo sátiro que Percy conoció hace unos días. Aplasta sus orejas y libera unas bolitas de los nervios. Intenta no sonrojarse, pero falla estrepitosamente.

—¿Hay alguien más? —pregunta Percy, viendo a todas partes—. ¿Hermes? ¿Artemisa?

—No. No hay nadie más —dice Quirón, aún así Nico está viendo hacia un punto del bosque, como si se esforzara por ver algo entre las sombras.

Percy ignora eso, quizá esté practicando con sus poderes porque no le importa la aparición de Annabeth o la de Grover.

—Percy, nosotros podemos ayudarte. Hemos tenido muchas misiones y- 

—Si te mueres, te lanzo al mar —advierte Percy a Luke, logrando que el mestizo se tome su tiempo en procesar lo que dijo.

—¡Sí! —responde emocionado.

Thalía gira los ojos.

—¿Cuándo iniciaremos? —le pregunta ella a Percy.

—En veinte minutos. Argos nos llevará a Nueva York y quiere regresar antes de que empiece su novela —explica Percy.

—Oh, sí. Eso es muy importante para Argos —asiente Quirón.

—¿Es el episodio donde matan a la duquesa? —pregunta Nico hacia el centauro.

—¿Matan a la duquesa? —regresa Quirón, sorprendido.

—No, eso es en el siguiente episodio. En este se revela que en realidad la duquesa, es la hermana gemela de la duquesa real —dice Annabeth.

Quirón parece fuera de juego.

—¿Tiene una hermana gemela? —grita, aterrado.

Percy carraspea y esos tres regresan al hilo del presente.

Aún así, Percy se deja encantar por lo que decían.

—¿Cómo se llama la serie? —pregunta, pero Thalía lo golpea en el brazo para que no se distraiga.

—Concentrados en la misión —ordena.

—¿Y quién dijo que los llevaré?

—Tus candidatos se fueron —señala Luke.

Percy cae en esa verdad y chasquea la boca.

—Bueno.

. . .

Argos los expulsó del auto para luego marcharse a toda velocidad de regreso para ver la televisión a tiempo. Al menos ninguno dejó un diente en el suelo por el empujón de despedida. Percy se sacude la ropa y tose un poco el aire sucio neoyorquino que les recibe con luces neón y toneladas de carteles publicitarios para que caigan en el consumismo. Si bien Nueva York es una de las ciudades más emblemáticas, también es de las más contaminantes que puede haber, sin señalar a los roedores corriendo entre las bancas y a los vagabundos tomando una siesta a unos metros de restaurantes carísimos. 

Existe una palabra con la que Percy define a los humanos y es: repulsivos.

Hacen millones de cosas para mantener su bienestar, pero nunca el de la Tierra que los sostiene todos los días. Lanzan basura a los árboles, queman los bosques, agotan la vida marina con su contaminación y la pesca. Cazan a los animales sin darles un sacrificio digno, maltratan los suelos con sus desechos, contaminan los aires de Bóreas y los de sus hermanos. Hay una enorme lista con la que podría seguir tachando a los humanos y aún así, sólo hay pocas cosas buenas que puede atribuirles. 

Una de esas es el helado.

Puede que se haya roto el pantalón al caer, que casi prueba los orines concentrados en el borde de un farol, pero no importa. No cuando tiene a centímetros una bella tienda de helados con una carta de mil sabores maravillosos.

Está por acercarse cuando la mano de Thalía lo agarra de la mochila y lo hace regresar a donde cayeron.

—Ni siquiera se te ocurra. 

Percy grazna algo, queriendo regresar a la tienda de helados.

—Están en oferta —hace ver, casi puchereando.

Thalía le mira con una ceja alzada y lo hace caminar a su lado mientras Luke mira la ciudad y Nico se muestra receloso entre tantas personas. Parece que incluso se dejaría agarrar la mano por Percy sólo para no sentirse así de incómodo. 

—¿Qué fue lo que te dijo Tritón? —pregunta ella.

—Me dijo que unas dríadas sintieron el poder del tridente cerca del salón de ciencias o algo así —le quita importancia, prefiriendo ver con ojos juzgones a los mortales.

—Muy bien, ¿y en dónde estamos? —pregunta Thalía, viendo al resto de su equipo porque Percy está más concentrado en tener una pelea de miradas con un perro miniatura.

Ante el silencio, Percy regresa a lo que debería y descubre a los otros viendo los carteles en busca de algo que les diga en dónde están. 

—No lo sé, me siento un poco... extraño —admite Nico, luciendo muy pequeño en su chaqueta de aviador.

—Relájate, no hay monstruos cerca —le dice Luke con una sonrisa amable, sin tocar a Nico en ningún momento.

Nico asiente, más no luce como si de verdad se relajara.

—Caminemos un poco, quizá encontremos algo que sea de utilidad —organiza la semidiosa, comenzando la travesía de no ser golpeados por bolsas de compras o algún neoyorquino que tenga los humos por las nubes. 

Los colores de la ciudad en verdad son hipnotizantes, como ruletas donde se decide cuál será la suerte de cada uno. Los edificios altos, de sueños grises y eternos, tan invariables ante los climas. Las miles de tiendas que ofrecen millones de cosas para llenar los bolsillos o departamentos en mal estado, simplemente para cubrir la infelicidad de muchos habitantes. 

Ahí se respira el estrés por el dinero y la petulancia de otros. Algunos tienen cara de necesitar un sólo dólar, pero el orgullo o la vergüenza los detiene, otros los miran como si fueran un grupo de adolescentes idiotas que persiguen un sueño idealista. O quizá sólo un par de estudiantes que se escaparon de su excursión para crearle problemas a sus profesores. Cualquiera de las razones, las miradas groseras no dejan de llegar como lluvia ácida, pidiendo que se muevan más rápido o que se aparten del camino porque están estorbando el flujo rápido de la ciudad.

Percy no tiene intenciones de hacerles caso, y si alguno se detiene a fastidiarle, pues responderá de una forma muy estadounidense.

Luke mira hacia una parte de la ciudad y sonríe anhelante.

—¿Qué ocurre? —pregunta Percy.

—No, es sólo que... —no puede dejar de sonreír—. Si tomo el metro podría llegar a casa con mamá —suspira.

Thalía hace una mueca por el sentimentalismo de Luke.

—Caminen más rápido —ordena.

—¿Vives en Nueva York? —le pregunta Percy a Luke, dejándose arrastrar por la semidiosa mientras su atención está en Luke.

—Sí. Desde hace unos años —sonríe.

—¿En dónde estamos? —pregunta Nico, luciendo muy nervioso y pálido.

Thalía mira hacia un cartel y entrecierra los ojos.

—Pues... no lo dice muy bien.

—¿Por qué no le preguntan a alguien? —pregunta Percy, alzando una ceja.

—¿Y arriesgarnos a que sea un monstruo? No, no —dice Thalía, absoluta.

Percy gira los ojos como ha visto que hace Nico y se acerca a un tipo que tiene una patineta y come un sándwich. No luce tan mayor, es un adolescente como ellos y que no deja de ver su teléfono mientras sonríe.

—Oye, ¿en dónde estamos? —pregunta, sin preocuparse por saludar. ¿Un dios saludando a un mortal? Puaj.

El chico de sándwich traga primero y luego le mira, sorprendido.

—¿Eres turista?

—No.

El chico sonríe y deja su sándwich en el banquillo. Percy se imagina los millones de traseros que se han sentado en esas tablas desgastadas y hace una mueca corta.

—Aquí es Queensboro Hill —señala hacia un cartel de carretera. Percy se siente un poco idiota por no haberlo visto antes.

—Gracias —se muerde la boca para no llamarle "niño" ni "humano", eso haría que se ganara otro camión de miradas despectivas.

Da media vuelta e ignora la despedida del humano, acercándose a su grupo.

—¿Y? —sonríe Luke, pero Thalía luce enojada.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque necesitamos saber en dónde estamos, mini Zeus —Percy gira y cuando está por decir el lugar, encuentra a Nico en uno de los banquillos tratando de regular su respiración.

Frunce el ceño y se acerca al hijo de Hades, tocando su frente para saber si tiene temperatura.

—¿Qué ocurre, niño? —le pregunta, pero el otro no tiene voz por el miedo que cubre su mirada.

Luke y Thalía se acercan apresurados y miran al otro semidiós con preocupación palpable.

—Nick, ¿necesitas algo? —Luke se agacha y Nico no puede reaccionar.

—Nico, dame la mano —pide Thalía, pero el semidiós está atrapado en su burbuja de miedo.

—Busquemos algo para refrescarle —dice Luke y Thalía le acompaña, dejando a Percy con el semidiós a punto de colapsar del miedo.

Percy no sabe qué hacer, así que, en contra de sus principios rígidos y desamorados, abraza al semidiós y le acerca para que no se sienta en peligro.

—Nico... ¿qué ocurre? —susurra.

El hijo de Hades niega con la cabeza muy rápido, quebrándose en lágrimas pequeñas. 

—No debí- no debí hacerlo- no debí —tiembla, logrando que Percy comience a arrepentirse de haberlo llevado.

Genial. Ahora, aparte de buscar un tridente, debe arrullar a un niño miedoso.

Buscando en su memoria, recuerda la advertencia silenciosa que le dio Dioniso a Nico, quizá eso tenga relación. Maldito ebrio, sólo despertó los miedos de este debilucho, llega a pensar.

—¿No hacerle caso a Dioniso?

—Va a matarme... —murmura, ignorando la pregunta de Percy.

—¿Hades?

—Ella va a matarme, lo hará —solloza muy bajo y Percy frunce el ceño.

¿Ella? ¿Se referirá a Perséfone?

Por lo que escuchó en el Campamento, la diosa está buscando su sangre de una forma muy violenta y cruel. Percy sabe que Perséfone perdió un poco la cordura una vez se convirtió en reina del Inframundo. Tanto poder la consumió y luego creía que era la reina del mundo. Decir que tuvo peleas con otras deidades es poco. Mira a Nico y cree descubrir el miedo del mestizo. Quizá por eso nunca salía del Campamento, porque así su madrastra no lo encontraría y no lo volvería puré de semidiós.

Niega con la cabeza por tremendo papel que está viviendo y le da palmaditas a Nico en un hombro.

—Ya, ya, no debes preocuparte —le dice, tratando de relajarle—. Yo te cuidaré —se esfuerza por decir eso y Nico no logra procesarlo.

—Va a matarme —solloza de nuevo y Percy mira hacia otra parte, con ganas que los otros aparezcan para calmar a Nico.

—Lo hará si te muestras así de debilucho —señala y Nico parece regresar a sí mismo cuando escucha eso.

—No soy debilucho —respira un poco quebrado.

Percy sonríe y le mira esta vez.

—Debes demostrarlo —dice y Nico parece llenarse de una nueva valentía.

—Lo haré —pelea.

—¡Nico! ¿Te sientes mejor? —Luke se acerca con un jugo y se lo ofrece al hijo de Hades, sonriendo con preocupación.

—Sí, lo siento —se disculpa Nico, dándole tragos a su jugo—. No era mi intención preocuparlos —luce muy apenado por su reacción a la ciudad.

Thalía chasquea la boca y le sonríe.

—No te disculpes, sé lo que se siente —dice ella, sin mencionar que su madrastra es Hera. Vaya material de madrastra que tiene.

Nico se refugia en la hija de Zeus, acercándose a ella. 

Percy se queda a cuadros, preguntándose cómo fue que terminó eso. Nico parece muy ligero ahora, casi renovado como si ese ataque nunca hubiera ocurrido. Thalía considera que es hora de seguir caminando y cuando avanzan unas calles más, llegan a lo que es el lugar de ciencias que le dijo Tritón hace unos días. Es un edificio que exuda números y miles de fórmulas, logrando que ellos cuatro se sientan fuera de lugar. Se unen a un grupo estudiantil que está de visita, logrando infiltrarse y llegar a un salón que tiene muchos juegos interactivos, tan grandes que sobrepasan el tamaño de uno de ellos. 

Esquivan a los niños que pasan corriendo mientras sus maestras les gritan que guarden la calma. Percy está por buscar su esfera y llamar a Tritón para decirle que se ha equivocado cuando algo llama su atención. Es en un segundo nivel, donde hay dos guardias bien dobles que resguardan una puerta. Ahí es un lugar de ciencia, y a menos que resguarden el diario de Einstein o un separador de átomos, no debería haber algo como eso en un lugar de estudio.

Se aleja de su grupo mientras ellos están viendo otra cosa y cuando Thalía ya no logra verlo, sabe que se saldrá con la suya. O eso pensaba cuando siente a Nico acercarse a paso rápido.

Se detiene a media vuelta de donde están los dos guardias y mira a Nico.

—No te vayas a orinar de miedo —señala y Nico hace una mueca ofendida.

Observa hacia los guardias y piensa en cómo distraerlos. Busca en los bolsillos de su pantalón y cuando encuentra un gas pimienta, sonríe como si tuviera una bomba perfecta.

Golpea una parte del botón y retuerce la boquilla, dejándola volátil a un próximo golpe. La lanza hacia los guardias y estos reaccionan al segundo.

—¿Quieres golpear a uno? —pregunta y Nico estira los labios.

—Apresúrate, yo los distraigo —dice un poco interrumpido por el vapor del gas. 

Percy respira profundo y cruza entre ambos guardias, tosiendo como animal con resfriado por respirar un poco del gas pimienta. Los guardias no están mejor que Percy, en cambio, lucen a punto de morir asfixiados por ese ataque sorpresa. El bullicio que hacen alerta a los demás que están en en centro científico y comienzan a abrumarse por un posible ataque terrorista. Los niños entran en pánico y los profesores no logran calmarlos, ellos también comienzan a contagiarse de su miedo inminente. Nico mueve con una sombra a los dos guardias para que no estorben y Percy abre con el peso de su cuerpo la puerta, tosiendo a un punto que casi escupe su pulmón sobre el libro que lee un señor.

El hombre al tamaño de un duende grita y lanza su dona hacia al cielo, levantando las manos para mostrarse indefenso. Percy consigue dejar de toser y mira al hombrecito con ojos de criatura lista para morderlo.

—¿Quién eres? ¿Por qué entras a mi oficina? —pelea el hombrecito, bajándose de su silla mientras mira a Percy con ojos regañones.

—Buscaba los baños —miente, carraspeando para aclarar su voz.

El hombrecito entrecierra los ojos y le mira con dudas flotando detrás de sus lentes.

—Pues no están aquí —zapatea.

—Quizá los baños no, pero puede que tenga pistas del tridente —murmura y el hombrecito parece fuera de lugar.

—¿El qué? —grazna.

—¿En dónde está? —exige, acercándose al hombrecito.

Fuera, se escucha el escándalo de las personas y una alarma comenzando a sonar.

—¿En dónde está el tridente? —vuelve a preguntar y el hombrecito retrocede cuando lo mira acercarse.

—No sé de qué hablas, niño —trastabilla, buscando un lugar donde sujetarse.

—Sé que lo sabes, un lugar cubierto de libros no necesita dos guardias tan altos para ser protegido —señala y el hombrecito mira hacia por debajo de su escritorio, como si buscara un botón de pánico—. ¿En dónde está, maldito duende? —sisea y es como si hubiera presionado una herida peligrosa.

El hombrecito le mira como si hubiera robado sus donas y su mueca se deforma en furia.

—¡No soy un duende! ¡Soy un elfo! —grita colérico.

—¡Ajá! —sonríe Percy.

—¡Voy a despellejarte por esa ofensa! —sus dientes se convierten en colmillos y saca un cuchillo diminuto por debajo de su escritorio.

—¿Qué? ¡No! —esquiva el primer intento de corte y luego debe cubrirse con la silla para que el hombrecito no lo decapite—. No me importa que seas un elfo, sólo quiero saber del tridente —se agacha ante la cercanía del cuchillo.

—¡No sé nada de tu maldito tenedor! —chilla el elfo, rojo de furia.

Percy se ofende esta vez.

—¡Ese tenedor controla el océano, duende! —empuja la silla y el elfo cae al suelo por la fuerza empleada, soltando quejidos de dolor.

—¡Ay, ay, ay, mi pierna! —se retuerce en el suelo—. ¡Ay, mi rodilla! ¡Como duele, como duele!

Percy se acerca y le arrebata su cuchillo, lanzándolo al otro lado de esa oficina. Se agacha a un lado del elfo y le mira como si fuera una cosa muy ridícula.

—¿Terminaste o llamamos al curandero? —inclina la cabeza y el elfo sisea algo en su lengua.

—El rasca espaldas de Poseidón ya no está aquí, Kai se lo llevó hace unos días —espeta, sonriendo con gozo.

—¿Eres su mascota o su contador? —pregunta y el elfo se retuerce esa vez del enojo.

—¡No soy mascota de nadie!

—Tienes el tamaño —sonríe y el elfo no parece muy feliz.

—Kai te hará pagar por esto, ¡lo juro! —patalea.

Percy le mira con burla y gira los ojos.

—Dime cuando llegue, le diré lo mal que se está portando su gnomo.

El elfo lanza un chillido y le da un mordisco en el brazo, provocando que Percy experimente un dolor agudo y quiera arrancarle los ojos con los clips que tiene en el escritorio. Le da un puñetazo y el elfo chilla de dolor, sujetándose el rostro.

—¡Maldito!

Percy ignora el insulto y se sujeta el brazo, viendo el mordisco que se ganó por ofender una raza de criaturas. Está por quebrarle los huesos a ese elfo cuando los ruidos del exterior lo alertan. Agarra al elfo de su camisa de cuadros y lo azota contra un mueble de libros.

—¿A dónde lo llevaron? —exige, logrando que el elfo se retuerza.

—No te lo diré —sisea.

Percy alza un puño, fingiendo que va a lastimarle y el elfo vomita las palabras con rapidez.

—¡Hacia las alas del presidente! —grita y tiembla bajo el agarre de Percy. 

—¿Qué significa eso? —pregunta.

El elfo le mira con enojo y en un movimiento apresurado, golpea el rostro de Percy con su cabeza, apuntando con exactitud hacia su nariz. Percy lo suelta y retrocede porque es de sus dolores menos preferidos. Mira al elfo con ganas de arrancarle la cabeza cuando este le sonríe y se escapa como rata hacia la puerta, presionando un botón que lleva en un llavero. 

—Buena suerte para salir, Perseo —ríe como bruja de televisión y escapa por la puerta, cerrándola con llave desde fuera.

Percy se preocupa más al saber que ese elfo del infierno conoce su nombre. No hay algo útil en esa oficina además de un bote extintor, pero eso sólo lograría que inundara ese diminuto espacio con espuma. Se siente como felino en jaula, girando en su centro para buscar una salida rápida. Las sirenas del exterior lo estresan un poco más y los gritos se hacen más escandalosos. Mira hacia una ventana y cree ver ella la salida que necesita sin importar que su condena se haga más grande. Con la silla de la oficina la quiebra, creando un estruendo mayor. Patea los restos de cristal y en segundos es rodeado por un grupo de policías que le miran con advertencia a que no mueva ni un sólo músculo. Levanta las manos y un mujer le dice que se quede en donde está.

—Lo siento, pero un hombre me encerró en la oficina —finge temblar de miedo y los guardias que le rodean se miran entre ellos.

—¿Tú accionaste la bomba de gas?

—Sí —responde y cuando mira a una parte del edificio, descubre a su grupo con ojos de ciervo, aterrados a que le arresten.

—¿Quién era el hombre? —pregunta la mujer.

Percy mira a los alrededores y encuentra a ese elfo de mierda.

—¡Es él! —apunta apresurado y los guardias que están más cerca del elfo comienzan a perseguirlo mientras este comienza a escapar al verse atrapado.

La mujer policía intenta lucir menos amenazante y se acerca a Percy, mostrándose más preocupada.

—¿Te hizo algo ese hombre? —pregunta.

—Se enojó porque quería encerrarme y del miedo destruí mi gas pimienta —habla con una voz nerviosa, como si no hubiera peleado a cuchillos con ese gnomo. Nadie le cuestiona el por qué llevaría una "bomba de gas" en su mochila y cómo fue que se salvó de la seguridad de la puerta.

—Descuida, hijo. Llamaremos a tus padres, ¿sí? —le promete y habla por su radio mientras su grupo le hace unas señales para que se aleje de ellos.

Nico corta las cuerdas de una figura de átomos flotantes y estos caen cerca de un grupo de personas, alborotando los nervios otra vez. La mujer policía se aleja de Percy y este toma esa oportunidad para pirarse con sus amigos. Los cuatro corren por lo que sería un pasillo para salir del edificio cuando unos hombres de gran tamaño los interceptan. Percy esquiva a uno y Thalía se lanza contra otro, golpeándolo contra la pierna. 

Decir que Percy tiene la adrenalina corriendo por su garganta es poco, el problema es que esa adrenalina se convierte en ganas de vomitar y no puede hacer más que detenerse a unos metros mientras los otros tres se encargan de los tipos gigantes. Descarga su nerviosismo en un bote de basura y luego se siente estúpido de las arcadas que da, enojándose por ser tan débil. Se limpia la boca en un brusco movimiento y con su espada/boli quiebra la caja contenedora de un extintor. 

Agarra el cilindro rojo y apunta hacia la cara de uno de los tipos, rociándolo con el deseo que se tratase de veneno que otra cosa. Nico usa la distracción y lo noquea con un puñetazo duro, que resuena en el pasillo.

Luke ayuda a su amiga y Percy dispara otro chorro de espuma en la cara del que sigue peleando y esto parece no gustarle. Reacciona de mala manera y gruñe algo, como si fuera un hombre extranjero. Nico lo golpea por detrás mientras Percy le distrae y cuando está por desnucarse gracias a sus zapatos resbalosos, la espada de Luke los salva de pasar vergüenzas en el Inframundo por su horrible muerte.

Las sirenas del edificio amenazan con que las puertas electrónicas se cerrarán y ellos no podrán salirse de esa. Thalía saca de detrás de su espalda el escudo que lleva y Percy no se había dado el lujo de apreciarlo. Es una creación horrible, pero entre sus metales, existe una belleza que sólo un dios de la guerra podría reconocer. Tallada en bronce, la cara de Medusa sobresale en un increíble relieve mientras sus atemorizantes serpientes la rodean como un halo de muerte. Sin duda algo muy bello.

Con un movimiento digno de Capitán América, Thalía dispara su escudo y este quiebra el cristal de una puerta, permitiendo que puedan salir sin retrasos.

Las sirenas de los policías y bomberos llegan desde un lado y ellos corren por el opuesto para que no alcancen a verles. Están a unos metros de distancia cuando algo explota en el interior, distrayéndolos de su escapada.

La hija de Zeus observa el fuego que consume el techo y los gritos que brotan de entre las llamas. Algo más grande explota y la semidiosa los hace retroceder. Miran a las personas salir del edificio con miedo y refugiándose por detrás de los autos policiales y de los camiones de los bomberos, señalando hacia el interior como si hubiera un enorme monstruo devorando niños.

Percy está absorbido por la vista de destrucción, aún así consigue hablar.

—Necesitamos a tu novia repipi —menciona hacia Luke.

El rubio parece preocupado.

—¿De verdad?

—El elfo me dijo un acertijo que no entendí —murmura, hastiado.

—La llamaré —promete Luke, recordándoles que tienen que marcharse de ahí.

Nico sigue los pasos del rubio a tropezones y Thalía hace lo mismo sin no antes darle una mirada al edificio que está en llamas por la explosión.

. . .

Están en un parque. Ya son muy pocas las personas que deambulan entre los caminillos de piedra. Algunos saliendo de los bares y otros caminando con prisa de regreso a sus casas. Nico está jugueteando con una sombra, misma que hace girar unas monedas sucias. Thalía está en una banca, viendo hacia las estrellas como si lograra relajarse con ver su luz armoniosa. Percy se pregunta si está viendo las figuras que crearon los dioses o si intenta buscar indicios del reino de su padre.

Se pregunta si eso originó el dolor en Kai. El rechazo y abandono de Poseidón hacia su existencia. Por mucho que llegara a imaginar el niño, Poseidón no es un gran padre. Quizá ninguno de los dioses lo sea. Los seres divinos tienden a ser un poco egoístas y despreocupados, sólo ejerciendo su papel cuando ocurre algo que les ayuda o que les tacha, pero nunca se les verá hacer algo porque nazca de sus esencias indiferentes. 

Percy no puede excluirse de ese círculo. Claro que lo es, no le importan una pizca los seres que no tengan efecto a su alrededor. ¿Por qué? 

Al menos puede decir que no ha tenido hijos y que no les ha provocado un dolor irreparable que los obligue a crear una guerra. Porque eso es lo que provoca cuando alguien roba el tridente de Poseidón. 

Es una suerte que Percy fuera el que lo perdió y no Cimopolia, o ella se habría unido a Kai para derrocar a Poseidón. Al menos Percy tiene algo de orgullo y no se unirá a un traidor de mierda. Nunca ofendes tu legado, mucho menos al mar.

Bosteza cuando la noche se hace más larga y horrible al segundo que escucha a Luke hablando cariñoso con su novia. Esos dos podrían cubrir el planeta con su azúcar que tienen por amor. Luke se acerca a ellos luego de una larga despedida y les dice que Annabeth los verá en unas horas en la estación de tren. 

—Busquemos una casa temporal, deben estar abiertas —recomienda la hija de Zeus, bostezando grande.

. . .

A pesar de la preocupación, Luke corre hacia su novia y la abraza como si el mundo dependiera de eso. Ambos dan vueltas y todo parece en orden hasta que se revela que la niña rubia viajó con su amigo sátiro, Grover.

Percy no se atreve a decirlo, pero ahora su misión parece una excursión escolar. Se obliga a sí mismo para no quejarse y abraza la idea de ser ayudado por distintas mentes. Al menos eso le ayuda como un alivio a su mala suerte. Annabeth los guía hacia una biblioteca que conoce muy bien, y toma una de las mesas del fondo para que no sean interrumpidos por nadie. El hijo de Hades hace que sus sombras los escondan un poco mejor y antes de iniciar, la hija de Atenea le da a Nico un frasco con píldoras.

—Dioniso me pidió que te las diera —le sonríe y Nico devuelve el gesto un poco más apenado.

—Gracias, Annie.

La rubia abre un mapa sobre la mesa de la biblioteca y mira a Percy con ojos de niña lista.

—¿Qué fue lo que te dijo el elfo?

—Que llevarán el tridente a "las alas del presidente" —recita y la niña entrecierra los ojos, viendo los nombres sobre el mapa.

—¿Qué relación tiene un mapa con lo que dijo ese tipo? —Thalía hace una mueca.

Annabeth sonríe como villana y luego su dedo apunta hacia un nombre sobre el papel.

Luke frunce el ceño y es Nico quien lo dice.

—La terminal John F. Kennedy —lee y en sus ojos brilla el descubrimiento—. Las alas del presidente.

—¿Piensan llevar el tridente a un lugar lleno de aviones? —Percy casi brinca de su silla, aterrado—. Eso sería la mayor ofensa para Zeus, y ese tipo se ataca con cualquier cosa.

Thalía asiente, admitiendo lo que dijo.

—Imagino que a eso se refería el elfo.

—Pues tiene mucho sentido. Kai busca que todos caigan sobre Poseidón para... destruirlo —se queda paralizado en su silla, comenzando a preguntarse cómo estarán las cosas en Atlantis.

Grover le mira como si Percy estuviera preocupado por el dios.

—Descuida, Percy, tu padre no morirá y-

—Poseidón me importa una mierda, pero fue él quien me convirtió en mortal. Si muere será una odisea para mí regresar a mi estado natural —murmura, con ganas de viajar al pasado e interrumpir el nacimiento de Poseidón.

Luke hace una mueca, sabiendo que Percy tiene razón en ello.

—¿Existe un ritual para regresar dioses? —pregunta el rubio.

—Si lo hubiera, los sátiros ya lo habrían usado con Pan —murmura Nico.

—Aún no hemos visto en la biblioteca de Quirón —dice Annabeth, viendo a Nico como si ya hubieran hablado de eso.

El hijo de Hades le hace una mirada corta, pidiéndole que no hablen de esa parte. Percy lo ignora y se pone de pie, buscando su mochila.

—Vamos, tenemos un vuelo para tomar —dice y los seis salen de la biblioteca bajo el sol del mediodía, cubriéndose con sus manos porque esa luz casi los deja ciegos.

Mientras camina, Percy se acerca a Nico con una sonrisa y el hijo de Hades hace una mueca al verlo cerca.

—¿Qué no el sol mata a los vampiros? —pregunta y Nico chasquea la boca.

—En este caso, está quemando las pocas neuronas que tienes —apunta hacia arriba y Percy busca por si está liberando humo. 

—Veo que nos despertamos agresivos hoy —sonríe, logrando que Nico vea hacia otra parte.

—Desatas lo peor en mí, lo siento —responde y Percy libera una risa que atrae a los demás, que caminan frente a ellos.

—Según recuerdo, lo único que desato es deseo en las personas y los dioses —presume y trata de no recordar sus noches placenteras con algunos mortales. Eso es otra cosa buena que tienen. Son criaturas insaciables. Ni siquiera Afrodita llega a ese nivel. Sí, es cierto que la rechazó, pero fue porque ella lo quería como uno de sus juguetes y Percy le dijo que no. Que su relación era meramente carnal.

—¿Y en todos esos milenios no tuviste ningún hijo? —le pregunta, más impresionado que cruel.

—No —sonríe orgulloso—. ¿Para que terminen así? No, gracias —apunta hacia Luke y este siente que lo mencionan porque gira a verlos, más no llega a saber de lo que hablan.

—¿Semidioses?

—Siendo las mascotas de los dioses —dice.

—Tú eres una mascota ahora mismo —hace ver y Percy no lo niega.

—Y por eso lo odio —gira los ojos y el semidiós niega con la cabeza mientras sonríe por lo bajo.

—¿Qué habrías preferido a cambio de ser mortal?

Nunca se preguntó eso porque tenía otras preocupaciones en mente, pero esa es una pregunta muy buena. Normalmente elegiría ser un pegaso. Es de sus creaciones más bellas, pero luego se recuerda y prefiere ser un animal marino. Son los mejores.

—Un delfín —responde y Nico se mira fuera de lugar.

—¿Por qué? —hace una mueca disgustada.

—Son bonitos y tiene una mordida que te caes —responde simple, dejando a Nico en el mismo lugar.

