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Español
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Published:
2024-05-20
Words:
7,853
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1/1
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4
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932

Vencer el miedo

Summary:

La ruptura con Fina materializa el mayor miedo de Marta, que sucumbe en dantescas pesadillas en las que su amada ya no la quiere más. No imaginaba que podía sentir tanto dolor. Caía en el colosal abismo de la soledad cuando unos brazos la contuvieron, la abrazaron y unos ojos azules como los suyos le sonrieron llenos de amor.

Breakup with Fina makes alive Marta's greatest fear, and she fell for horrible nightmares about her beloved not loving her anymore. She couldn't imagine feeling such pain. She was falling into a huge deep of loneliness when two arms catched her firmly, huged her hard and a pair of eyes as blue as hers show her their love.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Hacía rato que había oscurecido, la fresca brisa de la noche golpeaba contra su rostro y aliviaba el ardor que sentía en las mejillas. El dolor de cabeza no había fuerza humana o natural que se lo quitase. Desde que habían comenzado los turnos de noche, las puertas del almacén de atrás de la tienda solían estar siempre abiertas, por lo que Marta pudo acceder al recinto por ahí, evitando tener que pasar por la tienda. Las chicas ya tendrían que estar cerrando y para cuando ella hubiera salido de su despacho, no se las cruzaría.

Aciagos días eran aquellos para Marta de la Reina que, aunque seguía pensando que había obrado correctamente, sentía que había saboteado ella misma la única fuente de alegría que había en su vida. A inicios de semana, tras la reincorporación de Fina a la tienda, y otro encontronazo incómodo con su marido que había frustrado sus planes juntas, la morena había aceptado tomar distancia. Aceptado, sí. Aceptado porque esa carta la había puesto la propia Marta sobre la mesa, acongojada ante la idea de arrastrar a Fina por su personaje de esposa abnegada en la parodia de vida perfecta de familia de sociedad.

Le parecía injusto condenarla a conformarse con los restos que Jaime dejaba, los restos de tiempo, de energía, de atención… Fina se negó al principio y dijo que viviría de aquellas migajas siempre que pudiera amarla, así fuera en silencio. ¿Pero a qué resquicios podía aferrarse la joven dependienta si su marido la acaparaba a sol y a sombra? Ni cinco minutos había podido rascar para compartir con su amada.

Fina trató de sobrellevarlo, incluso le preparó una escapadita sorpresa para almorzar juntas al aire libre pero, como siempre, llegó Jaime a último minuto a imponerle unos planes para los que ni siquiera le había consultado, disponiendo de su tiempo y arruinando una vez más su cita. Desde su llegada no había hecho otra cosa.

Esa había sido la gota que colmó el vaso pues, horas más tarde, cuando quiso disculparse con ella, preparada para la rabieta de la más joven, Marta comprobó con terror que en los ojos de Fina había algo más que enojo y frustración. Esos bonitos orbes pardos estaban cargados de una pena muy grande, pero su mirada era firme, decidida, y su gesto más que de reproche, era de resignación. Lo supo antes de que se lo dijera y, de hecho, si apenas pudo comprender la perorata de su enamorada mientras rompía con ella, se quedó estancada cuando la morena pronunció “Marta, yo ya no puedo más con esto” y cuando consiguió procesarlo y volver a escucharla, Fina terminaba de decir “lo siento mucho” y se alejaba rápidamente, prácticamente huyendo del despacho.

No la culpaba, no, ni le guardaba rencor, pues había sido ella quien había planteado que Fina siguiera su camino por su cuenta para poder buscar la felicidad libre de ataduras que Marta no podía ofrecerle. Pero eso no hacía que doliera menos.

Recorrió a pies juntillas el pasillo que precedía a su oficina, como si en aquella estancia desolada alguien pudiera sorprenderla. Abrió la puerta y recogió la carpeta, excusa de la que se había valido para evitar pasar más tiempo del necesario con Jaime. Sin prisa alguna por volver a casa, encendió la lámpara del escritorio, se sentó, abrió con su llave el segundo cajón de la derecha y tanteó debajo del montoncito de documentos que allí guardaba, sacando después un par de fotos. Las fotos de Fina para la última campaña y las que le había tomado Marcos desprevenida. Pasó su índice por encima del papel de foto, acariciando el rostro de la joven mientras suspiraba. Era lo más cerca que iba a estar de volver a tocarla así.

Devolvió las fotografías a su escondite y cerró el cajón, girando la llave. Salió de despacho con desidia y resignación, no quería regresar a su casa, no deseaba ver a Jaime y tener que impostar una sonrisa complaciente, mucho menos hablar con su padre, que había sido el principal artífice de sus recientes desgracias, no la animaba siquiera la conversación amena que podría mantener durante la cena con sus cuñadas o con Andrés. En el mejor de los casos podía excusarse alegando malestar y escabullirse a la habitación de su sobrina que, siendo viernes, aún estaría levantada. Su dulzura e inocencia eran el único consuelo que podría encontrar esa noche.

Hubo llegado al almacén, dispuesta ahora a salir por la puerta de la tienda, cuando unos ruidos la pusieron en alerta. Se detuvo en seco y agudizó el oído. Sí, había murmullos, provenían de la tienda, pero eran tan bajitos que se le hacían ininteligibles. Con cuidado de no pisar con el tacón de sus zapatos, Marta se acercó a la puerta que separaba el almacén de la tienda, y pegó la oreja al cristal.

Balbuceos, un suspiro, unos ruidos como de movimiento. Un golpe y un quejido. “Au, me has hecho daño” escuchó, aferrándose al asa de su bolso. “Shhh… te lo voy a compensar” respondió alguien y, como hablaban en susurros, se le hizo imposible distinguir los timbres de voz. No eran ladrones, como fue su primera impresión, por lo que dejó escapar el aire contenido en sus pulmones a causa de la tensión. Tenía que ser algún empleado o empleada, o uno de cada, teniendo un encuentro clandestino… en su lugar de trabajo. Se iba a enterar, pensó, fuera quien fuese, y también tendría que echarles una buena reprimenda a las chicas por no dejar bien cerrada la tienda.

