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Las miradas de ambos se cruzaron a la par que la crema solar se posaba en la parte superior del pectoral del más pálido. La mano contraria de la que dispensaba el protector, titubeaba aproximándose a aquella blanca mancha que resistía el regalimar. Cuando ambos cuerpos entraron en contacto, les fue inevitable sentir una corriente que erizaba cada milímetro de ellos. Entre vergonzosas risas y comentarios sobre la frialdad de la crema, disimularon la realidad de los dos. Con delicadeza empezó a Paul a expandirla por el cuerpo.
Los labios del sevillano se apretaban queriendo regular la exaltada respiración con la que su cuerpo buscaba traicionarlo. En uno de los trazos que hacían los dedos, pudo sentir la rapidez y brusquedad con la que latía el corazón del mayor. Contempló donde se habían parado las yemas de sus dedos para después subir la mirada al rostro, que consciente de lo ocurrido, vestía de un tono rosado las mejillas. Una suave risa escapó de los labios del granadino quien no pudo evitar mencionar aquel descubrimiento, pero fue rápidamente contestado que eran efectos del sol. Obviamente no le creyó, pero mentalmente aplaudió la agilidad con la que había sido capaz de desviar la verdad, y a pesar de ser consciente de lo que disfrutaba ser retado, decidió que no era el momento oportuno y volvió a al cómodo silencio concentrándose en repartir de forma equilibrada la crema.
Ambas respiraciones se entrecortan cuando con cuidado el contacto fue bajando por el abdomen ligeramente. El granadino mirando el suelo, mientras el sevillano al cielo. No querían cruzar miradas por error, pues no había sol que justificase las tonalidades que habían adaptado ambos. Las friegas por aquella zona fueron rápidas, tanto que cuando a Álvaro le pareció suficiente se giró para ofrecerle la espalda. Paul echó aire silenciosamente buscando regular los nervios del momento. Ante sus ojos una espalda que le suplicaba acurrucarse a ella y un seguido de pecas que formaban un camino que deseaba trazar con besos. Aprovechó la situación para que mientras cubría su piel de crema, también masajeaba sus hombros. Aquel gesto hizo que a Álvaro se le escapara un pequeño sonido de placer a la par que relajaba su cuello tirando su rostro hacia enfrente. Con delicadeza fue bajando sus manos sin dejar de masajear. Grabó en su memoria la dulce risa del sevillano al pasar sus dedos por las caderas y se permitió derretirse tal y como llevaba rato deseando. CRuzó sus manos con suavidad abrazándose a él mientras acurrucaba su rostro en el pálido cuello, acomodado en el hombro de este. Cerró los ojos preguntándose si Álvaro también lo estaría haciendo. Desconocía que hacía rato que el sevillano no abría los párpados para centrarse en su tacto y las emociones que este despertaba. Sin querer abrirlos, sus manos se movían lentamente deseando encontrar las del grandino, las cuales al notar las caricias abrieron paso a entrelazarse entre ellas. Dejaron que el mundo siguiese mientras ellos perdían cada vez más la noción de los estímulos exteriores centrando toda su atención al latir de ambos corazones que como más atentos estaban, más coordinados iban.
El primero en abrir los ojos fue Álvaro. Pestañeó un par de veces acomodándose a la luz y contempló el lago de enfrente suyo. Una ola de melancolía inundaba su interior con la incertidumbre de si alguna vez echaría de menos aquel momento. Paul, que le conocía lo suficiente, solo le hizo falta fijarse en la fuerza con la que la mirada del mayor se centraba en el cuerpo de agua, para comprender que podría estar pasando por su cabeza. Posó sus labios en la piel del cuello, besándole con la suficiente intensidad para distraerle de aquellos pensamientos. Con dulzura, el sevillano contorneó su cabeza buscando cesar el cosquilleo. Se encontró el rostro de Paul y apoyó el suyo con delicadeza en la mejilla del contrario, disfrutando de poder sentir más el tacto de su piel.
“Debo ponerte a ti” murmuró Álvaro un par de minutos después. Sus cuerpos danzaron lentamente ansiando obtener una solución para no separarse. El mayor, seguía entre los brazos del granadino, entre tantos movimientos había logrado recuperar la crema solar y ahora volvían a estar cara a cara, o mejor dicho, frente a frente, pues para evitar comerle a besos se había apoyado en esa conduciendo su mirada al marcado abdomen.