—¿Los delfines muerden?

Percy lanza una risa al cielo.

—Fui yo quien les enseñó a morder, ya el resto fue cosa de su evolución, pero sus favoritos son los humanos. Dicen que no hay carne más suave —revela y Nico luce espantado.

—¿Les gusta comer humanos? —grazna.

—Cariño, los delfines son depredadores. Ellos matan tiburones por diversión —cuenta y Nico parece que se pregunta si alguna vez leyó sus libros de biología. 

—Cierto, depredadores —carraspea y Percy lo jala un poco para que no se golpee con una señora que lleva un carrito con tres bebés.

—¿Puedo saber algo? —le pregunta y las murallas del semidiós se elevan de una manera tan rápida, que casi noquean a Percy por lo altas que son.

—Existe un límite —responde el chico, consiguiendo que Percy asienta.

—¿Qué ocurrió ayer? ¿Acaso viste un fantasma? —usa una voz que logra enojar a Nico.

—Muy gracioso —sisea.

Se guardan unos minutos de silencio hasta que Nico se desinfla un poco y mira a Percy con advertencia.

—No puedes burlarte —exige y el mortal hace una mueca ofendida aunque no lo sienta de verdad.

—¿Por quién me tomas? —jadea.

Nico gira los ojos y se vuelve más serio de lo normal. Como una piedra obsidiana. Oscuro y misterioso.

—Suelo tener ese tipo de ataques cuando estoy cerca de los dominios de Perséfone —revela y Percy se intenta compadecer de lo que escucha. Debe ser una completa porquería que una diosa trate de matarte por las infidelidades de su pareja.

Anfitrite nunca intentó decapitar a los hijos mestizos de Poseidón, incluso tenía cierta preferencia por ellos simplemente para ganarse el cariño del dios. Percy no ha conocido un nivel de humillación que supere el de su madre para ser del agrado de su padre. Si alguien no te quiere, entonces no hagas nada para ganarte su cariño, sólo te lastimarás y serás la vergüenza de tu propia vida. Nadie debe lastimarse a sí mismo de esa forma.

Pero los dioses que culpan a los hijos mestizos de sus parejas, están muy fuera del camino. Son los más imbéciles en la categoría de los peores dioses que existen. Percy lo llama: el método Hera.

—¿Se lo has dicho a Hades?

—Sí, pero insiste que no puede controlar a Perséfone —se encoge de hombros y Percy puede creer lo que dice el chico. Hades es un completo blando ante la presencia de esa psicópata.

Ahora sí que se compadece de Nico.

Es de las peores cosas que ha escuchado.

—Cuidado con los carteristas —les dice Thalía mientras se acercan a una zona congestionada.

—¿Por qué no tomamos el tren? —pregunta Percy, pero Thalía y Luke se miran entre ellos y sonríen.

—Queremos hacer de tu primera misión algo memorable —dice la semidiosa mientras agarra a Grover para que no se distraiga con un hombre cubierto de pintura gris.

Percy prefiere no hablar, o terminaría siendo quemado con rayos. 

—Si ese avión llega a despegar y el tridente llega al cielo, tendré a quienes echarles la culpa de mi desgracia —sonríe satisfecho, logrando que los semidioses le vean como si fuera un demonio salido del Inframundo.

—Eres un malagradecido —Thalía lo golpea en el brazo y su cuerpo mortal registra ese golpe como algo muy duro. Se dobla de dolor y Nico choca los cinco con la semidiosa para celebrarlo.

—Chicos —Annabeth los interrumpe y el sonido de su voz logra alertarlos, acercándose para no romper formación—. ¿Alguno de ustedes tiene un teléfono?

Todos niegan con la cabeza y ella mira hacia un punto en específico, cerca de un restaurante.

—Será mejor que cambiemos de vía —murmura y Percy busca donde ella observa.

Ahí, cerca de unas puertas de descarga, están unos tipos viéndolos como si fueran premios gordos y ellos halcones hambrientos de oro. Percy se esfuerza por saber si los conoce, pero no cree hacerlo. No tienen esa mirada vengativa que tienen los enemigos de Percy, es más bien, como si los conocieran, pero nunca han cruzado golpes. 

Uno de ellos comienza a acercarse y Luke los apresura para que corran hacia la otra calle y continúen hacia la misión.

Percy se queda a último porque no piensa arriesgar a los menores para que pueda salvarse el trasero. Los tipos ya comenzaron a correr detrás de ellos, empujado a las personas. No es que les extrañe ver a un grupo de matones persiguiendo a un grupo de adolescentes. Quizá les confundan con ladronzuelos que robaron en una tienda de licores. Thalía, que es la siguiente mayor, gira a verlos y le dice a Percy que los detenga con algo. El mortal encuentra un bote de basura y lo deja caer para que tropiecen. 

Los insultos no se hacen esperar, algunos dirigidos a los menores que están escapándose. Se deslizan entre unos tipos que están disfrazados de un pastel y un hot dog. 

—¡Usen esto! —les dice Grover, dándoles unas esferas al tamaño de una naranja.

Percy no pregunta qué es, en cambio, lo lanza al suelo y una baba explota a los pies de los tipos, salpicando a otras personas.

—¡Maldito imbécil! —le dice un tipo y Thalía dispara la otra esfera, acertando en la cara de uno.

Las personas miran el alboroto y se hacen a un lado, permitiendo que puedan escaparse más rápido.

—¡¿Cuánto falta para llegar?! —jadea Luke.

—¡Al menos media hora! —le responde su novia.

—¡Y por eso debimos tomar el metro!

—¡No se quejen, ni siquiera Nico lo está haciendo! —señala Thalía al semidiós, quien parece estar dando su mejor esfuerzo por mantener el ritmo.

—¡Allí, el autobús! —señala Grover, uno que está a punto de cerrar sus puertas.

Corren hacia el vehículo como esencias que busca Zeus y suben a tropezones, asustando a los demás pasajeros. El chofer ni siquiera los gira a ver, más enfocado en ver su mensaje en el teléfono.

Los tipos se quedan a unos metros del autobús, viéndolos como si ahora necesitaran arrancarles la cabeza.

—¿Los conoces? —le pregunta Annabeth a Percy.

—No —jadea, tratando de recuperar aire—. Quizá eran servidores de Kai.

—¿Crees que querían...? —Luke se gira para preguntarle, más no se atreve a terminar.

Percy sonríe y se apoya en el lugar que consiguió. Si se sube una anciana, pues que se vaya sentada en el suelo.

—No lo dudo. Pero no a ustedes. 

—¿Kai quiere matarte? —pregunta Grover, indiscreto. Unos señores les miran y murmuran entre ellos.

—Sí, lo matará a besos —Thalía mira al sátiro y este aplasta sus orejas en disculpa

Percy arruga el rostro de asco.

—Qué grosera, prefiero que me mate a cuchilladas —dice y la semidiosa le sonríe divertida.

Nico se ríe por lo bajo y Percy le mira como si le hubiera traicionado.

—Estamos cerca —Annabeth señala un cartel y al menos eso es una parte buena del susto.

Si no fuera por los gritos que da un señor para hablar por teléfono y la bolsa con carne cruda que lleva otra señora, ese viaje habría sido encantador para Percy, pero rodeado de humanos, es de las peores cosas posibles. Llegan a su destino en pocos minutos y cuando bajan, se siente una muy mala sensación, de algo que será peligroso y grande. 

Percy se carga de valor y comienza a paso firme, llegando una terminal amplia y de cristales enormes. Extrañamente, un lugar tan público y grande como ese estaría a reventar de personas, pero no es así. Luce un poco vacío, algunos arrastrando maletas por aquí, otros comprando un café. Es como si alguien hubiera sacado a punta de pistola a todos los viajeros y dejaran el mayor espacio posible para que pasara un rey con su equipaje.

—Diría que nos separáramos, pero creo que no es posible —murmura Luke.

—El tridente los haría explotar si llegan a tocarlo —Percy les hace saber, conociendo la volatilidad del arma. 

Thalía se detiene a verlo y no parece muy feliz de estar buscando un arma que podría hacerla volar en pedazos. Ella no se siente lista para vivir la experiencia Cronos.

—Muy bien, ¿y cómo sabremos en dónde está el tridente? —las palabras de Annabeth suenan al fondo, pero Percy tiene su atención en otro punto, cerca de una puerta de entrada.

Ahí, luciendo molesto y mandón, está Kai con otros dos tipos de su edad, que parecen de igual poder. El semidiós está a un lado de una caja y una mochila algo desgastada y sucia. Le da ordenes a unos tipos y comienza a hablar con los dos que esperan a su derecha, mostrándose más relajado y en confianza. Con el miedo a que les vean y que los mande a matar, Percy esconde a su grupo entre empujones detrás de unas máquinas expendedoras, mandándolos a callar cuando comienzan a quejarse de sus empujones. Mira un poco hacia donde estar Kai, esperando con todo el mundo que no los hayan visto.

—¿Qué pasa? —pregunta Thalía, enojada.

—Ahí está Kai —señala y los cinco se apilan para ver hacia donde apunta, soltando diferentes maldiciones cuando miran al hijo de Poseidón.

—El tridente está con él, debo tomarlo y escapar de aquí —planea Percy, preguntándose cómo hará para agarrarse el tridente y pirar hacia el océano sin que pierda la cabeza de un espadazo.

—Podemos crear una distracción —dice Luke.

—¿Y que los maten? No, ni hablar —lo corta Percy, viendo otra vez a Kai hablando con sus amigos.

—Puede que nos ganen en tamaño y experiencia, pero no es necesario que nos enfrentemos a ellos —dice Annabeth, ya pensando en una estrategia útil.

—Ustedes podrían atraerlos hacia un lugar con sombras y así podría aturdirlos con ellas —propone Nico, consiguiendo que Thalía considere su opción.

—No suena mal.

—¿Pero dónde esta el tridente? —pregunta Grover—. Percy, ¿puedes sentirlo?

El mortal ahoga un suspiro y siente ganas de escupir en el rostro de Poseidón por haberle quitado sus poderes para recuperar su arma. Realmente debió ver esa oportunidad para deshacerse de Percy y así culpar a su mala suerte como mortal, limpiándose las manos al decir que fue cosa del castigo y no de él. ¿Ha sido tan mal hijo? ¿De verdad es un castigo para el océano? ¿Qué tan malo sería quedarse como mortal y no ayudar a su padre? Sería divertido verlo hundirse en la desgracia por el rechazo de Atlantis. Disfrutaría verlo.

Un simple mortal es la razón de la caída del rey de los mares. 

Sería un golpe muy satisfactorio.

Aún así, las palabras de Tritón resuenan al fondo de sus memorias, unas que le advierten para que no haga algo fuera de lugar y eso provoque su extinción absoluta. 

Aunque Tritón se convirtiera en rey del mar, no podría regresarlo a su estado de dios. Tampoco podría controlar el mar porque el tridente seguiría en manos de Kai y este provocaría la muerte de muchas criaturas que no estaban involucradas en la pelea. Seres ajenos a la disputa entre la familia real atlanteana.

No puede ser tan egoísta. Ellos no merecen pagar por sus decisiones. Tampoco merecen la furia de Poseidón.

Mordiéndose hasta el culo de enojo y traición a sus principios de indisciplina, Percy respira profundo y mira a los semidioses y al sátiro que esperan por su aprobación al plan. 

—Debe estar en la mochila fea que lleva Kai —dice por lo bajo—. El tridente no puede tocar algunos metales porque los convierte en oro. Sólo existe ese medio de transporte y Kai es quien lleva la mochila, los otros dos ya estarían muertos —señala. 

Annabeth los mira entre el espacio de ambas máquinas expendedoras y entrecierra los ojos, pensando.

—Grover, dijiste que sabías una canción para dormir a las personas —ella le dice al sátiro, quien asiente con rapidez—. Podríamos usar eso —mira hacia Percy, esperando a que ambos armen el resto del plan. Como estrategas, siempre en bueno tener dos mentes.

—Nico podría acompañar a Grover para noquear al encargado de sonido y así tocaría su flauta para que todos lo escuchen. Eso dormirá a los tipos y podemos tomar el tridente de forma rápida. Thalía, Annabeth y Luke pueden encargarse de los dos que acompañan a Kai, yo tomaré el tridente. Nico, usa una sombra para marcharse de aquí y nos veremos en el Baisley Park, lo necesario para que Grover se recupere del viaje —organiza y cada uno le escucha con atención—. Ustedes tres deben corren una vez yo tenga el tridente, usarán mi mochila como señuelo para confundir a los amigos de Kai, no creo que les haya mencionado que pueden morir si tocan el tridente. No estarían con él ni a kilómetros. 

—¿Nos vemos en el parque también?

—No es necesario, el parque tiene un estanque. Es suficiente para que yo deje caer el tridente y que el agua lo lleve a Poseidón.

—¿Y si te persiguen?

—Yo estaré en el parque, nos podríamos ver en-

—¡Home Depot! —interrumpe Luke a Nico, emocionado—. Ese lugar pertenece a mi padre y sé cómo activar una protección para que nadie pueda entrar a menos que yo lo deje.

—Perfecto —sonríe Percy, orgulloso de tener un grupo de semidioses tan listos—. Vamos, Kai está por irse.

Con el plan armado, Nico toma la mano de Grover y este parece familiarizado con los viajes de sombra, así que desaparecen del espacio reducido. Luke busca en su mochila enorme unos tapones para cubrirse y así no escuchar la música de la flauta mágica. Kai está hablando con sus amigos, un poco más tenso a como lo recordaba en un inicio de la charla. No le importa, mientras más enojado esté, es más fácil que pierda el control y se equivoque. 

Se dividen para emboscar a los amigos de Kai, deslizándose entre las columnas altas del lugar y los escaparates con comida y cosas básicas de viajeros. Es un lugar muy moderno, de altos ventanales y miles de escaleras que llevan a diferentes entradas. Saben que la música comienza a escucharse cuando las personas bostezan y van cayendo una a una, inmóviles sobre el lugar y sin enterarse de nada. Los ayudantes de Kai comienzan a tropezarse del sueño y se desvanecen, cayendo sobre las cajas que transportan. Kai se da cuenta con sus amigos, unos que comienzan a verse flojos y sin razón, viéndose entre ellos para saber lo que ocurre. 

Kai luce fuera de lugar, preguntándose por qué todos parecen debilitarse y besar el suelo luego de segundos. Es cuando el efecto de la música comienza a perjudicarle, sintiendo los ojos pesados y buscando un lugar para sentarse.

Cuando creen que es el momento ideal para acercarse y arrebatarle el tridente, Thalía y Percy salen de primero y llegan cuando Kai tiene la cabeza torcida del sueño. Entre la bruma de la canción mágica, Kai logra vislumbrar a Percy y parece que eso lo enoja lo suficiente como para pelear contra el hechizo de la canción.

Puede ver que mueve sus labios, como si le preguntara la razón para que esté ahí. A pesar de no escucharle, Percy se agacha y le sonríe, viéndolo con un poco de compasión fingida. Kai parece ofenderse por eso, porque intenta alcanzarlo con sus brazos débiles. Percy se pone de pie y siente una corta satisfacción de verlo arrastrarse por el suelo mientras que Percy tiene un ligera ventaja. Siempre ha disfrutado de ver a aquellos que le traicionaron en sus últimos segundos de vida, implorando porque les ayude. Pero en este caso, Kai nunca le pedirá ayuda, en cambio, intenta luchar aún cuando está por perder.

En eso, algo se despierta en la mirada de Kai y luego levanta la cabeza para ver a Percy con una mirada de locura pura. Sus labios se parten en una sonrisa de absoluta victoria y puede saber que ríe.

Percy mira a Thalía y siente que el miedo inunda a la semidiosa, quien está por sacarlos a todos con sus poderes del aire. Algo hace click en el interior de Percy, que comienza a retroceder como si estuviera cerca de un león hambriento. Es un peligro que nunca tomó en cuenta, algo que dejó pasar porque confiaba que siendo mortal, no tendría efecto alguno. Fue un imbécil, y ahora su equipo pagará con su vida si no corren como nunca. 

«Tu magia aún existe en el mundo, si alguien alza una plegaria hacia ti, tu esencia le ayuda.» Le dijo el centauro hace ya unos días atrás, advirtiéndole que sus poderes aún tenían efecto en quien se lo pidiera. 

Sabe que Kai grita porque su rostro se deforma en una ira incontenible. El cuerpo mortal de Percy experimenta un dolor profundo, como si arrancaran sus intestinos con las manos y le ahorcaran con ellos. Cae al suelo y siente cuando Thalía le arrebata la mochila con el tridente, lanzándola lejos de ellos para quitarle toda ventaja a Kai. Ella busca su espada y escudo, preparándose para luchar contra el hijo de Poseidón. Luke y Annabeth hacen lo mismo, pero se preocupan más por el estado de Percy, uno que está escupiendo sangre en el suelo mientras Kai parece llenarse de nueva energía.

Aún entre el dolor y la agonía, Percy gira a verlos y les habla muy firme.

—Fuera de aquí. Corran —pide y luego mira hacia Kai, quien no tiene atención para otra cosa que no sea Percy.

En un movimiento arriesgado, Luke toma la mano de su novia y llama a su mejor amiga, disparando una garrita con cuerda hacia la mochila que lleva el tridente, arrastrándola como si fuera un perro de juguete. Los tres semidioses huyen con el tridente y Percy siente un miedo increíble porque ellos puedan ser perseguidos por Kai, pero eso no ocurre, en cambio, el semidiós parece que terminará lo que no pudo en el Campamento Mestizo.

Del dolor y las sacudidas, los tapones de Percy cayeron al suelo. La música ya no suena, pero ahora puede escuchar la voz peligrosa de Kai, y eso es mucho peor.

—Lo recuperaré. Ese tridente ahora es mío —sonríe mientras su espada aparece en su mano y Percy se obliga a levantarse para escapar de la muerte.

Kai lo persigue entre unos puestos de comida y lo atrapa entre un cartel de cristal, azotándolo contra la superficie y logrando que pedazos de vidrio se incrusten en los brazos de Percy. Su mano contra el cuello de Percy hace que el mortal gima de dolor y trate de alejarlo.

—Debo admitir que tu magia se siente muy bien, mucho mejor que la de Poseidón —ríe Kai, viéndolo retorcerse de dolor.

Por primera vez en milenios, Percy desea que su magia no sea tan poderosa y se queja de que ahora gracias a ella, morirá bajo las manos de un sucio mestizo.

En obra de las moiras, Percy golpea a Kai con su pierna y lo aleja un poco como para escabullirse como gusano y escapar de nuevo de Kai, quien ríe de gozo mientras vuelven a ese juego del gato y el ratón. Tose por la fuerza ejercida en su cuello y escapa hacia un segundo nivel del lugar, sintiendo los pasos de Kai aplastando los suyos.

—¡Ven aquí, Percy. Será un honor matarte!

Busca un lugar dónde esconderse y volver a buscar una de las salidas. No tiene forma para salirse de esa, Kai tiene su magia y la usará para aplastarlo como a una hoja seca. 

No.

No puede dejarse influenciar por los efectos de su magia. Uno de ellos es infundir miedo al oponente, logrando así una victoria más cercana. Pero si el oponente tiene la valentía necesaria, entonces la magia sólo le dará fuerza a quien la tiene, dejando en sus manos la posibilidad de la victoria. Ya pudo pelear con Kai una vez, puede intentarlo en otra.

Destapando su espada y con la valentía a todo, sale de su escondite y Kai le ve con una sonrisa de sangre.

—¿Cómo prefieres tu lápida? ¿Qué diga un tonto valiente, o un débil dios?

Percy no le responde, pero prefiere la primera ante cualquier otra cosa. No funciona ser un dios y ser un débil de mierda.

—Creo que la primera —descifra el mestizo con una sonrisa socarrona y se lanza contra Percy. 

La fuerza es descomunal, casi le quiebra los dos brazos con un solo ataque. Percy da su mejor esfuerzo y entre tanto esquivar y protegerse con otras cosas, logra llegar cerca de las gradas y usando como ventaja la diferencia de pesos, tira carrera hacia abajo y casi flota entre los escalones mientras Kai le persigue como un toro. Percy corre. Ignora el dolor en su abdomen, el dolor de sus piernas. Lo ignora todo, sólo debe preocuparse por el tridente y lo demás será una fantasía.

Al salir, la imagen que lo recibe le hace que quiera entregarse a la espada de Kai y delegarle el recupera el tridente a alguien más habilidoso.

Los tres semidioses están luchando contra un grupo de servidores de Kai, protegiendo la mochila con una fiereza impresionante. Al verlos salir, Percy corre hacia la mochila y ellos se mueven para dejarles pasar, casi encogiéndose cuando Kai pasa entre ellos. Percy se siente como un imbécil al ser el único que se enfrenta a Kai aún sabiendo su nivel de poder.

Está corriendo como una gacela cuando una sombra lo golpea y entre los giros, descubre el rostro de Kai muy cerca. La sombra los absorbe y los escupe en un parque muy tranquilo y que tienen un enorme estanque. Kai se recupera y mira a Percy con la mochila, luciendo furioso como nunca. Con esa oportunidad, Percy intenta acercarse al estanque, pero Kai no piensa permitirlo. Le golpea tan fuerte que Percy mira figuras bajo sus ojos del dolor. 

—¿De verdad crees que podrás ganarme como mortal? —ríe Kai, viéndolo desde arriba.

—Sé que lo haré —promete y sin que Kai pueda adivinarlo, Percy se levanta como un rayo y comienza a pelear con su espada con la furia que puede acumular.

Está tan cerca de lograrlo y Kai sólo le interrumpe otra vez.

Kai detiene todos sus ataques con maestría y los regresa de una manera que consume las energías de Percy. No podrá contenerlo mucho tiempo.

—¡Deja de intentarlo y únete a mí! —le grita Kai, como si se quejara—. Haces esto por complacer a Poseidón, no eres mejor que nadie —gruñe.

Eso es ofensivo para Percy, incluso si está por ser asesinado.

—Nunca ayudaría a un ladrón y oportunista —espeta y eso parece corroer en el interior de Kai.

—¡Eres un traidor! —le grita y Percy recibe un golpe que le hace besar el suelo.

Rueda para esquivar la espada de Kai y cuando está por levantarse, unas raíces gruesas brotan del suelo y atrapan el cuerpo de Kai, alejándolo de Percy. El mortal mira al sátiro que está sudando para mantener su melodía a flote con su instrumento y que le está dando la ventaja para regresar el tridente al agua. Percy corre como nunca y cuando está por acercarse, el grito de Nico lo detiene y su atención se divide cuando descubre al semidiós siendo ahorcado por otras raíces, unas que lo rodean y marcan su piel pálida, casi consiguiendo que los ojos de Nico exploten de la presión. 

Mira hacia el otro lado y Kai está retorciéndose por alcanzar el tridente en la mochila, una que está a unos metros del agua. Si lleva el tridente al agua, Nico morirá por la magia de Perséfone. Si corre y salva a Nico, Kai tomará el tridente y volverá a escapar. Entre dos espadas, sabiendo que una lo apuñalará según la decisión que tome, sabe cuál es la más importante de todas. 

Corre al lado opuesto y con la poca fuerza de sus brazos corta las raíces que aprisionan a Nico con la intención de matarlo. Se corta las manos para arrancarlas todas y se esfuerza para sacar a Nico de entre la vegetación, llevándolo un poco lejos de todo. Mira su cuerpo marcado y con los moretones comenzando a brotar en su piel pálida. La más agresiva de todas es la que rodea el cuello, descubriendo la piel reventada. Intenta reanimarlo, pero el semidiós no responde. Vuelve a intentarlo y el grito de Kai se escucha a unos metros, donde Grover consigue catapultarlo lejos de ellos. Puede ver como la mochila abandona el parque entre las manos de Kai, más no podría importarle. No cuando el hijo de Hades está cerca de abandonar ese mundo.

Grover llega y libera un jadeo de miedo profundo, comenzando a llorar por la preocupación. Percy vuelve a darle unas maniobras de reanimación y lo intenta con respiración boca a boca, tratando de despertarlo. Grover busca las píldoras especiales de Nico entre la mochila que llevaba y le introduce una a la boca, esperando que surta efecto. Percy mira muy de cerca para saber la reacción y cuando está por comenzar a culparse de todo lo malo que está ocurriendo, Nico suelta un ruido de dolor profundo y Grover lo arrebata de Percy para abrazarlo y llorar sobre su cabello oscuro.

El mortal se permite respirar luego de eso y siente que no pudo salir peor. Escucha unos gritos a unos metros de ellos y los otros tres semidioses se acercan con mucha prisa, luciendo muy asustados por lo que ven.

—¿Está vivo? —pregunta Thalía, viendo el cuerpo mallugado de Nico.

Percy asiente en silencio y ante la imagen de que aún es mortal y que está todo lastimado, los semidioses creen saber lo que ocurrió.

—Debe regresar al Campamento, necesita recuperarse —dice Percy, viendo a Nico con una expresión indescriptible.

Annabeth se arrodilla a un lado de Nico y luce como si ella fuera culpable de esto.

—Iré con Nico —dice ella, viendo a Percy como si no se atreviera a decirle lo que quiere.

Es su novio, Luke, quien se acerca al mortal y le dice con cautela.

—Dejé unos explosivos en el-

—Actívalos —dice el mortal, ya sabiendo a por dónde van sus palabras—. Le hablaré a Quirón para que el Campamento señale a Kai como terrorista y le busquen. Eso impedirá que pueda moverse por Estados Unidos como desea.

—Cerrarán los aeropuertos, no podrá llevar el tridente en un avión —sonríe Annabeth, descubriendo la otra razón de Percy para decirle a Luke que active los explosivos.

—Vayámonos rápido, nos encargaremos de señalar a Kai por los medios mortales —dice Grover. 

Percy reúne fuerzas para cargar a Nico en estilo nupcial y Annabeth se encarga de llamar el taxi de las Hermanas Grises. El mortal las recuerda poco, ninguna vez ha viajado con ellas, pero supo la aventura que tuvo el copión de Perseo con ellas. Apolo y Artemisa siempre decían que Perseo era mejor que Percy, aún así el dios no estaba enojado por eso porque su descendencia siempre rendía tributos hacia su magia porque su padre tenía un nombre que era legado de Percy. Dejando eso, realmente no piensa en una opción mejor para llevar a Nico al Campamento que ellas. 

Cuando derrapan a centímetros de donde están, la que tiene el ojo mira a Percy y comienza a reír, contagiando a sus hermanas. Son sacos de piel gris arrugada y con olor a ropa vieja y húmeda. Unos pocos cabellos blancos que parecen levantarse por estática y esas manos de uñas largas que acumulan comida chatarra y mugre que proviene de sus propios cuerpos.

—¡No puede ser! ¡Pero si es el gran dios Percy! —ríen fuerte, casi quebrando los cristales de su taxi por la risa—. ¡¿Cómo te trata la vida mortal, cariño?!

—¡Quiero verlo, Apolo no me creerá cuando se lo diga! —dice la otra.

—¡No, yo quiero verlo! —pelea a quien Percy reconoce como Avispa.

—¡Yo lo vi primero! —dice la que tiene el ojo, Ira.

—¡Pero yo me quiero reír más! —Tempestad golpea la cabeza de su hermana para sacarle el ojo.

—¡Devuélveme el ojo! —exige Ira, peleando a pellizcos con Tempestad. Avispa se une a pesar de que no era con ella la pelea.

Luke mira a su novia con millones de dudas acumuladas en sus ojos.

—Hermosa, ¿esto es seguro?

Annabeth se encoge de hombros.

—No puedo llevar a un Nico moribundo por el metro —sonríe.

Percy acomoda el cuerpo de Nico en uno de los asientos y Grover lo abraza para que no caiga al suelo del auto. Luke despide a su novia con un beso y mientras las Hermanas Grises bañan a Percy de burlas, arrancan el taxi y este zumba por la magia como un león con flemas. La música alta sobresale de las ventanas.

—¡Esquiva esta, dios del mar! —Avispa le lanza un vaso con batido de vainilla a Percy en la cara, dejando que gotee sobre sus zapatos sucios.

Las risas estridentes de las Hermanas Grises cubren el sonido de los demás autos y cuando desaparecen por la ciudad, Percy mira su ropa cubierta con el batido blanco. Los mortales le miran con un poco de pena, preguntándose por qué ese chico no hizo nada por defenderse de esos matones. Thalía intenta decir algo, pero Percy se quita el suéter azul que lleva encima y se limpia la cara, ignorando el olor dulzón de la bebida. Pasa el suéter por su pantalón y ahora tienen una extraña rueda oscura, incluso parece como si se hubiera orinado.

Más deplorable no puede lucir.

Tratando de levantar lo ánimos, Luke les da una sonrisa y habla suave.

—¿Alguno tiene ánimos de ver ofertas en la sección de cocina?

Percy le da una mirada plana y Thalía no luce mejor.

. . .

Al día siguiente, sin ánimo de vivir, pero con obligaciones en la nuca, Percy está comiendo un sándwich de huevo mientras lleva ropa que alguien usó y dejó en una sección para donar. La camisa tiene un lindo mensaje: SALVA LOS OCÉANOS y luego unos pantalones que tienen roturas en las rodillas. Era eso o la falda de una niña de cinco años. Prefería la falda, pero le quedaba pequeña. Y de camisas no tenía muchas opciones.

El humor agrio de Thalía le dijo que SALVA LOS OCÉANOS era la mejor de todas, ideal para la ocasión. Que combinaba con sus moretones.

Así que ahí está, comiendo un sándwich frío, con cuatro horas de sueño, sin forma de curarse las heridas porque alguien robó su mochila mientras esperaba su desayuno y con olor a batido rancio.

Ya no le importa que los perros del parque se acerquen a olerlo y le vean con ganas de orinarlo. Quizá sea la mayor interacción que tendrá con un líquido. Intenta no pensarlo mucho, eso sólo le quita ganas de respirar y realmente tiene muy poco tiempo para buscar a Kai y regresar el tridente.

—Tengo diez dólares, podríamos comprar algo para desinfectar tus heridas —le ofrece Thalía, pero Percy niega con la cabeza.

—No lo hagas. Pueden usar ese dinero para algo más importante —sonríe a pesar que no sentía ganas de hacerlo—. Gracias.

Ella mira a Luke, preocupada. Percy se levanta para tirar el papel de su sándwich en el cesto de basura cuando el ladrón regresa en su bicicleta y le lanza la mochila a la cabeza, embistiéndolo por detrás.