Apuró la mano sobre la manija para abrir la puerta y sorprender a los descarados, cuando oyó un sonido que pensó no volver a escuchar jamás. Ese sonido que le erizaba la piel y la hacía arder en deseo. Empezaba como un quejido ronco y terminaba en un ahogado gritito. Un gemido tan característico, como lo era todo lo referido a Fina, que la llenaba de satisfacción y la hacía saber que su amada estaba disfrutando del placer que le estaba procurando.

Lo había escuchado la primera vez que hicieron el amor, y su cerebro atesoraba con tal lujo de detalle esa escena, que la recordó instantáneamente como si estuviera reproduciendo el negativo de una película. La morena sentada a horcajadas sobre su regazo mientras se besaban con fruición y Marta exploraba su cuerpo con las manos, nerviosa y excitada a partes iguales. Sus dedos, que siempre se posaban sobre la cintura de Fina cuando se besaban, vagaban entonces libremente por doquier, una subiendo y bajando por la espalda, la otra aventurándose sobre el torso, alcanzando sus senos. Observó el rostro de Fina, la mirada ensombrecida y las pupilas dilatadas se le antojaron lo más erótico que había experimentado nunca, hasta que con la palma rozó su pecho y después lo acunó con la mano, arrancándole ese gemido que se convirtió en su sonido favorito

Pero esta vez no era ella quien se deleitaba de esa reacción de Fina, y a Marta se le agolparon las lágrimas en los ojos. Su mente tenía que estarle jugando una mala pasada, creyó, y recordó su mano sobre la manija. Inspiró con fuerza, armándose de valor, los ruidos de la pasión taladrándole los oídos. Quería verlo por sí misma y descartar cualquier duda… quizá se estaba equivocando, quizá no era ella. Apretó hacia abajo la manija y empujó la puerta, rogándole al señor no encontrarse lo que imaginaba.

Lo siguiente que le pidió a Dios fue que mandara un rayo que la fulminase allí mismo. No se engañaba, no, pues distinguió entre las sombras la alta figura de Fina y aún en la penumbra reconoció su rostro, que era succionado por los labios de otra mujer de menor estatura.

¿Tan rápido la había cambiado por otra? ¿Cómo se había atrevido a traerla aquí, al lugar donde se había fraguado su historia de amor? ¿Cómo podía besarla a no más de dos metros de donde ellas se habían dado su primer beso? El corazón le dio un vuelco, se le encogió, se resquebrajó. Lo sintió desangrar en el interior de su pecho y fluir por sus venas la sangre fría como hiel, aletargando sus extremidades, haciéndola temblar.

Las dos mujeres en la otra habitación no se percataron de su presencia, o no pareció importarles lo más mínimo porque no se inmutaron y siguieron enzarzadas en sus besos y en ese grotesco manoseo que a Marta, incapaz de apartar la mirada, le provocaba arcadas. Con la vista nublada y sintiéndose a punto de desfallecer, llevó su mano hacia el interruptor del almacén y lo accionó, iluminando la estancia en que se encontraba y permitiéndole escrutar con minucia la nefasta pesadilla que estaba viviendo.

La luz alertó a Fina y su acompañante, que se guareció en la oscuridad, mientras la joven avanzaba hacia ella, presa del pánico, no entendió si obedecía a saberse descubierta o al estado en que debía encontrarse, pues imperaba en la cara de la morena un gesto de genuina preocupación. Cuando la tuvo en frente, Fina trató de asirla por los antebrazos, pero Marta se apartó dando un paso atrás, asqueada ante la idea de que la agarrase tras haber estado acariciando a aquella mujer. La vio mover los labios pero no podía oírla, le pitaban los oídos. Seguía temblando, tenía frío. Quiso hablar, pero no pudo articular palabra. Comenzó a respirar con dificultad, tenía la extraña sensación de que sus costillas se cerraban alrededor de sus pulmones y aprisionaban su corazón, causándole un dolor que no se diferenciaba del dolor que se había apoderado de todo su ser. Le ardía el estómago, resentido del castigo a que lo había sometido durante esos días en que apenas probaba bocado. Reprimió una arcada que le inundó de bilis la boca, permaneciendo en ella su sabor ácido.

Todo se le estaba haciendo insoportable en ese momento y le hacía daño: su corta melena de cabellos que eran como agujas incrustadas en su cráneo, los aretes y el collar que llevaba puestos no parecían de oro sino de hierro candente y le quemaban la piel helada; la ropa se sentía como un sudario andrajoso y maloliente sobre el que el abrigo de lana era ahora de espinas mientras que, en su mano, el bolso pesaba como bulto de plomo y el tierno cuero de sus zapatos se volvía áspero papel de lija.

Era una marabunta de emociones crueles y sentimientos ominosos que la asfixiaban junto a un sinfín de ponzoñosos estímulos. ¿Así se sentía la traición o era así cómo llamaba la muerte? Era mucho más de lo que podía aguantar, y tampoco le veía sentido alguno oponerse a lo inevitable. Hacía rato que se esforzaba de manera hercúlea por seguir consciente, pero las fuerzas se le habían acabado y si todo lo que podía sentir era esa agonía que le desmenuzaba las entrañas y vapuleaba su alma, prefería dormirse y no despertar hasta que la pesadilla hubiera terminado.

“Marta, te está sangrando la nariz”, fue lo único que alcanzó a oír y que pudo comprender antes de sucumbir al limbo, dejando de sostener su cuerpo y cayendo éste hacia el suelo, salvándose del impacto por los brazos de Fina atrapándola al vuelo. La morena se arrodilló con cuidado y la contuvo, llevando un pañuelo hacia su nariz, de donde brotaba un hilo de esa sangre envenenada que escapaba de un corazón que dejaba de latir. Sus hermosas facciones y los ojos que tanto adoraba ocuparon sus pupilas antes de que todo se volviera negro.


 

- Marta, te está sangrando la nariz -exclamó Andrés, moviendo el brazo de su hermana para que despertase, sin éxito- ¡Marta! -dijo más alto.