Por una milésima de segundo, las huellas dactilares de Paul se tatuaron en la espalda de Álvaro como reacción al directo y frío contacto de la crema. Cerró los ojos apreciando el cuidado con el que Álvaro repartía la protección solar por su torso. La conciencia de saber que estaba en las manos adecuadas, balanceaba minuciosamente su cuerpo deseando sellar ambos labios. Mientras batallaba por mantener la compostura, notó la ligera caricia de las pestañas del sevillano. Le estaba mirando atentamente. En su interior visualizaba la tierna sonrisa que le recibiría si ahora abriese los ojos, pero era consciente que aquella imagen valía todos los besos que guardaba para darle, así que apretó sus labios luchando contra su instinto, que buscaba revelarse.
La risa de Álvaro se grabó en su memoria. El sevillano encontraba gracioso que en vez de indicarle que girase de normal, tomó sus hombros y con suavidad buscó crear movimiento mientras cantaba la canción de un juego infantil. Paul no pudo evitar negar, aunque tampoco esconder su sonrisa, mientras separaba sus brazos y obedecía a las indicaciones de Álvaro. Si bien ya se había acostumbrado a la temperatura de la crema, una corriente eléctrica subió por su columna al percatarse de que había trazado un corazón en su omóplato. La impaciencia se apoderó de si. Comprendía que ambos habían tomado la decisión de conectar de esta forma tan íntima, y aunque iba a cumplir su promesa y sobretodo, no iba a echar a perder el esfuerzo, le era imposible digerir la agonía que nacía en él y que quería volver a tenerle en sus brazos, pero sobretodo en sus labios. Consciente del nervio que recorria en el cuerpo del granadino, Álvaro se encargó de abrazarse a él y regalarle unos suaves besos por el contorno de su hombro, mientras que susurrando halagaba su actitud y le ayudaba a gestionar las abrumante emociones.
Dulces risas acompañaban a la conversación que mantenían dispersando su atención de vuelta a la calma. Cuando lo vió oportuno, Álvaro continuó con las friegas por la espalda de Paul, esta vez sin dejar de hablar pues aunque el silencio les permite centrarse en ellos dos, también habían encontrado el tema ideal para poder seguir haciendo del momento íntimo. La mirada del sevillano se fijaba en los hoyuelos que se formaban en el granadino cuando hablaba con tanta ilusión y afecto. Conservaba en un lugar especial las veces que los había visto salir hablando de él o de planes de futuro. La emoción del recuerdo se apoderó de él, que ya había terminado de ponerle el protector solar, y le abrazó, regalándole a cabo de oído una declaración de amor. Notó el pecho de Paul hincharse a la par que tragaba fuertemente, se había hecho el silencio entre ambos. El granadino giró lentamente sobre sí mismo para posicionarse enfrente de su pareja. Sus ojos se cristalizaron aguantando las lágrimas. Álvaro era consciente del poder que tenía en Paul aquellos gestos. El rostro del sevillano le devolvió la simpatía del momento, de una forma que solo era capaz de mirarle a él, de la forma con la que supo que era el indicado. Paul buscaba poner orden en su cabeza, saber que decirle, cómo situarse a la altura de aquellas palabras tan bonitas y entonces se cruzó por su cabeza la realidad. Álvaro se había entregado de aquella forma porque sabía que era lo que a él le gustaba y él sabía bien que le gustaba a Álvaro. Así que sin más miramientos, el sevillano se encontraba de pronto en brazos del granadino, agarrado a su cintura y recibiendo un beso con la pasión de ambas almas fundiéndose en una. Deslizó sus dedos por la nuca del menor, agradeciendo que le hubiese hecho caso en no cortarse el cabello y profundizó el beso relajando de una vez todas aquellas ansias que había podido disimular bastante bien. Y quizás al final del todo el protector solar no era lo más importante, pues en brazos del otro y sin separar sus labios, ambos se encontraban en el agua perdiendo la noción de sus alrededores y centrándose en lo que verdaderamente importaba, ellos.