—¡Consigue mejores cosas, imbécil! —se ríe mientras desaparece por las calles. 

Las personas del parque miran a Percy por unos segundos, y luego regresan a sus cosas con indiferencia. 

En silencio, mira su mochila mojada y puede prometer que ese tipo la orinó. Hasta ahí le llega el olor fuerte de sus orines. 

Si aún fuera un dios, ese tipo ya no tendría cabeza y ahora su cuerpo colgaría de un puente, desnudo y amarrado. Pero no lo es, ahora es un simple adolescente con una misión suicida y con intenciones de derrocar a su padre, un rey que quiere borrarlo a como se pueda. Mueve su mochila con el zapato y mira a los mestizos que le acompañan, unos que parecen enojados por el ladrón, pero a la vez preocupados por Percy.

—¿Maestro Percy? —se escucha una voz clara, como una brisa en verano.

Ese nombre hace que el mortal sienta una ira gorgotear en su cuerpo.

Levanta la mirada y mira a una ninfa que es escondida por La Niebla de Hécate. A ojos mortales puede lucir como una chica muy guapa, pero Percy sí que puede ver sus ojos azules mar y su piel al de un color mágico, también las perlas en su piel y su ropa de redes y algas.

—No sé de qué hablas —espeta y está por alejarse cuando ella vuelve a llamarlo.

—Sé que es usted, su magia me atrajo —Percy frunce el ceño y vislumbra que los semidioses se acerca para ayudar por si está en problemas.

Perfecto. 

Ahora lo que queda del dios Percy necesita que dos mestizos le salven el culo. Simplemente maravilloso.

—Por si no lo has notado, soy un mortal. No tengo magia —dice con más fuerza, intimidando a la ninfa. Ella luce nerviosa por la volatilidad de su voz.

—Pero... eres Percy. Nadie podría-

—Olvídalo, criatura —la corta, viéndola con enojo contenido—. Regresa a tu estanque, no hay nada importante aquí —murmura y ella parece dispuesta a quedarse ahí.

—Pero el mar-

—¿El mar? —ríe sin emoción, tratando de no descargar su furia contra la ninfa. Ella no es la culpable de sus desgracias—. ¿Es que no puedes verlo? ¿Tu diminuto poder está tan mal? No soy el Percy que buscas, puedes ir gritando a los cinco océanos que el dios Percy ha muerto porque no regresaré al reino de Poseidón y puedes decir que ¡declaro a Kai como el nuevo rey de los mares! —grita al borde de la histeria, apretando sus puños para no soltarse a llorar por su fracaso inminente.

La ninfa deja de respirar, viendo a Percy como si hubiera cometido un terrible crimen. Ella mira a los dos semidioses y ellos miran a otra parte, permitiendo que Percy libere lo que ha acumulado. 

—No... ¿regresarás? —tiembla la ninfa, cerca de llorar a como Percy quiere hacerlo.

—No lo haré —determina con firmeza—. No mientras Poseidón siga siendo rey y mientras no se encargue de sus desgracias. 

Ella parece que le han roto el corazón.

—Pero, ¿quién nos protegerá? —susurra, aterrada.

Percy parece un poco abatido.

—Deben buscarse un nuevo dios, uno que sea más habilidoso y fuerte. 

La ninfa retrocede y libera unos sollozos, acercándose al estanque del que salió y viendo a Percy como si realmente hubiera muerto.

Ante esto, Thalía toma valor y le dice algo que le golpea en más de un sentido.

—Eres un miedoso.

—¡Thalía! —regaña Luke, pero Percy nunca pelea porque ella diga lo contrario.

—¿Cómo te atreves a dejar desprotegidos a tantos inocentes por rebelión a tu padre? —pregunta ella, indignada—. ¿No la viste? Ellos creen en ti, no puedes dejarlos solos. 

—¿Y cómo voy a hacerlo? Kai me sobrepasa en cada cosa. Ni siquiera puedo-

—¡Lo volvimos un criminal internacional! —señala ella hacia un periódico que está tirado en el suelo y aparecen las letras que declaran una alerta máxima para la población estadounidense. 

Percy guarda silencio y espera pacientemente a que la semidiosa deje de gritarle para luego decirle que mantendrá su posición.

—Regresen al Campamento, díganle a Quirón que estoy en deuda por su hospitalidad —está por darse la vuelta cuando Luke le llama.

—¿Crees que una misión se logra en el primer intento? Percy, ni siquiera hemos tocado fondo. Fracasar es parte de las misiones y eso hace que tu esfuerzo tenga mucho más valor. Si las misiones fuera fáciles, enviarían a los niños nuevos para hacerlas —ríe, como si el rechazo de Percy fuera algo normal. 

—No puedo darme el lujo de fracasar todas las veces posibles, hay vidas en juego-

—¡Exacto! —Luke abre los brazos, tratando de que lo entienda—, hay vidas en juego. No puedes rendirte ahora, no cuando no has mostrado todo tu potencial. He visto las habilidades que tienes, pero el miedo te ha gobernado. No puedes temer, ¡eres el dios de la guerra, el dios de los valientes! Vamos, no puedes rendirte ahora, no cuando no hemos llegado ni siquiera a la mitad de la misión. 

Percy se sienta en uno de los banquillos que hay en el parque, sintiendo una nueva energía recorrer entre su cuerpo y animándolo a que consiga su objetivo. 

Esperanza.

La emoción que sentían los humanos en las antiguas civilizaciones cuando le miraban llegar y unirse a sus batallones. Sabían que estaba con la balanza de su lado, que la victoria correría por su cuenta. Percy adoraba esa emoción cuando era un dios joven. La esperanza de volverse el mejor dios de la guerra, la esperanza de crear nuevas criaturas. Lo mismo que sentía cuando sus hermanos le daban promesas de que todo iría mejor. Esa oportunidad que podía llegar a sus manos sólo si movía bien sus fichas en el juego.

Quizá no haya conseguido ser el mejor dios, quizá no sea el mejor mortal, hijo y heredero. Pero si hay una cosa que hace bien, es probarse a sí mismo que puede hacer las cosas, así como hizo la vez que se lanzó desde un risco sin armas ni armaduras hacia la boca de un monstruo, con tal de probarse que una criatura así no era mala, sólo había sufrido. De demostrar que podía enfrentarse a los jeques petroleros para luchar en defensa a los mares que contaminan. 

La esperanza de salvar a los animales marinos. La esperanza de proteger su oportunidad de vida.

—Busquemos a Kai, tomemos el tridente y regresémoslo al mar. Eso salvará a muchos, salvará a tu reino —le dice la hija de Zeus, que está ofreciéndole su mano a Percy con una sonrisa de hermandad.

Percy toma su mano y siente una pequeña descarga, alejándose de ella.

—Lo siento, a veces salen solos —ríe ella, haciendo que Luke ayude a Percy para relajarse por la energía extra.

—Busquemos una forma para encontrar a Kai. Donde esté él, estará el tridente —propone el rubio, mirando a su alrededor para hallar algo que les diga a dónde ir.

—Sería lindo tener un GPS o algo así —murmura Thalía, logrando que Luke se gire a verla con una sonrisa de sol.

—Conozco a alguien que podría ayudarnos —jadea.

—¿Hermes? —pregunta Percy.

—No, no. Es mucho mejor —promete el rubio—. ¿Alguno de ustedes conoce Manhattan?

. . .

Percy nunca había visto una ciudad tan acogedora, pero a la vez peligrosa y despierta. Las personas pasan con cajas enormes de productos, los estudiantes corriendo porque se han escapado de la escuela. Hay personas jugando afuera de las tiendas y otros insultándose porque cruzaron malas miradas. Esto es Nueva York. Ver ratas esculcando en la basura sin miedo a la luz del día, ancianas hablando mal de otros mientras empujan sus carritos de compras y fuman como motores.

Luke se mueve en sus aguas, como si tuviera tatuadas las calles en su brazo. Los anima a seguirlo con una sonrisa enorme y le dice a Thalía que puede relajarse, que no es necesario que tenga una mano en su escudo todo el tiempo. Percy confía en el rubio. Después de todo, no es que tenga muchas opciones bajo la manga. El cielo contaminado de la ciudad luce en un color azul grisáceo, con el sol golpeando de manera brusca entre las esquinas de los edificios. 

Llegan a una edificación de ladrillo rojo, tan tradicional que podría salir en las antiguas fotos de las postales neoyorquinas. Luke saluda a la dueña asiática de la tienda que está en el primer nivel de su edificio y ella le hace un gesto con la mano para regresarle el saludo. Suben por las escaleras porque el rubio les dice que el elevador lleva casi diez años sin funcionar. 

—Ignoren los gritos, es muy normal por aquí —menciona.

—¿Y si suenan disparos? —pregunta el mortal con una media sonrisa.

—Esconde la cabeza, supongo —sonríe tan acostumbrado, que eso logra relajar a Thalía. 

Cuando llegan al departamento nueve, Luke se gira a verlos como si fuera a revelar un gran secreto.

—Antes de que la conozcan, quiero decirles que... bueno, mamá adora las visitas, pero a veces puede... salirse de este mundo —menciona muy nervioso. 

Thalía se muestra muy sorprendida, dejando ver a Percy que a pesar de los años, ella nunca había conocido a la mamá del rubio.

—Descuida. Gracias por confiar en nosotros —le dice Percy, consiguiendo que el rubio sonría de una manera más pura, como si quisiera llorar.

Busca el collar que siempre lleva bajo su camisa y de el saca la llave del departamento. Se aclara la voz y sonríe enorme.

—¡Mamá, estoy en casa! —grita y se escucha un estruendo desde otra parte del departamento.

Es un lugar pintoresco, lleno de muebles y con mucha decoración de distintas cosas. Jarrones, cuadros, esculturas y figuritas. Las paredes tienen un color diferente a la otra, haciéndola ver como un azulejo de Talavera. Un gato enorme llega a saludar a Luke, maullando mientras se restriega en sus piernas. Cuando Percy dice enorme, es porque ese gato es el triple de otros. Es anaranjado y tiene una cola tan adorable, que se retuerce en un lindo arco mientras mueve sus patitas para amasar en el suelo. Rasca la alfombra de felicidad y regresa a Luke, exigiendo los mimos que no recibió del rubio en semanas.

—¡Mi amor! —la voz amorosa de una mujer sale desde la cocina mientras que ella lleva el rostro cubierto de harina—. ¡Trajiste visitas!

—Hola, mami —Luke abraza a su progenitora y se acobija en su pecho, luciendo como un niño.

La madre de Luke tiene el mismo color de cabello, pero en ella hay un aura de locura. No la mala, sino esa misma que hace a las personas actuar de maneras muy extrañas y a veces que rozan lo espacial. Ella lleva una corona de laureles, un vestido de flores, un abrigo de piel enorme a pesar de ser verano, sandalias de distinto color y calcetas de rayas arcoíris. 

—Me llamo May, pero pueden llamarme tía May, o mamá May, o señora May, o mamá de Luke, o señora Castellan, o sólo May —ríe, sin dejar de apretujar a su hijo—. ¿Y ustedes cómo se llaman? —pregunta con cariño.

—Soy Percy. Un gusto, señora May —sonríe Percy.

—Ay, cariño. Llámame mamá May —ríe dulce.

—Yo soy Thalía-

—¡Thalía! —May se convierte en un sol y suelta a su hijo para ir y abrazar a la semidiosa—. Mi bebé me ha hablado mucho de ti. Me alegra saber que mi niño está enamorado de una niña tan guapa y-

—¡Mamá! —Luke pierde el color, viendo a su progenitora aterrado—. Mi novia es Annie. Thalía es mi mejor amiga.

May abre los ojos y hace una mueca adorable de O, viendo a Thalía en cámara lenta. Ríe culpable y parece apenada.

—Perdóname, cielo. A veces suelo confundir los nombres —deja unas palmaditas en la cabeza de la semidiosa y luego mira a Percy—. Tú debes ser nuevo entre los amigos de mi diosecillo —toma las manos del mortal y lo arrastra con ella—. Vengan conmigo, preparemos sándwiches de maní y bebamos Kool Aid.

Luke agarra a su gato, el señor cinco kilos, y camina junto a Thalía mientras intentan no aplastar los pinceles y las paletas de acuarelas de May. Cuando llegan a la cocina, hay masa de galletas y un recetario en el suelo. May deja a Percy en una silla mientras gira en un baile con la música en su cabeza y busca el bote de mantequilla. Luke deja al señor cinco kilos en una silla junto a Thalía y ella se dedica a jugar con el felino mientras que Percy mira las fotografías pegadas en la nevera.

Entre algunas imágenes, está el rostro de Annabeth junto a Luke, así que Percy imagina que May realmente no registra muchas de las cosas en la vida de Luke. Ella parece atrapada en el tiempo, como alguien que siempre te recibirá con galletas, pero que nunca podrá entender lo que dices porque una vez que cruzas la puerta, ya no formas parte de su mundo. 

—Toma, deja de pensar o te saldrá humo de la cabeza —le dice ella con cariño mientras busca una taza para servir la bebida. Percy le da un mordisco al sándwich y se le antoja como los mejores que ha probado.

No es más que mantequilla de maní y pan, pero quizá el amor o la esencia de May es lo que le otorga esa magia que sólo una madre puede tener. Sin esperarlo, un nudo se forma en su garganta y no puede comer más que ese mordisco, preguntándose qué es lo que pasa.

—¿No te gusta? Puedo prepararte otra cosa —le dice May, luciendo preocupada de que a Percy no le haya gustado su comida.

—Está muy rico, es sólo-

—Está un poco cansado, mamá. Es una misión un poco dura —dice Luke, logrando que la atención amorosa de May se vaya a otra parte que no sea Percy.

—Oh, pobres héroes. Los dioses no tienen consideración —suspira ella—. ¿Qué hay de ti, cariño? ¿Necesitas algo especial? —le pregunta May a Thalía, quien va por su segundo sándwich.

—Quizá algunas cosas, sí —la hija de Zeus se muestra apenada, pero a May no podría importarle menos.

—Claro, claro —asiente ella, maternal—. Cuando lo necesites puedes decírmelo —se acerca a ella y la abraza con cariño, arrullándola contra su cuerpo.

Luke, acostumbrado a la mayor, da un trago grande a su taza de flores y mira a May.

—¿Sabes si Sally está en casa?

May parpadea como si intentara recordar a quién se refiere su hijo y luego sonríe y asiente.

—Ella está en casa. Me dijo que vendría en... —mira hacia un reloj de Virgen que tiene en su cocina y entrecierra los ojos—. Oh, no funciona.

—Lleva años sin funcionar —murmura Luke, relajado.

—¿Ah, sí? Por eso no me leuda el pan —murmura ella, sin soltar a Thalía.

—¿Y Sally?

—Oh, sí. Sally... —se queda viendo hacia una ventana, como si intentara recordar—. Hace semanas que no la veo.

Luke mira a su progenitora en silencio y asiente.

—La llamaré.

—¡Sí, hazlo! Extraño mucho a esa mujer —ríe May mientras deja un beso en Thalía para luego salir de la cocina mientras tararea. 

Thalía mira hacia donde se fue May y sonríe.

—Es encantadora.

Luke le da una sonrisa triste como respuesta y juega con su taza. Tal parece que la singularidad de su madre es un tema un poco duro.

—Fue un accidente —resume, hablando un poco bajo por si May llega a escuchar—. Ella quiso recibir el espíritu de El Oráculo de Delfos, pero no lo logró. Apolo envía la medicación necesaria para que ella pueda mantenerse así, de lo contrario sería peor...

Percy abre los ojos, sorprendido por lo que escucha.

—Pero el Oráculo es imposible.

—Lo sé, pero ella no quiso escuchar a Hermes cuando se lo advirtió —eso parece que afecta más a Luke, porque el brillo de sus ojos ha desaparecido—. Mi madre ama mucho a mi padre, aún cocina para los tres y siempre me dice que mi padre vendrá. Pero nunca lo hace. Se marchó hace muchos años.

Algo se agrieta en el interior de Percy, sabiendo que ese es el día a día de muchos mestizos, quienes han caído en la verdad que no son las prioridades de sus padres divinos y que deben vivir con eso para siempre. Incluso si llegaran a morir, los dioses nunca se darían cuenta.

—May es increíble. Creo que no fue necesario tener al idiota de Hermes para criarte —dice, logrando que Luke le vea como si llevara años deseando escuchar que alguien le felicite por ser un semidiós de gran corazón. 

Alguien llama a la puerta principal y el señor cinco kilos baja de su silla como el protector de la casa y se acerca a la puerta, maullando fuerte.

—No te enojes, cinco kilos. Sé amable —dice May, caminando descalza y con un vestido diferente.

Cuando abre la puerta, la voz de una mujer inunda la casa y Percy se muestra expectante a la visita.

—¡Sally! ¡Cuánto tiempo, cariño!

—¡Pero si nos vimos ayer! —la risa de la mujer hace que los instintos de Percy se alarmen, provocando que se mueva de su silla.

Esa risa de delfín, como una ventisca veraniega y que era tan distinguible entre las demás.

—Ven, ven. Luke está en casa y trajo amigos —dice May, logrando que la otra mujer se emocione.

—¡¿Dónde está el niño más guapo de Manha- —cuando llegan a la cocina, es como si todo se paralizara. Como si los años regresaran sobre sí y los mares y milenios de distancia nunca hubieran existido.

Percy mira a la mujer. Reconoce esos increíbles ojos azules, como océanos deslumbrados por el sol y esa sonrisa cálida, la misma que siempre era elogiada por las antiguas deidades. 

Claro que es ella.

Nadie podría ser tan hermosa y a la vez tan gentil. 

—Percy —su nombre sale de su boca temblorosa y es decorado con dos lágrimas saladas, como lo hubiera extrañado por todos esos siglos.

Claro que es ella.

La reina más valiente y justa que alguna vez tuvo Atlantis. La madre y la ninfa de las aguas, la gran señora que los protegía de niños y que era quien llevaba la calma en las tormentas. A quien le arrebataron su trono de una manera cruel y fue despojada de su reino por amar a los que no eran sus hijos.

La reina Sally de Atlantis.

. . .

En sus años como reina, Salacia era más bien conocida como Sally. Era una nereida, destacable de entre sus muchas hermanas, pero amada por todas ellas por su corazón bondadoso. Cuando Poseidón llegó al trono y le imploró a Sally que reinara junto a él, la nereida accedió con la condición que no se apartaría de sus hermanas y que serían los reyes más justos. Poseidón accedió y fue feliz con ella durante unos años, hasta que la falta de herederos formó tensión en la Corte de Atlantis, culpando a Sally por su falta de habilidad para procrear.

Para mantener su legado entre la unión del dios y la nereida, Sally escogió a su hermana, Anfitrite, para que fuera la concubina de Poseidón. No veía problema, ella confiaba en su hermana y sabía lo importante que era la descendencia para Poseidón. Pero los privilegios que le fueron otorgados a Anfitrite la nublaron de poder y exigió más, quejándose ante la corte que ella había llevado el legado del mar en su vientre y que merecía el título de reina. 

Poseidón accedió por la lujuria que compartía con Anfitrite, logrando despojar a Sally de su trono y dejándola relegada en el reino. Al existir los cuatro hermanos, Sally sintió compasión por ellos ante la falta de amor que les tenía su hermana, acobijándolos bajo sus brazos y enseñándoles secretos de Atlantis que sólo ella conocía. Percy la amó como a una madre, le admiró como a nada y siempre la protegía de entre las peleas que tenía con su progenitora. Anfitrite, cubierta de enojo porque sus hijos preferían a Sally por sobre ella, demandó que Sally fuera expulsada del mar.

La nereida no se defendió. Ella ya no era amada por Poseidón, era una paria entre los suyos y sus protegidos ya podían defenderse solos. Abandonó el mar con sus propias piernas y nunca regresó a implorar el perdón. Nadie supo de la antigua reina Sally por milenios. Sólo se sabía que ella era inmortal y que desaparecería hasta que el mar se consumiera, pues si bien abandonó su reino, nunca dejó de ser hija del mar. 

Percy admiró su valentía, admiró que nunca buscó a Poseidón para pedirle que le dejara volver. 

Ahora, compartiendo una mesa con un mantel de gatitos y con una porcelana artesanal entre ellos, Percy quiere preguntarle muchas cosas, pero sabe que no puede hacerlo. Y sabe que Sally sólo quiere abrazarlo y pedirle perdón por haberle abandonado cuando era tan joven.

—Percy, y-yo...

—Está bien —declara ante la voz quebrada de Sally. No puede ver cómo la mujer más valiente se quiebra ante su presencia—. Todo está bien, Sally.

Ella llora un poco y niega con la cabeza.

—No es verdad, cariño. Mírate, mira lo que hizo ese maldito de Poseidón —llora y se acerca para abrazarlo, acunándolo contra su cuello mientras le acaricia.

Hay algo que logra ablandar las murallas de Percy y sólo consigue que se lance a llorar contra ella, sintiéndose vulnerable y estúpido.

—Ha sido un poco difícil —murmura.

—Lo sé, cariño. Por eso quiero ayudarte, en lo que sea —promete y sujeta su rostro con determinación—. Te ayudaré a recuperar el tridente y lo regresarás al mar, ¿sí?

Percy asiente aún entre sus manos y ella sonríe, orgullosa.

—Sabía que eras mi pequeño valiente —besa su cabeza y Percy vuelve a sentir esas ganas asfixiantes de llorar.

—¿Podemos seguir comiendo sándwiches de maní primero?

—Lo haremos —promete ella—. ¡May, ¿tienes más mantequilla de maní?!

La mujer rubia entra a la cocina como un rayo y abre una puerta de su mueble más grande. Su sonrisa se borra cuando mira que el bote, en realidad, está vacío.

May parece que acaba de ver lo peor y lo más catastrófico del mundo.

—Ya no tenemos mantequilla de maní —dice con voz sombría.

Sally ríe por eso y se pone de pie.

—No te preocupes, iré a comprar un poco más con Percy —menciona y May vuelve a iluminarse como un sol.

—¡Es verdad! ¡Cinco kilos, trae mi monedero! —le dice al gato, uno que maúlla y se baja de la butaca que estaba ocupando. Camina hacia su recipiente de agua y comienza a beber, libre de penas—. Oh, debe estar muy agotado.

—La pagaré yo. No dejemos a cinco kilos en bancarrota —le dice Sally a May, quien asiente feliz.

—Lleven paraguas, parece que va a llover —señala hacia la ventana donde pasan los gruesos rayos de sol.

. . .

Es una decisión muy difícil. Casi roza lo imposible.

Está en el pasillo de los dulces, viendo entre la variedad de las mantequillas de maní, considerando cuál es la más adecuada para llevar. Una señora pasa en un carrito motorizado y casi le aplasta porque pasa sin pedirle permiso. Ella murmura algo y Percy se esfuerza por no ponerse a pelear con ella, o le señalarán como un adolescente que pelea con ancianas. Incluso puede que ella le gane. Lleva un carrito, Percy sólo tiene sus débiles piernas. 

Regresa a su tarea titánica y cuando está por elegir una, el sonido de la televisión le distrae lo suficiente.

—... si bien nadie conoce su paradero, la policía ha dicho que en los puestos fronterizos nadie le ha visto salir y tampoco han registrado su documento. Kai, como ha sido llamado el autor del acto terrorista, está siendo fuertemente buscado, así que es momento de recordarles que si ustedes le miran o saben de su paradero, no duden en comunicarlo. Los especialistas quieren señalar que guardar silencio puede ser peligroso y la seguridad de Estados Unidos sólo quiere el bienestar de la población.

La presentadora de las noticias sigue hablando, luciendo tan seria, que parece que está regañando a las personas que podrían estar escondiendo a Kai.

Ese sería un buen inicio.

Guiarse por le televisión para saber sobre el paradero de Kai. Sally le prometió que le enseñaría una forma de encontrar el tridente, pero si lograra hacerlo por su medio, podría conseguirlo sin molestar a nadie. No quiere que Sally se vea envuelta el problemas del mismo reino que la expulsó.

—No la tiene fácil, ¿eh? —señala Sally, viendo hacia los frascos de mantequilla.

—No —suspira Percy, regresando a su punto inicial.

—Sabes, estaba comenzando a creer que no sería mala idea que te quedaras conmigo unos días, luego de tu misión —dice ella, maternal—. Tenemos cosas para hablar, cariño. Sé que Atlantis está cruzando un mal momento en su historia. Con dos de sus príncipes fuera de servicio, me temo que no debe ser un ambiente amigable —murmura ella, logrando que Percy le mire sorprendido.

—¿Cómo sabes tanto?

Sally parpadea, confusa.

—¿Por el Hermes Journal? —sonríe ella—. Nos llega a todos los inmortales que queremos enterarnos de nuestro mundo.

—¿Pagas suscripción del periódico? —Percy arruga la nariz, huraño.

—Es una dracma al mes —ríe ella, eligiendo el frasco de mantequilla que tiene la forma más detallada—. Ten, ve a pagar. Yo buscaré unas fresas para May —le dice Sally antes de separarse de Percy.

El mortal camina hacia la caja registradora y la chica de la tienda le sonríe más emocionada de lo que sería casual.

Percy le ignora, pues confía en que no tiene muy buena cara ahora. Tenía confianza de ser coqueto cuando era inmortal, ahora puede que luzca como un larguirucho sin futuro ni dinero. Ella le dice la cantidad y cuando Percy toma la bolsa, ella roza sus manos de una forma muy diferente.

—¿Vives por aquí?

Percy la mira en blanco y ella alza una ceja.

—¿Yo? —pregunta.

—Pues claro, no hay nadie más aquí, lerdo. 

Percy se sonroja y mira nervioso hacia la puerta.

—Debo irme —murmura y la chica hace una mueca un tanto decepcionada.

Cuando sale, comienza a sentirse muy idiota. Encuentra a Sally cerca de una frutería y ambos caminan de regreso a la casa de Luke para comer lo que prometieron.

—¿Te sientes bien? —le pregunta ella.

—¡Sí! —responde muy alto por los nervios anteriores—. ¿Por qué? —carraspea.

—No, por nada —ríe Sally, abrazándolo por los hombros mientras caminan.

. . . 

La nereida está ordenando las piedras marinas sobre la mesa, dejando al centro un collar de perlas que tiene un pendiente con forma de flor hawaiana. Fue el mejor que pudieron conseguir para que no fuera tan llamativo. Es de noche, los faroles de la ciudad se mantienen en sus luces anaranjadas y sólo quedan afuera los pandilleros y chicos que no quieren regresar temprano a casa. Junto a Percy, como niños curiosos, Luke y Thalía comen palomitas dulces mientras que el mortal, no puede masticar nada de los nervios. Sally luce como una bruja marina, y quizá habría sido mejor buscar a una de ellas para enlazarse con el tridente, pero a causa de su actual estado, ellas se habrían reído fuerte y lo habría enviado a masticar algas. 

Por eso, gracias a su legado divino, Sally le arrancará uno de sus cabellos y formará un amuleto que le lleve hacia el tridente del dios. 

May también está ahí, viéndolo todo detrás de Sally mientras acaricia a cinco kilos.

Sally le quita un cabello y luego lo deja sobre el collar. Carraspea para aclararse la voz y cierra los ojos, levantando sus manos y dejándolas extendidas sobre las piedras marinas que sacaron de un jarrón decorativo que tiene May. Respira profundo, tratando de conectarse con el poder del mar que todavía corre bajo su piel. Las palabras en atlanteano brotan de sus labios como un arroyo fuerte, llamando a la magia para que esta pueda concentrarse en el amuleto. Las piedras comienzan a moverse como maíces en la sartén a punto de explotar. Se mueven en un círculo ordenado, siendo este el primer paso antes que el cabello que le arrancó Sally comience a brillar como un hilo de plata y se mueva sólo, rodeando el pendiente con forma de flor hawaiana. 

Sally está sudando por el esfuerzo de llamar a sus antiguos poderes, unos que han estado inactivos por hace ya muchos siglos. Ella fuerza su voz para que salga clara, para que no se quiebre ante la energía que está gastando. Sus manos extendidas tiemblan mientras hacen que las piedras giren alrededor del collar, pero todo su esfuerzo logra rendir sus frutos preciados.

El collar logra unirse con el cabello de Percy, viéndose igual que antes.

Luke hace una mueca un poco decepcionada.

—¿Y ya? —pregunta.

Sally le mira ofendida.

—¿De qué hablas? Fue un hechizo perfecto —dice ella, levantando su barbilla con indignación.

—No lo sé, lo imaginaba más... futurístico —murmura el hijo de Hermes.

Sally arruga la nariz.

—Es un hechizo atlanteano antiguo, esta magia es más vieja que la misma Tetis —hace ver la nereida. 

—No importa. Mientras funcione, todo bien —dice Thalía, tocando el collar con un poco de miedo.

Percy hace un ruido enorme para asustar a la semidiosa y ella, luego de pegar el brinco, le mira furiosa y lo golpea en el brazo. 

May se despierta con un ronquido, bostezando y estirándose junto al mimado de la casa.

—¿Ya terminó la ouija? —pregunta, dulce.

Sally hace una mueca, inflando las mejillas.

—El collar comenzará a brillar mientras apunte hacia el tridente. El hechizo tiene un alcance de varios kilómetros, así que puede que lo encuentren más rápido —explica ella, juntando las piedras para regresarlas al jarrón—. Sean cuidadosos con esto, en manos equivocadas puede ser muy peligroso. Muchos han intentado robar el tridente de Poseidón otras veces.

—Tendremos cuidado —promete Luke.

—Oh, se volverán a ir —May se entristece y Percy quiere prometerle que regresarán rápido para preparar todos los sándwiches de maní que ella quiera.

—Será rápido, mamá.

—No, no se preocupen —May intenta poner mejor sonrisa—. Tu padre vendrá a vernos, así podré contarle tus aventuras —ella sacude el cabello de su hijo, quien le da una sonrisa deplorable.

—Claro —murmura.

Percy ahora sabe que May espera todos los días a Hermes, creyendo que siempre llega muy tarde, cuando ella ya está durmiendo y por eso es que nunca logran verse. Pero la verdad es que Hermes no los ha visitado desde hace años y cuando May cree que llegó a comer, es porque Luke regala la comida a Sally o a los vecinos de abajo para no desperdiciar.