La mediana de los de la Reina abrió los ojos asustada, llevándose una mano a la nariz y otra al pecho, mientras se levantaba con presteza, balbuceando incoherencias, y su hermano menor tuvo que contenerla para que no cayera de bruces contra el suelo por el ímpetu con que se había puesto en pie. Tenía la frente perlada por el sudor y aspecto desprolijo, se veía pálida y agitada, los ojos abiertos como platos al verlo allí. Repasó el despacho rápidamente con la mirada, y en lugar de ubicarse, la vio torcer el rostro, confundida.

- Ey, tranquila -dijo para sosegarla, y con las manos que tenía apoyadas sobre sus hombros, la hizo sentar de nuevo en la silla donde la había encontrado dormitando entre quejidos- has debido de quedarte dormida trabajando.

Puso su mano sobre la de Marta, encima de su corazón, y llevó la otra a la espalda de ella, tratando de aminorar las trepidaciones de su cuerpo y que acompasaran respiraciones, logrando que se destensase un poco. La castaña no se resistió, y atravesó de forma efímera una expresión de alivio por su rostro, que se difuminó a los pocos segundos, regresando a la confusión. Sólo había sido una pesadilla, pero qué pesadilla tan terrorífica. Irguió la espalda para recobrar la compostura y trató de modular su gesto.

- ¿Qué haces aquí? -preguntó ella, mientras Andrés sacaba un pañuelo de su bolsillo y se disponía a limpiar la sangre que manchaba el rostro de su hermana antes de que se secara.

- Me he demorado con unos quehaceres en logística y he llamado a casa para avisar que no llegaría a cenar -se llevó una esquina del pañuelo a la boca y lo humedeció con algo de saliva, para retirar la pequeña costra que se había formado justo en los bordes de una fosa nasal. Con un mohín de asco, Marta se dejó hacer- Tía Digna me dijo que tú tampoco habías vuelto a casa pero que no habías llamado y vine a buscarte.

- ¿Qué hora es? -inquirió ahora, apartándole la mano del rostro.

- Tarde -Marta levantó una ceja con suficiencia, Andrés se rio y miró su reloj- Casi las diez.

- Dios, llevo aquí una eternidad y no he revisado los albaranes que tenía pendientes-exclamó la castaña, tratando de incorporarse. Él se lo impidió- Andrés, por favor, hace rato que tendría que haber terminado ese trabajo, pero si no es por ti capaz me quedaba durmiendo hasta quién sabe qué horas.

- Probablemente Jaime hubiera venido a buscarte, trató de comunicarse contigo -los ojos de su hermana se ensombrecieron cuando mencionó a su cuñado, y aunque sonrió, Andrés se percató- pero usted, señorita, tenía el teléfono descolgado y no entraba ninguna llamada.

- Necesitaba algo de tranquilidad para poder trabajar en paz.

 

El ojiazul sabía que era algo más que eso. De hecho, dudaba que Marta se hubiera escondido del mundo esa tarde para revisar albaranes y facturas que, estaba seguro, ya tenía ordenadas y correctamente archivadas. Aunque hubiera querido achacarlo al despertar repentino o a la pesadilla que parecía estar teniendo, su rostro delgado lucía demacrado y alrededor de sus ojos, celestes como los suyos, una rojez e hinchazón delataban el llanto que habría precedido al sueño. Las ojeras las arrastraba desde hacía varios días, creía habérselas notado tras la segunda noche de su cuñado en casa y desde entonces tenía la mosca detrás de la oreja.

- Creo que lo que necesitabas era poder estar un rato sola -aseveró- y eso está bien, Marta, es normal que quieras algo de espacio.

La castaña levantó el rostro hacia él y dibujó una diminuta sonrisa en sus labios, más bien un amago de sonrisa. Andrés prosiguió.

- En los últimos años apenas habréis compartido un par de semanas juntos, y en intervalos de tres días -posó sus manos en las rodillas de Marta, cubiertas por la tela de su falda, y se sentó sobre la mesa de centro, quedando enfrente el uno con la otra- y de la noche a la mañana está viviendo aquí y pasa todo el día contigo, lo raro sería que no estuvieras abrumada.

- Según padre debería estar dando brincos en un solo pie porque Jaime se haya instalado aquí -soltó la castaña, y Andrés supo que iba por buen camino- parece que la esposa fuera él y no yo.

- Bueno, ya sabes cómo es padre… -buscó la mirada de Marta, que le rehuía- Cree que hace lo mejor para nosotros, como siempre.

- Eso no es cierto, Andrés -ahora su hermana lo miraba fijamente, azul contra azul- Ni a ti ni a Jesús os cuestiona las decisiones, os impone otras tantas u os dice cómo tenéis que vivir vuestra vida… o con quién tenéis que compartirla.

La voz de Marta había salido clara y fuerte al principio, reafirmándose en su postura, pero fue quebrándose hasta convertirse en un susurro ahogado. El menor de los de la Reina atrapó las manos de su hermana mayor y las apretó con delicadeza, transmitiéndole cariño y consuelo.

 

Una lágrima solitaria fue a parar en el entresijo de manos, y Andrés se apresuró en levantar la barbilla de Marta antes de que ésta se deshiciera del camino húmedo que había dejado la pena en su rostro. Quiso decirle con la mirada que la quería y que la protegería de todo lo malo que pudiera pasarle, que necesitaba que confiara en él para poder ayudarla. Quería que Marta dejase de ignorar sus sentimientos y los compartiera con él en vez de ahogarse en la soledad.

No supo si consiguió que su hermana entendiera todo lo que su alma expresaba por sus orbes cerúleos, pero percibió en los de ella una única respuesta. “Abrázame”.

Y mientras soltaba sus manos y la rodeaba con amor, ella enterró el rostro contra él y profirió un grito ahogado que su pecho amortiguó, pero que quedó grabado a fuego en su mente. ¿Cuánto tiempo vendría cargando sola con tanto dolor? La apretó con más fuerza si cabía, y le besó la coronilla sintiendo cómo su cafarena se empapaba de lágrimas. Para comodidad de ambos, se deslizó de la mesa, apoyando su espalda en ella, y se sentó en el suelo, arrastrando a su hermana consigo, dejándolos encajados en el pequeño espacio que quedaba entre la mesa y la silla donde ella había estado sentada.