El hijo de Hermes los organiza para dormir, ya que saldrán en la mañana siguiente. Sally los despide con un abrazo enorme y mientras que Thalía y Luke pelean por quién dormirá con cinco kilos, Sally se aleja junto a Percy para hablar con un poco más de privacidad. El mortal siente que Sally está preocupada por muchas cosas al saber de su existencia. 

Ella acaricia su cabeza como una madre y le mira con orgullo.

—Deja de crecer. Un día sabré que tienes hijos y eso me romperá el corazón —dice ella, un poco triste.

—No pienso tener una de esas cosas —dice, huraño.

Sally ríe, encantada.

—Eso es mejor. Aún eres muy pequeño —lo abraza contra su pecho y lo arrulla con amor—. Vuelve, ¿sí? Me gustaría charlar contigo. Hay muchas cosas por hablar aún —se aleja y en eso Percy sabe por qué Tritón siempre tuvo ese ligero enamoramiento por Sally. Ella es un ser de un enorme corazón, siempre tan gentil y llena de cariño.

Ahora que no tiene la esfera para hablar con Tritón, no tiene con qué molestarle, pero cuando pueda lo hará. No puede perder la oportunidad de decirle a su hermano que está junto a su primer amor. Percy quiere reírse, pero ya Cimopolia se encargará de hacerlo por los dos. 

Sally se marcha del departamento de May y mientras que los ronquidos de Luke inundan la sala, Percy no puede conciliar el sueño de manera fácil. Escucha las peleas de los gatos en la calle, las risas de algunos ebrios, pero todo hace que su pecho tiemble de nervios al imaginarse cerca de Kai y cerca del tridente. La nereida acaba de darles una oportunidad para buscar el tridente, pero eso significaría regresarle el poder a Poseidón. 

Sí, la vida como mortal no es tan buena. Incluso las burlas de los inmortales que se topa son un poco dolorosas, pero realmente se pregunta si prefiere tolerar eso, pero no regresarle el poder a su padre. Hay muchas interrogantes que no quiere responder ahora, sería caer a la verdad y eso es más horrible que ese vago escenario donde intenta sobrevivir a esa misión como un mortal sin opciones. 

¿Quiere disfrutarlo? Sí.

Puede hacerlo. Está lejos de Atlantis, no tiene reglas reales deteniéndolo y puede actuar como desea libremente. Eso suena maravilloso.

Suena perfecto.

Es mientras que está cerca de dormirse cuando el nombre de cierto semidiós llega a su presente.

Nico.

Se pregunta cómo estará. Espera que sus heridas estén mejorando. No puede preocuparse por eso también, pero Nico es de los primeros semidioses con los que habló por obligación de Quirón. Eso no significa que no tenga importancia. Sabe que los semidioses no usan teléfonos porque los hacen más vulnerables para los monstruos. Más no puede dejar de sentirse como un indiferente y grosero. No lo culpa, Nico sólo quería ayudarlo e incluso lo admira por arriesgarse de ir a un parque a pesar de que conoce las intenciones de Perséfone. 

En realidad, Percy comienza a creer que fue gracias a su horrible plan que Nico terminó tan herido. Sólo quiere ir al Campamento y pedirle disculpas por lo ocurrido, prometerle que no volverá a ser tan imbécil de llevarlo a un parque. 

Se remueve en la butaca donde debería estar durmiendo, enrollándose en sus mantas para buscar un consuelo que le haga sentirse mejor. No quiere imaginarse qué otras cosas ocurrirán por su culpa. Retiene su respiración para no suspirar y que Luke se despierte. Da otra vuelta y en el resto de la noche, Percy logra quedarse dormido en un forzoso intento por calmar sus nervios.

. . .

—¡Ahí! Brilló un poco —señala Luke, emocionado.

Percy se mueve los centímetros de regreso y el amuleto brilla un poco, como si el sol le iluminara de forma indirecta. Thalía hace de sombrilla con su tridente para que la verdadera luz del sol no los haga engañarse. 

—¿Qué hay hacia allá? —pregunta la semidiosa, sin lucir agotada por estar levantado el escudo. Ella tiene una fuerza que Percy envidia de forma pura.

Luke entrecierra los ojos y abulta los labios.

—Bueno, está el Madison Square Garden —dice Luke, señalando lo más destacable.

—Caminemos hacia allí. El collar nos ayudará de todos modos —dice ella, bajando su escudo y comenzando a caminar. 

Percy deja su amuleto bajo su camisa de SALVA EL OCÉANO y mientras esquivan a los demás transeúntes, platican sobre cosas de la escuela y de cómo es mejor tener una patineta a cambio de un monopatín. Percy quiere conseguirse una, sería una forma más rápida de moverse entre las calles y para escapar de los monstruos.

—¿Cómo es que no nos hemos cruzado a ninguna empusa? —pregunta el mortal.

—Quizá Tique se apiadó de nosotros —sonríe Luke, jugando con una pelota saltarina—. Espero que así sea —ríe nervioso esta vez.

—¿Annie no te ha llamado? —pregunta la hija de Zeus.

—No, creo que debe estar muy ocupada ayudando con los entrenamientos —pucherea el semidiós, golpeando a una señal y atrapando la pelota.

—¿Cómo hablan entre ustedes si no pueden usar teléfono? —pregunta Percy, distrayéndose cuando mira a unos chicos deslizarse en sus patinetas.

—Por mensaje Iris —responde Thalía.

Percy arruga la nariz, disgustado.

—¿No usas mensaje Iris? —pregunta Luke, con una sonrisa divertida.

—Una vez lo hice y fue para reírme con Artemisa de que le había hecho una broma a Apolo, y esa chismosa se lo dijo —cuenta.

La muy desgraciada fue corriendo a contarle al dios del sol y este se vengó de Percy con ponerle "Ares es el mejor" en su tridente. No pudo borrarlo por meses, logrando que no pudiera usar su arma favorita en sus entrenamientos porque escuchaba las risas de Ares desde entre las nubes. 

Y no pudo regresarle el juego a la diosa porque es de las protegidas por Hermes, así que su mejor amigo se pondría sentimental si algo llegaba a sucederle a su viajera favorita. 

Thalía se ríe, contagiando a Luke en el proceso. Percy intenta no sonrojarse, pero no lo consigue, ya que ellos son muy bulliciosos para reír. 

—Si quieres decir un secreto, es mejor que no lo hagas con Iris. Todo el mundo sabe eso, novato —Thalía le palmea el hombro, como si fuera muy imbécil.

El mortal hace una mueca y trata de no hundir la cabeza entre su camisa de lo avergonzado que se siente. Los dioses sabían eso, pero Percy lo ignoró esa vez porque estaba muy emocionado de pintarrajear el carro solar de Apolo en color rosa chillón, el mismo que es favorito de Afrodita. El dios del sol odia que los mortales señalen que es muy parecido a la diosa del amor, diciendo que ambos son los dioses más "cuquis" del mundo.

—Es decir, nunca confías en la sirviente de Hera —dice Luke, aún con intenciones de reírse ante las desgracias de Percy.

—Yo que tú no mencionara a esa bruja —advierte Thalía, limpiándose las orillas de los ojos mientras no deja de sonreír

—Oh, dioses, ¡¿esa es Hera?! —señala Percy, fingiendo estar aterrado. 

Los dos semidioses dejan de reír y empalidecen, viendo a todas partes. Se lanzan contra Percy por esa mala broma y es así como pasan a lo largo del camino, riéndose entre ellos e ignorando el ambiente hostil y rápido de Nueva York. A cada ciertos metros miran el amuleto hawaiano, sintiendo que van por el camino correcto porque a en cada una de esas veces, la flor brilla un poco más. Los autobuses pasan repletos de niños y señores mayores, sin posibilidad que puedan tomar un lugar libre. Compran nieves de sabores para refrescarse ante la brusquedad del verano, tomándose pequeños intervalos de descanso porque el sol está demasiado fuerte.

Luke es un excelente guía turístico, enseñando los edificios más emblemáticos y prometiendo que irán juntos a la estatua de la libertad y se tomarán fotos para presumirlas con Annabeth, quien se muere por incluso rodar el césped que rodea la isla de la estatua. 

Si es sincero, nunca se había sentido más joven y acompañado como es ahora. Sólo un adolescente que tiene un objetivo a corto plazo y después, su vida en una completa incógnita. Sin un trazo, algo por lograr o una idea borrosa, sólo un chico que se acompaña de sus amigos porque no tiene más opción que cumplir con lo que le han ordenado. Se siente libre, lejos de sus padres y lejos de las reglas atlanteanas. Y por primera vez, deja de ver a la tierra como algo horrible y comienza a conocer su encanto. La libertad que le otorga no tiene un valor calculable, ahí es sólo un chico que puede ser invisible y puede planear el siguiente apocalipsis, que nadie lo sospecharía. 

Es irónico. Dos hijos de Poseidón en posiciones opuestas que sólo desean conseguir lo que el otro tiene. Claro que extrañaría ser un dios, claro que le gustaría regresar con sus poderes, claro que le gustaría regresar con sus hermanos y contarles incluso que le bañaron de batido, pero nunca creyó que lograría conocer la felicidad lejos de Atlantis, lejos de las restricciones de Anfitrite y de los castigos de su padre. 

Quiere seguir experimentando esta libertad, esa vulnerabilidad de ser mortal y de los beneficios de comer palomitas junto a un gato que se llama cinco kilos.

Sale de sus pensamientos cuando descubre que el amuleto comienza a sentirse un poco caliente, como que si le advirtiera que esta cerca de algo. La flor parece presentir, porque comienza a moverse cuando llegan a una tienda de artilugios y venta de oro. Luke se muestra un poco arisco a entrar, pero Thalía mira por la ventana y promete que no hay monstruos, sólo un hombre con una camisa hawaiana de color rojo y que fuma.

Cuando entran, el tipo los mira detrás de sus lentes cuadrados y parece un poco descolocado que tres chicos entren a comprarle oro. Claro que nadie se atrevería a robarle a alguien que tiene detrás un bate de béisbol con clavos añadidos. Dándose aire con un abanico, el señor apaga su cigarrillo y espera a que ellos hablen.

—El lindo —señala Percy al mono que come semillas mientras que no les quita la mirada—. ¿Cómo se llama?

—Chispita —dice el hombre, viendo a su mono con orgullo.

—Le queda.

El hombre le da un sorbo grande con su pajilla a su batido de frutas, soltado un suspiro.

—¿Qué quieren, niños? —espeta.

Percy mira a Thalía, quien está igual que Percy. No saben cómo decirle que buscan el tenedor mágico de un dios griego. El señor los sacará con gas pimienta de su tienda.

—Es un Lambo de colección, qué curioso —señala Luke, hacia un mueble que tiene las puertas de cristal cerradas con llave.

El hombre de cabello espeso y cano ríe con orgullo.

—Es una belleza, ¿verdad? No muchos saben apreciarlo —dice, abanicándose sin preocupación.

—Recuerdo que Hermes me dijo que alguien le había robado su ejemplar —dice Luke, paseándose sin pena entre los demás muebles.

El hombre empalidece un poco, esforzándose por lucir ligero.

—¿Hermes? ¿De qué hablas, niño?

—Tener monos como mascota es ilegal, a menos que usen La Niebla para esconderle —dice Luke, viendo al hombre con una mirada filosa.

Este los mira y Thalía tira un rayito con dos dedos hacia su abanico y este se incendia. El hombre reacciona en segundos y agarra una caja de madera mientras intenta correr hacia la parte trasera del local.

—¡Corre, Chispas. Cayeron los de inspección! 

Percy lanza a Contracorriente y esta se clava en la puerta por donde pensaba escapar el hombre, quedándose a centímetros de su cabeza. El tipo suelta un chillido de terror y busca otra puerta, pero la hija de Zeus brinca al otro lado del mesón y lo golpea con su escudo, todo mientras Chispitas se lanza contra Percy y comienza a jalarle el pelo mientras grita. Luke se encarga de cerrar la tienda rápidamente para que nadie del exterior escuche los gritos.

El mortal se intenta arrancar al mono, pero este parece que se convirtió en la criatura más fuerte del mundo y que intentará separarle la cabeza de tantos tirones. Se golpea contra un mueble y quiebra los cristales, luego, agarra un palo y golpea al mono.

—¡No, Chispitas sólo está jugando! —dice el hombre mientras que Thalía lo amarra con una cuerda que encontró entre el mesón.

—Cállate —le ordena la semidiosa, forcejeando con el hombre para dejarlo bien atado.

—¡Simio de mierda! —Percy se arranca a Chispitas y lo lanza hacia una armadura de saber qué siglo, derribándola como si fuera un bolo y el monito la pelota.

Luke intenta no reírse por el estado de Percy, pero es imposible cuando le mira con los pelos parados y con aruñones en las mejillas.

—Parece que la debilidad del dios de la guerra son los monos —ríe y el mortal le saca el dedo del medio. Se arregla lo mejor que puede y el hombre ya está listo para que le saquen la información.

Este no parece asustadísimo, pero sí cauteloso. Como si debiera algo.

—Sólo quiero-

—¡Yo no robé las tazas del té. Fue Hermes! —pelea antes de que Percy pueda terminar.

Percy le da una mirada plana y asiente.

—No estoy buscando tu porcelana —le dice, ajeno—. Sólo quiero saber si sabes en dónde está el tridente de Poseidón.

El tipo arruga el rostro.

—¿Y yo por qué sabría?

—Eres hijo de Hermes —señala Luke—. Un ladrón. 

—Qué grosero —dice el hombre, ofendido.

—Yo también soy hijo de Hermes —añade Luke, pero eso no parece importarle al tipo.

—No sé en dónde está esa cosa. Ni siquiera lo he visto —dice él, alzando la barbilla.

—Muy bien. Entonces tendré que decirle a padre que he encontrado quién robó su Lambo de colección. 

—¡No seas rata! —patalea el hombre, enojado.

—¿En dónde está el tridente? —Percy comienza a enojarse y como si el hombre descubriera su desventaja, mira a cada uno y aprieta los labios.

Chispitas llega y se posa en sus hombros, revisándole el cabello. Percy alza una ceja y el tipo suspira.

—Aún lo estoy entrenando. 

—El tridente —exige Thalía.

—No sé más que ese desviado hijo de Poseidón lo tiene y que intentó llevarlo a un avión para enojar a Zeus —ríe él, como si eso lo emocionara—. Pero, no lo logró. Un fracaso —suspira triste.

—Sabes más. ¿En dónde podemos encontrar a ese imbécil? —exige el mortal.

El hombre lo mira y luego sonríe.

—Mis palabras valen oro, niños. No puedo-

Contracorriente brota de la mano de Percy y se queda a centímetros del cuello del hombre, cortando su intento.

Percy le da un vistacito al mueble que tiene una cantidad sorprendente de barcos miniatura, todos con la temática pirata.

—Será mejor que hables. No quieres enojar al que alguna vez fue el rey de los piratas —dice y el hombre se lleva varios segundos para reaccionar.

Abre los ojos enorme y una sonrisa parte su rostro.

—No puede ser, ¡¿Percy?! —grita emocionado y libera una risa jubilosa—. ¡¿Por qué no lo dijeron antes?! —patalea esta vez de felicidad y se recompone, como si no quisiera espantar a Percy—. Con una foto será suficiente.

Percy sonríe un poco y guarda su espada.

—¿En dónde esta Kai?

El hombre toma una aire confidencial y los tres se acerca por inercia, queriendo escuchar cada detalle.

—Puede que lo hallen a unas calles abajo. He escuchado que ahí tiene una arena ilegal de peleas, así es como costea sus operaciones. 

—¿Cómo lo sabes? —le pregunta Luke.

—Uno de sus amigos viene a comprarme armas. Es hijo de Ares —sonríe burlón.

—Ellos tienen la lengua más floja del mundo —explica Percy a los mestizos. El hombre asiente y ellos logran entender a lo que se refería.

—¿Sabes cómo podemos entrar ahí?

—Muy pocos los que se enfrentan ahí salen vivos, Percy —le advierte el hombre, ya sabiendo las intenciones del mortal.

Percy quiere decir que se siente listo para pelear de nuevo con Kai, pero esa sería la mentira más grande que podría decir. Kai es más poderoso aunque le lastime el orgullo decirlo y tiene mayores posibilidades para derrotarlo. Tanto en armamento como en equipo. La revelación divina llega cuando Percy mira los barcos piratas del hombre y siente que eso podría funcionar.

—Un Parley —dice, como si esa fuera la mejor idea del mundo.

Luke y Thalía le miran confundidos, pero el hombre se adelanta a Percy para explicarles.

—Es una regla del código pirata —dice el tipo, emocionado—. Cuando alguien pide Parley, los tripulantes están obligados a llevarle hacia el capitán sin lastimarlo —explica.

Thalía mira a Percy como si hubiera perdido los sentidos.

—Debes estar de broma —dice ella.

—Sólo así puedo conseguir información de su siguiente movimiento —dice, sabiendo que es algo arriesgado.

—¿Y cómo lo harás?

—Aún no lo sé —responde, pero le da una mirada suplicante a ella porque confíe. Y mucho.

Thalía le mira un poco cortada y luego asiente, prometiendo que le ayudará en todo segundo.

—Busquemos algo de comer antes de encontrarnos con Kai —organiza ella y los dos chicos le siguen.

Antes de irse, Luke agarra un poco de dinero y el Lambo de colección.

—¡No puedes llevarte eso! ¡Es mío!

—¡Ahora es mío! —presume Luke, sonriente—. Recuerda las reglas de los ladrones, hermanito.

—¡Devuélvelo! —se retuerce en su silla—. ¡Chispitas aún no puede desatarme!

—¡Pues enséñale! —le responde Percy, saliendo de su tienda luego de que Luke abriera un poco las rejas. 

—¡Desgraciados!

La risa de Luke es lo último que escucha el tipo antes de que ellos desaparezcan.

. . .

Le encantaría tener nervios de acero, fingir que todo está en orden y decir que no tiene miedo de nada. Este día se siente como un gran mentiroso. Abrazar la idea de enfrentarse al salvaje de Kai le pone la piel de gallina. No quiere decirlo, pero le gustaría que uno de sus hermanos que sí son dioses llegaran a apiadarse de Percy y le ayudaran. Es muy diferente ordenarle a los mestizos para que busquen alguna de sus pertenencias a pedir ayuda. Que un dios caiga a ese nivel es de avergonzarse y ser objeto de burlas por milenios en el Olimpo y en cualquier lugar donde exista la vida divina.

Ya debería haberse acostumbrado a eso, a ser humillado en todo sentido y a saber que nunca será de importancia.

¿A quién le importa que desaparezca el dios Percy?

Exacto, a nadie.

Intenta acobijarse en esa tarde calurosa mientras miran a los niños jugar en el parque y ellos están en una pista de patinaje que nadie usa. 

—Me gustaría ser profesor —dice Luke, viendo hacia el cielo un tanto anaranjado por el atardecer.

Thalía sonríe ante eso, como si ya lo hubiera escuchado. Ella está recostada mientras mira las figuras que crean las nubes en su honor. También hay auras, quienes saludan desde arriba y luego ríen porque consiguen la atención de la hija de Zeus.

—¿Porque de verdad lo quieres o porque eres un servidor leal a Annie? —ella lo golpea con su zapato y Luke se aguanta las ganas de sonreír.

—Porque es lindo cuidar a los niños. 

Thalía bosteza.

—Tienes material para ser amo de casa. Te quedarías horneando galletas mientras mamá Annie sale a pelear con sus planos —figura ella, logrando que Luke se sonroje.

—No es verdad —murmura, apenado.

—¿Hace cuánto la amas? —pregunta Percy, con un intento de no pensar en sus miedos.

Luke le mira sorprendido y luego una expresión de amor lo cubre como si perteneciera ahí.

—Desde que somos niños —admite.

—Se conocieron camino al Campamento, desde ahí son inseparables —dice Thalía con una voz burlona. Luke infla las mejillas—. Debiste verlos, ambos escupían miel cada vez que sea hablaban. 

—No es verdad —repite Luke, rojo como una fresa.

—"Oh, Annie. No sabes cuánto te amo. Me muero por ser el siguiente señor Chase" —dice la hija de Zeus con una voz llena de dramatismo.

—Cállate, yo nunca dije eso —se queja Luke, sin saber en donde enterrar la cabeza de la pena.

—"Quiero casarme contigo y que me enseñes a usar un lápiz porque nadie lo agarra como tú" —burla ella, logrando que Luke se le tire encima y ambos peleen como ratas por un pedazo de pizza mohosa.

Thalía se lo quita de encima con facilidad y le mira como si nunca pudiera ganarle. Luke sólo gira los ojos por verse derrotado.

—¿Qué hay de ti, Percy? ¿Has tenido pareja o algo? —pregunta Luke, más amable hacia el mortal.

Percy hace un ruido de disgusto y ambos semidioses le miran.

—No.

—Pero la historia dice que tuviste algo con Belona.

—Fue un vago intento. Y ella fue tan repelente, que estuvimos juntos por al menos un día —admite—. Lo demás fueron encuentros casuales.

—¿Cómo Ares y Afrodita? —pregunta la semidiosa.

—No, porque ninguno de nosotros estaba casado y no engañamos a nadie —dice. Es un golpe duro que lo igualen al nivel de ese asqueroso y calenturiento de Ares.

Sí, puede que Hefesto sea un tipo un poco extraño..., de hecho no tiene muchas cosas rescatables. Mira a Afrodita como un trofeo y siempre quiso gobernarla. Afrodita es una hija del mar también, libres por naturaleza e incontenibles. Ella odia el hecho de pertenecer a un dios que sólo la mira como su objeto de placer y no como ella quiere ser vista, como una diosa inalcanzable.

No es que le importe mucho, porque esos dos son de las peores combinaciones que pueden existir. 

—¿Y cómo es Belona? —pregunta Luke.

—Brusca como un toro. Fuerte y de mal genio. Celosa también —dice Percy. 

Qué suerte que ninguno quiso hijos.

Luke se queda un poco mal impresionado.

—Vaya —dice, reprimiendo lo que quizá realmente quería decir.

—Sí, bueno —suspira la semidiosa, despreocupada—. Hablemos de otra cosa. Suficiente con no morir con el amor que se tienen los señores Chase —menciona y Luke pellizca su pierna para que deje de hablar.

Percy no vuelve a decir nada luego de eso. Son los dos mestizos quienes se encargan de hablar mientras que Percy siente retorcijones en la panza del puro miedo.

Ojalá fueran retorcijones de diarrea.

. . .

El amuleto apuntó hacia Chelsea. 

Ahora está en una calle de mal estado, que apesta a basura y a sangre ya podrida. Frente a una puerta blanca con trazos de pintura, en mal estado y que grita óxido en sus esquinas, es iluminada un poco por un foquillo que titila ante lo desgastado que está. Ninguno quiere ver al fondo del callejón, ahí parece que llegarán al mismísimo reino de Hades a través de las montañas de basura.

Percy toma un respiro profundo antes de llamar a la puerta.

Una rendija se abre y un solo ojo le da la silenciosa bienvenida.

—Busco a Kai. Dile que soy Percy y que exijo un Parley.

El solo ojo se entrecierra y cierra la rendija. Luke pega la oreja a la puerta y luego, Percy hace lo mismo. 

Es poco, pero se puede escuchar un ajetreo al interior. Mesas moverse, gritos y más gritos, algunos indignados, otros ebrios. Hay más ruidos bruscos hasta que se detienen, como si la muerte se levantara de una silla y hubiera matado a cada uno de los que están adentro. Se pega más al metal y escucha las voces, una que pelean contra alguien hasta que suena un disparo al interior.

Luke los mira a ellos y parece aterrado.

—Sus armas. Estos tipos no son amables —recomienda. 

Percy siente a su espada en su bolsillo y el amuleto de Sally, que por alguna razón le hace sentir protegido. 

La puerta se abre y ambos casi besan el suelo, pero el tipo de un solo ojo se hace a un lado. Es alto como una maldita muralla, tiene una mueca permanente y su otro ojo está lastimado para siempre, consiguiendo que no pueda abrirlo. Lleva ropa de pelea y los puños con rastros de sangre.

—Sólo tú. Los otros esperan afuera.

—¿Qué? Pero-

—Afuera —gruñe, callando a Thalía.

La semidiosa parece dispuesta a carbonizarlo con rayos, más se mantiene porque no quiere provocarle más problemas a Percy. El mortal les da una sonrisa antes de cruzar por la puerta. El interior es un poco oscuro y huele a muchas cosas a la vez. Sudor, tabaco, orines. Se esfuerza por no concentrarse en eso y camina siendo escoltado por el tipo de un solo ojo. Le gustaría preguntarle su nombre, pero teme a recibir una escupida como respuesta.

Es un grupo enormes de personas. Mujeres musculosas y con afilados cuchillos, tipos de gran tamaño viéndolo como si quisieran descuartizarlo por diversión. Pero también hay monstruos ahí. Empusas, dracaenas y demonios, algunos sonriéndole como si fuera un apetitoso bocado. Quiere preguntarse el por qué hizo esto, pero ya no importa mucho. 

El tipo del ojo lo empuja hacia una silla que está junto a una mesa. Alguien azota un vaso con un líquido de dudosa procedencia, así que lo ignora porque no quiere terminar muerto por intoxicación. Está en un cuadrilátero, bajo una luz amarilla y rodeado por el cuerpo criminal de Kai. Bueno, ya está ahí. Debe aguantarlo.

Una risa llega desde un lado y cuando busca a quién pertenece, encuentra a un tipo flaco y alto, con la cara de un ladrón. Es claramente un ladrón y Percy lo recuerda muy bien. Fue un tipo que vivía cerca de unos muelles, pero no sólo robaba a los mercaderes. Violaba a las ninfas y las torturaba hasta que se aburría de ellas. Cuando Percy fue alertado, encontrarle fue fácil. 

Recuerda sus gritos donde imploraba por perdón, pero Percy lo asesinó, esperando que no se atreviera a regenerarse. Tal parece que se equivocó.

—El gran Percy, eterno protector de las criaturas —dice con una voz suave, pero en sus ojos se puede ver la necesidad de apuñalarlo—. Creí que morirías.

Percy lo ignora, esperando en su silla con absoluta paciencia a pesar de que en su interior se esté orinando de miedo. Respira profundo para darse fuerzas.

—¿Acaso no escuchas que te estoy hablando? —se acerca el demonio, empujando su cabeza con desdén.

Percy se mantiene, pero ese tipo no sabe lo que es un límite.

Se atreve a tomar el rostro de Percy con una mano y lo mueve hacia sus ojos sucios. 

—Mírame cuando te hable, pedazo de mierda.

Percy pierde noción de lo que está haciendo y cuando regresa el hilo, golpea la mano del tipo y su pierna lo patea en la entrepierna, levantándose para azotar su cabeza contra la mesa y destruyendo el vaso con el líquido dudoso. El tipo trata de alejarse, pero Percy le dobla la mano y vuelve a golpearle contra la mesa, haciendo que esta truene. Lo lanza al suelo y le asesta unas cuantas patadas, oyéndolo sufrir. Sonríe ante el dolor que el otro expresa, feliz de verle sin opción de defenderse.

Alguien lo toma de los brazos y lo alejan del tipo, quien se levanta y ante la posibilidad de golpearlo, le da un puñetazo bastante duro. Aún así, Percy con un poco de desventaja, logra golpearlo de nuevo. 

Un grito los detiene y cuando el demonio está por alejarse ante la orden, Percy le vuelve a golpear, negándose a perder. Lo deja en el suelo y los sirvientes de Kai lo vuelve a detener para que se mantenga a distancia.

Kai aparece entre la multitud y no se muestra afectado por el disturbio. Toma asiento al otro lado de la mesa e invita a Percy para que lo acompañe. El mortal se limpia la sangre que se desliza de su labio roto y le da una mirada despectiva al cuerpo del demonio, uno que no se ha recuperado del golpe.

Su medio hermano le mira en silencio. Su presencia logra que nadie hable, que todos mantengan un silencio obediente. Suspira y asiente en una pequeña derrota.

—Bien jugado —dice, como si le costara admitirlo.

Percy sabe que se refiere a declararle un terrorista ante el ojo mortal, logrando que todo el mundo lo busque.

—Debí imaginarlo, en la guerra todo se vale, ¿no? Olvidé que estaba peleando contra un dios de la guerra y no contra un simple mortal —en su mirada se puede leer el enojo, uno donde quiere matarlo.

Percy no sabe qué decir. ¿Podrías entregarme el tridente? Lo necesito para detener una guerra. Te lo devolveré. Prometo por el meñique.

No, eso suena muy mal.

—Escucha, Percy. No quiero que creas que voy a mentirte —le hace ver, teniendo una mirada mortalmente seria—. Te daré dos días para que regreses al Campamento y le digas a Poseidón que su tridente ya no regresará a su bella Atlantis. Si continúas intentando quitarme el tridente, la población del Campamento será quien pague por tu error. 

Siente como si miles de grados quedaran bajo cero en el lugar, como si los colores perdieran vida y la mirada victoriosa de Kai se hiciera más grande, aplastante. Está por decirle que puede morirse primero antes que ceda la oportunidad de ganarle cuando se detiene a sí mismo. No puede hacer eso. Sería lanzarse a su muerte en ese segundo y no tiene oportunidad de salir. 

Si Kai gana, entonces salvar al mundo caerá sobre sus hombros y no cree que pueda hacerlo.

«Regresa a mi reino con el tridente o muere intentándolo»

¿Está dispuesto a morir por intentar recuperar el tridente de Poseidón? Quizá no, pero...

Es la parte perfecta para limpiar su nombre. Para que todos sepan que incluso siendo un mortal, pudo patear traseros y cumplir con la misión. 

No le importa volver a ser inmortal de nuevo, suena idílico alejarse de los reyes y conseguirse su propia vida ahí en Nueva York. Es entonces que elige su siguiente movimiento.

Aún en la protección del parley, se levanta con una tranquilidad perfecta y le da una sonrisa a Kai, como si hubiese sido un encuentro de lo más amoroso y todo hubiera salido de maravilla. Extiende la mano y mira a Kai, sin que su expresión tiemble.

—Que gane el mejor. 

Kai parece que no esperaba esa sonrisa y cuando se queda por mucho tiempo sin moverse, Percy retira la mano y le da una última mirada antes de dar media vuelta y cruzar en la marea de asesinos, sabiendo que ninguno retaría la advertencia de Kai a no moverse. Con el culo hecho un nudo, sale por esa misma puerta de metal y la cierra tan rápido, que evidencia su miedo a estar ahí. Como gatos callejeros, Luke y Thalía caen de una ventana y lo arrastran sin decirle la razón de su escondida. Percy está por preguntarles lo que ocurre cuando el sonido de una explosión hace que el ruido nocturno quede opacado por ellos. 

—¡El museo de arte metropolitano! —le dice Thalía.

—¡¿Qué?!

—¡Kai llevará el tridente al museo!

Percy elige no preguntar otra vez, sabiendo que Kai ahora los tiene en su lista de próximos a morir con ese nuevo ataque.

. . .

Acampando en lo frondoso de un parque, los tres hablan con la luz de una linterna acompañándolos.

—¿Qué te dijo Kai? —le pregunta Thalía.

Percy les dice lo que vio y lo que le condicionó Kai. Luke pierde color y parece que colapsará al siguiente segundo.

—No —tiembla, aterrado.

—No pasará nada —les promete Percy, sonriendo a ambos.

—¿Qué quieres hacer? —Thalía frunce el ceño, preocupada.

—Pelearé con Kai en el museo y ustedes defenderán el Campamento. Pueden llegar más rápido con el taxi de las hermanas grises y-

—No —lo corta la semidiosa—. No te dejaremos aquí.

—Kai irá contra el Campamento —recuerda, comenzando a preocuparse.

—¡Podemos hablar con los chicos! —lo sacude Thalía por los hombros—. No vas a quedarte solo.

—Pero Annabeth y Nico y-

Luke toma su mano, sonriéndole a pesar de que la expresión no llega a sus ojos.

—Descuida. Nosotros hablaremos con Annie y con Grover. Nosotros te ayudaremos.

—¡Podrían morir! —espeta, ya en su límite.

Ambos parecen que han escuchado eso en otras ocasiones y en estas, la preocupación de Percy les parece adorable.

—Estaremos juntos. Nos elegiste-

—Ustedes interrumpieron —menciona.

Thalía sonríe con algo de culpa.

—Sí, bueno. No tenías mejores opciones —dice ella.

—Iremos al museo y detendremos a Kai —le promete Luke—. Sé que podemos hacerlos.

—Pero no podemos usar explosivos —murmura, sintiéndose mejor con la ayuda que le ofrecen los dos mestizos.

Luke suspira triste.

—Ya no tengo de esos —pucherea.

—Durmamos un poco —dice Thalía, logrando que ambos chicos asientan y se acomoden contra sus mochilas/almohadas para tomar un descanso.

Percy pasa la noche preguntándose si esa será de las últimas veces donde verá las estrellas. Debe admitir que Artemisa ha hecho un gran trabajo con el cielo nocturno.

. . .

Luke y Thalía fueron a buscar algo de comer, así que Percy se tomó la libertad de realizar una llamada Iris con Annabeth porque se siente muy responsable de decirle lo que planea Kai en dos días. Esos niños inocentes no merecen quedar bajo ese intercambio de fuego. Quirón lo expulsará de su tierra mágica una vez sepa que por su culpa Kai los tiene entre sus objetivos, pero no puede hacer más que disculparse con ellos y tratar de que no lo desprecien tanto. 

Es el peor dios de la guerra que pudo existir. Quizá su habilidad era gracias a sus poderes y no porque de verdad tenga el talento.

Annabeth aparece en la imagen nubosa del mensaje y parece entristecerse un poco de que no sea Luke quien le llama.

—Hola, Percy, ¿todo en orden?

—Me gustaría decir que sí, pero...

Ella borra la diminuta sonrisa que se dibujaba en sus labios, permitiendo una mueca de preocupación.

—¿Qué ocurre? —murmura.

Percy comienza a explicar y en cada segundo que pasa, siente que está hundiéndose más en su mala suerte y que realmente no tiene el derecho de decirles a los campistas que peleen de su lado porque gracias a sus malas elecciones, ahora ellos están en peligro contra Kai.

Aún así, la hija de Atenea no parece mostrarse con un profundo miedo, en cambio, se muestra bastante profesional y asiente una vez termina de escucharlo todo. Parece que en su cabeza ya está armando un plan que sea la perfección misma. Sus ojos color tormenta le devuelven una mirada pacífica.

—No te preocupes, nuevo mortal. Nosotros nos hemos enfrentado a varios ataques de Kai. Lo solucionaremos —intenta despreocupar, más no es suficiente porque Percy quiere arrodillarse -aunque ya lo está porque era la única forma de conseguir una llamada Iris- e implorar por perdón.

Aún así, no lo hace.

Ya no puede con otra humillación de ese tipo.

—¿Cómo está Nico? —pregunta a cambio.

La semidiosa mira hacia los lados, cerciorándose que nadie le escucha.

—Está mejor. Sus heridas sanaron, pero su voz no lo hizo —añade, un poco triste—. Si antes no hablaba mucho, ahora no lo hace por ningún motivo. El veneno mágico de las raíces lastimó su garganta y su antídoto personal no logró ayudarlo.

Percy siente que otra pena se añade a su lista, con la que las moiras lo juzgarán para darle su castigo por imbécil.

—Lo siento tanto —murmura, abatido.

Annabeth alza una ceja y luce ligeramente sorprendida.

—Nunca creí que vería a un dios disculpándose —dice, viendo a Percy como si fuera un intrigante experimento.

Percy intenta no avergonzarse más y se despide de Annabeth antes de que llegue Luke, o Thalía les lanzará burlas hasta hacer enojar al hijo de Hermes. Y Percy tiene hambre. La rubia promete que hablará con Quirón sobre la amenaza de Kai y les desea buena suerte para su misión en el museo de artes. Los semidioses llegan con bolsas de chucherías y Percy nunca se quejará de eso, al menos tienen sabores muy diferentes a los de Atlantis, así que le gusta imaginarse que está expandiendo su conocimiento en gastronomía terrana aunque sea con bolsas de papas fritas procesadas.

Mientras que ellos le sacan las palabras con cuchara por los nervios que siente, en su interior está planeando cómo interceptará a Kai en el museo y mantendrá alejados a sus sirvientes.

Luke se enoja por su forzoso silencio, queriendo que vomite sus preocupaciones sobre su desayuno express.

—Vamos con el hermano de Luke, quizá con él consigamos algunas cosas que nos pueden ayudar —prefiere decirles a admitir que está muerto de miedo.

. . .

—¿Cómo se atreven a regresar, malditos? —sisea el hombre, indignado.

—No preguntamos tu nombre, creo que sería lindo saberlo —le dice Percy, mostrando una sonrisa encantadora.

El hombre borra su expresión enojada y brilla de felicidad.

—¿Ah, sí? —casi brinca.

Percy asiente y el hombre parece halagado.

—Me llamo Gideon —se pavonea, logrando que Thalía parezca muy poco impresionada.

—¿Eres de la generación ochenta y seis? —pregunta Luke, jugando con un abanico de colección.

—Lo soy —Gideon sonríe orgulloso—. La mejor de todas. ¿Cómo lo sabes?

—A veces leo los registros para saber si hay legados en el Campamento —Luke se encoge de hombros.

—Quizá hayas leído las hazañas que hice en ese lugar. Yo fui quien le puso la peluca disco a Quirón con pegamento industrial. 

—Vi las fotos, algo de admirar —dice Luke, logrando que Gideon asienta presumido.

—De mis mejores logros.

—¿Esta coraza tiene compartimiento secreto? —dice Percy, creyendo que ya nunca vería de esas. Ares hizo que las descontinuaran porque hacían guerras muy injustas. Lo dice el dios que se enfrentaba a sólo mortales porque el resto de dioses siempre le pateaban el culo.

Percy siempre quiso usar una de esas, pero nunca fue posible porque tenía su propia armadura.

—Y es ajustable —dice Gideon, sabiendo las ansias de Percy por probársela.

No pasa un segundo para que Percy se la pase por el cuello. Ajusta las correas a su torso y siente los espacios vacíos donde irían las dagas ocultas. Es una belleza sin duda, incluso busca un espejo para admirarla en posición, sintiendo que regresa a los tiempos donde las guerras eran algo más cotidiano. 

—Es linda —dice la hija de Zeus, admirando el trabajo de fundido y los detalles con los que destaca de el resto de armaduras conocidas. 

—Lo sé —se derrite Percy, girando para verse mejor en el espejo—. Tienen espacios para esconder dagas de acero que son ligeras y su recubrimiento es tan firme, que puedes dar mil vueltas que nunca te apuñalarás. Además de sus correas que resisten al calor y sus bordes ayudan a que no se rompan fácil —explica como un completo aficionado. Descubre la mirada de Thalía junto a su sonrisa, como si viera a su hermano pequeño hablar sobre sus juguetes favoritos.

—Me quedé en que tiene espacios, pero es linda —sacude el cabello de Percy y camina hacia otro mueble, buscando algo que a ella le sea de beneficio.

Luke sigue hablando con Gideon y cuando está por tomar unas dagas pequeñas, descubre a Chispitas viéndolo por sobre un mueble. Recordando su pelea, el mortal le da una mirada de advertencia al animal y este chilla algo antes de brincar y escaparse a otro lado. 

—¿Y qué piensan hacer con Kai? —pregunta Gideon. Los tres comparten una mirada y continúan en lo suyo, negándose a responder—. ¿Por qué el silencio?

—¿Tienes bombas de humo? —pregunta Luke, cambiando de tema.

—Sí. En en ese pasillo —apunta hacia donde se ven unas porcelanas artesanales. Ante la falta de respuesta por su anterior pregunta, Gideon entrecierra los ojos.

—Creen que los delataré...

—Sí —afirma la semidiosa, probando una lanza medieval. 

Gideon hace una mueca ofendida y cuando trata de defenderse, una canción de Britney Spears interrumpe su charla. Pide un segundo con un gesto y responde su llamada.

Cuando cuelga, se aclara la voz y les mira en silencio, conteniendo un grito.

—Kai está aquí —Percy brinca cuando escucha el nombre del mestizo y los otros semidioses agarran un puñado de cosas y buscan la salida trasera—. ¡Oigan, ni se crean que estas cosas son gratis! —sisea por lo bajo, viendo hacia afuera de su comercio.

—Ponlo en la cuenta de Tritón —dice Percy, pateando la puerta para abrirla. 

Gideon se muestra enfurecido.

—¡Yo no lo conozco! —chilla, pero ellos ya están escapándose por la parte trasera para llegar al otro lado de la calle y buscar un lugar para esconderse. 

Percy los guía hacia una biblioteca que está lo bastante vacía como para que puedan organizarse mejor. Luke deja una pistola gancho en la mesa, bombas miniatura de humo, y estrellas ninjas. El el botín de Thalía hay una daga, unas esposas y dos disparadores de dardos. Ambos le dan sus armas a Percy para que las revise y les diga si estas funcionan o sólo son cosas de decoración. Se toma su tiempo para saber si aún son útiles, no quiere decir que si y que luego estos no accionen como deberían. 

—Tengo ganas de ir a un baile escolar —dice Thalía, viendo hacia una escuela de donde salen varios grupos de adolescentes—. Me gustaría terminar la escuela —murmura, un poco más triste.

—¿En qué año te quedaste? —le pregunta Luke.

Percy comienza a pensar que ellos son mejores amigos de campamento, pero que conocen muy poco de la vida del otro a como se esperaría. Quizá, esa etiqueta de "mejor amigo" para los semidioses aplica para quien te salva de ser comido por un monstruo, pero no porque se lleven una vida de conocerse. En ese punto, se siente un poco afortunado de tener amigos desde hace milenios. Conoce a Hermes como a nadie, a Artemisa como a una hermana, a Apolo y sus gustos por coleccionar pelucas. 

Eso le hace pensar que, al tener un límite de vida, los semidioses suelen ser más expresivos y abiertos con sus emociones, más volátiles en varios sentidos. Quizá por eso Kai...

¿De verdad Kai llegó a creer que moriría antes de que pudiera conocer a Poseidón?

Ese niño debió amar mucho la idea de que su padre fuera un dios griego, y quizá por eso se esforzó en destacar de entre los demás mestizos, para que Poseidón se enorgulleciera de señalarlo como su hijo. 

Cada vez que lo piensa, siente que vuelve al mismo final que ya había determinado. 

—Quédate con Sally —le dice Percy a Thalía, viendo a la semidiosa. Ella le mira, impresionada.

—¿P-Por qué haría eso? —se muestra nerviosa.

—¿Para que termines la escuela? —Percy alza una ceja y eso logra que ella se sonroje—. Me dijo que me quedara con ella, pero yo puedo quedarme en el Campamento Mestizo. 

—Pero Sally te quiere a ti —señala, aterrada.

—Puedo hablar con ella a través de mensaje Iris —se encoge de hombros. Por alguna razón no quiere que esos chicos tengan una adolescencia trágica. Si bien nunca será su obligación cuidarlos y estar detrás de sus pasos tambaleantes, no quiere que piensen que ellos estarán solos.

Que Thalía no termine la escuela es un pecado y algo peligroso. Ella debe construir su futuro dentro y fuera del mundo de los dioses. Todos los mestizos deben hacerlo para que no terminen como criminales inter-mitológicos.

—No lo sé —dice ella, pero en su mirada brilla el anhelo.

—¡Quédate conmigo! —dice Luke, mostrándose emocionado por compartir techo con su mejor amiga—. Podríamos vivir en el mismo edificio —sueña como un niño en pijamada.

Thalía abre los ojos enorme, apenada.

—No lo sé —vuelve a decir, pero se puede ver que la idea no le disgusta en absoluto. 

—¿Qué puede salir mal? —jadea Luke, triste porque su mejor amiga se niegue a creer en ese escenario.

—Que un dios envíe un ataque de monstruos o que los mismos monstruos nos busquen por ser hijos de dioses importantes o —Luke pone una mano en la boca de Percy, callándolo. 

—Te daré unos ejercicios de positivismo —promete, logrando que Percy alce una ceja mientras sonríe con la mano en la boca.

—No soy hijo de Apolo —aleja la mano de Luke de un manotazo, luciendo vagamente ofendido.

—¿Por qué usamos el ser hijos de Apolo como un insulto? —pregunta Thalía mientras ríe, acomodándose contra un librero.

—Porque es Apolo.

—Porque es Apolo.

Dicen los dos chicos al mismo tiempo, logrando que Percy golpee el brazo de Luke antes de que el otro lo haga. El hijo de Hermes suelta un grito ante su derrota.

—¿Qué haremos al regresar al Campamento? —pregunta Luke, buscando una bolsa de bolitas de chocolate que comparte entre los tres.

—Intentar no morir —dice Thalía, ya dormitando contra el mueble.

—¿No piensas llamar a tu hermano? —pregunta Luke, logrando que Percy mire a la semidiosa como si fuera una mentirosa enorme.

—¡¿Tienes un hermano?!

Thalía parece hundirse un poco.

—Sí... pero él es romano —murmura, como si eso fuera una verdad injusta.

Percy le mira un poco fuera de lugar. No lo entiende, más no intenta preguntar de nuevo. Thalía es muy lista y sabe leer su cara de culo.

—Zeus estuvo con mi madre, luego, Júpiter regresó y se quedó con mi madre otros meses más —explica de forma resumida, pero lo suficiente para que Percy se aguante las ganas de reír.

—Creo que tu madre fue la favorita de Zeus para que la haya visitado en sus dos versiones —dice y la semidiosa le da una mirada mortal mientras sonríe.

—Muy graciosillo —le lanza una piedrita al rostro.

—¿Tú tienes contraparte romana? —le pregunta Luke a Percy.

—¿Sí? No lo sé, uso el mismo nombre y me siento igual. Sé lo mismo y... ya —luce despreocupado por eso, como si no le quitara ni una pizca de tranquilidad.

—Sigues siendo igual de lerdo en tu versión romana y griega, tremendo paquete —dice Thalía con una sonrisa de diablo, consiguiendo que Percy le mire con profunda indignación.

—Si regreso a ser dios, haré que tu escudo se derrita —promete y la semidiosa le mira, ofendida.

—¿Cómo te atreves? —se mueve para golpearlo, logrando que Luke intente salvar a Percy de la furia de una semidiosa.

—¡Maestro Percy! —dice una voz chillona.

Los golpes de Thalía se detienen y Percy mira al diminuto sátiro que se inclina ante ellos en una profunda reverencia. Thalía y Luke miran a la criatura y sus ojos brillan ante lo adorable que luce el mini sátiro frente a ellos.

Percy quiere encogerse cuando escucha eso, más se esfuerza por ser amable con el sátiro. Aún le debe una disculpa a la ninfa a quien le rompió su ilusión. Fue un completo imbécil esa vez y se avergüenza de ello.

—Lamento interrumpir su momento de ocio, maestro. Las auras me dijeron que estaba aquí, por ello la razón de mi presencia —dice, acercándose con sus mini patitas mientras sonríe emocionado.

—Muy bien. Gracias por la visita —le dice al sátiro, con una sonrisa un poco incómoda.

—La ninfa Okalos dijo que usted estaba muy vivo y que derrotaría al oscuro señor Kai —dice el sátiro, con ojos brillantes—. Es usted un héroe, maestro. La inspiración para los miedosos como yo —dice, retorciendo sus patitas mientras aplasta sus orejas.

Vaya. Ahora sabe que si dice algo en lengua humana, las ninfas lo traducirán a lo opuesto. Debió decir que estaba feliz y que salvaría a Atlantis.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunta al pequeño sátiro. Su especie es una variante al sátiro que normalmente se conoce. Ellos habitan en los bosques alejados o a veces, en la ciudad. Se sabe que adoran la pizza y que si hay una pizzería, es porque quizá un mini sátiro es su gerente.

Verlos es un milagro, son escurridizos y las personas a veces los confunden con duendes de la fantasía humana gracias a La Niebla.

—Me llamó Champi —dice y Percy quiere reír porque eso es en lo que estaba pensando—. Es el diminutivo de Champiñón —explica sin que nadie se lo haya preguntado, más no pueden decirlo porque Champi luce increíblemente adorable con sus cuernitos y sus ojos de avellana.

—¿Y tú mamá se llama Aceituna? —pregunta Percy, con una sonrisa corta por lo adorable que le parece Champi.

Champi le mira sorprendido y casquea por las ganas de abrazar a Percy.

—¡¿Cómo lo supo, maestro?! —pregunta emocionado.

Percy estira una sonrisa porque no quiere lastimar la ilusión del sátiro.

—Mis poderes... —miente, más Champi luce como si eso fuera el regalo de la vida que estaba esperando.

—¡Lo sabía. El maestro Percy es el mejor! —celebra.

Percy mira a los mestizos y ellos están viéndolo como si fuera un mal mentiroso, pero también con ganas de reírse por la vaga fortaleza de Percy ante lo adorable de Champi.

—Por favor, ayúdeme —Champi se acerca a Percy y agarra su mano. Sus diminutas proporciones hacen que sus dos manos se sujeten de una de Percy—. Mi comunidad está siendo atacada por unas criaturas horribles. Tienen colmillos enormes y se están llevando a los nuestros —dice, casi llorando ante el dolor de que lastimen a su comunidad.

—¿Los están matando? —pregunta esta vez el hijo de Hermes, viendo con preocupación al sátiro.

—Sí —asiente el pequeño, viendo entre Percy y Luke.

El mortal siente que ha conseguido un nuevo propósito, no importa que sea por un momento, aún así no dejaría a esas pobres criaturas morir solas. Sus hermanos le enseñaron que al ser un dios, las criaturas buscarían su protección y magia, siendo así el origen de las ofrendas. Nunca le ha sido difícil ayudar a las criaturas, pero ahora, con su magia restringida, teme a fallar y destruir las esperanzas de esos pequeños seres. 

—Los ayudaré —promete, con su lengua funcionando primero que su cerebro. 

Champi se hincha de felicidad y comienza a arrastrarlo sin esperar más. Luke y Thalía agarran las cosas y comienzan a seguirlos mientras que Champi promete que serán recibidos como dioses en su comunidad. El tamaño del parque es un engaño para los mortales, porque desde lejos no se puede ver ese estanque cristalino y tampoco esos enormes árboles. A Percy siempre le ha fascinado cómo es que funciona la magia de Hécate en ese punto, logrando reducir las visiones o cambiarlas completamente. Luke esquiva unas ramas y Thalía casi besa el suelo por una parte fangosa, aún así, Champi no deja de llevarlos entre ese parque enorme. 

—Por allá se hacen los rituales de invierno, ahí está el santuario para Pan y a la par está el de Artemisa. ¡Oh, y ese es el observatorio! —dice, enseñando lo que sería una cueva cubierta de musgo.

—Muy bonita —dice Luke, logrando que Champi sonría feliz.

—Casi no nos visitan héroes, apuesto que harán fogatas —dice el mini sátiro.

—¿Ese es Zeus? —dice Thalía, señalando hacia una estatua.

—Lo es, joven maestra. Le dejamos ofrendas cuando necesitamos de su lluvia para nuestros bosques —dice Champi, aún así, sus orejas bajan un poco tristes—. No ha escuchado nuestras plegarias y el verano está siendo un poco intenso. Quizá debe estar muy ocupado, es el rey de los dioses —su voz es un intento para relajar su preocupación.

Thalía hace una mueca y mira hacia la estatua, como si quisiera lanzarla al suelo y partirla con sus rayos.

—Vengan, vengan. Estamos a pocos metros —promete Champi, sin soltar la mano de Percy. 

Al ir agachado, Percy se detiene y carga en sus brazos a Champi, quien parece eternamente feliz. Mueve su colita y señala con su mano hacia donde deben seguir. Cuando pasan bajo el arco de ramas, llegan hacia una ciudad de casitas de piedra y musgo, como salida de los cuentos fantasiosos. Ahí, existen más mini sátiros que llevan cestas con frutas, hongos, vegetales, flores silvestres, tinajas con agua y barriles de licor. 

Al verlos llegar, la pequeña ciudad se detiene y no les quitan la mirada de encima, fascinados con ver a tres seres del exterior en su comunidad. Champi abandona los brazos de Percy y como si no quisiera alejarse, se aclara la voz y sonríe enorme.

—¡El dios Percy y dos héroes mestizos están con nosotros! —presenta y los jadeos no se hacen esperar.

Los pequeños sátiros dejan sus cosas y corren para acercarse, emocionados de conocer a cada uno en persona. Hay crías de pocos meses, pidiendo la atención con sus gritos agudos y sus manos aún más pequeñas. Sátiros que ofrecen vasos con agua y ron, las madres dejando coronas de flores y los ancianos estirándose la piel alrededor de los ojos para saber si es real lo que miran.

Thalía es decorada con una corona doble que lleva hojas de laurel y un collar de piedras lunares. Unos sátiros dejan en Luke un chaleco de color gris brillante y le ponen dos brazaletes de flores entrelazadas, al estilo de las coronas. A Percy le colocan collares de piedras azules y una corona de algas frescas. Le gustaría preguntar cómo consiguieron las algas tan rápido, pero a las criaturas mágicas es mejor no desmantelarles los secretos, o podrían morderlo. 

Los hacen colocarse en distintos puntos y las flautas ceremoniales comienzan a sonar mientras que los tambores acompañan al fondo junto a las maracas. Champi se coloca al medio, pidiendo el permiso para hablar. Su comunidad le mira expectante, emocionados por saber más sobre sus visitas.

—¡Estos valientes héroes nos ayudarán con las criaturas de la noche! ¡El miedo para nosotros se acabó! —proclama y los gritos de festejo se levantan como los muertos de una tumba en Halloween. 

Percy mira a los mestizos y ellos lucen igual de nerviosos por haber accedido a ayudarlos. No tienen tiempo realmente.

—¡Despertemos a la fogata. Nuestros héroes merecen un banquete! —dice una anciana de la comunidad y todos comparten su idea.

En pocos segundos y con ayuda de un encendedor para cigarros, la fogata es encendida en ese atardecer, proponiendo que todas las casas saquen sus mejores conservas y que se unan a la comida. Champi y la señora Aceituna se encargan de ver por la comodidad de ellos y mientras que sus caras son iluminadas por el fuego rojo y puro de la fogata, los habitantes comienzan a asar sus vegetales y a condimentar sus champiñones en salsa casera. Nada es de origen cárnico, y el mortal recuerda que la dieta de esas criaturas se basa en hierbas, miel y queso. Ellos no comparten el gusto de comer metales y algunos desechos como los sátiros que viven en el Campamento. Ellos, al ser amantes de la pizza, han desarrollado un paladar más humano, pero nunca se les verá comiendo carne. Ellos hacen sus pizzas al estilo margarita, hawaiana (la favorita de Percy por defecto), vegetariana o sólo de queso. Aún así, las filas son largas en sus restaurantes.

Percy disfruta de comer queso y miel, pasándola de pelos mientras escucha la música de festejo y mira a Luke siendo abrazado y comiendo toda la fruta y los vegetales asados que le llevan. A Thalía le adoran como a una diosa, con los mini sátiros inclinándose frente a ella y retrocediendo aún inclinados. Tiene dos escoltas y le llevan su comida en cuencos de madera. Percy está comiendo en la mano y con una hoja porque así es más fácil.

Los sátiros comienzan a bailar alrededor de la fogata, mencionando el nombre de la diosa Hestia. Luego agradecen a Deméter por su bosque y los alimentos, terminado en glorificar la existencia pasada de Pan y las maravillas que creó. Percy sonríe al verlos tan felices y emocionados, recordando a los festejos que se armaban por días luego de una victoria en guerra, donde cantaban su nombre y llenaban sus templos con ofrendas. Desde los tiempos antiguos, gracias a una estadística de Atenea, se reveló que Percy era de los dioses más venerados, superando a varios olímpicos por mucho.

Sin esperarlo, la noche cae y Percy en su cuerpo mortal comienza a experimentar un poco de sueño.

—Champi —llama al mini sátiro, uno que llega y se sienta en su regazo. Percy se siente como el tipo que se disfraza de Santa Claus y se la pasa oyendo niños que huelen a orines en el centro comercial—. ¿Hay algún lugar donde podamos dormir? —pregunta, viendo que los mestizos están parpadeando para ahuyentar el sueño.

—¡Lo hay, maestro Percy! —dice, tomando su mano para arrastrarle. Percy llama a los dos mestizos y mientras que parte de la comunidad los acompaña a que puedan acomodarse, es entonces que Percy se pregunta cuáles son las temibles criaturas por las que escapan los sátiros. No se anima a preguntar porque... dioses marinos, se muere de sueño.

Ahí, en la protección de la comunidad, su cuerpo se permitió relajarse y ahora quiera dormir todo lo que no ha podido en sus noches de nervios.

Los ronquidos de Thalía se escuchan de primero y luego, en la bruma de la noche, Percy descubre que Luke lo está abrazando mientras duerme profundo. No tiene el corazón de moverlo, así que se aguanta los ronquidos del semidiós también, arrullándose con ellos. Igual, no es tan diferente a cuando dormía entre las ballenas.

Es cuando comienzan los sueños que su momento de relajación deja de ser perfecto.

Está en una playa, donde la brisa azota su rostro y la tormenta se mira a segundos de tocar tierra. Está en medio, a un lado del mar furioso y siendo golpeado por la lluvia agresiva. Quiere escapar, refugiarse en alguna parte para no sufrir, más no puede porque sus piernas están atrapadas entre la arena. El miedo sube, paralizando su cuerpo hasta convertirlo en piedra.

Siente el sudor correr por su espalda, humedeciendo su cuerpo junto a la lluvia. La mezcla de sensaciones le dejan fuera de juego y su corazón mortal late demasiado rápido, volviéndolo una criatura en peligro, que está por escaparse de ahí sin importar las heridas que se haga.

—Entrégame tus poderes —la voz de Kai se escucha, asustándolo de gran manera. Mira hacia atrás y el miedo corrompe entre sus venas. 

Se remueve con miedo, intentado escaparse, pero la risa de Kai le hace sentirse débil y con ganas de llorar.

—Será mejor que te rindas. Así será menos vergonzoso —le dice Kai, acercándose entre la arena.

—¡No! —grita cuando siente la mano de Kai en su hombro, retorciéndose.

—¡Entrégale tus poderes, Percy! —la voz de Anfitrite suena al otro lado, regañona y cruel.

—Hazlo, Percy —le ordena Poseidón, a un lado de su madre. 

Negándose a rendirse ante ellos, dispuesto a pelear, Percy intenta alejar la mano de Kai, pero esto este le gana en fuerza y comienza a extraerle su magia como si fuera una aspiradora. El dolor que le provoca es indescriptible, es tan profundo que siente que la sangre brota de sus ojos y que su cuerpo se desintegra.

Sale del sueño en un golpe brusco, levantándose en un limpio movimiento. Escucha el quejido de Luke, pero el semidiós no muestra señales a despertarse. Respira profundo para calmar sus latidos rápidos, sintiendo el sudor bajar por su cuello y desapareciendo entre su camisa. Abraza sus piernas y esconde su cabeza entre ese espacio, esforzándose por calmar su miedo de manera rápida para no alertar a nadie de los que duermen.

Soñar en que sus padres le obligaban a darle sus poderes a Kai le rompió el corazón de gran manera. Se niega a darle lo que le pertenece de nacimiento a un tipo con la cordura floja. Se trata de consolar, pensando en que sólo fue un sueño y que nada fue real. Cuando el mal momento pasa, se anima para regresar a dormir, no conseguirá nada con angustiarse de esa manera. Además, no debería sorprenderle si sus padres expresan su preferencia hacia Kai. Pero no significa que eso no le corroe profundo.

Mira hacia el estanque y siente una imperiosa necesidad por acercarse y tirar una dracma de oro.

Se arrastra y por la luz de la luna, sabe que no podría hablar con quien desea. Aún así, recuerda que esa persona tiene ciertos poderes especiales, así que hace un intento lleno de esperanza. Buscando un alivio entre el conocimiento de otro.

Lanza la moneda a la sombra de un arbusto, pero sigue viendo el círculo de oro bajo la sombra. Sus esperanzas mueren con eso, por lo que se acerca a tomarla. Su mano sólo llega a tocar el césped húmedo por la noche, sorprendiéndolo un poco.

La sombra comienza a temblar y de ella, con su rostro pintado por la luz de la luna y con enormes ojos preocupados, el rostro de Nico aparece mientras le mira en silencio. 

—¿Nico? —pregunta de una forma que se le antoja como si fuera el imbécil más grande del mundo.