Con su pie arrastró la silla hacia un lado, haciendo espacio para poder estirar las piernas y acomodar a Marta también, aunque ella no se habría dado cuenta. Había iniciado un llanto que no era capaz de refrenar, y envuelta entre los brazos de su hermano, dejó aflorar todo el enojo que tenía con su padre por manejarle la vida a su antojo, la inmensa culpa que le provocaba engañar a Jaime, el sufrimiento con el que batallaba desde que Fina y ella habían roto. El miedo que sentía desde que se había descubierto a sí misma, miedo al rechazo, al desdén de su familia y al de la sociedad, pero su mayor miedo era el que se había materializado en tan dantesca pesadilla, provocándole escalofríos. El miedo de haber perdido al amor de su vida para siempre.

Fina era una mujer maravillosa y con toda la vida por delante, lo sabía bien, y lo que más deseaba era que fuera feliz, así no fuese con ella. Pero aún ese consuelo no alcanzaba para paliar la profunda herida en su corazón, lo había sentido desgarrarse en ese sueño viendo a Fina con alguien más, no simplemente porque Fina estuviera con otra mujer, sino porque había sido ella quien la habría arrojado a los brazos de cualquiera, en lugar de retenerla a su lado. ¿Pero cómo podía retenerla consigo si no podía amarla como ella se lo merecía? ¿Si le hacía daño? Se escuchaba tan feo. Retenerla. Privarla injustamente de esa libertad que anhelaba para sí misma y que, sin embargo, Fina tenía al alcance de su mano.

Tampoco podía ignorar el daño que le había hecho pensar que esos ojos pardos ya no la mirarían como antes, que su sonrisa no se iluminaría al verla, que sus manos no volverían a acariciarla y que no podría besarla otra vez. Para que su monótona e insulsa vida de abolengo siguiera intacta, pagaría con una existencia gris y risas fingidas, sonrisas de cartón, asediantes momentos de intimidad que repudiaría y que la harían sentir sucia. Pagaría con la certeza aplastante de que en su vida no habría amor, ni pasión, ni deseo, y mucho menos libertad. Pagaría con la tortuosa zozobra de descubrir cualquier día ese brillo en los ojos de Fina, esa linda sonrisa y miradas furtivas, amando y sintiéndose amada, volando al viento cual golondrina mientras ella la observaba entre barrotes de oro.

Lloró por todas y cada una de esas razones, lloró porque estaba cansada de fingir, lloró porque se sentía impotente. Lloró porque no se arrepentía de haberle dejado vía libre a Fina y que esta la hubiera aceptado, lloró porque la extrañaba y porque quería sentir su aliento en el cuello y que la inundara el olor fresco de su cabello, lloró porque la amaba tanto y no sabía si algún día dejaría de hacerlo. Lloró porque dolería menos bañarse en cera hirviendo, lloró porque se sentía pequeña, vulnerable e indefensa desde que su madre había muerto, dejándola sola en el mundo. Lloró porque Fina ahuyentó en vano esa soledad, pues se había vuelto a cernir sobre ella.

Lloró porque, en el fondo de las cosas, necesitaba llorar desde hacía mucho tiempo.

 

Después de un rato se quedó sin lágrimas, mas no sin penas, pero estas pesaban mucho menos tras haberlas llorado. Haber sacado todo lo que tenía dentro clavado como espinas en el corazón le permitió respirar profundamente y saberse viva y entera. No era el fin del mundo el desbarate de su mundo, sí, y no pensaba desvivirse como ocurría en Madame Bovary, pero ponerle pausa al mundo cuando se desbarataba su mundo no era ningún pecado, no en comparación con los que ya había cometido. Se rio pesadamente ante la ironía.

Su risa pareció sobresaltar a su hermano, que permaneció en silencio. Abandonado el trance en que estaba sumida, se percató de que Andrés llevaba todo ese rato meciéndola despacito, sin aflojar su agarre alrededor de su cuerpo hasta ahora, que la observaba con prudencia y no menos intriga. Levantando el rostro de su pecho se fijó en que él también tenía restos de lágrimas en las mejillas, y estiró su mano para limpiárselas. Se miraron y sonrieron.

Marta se colgó del cuello de su hermano impulsándose hacia arriba y le dejó un beso en la piel todavía húmeda, apenas arriba de la barba. Andrés le acarició la espalda, a la espera de un gesto o movimiento suyo. En todos sus años de vida nunca se había dejado ver así por nadie, ni siquiera por ella misma, se acababa de abrir en canal delante de su hermano, y la dulzura y mimo con que él la estaba cuidando le hizo ver que no estaba tan sola como pensaba, que había alguien en quien podía refugiarse cuando sintiera tambalear el suelo debajo de sus pies. Aquel momento los uniría como hermanos de una manera que ninguno de los dos alcanzó a imaginar.

Sin querer separarse del todo, porque le hacía bien la cercanía y temía quebrar la burbuja de intimidad que había creado entre los dos, Marta abandonó la posición fetal en que yacía y estiró sus piernas sobre el suelo, apoyando la cabeza en el regazo de su hermano, que llevó una mano a su cabeza y le acarició el cabello.

- ¿Y tú por qué has llorado? -inquirió pasado un rato.

- Pues no lo sé- Andrés suspiró y bajó la mirada hacia ella, pensativo- Supongo que me embargó la emoción… y escucharte tan rota, Marta, jamás te había visto así.

- Eso es porque nunca he dejado que los sentimientos me dominen, Andrés -dijo con franqueza- He procurado mantenerlos a raya, pero hoy no he podido más.

- ¿Cuánto tiempo llevas “manteniéndolos a raya”?

- Desde que murió madre -respondió mientras se incorporaba para sentarse al costado de su hermano- Recuerdo que era de madrugada, tú dormías, Jesús estaba de campamento no sé dónde… Ella estaba en la cama, parecía dormida, y yo la abracé, la abracé fuerte como me has abrazado tú a mí esta noche.