El semidiós, por extraño que parezca, le sonríe y parece aliviado.

—Dioses, no creí que funcionaría —ríe para sí mismo, felicitándose por confiar un poco.

Nico mantiene su sonrisa pequeña, viéndolo con total atención.

Ante su silencio, Percy le mira un poco fuera de lugar y es cuando recuerda lo que le dijo Annabeth sobre el hijo de Hades.

—Cierto, no puedes hablar mucho.

Nico niega con la cabeza, aún así, se muestra dispuesto a escucharlo.

—Y-Yo... llamé porque... —no se atreve a decirlo, más la compasión que hay en la mirada oscura de Nico logra animarlo—. Tuve una pesadilla.

Nico frunce el ceño ligeramente y hace una mueca, como si quisiera hablar.

—Kai me exigía mis poderes y mis padres me obligaban a dárselos —resume, excluyendo las ganas de llorar que sentía mientras Kai le robaba sus poderes.

Nico parece muy triste por lo escucha, queriendo serle de apoyo.

—¿Alguna vez has soñado algo como eso? —pregunta.

El hijo de Hades asiente sin dudarlo.

—¿Fue sobre Perséfone? —pregunta, sintiéndose un poco mejor. Nico repite su acción y Percy comienza a imaginarse las noches en las que Nico sufrió de miedo al soñar con la loca de su madrastra. Ojalá pudieran estar en el mismo espacio para abrazarle o al menos sentirse un poco más cerca.

—¿En d-donde-? —Nico se esfuerza por terminar, pero Percy lo detiene.

—No lo hagas, puedes lastimarte —se preocupa. Nico muestra una sonrisa y debe hacer un poco de calor en el Campamento porque luce un poco sonrojado—. Estamos en una villa mágica de unos mini sátiros —cuenta, logrando que Nico se muestre atraído por su aventura.

El mortal se pone cómodo frente a la sombra y comienza a relatarle a Nico en voz baja sobre cómo Champi los encontró y les dijo que eran sus nuevos héroes. Nico le escucha con atención y sonríe cuando le enseña sus collares y coronas. No sabe cuánto habla con Nico, pero cuando descubre, su corazón late de manera normal y todo se siente mucho mejor. Ya no hay nervios y su miedo es casi un recuerdo lejano.

—Lamento lo que ocurrió, no quería que Kai te lastimara —dice, mortalmente apenado. Nico luce como si nunca hubiera esperado eso y cuando está por hablar, Percy le pide que no lo haga—. No debes preocuparte, es mi culpa que Kai te atacara. Debía ser más cuidadoso.

—No —susurra Nico, pero no consigue terminar.

—Descuida, no te esfuerces —le pide al semidiós—. Buscaré una forma de ayudarte a recuperar tu voz —promete y Nico le sonríe, conmovido.

Asiente y con ello, logra que Percy pueda sonreír un poco más ligero.

—Te veré luego.

El semidiós sonríe un poco más grande y parece feliz ante las palabras de Percy. Mueve una mano para despedirlo y la sombra destruye la imagen de Nico, dejando a Percy viendo un arbusto de arándanos.

Agarra uno y se lo come antes de buscar el sueño otra vez.

Está por acurrucarse en su cama de paja cuando escucha un chasquido a unos metros. Si bien podría ser un sátiro que fue a su orinada nocturna, puede que se trate de alguna cosa que esta irrumpiendo en la comunidad. Bien, ese puede ser un pensamiento un tanto desalentador, pero por las cosas que han vivido en esa semana y días, pues no tiene muchos ánimos de ser alguien positivo. Bueno, no es que se trate de una gran misión ahora que lo ve desde un lado más pacífico. Reflexionar en la noche está siendo de sus actividades favoritas en esa misión, robarse sus horas de sueño mientras mira el techo y su pintura ya sucia. Aunque ahora está al aire libre, rodeado por miles de ronquidos y orejas peludas. 

¿Cómo terminó ahí? Le gustaría saber y no debería aceptar cosas mientras sus ánimos están despiertos. Si bien siempre intentará ayudar y honrar el título con el que nació, a veces se arrepiente de convertirse en voluntario divino.

De pensar y pensar, sea lo que sea que estaba por descubrir qué era, pues ahora está arrastrando a un sátiro mientras este grita a todo pulmón. Su cuerpo se catapulta para levantarse y busca el camino de los gritos. Su espada (una que se está ganando infinito amor), aparece en su mano y reluce como una estrella de bronce en su mano, iluminando una pequeña parte. Los gritos aterrados del resto de los mini sátiros lo cargan de adrenalina y de su mano sale disparada Contracorriente, siendo una flecha rápida para lastimar a la criatura que se está robando a su próxima cena.

—¡Champi! —el grito desgarrador de la señora Aceituna resuena por el bosque. Percy siente que algo le ha drenado la sangre y ahora lo corrompe la angustia.

Está por correr cuando el grito de Thalía lo detiene.

—¡Lleva eso! —le da un arco y un caraj con flechas. Ella sólo necesita su escudo y su espada. 

Luke llega a trompicones y sin esperar a que el monstruo huya más lejos, Percy lo sigue junto a los semidioses, quienes corren un poco tambaleantes porque acaban de despertar. Percy no, todavía estaba fresco de su charla nocturna con Nico. Alejan las ramas y brincan los troncos en el suelo, escuchando los jadeos de la criatura y los gritos de Champi. 

Llegan a una autopista, donde cruzan los autos a alta velocidad por lo libre del camino. De lejos, luce como un tumulto de pelos y peste a desagüe, que corre a cuatro patas y tiene la fuerza de un camión, porque deja el suelo del bosque marcado con sus pisadas. Thalía dispara unas flechas, pero estas no logran herir a la criatura. Gracias a la oscuridad de la noche, pueden seguirlo por la luz que emite Contracorriente al estar incrustada en la piel de esa cosa. Es como la antorcha que los guía para salvar a Champi. Luke le lanza piedras, logrando que gruña.

—¡No hagan eso, me aprieta la pancita con sus dientes! —dice Champi, viajando en primera clase entre el hocico de esa criatura.

—¡Lo siento, Champi! —le dice Thalía.

—¿Podríamos separarnos? —jadea Luke.

—No —responde Percy—. Podrían perderse y no sabemos si hay más de esas cosas alrededor.

El ulular de un búho sobre ellos hace que Luke mire hacia la copa de los árboles y busque a su observador. Percy apuesta que eso lo hizo pensar en su novia, ya que los búhos son los animales sagrados de esa estirada de Atenea.

La cosa les saca ventaja de unos metros, pero el miedo a que Champi sea lastimado hace que Percy apriete el paso sin importar que sus piernas duelan. Por la hora que es, cerca de las dos de la mañana, puede que no hayan muchas personas y si alguien los viera, por la magia de La Niebla, quizá vean a un trío de adolescentes persiguiendo a su perro en las calles. 

Esta vez, Percy hace uso de su habilidad en arco y flecha y dispara su primer proyectil, lastimando una pata de la criatura. Esta gruñe grave y corre hacia un callejón. Contracorriente, todavía en su muslo, es como si le dijera a Percy que no se atreva a dejarla con esa cosa. Entran a un callejón con miles de contenedores de basura, las gradas húmedas para incendios, un mural al fondo y un vagabundo durmiendo entre unas cajas. 

Como si hubiera salido del mismo Inframundo, la cosa escala por los contenedores y brinca el mural con una habilidad de envidia. Percy se niega a dejar a Champi y a su espada, así que se empuja con sus zapatos resbalosos y se agarra en el mural con sus manos mortales, unas que arden por el esfuerzo y porque la piedra de la pared lastima su piel frágil. Patalea y logra llegar a la cima de la pared, midiendo si ese brinco le dolerá a sus piernas mortales. No le importa, se desliza pegado a la pared para tener un poco de agarre y que no sea una caída tan brusca. Unos gatos se asustan por el ruido y salen de entre unas bolsas, asustándolo.

No quiere sentirse mal, pero la facilidad que muestran Thalía y Luke para brincar la pared y lucir enteros lo hacen sentirse un poco avergonzado, preguntándose si debería mejorar su condición. Hace a un lado esa preocupación y sigue persiguiendo a la cosa, que llega hacia otro parque y cruza como gacela por las calles, llegando hacia las instalaciones de una feria que aún se mantienen en proceso de armado. 

Las paredes de red no los dejan pasar y como la tecnología humana no puede registrar a la magia de las criaturas, pues no acciona las alarmas de seguridad. 

Luke corta con su espada la red y se gira a verlos con una sonrisa.

—Hijo del dios de los ladrones —presume—. Tomen mi mano, yo iré al medio —dice y Percy se coloca al frente.

Pasan por el agujero y es como ver una ciudad en su punto de muerte, no hay nada ahí, sólo los enormes mecanismos de los juegos. Pasan entre los lugares de lo que serán los puestos de juego y los caminillos de césped. Está la rueda de la fortuna, el carrusel, el túnel de los enamorados, juegos de tiro al blanco, los carritos locos y tantos juegos más que sería lindo visitar esa feria cuando ya esté activa.

Luke busca una linterna en su mochila y mira entre los callejones improvisados por las tiendas de los juegos, con la aflicción de encontrar el cadáver de Champi. Un ruido alerta a los tres y con una velocidad impresionante llegan al lugar de donde provino, encontrando a Champi levantando la espada de Percy con una patita herida y llorando de miedo. La criatura le gruñe, mostrando sus afilados y enormes colmillos.

Percy agarra su arco y tres flechas a la vez, apuntándolas tal y como se lo enseñó Artemisa hace ya unos siglos. Ella es muy recelosa para enseñar sus trucos y Apolo es medianamente bueno con el arco, así que luego de muchos años con Percy implorándole a su mejor amiga para que compartiera sus conocimientos, ella accedió, siendo una maestra increíble, pero enormemente estricta.

Dispara y espera con todas sus vagas esperanzas a que lastimen a esa cosa. 

Los gruñidos de dolor le hacen ver que obtuvo una pequeña victoria y cuando la criatura se gira a verlos, es como conocer una versión mutante de un perro negro con estilo de hombre lobo y colmillos de dragón. Claro que conoce a esas cosas y son perros del Inframundo, criaturas asquerosas que viven en las partes más salvajes del Inframundo y que a veces, los comerciantes del mercado negro divino usan para torturar a sus enemigos. Su dieta principal, como la de cualquier depredador, es la carne. Champi debe lucir como una cena muy apetitosa, al igual que ellos tres.

—No dejen que los muerda, sus colmillos son venenosos —le advierte a los otros dos, quienes levantan sus escudos para tener algo con qué defenderse.

El perro del Inframundo se lanza hacia ellos y gruñe con sed de venganza cuando está cerca de Percy, quien debe esquivarlo al girar por el suelo o sus garras le habrían cortado el rostro. Thalía lo golpea con su escudo en lo que sería el cuello, logrando que truene y que el perro intente morderla. La criatura es rápida, letal con sus colmillos y al ser atacada libera toda su energía por el miedo a morir. Luke le golpea el ojo con su garrita de pistola y cuando está por atacarlo, Percy le lanza una piedra hacia la boca, aturdiéndolo. 

Cuando está por girarse hacia Percy, el mortal le dispara dos flechas con una rapidez que ni siquiera sabía que tenía. Una flecha corta en su hocico y otra pasa cortando por su cuello. A Artemisa le daría un infarto de ver su mala puntería, pero es lo mejor que puede lograr al ser un humano. El rugido furioso de la criatura hacen que Percy comience a preocuparse, porque esa cosa lo buscará y tratará de matarlo. 

Thalía lo golpea de nuevo con su escudo en el hocico, dejándolo un poco fuera de juego. Percy encuentra una cuerda en el suelo y la toma, importándole poco lo que pueda ocurrirle. Hace un nudo digno de pirata y atrapa la cabeza del perro, tratando de rodearlo con la misma para que no pueda moverse ni un segundo. Luke corre hacia Champi, quien está acurrucado contra el suelo porque no quiere ver el baño de sangre.

Una vez amarrado, Percy cubierto de tierra por la sacudida que le dio esa criatura y con la camisa húmeda de sudor, se anima a creer que ese perro no podrá perseguirlos.

—Será mejor encargarnos por completo —dice Thalía, sujetando su espada mientras mira al perro con enojo.

—¿Creen que hayan más? —pregunta Luke, inquieto. Entre sus brazos lleva a Champi, quien sostiene como a su salvavidas a la espada de Percy.

—No sería extraño —dice Percy, alejándose un poco mientras que Thalía eleva su arma y apuñala al perro del Infierno, dejando que se convierta en la brillantina.

—Regresemos, no quiero-

—¡Policía de Nueva York! ¡No se muevan! —la voz estridente del policía suena detrás de ellos, apuntados como faroles con las linternas del resto de policías.

Debe ser una escena para preocuparse. Tres chicos apuñalando un perro mágico y sujetando a una mini cabra. Los policías deben estar pensando que las donas que comieron estaban vencidas. 

—¡Muestren sus manos! ¡Ahora! —el oficial los apunta con su pistola, gritándoles a todo pulmón. Percy aprieta los ojos y reprime un suspiro, girándose hacia los oficiales mientras intenta parecer obediente—. ¡Al suelo! 

—¿Qué? —refuta Luke, viéndolos como si fueran imbéciles.

—¡Dije al suelo! —el enojo en su voz hace que sus compañeros apunten con sus pistolas también.

—Quizá necesiten lentes. Porque es muy claro que tiene las manos ocupadas —señala Percy, viéndolos de la misma forma que Luke.

—¡Silencio! —la mirada iracunda del oficial es retadora, logrando que unas ganas enormes por hacerlo enojar más hagan que Percy sonría—. ¡Al suelo, ahora! 

—Entrégale a Champi —le dice Thalía a Luke, quien da un paso para acercarse a Percy. El mortal sólo quiere que los otros tres estén a salvo y que no corran peligro. 

—¡No se muevan! —el oficial dispara hacia el cielo, logrando que Thalía se estrese más y que libere su escudo para protegerse.

Los policías cargan contra ellos y cuando están cerca de Thalía, ella parece enervarse y ponerse furiosa.

—¡Suéltame! —se retuerce, pero el oficial que la sujeta está siendo un maldito.

Percy mira la cercanía peligrosa entre ellos y recuerda lo que siempre le ha dicho su hermana Rodo. Siempre debe salvar a una dama que se muestre en peligro o incómoda, no sabe de qué podría salvarla. Percy ha vivido y ha visto lo suficiente con el esposo de su hermana, quien es un imbécil con ella y siempre la usa como un objeto para alardear que forma parte de la familia atlanteana. Percy ha tenido muchas peleas con ese tipo y en cada una, tiene la satisfacción que le ha herido como desea. Ese tipo siempre lo esquiva en las fiestas reales y como Cimopolia se refugia en su cercanía, su esposo se mantiene a kilómetros de ella.

El oficial está registrando el cuerpo de Thalía sin respeto alguno mientras otro la sostiene. Luke está siendo atrapado por otros dos y Champi está buscando dónde esconderse. Percy siente la furia bullir en su cuerpo y no sabe que está sobre ese policía hasta que siente sus puños reventando su nariz y a su compañero tratando de apartarlo. Mientras lo aleja, Percy le da una patada en la cara y puede ver algunos dientes saliendo de su asquerosa boca.

Thalía se mueve y Luke, al ver que su mejor amiga está siendo atrapada por otro guardia, su fuerza de semidiós sale a brote y se logra escapar de sus captores para acercarse a Thalía y ayudarla. Percy le da un cabezazo a quien lo sujeta y el oficial gime de dolor. 

—¿Te hizo algo? —le pregunta Luke a la semidiosa, quien aprieta las manos y se muestra muy indignada.

—No —tiembla de enojo.

—¡¿Acaso quieres morir?! —le pregunta el mismo policía del inicio a Percy, tratando de atraparle contra un farol de la feria. 

—Dile a ese imbécil que no toque a mi amiga —Percy es como un gato furioso peleando contra el policía, peleando a retorcijones con el mayor mientras que Luke pelea con el que sujetaba a Thalía.

—¡Voy a matarte! —le dice mientras lo golpea sin piedad. 

Al verse en peligro y con el resto de guardias acercándose, Thalía se arranca el miedo y pelea con otros a puño limpio, noqueándolos con su escudo por el enojo que crece en su pecho. Sabiendo que están en peligro, la semidiosa libera una carga de rayos, apuntando justo a los oficiales y dejando a salvo a sus amigos. El cielo truena ante la furia de la semidiosa y ella respira fuerte del enojo, tratando de relajarse para no iniciar una tormenta.

Dos autos de policías derrapan frente a ellos y ver a varios oficiales en el suelo mientras ellos están heridos y a segundos de escapar, sólo consigue que sean rodeados y que esta vez, sí logren llevarlos con ellos en sus autos. Llegan a la comisaría y la tranquilidad se rompe cuando uno de los policías ríe emocionado y los sienta en las sillas de espera.

—¡Marnie! —llama a uno de sus compañeros—. Estos chicos le patearon el trasero al escuadrón de Óscar —ríe cuando su compañero se acerca al escuchar su nombre.

El otro policía ríe fuerte y disfruta. Mira sobre el mesón y se muestra sorprendido de verlos como tres menores.

—¿Drogas? —pregunta despreocupado a que ellos le escuchen.

—No. Curiosos de la feria —dice el oficial que los llevó. Se aleja del mesón y se marcha tarareando una canción del momento, la misma que Percy ha escuchado en todas las calles de Nueva York.

—¡No voy a ir. Mi esposa me matará!

—Y mi superior me matará a mí por no llevarte —le dice un oficial a un hombre ebrio, quien está cubierto de sudor y vómito.

—¡Te pagaré lo que sea. Te daré mi auto!

—Tú no tienes auto y podría hacer que tus días se alarguen más aquí por intento de soborno —el oficial arrastra al hombre por los pasillos de la comisaría y sus aullidos retumban por el lugar.

—Vengan ustedes tres, les tomaré datos —dice una mujer oficial, guiándolos hacia una sala donde los hacen sentarse y esperar a las preguntas reglamentarias.

Percy es el primero.

—Nombre —le pide un policía al tamaño de un pulgar y con un bigote espeso de Santa Claus. Percy quiere pedirle como regalo el tridente de Poseidón.

—... Percy —murmura, dudando si dar su nombre verdadero. Podrían pensar que les está gastando una broma. Los nombres de los dioses se usan para mascotas o lugares, son pocos los que se registran con esos nombres y si es así, los padres de ese bebé deben ser fanáticos de la mitología. Extremadamente fanáticos.

El hombre escribe y luego vuelve a verlo. Por su falta de respuesta, entrecierra los ojos.

—Nombre completo —indica.

¿Qué apellido puede decir? No tiene alguno de referencia, a penas si sabe cuáles son los que usan los humanos en la actualidad. ¿Maxiplotes? Dioses, eso suena como píldoras para estimulación sexual. El recuerdo llega como la salvación de las musas, logrando que casi sonría por la opción que le es presentada. 

Jackson.

Sally usa ese apellido, lo vio en el nombre de su credencial estadounidense cuando ella le mostró que era la "mortal" más mentirosa del mundo. Y no podrán relacionarlos, Sally nunca a registrado un hijo, así que lo tomarán como algo y cuando no encuentren su origen, Percy ya estará muy lejos. Mira al oficial, que espera ya sin pizca de paciencia.

—Jackson —pronuncia y el hombre mira a su compañera, con quien comparte una mirada dudosa.

Ella alza sus cejas, sin atreverse a decir lo que quiere y deja que su compañero apunte el nombre que le dio Percy.

Luego de escribir y darle un trago a su café, el hombre vuelve a hablar.

—Edad —pide y Percy le da una mirada en blanco.

¿Debería decirle que tiene más de cuatro mil años de edad?

. . .

Al ser menores, están en una celda aparte, lejos de los ebrios y criminales que les miran desde el otro lado.

—¿Cómo saldremos de aquí? —pregunta Thalía.

—No lo sé. Somos un trío de disléxicos, no hay muchas formas —dice Percy.

—Yo no soy taaan disléxico —dice Luke, pero la semidiosa alza una ceja y elige no comentar.

—¿Tienes alguna bomba secreta bajo tu ropa? —le pregunta Percy a Luke.

El hijo de Hermes le hace una mueca con ganas de llorar y Percy traduce eso como un no. 

—¿Y si quemamos la comisaría? —dice la semidiosa, viéndolos con ojos de violencia.

—¿Tienes un cerillo? —le pregunta Percy, emocionado.

—No —le dice ella, pero luego añade—, pero tengo rayos —sonríe.

—Ni se les ocurra, esto no es parrillada para ver quién enciende el carbón —dice Luke, regañándolos—. Podremos usar algo como-

—¿Acaso crees que papito Hermes vendrá a salvarnos? —Percy alza una ceja y mira divertido a Luke. 

El hijo de Hermes se desinfla y gruñe algo.

—Claro que no —sisea.

—¿Podrías inundar el edificio? —le pregunta Thalía a Percy.

El mortal aplana los labios y arruga la nariz.

—Creo que olvidas una parte importante, rayitos —le dice, huraño.

Ella le empuja del hombro y chasquea la boca.

—Puedes hacerlo. Es imposible convertir a un dios en completamente mortal —dice ella.

Percy bosteza desinteresado y busca algo que pueda servirles.

—Creo que esa regla sólo aplica si eres hijo de Zeus, ya sabes, favoritismos —dice y Luke lanza un ronquido para no reírse a todo volumen.

Thalía está por golpearle cuando Percy recuerda que ella tiene su escudo mágico. 

—Tu escudo, ¿podrías dármelo? 

—¿Para qué? —gruñe ella.

Apunta hacia el sistema de anti incendios y sin tenerlo muy claro, ella le da su arma. Percy se coloca al centro de la celda y libera su collar, el mismo que le dio Sally.

«De entre los mares y los océanos, por la magia de la nereida Sally, imploro la habilidad del agua» dice en lengua atlanteana, concentrándose como si estuviera dando una plegaria hacia algún dios. El mar puede escuchar a los que han salido de sus aguas, así que espera con todas sus fuerzas e ilusiones que pueda aplicar en esa condición. Respira profundo y apunta el escudo hacia el sistema.

Lo lanza y este golpea la salida de agua, rompiendo los accesos y permitiendo que el agua caiga sobre ellos como una lluvia intensa. El deseo de Percy surte efecto y las celdas contiguas junto a los pasillos y el resto del lugar, comienza a inundarse del agua mientras las quejas de los encarcelados ponen en estrés a los policías. Los pasillos brillan de agua y es cuando de los baños comienzan a salir el agua y en sí, las cañerías se destruyen. 

—¡Sáquennos de aquí! —exigen en una celda.

Entre las distracciones de los policías, Percy saca a Contracorriente de su bolsillo y atraviesa la cerradura de la celda, quebrándola. Salen de ahí bajo la lluvia artificial y cuando les miran fuera, intentan perseguirlos, pero el bullicio de los alrededores es tanto, que los semidioses logran salir mientras el ajetreo los encubre de su escapadilla. Luke agarra las donas de un escritorio y Thalía busca su mochila. Un oficial intenta detenerlos, pero Percy lo deja en el suelo al noquearlo con una puerta. 

Llegan al exterior de la comisaría y cuando están bajando por unas gradas del edificio, encuentran a Nico junto a Champi, que se están acercando a ellos.

—¡Nico! —dice Luke antes de que Percy logre hacerlo.

Goteando de agua como si hubieran atravesado una tormenta y con moretones, los tres abrazan a Nico como si hubieran necesitado hacerlo luego de que tuvo que irse por su pelea con las raíces de Perséfone. Champi mueve su colita feliz y también los abraza, muy aliviado de verlos. Percy toma la mano de Nico y Thalía les recuerda que todavía deben escapar. Corren unas calles abajo, ignorando las miradas confusas que les dan algunos transeúntes. Nico no pregunta, sólo los sigue mientras Champi es llevado por Luke.

Llegan a un callejón donde se animan a respirar un poco, recuperándose de esa movidita.

—¿Cómo nos encontraste? —pregunta Percy al hijo de Hades.

Nico señala a Champi y este se muestra orgulloso.

—Seguí a los policías y... la noche anterior vi al maestro Percy llamando al hijo de Hades con una sombra —dice, muy apenado—. Lo siento, maestro. No quise espiarlo, fue un accidente y-

—Descuida, Champi —le dice Percy al mini sátiro, quien parece respirar de nuevo. Percy regresa su atención a Nico. Es irreal que hace unas horas estaban hablando y que ahora esté a su lado, luciendo inquieto por lo que ocurre.

—Chicos —dice Thalía, viendo la hora en un reloj de un cartel—. Debemos llegar al museo —recuerda.

Luke, que está apoyado en una pared, hace una mueca de cansancio absoluto.

—Cierto —murmura Percy, alejándose un poco de Nico. Se agacha y mira a Champi con una sonrisa—. Gracias, pequeño. Eres muy valiente —le dice y eso parece que es el mejor alago que ha recibido el mini sátiro—. Ven, iré a dejarte a casa —le ofrece sus brazos y el mini sátiro luce alarmado.

—Pero el malvado señor Kai —dice, nervioso.

—No te preocupes, me encargaré de ello —promete y cuando se pone de pie, aunque su cuerpo duela como mil infiernos, se gira hacia los semidioses y les mira—. Descansen un poco, yo-

—Iremos contigo —dice Luke, firme como una muralla.

—Pero-

—Si Kai te encuentra, estaremos juntos. Iremos juntos —determina y se pone de pie, caminando hacia afuera del callejón.

Thalía sonríe y se encoge de hombros, siguiendo a su mejor amigo.

Percy está por ver a Nico, pero este detiene su mano, con la que estaba por tocar a Percy. 

—Lo siento —murmura, pero Nico sonríe bajo y se aleja—. Gracias por escuchar a Champi —le dice y el sátiro entre sus brazos ya está dormido.

Nico se encoge de hombros y mira hacia donde están los otros semidioses, esperando a que ellos terminen de hablar.

—Te veré luego, ¿sí? —le dice y el semidiós intenta hablar, más la herida en su garganta y algo más lo detiene—. No te esfuerces. Regresa al Campamento, Dioniso debe estar llorando porque su niño favorito no está en casa —le dice y Nico gira los ojos.

Había extrañado un poco ver ese gesto.

En eso, la mano de Nico toca su hombro para detenerlo. Cuando gira a verle, en su mirada brilla algo que reconoce como miedo, arrepentimiento.

—¿Qué ocurre?

Nico se retracta y se aleja de Percy, negando. Percy elige no darle importancia, creyendo que Nico deseaba disculparse por haberse retirado de la misión de manera tan rápida.

Con una sonrisa, deja a Nico en ese callejón húmedo y sucio, uniéndose a los otros dos semidioses para regresar a Champi a su bosque.

. . .

—¡Champi! ¡Mi amor! —grita la señora Aceituna cuando mira a su hijo acercarse entre los brazos de Percy. 

La comunidad de sátiros se acerca a ellos, dando brincos de felicidad y lanzando elogios juntos a las flores que llevan los agricultores. 

La señora Aceituna arrebata a su hijo de entre los brazos de Percy y lo arrulla contra su pecho, besándolo y mimándole como si nunca lo hubiera visto. El color regresa a su vestido y la corona de flores que adornan sus cuernitos, feliz de tener a su retoño. Champi es glorificado como un valiente salvador y los sátiros se abalanzan frente a los mestizos y el mortal, venerándolos con absoluta lealtad y cariño, pidiendo que no se marchen esa noche porque realizarán un banquete para honrarlos.

—¡Haremos grandes fogatas!

—¡Llamaremos a las ninfas!

—¡Tocaremos los tambores!

Cada una de las opciones suena tentadora para ellos, aún así, no pueden darse el lujo de quedarse. No cuando Kai está a unas horas de llegar al museo con el tridente. Percy le da las gracias a cada uno de ellos, apreciando su adorable atención y sabiéndose muy feliz de haberle regresado la paz a esos sátiros aún sin la existencia de sus poderes. Uno de los líderes se acerca a Percy, pidiéndole un segundo de su valioso tiempo. Thalía y Luke se quedan recibiendo las guarniciones de semillas que les dan los sátiros para que ellos mantengan las fuerzas en batalla.

El nombre del líder es Ajonjolí. Un mini sátiro de una barba larga, que besa el suelo a cada paso que da. Usa un bastoncito para sostenerse y sus ojos son ranuras de sabiduría. De su cuello cuelgan mil collares y entre su escaso cabello gris, hay ramas y hojas secas. Se saca unas pasas de un bolsillito de tela y se las come, sonriendo por el magnífico sabor que siente.

—Lamento interrumpirlo, maestro Percy, pero me temo que hay seres de muy lejos que quieren hablarle —dice, como si fuera un gran secreto.

—¿Quienes- —no logra terminar porque Ajonjolí está por caerse, así que Percy lo ayuda a mantener su débil equilibrio.

—Ah, bastón de mierda. Una vez lo usé para remover masa y ya nunca funcionó —dice, riendo para luego ahogarse. Tose largo y mucho, escupiendo las pasa que se estaba comiendo—. Es el maestro Tritón —dice, importándole poco que haya lanzado sus pasas masticadas a los zapatos de Percy.

—¿Tritón? ¿Dijo algo? —Percy se emociona al saber que su mayor ha preguntado por su bienestar.

Ajonjolí se queda viendo hacia un tronco, pensando profundamente.

—No —responde.

Percy frunce el ceño y comienza a creer que el anciano está imaginando cosas.

—Ya —murmura.

—No habló conmigo. Fue con Laurel y ella se lo dijo a Pimienta. Pimienta se lo dijo a Tomillo y él me lo dijo a mí —dice el anciano, detallándole como fue la cadena de comunicación.

—¿Y qué fue lo que le dijo a Laurel?

El anciano busca más pasas en si bolsillito y las vuelve a comer, sacudiendo su barba de hechicero.

—Dijo que esta misión podría sumirse en catástrofe si se realizaban sin ninguna profecía —dice el sátiro, viendo al cielo como si este le revelara lo que tiene qué decir.

Percy se muestra aterrado, sin creer que le destinen la muerte sólo porque salió a buscar el tridente sin profecía.

—O eso fue lo que me dijo. Pero no confiaría mucho en las cosas que dice Laurel, ella a veces está fuera de este mundo por la marihuana —dice el sátiro, sonriente.

—¿Alguna vez Laurel se ha equivocado? —pregunta en un intento de buscar un alivio.