Andrés giró un poco el torso para poder observar mejor a Marta mientras hablaba, quería escucharlo todo sobre la partida de su madre, pues sus recuerdos eran muy vagos. Ella lo entendió enseguida e hizo lo mismo para quedar frente a él, antes de continuar.

- No sé cuánto rato estuve a su lado, aferrada a su cuerpo, apretando su mano, llamándola en vano. Lloré tanto que pensé que se me caerían los ojos -Marta tanteó sobre el suelo, buscando su mano, Andrés se la dio sin apartar la vista de ella- Cuando padre entró en la habitación y me vio allí, pensé que acudiría a consolarme y que acompañaríamos juntos a madre para despedirnos de ella.

- Pero no fue así -dijo Andrés.

- No.

- ¿Qué pasó?

- Me dijo que aquella iba a ser una situación “difícil para todos” y que tenía que estar a la altura porque a partir de entonces yo ocuparía el lugar de madre.

- ¿No te dio ni siquiera un abrazo? -quiso saber él, desencantado por la frialdad de su padre en un momento tan difícil para cualquier hijo.

 

Cuando Catalina había muerto, el menor de los hermanos de la Reina estaba próximo a cumplir once años. Era consciente de muchas cosas pero había muchos recuerdos que se le escapaban. Jesús estaba fuera estudiando y lo veía sólo en vacaciones. Marta habría de tener unos quince, y siempre que no estaba encima de él para evitar que hiciera trastadas con su primo Luis, era él quien la perseguía para pedirle que hiciera de modelo unos minutos y poder mejorar sus retratos. Le encantaba dibujar su sonrisa risueña que acompañaba siempre de una mirada luminosa, aunque recatada.

- Sé que él estaba igual de destrozado que yo en ese momento -continuó Marta sin contestar a su pregunta- Había perdido a su mujer y se estaba quedando con un hijo joven y dos a medio criar, pero yo había perdido a mi madre. Apenas nos vimos en los días de después, tras el funeral se encerró en sí mismo y en la empresa durante meses y nosotros…

- Pasamos ese verano en Los Olmos con los tíos, Luis, Joaquín y Valentín –Marta asintió mientras Andrés hacía memoria, recordaba muy bien aquel verano en la finca, lleno de momentos felices junto a sus primos y su hermana, ensombrecidos por la pena de la reciente pérdida de su madre, la ausencia de Jesús, que comenzaba a hacer su vida por su cuenta, y más aún la de su padre- Me acuerdo de cómo te escapabas de tu habitación después de que la tía nos acostara y venías a la mía para darme un beso de buenas noches y taparme hasta la cabeza.

- Es que no parabas quieto durante la noche -rio su hermana, dándole un golpe en el brazo- Mamá siempre se quejaba de que amanecías con el edredón por el suelo y un catarro de aúpa.

- Vale, Marta, pero era pleno agosto -replicó Andrés, ganándose una mirada de reproche- Da igual, me encantaba que lo hicieras porque me recordaba a cuando ella lo hacía.

- Lo sé -suspiró Marta, visionando de forma fugaz a su pequeño hermano, que ahora era más grande que ella- Pero tú te colabas en mi habitación también, e insistías en dormir conmigo y luego me dabas patadas.

Ahora fue ella quien recibió un golpe en el brazo, antes de que inundaran los dos el silencio con sus risas. La castaña se veía más sosegada, había recobrado el color en las mejillas y su mano ya no se sentía fría, y sin embargo Andrés sabía que todavía faltaba más, Marta solo le había contado uno de quién sabe cuántos tormentos.

 

- No era tu responsabilidad, ¿lo sabes? -dijo, antes de que cerraran el tema de su madre y se adentrara a picar en la coraza de su hermana para desvelar la verdad.

- ¿No lo era?

- Era de padre -afirmó Andrés- Tú solo fuiste una niña haciéndose cargo de otro niño, y no me malinterpretes, Marta, lo hiciste genial conmigo, sobre todo ese verano, y te lo agradezco muchísimo, pero no fue justo para ti y tú misma has dicho que esto de hace un momento tiene su origen allí.

Marta se revolvió sobre el suelo, incómoda al prever los derroteros por que comenzaba a discurrir la plática. Andrés vio como volvía a erguir la espalda para impostar esa fachada de reserva y autocontrol. En un intento desesperado por no retroceder tres pasos después de avanzar dos, se estiró hacia su lado y apoyó la cabeza sobre sus piernas, tal como ella había hecho antes.

- Déjame cuidarte como me cuidaste tú entonces -no era una orden ni un requerimiento, era una petición sincera, casi una súplica.

Silencio. Marta miraba al frente y no daba señal alguna de haberlo escuchado, y Andrés se preocupó al pensar que estaría sumiéndose de nuevo en sus cavilaciones. Estaba a punto de alzar la mano delante de su rostro para llamar su atención cuando la castaña bajó la cara, lo miró con una media sonrisa, y regresó la vista a la pared.

- Es complicado.

- Te prometo esforzarme todo lo posible por comprenderte, Marta.

Pasados unos instantes, en los que contuvo la respiración mientras atisbaba la lucha entre la vacilación y la necesidad de consuelo que se libraba en el celeste mirar de su hermana, que se jalaba un mechoncito de cabello de la nuca.

- ¿Tú eres feliz? -preguntó, clavándole los ojos.

- Creo que sí -respondió.

- No, creo no, Andrés, ¿eres feliz? ¿eres feliz con la vida que tienes? -insistió, y Andrés descubrió en el cerúleo azul de sus grandes orbes una gran seriedad, así que decidió hablar desde el corazón.

- Sí. Y no -vio a su hermana torcer el gesto y se apresuró a decir- Ey, escúchame. Sí, soy feliz porque tengo suerte en la vida, tengo un trabajo que me gusta y una familia a la que quiero, con sus más y sus menos, la quiero. Pero no soy completamente feliz porque me falta una cosa.