El sátiro le mira y niega con la cabeza.

—No. Siempre tiene razón —admite.

Eso sólo hunde más sus ganas de salir victorioso.

—No se preocupe, joven maestro. La vida es como una pasa, uno debe comérsela antes de que ella se pudra —menciona.

Percy mira al mini sátiro y luego a las pasas que tiene en su mano.

—¿Sus pasas están podridas?

—Sí.

La madre de Champi llega a salvarlo y con el tiempo en retroceso, parten del bosque y corren hacia el museo, atravesándose entre las calles pintadas de amarillo por los taxis y recibiendo insultos por parte de los conductores más agresivos. Ver el ajetreo por la ciudad no es extraño, por eso nadie los detiene y les preguntan si están en peligro. En una pantalla aparece un noticiero, donde se proyecta la noticia de que están buscando a los criminales que están prófugos del precinto sur de Midtown, pasando las fotografías como en memoria escolar de graduación. Les queda media hora para llegar y ver si Kai ya está en operaciones o si aún podrían emboscarle. 

Eligen no tomar el autobús porque este tiene paradas muy seguidas y eso les robará tiempo. Percy comienza a considerar que sería bueno conseguir una patineta. 

Un señor con su carrito de papas fritas les interrumpe por un momento, deteniendo el camino de varios porque cruza al medio de todo. Un taxi está cerca de atropellarlos y cuando miran las calles de Central Park, es como un regalo de alivio para sus piernas irritadas. 

Atrapando un poco de aire, los tres suben por los escalones de una de las entradas, pero sin esperarlo, unas estatuas de la entrada los interceptan y levantan sus armas de piedra para negarles la entrada. Percy se golpea contra el arma de uno y retrocede adolorido porque su nariz sufrió un fuerte golpe. 

—Relájate, niñato —dice la estatua del héroe fuera del museo.

—Humanos, siempre tan apresurados por todo —dice la otra, sosteniendo su arma junto a la de su compañero.

—Parece que necesitan ayuda, lucen muy mal —dice, moviendo su brazo de mármol para señalarles con mucha gracia.

—No, no lo hacemos —dice Thalía, jadeando.

La estatua gira su cabeza para ver a su compañero y un pedacito de mármol cae al suelo.

—Pero están sangrando —dice. 

—Necesitamos pasar. Somos estudiantes —miente Percy, limpiando la sangre de su nariz con su camisa.

La otra estatua, que no ha hablado, se suelta a reír.

—Y yo necesito una copa de vino, pero no se consigue todo, ¿verdad?

Luke arruga el ceño y parece exasperado.

—¿No lo entienden? Necesitamos entrar, tenemos un proyecto qué hacer —espeta.

La estatua ríe y se inclina hacia Percy.

—¡Qué cosa! Es algo curioso, pero la verdad no dejo de pensar que ya te vi antes —entrecierra sus ojos de mármol—. Edipo, ¿no crees que ya lo viste antes?

—Sí, es cierto —responde Edipo, inclinándose hacia Percy también, manteniendo sus armas todavía cubriendo la entrada al museo—. Juraría que ya lo vi en alguna parte. 

Thalía y Luke miran hacia los carteles del museo y descubren que ese día habrá una exposición sobre dioses griegos. Más bien, entre los destacados está Percy, en una versión de mármol sujetando su tridente y escudo mientras usa un casco de guerra.

—Te diré algo. Yo jamás olvido una cara. 

—Jamás lo hace. Jamás.

Cadmo se acerca un poco más y casi lo huele, como si pudiera hacerlo.

—Yo lo conozco —declara, firme—. Tengo que acordarme o no podré dormir. Alto...

Una ventisca pasa y hace mover los carteles donde se promociona la exposición.

La estatua se rinde y regresa a su lugar, acompañado por Edipo.

—No, no lo conozco —suspira, rindiéndose.

—Dejémoslos pasar, no creo que el tipo de seguridad se enoje —dice Edipo, logrando que Cadmo acceda.

Las dos estatuas se ponen rígidas y mueven sus armas, liberando el camino para los tres. Las dos estatuas se quedan hablando de lo lindo que está el clima esa tarde, con un sol que proclama la muerte. Percy se obliga a seguir y no escucharlas, por alguna razón sintió que ese comentario iba hacia su persona, señalando que está a pocas horas de morir.

Encuentran a un grupo siendo guiado por un trabajador del museo, que lleva una camisa de cuadros rojos y verdes. El mortal lo imagina como la versión inteligente y recatada de un árbol de navidad. Su peinado de media raya y brillante por la cantidad excesiva de gel. Ese cabello debe estar más duro que una maldita roca. 

—Como pueden ver aquí, el gran Jean-Baptiste dio su mejor esfuerzo por resaltar los atributos del dios Percy en su pintura.

La voz del hombre logra cautivar la atención de Percy, quien deja de correr para buscar la pintura antes mencionada. Reprime un grito, uno que reúne muchas emociones y varias de ellas no son de alegría. Se siente incrédulo de lo que mira, es imposible. Nunca se sentaría sobre pieles de animales, tampoco usaría una lanza como arma representativa. El color definitivamente no es el rojo y esa en absoluto es su cara. 

Parece que está estreñido y que lleva días oliendo a mierda. 

Se siente muy ofendido.

Muy ofendido.

Mucho.

«Qué pintura más asquerosa» piensa con indignación, pero también con ganas de reírse. 

—Percy —lo llama Luke en un siseo, cauteloso a que no lo escuchen.

—Muchos historiadores han evaluado los textos y algunos apoyan la hipótesis que en realidad, el dios Percy es hijo de Ares —Percy se atraganta con el grito y sólo quiere ir y decirle a esos humanos que nunca, nunca, nunca sería hijo de Ares. Dioses, habría salido como un jabalí en vez de la guapura que tiene en su forma de dios—. Aún así, otros sostienen que Percy es hijo de Poseidón. Existen algunos textos que lo señalan como si fuese aún más antiguo, convirtiéndolo en un dios titánico, a la misma era de Afrodita. Su origen es un poco incierto, incluso se llegó a creer que era hijo del Caos o de Nereo. Dejemos eso a los expertos, aún hay textos antiguos por descifrar —sonríe el humano, logrando que muchos de los presentes miren con ojos brillantes hacia la pintura.

Percy quiere ir y arrancar esa cosa, tomarse una foto y pegarla con goma de mascar en la pared. O con lo que tenga cerca.

—Percy —lo regaña Luke, agarrándolo de la mano y llevándole con él porque no pueden distraerse.

—¿Viste ese horrible cuadro? —pregunta, señalando hacia atrás.

—Otro día vendremos y hablaremos mal de esa cosa, pero no mientras tu medio hermano quiera iniciar la guerra entre los dioses —le dice Luke, logrando que Percy arrugue la nariz en disgusto que le familiaricen con esa cosa que se hace llamar semidiós.

Llegan a donde está Thalía, quien se esconde detrás de una pared mientras sus ojos de halcón miran hacia un objetivo. Ella les hace una señal de silencio.

Luego de que se escucha que un grupo de personas pasan hacia donde ella mira, Luke se anima a ver sin antes preguntarle a su mejor amiga.

—Se dirigen hacia el ala este, pero el guía no era muy común a los que se verían por aquí.

—¿Los están llevando a otro lugar? —pregunta Percy.

—O se los están llevando como rehenes —masculla Luke. 

—Espero que no —dice Thalía, jugueteando con su espada del nerviosismo—. Ya se fueron, vamos.

Están al medio de la sala cuando la voz de Kai llega desde otro lugar, advirtiéndoles que se está acercando. Los tres dan un regreso brusco y tratan de hallar un lugar en dónde esconderse, quedándose detrás de unos pilares gruesos en lo que desean hacerse pequeñitos, como un mini sátiro. Kai pasa junto a sus dos leales amigos mientras llega todo un escuadrón detrás de ellos arrastrando cajas. Percy esfuerza la vista y descubre a Kai usando el tridente de Poseidón. Eso lo alerta, aumentando sus niveles de inquietud por lo que Kai tiene planeado para esa noche. 

Luke les da una señal para que vuelvan a moverse, esta vez más cautelosos para no lanzarse a la boca del lobo.

Llegan a la sala de armas y armaduras. En un espacio separado del resto por cordones en color rojo, está señalado como una sección especial de la exposición que se está realizando ese día. Son armaduras de cuero y escudos abollados que alguna vez fueron parte de una guerra. A Percy le gustaría detenerse a verlos y leer la historia que guardan entre sus grietas. Luke apunta hacia una espada que lleva esmeraldas y una empuñadura de mármol.

—¿Podrías agarrarla si fueras un dios? —le pregunta, con ojos brillantes.

—Imagino que sí —Percy también se queda encandilado con la espada mientras que Thalía no puede creer que se hayan enamorado de esa cosa.

Ella tiene un escudo con la cara de Medusa y no va por el mundo besándolo. 

Percy despierta de la ensoñación y busca un mapa en las paredes de esa sala. Lee entre las secciones que describe y cree saber a dónde se dirigirá Kai.

—El ala de esculturas y artes europeas —dice, y Thalía comparte lo que dijo

—Usemos la entrada por el ala medieval. 

—Mejor usemos el sistema de ventilación —señala Luke hacia la ventanilla.

—Eso debe tener alarmas por todas partes —dice Percy, imaginando en la paranoia de los humanos por resguardar cosas que sus antepasados robaron de tierras sagradas.

—Hagámoslo a la forma tradicional, llorones —sonríe Thalía, dando media vuelta y tomando el pasillo que los llevaría hacia el ala medieval.

Luke hace una burlilla, aún así, apresura el paso para alcanzar a la semidiosa.

Por extraño que parezca, no se cruzan con nadie por el resto del museo y eso pone muy nerviosos a los tres, porque buscan sus armas como si esperaran un ataque sorpresa y ninguno quiere que le corten un brazo por estar distraído. Percy tiene la incómoda sensación de que las pinturas le siguen con los ojos, aguantándose las risas de su futuro fracaso. Al llegar hacia el ala que eligieron como posible lugar de Kai, el mortal siente su pecho moviéndose con rapidez por el corto esfuerzo que ha dado. Luke tiene una gota de sudor bajando por su frente y Thalía se niega a mostrarse agotada.

—Ahí —murmura, agachándose para que no le vean tan fácil.

Un grupo de Kai está posicionando un improvisado altar mientras Kai y sus amigos ajustan los detalles finales de ese momento. No hay turistas ni aficionados a la historia, todo se mantiene justo como lo ha planeado Kai. 

—¿Cómo lo atrapamos? —dice Luke, haciendo una corta reunión.

—Las puertas tienen una reja —señala Percy hacia el marco de una puerta—. Se deben activar durante la noche y por si alguna alarma llegara a iniciarse —considera—. Si algo fuera movido de su lugar, esto desataría el sistema, pero Kai debe tenerlo todo muy bien planeado... Quizá debemos esperar a que inicie lo que sea que piense hacer y cuando sea el momento, arrancar este cuadro —señala hacia el mismo que está a un lado de ellos— y alborotarlo un poco. Yo entraré antes de que las rejas caigan y ustedes podrían encargarse de los súbditos que logren escapar.

—¿Te quedarás dentro con Kai y su grupo? —menciona Thalía, aterrada.

—Sólo mientras escapo con el tridente.

—¿Y cómo piensas salir? —sisea Luke, con la misma emoción que Thalía.

—Usaré mi espada para detener la reja.

—Alguien podría empujarla y encerrarte con ellos —dice Luke.

—Bueno, pues romperé una ventana o algo, ya lo resolveré —dice Percy, sin darle importancia.

—No. Entraremos juntos —declara la semidiosa.

—Es peligroso —le dice Percy, con absoluta paciencia—. Ese ritual incluye a tu padre —señala Percy—, el tridente apunta al cielo, claramente piensan descargar el poder del océano hacia el Olimpo. Si hay un hijo de Zeus cerca, querrán usar tu sangre para incrementar la fuerza del ataque —dice Percy.

La semidiosa parpadea, entre asustada y dispuesta a lanzarse hacia ellos.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque es algo que yo habría hecho —admite Percy, ligero.

—Como sea, entraré y saldré —dice ella y ninguno de ellos dos dicen algo para detenerla.

El ruido en la sala corta su reunión. En el lugar, el tridente está brillando con fuerza, como si fuera un sol eterno. De la energía expulsada se provoca una onda que los empuja bruscamente. Luke mira el cuadro como si quisiera disculparse por lo que está por hacer y arranca el cuadro con fuerza, activando así las alarmas que ya habían imaginado. En un movimiento rápido, Thalía detiene la reja con su escudo y se desliza debajo, alzando su espada con la furia de un monstruo y sin intenciones a mostrarse débil. Percy la sigue y es un golpe duro ver de cerca el tridente de Atlantis siendo usado como una llave de guerra. 

Un enojo incontenible corroe el cuerpo de Percy, consiguiendo que obtenga una fuerza ideal para golpear a todo el que intenta alejarlo del tridente. Las flechas de Thalía zumban por la sala y apuntan a la cabeza de varios, luego, la espada de Luke cortando extremidades sin consideración alguna. Para un grupo de adolescentes, eso no es permitido en ninguna circunstancia, pero ellos son semidioses, deben luchar o no podrán conocer un día siguiente. 

—¡Ya llegó la estrella de la noche! —dice Kai, mostrándose muy feliz de verlo—. ¡Dejen que se acerque, quiero saludarlo! —su sonrisa sádica sólo aumenta el enojo de Percy.

El mortal golpea a un servidor en el cuello y este no puede reaccionar ante el ataque. Contracorriente es el apoyo que necesita, el paño de lágrimas esperado y lo mejor que puede pedir. Kai no baja su sonrisa, en cambio, es como si disfrutara de verlo golpear a quienes le sirven mientras sus amigos salen de la sala por medio de un amuleto que se parece mucho a las sombras de Nico. Eso paraliza un poco sus movimientos y sólo logra que se abalancen contra su persona, tratando de llevarle muerto hacia su líder. Percy no puede evitarlo, es uno contra muchos, claramente perdería su fuerza inicial. 

Thalía llega a ayudarlo y ella le saca un ojo a uno de los tipos con una flecha y luego la usa para dispararle a otro con su arco. Percy logra levantarse otra vez y se hace camino, pero esta vez hacia el tridente. Kai lee sus intenciones como un perro y lo intercepta entre la estatua de Perseo, la misma que sostiene la cabeza de Medusa. Golpean la legendaria escultura y Percy espera que la hija de Atenea no se entere de eso. 

—¿De verdad crees que puedes lograrlo? —se ríe, encantado.

Percy no le responde, más concentrado en alcanzar el tridente.

—¿Por qué tan serio? —dice Kai, con una mirada triste.

Percy descubre un espacio y corre para alcanzar el tridente, aún así Kai lo atrapa y lo azota contra una pared, ahorcándolo.

—Ríndete, Percy —le dice Kai, disfrutando el hecho de que saca millones de ventajas sobre Percy.

—¡N-Nunca! —golpea a Kai con su pierna, dándole un corte en la cara mientras se aleja. Kai se queda reteniendo la sangre mientras que Percy corre como una gacela y busca el tridente. 

Logra tocarlo, pero la energía que recibe es tan hiriente, que siente muchas descargas correrlo y lastimarlo. Aún así, se niega a perderlo, así que vuelve a tocarlo aunque su cuerpo mortal implore por alejarse. Es como si lo hubieran atrapado en el mismo suelo, como la leyenda de Excalibur. Lo intenta, jala y vuelve a jalar, plantándose con firmeza para no resbalarse. Sus manos arden por el esfuerzo y se retuercen de manera agresiva, lastimando sus palmas. 

El tridente no se mueve ni un sólo milímetro, todo se mantiene en su mismo lugar. Vuelve a intentarlo, jalando con todas sus fuerzas para sacar el arma del suelo.

Está por dar otro tirón cuando siente un golpe eléctrico, uno que le impide la movilidad a sus piernas y le deja fuera de juego. Cae y descubre a un servidor de Kai con una daga especial, de esas que sólo se consiguen en los mercados ilegales. El tipo le mira con miedo, pero eso mismo lo impulsa a darle otra descarga. Percy se retuerce en el suelo del dolor. Luke llega y golpea al tipo, noqueándolo por detrás. 

Se agacha frente a Percy e intenta hablarle, pero los sentidos aturdidos del mortal le dejan en otro plano. Ante la faltante respuesta, Luke mira alrededor de la sala, como si buscara algo. Kai llega a ellos y primero se encarga de golpear a Luke para luego enfocarse en Percy. El hijo de Hermes besa el suelo y cae sobre una pila de mármol destrozado de otra estatua. Ver que lo golpean hace que Percy busque la forma de levantarse y hacer lo mismo con Kai. 

Contracorriente lastima el brazo de Kai y Percy gira en el suelo cuando mira sus intenciones de apuñalarlo con una daga. Se desliza por unas gradas cortas y logra levantarse luego de saberse a salvo gracias a Luke. Agarra una escultura y con ella golpea la cabeza de un tipo, mismo que pensaba atacar a Thalía por la espalda. Kai intenta acercarse a Percy, pero este se escapa entre unos pilares y luego regresa al mismo lugar del tridente. Con una cuerda, hace un nudo rápido y tira de ella, empleando su mayor esfuerzo para lograr algo. Kai ríe por eso, como si le entretuviera.

—Déjalo ya, sólo harás que tus amiguitos mueran —dice, señalando a Thalía, quien lucha contra unos tipos que intentan retenerla y herirla para obtener un poco de su sangre. 

Al ver eso, Percy deja el tridente y corre para ayudar a la semidiosa. Ella está herida y de su brazo cae un hilo rojo. Luke está rodeado y al verse sin opciones, busca subirse a una exhibición. Percy mira a Kai sentado cerca del tridente, viéndolo con diversión. No pueden con todos ellos, están en aprietos y todo lo que pueden hacer es salir de ahí y buscar otra forma de detener a Kai.

Pero Percy se niega a perder esa oportunidad. 

—Salgan de aquí, yo-

—Deja de pelear, Percy —dice Kai, despreocupado—. No quieres que los mortales paguen por tu fracaso —le dice.

Percy trata de no sucumbir, se obligar a tragarse el miedo y mira a los semidioses.

Ellos entienden sus palabras silenciosas y se muestran un poco inquietos por lo que pide. 

—No pierdas —le advierte Thalía y Percy asiente para darle un consuelo. ¿Por qué le importaría a ella que esté a salvo?

Luke mira a Kai con absoluto desprecio y sigue a la semidiosa por debajo de la puerta, buscando el lugar donde posiblemente estén los rehenes. 

—Entonces seremos tú y yo —suspira Kai—. Un dios reducido a ser mortal, la vergüenza de Atlantis...

Percy mira al que realmente quiere ser hijo de Poseidón, sabiendo que lo próximo que diga, será una distracción peligrosa.

—Podrías tomar mi lugar —masculla, viendo a Kai sin alejarse de su espada.

—¿Tú lugar? —ríe, incrédulo—. Tal vez hace mucho quise ser un dios, pero luego supe que estando en mi lugar, puedo desestabilizarlos, puedo herirlos —abre los brazos y enseña el tridente disparando su magia hacia el cielo, uno que se muestra gris y proclamando una tormenta enorme—. Gracias por la oferta, pero tendré que rechazarla —se muestra muy apenado, pero Percy sabe que sólo es una mentira.

—Creí que tu sueño era ser amado por Poseidón —dice.

—Te equivocas —le dice, pero en su sonrisa se puede ver un matiz de tensión—. Poseidón es una historia pasada para mí.

—¿Y qué quieres lograr? —pregunta, ya sin entender el hilo.

—¿Yo? Nada. Sólo cumplo con mi parte del trato —dice, ligero. 

Percy se queda sin pensamiento alguno, preguntándose qué es lo que ocurre por debajo de todo eso. Quizá su cara diga mucho, porque Kai lanza una risa y le mira como si fuera un niño idiota.

—Verás, Percy. Es de un ciclo muy natural que los cabecillas cambien cada cierto tiempo —comienza a explicar, caminando como un felino por la sala—. Los que se han mantenido arriba por mucho tiempo deben irse ahora y los que deben subir, es su turno de luchar por su lugar —dice, sonriendo.

Percy se queda en blanco, creyendo un poco a por donde se dirige esa charla.

—¿Quieres...?

Kai le mira, manteniendo su sonrisa corta.

—¿Sí?

Percy siente sus rodillas temblar de miedo y terror, preguntándose si Kai se atrevería a hacer lo que piensa. 

Quiere derrocar a los dioses y tomar su lugar. 

Por esa parte, Percy se siente muy feliz de ser mortal y no un dios. No podrá otorgarle una ventaja a Kai, de ningún tipo. Respira profundo y trata de no mostrarse tembloroso frente a él, en cambio, se obliga a no enseñarle nada, a ser una maldita muralla. 

—Qué bien. Invítame cuando lo hagas —dice, bajando a Contracorriente y guardándola. 

Kai se queda en silencio, creyendo que quizá dijo una broma. Percy camina hacia el escudo de Thalía, arrancándolo de su lugar. La reja cae por completo y Kai luce un poco descolocado. 

Percy se acomoda el escudo en la espalda, sintiéndose un poco más protegido.

—Claro, me lo dirás en versión fantasma —añade y eso parece enojar un poco al semidiós. Kai se mueve, enseñando los dedos de altura que tiene de ventaja sobre Percy. Su cuerpo fuerte y más entrenado, como si presumiera que Percy va a perder al siguiente segundo.

—O tú lo escucharás como fantasma —compone.

—Alguno de nosotros será el fantasma —se encoge de hombros. Kai busca su espada y la abre, girándola en sus dedos como si fuera un juguete.

Si calificara desde el semidiós más débil hasta el más fuerte con el que se ha enfrentado, Kai podría colocarse entre los primeros lugares con facilidad. No le gusta pelear con seres que tienen una desventaja significante frente a un dios, pero hay veces en que ellos están incluidos en una guerra o es porque ellos lo retan a un duelo. Percy no se siente mal al reconocer su fuerza o su habilidad para armar una guerra, uno de sus mejores aprendices fue Aquiles y eso que sólo le enseñó por unos días porque en esa guerra los dioses eran mal vistos. Sólo pudo darle pequeños retazos y aún así, el chico hizo un gran esfuerzo.

¿Por qué su memoria le hizo pensar en eso?

Claro, porque no quiere enfocarse en el dolor que está experimentando su mal estructurado cuerpo mortal. 

Kai es una bola de demolición a la que le pidieron destruir una casita del árbol. Así de pequeño se siente. Es imposible no hacer la diferencia y saber que fue muy mala idea enfrentarse a este tipo solo. ¿Acaso le llegará ayuda divina? ¡No! Percy era un dios antes, era el que daba la ayuda divina. Mucho peor, Kai sí que puede usar sus poderes, pero Percy no. Sólo queda que Kai sea nombrado el nuevo dios Percy.

Una parte, el orgullo y lo ofensivo que sería para Percy ceder su nombre y su poder, hace que no le importe ser muy malo en la pelea, que no le importe resbalarse y esconderse detrás de las estatuas, porque tiene una razón verdadera para luchar, para alzar su espada y ser el idiota que dijo Kai hace mucho. Y es salvar su nombre, lo que representa y demostrar que sin importar su estado, Percy se enfrentó a esa guerra y la pudo ganar. Que se ha ganado el título de dios de la guerra por su esfuerzo y no por ser un principito inepto.

Ni siquiera registra cuando su mano agarra la cabeza tallada en mármol de una escultura caída y se la lanza a Kai como si fuera un juego de quemados. Esta golpea la cara de Kai en un golpe limpio y disfruta ver el enojo de Kai, reflejándose en sus ojos azules, los mismos de Poseidón cuando está en su papel de rey atlanteano. 

—¡¿Piensas que con eso me ganarás?! —le grita, pero Percy lo ignora y sigue buscando una forma para arrebatarle el tridente.

La tormenta ya está sobre ellos, enviar una postal de disculpas sólo podría enojar a Zeus. Sobre el agujero, donde apunta el tridente, el agua comienza a caer e infiltrarse dentro de la sala, mojando el suelo y volviéndolo aún más peligroso. Es una suerte que Kai haya olvidado que es hijo de Poseidón, porque su dominio en el agua es fuerte y dejaría fuera de juego a Percy.

Mira el escudo de Thalía muy cerca y recuerda la vez que Atenea usó uno igual para noquear a Ares por días. Percy, que no es muy amigo de ella, la apoyó porque eso era mejor que estar del lado de Ares. Antes muerto que estar del lado de ese imbécil. Ella usó el agua como canal de energía y con el escudo electrificó a Ares. Si pudiera que Kai arrancara el tridente del suelo y lo apuntara con su energía mientras este se mantiene en el perímetro del agua. Suena como un plan imposible, ¿cómo haría eso con Kai siempre adivinando sus pasos? 

No importa, si ese no funciona, pues elaborará otro plan. Quizá vaya por el plan R, pero eso es mejor a no tener uno. Kai se mueve y en un bajo instinto, Percy dispara tres flechas hacia el tridente, logrando así preocupar a Kai de que haya movido el tridente. Usando esa distracción, Percy agarra otra cabeza de mármol y vuelve a lanzarla, golpeando las puntas del tridente y así interrumpiendo el rayo que dispara hacia el cielo. Esquiva el golpe de Kai, deslizándose entre las exhibiciones mientras Kai las destruye con su espada de oro olímpico. 

Regresando a su plan, lanza cosas hacia el tridente y eso enoja a Kai.

—¡¿Quieres el tridente?! —ríe, ya con ojos enloquecidos.

Percy se detiene y toma el escudo de Thalía, respirando con rapidez porque su cuerpo mortal ya no puede con tanto esfuerzo.

—Sí. Ese tridente es de Atlantis, debes regresarlo —nunca se había sentido tan idiota de decir algo, pero eso llegó a una cúspide que no conocía. Claro que el tridente es de Atlantis y que Kai no puede tenerlo. Claro que quiere el tridente, pero en el vago raciocinio que muestra Kai, pues sabe que cosas como esa le enojan lo suficiente. 

Vaya tipo y su control de ira.

—Si tanto lo quieres... —Percy casi brinca de felicidad cuando mira a Kai arrancando el tridente del suelo y cortando el rayo de energía.

Nunca se había sentido tan victorioso. Que suenen las trompetas.

Kai está en el perímetro del agua y no sabe si es por la adrenalina o por su agotamiento, pero mira los movimientos de Kai en cámara lenta. Se intenta mostrar indefenso hasta el segundo límite para que Kai no adivine sus movimientos. Apunta el tridente, esa arma de oro olímpico tan mítica y tan poderosa, la misma que alguna vez Percy anheló y robó para sus travesuras. La misma que ha desatado una ofensa contra Olimpo, iniciando una guerra contra el reino de los cielos y el reino del mar. 

Conoce la magia que está por recibir, sabe que dolerá, pero no puede rendirse ahora que está tan cerca. El disparo de luz brota de las puntas y toma camino hacia Percy, señalando justo al medio de su pecho. En una ágil copia, Percy gira el escudo para levantarlo tal y como ha hecho Thalía muchas veces. El escudo cubre su brazo y lo posiciona para recibir el rayo del tridente. Como un espejo, el rayo golpea a Percy, pero también rebota y regresa hacia Kai en una energía transformada por el metal olímpico del escudo. 

Es energía pura y mezclada con agua significa una electrocución inmediata. 

El rayo golpea y crea un campo de electricidad que rodea a Kai y le ataca desde diferentes puntos. Por su lado, Percy sale disparado por el fuerza del ataque y golpea contra un figura de mármol, que por suerte está bien afianzada o le habría caído a Percy encima, matándolo. Mientras intenta despertar de la bruma del golpe, Percy escucha por muy lejano los gritos de Kai. Con su espalda matándole y sus brazos débiles por haber recibido ese impacto más cerca, se obliga a levantarse y saber si Kai mutó en algo imparable o si quedó tieso por los rayos. La lluvia sigue cayendo por el agujero del techo y los truenos levantan miedo en la tierra. 

Un mareo lo aborda por un segundo y se aguanta las ganas de vomitar sobre la cabeza de una musa de mármol, diciéndose a sí mismo que está muy cerca de terminar. Se arrastra hacia donde está Kai, sintiendo la energía todavía flotando cerca del mestizo. Se da una silenciosa felicitación por haberlo conseguido, por haber armado un plan tan asqueroso y que este haya surtido efecto.

Kai está boca abajo, tan inmóvil que se pregunta si de verdad está muerto. Le quita importancia y busca el tridente por el agua, encontrándolo cerca de la estatua de Perseo. Ahí, en medio de la destrucción, la estatua se alza como una figura de fuerza, mostrando su victoria con la cabeza de Medusa. Tomando un poco de valentía con ello, camina hacia el tridente y lo toma sin medir los peligros. El arma vibra en su mano, como si quisiera escapar. Se toma su tiempo para reconocer que hace días atrás era un dios y es el mismo que dejó que fuera robado. Aún así, el tridente reconoce su disculpa interna, una que nunca escapará de su boca por orgullo a no disculparse con Poseidón. El arma deja de intentar alejarlo y se deja guardar en el bolsillo trasero de su pantalón. 

Chapoteando contra el suelo, sus zapatos mojados lo llevan hacia las puertas enrejadas del lugar. Debe buscarse una salida, pero por el agujero del techo imposible. Entonces decide usar el arma ancestral que tiene en su bolsillo. El tridente toma su forma, brillando como una estrella de oro y magia pura. Quizá sea imaginación suya, pero el tridente brilla más en su mano, como si estuviera feliz de estar en manos de un hijo real de Atlantis. Prefiere ignorar eso antes de que sus emociones no sepan procesarlo y apunta hacia las rejas. El tridente lee sus intenciones y destruye las rejas, levantando más las alarmas del museo. 

Se esconde, esquiva y escapa hasta que logra salir del museo bajo el torrencial flujo de lluvia, uno que casi deja con agujeros los techos de los autos. Todavía debe buscar un estanque o un cuerpo de agua para entregar el tridente y que sea llevado por el elemento hacia Poseidón. La ofensa hacia Olimpo ya fue lanzada, no hay algo que detenga la furia de Zeus. 

—¡Percy! —el grito de Luke es como un alivio escucharlo.

El hijo de Hermes está junto a la semidiosa, golpeado como nunca, pero con una sonrisa kilométrica.