- ¿Y qué es? -inquirió Marta.

- El amor.

- ¿El amor? -espetó ella, sorprendida- Pero si te acabas de casar.

- Lo sé.

 

Cálida era la penumbra en aquella oficina. La luz amarilla de la lámpara arrancaba destellos dorados de los desordenados bucles de su hermana, y Andrés pensó en lo mucho que se parecía a su madre cuando no lucía esa pose de dama de hierro. Entendía, sin embargo, porqué lo hacía. Marta sin armadura era el ser más transparente que pudiera existir, no había nada que le pasara por la cabeza y que no pudiera adivinarse escrutando sus cristalinos ojos. Eran como dos vitrinas que exponían su alma, por eso tantas veces le rehuía la mirada.

- Entonces no estás enamorado de María.

- La quiero mucho -dijo Andrés- Es una chica muy noble, su padre era mi mejor amigo, ya lo sabes, y ella me ama y me lo demuestra cada día…

- Umjú.

Levantó la vista hacia Marta e hizo un ademán delante de su rostro, ella lo miró y el dirigió la vista hacia el mueble chato de madera oscura, donde se posaban varias botellas de licor. Su hermana se estiró con esfuerzo, al tener movimiento limitado por su peso sobre ella, y alcanzó la botella de brandy y un vasito de cristal. Lo sirvió hasta la mitad y se bebió el contenido de un trago, repitió el proceso entregándole ahora a él el vasito, que apuró por su garganta con la misma rapidez.

- Pero no la amo -sentenció finalmente.

- ¿Y por qué lo hiciste, Andrés? ¿por qué te casaste con ella si no la amas? -no quería juzgar a su hermano, pues era la menos indicada para hacerlo, pero no entendía porqué Andrés había asumido un compromiso vitalicio con una persona de la que no estaba enamorado.

Ella no podía hacer otra cosa, se había casado con Jaime muchísimo antes de enamorarse de Fina. Su condena era irremediable, pero su hermano podía haber tomado otra decisión. Se lamentó entonces de no haber sabido leerlo antes, de no haber tenido con él esa conversación unas semanas atrás y quizá evitarle el sufrimiento que ella padecía en sus propias carnes.

- Porque no puedo estar con la mujer de la que estoy enamorado -contestó con cadencioso hastío, tapándose el rostro con la mano mientras que a su hermana se le erizaba la piel y se le retorcía el corazón. Ella tampoco podía estar con la mujer de la que estaba enamorada.

- ¿No te corresponde? -Andrés no contestó, así que decidió interpretarlo como un sí, luego si era un amor correspondido, sólo había un motivo por el cual no podrían estar juntos- ¿Es casada?

- Sí. Y no es correcto, Marta, yo sé que no es correcto… Pero ¿qué puedo hacer si no dejo de sentir lo que siento? He tratado de ignorarlo, he luchado contra ello con todo mi empeño, me he esforzado por enamorarme de María, pero no lo he conseguido.

- Lo entiendo -dijo Marta, impávida, confirmando las sospechas de su hermano.

- ¿Es eso lo que te pasa, Marta? -preguntó con serenidad el ojiazul- ¿Tú también estás enamorada de otra persona?

La mayor no respondió de inmediato, aunque no hizo falta porque para Andrés fue evidente que había dado en el clavo. Apretó ligeramente la mano de su hermana, mostrándole su apoyo, animándola a hablar. A fin de cuentas, él ya le había confesado su gran secreto, al menos en parte.

- Sí -lo reconoció, huyendo del escrutinio del menor- Estoy enamorada como una loca. Al igual que tú intenté detenerlo, que no ocurriera, pero fue inútil. Es un sentimiento más grande que mi voluntad, y también es lo más hermoso que me ha pasado nunca.

- Eso es exactamente lo que yo siento -exclamó Andrés, y se aventuró un poco más- A su lado es como si el tiempo no pasara, o pasa demasiado rápido, no lo sé.

- Porque al mirarla a los ojos no existe nada que no sea ella, todo lo demás deja de importar -añadió Marta, ante la aprobación de su hermano.

- Ay hermanita, ¿qué vamos a hacer?

 

Aunque era una pregunta al aire, los dos hermanos habrían dado cualquier cantidad de dinero, propiedad, su casa y hasta la empresa a cambio de una respuesta, a cambio de una salida. El menor tomó la botella y se la llevó a los labios, sin rozarla, y vertió parte del líquido hacia el interior de su boca.

En otras circunstancias, Marta habría puesto el grito en el cielo y le habría propinado una regañina tremenda a su hermano por hacer tal cosa. Sería ridículo hacerlo en esos momentos. Sentada en el suelo, el traje desaliñado, los zapatos de tacón esparcidos como cualquier cosa, probablemente despeinada y con el maquillaje corrido, ¿qué sentido tenía ponerse con señorismos?

Su hermano, sin embargo, le alcanzó la botella y también el pequeño vaso de cristal. La castaña arqueó una ceja con sorna y le arrebató de las manos la licorera, bebiendo directamente del pico, provocando su sorpresa y diversión.

- Uy, qué fina -exclamó él, con inocencia, haciendo que Marta casi se atragantara con el brandy.

Permanecieron otro buen rato en silencio, pasándose la licorera de mano en mano, terminándosela enseguida. Marta se felicitó a sí misma por haber escogido la botella más vacía de las tres que reposaban sobre el auxiliar, si se hubieran propuesto terminar cualquiera de las otras dos, quizá no pudieran volver a casa.

- Andrés, ¿cuánto rato llevamos aquí? -preguntó de repente, al caer en cuenta de que su hermano había ido a buscarla para cenar y hacía quizá una hora de entonces. Podría aparecerse alguien en cualquier momento y encontrarlos en esas fachas.

Hizo el amago de levantarse pero él la detuvo, adivinando sus pensamientos.

- Tranquila, nadie va a venir -le aseguró.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque cuando te encontré llamé a Digna de nuevo para decirle que había trabajo acumulado en la oficina y que esa era la causa de tu demora -sonrió- Que compraría algo en la cantina para cenar y me quedaría contigo para terminarlo entre los dos.

La mayor asintió, no muy convencida, pero sabiendo que no podían regresar de inmediato. Primero tendría que adecentarse un poco y dejar que el rubor que encendía el alcohol en sus mejillas rebajara y que su propia cabeza se desembotara.

- Marta -la llamó.

- ¿Sí?

- ¿Qué piensas?

- ¿De qué?

- De lo que te he contado -cierto resquemor se asomaba en los cristalinos ojos de su hermano.

- Me apena María, no te voy a mentir, así como me apena que sufras por amor -comenzó a decir, sin ocultar su congoja- Es injusto para los dos. Para los tres. -añadió, pensando en Fina, Jaime y en sí misma- Ojalá no hubieras cometido la imprudencia de casarte, quizá más adelante las cosas se hubieran arreglado para vosotros…

- Créeme que no era una posibilidad -la interrumpió Andrés.

- Lo dices con mucha seguridad.

- Aunque ella enviudara no estaría bien visto -explicó, provocando la intriga de su hermana- Y que yo pueda pensar siquiera en que eso pase es una barbaridad.

- ¿Tan malo sería? -inquirió con rapidez, tratando de encajar las piezas del rompecabezas.

Desde su llegada Andrés casi no había salido de la colonia, su rutina, como la de toda la familia, estaba repartida entre la casa y la fábrica, no había más. ¿En qué momento conoció a aquella mujer? Repasó mentalmente a las trabajadoras, visionando un rostro detrás de otro, sin que ninguna le acomodase para su hermano.

- Tan malo que destruiría nuestra familia como lo de Valentín.

 

Marta inspiró y expiró, miró a su hermano, luego miró a la pared; Andrés guardó silencio. Ambos sabían que su confesión no dejaba lugar a dudas. La castaña reprimió una carcajada vacía de diversión, se reprendió por comparar su situación con la de su hermano, sus hermanos. Y su cuñada. Pensó en lo difícil que habría de ser compartir techo con la persona que amas y saber que no puedes tocarla. Aunque sus circunstancias tampoco distaban demasiado, su felicidad al lado de Fina podía ocasionar el repudio de sus seres queridos, sí, pero no le cargaría la consciencia con el lastre de haber traicionado a su propio hermano.

- Dices que ella te corresponde.

- Siempre ha sido respetuosa de Jesús y si me he terminado casando es porque ella misma aniquiló cualquier mínima esperanza entre nosotros dos -dijo Andrés, reflexivo- He sido yo el que ha fallado. Ella quiere a Jesús, aunque pasa algo entre nosotros. Begoña jamás lo abandonará.

- ¿Y dónde dejas a María? -preguntó una vez más. Ella vivía atormentada por la traición que le estaba haciendo a Jaime, Andrés tenía un corazón tan noble que no podía comprender que no le importase tener engañada a su otra cuñada.

- Te juro que intento hacerla feliz cada día, Marta, procuro que se sienta querida y hasta hoy sé que lo he conseguido -vio la franqueza de su mirada y la honestidad de sus palabras- María puede no ser la mujer que amo, pero es la mujer con quien voy a compartir mi vida, y por eso la cuido y la respeto, así como Begoña hace con Jesús.

- Insensato -Marta no pudo disimular la molestia que le causó ese comentario- Te casaste con María para estar empates, como si esa muchacha fuera tu premio de consolación.

- Por supuesto que no -saltó Andrés- Eso no es así. María no me hace infeliz. Es verdad que no me provoca delirios de amor, pero es una mujer muy fácil de querer. -oír aquello la hizo arquear la ceja involuntariamente, aunque su hermano siguió hablando- De hecho, su candidez y su cariño son lo que me motiva a protegerla y a cumplir con el compromiso que asumí con ella y en su día, con su padre.

Prácticamente acababa de darle la razón, pensó Marta, pero no quiso decir nada que lo hiriese. No podía juzgarlo por hacer lo que pudo para seguir adelante, aunque ella hubiese actuado de forma diferente, sabiendo lo que ahora sabía. Andrés se encontraba en una encrucijada y, con independencia del camino que hubiera elegido, alguien siempre habría salido lastimado, ¿a qué le recordaba eso?

Sin embargo, atajado ese punto, otra idea ocupó su pensamiento y ladeó la cabeza de incomprensión. Andrés estaba casado con María amando a Begoña, pero no era infeliz, o eso decía. Se conformaba. Ella estaba casada con Jaime amando a Fina, y se sentía el ser más miserable sobre la faz de la tierra. No había conformidad ni resignación alguna, no existía manera de hacer “más fácil” querer a su marido, olvidarse de Fina y de su amor imposible. Estaba en una encrucijada de caminos ortigados que conducían a un abismo. No había puente con qué cruzar al otro lado.

 

- Tú sí lo eres, ¿verdad? -la voz de su hermano irrumpió sus cavilaciones, como si hubiera estado escuchando todo lo que sucedía en su cabeza- Infeliz.

La castaña asintió.

- No sabes cuánto -Andrés no dijo nada, pero la ceja irónica lo delató- Bueno, sí que lo sabes.

- Solo un amor muy profundo puede desgarrar así a una persona -Marta evadió la mirada, pero su hermano volvió a tomarla de la barbilla y la obligó a mirarlo a la cara- Ese amor que sientes no puede ser malo, a mí me parece puro y sincero -la castaña sonrió- y por eso me encantaría conocerla.

- ¿Qué? -escupió Marta, viendo cómo su espíritu la abandonaba en ese instante.

- A la persona de la que estás enamorada, Marta -repitió Andrés.

- Ah… -le regresó el alma al cuerpo- No creo que eso sea una buena idea.

- ¿Por qué? -inquirió, analizando las facciones de su hermana, buscando una respuesta a través de sus iris- ¿Es alguien que conozco?