—¿A dónde debemos ir? —le dice Thalía, importándole poco que el agua escurra de su rostro y que tenga un moretón en la frente que luce doloroso.

—Debo entregar el tridente —dice, buscando el estanque que está cerca de ese museo.

—Nico habló conmigo —dice Luke, viéndolos a ellos dos con mucha angustia—. Quirón le dijo que Zeus está furioso y la única forma con la que detendrá su ira es con que el tridente llegue al mar —explica.

Thalía cierra los ojos y reprime las ganas de maldecir a su progenitor. Percy ya presentía algo como eso, por lo que no se sorprende y asiente con debilidad. Le da su escudo a Thalía y respira, buscando un autobús bajo ese ataque de lluvia.

En eso, Percy se gira a ver a Luke con una sonrisa.

—¿Que nosotros llevemos el tridente o que llegue el tridente? —le pregunta.

Luke entiende a lo que busca llegar y sonríe.

—Hay una estación de Hermes Express a unos metros, tiene conexión con Tritón Express —sonríe y Thalía luce muy aliviada.

Caminan hacia Upper East Side, buscando entre las casas elegantes la estación de Hermes. La lluvia hace destrozos en la calle, sacudiendo los árboles de las ninfas y haciendo que los vagabundos deban buscarse un refugio nuevo. Llegan a la estación, goteando agua como calzones que se quedaron colgados porque se olvidaron de ellos. La chica de la registradora les sonríe un poco asustada y mueve muy despacito la caja de pañuelos, por si alguno lo necesita. 

—¿Tienen código de descuento? —pregunta. 

Luke busca entre los bolsillos de su pantalón y le da un boleto arrugado y al que ya se le perdió un poco el color.

La chica mira el papel arrugado y con sus dedos lo mueve para buscar el código de barras. Por suerte la computadora lo reconoce y este les da el descuento necesario. Pagan las dracmas restantes, buscándose las monedas entre los tres porque ninguno tiene la cantidad justa. La chica juguetea con su lápiz mientras ellos suman y restan a la vez. Empaquetan el tridente como urgente y lo dejan en la paquetería de Tritón, sabiendo que eso llegará en minutos a Atlantis. La caja con el tridente desaparece y la chica sonríe con práctica.

—¡Qué tengan lindo día! —dice y un trueno cae, haciendo temblar las ventanas.

. . . 

Llegar al Campamento Mestizo nunca se les había hecho tan fácil. Eso y que el viaje con las Hermanas Grises fue de lo más pacífico. No hubo insultos hacia ellos, en especial para Percy, sólo peleas entre las tres hermanas, pero eso ya es muy normal para quienes las conocen. Por la lluvia, que ni siquiera pudo ser detenida por la magia del Campamento, cruzan entre las cabañas y caminan hacia la Casa Grande, ya sin importarles estar mojados. 

Quirón está junto a Annabeth y Nico, los tres viendo la tele como polillas. Ante el ruido de la puerta y el grito de Luke, los tres brincan y Grover levanta la cabeza. Tal parece que estaba sentado en el suelo.

—¡Estamos vivos! —dice Luke con una sonrisa enorme.

Su novia, Annabeth, es la primera en saltar de su lugar y correr hacia Luke, abrazándolo con fuerza mientras esconde su cabeza entre el cuello sucio de Luke. Nico se acerca a Thalía y la abraza, siendo tan gentil y preocupado que la semidiosa lo abraza como a un niño pequeño. Es Percy quien recibe al sátiro, uno que berrea feliz y lo abraza fuerte. Los huesos humanos de Percy lanzan quejas de dolor, más Percy se las traga porque no quiere incomodar al sátiro. Quirón se pone de pie y se acerca a ellos, viéndolos como una padre orgulloso de la victoria de sus pequeños héroes.

—Prepararé los baños —dice y deja que los menores les ahoguen de preguntas emocionadas. 

Annabeth es la más intensa, preguntando si vieron monstruos y se decepciona cuando le dicen que no. Percy se pregunta si sus hermanos mantuvieron a los monstruos a raya para que pudiera conseguir el tridente de forma más fácil. Grover ya sabe sobre la historia de Champiñón y les da unas profundas gracias por eso. Mientras esos dos hablan, Percy se da cuenta que Nico se mantiene al marguen, esperando a que todo se calme. Y cuando Percy está por acercarse y molestarlo un poco, Nico se aleja y camina hacia la cocina de la Casa Grande, de donde proviene música de un radio antiguo y un olor increíble. Una vez Nico entra, Dioniso sale a ver, usando un delantal y lentes de lectura. Hace una mueca y gira los ojos, regresando a lo suyo.

Esa puede ser la bienvenida más amable que verá de ese ebrio maleducado.

Quirón los envía a limpiarse, dándoles toallas calientes y mucho néctar para los semidioses. Antinflamatorio para Percy.

El mortal se adentra a su bañera asignada y reprime un gemido de dolor, apretando las ganas de llorar por las punzadas en su torso y sus piernas. Despertar al día siguiente será todo un reto. Respira profundo, tanto para relajarse, como un consuelo de que todo ha terminado. Que alguien más se encargue de Kai. Todo ha terminado. Volverá a su reino y todo será una anécdota un tanto agria. Bosteza y puede considerar el dormirse en la bañera. Quizá si se desliza y se ahoga ya no tenga que volver a sus responsabilidades también. Cualquiera de las opciones tiene sus ventajas. 

Está dormitando un poco cuando un chapoteo en la bañera le dice que alguien está irrumpiendo en su hora de baño, otra vez.

El rostro deforme, pero muy feliz de Tritón aparece en una esfera de agua.

—Sabía que lo lograrías, pequeño. Estoy muy orgulloso de ti —le dice, al borde de las lagrimas. Tanto por ver a Percy herido, como por verlo a salvo—. Hablaré con el consejo para regresarte a Atlantis lo antes posible, ¿sí? Descansa un poco.

—Estoy bien —le dice Percy ante su mirada un poco triste.

—No me digas eso. Mírate, pareces-

—Sí, no estoy en mis mejores días, lo sé —le dice, con una sonrisa que logra reducir el miedo de Tritón.

Su hermano mayor chasquea la boca y suspira.

—¿Fue muy difícil?

—Tuve ayuda. De no ser así habría muerto al segundo día —responde, bajando un poco sus ánimos.

Tritón frunce el ceño y se reserva su respuesta, pero por su expresión sabe que iba a regañarlo por decir eso. Percy elige contarle que encontró a Sally y que ella lo invitó a quedarse en su casa.

—¡¿Sally?! —grita Tritón, emocionado. Su hermano mayor siempre vio con ojos de corazones a la antigua reina de Atlantis, pero nunca pasó, ni habló de sus emociones por respeto a la inmortal. 

Percy sabía que Tritón no iba a resistirse a saber más de ella, así que le cuenta cómo está y resalta que luce "muuuy hermosa" y que sigue soltera. Tritón le da una mirada y luego carraspea, fingiendo limpiar su cola como si tuviera motitas de polvo.

—Qué bien. Dale saludos de mi parte —dice, tan diplomático que Percy sonríe como diablillo. Tritón entrecierra los ojos—. Sé lo que haces, Percy.

—Iré a comer algo, no quiero caerme del sueño —dice y Tritón hace una mueca, disgustado porque se desprecie tanto.

Resbala al salir de la bañera por sus piernas agotadas y da su mejor esfuerzo para vestirse y salir un poco presentable. Baja las gradas, detallando un poco la decoración antigua y su papel tapiz, que es de flores y palomas con ramos de rosas en los picos. La Casa Grande luce muy acogedora por fuera, pero al entrar, es como si llegara a la residencia de una pareja de ancianos, de esos mismos que huelen a incienso y canela.

El ruido de la televisión lo distrae de su exploración a la casa.

—... es una cantidad exorbitante de personas que fueron evacuadas del museo. Las cámaras del MET han liberado las imágenes y se puede ver cuando un menor de dieciséis años pelea contra el declarado terrorista que tiene más de diez ordenes de captura. Según información de la policía de Nueva York, el menor fue detenido hace un par de noches por irrumpir en las instalaciones de la feria neoyorquina en horario inhábil —la foto que le hicieron a Percy lleno de aruñones y un golpe en el labio aparece en pantalla, además, la misma que le hicieron mientras sonreía a la cámara. El policía dijo que esa no lo pondrían en su archivo, pero tal parece que para salir en las noticias sí que es aceptada—. Además, no es el único bajo investigación. Está registrado que Percy Jackson se movilizaba junto a otros dos menores de edad. Ambos se identifican como Thalía Grace y Luke Castellan. Las autoridades del MET han señalado que los últimos dos se encargaron de alertar a la policía y de liberar a los rehenes que estaban encerrados en las salas de exposición, todo mientras el criminal Kai era detenido por Percy Jackson en la sala de exposición griega. 

La presentadora habla mientras los videos de seguridad se reproducen. Thalía golpeando a una horda de ayudantes de Kai con su espada, siendo tan letal que se mantuvo como la más fuerte antes de salir y buscar la estación de policías. Sale el video de Luke ayudando a los rehenes a escapar y peleando con otros tipos, usando su pistola de garrita para herirlos. 

—La policía de Nueva York ha dicho que levantarán la orden de arresto de los menores si estos se animan a declarar y si los ayudan a desmantelar todo el cuerpo criminal de donde pertenece el terrorista. Es claro que ellos sabían lo que estaba por ocurrir, por ello la policía está dispuesta para hablar con los menores.

—Sin duda un acto de valentía. Esos chicos son realmente impresionantes. Detuvieron un ataque terrorista ellos solos, y no sólo eso, sino que dejaron a disposición de la policía al cabecilla de todo esto. Ahora mismo está bajo vigilancia de veinticuatro horas en el hospital de Nueva York por las heridas graves que presentaba. Los encargados del museo están deseosos de hablar con los menores y las personas siguen sin creer en lo que pasó —dice un reportero que usa capa por la lluvia y expone con el museo a su espalda.

Luke encuentra a Percy viendo las noticias y le abraza por los hombros.

—Vayamos a comer, la sopa de Dioniso es muy buena —admite Luke, arrastrando a Percy, pero sin apagar la tele.

—Quiero saber quienes son ellos, darles las gracias por haberme salvado a mí y a mi hijo —dice una mujer, que por unas horas fue rehén de Kai. En ella brilla la esperanza a pesar de la lluvia—. Para mí son héroes, chicos de gran corazón que no merecen ser castigados por la policía.

La fotografía de los tres aparece en la tele y luego, un encargado del museo.

—Es un desastre millonario, la sala de exposición griega quedó destruida, pero lo que más me impresiona es que el chico protegió la estatua de Perseo. No sé bien la razón de ese ataque, pero espero que los tres estén bien y para mí será un honor recibirlos de nuevo. Son héroes y espero que Nueva York los vea de esa forma, porque lo merecen. 

La imagen de la exposición del dios Percy aparece en la imagen, y luego, la sala donde la estatua de Perseo, que sigue sin rasguños. 

. . .

Son dos días largos en los que Percy no puede moverse como quisiera. El dolor de su cuerpo es demasiado, pero gracias al radiante hijo de Apolo, Will, todo fue mejor y cuando pudo caminar, llegó el primer golpe.

Annabeth está hablando con Luke y Thalía, luciendo muy preocupada y nerviosa. Parece que alguien la ha traicionado.

Luke está sujetando su mano para relajarla y Thalía tiene los brazos cruzados, viendo hacia el suelo como si fuera a quemarlo con su mirada azul. 

—Hola —saluda Percy, con una sonrisa inocente para bajar los humos de los tres.

Le miran como si sintieran pena por Percy, y ellos no lo saben, pero alertan a Percy, y mucho.

—¿Qué ocurre? —dice con voz baja, nerviosa. Luke mira a su novia y ella parece hundirse un poco más. Es Thalía quien le da el golpe.

—Nico dejó entrar a Kai al Campamento la vez que jugábamos Captura la Bandera.

El suelo se mueve como en un pasadizo mágico y Percy siente que le sacaron el aire de un puñetazo al estómago. Su rostro pierde color y es como si le hubieran apuñalado por la espalda.

—Nico... fue —trastrabilla—. ¿C-Cómo?

—Annie lo escuchó hablando con Hades.

—¡Pero ni siquiera puede hablar! —musita sobrepasado, llegando a su límite. Por alguna razón, su intento de defenderlo lo hace enojarse más consigo mismo.

—Eso creía —dice Annabeth, luciendo muy lastimada.

Percy da unos pasos atrás, preguntándose qué otras cosas habló Nico con Kai.

—¿Por qué nos hizo esto? —Percy escucha que Thalía habla con los demás, furiosa y muy decepcionada. Ella consideraba a Nico como su hermano pequeño—. Es un traidor de mierda. ¡¿Está del lado de Kai?!

—Quizá Hades lo obliga, no podemos saberlo —dice Luke, tratando de relajarlos.

—¡Que hable con nosotros. Siempre le hemos protegido! —espeta la semidiosa, muy enojada.

Annabeth dice algo, pero Percy ya no la escucha porque se mueve de donde está y decide que buscará a ese diosecillo para enfrentarlo.

Ignora los llamados preocupados de Luke y busca cerca de las cabañas, le pregunta a Grover, a las ninfas y lo encuentra en una parte alejada del bosque, donde no muchos se acercarían porque ahí las criaturas suelen ponerse muy extrañas.

Nico está jugando con una ramita, haciendo figuras en el suelo. Nunca habría imaginado que Nico le traicionaría de esa manera. ¿Es porque fue una mierdilla en los primeros días de conocerse? ¿Porque lo consideraba un niño débil? Pues bien, que se lo diga. Percy le expresará lo que siente ahora mismo. 

—Eres un traidor de mierda —dice furioso, asustando a Nico. El semidiós se pone de pie y mira a Percy, impresionado—. ¡¿Estás del lado de Kai?!

Nico abre los ojos, enorme. Lee la expresión de Percy con sus ojos color tierra y algo parece quebrarse dentro de Nico.

—¿Qué? —musita con su garganta herida.

—Annabeth te escuchó hablando con Hades —dice y Nico da un paso atrás. Niega con la cabeza, pero eso sólo lastima más a Percy—. ¿Piensas mentirme? ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso me odias tanto? —algo en el bosque se sacude y hace que una ventisca los rodee como una tormenta.

—Y-Yo no...

—¡Eres un traidor! —determina Percy y Nico despierta de su miedo.

Su mirada se vuelve oscura y su señalamiento parece que apuñala profundo en Nico. En sus mejillas brilla el rojo de humillación

Aprieta los labios y frunce el ceño, sin dar pistas de que quiera lastimarlo de forma física.

—Te equivocas —dice, con un brillo de dolor en sus ojos. Levanta su mano y la sombra de un arbusto lo cubre por completo, desapareciendo del bosque. 

Percy siente un agujero en su estómago y cuando gira, descubre a varios sátiros, ninfas y unos hijos de Deméter viéndolos. Por eso el sonrojo avergonzado de Nico. Le resta importancia y camina de regreso hacia la parte viva del Campamento, ignorando los murmullos donde varios dicen que Nico es un desgraciado o un traidor de mierda. Percy tienen la intención de callarlos y decirles que dejen a Nico fuera de eso, pero se recuerda que fue Nico quien dejó que Kai entrara al Campamento para matarlo.

Está regresando cuando un alboroto lo hace salir del estupor. Ahí, junto a su brillante auto de carreras de color rojo, luciendo su perfecto cabello rubio oro y una sonrisa conquistadora, Apolo está hablando con Quirón mientras palmea su hombro. El centauro parece muy angustiado y cuando mira a Percy, esa emoción brilla más. Percy llega a creer que era mejor no salir de la enfermería, ahí las visitas con malos augurios no son recibidos por la fiereza de Will.

—¡Percy! —Apolo abre los brazos y eso logra enamorar a más de un campista—. ¡Mírate, luces horrible! —ríe mientras sacude a Percy en un abrazo.

El mortal toca el suelo luego de unos minutos y Apolo suelta un suspiro, como si Percy no tuviera solución.

—Caminemos un poco, así oxigenamos el cerebro —abraza a Percy como lo hace Luke y el mismo hijo de Hermes aparece junto a su novia, sin creer en lo que mira—. Felicidades por recuperar el tridente —dice Apolo, un poco más relajado. Percy conoce esa sonrisa y sabe que es la que usa cuando está por proclamar el fin del mundo—. Sabía que podías lograrlo, siempre fuiste el más habilidoso de los cuatro —murmura, viendo a Percy con su sentimiento de hermandad.

—¿Qué ocurre? —lo corta Percy, sabiendo que luego de que Apolo hable, todo saldrá mal.

Apolo le sonríe, apretando los labios en una mueca de disculpa.

—Tritón me pidió que hablara contigo —revela, logrando que Percy se desinfle más—. Por lo que sé, las cosas están tensas en Atlantis y luego del numerito de Kai... El Consejo Atlanteano descubrió que hiciste la misión sin una profecía. Dicen que la recuperación del tridente no tuvo valor —explica y Percy cierra los ojos, buscando un consuelo en la oscuridad. Pensar en sombras lo hace llegar a Nico y todo se vuelve peor. El nudo en su garganta es insoportable.

—Ya... —murmura, buscando sentarse en el suelo para no lanzarse desde ahí hacia el risco. 

—Lo siento mucho, Percy. Sé lo difícil que puede ser —Apolo intenta consolarlo, pero a Percy no podría dolerle menos—. Hice la profecía para ti, sé que no te gusta mi Oráculo —sonríe un poco, pero ante la expresión fúnebre de Percy, decide que no buscará levantarle los ánimos.

Carraspea para aclarar su voz y busca el papelito en los bolsos de tu pantalón. No puede acordarse de tremendo verso que le salió esa profecía. A decir verdad, Apolo es muy malo para memorizar.

 

Nacido entre los mares profundos, un héroe deberá luchar.

Enfrentarse a las guerras de sangre y con cinco cabezas más, 

determinarán el destino del mundo y los dioses.

Fundidos por el amor y el odio, serán ellos los más atroces.

Si el dolor y la muerte deberá acabar, 

para ello el océano algo importante perderá.

 

Percy está inmóvil, fuera de sí y concentrándose en no lanzarse a llorar.

Entonces, sabiendo que no le será de ayuda, Apolo le deja una galleta, de las favoritas de Percy, y se marcha del Campamento. La noche llega y Percy regresa al Campamento mientras mordisquea el regalo de Apolo. Llega a la Casa Grande, sube a su habitación y mete sus cosas en una mochila. Quirón le mira aterrado, creyendo que se irá del Campamento, pero no es así. Camina hacia la cabaña tres, donde está el símbolo de Poseidón y abre la cabaña sin pedir el permiso necesario. 

Por dentro, es muy poco acogedora. Es de color azul, pero por la luz de la noche, luce aún más fría. Deja la mochila sobre una cama y camina por las literas para distraer su mente abrumada. Sólo quiere olvidarlo todo, imaginar que nada ha ocurrido y que sus hermanos está ocupados como para decirle que regresará al siguiente día, pero confía como un niño esperanzado que todo irá bien. 

Las ventanas son de madera pintada en azul claro, decoraciones de crustáceos y caracolas. Un nacimiento de agua al interior, reflejando una luz perfecta para llamar por Iris gracias a la luna brillante. El olor a olvido flota por ahí.

Alguna vez, ya muy lejana, Kai durmió ahí como un mestizo feliz de que su padre divino le reconociera. Ahora, existe un mortal que mira todo con ojos indiferentes y se pregunta si es mejor rendirse, ignorar la profecía y dejar que su reino se derrumbe. ¿Qué es Atlantis para Percy? ¿Qué es Percy para Atlantis? 

¿Qué fue Percy para Nico?

Quizá ninguno de los tres sea importante para el otro y quizá... así sea mejor.

Debería ser como Sally. Que abandonó su reino en su propia decisión y ahora vive mucho mejor, libre y sin que nadie le lastime. 

Mira hacia la puerta, donde Quirón y Grover le miran muy preocupados. Percy les sonríe un poco y cierra la puerta, prefiriendo alejarse de ese mundo por unos segundos. 

Se queda en la orilla de una ventana, viendo los reflejos del agua bajo la luna, escuchando el golpe del elemento bajo las tablas de la cabaña. Desea que del desuso, la cabaña se caiga y con ello, Percy se hunda junto a las camas. Es decisión de sus padres. Eso es muy claro. Tritón no puede hablarle y Apolo fue a decirle que no regresaría a ser un dios, que estaría atrapado en esa vida hasta que algo o alguien le asesine. Sabía que sus padres no le tienen aprecio, pero el verse alejado de sus hermanos para siempre y del mar es lo que más duele.

Quizá lo hagan para evitar la guerra.

Quizá Kai odie a Poseidón porque descubrió su verdadera personalidad.

Quizá Nico le traicionó por complacer a Hades.

Al final, cada uno hizo lo que debía y el objetivo fue Percy. Tres flechazos donde uno duele más que los otros. Creyó que Nico había formado un lazo, pero qué ingenuo fue. 

Si es sincero, lo que más duele es Nico.

Realmente creyó.

Qué ingenuo fue.

. . .

Los días han sido grises y cada vez que Tritón intenta hablarle, Percy prefiere dejarle fuera porque no puede escuchar como le repite que no podrá regresar con ellos. La cabaña huele a sal y a tristeza, la mezcla ideal para Percy en ese momento. Luke y Thalía dan su mejor esfuerzo por animarle, aún así, Percy no puede dejar de pensar que los días son muy grises y que las cosas han dejado su encanto. Ser mortal ya no le parece tan divertido. Hay veces en las que escapa al bosque y se distrae en ayudar a Grover con crear coronas de flores o algunos brazaletes que les gustan a los sátiros, más no puede dejar su mueca desolada. 

Ya no es entretenido ir a la arena de entrenamientos. Sólo mueve la espada para no perder el ritmo de su condición y luego se entrega a otras actividades con el objetivo de no morir en el dolor de la rutina. Cada día se siente peor, más débil y sin ganas de salir de la cabaña tres. Recuerda cuando su hermana Cimopolia fue sorprendida con la obligación de casarse con su actual esposo. Ella entró en una burbuja de tristeza y nada podía sacarla de ahí, sólo flotaba por el castillo de Atlantis sin rumbo alguno y luego se enfurecía por el castigo que le habían dado.

Pensar en ella le hace sentirse aún más triste. No podrá verla por meses. No sabrá de sus bromas bruscas hacia los funcionarios de Atlantis, no escuchará las canciones de Rodo junto a las sirenas en los días del verano, no verá a Tritón explicarles sobre cosas marítimas que tanto le encantan.

Se siente pequeño. 

Todo es mucho peor cuando una mañana, Luke llega corriendo a la cabaña de Poseidón y aporrea su puerta hasta que Percy le abre todavía en su pijama de camiseta y una pantaloneta que le robó a Thalía. 

—¿Qué? —espeta sin humor.

Luke se muestra entre arrepentido y feliz. Es una expresión muy extraña, eso llega a asustarlo un poco.

—¿Alguna vez conociste a Ethan Nakamura? —agarra a Percy y hace que tomen asiento en la cama.

—No —admite.

—Es hijo de Némesis —explica Luke, mostrándose un poco angustiado—. Lo acaban de registrar como desaparecido del Campamento —dice, esperando a que Percy le entienda. 

No lo hace, lleva un minuto que abrió los ojos.

—¿Y qué?

—Según las investigaciones de Annie y Quirón... y por lo que dijo Dioniso... —se muerde el borde de las uñas y libera un suspiro—. Fue Ethan el que dejó entrar a Kai al Campamento. 

Percy siente que su lengua cosquillea por las ganas de gritar, pero también porque está sin reacción alguna. Se queda perplejo, sin hallar una forma para responderle a Luke. ¿Fue y señaló a Nico de traidor por una confusión? ¿De verdad pasó eso?

Se queda sin habla, todo es como un mal juego de las cosas. Como si los dioses estuvieran en una intensa partida de ajedrez y Percy es el peón que debe sacrificarse por el bien del juego. Quiere lanzarse al mar o enrollarse en sus mantas y no salir de ahí por meses. Quiere golpearse a sí mismo y luego repetir los golpes por ser tan apresurado. ¿Por qué confió en las palabras de esa niñata y no preguntó primero a Nico? ¿En quién se esperaba que confiara más?

Si fuera Nico, le hubiera dado un puñetazo por imbécil y le hubiera dicho que era un pedazo de mierda. 

Luke puede leer su enojo y su disgusto hacia sí mismo, así que intenta relajarle con la idea de que Nico podría perdonarle fácil.

—¿Puedes... irte? No quiero... —se encoge más y sólo intenta esconderse para que su mala suerte no pueda encontrarlo. Luke aprieta los labios y asiente, diciéndole que espera verlo a la hora del almuerzo. Últimamente Percy se ha saltado algunas comidas porque el dolor hace un nudo en su estómago y no puede comer bien.

No es hasta pasada la noche, cuando sus ojos no pueden dolerle más por las lágrimas silenciosas, que decide salir para oxigenarse y que sus pulmones puedan recuperarse un poco. Sin esperarlo, llega hacia la Casa Grande, con el deseo inminente a que Nico aparezca dentro mientras se ríe por su cara de idiota junto a Dioniso. No le importaría si fuera de esa forma, ya ha recibido suficientes insultos y humillaciones como para acostumbrarse, pero todo sea por ver de nuevo a Nico y pedirle una profunda disculpa, deseando que pueda perdonarle.

Pero no encuentra nada de eso. A cambio, está Quirón en el pasillo externo, junto a un columpio de madera ya añejada. El centauro sonríe y palmea el lugar donde está descansando, en la cima de las escaleras. Sus brazos débiles lo ayudan a que pueda apoyarse en silencio junto a Quirón, sabiendo que el centauro sabe la razón de su ánimo y de su aura gris. Observan el cielo en un azul oscuro, que deja ver las pocas estrellas de ese verano. Lo intenta, de verdad, pero otra lágrima lo abandona y arde al caer, ya sus ojos un poco irritados de tanto llorar.

Quirón acaricia su espalda con suavidad, tratando de ser reconfortante.

—Lo sabía —dice, logrando que Percy le mire con sus ojos rojizos.

—¿Cómo?

—Nico me lo dijo. Cuando el mini sátiro llamó por ayuda, Nico me dijo que te lo diría. No sé la razón que no lo haya hecho.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¡Pude haber evitado el gritarle de esa forma! —se derrumba, y aún así el centauro no deja su sonrisa suave y su mano cálida sigue acariciando a Percy. 

—¿Y evitar que aprendieras una lección?

Percy le mira, fuera de lugar.

—Siempre es bueno tener criterio propio, y esto fue una pequeña enseñanza, Percy —sonríe, logrando que Percy quiera ahorcarlo, pero luego cae en la verdad de lo que dice, disminuyendo un poco su furia.

—Lo siento, ¿sí? No soy un mortal perfecto, estoy aprendiendo, pero es tan d-difícil —solloza.

—Nadie dijo que era fácil —Quirón lo abraza y no deja que se aleje, arrullándole como a un niño indefenso.

—Lo siento —vuelve a decir con su voz quebrada.

Quirón busca en su bolsito de lana y le da un monedero. Dentro, hay unas dracmas y unos cuántos dólares.

—Tengo un regalo para ti. Por haber recuperado el tridente —le dice con su voz paternal.

Percy le mira con ojos brillantes.

—Sally habló conmigo y dijo que quiere verte. Argos te dejará en la estación de autobuses —promete y esa noche se muestra un poco más brillante, como una diminuta esperanza al medio de esa tormenta.

—Pero Nico-

—Está bien. Hades se encargó de ello.

—¿Y Perséfone? —Percy se muestra aún más preocupado.

—Te puedo prometer que Nico está muy lejos de Lady Perséfone —Quirón, al ser una criatura, debe mantener su respeto hacia las deidades. 

Percy mira el monedero con algo de culpa, su interior diciéndole que mejor use ese dinero para buscar a Nico y pedirle perdón. Aún así, no puede lastimar la intención de Quirón. 

—Vete antes de que Luke y Thalía lo sepan, yo los distraeré —le dice y Percy no deja otra opción.

No registra el viaje con Argos, tampoco el viaje en el autobús. No sabe a cuántas personas esquiva bajo el cielo nocturno, y tampoco cuántas veces se limpió las mejillas ante el deseo de buscar un refugio de su dolor. Sólo sabe que llega a ese departamento y que al llamar a la puerta, Sally lo recibe con un delantal manchado con masa de galletas. Ella le mira con sus impresionantes ojos azules y es como si se cubrieran de maternidad, viéndole como si fuera su hijo pequeño que llegó luego de un largo día de escuela.

Lo atrae a un abrazo y le cubre con su calidez y amor. 

Percy ya perdió el número de veces que ha llorado, pero con Sally, se siente aún más expuesto que antes. Ella lo entra a su hogar y deja que llore todo lo que no ha liberado, besando sus mechones y diciéndole que todo será mejor luego de esa noche. Ella escucha todos los errores de Percy, todas sus preocupaciones y los castigos que le han llegado. Las decisiones del consejo, la visita de Apolo y lo que hizo con Nico.

Ella se mantiene en silencio, sólo le abraza y acaricia, tratando de reducir el dolor de Percy.

—No puedo. Todo lo que intento está mal o no sirve para Atlantis —dice, tan quebrado que la nereida le abraza más fuerte. 

—No digas eso —le pide, pero el corazón de Percy está destrozado.

—Sé que es la primera vez y que quizá estoy exagerando todo. No debería quejarme —murmura.

Sally niega con la cabeza y se apoya contra el cuerpo flojo de Percy.

—La primera vez siempre es la más abrumadora —dice, pero el mortal se niega a creerle. Cree que sólo está siendo un llorón de mierda.

—Debo buscar a Nico —dice, necesitando una forma de arreglar lo que arruinó en segundos.

—Escúchame —Sally toma su rostro y lo obliga a que le vea—. Deja de correr. Respira profundo —le sonríe con cariño—. Sé que hallarás la solución, confío en ti —le dice y eso logra que Percy pueda enfocar la tormenta en su interior.

Intenta devolverle la sonrisa y eso ablanda el corazón de Sally, quien le mira con el mismo amor de madre a cuando vivían en Atlantis.

Vuelve a abrazarlo y el olor a galletas se hace mejor, recordándole que ahora está en lo que podría ser un lugar protegido para los días más grises.

 

Notes:

besos.

Ah, sí, ¡y que viva el Percico!

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