Le ardió el estómago otra vez. Ese miedo paralizante no dejaba de castigarla. ¿Algún día la dejaría en paz? Miró el rostro de su hermano y meditó durante unos segundos la posibilidad de decirle la verdad, de contarle que esa persona no era otra que Fina, la hija de Isidro. La mujer de su vida. Imaginó su cara de sorpresa y de ¿desencanto? ¿asco? El odio instalado en sus ojos y las palabras de repudio que pudiera dedicarle antes de salir del despacho mirándola con animadversión. No, no podría soportarlo, no aquella noche, no después del bello momento que habían compartido.

Levantó la cara hacia él, dispuesta a mentir una vez más, y conectó con ese azul transparente que era el reflejo de la dulzura de los ojos de su madre y de los suyos propios. Se perdió en sus orbes y fue incapaz de concebir un solo sentimiento negativo hacia ella, solo encontró amor. ¿Sería suficiente ese amor para omitir el peso de la verdad que estaba tentada a confesarle?

- Sí – dijo al fin, aunque Andrés, si se esforzaba, podría atisbar humo emanando de su cabeza, incluso oír el bullicio que era en esos instantes.

- ¿Puedo saber quién es? -a modo de cautela, el ojiazul se levantó de su regazo y se sentó a su lado, como había hecho ella antes- Sabes que puedes confiar en mí

- No es eso lo que me preocupa- reconoció la mayor, que aún no había tomado una resolución.

- ¿Qué es entonces?

- Que me dejes de querer -respondió sinceramente.

Que me rechaces, pensó para sí. Después de su madre, Andrés era la persona que más quería de su familia, por todo lo que habían vivido juntos, sin Jesús, sin su padre. Porque su hermano de once años fue el único pilar que la tuvo en pie ese verano tras quedarse huérfanos, aunque él pensara que fue al revés. Perderlo a él sería un golpe del que no sabría cómo reponerse, acabar definitivamente con el recuerdo más poderoso que atesoraba de su difunta madre, sería como arrancarse un brazo. Recordó la agonía que se apoderó de ella en su pesadilla con Fina. Así sería el dolor que le provocaría el rechazo de su hermano.

Una vez más la mano de Andrés la hizo quedar frente a frente. Era imposible escapar de sus ojos.

- No hay nada que pueda hacer que yo deje de quererte, Marta. Absolutamente nada -acunó su cara entre ambas manos y se acercó tanto que pudo sentir su aliento sobre la piel mientras le hablaba- Te quiero tanto como quiero a madre, y no soportaría por nada del mundo perderte.

 

De nuevo el silencio. El más largo de todos los de la noche. Aunque quiso decirle también que su congoja le causaba gran pesar, y que le dolía que no acabara de confiar en él, no lo hizo para no condicionar la decisión de Marta. Por eso hizo lo que mejor sabía hacer cuando se trataba de su hermana, esperar y escuchar atentamente.

La paciencia de Andrés fue otra prueba más del gran cariño que profesaba por ella, pues no soltó en ningún momento su mano y no dejó de mirarla con amor, disipando lentamente su miedo. No había conseguido eliminarlo por completo cuando una voz en su interior brotó como un ángel en el cielo y la colmó de palabras de ánimo y aliento que, sumadas al celeste de Andrés, le dieron el valor para hablar y decir lo que tanto tiempo había callado.

- Es Fina. Estoy enamorada de Fina.

 

Así hubiera querido decir algo más, el abrazo de Andrés le habría hecho olvidar cualquier pensamiento. El beso que dejó en su cabeza la hizo sonreír y llenarse de paz. Cuando le murmuró cerca de la oreja “gracias por contármelo, te quiero muchísimo” se dio cuenta de que su repositorio de lágrimas se había recuperado porque su cara se estaba bañando en ellas, esta vez de regocijo.

 


 

En los días siguientes no volvió a aquejarla el ardor de estómago, sentía que a sus pulmones entraba mucho más aire y no hubo pesadillas tortuosas perturbándole el sueño. Caminaba con una ligereza que creía haber perdido hacía años, sonreía en cualquier situación ante la aparente ignorancia de todos en la casa. Todos menos su hermano, que cada vez que la miraba le sonreía también, y esa sonrisa era para Marta como un ungüento de árnica para las magulladuras de su corazón. El rayo de sol que evapora el rocío de la mañana y hace a las flores abrir sus pétalos.

El lunes, cuando ingresó en la tienda y se cruzó con Fina, se dejó embelesar por los destellos de sus ojos pardos y se recreó unos instantes en las facciones de su rostro. Se fue a su despacho suspirando con cierta melancolía, no lo podía evitar, pero sintiéndose más viva que nunca y dispuesta a afrontar el abismo que tenía por delante. Construiría el puente que la llevase al otro lado y seguiría el camino que había elegido. Nada quería saber de resignación o conformismo, ni de jaulas doradas de bonitos barrotes de oro. No más, no para ella. Siempre había una salida para el amor y estaba decidida a encontrarla. No se quedaría atrapada envidiando a las golondrinas conquistar el cielo, no, iba a extender sus alas y alzar el vuelo en lontananza.

 

Notes:

Quería hacer una introspectiva de Marta tras la ruptura. Creo que para que pueda crecer y superar esta situación es necesario que se quiebre de dolor, que deje de embotellar sus sentimientos y que también se de cuenta de que hay alguien en quien se puede apoyar, que no tiene que ser indestructible todo el tiempo. Quién mejor que Andrés para darle consuelo.

Quiero aclarar también que la escena de Fina con otra mujer en la pesadilla de Marta es la representación de ese mayor miedo que la aterroriza, que no es en sí ver a Fina con alguien más, sino que el amor que siente por Fina es tan grande que piensa que nunca podrá olvidarla o dejarla de querer, pero que encerrada en su jaula tendrá que presenciar cómo Fina, en libertad, sigue su camino y termina por olvidarse de ella, quizá conocer a alguien más, rehacer su vida.

He volcado un poco de mis sentimientos aquí también, ya que Marta transita muy bien en las emociones "negativas" a pesar de lo contenida que es, y no había mejor personaje para ilustrar uno de los sufrimientos más hondos que he vivido.

PD: He tratado de hacer una descripción decente en inglés sin usar el traductor, no sé qué tan bien me haya salido la jugada.